14 de febrero de 2003
«Muchas historias de amor empiezan con un beso, la nuestra empezó antes de que nos conociéramos.» Nicholas Sparks
—Quiero salir contigo.
—¿¡Qué?!
—Sí. Quiero que tengamos una cita.
—Pe-pero...yo...
—¿Por qué no?
—No he dicho que no, Yolei, es que...
—Entonces está decidido: tú y yo saldremos en una cita, Ken Ichijōji.
Durante el año anterior Yolei había sido fanática y fiel seguidora de Ken Ichijōji, "el niño genio", hasta que se descubrió que era el Emperador de los Digimon y tuvo que luchar, junto con los demás Niños Elegidos, contra él en el Mundo Digital y posteriormente a su lado para salvar también su mundo, el Mundo Real.
Para fortuna del grupo, Ken había resultado ser un chico bondadoso y sensible, lo cual había acabado por reavivar y aumentar la potencia de la llama en el corazón de Yolei, quien no aceptaría jamás un "no" por respuesta ni se daría por vencida antes de, al menos, intentar lograr su objetivo.
Esta vez, su misión es lograr que Ken Ichijōji salga con ella.
—¿Qué es lo que le está diciendo esa loca a Ken? —Wormmon observa desde la lejanía, en la rama de un grueso árbol, a los dos humanos. Detrás de él, Hikari y Gatomon se ríen tontamente, mientras Hawkmon se pone a su lado para tratar de descifrar a la distancia qué es lo que ocurre con sus respectivos compañeros.
Yolei le había pedido minutos antes a sus amigos que le dejaran ir a hablar a solas con Ken. Parecía ser algo serio, y en ese momento nadie excepto Wormmon se opuso, pero fue obligado por la otra elegida y los digimon a quedarse allí.
—No creo que sea nada malo —. El digimon de Yolei cruza sus alas y le da la espalda al insecto.
—Ken parece incómodo. ¡Aléjenla de él! —Se da vuelta en la rama del árbol y se dispone a bajar con la máxima velocidad que sus cortas patas le permiten, pero Hawkmon se lo impide tomándolo por la cola con las garras y suspendiéndolo en el aire. —¡Suéltame! ¡Tengo que ir a ayudar a Ken!
• • •
—El partido de T-K está por comenzar —comenta Hikari mirando el D-3 y luego a Patamon.
—¿Qué hacemos? Yolei y Ken aun no vienen —chilla preocupadísimo el digimon bicolor revoloteando por sobre la cabeza de la castaña.
—¿Por qué no van ustedes a verlo y yo me quedo hasta que regresen los otros dos?
Gatomon, a quien no le interesa demasiado el básquet, se encoge de hombros. No ve por qué tanta preocupación por perderse un partido, aunque sabe que Yagami tiene que ir con el equipo de porristas de la escuela.
—¿Harías eso por nosotros? ¡Gracias! —Hikari abraza a su compañera unos segundos y luego abre el portal con su dispositivo al salón de informática de la escuela, por el que entraron treinta minutos antes.
Patamon debe esconderse en el bolso de gimnasia de la Elegida de la luz mientras ella permanece con el equipo de porristas animando a los jugadores de Odaiba.
Minutos después, corren por los pasillos del instituto en dirección a los vestuarios femeninos. En la puerta del gimnasio, se cruzan con los jugadores del equipo contrincante.
A primera impresión, le parecen gigantes; mucho más altos que T-K y Davis, casi del tamaño de Taichi. Para no sufrir el frío invernal, llevan una campera azul oscuro con los números y nombres escritos en blanco y el escudo de la escuela en el brazo izquierdo, pero pantalones cortos a la altura de la rodilla, del mismo color que el abrigo y también con los números. Un par más atrevidos van caminando con camisetas de mangas cortas, de color blanco con una franja celeste claro que les atraviesa el pecho de izquierda superior a derecha inferior; los números, nombres también en celeste y el escudo igualmente decorando el lado izquierdo.
—¿Qué sucede? ¿Ya llegamos? Prometo que no miraré nada —Hikari siente cómo Patamon se remueve en el bolso, probablemente escondiendo la cabeza en el fondo y cubriéndose los ojos con las patitas.
—No, ya casi. Mira, esos son los chicos contra los que jugará T-K.
Más movimiento dentro del bolso. Escucha cómo el cierre se corre unos centímetros, y luego una exclamación ahogada de la criatura.
—¡Son enormes! ¿Cómo van a vencerlos?
—El equipo de T-K es muy bueno.
—No me gustan nada.
—A mí tampoco. Pero solo queda confiar en nuestros jugadores.
En cuanto el grupo termina de pasar, Hikari retoma el trote hasta los vestuarios, y Patamon se oculta por segunda vez en el fondo del bolso.
• • •
Ken se paraliza ante la determinación de Yolei.
La caja de chocolates artesanales de San Valentín que la chica acaba de darle tiembla entre las manos de Ichijōji, que son la única parte del cuerpo que parecen reaccionar, aunque de manera involuntaria.
—Ken, me gustas desde hace siglos.
—¿G-gracias? —desvía los ojos liláceos nerviosamente hacia otro punto, sin saber cómo reaccionar. —No sé qué decir, Yolei.
