—Furia está bien —les informó. Luego se volvió hacia la arendelliana. —Elsa yo… —dijo dubitativo—. Lo siento mucho. No sabía que pasaría esto. Yo sólo pretendía…
—No es culpa tuya —contestó la arendelliana negando con la cabeza.
Elsa se arrodilló junto a su hermana, que reposaba boca arriba con la cabeza ladeada, llena de heridas y magulladuras, y con una de sus piernas en una posición totalmente antinatural. Con las manos temblorosas, hizo el amago de acariciarle la cara, pero no se atrevió. Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras intentaba contener todo cuanto sentía en su interior, pues tenía la sensación de que, si lo dejaba escapar sin más, el dolor acabaría partiéndola por la mitad. Finalmente, sin poder evitarlo, se abalanzó sobre el cuerpo de su hermana y la abrazó con fuerza.
—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!
Elsa sintió un fuerte golpe en la cabeza y a punto estuvo de perder el conocimiento. Anna, rabiando de dolor, se había incorporado tan rápido que las cabezas de las dos hermanas habían chocado con fuerza.
—Au, au, au… —dijo Anna, sentada en el suelo mientras se llevaba una mano a la cabeza.
—¡Anna!
Elsa, ignorando su propio dolor, la derribó de nuevo con un nuevo abrazo.
—¿Elsa? ¿Qué haces aquí? Espera… ¿dónde estamos? ¡Dios mío! ¡Mi pierna! ¡Mi pierna! ¡¿Qué le ha pasado a mi pierna?!
Hipo y Astrid, al borde del llanto, sonrieron felices al ver a las dos hermanas por fin reunidas.
—Lo siento, lo siento, lo siento… —decía Elsa una y otra vez.
—Vamos, Elsa. ¡Ay! ¡Me duele!
—Siento mucho haberte dejado sola al mando del reino —continuó su hermana—. Siento que te hayas sentido presionada de esa forma. Por favor, perdóname.
—La voz… — Anna pareció entender de pronto. —¿Qué ha pasado?
Elsa la apretó con más fuerza, incapaz de articular palabra.
—¡Ay! En serio, ¿es que nadie me va a llevar al médico? ¡Necesito un médico! ¡Me duele mucho la pierna!
—Bueno… —dijo Hipo levantándose el pantalón—. ¡Podría ser peor!
Anna se quedó mirando aquella pierna metálica durante unos instantes, completamente absorta.
—Vale, en serio. ¡Quiero ver a un médico ya! Por favor, no quiero llevar una de ésas… No te ofendas, completo desconocido, pero no es mi estilo.
Todos rieron con ganas y, por fin, Elsa se separó de su hermana todavía temblando.
—Sí, vamos —le dijo a Anna sin soltarle la mano—. Ya tendremos tiempo de hablar y de arreglar las cosas.
Los días siguientes fueron una auténtica locura, con el reino patas arriba, pero poco a poco la gente que había sido controlada por el espíritu fue recobrando su día a día. Los espíritus volvieron al bosque con los Northuldra, y el resto de espíritus que la sombra había controlado se vieron libres al fin. Algunos de ellos quisieron quedarse en el bosque mágico, donde los Northuldra les recibieron con los brazos abiertos. Otros, en cambio, decidieron volver a sus lugares de origen. El espíritu de la vida, como agradecimiento por su liberación, se aseguró de que nadie muriese a causa de las heridas sufridas en combate antes de marcharse, por lo que no hubo que lamentar ninguna pérdida.
A Anna le recolocaron la pierna, fracturada por varios sitios, y quedó en cama con previsión de quedarse allí durante mucho tiempo. Ella y Elsa pasaron muchos días juntas, recuperándose ambas de todo lo sucedido. Además, tuvieron mucho tiempo para hablar sobre el reino, sobre el espíritu y sobre su relación. Astrid e Hipo, al igual que los dragones, también fueron acomodados en el castillo. Todos merecían y necesitaban un largo descanso, y ahora que Elsa había devuelto la temperatura normal al reino, el frío ya no suponía un peligro para los dragones pese a seguir siendo invierno.
Hipo y Desdentao dieron largos vuelos juntos, probando una y otra vez una nueva prótesis que el vikingo había diseñado para su amigo. Astrid estuvo feliz de ver de nuevo a Hipo y Desdentao juntos, pero no pudo evitar sentirse un poco celosa. Ella también quería volar con Tormenta de nuevo. Furia, adivinando sus pensamientos, se acercó a ella y, tras darle un hocicazo cariñoso, le ofreció su grupa.
—¿Segura?
Furia asintió.
—Está bien… vamos a enseñarle a esos dos cómo se vuela.
La dragona dio un rugido desafiante y despegó a toda velocidad tras Desdentao.
—Espera, ¿qué? —dijo Anna de pronto—. ¿Hans no era malvado?
Era de noche y se encontraban todos en la sala de estar del castillo, iluminados por la luz de los candiles. Elsa, Kristoff y Anna descansaban en un sofá, Hipo y Astrid compartían un butacón, y Olaf y Sven estaban sentados en el suelo, cerca de la chimenea. Los únicos que no estaban presentes eran los dragones, que habían salido a dar un paseo nocturno.
