«La fuerza más fuerte de todas es un corazón inocente.» Victor Hugo
Catorce de marzo. Día de Blanco. Día en que debería darle a la chica que le gusta, un regalo. Sin embargo, él no tiene una.
Ve cómo otros chicos les entregan paquetes envueltos a las niñas de su clase, mientras él se mantiene sentado en su banco removiendo los dedos de las manos con intranquilidad y meciendo los pies adelante y atrás.
Ha llevado ghirichoco para unas compañeras que se han portado amables con él durante el año y le dieron también por San Valentín, pero realmente no siente nada especial por ninguna.
Cuando la última campanada anuncia el fin de clases, Cody se levanta y va hasta el grupo de chicas del salón contiguo. Las encuentra reunidas parloteando animadamente contra la ventana, como es costumbre en ellas.
—Hola... —saluda desde la puerta, bastante más cohibido que nunca.
—¡Cody, hola!
—Ven, pasa.
Se trata de dos gemelas, Sayo y Sai Yamamoto, y Hana Katō.
—Sí, con permiso —. Algunos chicos ríen en el fondo del salón, aunque no está demasiado seguro si de él o de alguna otra cosa de la que hablaban. Les dedica apenas una mirada fugaz y avanza hasta sus amigas —. Querías darles esto en agradecimiento por siempre ayudarme.
—¡Qué tierno! Cody, no hacía falta —dice Sayo, recibiendo su regalo.
—Bueno, si tú no quieres tus chocolates, me los quedo yo —. Sai se estira un poco por sobre el banco para robarle a su hermana la caja.
—¡Ya sé! Hana, tómanos una foto —propone Sayo una vez ha logrado alejar a Sai de sus chocolates.
Sayo y Sai no van al mismo curso. No les permiten estar juntas.
Cody va a la primera división, mientras que Hana y Sai van a la segunda, y Sayo a la tercera, todos del antepenúltimo año de escuela primaria.
Aunque ambas hermanas tienen el cabello rubio oscuro y grandes ojos chocolate, pueden diferenciarse fácilmente porque Sai tiene el pelo largo con pronunciados bucles que le llegan hasta la cintura, mientras que el de Sayo es lacio y lo lleva corto hasta la barbilla, adornado generalmente con una vincha o un lazo.
—Eh... claro —responde encogiéndose de hombros.
Hana abre la cámara de su teléfono y enfoca al trío. Las gemelas se colocan una a cada lado de Cody, tomándolo por el lado contrario de la barbilla para depositar un beso en cada una.
El Elegido heredero del conocimiento y la sinceridad reemplaza inconscientemente la sonrisa por una expresión de sorpresa e incredulidad al sentir los dos pares de labios sobre su piel.
—Eh... —Juguetea incómodo con las manos cuando las Yamamoto saltan junto a Hana para ver la foto.
—¡Cody! ¡No sonreíste!
—No importa, igual me gusta.
Por casi un minuto más, las chicas deliberan si sacarse más fotos con Cody, pero finalmente la expresión de pánico que él tiene pintada en el rostro las convence de que mejor siguen torturándolo otro día, mientras el grupo de varones del fondo estalla en carcajadas.
—¡Hida, tienes novia!
—No, no es cierto —responde él tranquilamente, pero parece no haber explicación suficiente para calmar las burlas. Antes de que pueda disuadirlos de lo contrario, los chicos salen del salón gritando a los cuatro vientos que Cody está saliendo con una de las gemelas Yamamoto.
—No les hagas caso. Tú sabes la verdad —dice Sai, apoyando una mano sobre el hombro izquierdo de Cody. Le saca casi cinco centímetros, y él se siente más pequeño aun mientras intenta no encogerse para pasar desapercibido a las miradas de las personas que puedan entrar al salón o pasar por el pasillo mirando con curiosidad.
—Sí, pero... —No es capaz de acabar de hablar, porque Sayo lo interrumpe.
—Bueno, ¿y cuál de nosotras es tu novia? —pregunta cruzada de brazos y sonriendo de lado de manera divertida.
—Yo... eh...
—¡Vamos, Cody, solo es una broma!
• • •
—¡Kari, espérame! —Davis se acerca corriendo al grupo de porristas que en ese momento atraviesan el gimnasio en dirección a los vestuarios para ponerse la ropa de deporte y comenzar con la clase. En las manos lleva un paquete envuelto a modo de regalo.
—Davis, ¿qué pasa? —Yagami y otras chicas con las que conversaba se detienen al oír el grito y las zapatillas chirriar contra el suelo.
Cuando el pelirrojo llega frente a ellas, se detiene a menos de medio metro y comienza a balbucear. En realidad no esperaba encontrarla acompañada.