—Solo di que sí. Ya verás que no vas a arrepentirte. ¡Seré la mejor novia que hayas tenido nunca!
Al exemperador le recorre un escalofrío por la columna vertebral.
—Yo-yo nunca he tenido una novia. Creo que es demasiado pronto.
—¡Tonterías! Una cita. Una sola —se acerca peligrosamente a él con el dedo índice alzado —. Y si no te gusta, te prometo que no volveré a insistir. Pero tienes que darme la oportunidad.
—¿Qué otra opción me queda? —murmura dejando escapar una exhalación. —De acuerdo. Una vez —acaba accediendo, aun no demasiado convencido.
—¡BINGO! —Yolei da un salto y aterriza con los brazos elevados hacia el cielo. — Haré todo lo posible porque lo pases mejor que yo —. Se lanza sobre Ken y lo abraza, aplastando accidentalmente la caja de chocolates. Luego lo toma por la manga del uniforme de la escuela y comienza a arrastrarlo de vuelta al lugar donde esperan Hikari y los digimon.
»¡Kari! —Suelta la ropa de Ken para poder atravesar unos arbustos y así lanzarse sobre su amiga para contarle la buena noticia, pero algo le salta a la cara y el grito que ahora sale de su boca es de terror.
Ichijōji aparece en un instante al lado de la pelimorada, preocupado por lo que haya podido ocurrirles a las chicas.
—¿Qué sucede? —pregunta al mismo tiempo que Gatomon. Yolei se da manotazos en la cara en un intento por deshacerse de la criatura que la araña y le obstruye la visión.
—¡Aléjate de Ken, niña boba y fea!
—¡Wormmon! —exclama Ken, y toma al digimon para intentar quitarlo de la cara de Inoue, pero la criatura se resiste con todas sus fuerzas. En el forcejeo, cuando finalmente logra que afloje el agarre de sus múltiples patas, los anteojos de la adolescente salen volando al suelo.
—¡¿Pero, qué te pasa?! —le grita, enfurecida. Wormmon se sacude entre las manos de Ken, deseoso de zafarse para volver a la pelea.
Yolei tiene el rostro enrojecido y con arañazos por todos lados. Algunos son tan profundos que le sangran un poco.
—¿Qué le has hecho a Ken?
—¡Nada!
—¡No es cierto, mentirosa!
—¡Ken, dile que yo no te he hecho nada!
En ese momento Hawkmon aparece al lado de Gatomon y recoge los anteojos con el ala izquierda, pero se mantiene a cierta distancia, viendo incómodo el espectáculo que confieren el digimon verde y la humana.
—Es cierto, no ha pasado nada, Wormmon, cálmate.
Al oír las palabras de su compañero la criatura desiste un poco de soltarse, pero aun sacude sus patas y mira furioso a la chica. Después de casi un minuto, cuando ambos se calman y Yolei se aleja unos pasos de los que portan el emblema de la amabilidad, Hawmon le devuelve los anteojos.
—Aun no me agradas —insiste el digimon gusano, prácticamente lanzando chispas por los ojos.
Hawkmon le toca la pierna a Yolei y niega con la cabeza, instándola a no responder. Y ella lanza un bufido y toma el D-3 de su bolsillo.
—Vámonos, Hawmon —. Toca un botón, apunta al televisor por el que llegaron al Digimundo y la puerta se abre. Al otro lado aparece la sala de informática de la escuela, vacía. La adolescente se acerca y es absorbida por la luz a su mundo, dejando a Gatomon con Ken y Wormmon.
—Nunca comprenderé a los humanos —murmura la criatura de aspecto felino.
—Yo nunca entenderé qué es lo que quiere esa loca con Ken.
El nombrado lanza un suspiro y después se voltea, de pronto dándose cuenta que le falta algo: los chocolates de Yolei.
—Enseguida vengo —anuncia, dando media vuelta para buscarlos detrás del arbusto. Seguramente los dejó caer cuando Yolei pegó el grito, sobresaltándolo.
—Espérame, voy contigo —. Wormmon se lanza sobre el tobillo de Ken y trepa hasta su hombro derecho.
• • •
—¡Ah! Eres tú, Sora. Pasa, Yamato está practicando en el balcón.
—Gracias, señor Ishida.
Hiroaki va a buscar a su hijo mientras Sora se quita el calzado y el abrigo.
—Yamato, ya llegó Sora —. Al oír aquello, el rubio deja de tocar la guitarra que se compró para Navidad y la apoya con cuidado a su lado.
—Dile que venga —. Se pone en pie y se acomoda el cabello y la ropa con la mano.
En el balcón da el sol toda la tarde y, como están en el segundo piso, no hay demasiado viento. El día está ideal para estar allí.
—Yo me voy al trabajo.
—¿Qué? ¿A esta hora? Pensé que cenarías con nosotros.
—Sí, estoy con unos asuntos importantes. No te preocupes, es San Valentín, ¿no? Supongo que no quieren pasarlo con un vejestorio como yo.
—No digas tonterías —. Yamato le da un golpecito en el hombro al señor Ishida tras recoger el instrumento y juntos van hasta la puerta corrediza del balcón.
—Bueno, nos vemos. Adiós, Sora.
