«Las lágrimas solo sirven para lubricar los ojos. No existe razón real para que las glándulas lagrimales produzcan un exceso de lágrimas a instancias de las emociones.» Insurgente: Veronica Roth
Las temperaturas alzándose a medida que el sol se mueve hacia lo alto del cielo. Los estudiantes en sus clases. Las manecillas del reloj avanzando tortuosamente lentas. Silencio en el patio de la escuela primaria de Odaiba. Suave brisa veraniega que arrastra consigo las hojas de los árboles y levanta susurros cálidos y secretos.
Cuando la aguja más larga llega al doce, suena la última campanada. Del día y de la jornada.
Acaban de comenzar las vacaciones de verano.
—¿Te espero? —Le pregunta Takeru a Hikari, sonriéndole con esa sonrisa de perfecto idiota con la que siempre le sonríe a ella.
A ella. A Hikari Yagami.
Daisuke mira desde el banco de atrás con la sangre hirviéndole en las venas y el ceño fruncido.
Ese día, Yagami lleva puesto un pantalón vaquero celeste claro largo hasta las rodillas, zapatillas de paseo grises sin calcetines y una camiseta de mangas cortas de ese mismo color, con la huella rosa de un gato cosida a la altura del corazón.
—No, está bien.
Daisuke cierra el puño derecho en señal de victoria. Si Hikari vuelve sola, él tendrá oportunidad de interceptarla y decirle lo que hace ya más de un año quiere, aunque sea un secreto a gritos. Tiene que hacerlo. Tomar el valor que heredó de Taichi y expresar sus obvios sentimientos.
»Volveré con mi hermano.
La desilusión se le refleja en el rostro, y afloja los músculos de la mano que acaba de cerrar. Puede notar cómo la boca se le abre un poco, y la cierra de golpe, chocándose sonoramente los dientes inferiores con los superiores.
—Mh, de acuerdo. Entonces, nos veremos otro día. Que pases unas buenas vacaciones.
—También tú, T-K. Nos vemos.
—Adiós, Daisuke —. Cuando el rubio pasa por delante de él, lo saluda en voz baja y también con la mano. El pelirrojo se obliga a tragar saliva y le hace un gesto vago mientras ve cómo Hikari termina de guardar sus cosas en la mochila marrón.
—Hikari... —Se pone en pie cuando la chica se da vuelta. Ella se sorprende un poco y da un pequeño paso hacia atrás; parece no haberse dado cuenta de que no está sola en el salón.
—Ah, Davis. No te había visto —. Le sonríe, aunque la alegría no se refleja en sus ojos ambarinos que siempre le han parecido la cosa más impresionantemente dulce y encantadora del mundo.
—Quería decirte algo.
Si espera demasiado, probablemente acabe haciéndose pequeño y la cobardía se apodere de él.
«Es hoy o nunca» se dice, envalentonándose nuevamente.
Han pasado ya tres meses desde que le juró a Takaishi que le pediría a Kari ser su novia muy pronto, y hasta entonces no había tenido la oportunidad —o más bien las agallas— de hacerlo.
—¿Ah, sí? —Da un paso hacia la puerta del salón y se detiene, como indicándole que vayan juntos. Daisuke salva la distancia que los separa de una zancada y se pone a su izquierda, asintiendo exageradamente con la cabeza. Sin embargo, recorren el camino hasta la puerta principal en silencio.
»¿Y qué querías decirme? —pregunta finalmente ella, una vez se hallan frente a la puerta vidriada.
Daisuke cierra y abre repetidas veces las dos manos, clavándose durante algunos instantes las uñas en las palmas.
—¿Podemos ir al patio? —le pregunta al ver que pequeños grupos de estudiantes se aproximan a ellos para poder salir.
Hikari parece dudar mientras ve la hora en su reloj de pulsera.
—Mh... de acuerdo.
—Gracias.
Con cierto nerviosismo, caminan juntos hasta los bancos blancos del patio. Sobre ellos, uno de los pasillos del colegio atraviesa el patio a metros en el cielo, como un puente vidriado.
