«Estoy seguro de que no existe un olvido total: las huellas, una vez impresas en el alma, son indestructibles.» Thomas de Quincey

Las elevadas temperaturas y un día extremadamente soleado no representan un impedimento para que el grupo de amigos viaje, una vez más, al lugar donde todas sus aventuras empezaron.

Cuatro años atrás, en esa misma montaña, siete niños fueron trasportados en contra de su voluntad a un mundo completamente distinto al suyo.

Hoy, Tai, Matt, Sora, Izzy, Jō, T-K, Kari, Yolei, Cody y Ken, junto con sus respectivos compañeros digimon, están desperdigando sus mochilas por el suelo, listos para ponerse a armar las carpas donde pasarán la noche.

Un nuevo campamento, justo donde todo comenzó.

Mimi y Davis están en Estados Unidos con Wallace y Michael.

Davis viajó el día 21 de julio y permanece con los otros Elegidos desde entonces, sin una fecha prevista de regreso. Según les comentó Mimi, necesita estar lejos de los demás por un tiempo para pensar algunas cosas y replantearse sus metas; Takeru y Hikari saben que es por lo del último día de clases, pero prefieren guardar silencio por respeto al chico.

—Bueno, ustedes vayan a buscar ramas y esas cosas para prender el fuego —les indica Tai a Cody y Ken con un gesto de la mano, solo porque son los primeros a los que ve cerca suyo haciendo nada importante —. T-K, ¿por qué no vas a buscar agua al río? —y sin esperar respuesta por parte del rubio, le pone entre las manos una olla gigantesca que llevó Sora.

Hikari, que está armando las tiendas con Yolei y Matt, mira seriamente a su hermano que reparte órdenes a diestra y siniestra a cualquiera que se cruza, mientras él se queda comprobando la firmeza de las estacas dándoles pataditas y negando o asintiendo gravemente con la cabeza.

Izzy, como de costumbre, está pegado a su laptop, ajeno a todo lo que ocurre a su alrededor. Comenzó diciendo que sería solo con fines instructivos para saber cuál era el mejor tipo de terreno para instarse y luego buscó cómo armar las carpas, pero parece que ser que halló algo mucho más entretenido que pasar el momento con sus amigos y desde entonces no han podido separarlo de la pantalla.

Jō busca frutos secos comestibles comparándolos con uno de sus libros de texto: tomó de la biblioteca un par de revistas y libros titulados «Recetas salvajes: aprende a cocinar con los elementos de la naturaleza», «Los sabores del bosque», «Acampando con principiantes», además de una pila de libros de estudio para adelantar las clases del siguiente ciclo.

—¿Cómo se supone que voy a diferenciar los caquis de los tomates inmaduros? —grita en ese momento, moviendo de un lado a otro una hoja en particular de uno de los libros.

—Sí sabe que nos quedamos solo una noche, ¿no? Y que trajimos comida suficiente... —pregunta Yamato quitándose los anteojos de sol para secarse mejor el sudor de la frente.

Tai se encoge de hombros.

Gatomon y Gomamon van con Kido antes de que el castaño les delegue también alguna tarea.

—Prefiero que vaya a buscar frutas a que presagie una mordedura de serpiente cada veinte segundos.

Después de almorzar deciden recorrer el lugar, ya que ni Hikari, ni Ken, ni Yolei, ni Cody conocen la montaña y los alrededores.

Eventualmente, después de subir una escalera bastante corta de lo que recordaban, llegan a la cabaña donde los primeros Elegidos se habían refugiado de la nevada cuatro años atrás y donde recibieron sus digivices. En ese momento, cada uno de los primeros viajeros mira su dispositivo con cierta nostalgia y sonríen con una sensación extraña en el estómago. La última vez que la mayoría estuvo allí fue para derrotar a BelialVamdemon, con los nuevos Niños Elegidos que habían sido, a la vez, víctimas de las semillas de la maldad.

A Tai le parece que la situación no puede ser más diferente a las dos veces anteriores: la paz y la armonía reinan en el Mundo Real y el Mundo Digital. El viento sopla cálido. El sol calienta la Tierra. Las mariposas revolotean. Los pájaros trinan. Relajado, toma una profunda bocanada de aire que le llena los pulmones y renueva sus energías.