—Adiós, señor —. Sora sale de la cocina y va hacia el sol del balcón, donde Matt la espera apoyando medio cuerpo contra la pared y la recibe con un beso sobre los labios una vez Hiroaki ha desaparecido por el pasillo del edificio, detrás de la puerta principal. —¿Qué tocabas? —pregunta señalando con un movimiento de cabeza la guitarra en la mano izquierda de su novio.
—Nada —responde él encogiéndose de hombros.
—¿Puedo escuchar?
Yamato vuelve a encogerse de hombros, pero en dos pasos regresa al sitio donde estaba hasta hace unos segundos y se sienta con las piernas cruzadas. Acomoda el instrumento en la rodilla izquierda y posiciona los dedos en el mástil y el cuerpo de la guitarra y las cuerdas pronto despiden dulces notas que llenan el aire. Mientras, acompaña el ritmo tarareando con los labios cerrados la letra de la canción que ella no reconoce.
Sora escucha a su lado con los ojos cerrados. Cuando termina, apoya la cabeza en el hombro del rubio y lanza un suspiro suave.
Con cuidado, como si la pelirroja estuviese durmiendo y no quisiera despertarla, Yamato vuelve a dejar a un lado la guitarra; se inclina hacia el rostro de su novia y la besa por segunda vez, demorándolo unos segundos más. Le rodea la espalda con un brazo y ella se va deslizando por el suelo hasta quedar entre el espacio de las dos piernas de Matt y rodeada por ambos brazos.
En algún momento que logran despegar sus labios, el atardecer acapara la atención de Sora, que desvía el rostro para poder ver bien el sol ocultándose con sus cálidos anaranjados detrás de un edificio especialmente grande que refleja los rayos en las ventanas de los que lo rodean.
—¿Prefieres ver los atardeceres o los amaneceres? —pregunta como si fuese la cosa más importante por saber en el mundo, con el rostro serio y la mirada fija en la construcción no demasiado lejana.
«¿Contigo? Ambos.» Piensa, pero de sus labios solo escapa una especie de gruñido.
Realmente nunca se puso a pensar en ello antes de eso, así que se toma un momento para darle una respuesta: jamás ha visto un amanecer. Nunca se ha levantado tan temprano como para hacerlo, o desvelado toda la noche. Así que no sabe si en verdad le gustan. Además, a la mañana siempre hace frío. Pero los atardeceres son algo demasiado corriente. Puede verlos todos los días, pero tampoco nunca se detuvo a contemplarlo porque simplemente nunca le pareció algo relevante o porque suele estar ocupado con los ensayos de la banda, que acaban a primera hora de la noche.
Pega su barbilla al espacio entre el hombro y el cuello de Sora aun sin decir nada.
»En serio —. Takenouchi hace un movimiento con el hombro, pero Yamato no se separa ni un milímetro —. Yo prefiero los amaneceres porque es cuando comienza la vida —. Toma un montón de aire por la nariz y lo contiene unos cuantos segundos. Al exhalarlo, vuelve a hacerse pequeña contra el pecho de Matt.
—Mh. Supongo que también. Nunca me había parado a pensar en eso —confiesa con despreocupación, como si estuviese comentando el clima.
—¿Por qué los hombres son tan simples? —murmura ella, como una reflexión para sí misma.
Yamato siente cómo Sora se estremece por el frío.
—Vamos adentro. Te vas a enfermar.
Ella duda un momento y luego asiente con la cabeza. El primero en ponerse de pie es Yamato, que ayuda a la pelirroja a hacer lo mismo tirándola de la mano.
—Vamos. Traje postre para comer mientras hacemos los deberes de Ciencias.
Ishida se detiene en seco justo cuando está por atravesar la puerta corrediza.
—¿Dijiste deberes?
—¡Claro! Estamos atrasados. Hay que entregar un trabajo la próxima semana, ¿o ya te olvidaste?
Yamato a veces olvida que Sora actúa como si fuese la madre de todos, incluso la suya. Le gustaría que dejara, al menos cuando está con él, de lado esa necesidad de estar detrás de todos y de ser perfecta.
—Sora... ¿Podemos, solo, disfrutar del día como una pareja normal?
—Claro que no —dice distraídamente, mientras comienza a sacar los libros de su mochila —. Cuando terminamos, si quieres podemos ver una película o algo.
Yamato le da un momento la espalda para que Sora no vea la expresión de exasperación que le cruza el rostro.
—Pensé que te gustaría que cocinara algo —tantea, acercándose a ella desde atrás.
—Podemos pedir, así no malgastamos tiempo de estudio...
—Sora... —murmura contra su oído.
—¿Qué? —cuando se da vuelva, un poco sobresaltada por la proximidad de la voz, se choca a Yamato, que le corta el paso con las manos sobre la mesa y su cuerpo prácticamente pegado al de ella.
—¿No te das cuenta? —baja el rostro hasta el cuello de la pelirroja y aproxima la nariz de manera que aspira el aroma de su perfume dulzón y saca de su espalda una rosa roja que le pone delante de los ojos naranja topacio.
—Yamato Ishida, ¿intentas ser romántico conmigo?
