«El problema es que los humanos tienen el don de elegir precisamente las cosas que son peores para ellos.» Harry Potter y la piedra filosofal: J. K. Rowling

1 de septiembre

Regreso a clases después de las vacaciones de verano. Septiembre se va opacando ligeramente por el comienzo de la muerte del verano. No obstante, aquella mañana es aun cálida y colorida, con los pétalos rosa pálido de los cerezos florecidos cayendo con cada vez más frecuencia en las aceras y en la ropa de los transeúntes a medida que el otoño se atisba

La chica baja en el elevador desde el piso de su departamento hasta la primera planta, donde los rayos débiles del sol la saludan de lleno en el rostro, haciendo que cierre un poco sus ojos color café con leche para evitar que la cieguen.

Para librarse de la modorra y entrar en calor, comienza a caminar con rapidez hacia la escuela. En su espalda, la mochila le da suaves golpecitos a cada paso.

Annika se corre un mechón de pelo que se le pega a la cara y se lo coloca detrás de la oreja. Se siente ansiosa por llegar al primer día y que su mejor amiga la vea.

• • •

El digihuevo de Natsu se había marchado junto con V-mon, Palmon, Terriermon, Betamon y el digihuevo de Lopmon el día primero de Agosto, cuando uno de los Gennai se acercó a la reunión que los Elegidos estaban celebrando en casa de Michael para tratar de decidir qué harían con el huevo de Nat.

Durante algunos días habían intentado entablar comunicación con alguno de los Gennai, pero sin resultados positivos. Por eso se sorprendieron muchísimo cuando la figura del hombre se hizo presente frente a ellos, pero con intenciones de llevarse a todos los digimon y no solo a los que aun no habían pasado siquiera a etapa bebé, o darles una respuesta a lo que había ocurrido con alguna de las dos criaturas.

Aquella noche las lágrimas fueron las protagonistas. Mimi y Palmon habían luchado prácticamente con uñas y dientes para no separarse, pero segundos antes de que la distorsión se los llevara para siempre, Gennai tocó a la digimon y la separó de su compañera humana para unirla junto a los otros monstruos.

Al día siguiente, cuando Izumi se puso en contacto con ellos, descubrieron que sus amigos de Odaiba habían pasado por la misma deprimente situación que ellos. Aunque claro, para los primos Niños Elegido había sido un golpe mucho más fuerte, porque el 1 de agosto de 1999 había sido la primera vez que habían llegado al Digimundo, y ahora, exactamente cuatro años después, se habían separado de sus compañeros quizás de manera definitiva.

Desde ese día ha transcurrido exactamente un mes. Daisuke ha regresado a Japón y siente más que nunca la ausencia de su mejor amigo. Por eso, cuando llega al piso de su salón, lo hace arrastrando los pies y con una cara muy larga que denota tristeza.

Levanta los ojos del piso blanco brillante cuando percibe las sombras y oye las voces de los estudiantes, que parecen murmurar cosas ininteligibles para Davis.

Al hacerlo, ve a Hikari de espaldas casi en la puerta del aula contigua, con algunas chicas a las que no reconoce; y en unos pocos segundos nota algunos cambios en ella: creció unos cuantos centímetros y se hizo algo en el cabello, aunque no está seguro de qué porque sus pies ya lo estaban dirigiendo automáticamente a su banco.

Tras dejar las cosas en el pupitre, se mete las manos en los bolsillos del pantalón y decide ir a saludar a la castaña. Quiere saber cómo se encuentra, cómo está sobrellevando la ausencia de Gatomon… simplemente necesita oír su voz.

Se acerca a las chicas.

—Buenos días, Hik… —cuando la castaña se da vuelta, no son unos ojos ambarinos brillantes y dulces los que se topan con los chocolates de Davis, sino unos del suave color del color del café con leche. —Oh, lo siento, te confundí… —La mira de arriba abajo, tratando de deducir de dónde le parece familiar, además del corte idéntico al de Yagami una figura muy similar a la de la Elegida de la Luz.

—No pasa nada —. La chica le sonríe y Davis no puede apartar la mirada de ella.

—¿Te conozco?

Ella asiente con la cabeza.