Daisuke se detiene de pronto en un lugar casi completamente vacío. Algunos niños de cursos más bajos patean un balón haciéndose pases de fútbol, lo suficientemente lejos como para no oírlos. Deja la mochila en el piso y rebusca en su interior teniendo cuidado de que la curiosa castaña no vea lo que está a punto de sacar.
»Hikari, yo quería decirte algo muy importante —. Siente cómo la sangre le sube hasta el rostro, coloreándole el cuello, las mejillas y las orejas. Un repentino golpe de calor le produce una sudoración pegajosa y desagradable en la nuca y las manos. Por su parte, la incomodidad se hace más evidente en la expresión de Yagami.
Finalmente, mientras continúa con su monólogo, extrae de la mochila un paquete envuelto en papel de regalo color dorado y un moño rojo brillante. Lo extiende sujetándolo entre las dos manos temblorosas, esperando a que la elegida de la luz lo tome, pero ella se mantiene firme a medio metro de Davis, con los brazos pegados a cada lado del cuerpo.
»Me gustas mucho y... y yo... quería preguntarte si podrías darme una oportunidad de estar contigo —. Las palabras salen de su boca a gran velocidad. Apenas está seguro de que Hikari le haya entendido algo, a juzgar por la expresión de sorpresa que roza el desconcierto que tiene en la cara.
»P-por favor —agrega tartamudeando lentamente.
Nota cómo las piernas le tiemblan, como si de pronto estuvieran hechas de gelatina. Casi inmediatamente ese temblor se extiende por todo su cuerpo de manera ascendente. En un par de parpadeos Daisuke se ha convertido en una hoja suelta a merced del viento otoñal.
Hikari se lleva una de las manos al pecho y se la toma con la otra por la muñeca. Retrocede unos milímetros, ahora con la compasión pintada en el rostro blanquecino. Da la impresión de que la sangré huyó por completo de esa zona.
—Davis, yo...
Debido al tono empleado por Yagami, el mundo lleno de esperanza en que había estado viviendo Daisuke hasta entonces comienza a desmoronarse. Primero un temblor, seguido de las primeras polvaredas que caen desde arriba. Tiene la sensación de que le acaban de lanzar un baldazo de agua helada en pleno invierno, aunque están a horas de que el verano dé inicio.
La boca de Hikari se abre muda dos veces antes lograr articular palabras sonoras.
»Te quiero, pero no de esa forma. Eres mi amigo y yo... —la chica toma una profunda bocanada de aire que sale de entre sus labios en forma de suspiro antes de seguir hablando. —Lo siento, pero no puedo salir contigo. No siento lo mismo que tú, pensé que... —Nota cómo traga saliva con cierta dificultad. Probablemente tenga la garganta cerrada, igual que él, y esté usando todas sus fuerzas para poder hablar —que eso estaba claro —susurra, desviando la mirada hacia un arbusto que decora la larga pared del edificio.
Por un momento el mundo se paraliza. El pulso y el corazón de Daisuke se detienen. Luego, una profunda punzada de dolor en el pecho e instantáneamente el ruido fantasma de un montón de cristales rompiéndose a la distancia.
Daisuke Motomiya se obliga a elevar la comisura izquierda del labio, que también le flaquea.
—Entiendo —. La corta. La saliva para por su garganta seca como si fuese una sustancia espesa que le raspa al bajar.
«Claro que no le gustas, idiota Disuke. ¿Qué te hizo creer que de la noche a la mañana cambiarían sus sentimientos? No vives en una maldita película.»
—Davis, lo siento. No quería lastimarte —. Da un paso hacia él y alza la mano con la intención de tomarle el hombro, pero se detiene a unos centímetros en el aire, porque Davis mueve el brazo izquierdo para llevárselo a la cara.
Se frota rápidamente los ojos con el dorso de la mano.