—Creí que estaba siendo lo suficientemente claro —. Antes de que ella reaccione, la toma por la cadera, la atrae hacia sí y acaba por reducir a cero el espacio que los separa. Sus labios vuelven a encontrarse, ansiosos pero lentos, como si hubiese sido siglos atrás la última vez que estuvieron juntos y ahora tuviesen tanto miedo como necesidad del contacto.
• • •
El entrenador hace sonar el silbato y los jugadores y los suplentes, todos vestidos de rojo con los nombres y los números en blanco, se reúnen a un costado de la cancha. En el otro extremo, los contrincantes hacen picar los balones y chirriar las zapatillas contra el suelo de madera mientras caminan hacia su propio entrenador, un hombre bajito y gordo que prontamente queda oculto por los otros diez adolescentes.
—Bien, muchachos, comenzamos en diez minutos. ¿Capitán, algo que decir?
Takeru asiente con la cabeza y da un paso más hacia sus compañeros.
—No me importa el resultado numérico del partido, sino el desempeño. Somos un gran equipo, y espero que demostremos todo nuestro potencial.
Le parece una lástima que Daisuke haya caído enfermo justo el día anterior, imposibilitándole la asistencia al partido.
Motomiya es un jugador feroz y competitivo; mayormente lo es con Takeru, pero de vez en cuando se acuerda que el enemigo es el de la camiseta otro color y pone todo su empeño en lanzarle el balón a sus compañeros para que puedan anotar los tantos.
El entrenador aprueba en silencio las palabras del rubio, y pronto los once, formando un círculo imperfecto, unen sus manos en el centro y se lanzan el último grito de aliento. Fuera de la cancha, una vez los dos equipos se han colocado a cada extremo, el conjunto de porristas es iluminado con los grandes focos blancos del gimnasio y comienzan un breve baile agitando los brazos y haciendo piruetas para animar a la Escuela Primaria de Odaiba con una música animada. Cuando acaban, el árbitro hace un ademán, los capitanes se estrechan las manos y suena el silbato que da inicio al partido.
Las chicas toman asiento en las gradas, con los pompones en las manos para saltar y celebrar sacudiéndolos cada tanto que anote el equipo local.
Takaishi y un chico de cabello negro con una banda verde en el bíceps derecho saltan cuando el balón es lanzado hacia arriba por el árbitro. Por apenas unos milímetros el rubio no lo toca, y es el equipo visitante quien toma primeramente el control del partido.
Las gradas están casi vacías. Además del club de porristas, hay alrededor de veinte personas mirando el partido, incluyendo algunas madres fotografiando a sus hijos y vociferando palabras de aliento para los de blanco y celeste. Un reducido grupo de adolescentes en los asientos más altos lanza silbidos a los de rojo. Los jugadores parecen ajenos a todo el bullicio que se genera fuera del partido.
Takeru toma el balón, se gira sobre sus talones haciéndolo picar a una distancia muy corta del suelo y, tras verificar que ningún oponente le está bloqueando el paso, se lanza a la carrera hacia el aro enemigo.
Fuera de la cancha un grupo de seis chicas que parecen ir al último año de la Escuela Primaria de Odaiba, gritan desaforadas cada vez que Takaishi se hace con el balón y agitan en alto carteles.
El rubio pronto se ve rodeado por dos chicos altísimos y musculosos; antes de entrar a jugar pudo corroborar que el más bajo le lleva media cabeza; pero él es rápido y calculador. En un instante, hace una maniobra de distracción cuando el chico de la derecha se le abalanza; lo esquiva y continúa avanzando con el balón picando controladamente a su lado.
Pisa la línea de seis metros, se detiene, posiciona los brazos y lanza. Los pies se le despegan del suelo en un salto que le da la impresión que es a cámara lenta. Ve las expresiones de los jugadores y los ojos siguiendo la trayectoria del balón, mientras su cuerpo desciende como si la gravedad ejerciera una fuerza mucho menor, aunque todo transcurre en apenas unos segundos.
Inmediatamente dos adolescentes de blanco y celeste bajan a defender el aro. Uno salta y roza el balón con los dedos, pero no es lo suficientemente rápido como para bloquearlo por completo. Aun así, logra desviar la trayectoria de la pelota y esta, en vez de ingresar por el aro y sumar un triple para la Escuela Primaria de Odaiba, rebota en el metal y regresa a la cancha.
Dos jugadores del equipo local y tres del visitante corren inmediatamente en busca del balón. Las porristas contienen el aliento. Patamon se cubre un solo ojo con el ala, y la corre milimétricamente con su pata cada pocos segundos para no perderse ningún movimiento de su compañero, pero a la vez sin querer ver los fallos.
Ocho a dieciséis. Odaiba va perdiendo.
Fin del primer cuarto.
—Kari —. La aludida deja de conversar con sus compañeras para atender al llamado de su mejor amigo. Se acerca a él ofreciéndole una botella con agua, y este la acepta tras secarse el rostro sudado con una toalla.
—¿Estás bien? Vi que te empujaron. Esos chicos son unos salvajes.
Takeru se encoge de hombros, restándole importancia al asunto.