—Bien, es hora de ir a nadar —y antes de que el resto pueda siquiera reaccionar a sus palabras, sale corriendo escaleras abajo. Metros antes del río, se quita la camiseta y salta al agua fría salpicando todo a dos metros a la redonda. Agumon lo sigue lo más pronto que puede y, aunque se cubre un poco con las patas, acaba tan mojado como la ropa de Tai.

El resto de los chicos baja con calma los escalones y la montaña que los separa de la zona de acampe y siguen a Taichi hasta el río. Después de dejar a salvo sus anteojos y su ropa, Yolei también se lanza de bomba y sin demora ella y el mayor de los Yagami comienzan una guerra de agua.

Sora, Hikari y Gatomon se quedan un poco más lejos tomando el sol sobre sus toallas; las chicas con la ropa aun puesta y sin intenciones de quedarse en bañador y mucho menos de meterse al río.

Después de largo rato, finalmente Taichi y Takeru logran convencer a Kōshirō, mediante amenazas, de que se aleje de la maldita laptop un rato, a la vez que Jō recita una larga lista de beneficios sobre el contacto con la naturaleza y pasar menos tiempo con una pantalla delante de los ojos.

Ken, por su parte, junto con Wormmon, mira todo desde la rama baja de un árbol grueso que se alza al borde del río.

Y prácticamente antes de que se den cuenta, el atardecer cae sobre ellos.

Gatomon mueve las orejas, tratando de percibir aquellos sonidos que los humanos y los otros digimon son incapaces de oír.

—¿Pasa algo malo? —le pregunta Kari rascándole detrás de las orejas como si fuese un gato común. La criatura la mira y sacude la cabeza negativamente, mintiéndole a su compañera.

Oyó algo, pero no está segura qué. Sin embargo, como no percibe ningún olor extraño, se apresura a asumir que debió de tratarse de algún animal correteando por el bosque que se extiende a sus espaldas.

En aquel momento, los Elegidos están armando la fogata para la noche. El sol está casi completamente oculto detrás de la montaña coronada por la cabaña. Se acerca la hora de la cena.

—¿Patamon?

—¿Qué pasa, Tentomon?

—¿Gatomon? —repite Kari.

Todos los digimon están mirando hacia el cielo estrellado, sin embargo, los niños son incapaces de ver lo mismo que sus compañeros.

—Es el Señor Gennai —murmura Gatomon.

Antes de que alguien pueda pronunciar siquiera una palabra, un haz de luz se abre en medio del cielo; cuando roza el centro destinado a la fogata, la figura de un hombre joven con una cola de caballo pequeña y una túnica gris aparece frente a todos.

—Elegidos —saluda, refiriéndose tanto a los humanos como a los monstruos digitales.

El silencio recorre la ronda y se extiende largamente por unos segundos, que es roto nuevamente por aquella especie de holograma.

»Me temo que no traigo buenas noticias.

—¿Qué quiere decir con eso? —pregunta Matt inmediatamente, poniéndose en pie de un salto con un puño cerrado de manera instintiva.

—¿Hay otro ser maligno queriendo apoderarse del Digimundo? —aventura Tai, cerrando las manos también con fuerza, igual que el rubio al otro lado de la ronda.

El Señor Gennai lo mira con el rostro serio e imperturbable y niega con la cabeza.

—El tiempo de los monstruos digitales en este mundo se ha agotado.

—¿¡Qué!?

—Tiene que ser una broma —dice Matt, quien nota la presión de uno de los brazos de Gabumon rodeándole la pierna. Pero el hombre mueve la cabeza nuevamente de un lado a otro, en gesto negativo.

—El Emperador de los Digimon ha sido derrotado. La oscuridad ha sido vencida por la luz. La paz en el Digimundo ha sido restablecida. Se han elegido a nuevos niños y a nuevos digimon para lograrlo, y es hora de cerrar una vez más la puerta que conecta ambos mundos.

—¿Cerrarse una vez más? —murmura Ken, que sujeta con fuerza a Wormmon entre sus brazos a la vez que este se aferra con todas sus ganas a la camiseta del Elegido de la Amabilidad.