—No pasa nada —. Le sonríe enseñando los dientes blancos ligeramente desparejos. Mantiene los ojos enrojecidos cerrados para evitar que la castaña vea cómo las lágrimas se le amontonan en ellos —. Ya lo sabía, pero tenía que intentarlo, ¿no crees?
Hikari se muerde el labio inferior y se rasca nerviosamente la palma de la mano izquierda.
—Lo siento —repite ella. Una sombra de culpabilidad le surca el rostro.
El moreno niega enérgicamente con la cabeza, soltando pequeñas gotas de sudor al aire.
—No. No quiero que te sientas mal por mí, Kari. No es tu culpa. Sé que nunca seré suficiente para ti, por mucho que me esfuerce. Pero por favor, quiero que te quedes con este regalo, ¿sí? —Vuelve a extender el paquete dorado, insistente. Tiembla aun más que antes, si es que es físicamente posible.
Tras dudar durante unos segundos que al moreno se le antojan eternos, Hikari finalmente accede y lo toma entre las manos, aunque no parece muy tentada a abrirlo.
—G-gracias. Es muy lindo de tu parte —. Alza la comisura derecha del labio, pero no sonríe con sinceridad.
—Kari —. Ahora es él quien se acerca a ella, aparentemente calmado por completo—. Nos vemos en septiembre, ¿sí? —Su sonrisa débil no llega a reflejar alegría alguna en sus ojos cafés, que brillan por efecto de las lágrimas.
Yagami no puede responderle con palabras, así que lo hace con un asentimiento de cabeza.
»Bien. Hasta entonces.
Antes de que sus sentimientos destrozados le jueguen una mala pasada y acaben por derrumbar el frágil muro que aun lo mantiene en pie, Davis le da la espalda y comienza a caminar hacia la salida. No mira hacia atrás para saber si Hikari sigue el mismo camino. Luego, echa a correr, permitiendo que las lágrimas se estampen contra su cuello, sus mejillas y la ropa, guiadas por el viento y su carrera.
Unas cuadras después, se detiene para recuperar el aliento. En su rostro solo queda el rastro seco de las lágrimas, que hacen que la piel le tire. Se pasa el dorso de la mano para eliminarlas por completo y golpea un poste de la luz que está a su derecha. Algunas personas se voltean para verlo unos segundos, pero siguen su camino sin hablarle.
Daisuke se frota los nudillos enrojecidos con la mano contraria.
• • •
Ve cómo Davis se aleja, primero caminando y después corriendo, mientras ella se mantiene firme en el mismo sitio donde él la dejó. De pronto, la saliva parece demasiado espesa y le cuesta tragarla, y el regalo, demasiado pesado como para sostenerlo incluso con las dos manos.
Con pesar, lo guarda en la mochila. Mira la hora en su reloj de pulsera por segunda vez desde que salió del salón de clases. Ya es tarde; le había prometido a Taichi que estaría esperándolo en la puerta de su instituto para ir a comprar el regalo de aniversario de sus padres, así que saca su teléfono celular del interior del bolso y lo llama.
—¿Kari? ¿Dónde estás? No te veo.
—Aun no he salido de mi escuela.
—¿Eh? ¿Por qué?
—No... quiero hablar de eso ahora. Espérame en la puerta, ¿sí? Ahora voy.
—Bien, aquí estaré.
—Gracias.
Cuelga y se encamina hacia la Escuela Superior Tsukishima por una salida trasera de la Escuela Primaria de Odaiba, para así evitar volver a cruzarse con Daisuke.
—Hikari, ¿estás bien? —De la copa de un árbol desciende ágilmente Gatomon, quien se lanza a los brazos de su compañera —Escuché la confesión de Davis...
—¡Gatomon! Estabas aquí.
La castaña la sostiene con fuerza y asiente con la cabeza una sola vez a modo de respuesta.
—Sabes que no entiendo nada de las emociones humanas, pero creo que tu respuesta fue acertada.
El pobre Daisuke. Desde que lo conoce que ha estado detrás de ella, pero Hikari no puede engañarse, ni a su amigo tampoco; no sería correcto hacerlo vivir en una ilusión.