—Son un equipo duro —. Traga agua de la botella que le dio la castaña—. Pero nosotros también. Puede que incluso lo seamos más —. Le sonríe de manera tranquilizadora y luego desvía la mirada. Con los iris azules barre las gradas. Algunas personas se sumaron en los últimos minutos, probablemente atraídos por los ruidos de los rebotes y los silbatos y la promesa de encontrar calor dentro del gimnasio—. No veo a los chicos —comenta en voz baja, como si quisiera ocultar la desilusión.
—Ken y Yolei están en el Digimundo. Ella por fin va a pedirle a Ken de salir.
—¿De verdad?
Yagami asiente con la cabeza un par de veces, y algo llama su atención: el entrenador le hace señas a T-K para que se una al resto antes de reanudar el partido. Quedan apenas dos minutos de descanso, así que le avisa al rubio, quien indica al hombre que enseguida va.
—No decepciones a tus fans —dice en voz baja y señalando con un dedo hacia el grupito de adolescentes que en la parte superior de las gradas agitan los carteles con el nombre de Takeru y enormes corazones.
—Eso nunca —. Le guiña brevemente el ojo y se aleja con paso rápido de ella.
Hikari regresa con sus compañeras.
El contador de los minutos cambia, indicando que comenzará el nuevo tiempo; el segundo de cuatro: la oportunidad de reducir los puntos entre ambos equipos y acercar a la Escuela Primaria de Odaiba al campeonato local.
Las porristas se levantan. El quinteto de rojo y blanco toma posiciones. Un momento antes de que el silbato suene, Takeru mira a las gradas y saluda con la mano. Las chicas con carteles estallan en gritos de emoción.
—¡Me sonrió! —se escucha.
—¡Takaishiiii!
—¡Te amo!
El mar de carteles se agita en el aire. Las porristas ven cómo una de las adolescentes se deja caer dramáticamente sobre otra, simulando un desmayo.
—Ese Takaishi es un rompecorazones —murmura una de las compañeras de Hikari, cuando ya están regresando a su banco.
—Igual que su hermano. ¿Sabías que es hermano de Ishida, el cantante de Teenages Wolves?
—¿¡De verdad!? ¡Con razón son tan guapos los dos!
—Sí, bien parecidos.
El murmullo de las chicas logra distraer a Kari del partido, así que se gira un poco para poder ver a las demás estudiantes.
—¿Pero por qué tienen distintos apellidos? ¿Serán de padres diferentes?
—Mi padre trabaja con su madre, y ella tiene el mismo apellido.
Pronto las voces y las conversaciones comienzan a superponerse.
—Yagami, tú eres su amiga, ¿verdad? —pregunta la chica que está inmediatamente a su derecha. Es más alta que Kari y tiene el cabello negro trenzado hacia atrás: Yumiko Abe.
—Sí —. Asiente con la cabeza, inclinándose un poco hacia adelante para ver a las siguientes dos al lado de Abe.
—¿Sabes si tiene novia?
—No seas tonta, ¡claro que la tiene!
—No que yo sepa.
—De ser así, ya te habrías enterado, ¿no crees? Ustedes pasan mucho tiempo juntos.
—¡Yo pensé que ustedes dos estaban juntos!
Hikari ríe nerviosamente. No. Ella nunca ha tenido un novio, ni interés en tenerlo.
—No es eso. Takeru y yo somos buenos amigos desde hace años.
—¡Qué decepción! —exclama la chica que confesó pensar que eran novios, Nozomi Nishimura. —¡Harían muy buena pareja!
Pero Kari no puede responder porque las adolescentes de antes vuelven a llenar el estadio con sus gritos y aplausos. Las porristas giran la cabeza hacia el marcador: diez a dieciséis. Inmediatamente se ponen en pie y repiten el festejo tantas veces practicado.
—Chicas, presten atención —las regaña la entrenadora, que está en la punta contraria a Kari.
• • •
Algunos minutos después Takenouchi logra recobrar un poco la compostura.
—Deberíamos... hacer... los... deberes —dice entre beso y beso, pero Matt niega con la cabeza. Entonces la Elegida del amor pone sobre el pecho del rubio una mano, y él se obliga a detenerse.
El interior del departamento está en penumbras: las luces se encuentran apagadas y fuera ya el sol ha desaparecido. Solo pueden distinguir sus contornos por los haces de luz que llegan de los demás edificios y departamentos más cercanos. Cada uno es capaz de sentir la agitada respiración del otro. El ambiente dentro se nota cargado, y Sora de repente se siente un poco ahogada y traga saliva sonoramente con cierta dificultad.
Matt se detiene a menos de un centímetro de rozarle la frente con la propia.
—Creo que me dejé llevar —exhala, pero debido a la prácticamente nula distancia que hay entre ellos, Sora lo escucha y asiente con la cabeza antes de desviarla hacia otro lado para poder recuperar el aliento y colmar sus pulmones del aire que la cercanía que Ishida no le deja.
Matt chasquea la lengua y se separa casi con brusquedad de Sora y de la mesa, dejándole la vía de escape libre.
Sora lo ve de reojo caminar hasta la entrada; oye el sonido de la llave de la luz al activarse e inmediatamente después la claridad la ciega unos instantes, porque el foco está demasiado cerca de su cabeza. Se siente aun un poco abombada, pero lentamente va tomando dimensión y conciencia.