—Bueno, eso no lo podemos asegurar… —contestó Elsa—. Lo que es seguro es que la sombra se apoderó de él aprovechando sus ansias de poder, por lo que nada de lo que pasó fue en realidad culpa suya.
—Wow…
—Sí… esa misma cara se le quedó a su hermano cuando se lo contamos —rio Astrid.
—Y no sólo eso —continuó Elsa—. El espíritu es el que ha estado saboteando las cosechas y provocando problemas, tanto en Arendelle como en el bosque encantado. Nos ha ido presionando más y más hasta que pudo hacerse con el control.
Anna se encogió un poco.
—Vamos, no le des más vueltas —le dijo Kristoff, rodeándola con sus brazos—. Esto nos ha enseñado qué debemos mejorar, y ya estamos en ello. Te prometo que, si discutimos, no nos separaremos sin que lo hayamos arreglado antes. Nunca más me iré de tu lado.
—¡Bien dicho! —aplaudió Olaf.
Anna se acurrucó entre los brazos de su marido, sintiéndose reconfortada.
—Hay algo que no acabo de entender —dijo Hipo—. ¿Por qué las lágrimas dañaban al espíritu?
—Sólo es una teoría —contestó Elsa—, pero yo creo que no era por las lágrimas en sí, sino por los sentimientos. Por lo que me dijo, diría que es el espíritu de la debilidad, y creo que aprovechaba los huecos del corazón para hacerse con el control; huecos que podrían rellenarse con sentimientos como el amor o el perdón. Por tanto, si el sentimiento era lo suficientemente fuerte, era capaz de dañarle.
—¡Y por eso pudiste hacerle daño sin armas! —exclamó Astrid.
—Exacto… Pero, como digo, es sólo una teoría.
El silencio se hizo en la sala, un silencio agradable y cálido, de esos en los que simplemente uno disfrutaba de la compañía sin necesidad de nada más.
Hipo sintió un pequeño codazo a su lado, y al girar la cabeza vio a Astrid haciéndole un gesto con la cabeza.
—Oh, sí, claro…
El vikingo carraspeó.
—Bueno… lo hemos estado hablando y, aunque estamos realmente a gusto aquí, creemos que va siendo hora de volver a nuestras obligaciones.
—¿Cómo? ¿Ya? ¡Si acabamos de conocernos! —protestó Anna.
—Nos gustaría quedarnos más, de verdad —dijo suavemente Astrid—, pero nuestro pueblo nos espera.
Anna suspiró derrotada. Entendía la responsabilidad del mando y sabía que no podía hacer nada al respecto.
—¿Cuándo os vais? —preguntó Olaf.
Los vikingos se miraron.
—Mañana por la mañana… —contestó Astrid.
—Oh… vaya… —Elsa no pudo disimular su decepción.
—Pensamos que lo mejor era decirlo con poco tiempo, para evitar un largo adiós… —dijo Hipo.
—En tal caso… —dijo Anna— ¡esta noche toca fiesta! ¿Qué os parece si empezamos con una sesión de mímica? ¡Hipo, tú empiezas!
—¿Qué? ¿Yo? Pero si ni siquiera sé leer esto —protestó mientras intentaba descifrar el papel que Olaf le estaba dando.
—Te entiendo… todavía recuerdo cuando no sabía leer ni escribir. Toda esa frustración… ¡Pero no te preocupes, Hipo! ¡Yo te ayudo! Ven, acércate. Lo que tienes que representar es...
Los juegos y las risas inundaron aquella noche el castillo de Arendelle, donde sus habitantes, permanentes y pasajeros, disfrutaron de la compañía y de la amistad que habían forjado.
—¿Lo tenéis todo? —preguntó significativamente Elsa a Astrid.
Era de día y tanto los vikingos como los dragones ultimaban sus preparativos a las afueras del castillo, acompañados por todo el pueblo de Arendelle.
—Sí, tranquila.
La vikinga abrió un poco su abrigo para mostrarle la pequeña botella oscura que reposaba en uno de sus bolsillos interiores.
—Bien… bien…
Elsa no sabía muy bien qué hacer o qué decir.
—Ven aquí… —le dijo Astrid.
La vikinga le dio un largo abrazo y la arendelliana no pudo evitar que algunas lágrimas rodasen por sus mejillas.
—Cuidaos mucho —dijo finalmente Elsa, separándose de ella y cogiéndole las manos.
—Vosotros también.
—¡Bien! ¡Listo! —exclamó Hipo tras acabar de ajustar una correa en la montura de Desdentao.
—Hora de partir, me temo —le dijo Astrid a Elsa.
Ella asintió y no pudo evitar apretarle las manos con los ojos brillantes. Astrid entendió sin necesidad de palabras todo cuanto sentía aquella mujer.
—Encontrarás a alguien y serás feliz, te lo prometo.
Elsa soltó una risa en medio del llanto, y ambas se abrazaron de nuevo, por última vez.