—Nos cruzamos el último día de clases en la calle… Ya sabes, cuando estabas llorando —agrega en voz baja, como si supiera que Davis no quiere que el resto del curso se entere que había estado llorando por el rechazo de Kari.

—¡Ah! Sí, claro. Ya me acordé.

En ese momento, la cercanía de unas voces conocidas hacen que Motomiya aparte la mirada de la castaña que tiene enfrente: Hikari y Takaishi se acercan charlando, como de costumbre.

Por el rabillo del ojo, el pelirrojo llega a atisbar que la chica cuyo nombre aun desconoce, se encoje un poco en el lugar al ver a Yagami detenerse delante de la puerta corrediza y mirar hacia donde están ellos.

Contrario a lo que Davis pensaba, Kari y Takaishi se acercan a ellos. La Elegida se detiene al menos un metro antes de llegar al chico y cuando habla, lo hace con la voz tan apagada como sus ojos.

—Davis… —dice, y le echa una mirada fugaz a Annika, quien da un paso hacia atrás —Buenos días —la saluda, y luego regresa su atención a Davis—. ¿Podemos hablar un momento… los tres?

El estómago del Elegido da dos vuelcos: el primero, cuando le propone hablar, y el segundo, cuando suma a Takaishi a la ecuación. Rápidamente mira al rubio, quien se mantiene detrás de Kari, con la mano derecha dentro del bolsillo —probablemente apretando con fuerza el D-3— y la izquierda en la correa de la mochila, que lleva altaneramente colgada de un solo hombro,

Sin apartar la vista de él, Daisuke asiente gravemente con la cabeza una sola vez.

—Claro.

Sin más, Yagami se da vuelta y Daisuke avanza un paso detrás de ella, pero se detiene de pronto, gira sobre sus talones y se dirige a la otra chica:

»Lo siento, ¿cómo me dijiste que te llamas?

—Akiyama. Annika Akiyama —dice atropelladamente, y nadie puede ignorar el intenso color rojo que adquieren su rostro, cuello y orejas al hacerlo.

Para evitar ponerla más nerviosa, Davis hace un gesto con la cabeza, la saluda con la mano y camina rápido hasta Hikari y Takaishi.

• • •

Al entrar, Davis cierra la puerta y se une a los otros dos, que están con las cabezas casi pegadas esperándolo en el asiento de Takaishi y el contiguo.

—¿Qué pasa? —pregunta, sentándose sobre el pupitre para reducir el espacio y las probabilidades de que su conversación se escuche.

La castaña y el rubio se miran de reojo por un instante, y es el portador del emblema de la esperanza quien habla primero.

—Bueno, nosotros…

Aquellas palabras ya le caen mal. Las siente como una patada baja. Intentando poner su mejor cara de póquer, alza una ceja y mueve la cabeza lentamente hacia Kari, pero acaba enfocándose en una mancha de la madera de la silla. Un nudo que forma una especie de ojo casi negro.

—¿Ustedes…?

¿Es necesario que lo digan? Percibe una especie de molesto zumbido en los oídos que amortigua las demás sonidos.

—Queríamos saber cómo estás, Davis —se apresura a decir Kari, haciendo un rápido movimiento con la mano que, en un primer momento, a Davis le da la impresión de que irá a parar encima de la de Takaishi, pero que finalmente aferra al respaldar de la silla donde ella está sentada, interrumpiendo así lo que fuera que el otro adolescente estuviera a punto de decir.

Como si fuese que un globo se desinflara dentro suyo, el pelirrojo nota que vuelve a respirar con normalidad y que los músculos tanto de sus hombros como de su espalda, se relajan completamente.

Entonces el heredero de los emblemas del valor y la amistad entiende que Hikari no está refiriendo a cómo está llevando solamente el hecho de la separación con V-mon, sino también a aquel vergonzoso rechazo del 19 de julio.

Seguramente, en aquel momento ambos Elegidos que lo miran con los ánimos por el piso estarán recordando la primera separación que tuvieron con sus digimon, en la aventura de 1999. Y, por algún motivo, no siente ningún tipo de lástima por ellos.

Davis se encoge de hombros, aun sin pasar su atención a otra cosa que no sea el nudo de la madera.

—Bien.

Un incómodo silencio se extiende por el salón, que de pronto parece muy frío a pesar de que es verano.