—Lo siento. Lo arruiné, ¿verdad?
A su espalda el grifo se abre y oye el agua correr.
—No, no es tu culpa.
Yamato es fresco y salvaje. Resuelto. Intenta parecer despreocupado cuando en realidad dentro suyo el miedo crece cada día. El miedo de perder a sus amigos, a su novia. De que su madre y su hermano vuelvan a mudarse lejos. De quedarse solo, aunque siempre aparente querer estarlo.
Ahora es Sora quien se acerca a su novio por detrás, pero mantiene cierta distancia mientras se sujeta la muñeca derecha con la mano izquierda a la altura del pecho.
—¿Quieres... que pidamos algo? Así no te molestas en cocinar —tantea.
Yamato cierra el grifo.
—Sí. Así podremos adelantar las cosas de Ciencias —. Se seca las manos y deja el trapo a un lado.
—Yama, lo siento.
Él se da vuelta, con las manos apoyadas en la encimera y la mira de arriba abajo. Desde aquella perspectiva Sora parece muy pequeña y frágil.
Hasta entonces no había reparado en la ropa que lleva puesta: un pantalón negro largo hasta los tobillos, un suéter azul cielo con un trenzado al frente, que él mismo le regaló para Navidad, y las medias gruesas de invierno haciendo juego. El cabello corto y rojo parece más encendido; entonces, llega al rostro blanquecino, donde descubre que se muerde con fuerza el labio inferior que hasta momentos atrás tenía brillo labial.
Se separa del mueble y da un paso hacia ella con las palmas de las manos hacia arriba.
—No tienes que disculparte —. Finalmente llega hasta ella y la rodea con los brazos. Sora se encoge un poco y luego pasa sus brazos por la cintura de Yamato —. Soy un tonto. Vamos, ahora buscaré mis cosas —. En silencio, Sora asiente con la cabeza. Yamato la suelta y va a su cuarto con la guitarra.
Mimi tenía razón: cuando pelearan, Yamato sería el primero en ceder porque, si bien ambos son demasiado tercos, ella lo es aun más.
Entonces, Sora, como recordando de pronto todo lo ocurrido la semana anterior con Boltmon, lanza un vistazo a su bolso, donde está guardada la caja de chocolates artesanales que le hizo a Ishida días atrás.
El rubio deja el portafolio negro sobre una de las sillas y lo abre, dispuesto a desperdigar sobre la mesa los libros, pero Sora se acerca y le toma la mano cuando él la mete en el bolso.
—Déjalo.
—¿Eh? —Yamato la mira con una ceja alzada. —Sora, no te entiendo —. Está por cruzarse de brazos cuando ve la caja que ella tiene entre las manos.
—Yamato, yo... bueno... —se remueve un poco, notablemente inquieta. —Cuando pasó lo de Boltmon había ido a comprar las cosas para hacerte estos chocolates, así que... —se los extiende y él se demora.
Primero relaja los músculos de su rostro, y luego el cuerpo se lo afloja rápidamente. Antes de tomar la caja, la abraza.
—No tenías que molestarte. Te quiero con o sin chocolates, Sora.
• • •
Suena la bocina que indica el final del tiempo. El resultado en el marcador no puede ser más claro: sesenta y dos a ciento cinco, gana el equipo de blanco y celeste.
Las porristas, visiblemente desanimadas, comienzan a retirarse lentamente del gimnasio al mismo tiempo que los entrenadores, jugadores y suplentes de ambos bandos se saludan. Pronto el espacio caldeado se llena de murmullos y la emoción disminuye.
Kari se acerca a los jugadores de su escuela con el bolso de gimnasia cruzado sobre el pecho para poder aguantar mejor el peso de Patamon, que murmura improperios hacia los ganadores.
—Tendría que haber salido volando y distraerlos.
—T-K, ¿puedes cuidarme el bolso? —le dice de manera significativa la castaña.
—Claro. Te espero.
—Gracias —. Entonces ella va trotando hacia el vestuario de las chicas y deja a su mejor amigo con su compañero digimon mientras ambos se cambian.
Takeru se pone un buzo con los colores de la escuela de Odaiba y se reúne con sus compañeros y el entrenador, que está serio y preocupado. Como capitán del equipo, tiene que dar unas últimas palabras y reflexionar sobre el partido recién acabado.
—Sé que no ha sido el mejor partido que hemos jugado, pero hemos hecho lo mejor que pudimos. Cometimos pocos errores y estoy conforme con lo que logramos. Esos chicos eran rudos. Lo hicimos bien.
—Sí, pero aun así no ganamos. Y si también perdemos el siguiente partido no lograremos entrar al campeonato local —se queja uno de los chicos, con una toalla colgada al cuello, el rostro sudado y una botella en la mano. Lleva el número ocho dibujado en blanco en el pecho y en la espalda; es Rui Oku.
—Entrenaremos más duro entonces —dice T-K.
Poco después el grupo se reordena para tomar sus cosas y poder marcharse a los vestuarios a tomar una bien caliente y esperada ducha. Takeru no hace más que sentarse en el banco junto al bolso de Kari para decirle a Patamon que pronto volverán a casa, cuando algo llama la atención de varios chicos del equipo.