—¿Qué está pasando? Pensábamos que no habría más problemas con las puertas entre el Mundo Digital y el Real —exclama Tai, quien se debate por dejarse dominar por la rabia o la incomprensión, y tratar de mantener la compostura para comprender algo de lo que Gennai les está diciendo.

—No pueden hacer eso. Nosotros somos los Niños Elegidos —suelta a la vez Yamato con rotundidad, como si pensar que hubiese otros niños con otros emblemas fuese una idea descabellada. Como si nadie más fuese capaz de volver a salvar uno o dos mundos, como lo hicieron ellos cuatro años atrás.

En ese punto, Gennai ríe.

Es una risa fría, robótica y sin gracia que les hiela la sangre y les provoca un escalofrío que recorre de punta a punta la columna vertebral de los adolescentes, aunque no dura más que un par de segundos.

—Elegidos, pensábamos que esto había quedado claro la primera vez: no son ustedes quienes deciden cuándo ni por cuánto tiempo la brecha permanece abierta. Ustedes y otros humanos han sido seleccionados y llamados con un único propósito: defender el Mundo Digital y así restaurar su armonía. Ese objetivo ya ha sido cumplido, por lo que la estancia de sus compañeros en este mundo ya no tiene propósito.

El Joven Gennai los mira uno a uno como si fueran niños cortos de entendimiento y se demora brevemente en el Elegido del Conocimiento, pero este permanece con la mirada apagada clavada en algún punto más allá de la silueta humana que está en el centro del círculo.

»Deben comprender que ni ellos pertenecen a este mundo, ni ustedes al nuestro.

»Este lazo que han creado con los monstruos es simplemente un efecto colateral, un error, que ni los demás Gennais ni yo hemos podido evitar.

¿Qué haber entablado amistad con los digimon fue un error? No. Imposible. Ninguno nunca consideraría un error a su digimon.

—Eso no es cierto —grita Tai, poniéndose también de pie, y Agumon, a su lado, da un salto y se coloca en posición de pelea —. Los digimon son nuestros amigos, no son solo un conjunto de datos que vemos a través de una pantalla — pero el Señor Gennai repite por tercera vez la negativa con la cabeza, y Yagami guarda silencio, sin saber qué más acotar.

El sonido de unas pisadas desvía las miradas de todos. Gatomon se acerca a la luz que rodea al joven Gennai.

—Yo no creo que haber conocido a Kari haya sido un error —dice en voz baja.

»Los digimon no podemos sentir igual que los humanos, pero... —se voltea para ver a la menor de los Yagami, que permanece parcialmente en la oscuridad, con Takeru a un lado y Taichi al otro —también sufrimos, pasamos hambre y miedo. Nos reímos... Tenemos una conexión con nuestros compañeros humanos.

El silencio se prolonga cuando la criatura deja que esas sílabas se pierdan en el aire.

»No sé cómo se denomine a eso, pero tampoco creo que sea un error en nuestra programación.

—La relación humano-digimon fue creada solamente con los propósitos de alcanzar evoluciones más poderosas. Como he dicho, los monstruos digitales son incapaces de sentir.

Gatomon niega con la cabeza.

—No, este lazo va más allá de una simple necesidad de ser más poderosos o alcanzar la digievolución perfecta. Señor Gennai, si tuviera que poner lo que me provoca estar con Hikari en palabras humanas, diría que ella es mi mejor amiga.

—Gatomon... —murmura Hikari, llevándose las manos a la boca. Sora la imita, pero sin decir nada, a la vez que una lágrima resbala lentamente por su mejilla izquierda hasta caer sobre la clavícula semidesnuda.

—El tiempo se agota —dice aquella especie de holograma tras distorsionarse ligeramente a la altura de la cabeza —. No queda mucho tiempo, pero pueden des...

—¡NO QUIERO! —la voz chillona de Wormmon atraviesa la noche como un cuchillo —¡NO VOY A DEJAR A KEN NUNCA!

—¡Sora...! —gimotea Piyomon, pegándose cuanto puede a la pelirroja.