Daisuke no le gusta.
—Supongo.
—No estés triste. Davis es un chico fuerte. No dejará de ser tu amigo por eso.
Hikari vuelve a asentir secamente con la cabeza, y Gatomon no vuelve a comentar nada más.
Cuando se da cuenta, está entrando por puro instinto al campus del colegio de su hermano. Al final del camino de baldosas blancas, en el escalón más alto anterior a la puerta vidriada, la espera Taichi bostezando abiertamente bajo la sombra de la construcción.
—Al fin. Vamos a comer algo y después a comprar el regalo. ¿Se te ocurre algo?
—Había pensado en un juego de tazas...
—No, para comer. ¡Muero de hambre! ¿Oyes eso? Es mi estómago reclamando algo urgentemente. Kari, ¡no como nada desde hace dos horas! ¡Estoy famélico!
—Vaya, has incorporado nuevas palabras a tu vocabulario, hermano —se burla, tratando de esforzarse por sonar casual mientras ahuyenta la conversación con el heredero del emblema del valor de su mente.
—Ah, qué graciosa—. Baja los escalones velozmente y comienza a andar con la mano izquierda en el bolsillo de los pantalones azul oscuro y la derecha cargando el portafolio negro.
—¿Ya vamos a comer? —. La voz de Agumon se escucha amortiguada. Desde detrás de unos arbustos, el digimon asoma la cabeza queriendo espiar si hay algún otro humano cerca.
—Ay, lo olvidaba.
—¿Trajiste a Agumon?
Taichi se rasca la sien con el dedo índice.
—Bueno, no fue exactamente así. Además, tú también tienes a Gatomon, ¿no?
Ambas elegidas de la luz lanzan un suspiro al unísono.
Rápidamente, Taichi va hasta su casillero en busca de su bolso de deporte para que Agumon se esconda dentro. Gatomon, por su parte, decide seguirlos con sigilo desde las sombras y las plantas porque se siente más segura.
Una vez en el tren, la gata adopta la rigidez de un muñeco y viaja en la falda de la castaña.
Menos de una hora después, bajan en la estación de trenes de Shinjuku y Tiachi se detiene a antes de cruzar la calle para ver un edificio vidriado que corona la esquina.
—Vayamos a comer unas hamburguesas a ese lugar.
• • •
Respira profundamente el aire veraniego que ya comienza a sentirse. Las vacaciones apenas han comenzado hace unos minutos, pero la alegría de los estudiantes es tal que parece que estuvieran en pleno festejo.
Las cafeterías ofrecen los primeros helados de la temporada; algunas renovaron la carta y tienen a disposición sabores extravagantes como té matcha con canela, o almendras caramelizadas, o crumble de manzanas.
Ella camina directo hacia su casa. A su padre no le gusta que se desvíe del camino habitual, que se demore, que se quede con sus amigas o que asista a clubes a contra turno. De casa a la escuela y viceversa, todos los días.
Generalmente su mejor amiga, Rin Mizushima, la acompaña hasta la avenida donde se separan; sin embargo, ese día Rin tuvo que quedarse haciendo la limpieza del salón, dejando a Annika regresar sola a casa.
Annika, que va en el último año de la Escuela Primaria de Odaiba, se va enredando un mechón del pelo castaño en el dedo índice mientras camina despreocupada por las calles atestadas de gente. Le llega hasta la cintura; es sedoso y brillante.
Ve cómo algunos niños se detienen en el parque a jugar o a descansar, a disfrutar el tiempo cálido y el cielo despejado. Los envidia; ella también desea tener un día para dedicárselo a sí misma; a saber qué es lo que le gusta y qué es lo que no; desobedecer a su padre.
Cuando pasa junto a un poste, un ruido la sobresalta y se obliga a mirar en la dirección de donde provino. Entonces se detiene en seco y siente cómo su corazón da un vuelco.
—¿Eres Daisuke Motomiya?