Un grupo de cinco adolescentes empuja a una sexta directamente hacia el rubio. La chica tiene el rostro completamente rojo e intenta ocultarlo detrás de un cartel con un gran corazón del color de la vergüenza.
—Anda, ve —le dicen las otras, como si nadie más pudiera oírlas.
La chica, que parece estar a punto de entrar en un ataque de pánico, se detiene en seco y se planta firme en el suelo. Sus amigas no pueden moverla. Ella respira profundo y, a metro y medio de distancia de un estupefacto T-K, lo apunta fijamente con el dedo y dice:
—Takaishi tú me gustas. Y... y... —de pronto parece haber olvidado la voz en algún sitio, porque mueve los labios pero ningún sonido sale. La determinación con la que salieron las primeras palabras se ha esfumado. El silencio reina en el gimnasio. Todo el equipo los está viendo a ellos dos. —Quiero salir contigo.
Gritos ahogados de sorpresa escapan de las bocas de los compañeros de Takeru, que se palmean unos a otros para que guarden silencio y oír la respuesta del capitán.
—Tú eres amiga de Yolei Inoue, ¿verdad? —pregunta esbozando una sonrisa pequeña, más bien cordial que alegre. —Claro, ¿por qué no?
Las exclamaciones tanto femeninas como masculinas se alzan, volviendo el ambiente de pronto más cálido y animado.
—¿D-de verdad? —articula la amiga de Yolei. Seguramente fue ella quien la impulsó a hablarle a Takeru, envalentonada por su propia confesión a Ken Ichijōji. —¡G-gracias, Takaishi! —Y antes de que él pueda decir nada, la chica corre de vuelta con sus amigas, que la esperan cerca de una de las puertas secundarias de salida. —¡Dijo que sí! —se la oye exclamar con un hilo de voz muy agudo antes de desaparecer.
El grupo de chicas desaparece y los nueve compañeros de Takeru prácticamente le saltan encima, despeinándolo y dándole puñetazos amistosos.
—¿Qué pasa? —pregunta Hikari cuando llega. Patamon, preocupado por el griterío, se había asomado del bolso de la castaña para ver qué ocurría.
—Kari, tienes que ayudar a T-K —. La criatura vuela hasta los brazos de la Elegida, quien lo estrecha contra sí.
Confundida, Yagami se acerca a los jugadores de baloncesto y se aclara la garganta. En vano, porque la exaltación es tal que nadie le presta atención. Hasta que, en un momento, uno de los chicos se baja de la montaña humana, da unos pasos hacia atrás y choca con ella.
—Lo siento —le dice distraídamente. Está por volver a unirse a aquella especie de festejo que ni Patamon ni Hikari comprenden, cuando se detiene en seco y vuelve a mirarla, esta vez con atención y de arriba abajo como escaneándola —. Oh. Chicos... —golpea sin brusquedad a un par de compañeros en la espalda y les hace una seña.
—Bueno, muchachos —comienza a decir el entrenador desde el otro lado, con el bolso cargado de balones sobre el banco de los jugadores y los brazos cruzados. Tiene la mirada seria y el ceño fruncido. De pronto, todos los adolescentes se calman y comienzan a separarse unos de otros caminando hacia atrás y mirando a una confundida Hikari.
—¿Takeru? —pregunta cuando ya todos se le bajaron de la espalda y abrieron la ronda, liberándolo.
Takaishi tiene el mismo color que su ropa de deporte y jadea un poco.
—Ah, Hikari.
Una especie de tensión se genera entre los presentes, que pasan las miradas de uno a uno Elegido.
—¿Qué sucedió? —Ella se acerca con Patamon en brazos hasta quedar a menos de un metro del rubio.
—Ah, es que me invitaron a una cita.
Yagami enarca una ceja.
—¿Una cita?
—Sí. Te explico en el camino —. Toma su bolso y la botella que Kari le había dado antes y se marcha con la castaña y Patamon del gimnasio.
—¿Creen que esa chica vaya a hacerle algún planteo? —murmura Oku.
—¿Y si tiene una cita doble? —propone el número doce, Nobuyuki Sakata.
—Mañana le preguntamos —determina Ayumu Takahashi, que luce un gran número tres en frente y espalda.
• • •
—Qué popular eres, Takeru. Todo un rompecorazones —se burla, recordando las palabras con que lo definieron sus compañeras.
—No, para nada. Además, mi persona favorita siempre será...
»Yamato.
—Yamato —dicen al unísono; Hikari con cierta sorna.
—Qué mala eres. Tú eres el número dos en mi lista de personas favoritas.
Ella asiente de manera mecánica.
—¡¿Eh?! ¿Y qué lugar ocupo yo? —exclama Patamon, ofendido, tratando de zafarse del agarre de Takeru.
—Tú no eres una persona, Patamon —. Ante aquella lógica, la criatura se tranquiliza un instante —. Pero eres mi digimon favorito.
—Solo lo dices porque soy tu compañero —. Cruza las patitas y se pone de frente hacia la calle, como dándole la espalda a Takeru.
—Claro que no —. El rubio le hace cosquillas en la panza y Patamon se mueve de un lado a otro chillando y gritando que lo deje tranquilo, mientras junta todas las fuerzas para no largarse a llorar de la risa.