Un revuelo de lloriqueos, gritos y protestas se alza entre los Elegidos tanto humanos como digitales.

—No es justo —murmura Matt.

—¿Cuándo han sido justos ellos con nosotros? —suelta Jō en voz muy baja, que hasta entonces había permanecido en silencio. Gomamon se oculta entre las piernas del Elegido de la Sinceridad y el tronco en el que este se encuentra sentado.

—Elegido, la vida no es justa —dice Gennai como si estuviera hablado de algo trivial como el buen clima.

—Pero... si nos vamos... ¿ya no volveremos a ver a Tai y a los demás?

—Si se quedan ya no volverán a verlos —lo corrige el ser de aspecto humano, haciendo énfasis en la tercera palabra.

—¿Qué quiere decir con eso? —quiere saber Tai, que se esfuerza por mantenerse en su lugar junto a su hermana.

Sin embargo, las palabras de Gennai quedan ahogadas porque vuelve a distorsionarse. Cuando reaparece por completo, ni siquiera se molesta en repetir lo que acaba de decir, quizás porque no se dio cuenta de que no lo oyeron, quizás porque no le importa.

—Entiendo —murmura Gatomon, y da un paso hacia es haz de luz que envuelve Gennai. Todos los Elegidos se la quedan mirando como si hubiera perdido la cabeza —. ¿Al menos podemos despedirnos? —pregunta mirando desde abajo al castaño que meses atrás los ayudó en su viaje por el mundo. Este se encoge de hombros.

—La puerta está a punto de cerrarse. Deben apresurarse.

La digimon portadora del emblema de la Luz asiente con la cabeza y corre hasta la humana con su misma cualidad.

—Kari, te prometo que nos volveremos a ver —le dice al oído, y la adolescente solo atina a acariciarle de manera mecánica dos veces la cabeza, entre las enormes orejas blancas—. Esto no es una despedida —. Luego, regresa también rápidamente al lado de Gennai sin mirar hacia atrás porque sabe que, si lo hace, no querrá marcharse del lado de Hikari.

Patamon revolotea delante de la cara de T-K, con los ojos húmedos pero una sonrisa dibujada, aunque bastante frágil.

—Takeru, cuídate mucho —. Se pega al pecho de su compañero y murmura: —Me hubiera gustado estar cuando le dijeras a Hikari que te gusta —y rápidamente se aleja de él para posarse sobre la cabeza de Gatomon.

—Sora... —Piyomon la mira desde el suelo —No tengas miedo, sé que volveremos a vernos.

—Pero... Piyomon... —«Ya no soy una niña» piensa, y el miedo de no volver a verla se apodera de ella. De alguna forma, la criatura le transmite su tranquilidad con tan solo una mirada, y la elegida del Amor le toma con fuerza las alas y asiente con la cabeza. —Tienes razón.

La criatura rosada se une a los demás digimon.

El haz de luz en el que apareció Gennai parece opacarse un poco, como si se debilitara.

—Izzy, sé que hallarás la forma de abrir esa puerta. Confío en ti.

El chico no responde, sino que pasa saliva con cierta dificultad y dolor y se dedica a mirar cómo Tentomon también va volando con el resto, dejando tras de sí el zumbido de sus grandes alas de insecto llenando el vacío.

—Yamato...

—Gabumon —suspira el rubio, y es él quien empuja un poco a la criatura hacia el círculo de luz. El digimon se lo queda mirando unos momentos antes de alejarse sin dedicarle una despedida, porque sabe que a Matt no le gusta demostrar sus sentimientos con todos los demás tan cerca. Y quizás sea mejor así. Que la última imagen que se lleve de su compañero, no sea con los ojos anegados en lágrimas y enrojecidos por la tristeza.

—¡No quiero dejar a Ken!

—Wormmon...

—¡No puedo hacerlo! ¡No con esa loca acosándolo! —Grita Wormmon, aferrándose con muchísima fuerza a la pierna de Ken. A su lado, Yolei llora a mares abrazando a Hawkmon, quien también solloza pegado a la chica.

Jō ni siquiera ha levantado la vista de sus zapatos desde la única vez que habló, así que Gommamon se aleja de él arrastrándose con cierta dificultad por el césped después de dedicarle una mirada triste y unas palmaditas en la pierna.