Claro que es Daisuke Motomiya. Si fuera hábil, podría dibujarlo con los ojos cerrados. Pero debe fingir, aun cuando nota perfectamente cómo el color se apodera de su rostro blanquecino.
El pelirrojo mueve su mirada chocolate de los nudillos afectados a ella, y Annika se marea un poco cuando todo su mundo se descoloca en apenas un instante. Con tan solo una mirada.
Daisuke Motomiya es el capitán del equipo de fútbol del último año de la primaria y también juega baloncesto. Es enérgico, valiente, buen deportista y amigo del niño genio Ken Ichijōji.
A veces es un poco infantil, gritón, distraído y suele llevar un muñeco bastante extraño y de vivo color azul y blanco a la escuela que siempre deja en el casillero de entrada, con un aparato también blanco y azul que parece una especie más moderna de Tamagotchi.
Le gustan los colores rojo, azul y blanco; el chocolate con almendras, el helado de vainilla, el té de menta con dos cucharadas de miel. Los entrenamientos bajo la lluvia.
Su segundo pasatiempo favorito es molestar a Takeru Takaishi, con quien tiene cierta rivalidad dentro y fuera de la cancha, a pesar de que este es el capitán del equipo de baloncesto.
—Sí, ¿por qué preguntas?
El problema es, que además de todo eso, a Daisuke Motomiya le gusta Hikari Yagami.
No le gusta el café ni despertarse temprano. Ni la salsa de soja sobre el arroz. Y tampoco le gusta Annika Akiyama.
—¿Estás bien?
Con cierto nerviosismo acorta un poco más la distancia que los separa. Nunca había estado tan cerca de Daisuke. De ningún chico, para ser exactos. Desde ese punto puede verle los ojos un poco enrojecidos y la tristeza que los opaca.
Daisuke siempre desborda alegría, emoción, felicidad y luz; ¿qué pudo haberlo apagado?
—Sí —responde, no demasiado amablemente —. Gracias —agrega, aunque no parece que lo sienta realmente.
Motomiya se acomoda la mochila con un movimiento de hombros y rehúye de la mirada de Annika. Luego, vuelve a ella y sus pupilas parecen bailar milimétricamente, observándola completa.
Annika siente cómo la sangre le hierve bajo la piel y se le agolpa en el rostro y cuello.
—¿P-pasa algo? —tartamudea, incómoda. —¿Necesitas ayuda? ¿Por qué golpeaste el poste?
El único ruido es el del ambiente: la gente pasando, conversando por los celulares o con el de al lado, los coches en la calle levantando velocidades, frenando, tocando las bocinas, las hojas de los árboles susurrando al agitarse por la brisa veraniega.
—No, estoy bien.
Cuando parece que Daisuke continuará hablando, el teléfono celular de Annika comienza a sonar estruendosamente. Ella lo toma de un bolsillo externo de la mochila y atiende la llamada.
—Papá —dice fingiendo ánimos. La voz de un hombre se oye molesta desde el otro lado del auricular. Le grita que por qué aun no ha llegado a la casa, que está retrasada—. Sí, enseguida llego...
Cuelga y deja escapar un sonoro suspiro.
»Bueno, nos veremos en la escuela.
—¿Ah, sí?
Annika asiente. Hablarle a Daisuke no ha resultado tan difícil como había imaginado.
—Voy al último curso de la Escuela Primaria de Odaiba —. Ante la sorpresa del pelirrojo, se apresura a aclarar: —, en la segunda división.
—Y-yo estoy en la primera.
—Lo sé... Por... por el fútbol.
—Ah, claro. Bueno, nos vemos —dice, aunque sin demasiado entusiasmo, sino más bien por cortesía. Sin embargo, Annika se aleja de él mucho más feliz que al principio, casi saltando de la emoción y conteniéndose para no ponerse a girar en medio de la avenida.
Primera desobediencia: llegar tarde a casa. Claro que en Estados Unidos nunca lo había hecho, ni hubiera considerado la posibilidad de hacerlo por los peligros que supone vivir en una ciudad tan grande y peligrosa como Nueva York.