Davis vuelve a abrir la boca, pero antes de siquiera saber qué va a decir, suena la campana de inicio de clases. Motomiya es el primero en abandonar aquel asiento que no le corresponde para ir al suyo, dándoles la espalda a Hikari y a Takaishi.

• • •

La había visto. Le había hablado. De hecho, habían tenido una conversación prácticamente normal hasta que había llegado… ella.

En menos de un abrir y cerrar de ojos, Yagami había logrado que Daisuke se esfumara del pasillo para encerrarse a hablar en el salón, corriendo detrás de ella como un perro faldero que persigue a su amo. Como siempre.

Sentada en uno de los bancos que dan contra la pared, con la mirada clavada en su cuaderno, los dientes muy apretados y el lápiz a punto de rompérsele en la mano derecha, Annika recibe un golpe débil en el hombro izquierdo. Al desviar los ojos café con leche de la nublada hoja del libro, nota que su mejor amiga le está haciendo señas disimuladas.

—Página 245 —le susurra detrás de su libro de texto. Entonces, Annika junta las cejas e intercala la mirada entre la página en la que está, y el docente que espera a que siga leyendo donde quien sea se quedó.

Se pone de pie y da vuelta la página. Afortunadamente está en la 243, y la 244 está completamente vacía, así que probablemente el maestro no se dé cuenta de que no estaba prestando ni una pizca de atención.

Carraspea y de inmediato comienza a leer en voz alta. Se detiene solamente cuando el maestro se lo indica para que alguien más siga desde ese punto.

4 de septiembre

A pesar de que las temperaturas ya no sobrepasan los treinta grados centígrados, los ventiladores de la biblioteca están encendidos removiendo el aire poco viciado y agitando suavemente las hojas superiores de la alta pila de papeles que reposa en el mostrador principal de madera oscura, detrás del cual se halla una mujer de grandes anteojos de montura redonda y con el pelo completamente recogido en un rodete a media cabeza. Dos mechones blanquecinos adornan el rostro regordete de la mujer, evidentemente extranjera, probablemente acomodados cuidadosamente para que parezcan que se han soltado del peinado por accidente.

Annika se acerca hasta ella cuidando de no hacer ruido, tras haber leído los grandes carteles de «El silencio es el mejor aliado», «Dejar los bolsos en la estantería junto a la puerta», «Computadoras e Internet disponibles para todos los concurrentes a la Escuela Primaria de Odaiba», «Prohibido comer y beber dentro de la biblioteca» y «¡Asociarte es gratis y trae múltiples beneficios!»

Prácticamente antes de que pueda abrir la boca, la mujer de semblante serio alza la vista del ordenador y la clava en ella.

—¿Sí?—Habla y, al hacerlo, a Annika le da la impresión de que apenas ha susurrado; sin embargo, la oye claramente.

—Eh...—Nota que el tono de su voz es mucho más elevado de lo que pretendía, así que pega los labios uno con otro, carraspea y se obliga a decir en una especie de susurro ronco: —Estoy buscando un libro.

La bibliotecaria alza una ceja, esperando las especificaciones de la castaña. Sin embargo, tal parece ser que el fresco aire que lanzan los ventiladores de techo ha logrado congelar las palabras en la garganta de Akiyama, así que baja las manos del teclado, se acomoda los anteojos subiéndoselos por el puente de la nariz y habla, haciendo acopio de su entrenada paciencia.

—¿Qué libro? —y regresa las manos al teclado, ahora para escribir el título.

»Alguien lo está leyendo ahora —anuncia menos de un minuto después.

—¡Ah! Entiendo. Y… ¿Puede decirme quién es? —La ceja izquierda de la mujer vuelve a elevarse inquisitivamente, como si fuese obvio que la respuesta es «no». —Qui-quizás podamos compartirlo…

Tras aquella breve explicación, la bibliotecaria se encoge un poco de hombros y señala una puerta de doble hoja de madera, de apariencia muy pesada, al otro lado de la sala con interminables estanterías de metal que forman estrechos y poco iluminados pasillos.