Armadimon y Cody se despiden con resignación. El chico le agradece a su digimon todo lo que le ha enseñado y el tiempo que pudieron compartir juntos, y el otro le da unas palabras de aliento y se marcha sin siquiera abrazarse.

Taichi sujeta a Agumon y ambos se miran fijamente a los ojos, incapaces de decir mucho.

—Taichi, no tengo que recordarte que seas valiente, ¿verdad?

—No, Agumon —. Acompaña sus palabras con un movimiento de cabeza hacia los lados.

—Come bien y rico por mí, ¿quieres?

—Sí —Yagami alza una comisura de sus labios —. Lo haré. Y tú no te metas en problemas—. De manera calmada, el digimon del líder de los primeros Niños Elegidos se separa de su fiel amigo y se une al grupo de los que serán llevados de vuelta al Digimundo.

Gennai mira a Wormmon, que no desea desprenderse de la pierna de Ken. Pero el Elegido de la Amabilidad logra acercarse arrastrando esa extremidad, y con solo sujetarlo de los lados, el hombre le afloja todos los músculos al digimon gusano y este libera a su compañero.

—Bien, justo a tiempo. Adiós, Niños Elegidos. Recuerden: lo que han vivido permanecerá siempre con ustedes, pero todo lo que comienza tiene un final, y este es el de su aventura digital.

»Pero no se preocupen: si el Digimundo vuelve a necesitar de la ayuda de los humanos, hay muchos otros Niños Elegidos en el mundo —dice, como si sus palabras no pesaran en los oídos y en las conciencias de los presentes, que son incapaces de apartar la mirada del grupo que permanece de pie en el centro del círculo—. Y... —se gira para verlos de uno en uno con sus ojos grises apagados, inhumanos —si alguno de ellos no fuera capaz de cumplir con el objetivo que se le propone —se demora un instante en Jō antes de encogerse de hombros y desviar la mirada a Tai—, simplemente será reemplazado.

Antes de que el grupo de amigos pueda digerir esas palabras, los diez digimon y el joven Gennai desaparecen en una tercera distorsión, sumiendo a los adolescentes en la oscuridad creciente de un bosque ahora demasiado desolado y frío.

—¿Izzy, tú lo sabías? —Tai arrastra las palabras, furioso, con los dientes apretados. Sin embargo, gracias al denso silencio que los cubre, todos lo pueden oír perfectamente, a pesar de la distancia.

—Yo... —exhala, sin saber bien qué decir.

—¡¿LO SABÍAS Y NO NOS DIJISTE NADA?!

—Ya basta, Tai, ¿enloqueciste? —exclama Matt, parándose inmediatamente como impulsado por un resorte e interponiéndose entre los dos chicos.—¿Cómo podría saberlo? Nadie tenía idea...—Se interrumpe al ver la escena que se despliega ante él.

El enmudecimiento de Izumi parece ser la respuesta que Yagami estaba esperando. Se sostienen la mirada por algunos segundos, hasta que el pelirrojo una vez más es incapaz de seguir soportando la presión del chocolate de Taichi, y los iris negros se desplazan hasta sus propias sandalias de verano.

Taichi chasquea la lengua y hace un gesto de cabeza a Kōshirō.

—Eres... —se da vuelta tragándose las palabras y se dirige a las carpas con los puños tan apretados que se clava las uñas en las palmas.

La oscuridad es absoluta y el único ruido que se oye es el de los insectos. Los adolescentes demoran casi un minuto en acostumbrarse a la penumbra, y cuando lo logran, perciben que una nueva silueta se levanta del tronco y da unos pasos hacia las carpas, no mucho después que Taichi.

—¿Jō? —Sora da un paso hacia él, preocupada porque se haya alejado del resto.

—Tengo que estudiar para mis exámenes.

Sora, más preocupada aun, da un nuevo paso estirando el brazo, pero es demasiado tarde. Jō ya se ha alejado por detrás de los troncos que rodean el espacio destinado a la fogata y es evidente que no regresará.

—Déjalo —murmura Matt, poniendo una de sus cálidas manos sobre el hombro de su novia.