—¡Oye, oye, oye! —dijo Hipo teatralmente, llegando hasta ellas—. No estarás intentando robarme a mi mujer de nuevo, ¿no?
—¡Cállate, idiota! —Astrid le dio un codazo tan fuerte en las costillas que le dejó en el suelo, casi sin respiración.
Pese a ello, ambos rieron con ganas y Elsa deseó poder encontrar algún día a alguien con quien reír así, con quien compartir una complicidad y un amor tan grande como el que veía en aquella pareja de vikingos. Con una punzada de dolor, se hizo a la idea de que debía olvidar a la vikinga.
Tras una larga y emotiva despedida, Hipo y Astrid montaron a Desdentao y Furia, y ambos despegaron entre promesas de regreso y adioses, entre vítores y corazones partidos. Elsa y Astrid se dedicaron una última mirada, un silencioso último adiós lleno de sentimiento, y los dragones se pusieron en marcha a toda velocidad.
Olaf, con la mirada fija en ellos mientras se alejaban, suspiró.
—Adiós, Hipo… —dijo seriamente—. Ojalá algún día aprendas a leer y a escribir. Aunque bueno, de todas formas tampoco sabría dónde enviarte las cartas… ¡El mundo es demasiado grande!
Elsa le pasó un brazo por el hombro, reconfortándole.
—Vamos… volvamos al castillo. Creo que queda un poco de pastel de helado.
El muñeco se animó ante la idea de aquel manjar y pusieron rumbo al castillo. Elsa todavía se dio la vuelta una vez más para observar a los vikingos. Después inspiró hondo, soltó el aire lentamente y siguió a los demás dándoles la espalda a aquellos dos puntitos que prácticamente habían desaparecido en el horizonte.
No tardaron mucho en dejar atrás aquel frío reino que tantos quebraderos de cabeza les había dado, a la par que tantas alegrías, para perderse de nuevo en la inmensidad del océano.
Como la vez anterior, fueron haciendo pequeñas paradas en los pedruscos que fueron encontrando en el camino para reponer fuerzas, contentos ante la idea de volver por fin a casa. Los dragones parecían tener bien claro hacia dónde debían ir, así que los vikingos simplemente se dejaron llevar, disfrutando del vuelo.
Sólo les interrumpieron cuando, a mitad de viaje, se encontraron totalmente rodeados de agua, sin ningún tipo de tierra a la vista.
—¿Te parece bien aquí? —preguntó Astrid a Hipo.
—Me parece perfecto.
La vikinga sacó entonces la pequeña botella de su abrigo y, diciéndole adiós con la mano entre risitas, la dejó caer al agua.
Se quedaron allí viendo la botella hundirse poco a poco en las profundidades del abismo.
—Con suerte, nadie será capaz de encontrarle aquí —comentó Astrid.
—¡Ya sería mala suerte!
Aún así, todavía se quedaron unos minutos más antes de retomar su viaje por si veían algo fuera de lo normal.
Estaba ya atardeciendo cuando los dragones alcanzaron el poblado vikingo, donde todos los habitantes fueron a recibir a sus jefes, extrañados de verles a lomos de los dragones.
—Bueno, campeón… —dijo Hipo a Desdentao, juntando sus cabezas—. Hora del adiós.
El dragón devolvió el gesto de cariño con ganas.
—Cuídate mucho y recuerda que estamos aquí para lo que necesites.
El dragón se tiró sobre él intentando abrazarle con sus patas entre las risas y los quejidos del vikingo.
Astrid y Furia observaron divertidas la escena.
—Vaya par nos hemos buscado…
La dragona apoyó su enorme cabeza en el hombro de Astrid.
—Yo también te voy a echar mucho de menos.
La vikinga la abrazó y ambas disfrutaron de aquel momento como jamás hubiesen imaginado.
—Dale un achuchón a Tormenta de mi parte, por favor —dijo Astrid al separarse—. Y dile que la echo mucho de menos.
La dragona le dio un cariñoso golpe con la cabeza. Después, los vikingos liberaron a los dragones de las monturas y, tras otro rápido abrazo, Astrid e Hipo, cogidos de la mano, vieron cómo sus amigos emprendían el vuelo y se perdían en la oscuridad de la ya creciente noche.
Cuando ya empezaba a refrescar, ambos se dirigieron a la taberna dispuestos a devorar una suculenta cena junto a sus amigos. Allí, entre risas y tropezones de comida, los jefes de la aldea contaron sus aventuras para disfrute de los presentes.
—Parece que habéis tenido una buena luna de miel —les dijo la madre de Hipo.
Sus manos se buscaron bajo la mesa hasta encontrarse, entrelanzando sus dedos. Habían volado a un reino distante, luchado en una guerra sin cuartel contra fuerzas que ni siquiera acababan de entender para ayudar a sus amigos, tanto a los nuevos como a los viejos, y habían regresado, por fin, a casa, a su hogar, mucho más unidos que antes.
Los vikingos se miraron a los ojos.
—La mejor de todas.