¿Segunda desobediencia? ¿La habrá? No está demasiado segura, pero siente algo extraño en su estómago de solo pensar lo que ha hecho. Por primera vez se siente viva.
Se corre un mechón de cabello que se le ha metido a la boca y lo pone detrás de su oreja.
• • •
—¿Sienes algo extraño, Agumon? —pregunta Gatomon mirando hacia el cielo y olisqueando.
—¡Ah! Deben haber sido los takoyaki que comí en la escuela. Lo siento, no me di cuenta.
Gatomon se golpea la cara con una pata enguantada.
—No en ese sentido, Agumon. Ah, olvídalo. Debe ser mi imaginación.
—Mira, ahí están saliendo Hikari y Taichi. ¡TAICHI! —grita desde la rama del árbol donde habían decidido detenerse a descansar, pero la otra criatura le tapa la boca con las patas antes de que atraiga la atención de todos en la ciudad.
Agumon ya estaba harto de viajar en el bolso de Tai, y este de llevarlo para todos lados por la ciudad.
—Silencio, no queremos que los demás humanos nos vean —. El compañero del Elegido del valor asiente con la cabeza, indicando que no lo volverá a hacer.
Con cierto disimulo, Hikari y Taichi se acercan al árbol donde están los digimon. El castaño apoya las bolsas en el suelo y se estira ruidosamente.
—¡Ah, estoy agotado! Creo que ya es hora de volver a casa.
Cuando nadie mira, toma a Agumon y a Gatomon; al primero lo esconde nuevamente en su bolso, pero la otra decide quedarse en brazos de Kari, donde pasa perfectamente como un peluche gigante.
—¡Mamá, mira eso! —grita una niña tiempo después, cuando van caminando a la estación de trenes para regresar a Odaiba, señalando sin miramientos a Gatomon —¡Yo quiero uno!
—Oye, niña, ¿dónde conseguiste ese peluche?
Si bien años atrás estaban acostumbrados a que la gente los parara para preguntarles cosas como esas, ahora los toman de sorpresa y Kari se paraliza un momento.
—Yo... eh... Lo... encargué por una tienda en línea —. Inventa.
—Ah, ya veo. ¿Y cuál era?
—Eh... Izumi's store... creo. Algo así.
Menos de dos metros por delante de ellas, Taichi se esfuerza por contener una carcajada.
—Muchas gracias.
—Claro.
La mujer con la niña se aleja y Gatomon, que había tensado cada uno de los músculos de su cuerpo ante la presencia de humanos desconocidos, se relaja un poco en los brazos de Kari.
—¿«Izumi's store»? —se burla Tai, y ella lo mira frunciendo un poco el ceño.
—¿Se te ocurre alguna otra cosa?
• • •
Después de lavar los platos, Natsuko y Takeru se quedan viendo la televisión y tomando té.
—T-K, es Kari —dice Patamon con un dejo de preocupación en la voz mientras le lleva entre las patas el teléfono celular que suena con la canción personalizada que eligió para su mejor amiga.
Es tarde. ¿Qué la haría llamarlo a aquella hora? Presuroso y un poco preocupado, toma el aparato y responde.
—¿Sí? —dice, sin poder ocultar muy bien su preocupación. A su lado, Natsuko le baja un poco el volumen al televisor y toma un sorbo de su humeante té.
—¿T-K? —la voz de Kari le llega un poco distorsionada por el parlante. No parece asustada, sino un poco triste, lo cual hace que involuntariamente las cejas se le junten y los hombros se le caigan un poco.
Iba a hacerle una broma, pero al percibir aquel tono, pasa saliva y deja la taza de té sobre el plato a juego con un tintineo.
—¿Qué pasa? —Pregunta, dándole la espalda parcialmente a Natsuko.
—Mh... —comienza a dudar la castaña al otro lado de la línea.