Kari aprovecha que T-K y Patamon están entretenidos para hacer una llamada.
—¿Davis? Hola, soy Kari.
—¡Kari! ¡Hola! —La voz de Davis se escucha un poco apagada por la gripe.
—Quería saber si podía pasar a visitarte.
—¿T-tú? ¿Vi-visitarme? ¿A mi casa?
Ella hace un sonido de asentimiento con la boca cerrada, a la vez que también mueve la cabeza arriba y abajo, aunque el pelirrojo no pueda verla.
»¡Sí, claro! ¡Aquí te espero!
—De acuerdo, nos vemos en un rato. Adiós.
—Hasta pronto.
Cuelga y nota la intensa mirada de T-K clavada en ella.
—¿Qué, también tienes una cita?
—Qué tonto, claro que no —dice guardándose el aparato en el bolsillo.
La noche está helada y cubierta de nubes grises que amenazan con soltar el agua en cualquier momento.
El trío llega se detiene apenas al final del instituto, justo antes de cruzar la calle.
—Bueno, si vas de Davis, deberías tomar ese camino para llegar más rápido —. Takeru señala hacia la vereda de enfrente, bastante transitada y bien iluminada, con varios negocios de carteles coloridos —. Hasta mañana.
—Espera, tengo algo para ti —lo interrumpe Hikari.
—¿Para mí? —T-K, que ya estaba por dar un paso hacia el frente, se detiene y mira a Kari sin acabar de comprender.
—Claro, es San Valentín —. De su bolso de deporte, saca un paquete cuyo envoltorio perfectamente armado está ahora arrugado y un poco aplastado.
—Lo siento, creo que me moví demasiado. ¿Lo arruiné? No sabía que era importante.
Hikari mira con los ojos apagados la caja envuelta de chocolates que había preparado para Takeru.
En un tiempo demasiado largo para ser segundos, pero demasiado corto para tratarse de un par de minutos, las manos de T-K se extienden y rodean el paquete con firmeza.
—No pasa nada. Igualmente iba a tener que romperlo para abrirlo, ¿no?
La castaña parpadea un par de veces, con la mirada clavada en el moño blanco aplastado. Y frunce el labio.
—Lo lamento —dice, como si fuese su exclusiva culpa.
—¿Tú lo lamentas? El que ahora se quedará sin chocolates es Patamon.
La broma desprende gritos en la criatura alada, una carcajada altísima de su compañero, y apenas un movimiento en la comisura de los labios Kari, que se elevan ligeramente en el lado derecho.
—Bueno... —murmura, liberando por fin la caja para que Takeru pueda llevársela.
Poco después, se separan, Takeru tomando el camino hacia el Este y Hikari hacia el Norte.
• • •
—V-mon, vete a mi cuarto y no salgas hasta que te diga.
—¿Por qué? Estoy por ganar la quinta carrera consecutiva.
—Es que vendrá Kari y no quiero que nos molestes.
La criatura mira a Davis apenas desviando los ojos rojizos de la pantalla del televisor, y sosteniendo con fuerza el mando de los videojuegos.
—Ah, ya entiendo. Déjame terminar esta carrera, ¿sí?
El pelirrojo pone las manos en la cintura y responde con una nota de impaciencia en la voz.
—Bien, bien, termínala.
Mientras V-mon sigue jugando, Davis va a buscar algunas cosas a su habitación y desparrama un par de libros sobre la mesa. En esos momentos agradece que tanto sus padres como June no estén demasiado en la casa.
Algunos minutos después, suena el timbre suavemente.
Después de verificar que todo está en relativo orden, Daisuke va a la puerta con todas las energías que durante el día, gracias a la gripe, habían estado por el debajo del nivel del suelo.
—¡Hola, Kari! Pasa.
—Buenas noches, Davis —. Lo saluda con una sonrisa y, tomándose un momento para procesar las palabras que acaba de gritar apresuradamente el heredero del valor, parpadea y dice: —. Lo siento, no puedo quedarme. Te traje esto por San Valentín —y le extiende una caja de chocolates envuelta con un papel rojo brillante.
—¿Cómo? ¿No te quedas? Pero, ¡es tarde y hace frío y...!
—Lo sé, por eso solo vine a dejarte esto. Se me hizo un poco tarde por el partido... Bueno, espero que puedas disfrutarlos con V-mon. Nos vemos en la escuela —. Davis se la queda mirando con la caja entre las manos, plantado a la puerta como si una fuerza descomunal le estuviera impidiendo moverse. Kari lo saluda con la mano y comienza a alejarse del departamento.
—No lo permitas, Davis. Ve tras ella —lo incita V-mon, que había estado observando todo desde la cocina.
Pero Davis no puede moverse. Antes de que se dé cuenta, Kari desaparece de su vista por el pasillo, y el viento se cuela en el interior de la casa, provocándole un abrupto escalofrío.
—¡Achís! —Solo cuando estornuda se da cuenta que se ha quedado solo. Con tristeza, cierra la puerta y deja los chocolates sobre la mesa.
—Ya lo sabía —murmura V-mon, trepando a la mesa por una silla para romper el envoltorio de las golosinas.