—Debí imaginarlo —. La voz de Izzy suena ahogada y distorsionada. Nadie hubiera esperado tal comentario del pelirrojo.

—No te culpes. Para todos es difícil —insiste Matt, a unos pocos metros de los demás Elegidos.

—Yo lo vi con mis propios ojos, Matt, pero nunca pensé que... —toma aire, lo cual le produce una punzada de dolor en el pecho —Vi cómo el Digimundo poco a poco volvía a la normalidad, ¿entiendes? Pero yo jamás creí que la puerta volvería a cerrarse y que no... —Sus palabras se pierden en la noche.

—¿Los volveremos a ver? —En el suelo, Hikari se ve mucho más frágil y más niña que nunca. Taichi y Takeru están cada uno a su lado, con la misma expresión de tristeza y de vacío que todos los Elegidos.

—No lo sé —admite Izzy, mirando su digivice en la mano derecha. La pantalla está negra y no emite sonido alguno, como si estuviese muerto.

—Pero... Pero Izzy podrá hacerlos volver, ¿no? Yo... yo lo ayudaré. Sí —empieza Yolei, secándose las lágrimas con el antebrazo y tratando de sonar tan animada como siempre. Sin embargo, el elegido del conocimiento la mira de reojo, abatido.

—Ya escuchaste al señor Gennai. No se puede mantener una puerta abierta a menos que el Digimundo esté en peligro.

Ni siquiera tiene su dichosa laptop abierta, ni está tratando de buscar una solución en su mente, la cual está completamente en blanco.

—Pero...

—Ya basta, Yolei. Sabíamos que tarde o temprano tendríamos que despedirnos. Ya no somos unos niños —. Dichas por uno de ellos mismos, esas palabras suenan demasiado duras, mucho más realistas que si las hubiera pronunciado Gennai.

Hikari hace una mueca de dolor al oírlas y se lleva una mano al pecho, a la altura del corazón, provocando que T-K se apresure a rodearla con los brazos. Taichi, que regresó en cuanto Jō se metió a la tienda, permanece quieto a la derecha de su hermana temblando de impotencia porque no sabe qué decir ni qué hacer.

La conmoción es tal, que nadie llora. Están demasiado impactados como para poder reaccionar de manera lógica. O quizás es que, como dijo Ken, ya no son unos niños y saben que llorar no les servirá de nada.

—Sin embargo… —el portador del emblema del Conocimiento vuelve a hablar con esa forma estrangulada y extraña, tan impropia de él que el resto de los Elegidos demora varios instantes en darse cuenta de quién se trata—es mejor que haya sido así. Si los digimon no se hubieran ido, si se… hubieran quedado en nuestro mundo… —barre la ronda como queriendo asegurarse de quiénes están presentes, de quiénes están escuchándolo, y contenerse si hay alguien que cree que será demasiado débil para poder aceptar la verdad que está a punto de revelar: —sus datos habrían desaparecido para siempre.

De haber podido, habrían regresado en ese mismo instante a Odaiba, pero es casi medianoche y ya no hay transportes públicos. Además deben caminar más de dos kilómetros para llegar a la estación, y de pronto el peso de sus bolsos, a pesar de que dentro ya no están escondidos los digimon, es mucho mayor que aquella mañana cuando llegaron.

A pesar de que rato después van a ocupar las carpas, nadie es capaz de pegar el ojo esa noche. Algunos sucumben a sus emociones y se largan a llorar, otros simplemente se quedan sentados con el pecho pegado a las rodillas, y otros como Yamato y Taichi, pasan la noche lanzando piedras al río; o Izzy, que se frota los ojos cada pocos segundos porque el brillo de la pantalla hace que se le sequen y le piquen. T-K, por su lado, se queda sentado fuera de la carpa, sobre su mochila, contando luciérnagas y echando breves miradas a la tienda de las chicas, de donde provienen suaves hipidos.

Quizás la promesa de los digimon de volverse a ver, o la de Yolei y Kōshirō de encontrar una solución, o la simple resignación al comienzo de una nueva etapa, es lo que mantiene apenas encendida la llama del optimismo con el correr de los meses.