—Yo... este... —Las compañeras del equipo de porristas contienen las risitas detrás de sus manos —. Tetrajealgo porel catorce demarzo —explica atropelladamente, estirando el regalo delante de sí, de manera que queda como una barrera entre él y Hikari —. Espero que te guste.
—Ah, gracias —responde ella tras parpadear varias veces en un intento de aclarar lo que quiso decir el pelirrojo y, cuando finalmente lo logra, toma con cuidado la caja envuelta para no estropearla.
—Bueno... eso es todo... supongo. ¿Les molesta si me quedo a ver el entrenamiento?
Hikari se da vuelta para interrogar a sus compañeras con la mirada.
—Creo que no hay problema. Después de todo también se quedará T-K.
—¡¿Qué?! ¡¿Qué Takaishi también se queda?!
Pero la entrenadora, molesta por la ausencia de cuatro alumnas, se asoma por la puerta de los vestuarios y les grita:
—Niñas, rápido, ¿qué están haciendo?
—Hasta luego.
—Yagami, tus pretendientes deberían esperar a que estés desocupada para traerte regalos.
—Es un amigo —se la oye responder, ya habiendo desaparecido por el hueco de la puerta.
—Ya verá ese maldito de Takaishi —. Davis va hacia las gradas pisando estruendosamente y amenazando al aire con su puño. Cuando llega al sitio, mira hacia todos lados, pero el gimnasio está completamente vacío. No hay rastros ni de T-K ni de ningún otro idiota, así que se sienta en el tercer escalón para poder verlas mejor.
—Hola, Davis. ¿También vienes a poyar a Kari?
—Mh —gruñe, lo cual parece interpretarse de manera afirmativa, porque, de pronto, de la mochila de T-K sale volando el insoportable de Patamon, que grita:
—¡Nosotros también! Además, T-K trajo... —pero antes de que acabe de hablar, Takeru lo atrapa con las manos y le cubre la boca para que guarde silencio.
—Chssst —lo reprende.
—¿Que tú qué? —los músculos de la mandíbula y del brazo se le tensan.
—Bueno, es catorce de marzo y Kari es mi mejor amiga, así que le traje un regalo —. Se encoje de hombros, como si su respuesta fuese obvia y estuviese de más —. Además, ella también me dio algo hace un mes —zanja.
Que le dio algo. Siente la vena latiéndole en la sien.
—¿Ah, sí? —dice, tratando de sonar despreocupado, llevándose la mano a la barbilla y fingiendo interés por las volutas de polvo que caen al suelo de madera del gimnasio.
—Claro. Supongo que tú también, ¿no? Como ella te gusta...
—Claro que me gusta, ¿y sabes qué? Más temprano que tarde le pediré ser mi novia, así que no te hagas demasiadas ilusiones.
No sabe si la calma de Takeru o la sonrisa de idiota que le dedica, hacen que la sangre le hierva dentro de las venas.
—Te deseo suerte entonces —dice, dedicándole un pulgar alzado a la distancia.
La gota que colmó el vaso.
Daisuke se levanta y salta hasta el piso inferior. Primero los mira a Takeru y a Patamon, que parecen un poco sorprendidos por el salto y por el ruido.
Siente que sus ojos son capaces de lanzar chispas y que la sangre se le agolpa en el rostro. Los músculos de sus manos lo obligan a abrirlas y cerrarlas de manera involuntaria, como si estuvieran esperando la orden del cerebro para estamparlos en la cara de Takeru.
Con gran bullicio, las porristas ingresan en el gimnasio. En ese momento, Davis da media vuelta y sale del recinto cálido y ruidoso para chocar con el frío y silencioso exterior, que lo recibe con un escalofrío.
• • •
—T-K, ¿a ti también te gusta Kari y por eso le compraste un regalo?
—No. Se lo compré porque es mi amiga.
Patamon inclina la cabeza.
—No entiendo.
Takeru le sonríe.
—Bueno, en Japón es costumbre que el día catorce de febrero, las chicas les regalen a los chicos chocolates por San Valentín —explica en voz baja para no llamar la atención de las chicas —. A sus amigos, a su pareja, al chico que le gusta, a sus compañeros de trabajo... Entonces, el día catorce de marzo, el Día de Blanco, nosotros les devolvemos la atención regalándoles algo que les guste de color blanco.
Patamon se lleva una de las patas a la boca.
—Qué costumbres tan raras tienen. Ser un digimon es mucho más sencillo.
—Supongo —. Se encoge de hombros.
Las chicas, en medio del gimnasio, arman una pirámide y lanzan a Yumiko Abe al aire, quien da dos giros en posición horizontal y luego cae a la marea de brazos, que la atajan y la dejan sana y salva con gracia en el suelo. T-K aplaude desde su asiento.