—¿Pasó algo durante la cena? ¿A tus padres no les gustó el regalo o algo así? —tantea.
Pero el silencio se prolonga en la habitación y a través del celular, y Patamon aprovecha para acercarse a husmear la conversación sentándose sobre la mesa.
La madre del chico también une las cejas y hace una mueca de desagrado, como si de pronto su té supiera a estiércol.
—Lo siento. No quería molestarte. Ni siquiera sé por qué te llamé. Adiós.
Una especie de alarma se enciende dentro de él. No quiere dejar de oír la voz de Kari, y mucho menos si está tan apagada.
—Kari, no me molestas —. Yagami suele pedir más disculpas de las necesarias, y eso a veces le molesta un poco, aunque no sabe muy bien por qué—. ¿Qué pasa? Me preocupas.
Diez segundos de silencio antes de un suspiro prolongado.
Natsuko se levanta y tira el resto de su infusión en el fregadero, donde se demora demasiado en lavar la taza, porque presta atención a la mitad de la conversación que mantiene su hijo con la otra chica.
—No lo sé. Es que... Davis se me declaró hoy.
—¿Davis... —repite el nombre como si le sonase extraño, ajeno a su vida, y a la vez de forma dura —...se te declaró?
Ya había olvidado lo que el heredero del emblema del valor le había dicho el 14 de Marzo. Se demoró tanto que las palabras habían perdido importancia para T-K, que en aquel momento le había deseado suerte sabiendo que el pelirrojo no tenía ninguna oportunidad, pero supone que entonces le habría parecido divertido que lo intentara. Sin embargo, ahora aquello le provoca una punzada de dolor en el pecho y nota cómo un nudo le va cerrando la garganta poco a poco.
La señora Takaishi cierra el grifo. Patamon tensa la cola y las alas.
—Sí.
—Y... ¿qué le dijiste? —Ahora es él a quien la voz se le apaga.
A Hikari nunca le gustó Daisuke, eso siempre fue obvio. Pero, ¿y si accedió a darle una oportunidad después de todo?
No. No puede ser.
Sacude la cabeza para espantar esa posibilidad de su mente, como si de aquella forma pudiera deshacerse de la verdad o de lo que espera oír y que tanto teme.
—Que no —dice ella con rotundidad, con una nota de obviedad en la voz.
—Ah —. Una especie de globo se infla en el pecho de T-K, quien vuelve a respirar con normalidad.
—Pero me siento mal por él.
—¿Por qué? —arruga la nariz al preguntarlo. Le desagrada saber que Hikari se siente mal, sobre todo por algo de lo que es culpable.
Nadie elige de quién enamorarse y de quién no.
Ni Takeru eligió que Satomi se enamorara de él, ni Hikari eligió que Daisuke se enamorara de ella.
Ni él eligió enamorarse de su mejor amiga.
—No lo sé... Pensé que él tenía claro que no me gusta.
Se demora un largo tiempo en digerir aquellas palabras.
¿Y si él tampoco llega a gustarle nunca?
—Bueno, él decidió insistir a pesar de eso, ¿no? Estaba muy claro. Pero Davis puede llegar a ser bastante pesado y cabeza dura.
Natsuko aun no regresa a la mesa, sino que mira todo desde la encimera, con los brazos cruzados sobre el pecho y las cejas muy juntas con expresión seria. Asiente una vez secamente, como de acuerdo con lo expresado por su hijo, pero no se entromete en la conversación.
Y como dándose cuenta de pronto que está oyendo algo que no le corresponde, se separa del mueble y camina hasta la mesa. Pone con cariño una mano en la coronilla de Takeru, quien se da vuelta con una expresión que la mujer nunca antes había visto en él, y sigue de largo hasta su habitación. Patamon se le posa en el hombro a la mujer y luego revolotea hasta la cama de su compañero humano.
—Tienes razón —dice la voz de Kari a través del parlante; sin embargo, no parece demasiado convencida.
—Kari… —suspira él antes de llenarse los pulmones de aire nuevo.