Una hora después, el equipo comienza los estiramientos que cierran la jornada.
—Gracias por esperarme —dice sonriente Hikari, pero pronto desvía los ojos de su amigo hacia las gradas y adopta una expresión extraña, casi de tristeza —. ¿Dónde está Davis?
—Se fue.
—¿De verdad? ¿Por qué? —pero por respuesta, T-K se encoge de hombros. —Pensé que querrían pasar por la nueva pastelería... Bueno, me voy a cambiar.
—Toma, para que te lo pongas antes de salir de la escuela —. T-K saca de su mochila un regalo que lleva una etiqueta con el nombre de Hikari —. Hace frío —.
—Gracias —dice, recuperando la sonrisa.
—Te espero en aquella puerta, ¿quieres?
—Claro.
—¡Hikari! —gritan dos chicas desde la salida por la que entraron al principio de la clase.
—¡Ya voy! —responde ella, dándole por un momento la espalda a Takeru. Lo saluda con la mano y va trotando hasta Abe y Nishimura para ir juntas a los vestuarios.
—¿Takeru?
—¿Mh?
—¿Qué le regalaste?
—Ya lo verás.
«¡Hola Takeru! Quería preguntarte si hoy estás libre para ver una película en el cine.
Recibido de SATOMI AYASE el 14/03/2003 a las 18:12»
«No, lo siento, ya tengo planes.
Enviado a SATOMI AYASE el 14/03/2003 a las 18:12»
«Entiendo. Entonces, otro día.
Recibido de SATOMI AYASE el 14/03/2003 a las 18:13»
T-K lanza un sonoro suspiro. La amiga de Yolei es demasiado insistente y demasiado aburrida. Le caía mejor cuando se comportaba de manera tímida. T-K piensa entonces, mientras cierra el mensaje sin molestarse en responder, que lo mejor será dejar en claro que no le gusta antes de que la chica se haga falsas ilusiones y aquella incómoda relación se dilate más todavía.
Después de la "cita" del quince de febrero, la chica había insistido varias veces en volver a salir con él, pero T-K no se siente a la altura de poder mantener una relación, y mucho menos con alguien mayor que él. O será que quizás Satomi no es la persona adecuada para compartir el tiempo con él.
—Ya estoy lista —. Apoyado en la pared de la entrada principal del gimnasio, la voz de Hikari lo obliga a bajar la mirada de la pantalla de su teléfono, que cierra con un golpecito seco y guarda en el bolsillo de su abrigo, y mirar hacia atrás por sobre su hombro derecho.
Hikari lleva unas calzas gruesas color beige, un abrigo rosa lavanda, botas de abrigo blancas y un gorro, guantes y bufanda también blancos. La bufanda tiene un pompón pequeño rosa en cada extremo; es el regalo que acaba de darle Takaishi.
El Elegido de la esperanza debe tener una expresión muy graciosa o muy extraña en su cara, porque las amigas de Yagami, que la despiden en esa misma puerta de manera fugaz, pasan riendo a su lado.
T-K ni siquiera se había dado cuenta que había dejado de respirar. ¿Será por eso que el corazón le late un poco más rápido de lo normal y que el rostro está enrojecido? ¿O lo último es por el frío exterior?
»¿Uh? ¿Pasa algo?
—N-no. Nada. Vamos —. Se apresura a negar con la cabeza y a despegarse del muro.
—Mh... De acuerdo.
Comienzan a caminar y pronto dejan atrás el edificio escolar.
—Gracias por la bufanda —Yagami sonríe y Takaishi siente que el corazón le da un vuelco enorme, como si de pronto hubiese caído hasta la altura del ombligo y volviera por un rebote —, es muy bonita. Pensé que debería usar los regalo de los dos: los guantes me los dio Davis —aclara al ver la ceja alzada del rubio.
—Hikari, ¿aun quieres pasar por esa pastelería? —Habla como si hubiesen estado en silencio todo el trayecto y no como si estuviera interrumpiéndole deliberadamente cuando nombra a Daisuke.
—Pero está hacia el otro lado.
—Bueno, ¿mañana? —propone, sintiendo la lengua un poco pesada. Trata de hablar con normalidad, aunque le da la impresión que se ha olvidado de cómo se pronuncian algunas palabras.
—Claro. Podemos ir con los demás.
¿Con los demás?
—Sí —se apresura a responder con rotundidad.
¿Por qué acepta tan fácilmente cuando una parte de él quiere estar solo con Hikari?
—Bueno, nos vemos mañana entonces.
Antes de que T-K se dé cuenta, han llegado a la bifurcación de cada día, y Hikari ya se marcha irremediablemente por la derecha.