Annika avanza por ellos y sus zapatos resuenan lúgubres en la extensa sala. Al cabo de lo que le parece una eternidad, llega a la bendita puerta y empuja con toda su fuerza la hoja que está a su derecha. Con un chirrido suave, esta se libera y se abre, dejando ver a la castaña una sala de la mitad del tamaño que la anterior, con dos largas mesas de madera clara. Unos pocos asientos de los numerosos que se extienden a lo largo de los tablones están ocupados. Como era de esperarse, el silencio reina en aquel espacio, roto solamente por el susurro de las hojas de los libros al pasarse.

Dos grandes ventanas son la principal fuente de luz, aunque las lámparas de techo también están encendidas. Los ventiladores, al igual que en la sala del mostrador, mueven las aspas con una lentitud increíble de la que Annika se contagia y adopta para llegar hasta la primera mesa, ocupada por unos niños de unos ocho o nueve años que, en lugar de estar estudiando como uno esperaría que hicieran en la biblioteca, intercambian figuritas coleccionables y los van pegando en sus álbumes abiertos de par en par sobre la superficie opaca. En otro asiento, lejos de los niños y de la puerta, un profesor lee el periódico de espaldas a Akiyama, aparentemente con gran concentración. De vez en cuando cierra las páginas para tomar alguna anotación en un cuaderno a su derecha.

La muchacha sigue barriendo el recindo con la mirada, de derecha a izquierda, tratando de encontrar a la persona que se le adelantó a pedir el libro. Y segundos después, lo logra.

Tendría que haber sido obvio. Como en una película.

Está sentado en la última silla, recostado sobre la mesa, con los brazos doblados debajo de la cabeza, evidentemente dormido.

El corazón de Annika da un vuelco al reconocerlo —apenas unos segundos después de verlo—, y su pulso se acelera tanto y tan rápido que le da la impresión de que su corazón podría perforar el pecho salírsele volando sin problema alguno.

Por un momento su cerebro le indica que se vaya. Que corra y huya de allí; sin embargo, su cuerpo lo contradice, evitando que sea capaz siquiera de respirar con normalidad.

Annika Akiyama permanece clava en el suelo por una fuerza mucho mayor que la gravedad que experimenta el resto del mundo.

De pronto, contra todo pronóstico y sin siquiera ser consciente de estar enviándole la orden a sus piernas, estas se mueven conduciéndola hacia el fondo de la silenciosa sala de lectura; en dirección a su más que asegurada perdición.

—M...Motomiya —. Antes de poder siquiera reaccionar de manera lógica, se descubre a sí misma sacudiendo al pelirrojo por el hombro.

La cabeza de Daisuke Motomiya, que está mirando hacia el lado contrario del cuerpo de la adolescente, se mueve violentamente hacia todas partes para tratar de descubrir qué o quién lo ha despertado.

—¿Qué? ¿Quién? —pregunta dificultosamente, tratando de enfocar la mirada en la figura a su derecha.

—Soy Akiyama… Annika Akiyama, del otro salón.

—A...nnika...— Aun confundido, Motomiya se frota los ojos con el dorso de la mano y bosteza lánguidamente. Luego, parece poder enfocar y así reconocer a la castaña —¡Ah! ¡Hola! —exclama, y de inmediato se da cuenta de su error, cuando el hombre que lee el periódico los hace callar con un prolongado «¡Chsssst!» al tiempo que los mira con el ceño fruncido. Segundos después, cuando corrobora que los adolescentes no se ponen a gritar, agita el número para reabrirlo en la página donde lo había dejado.

»¿Me quedé dormido? —pregunta en voz alta, pero conteniéndose para no molestar a los demás.

Annika asiente con la cabeza y mira de reojo la silla que tiene vacía delante y que hace de barrera entre ella y la mesa, separándose también prudencialmente del cuerpo de Daisuke.

»Bueno, es culpa de este horrible libro de las clases de Historia —. Mueve las hojas sin un sentido aparente y luego cierra el libro.

Oyen que la puerta se abre. Un poco preocupada porque sea el docente, Akiyama levanta los ojos café claro hacia ella, justo a tiempo para ver desparecer a uno de los niños con su álbum de figuritas bajo el brazo.

»Voy a devolverlo —anuncia el pelirrojo, estirándose hacia atrás como queriendo desperezarse después de una larga noche de confortable sueño. Cuando va a tomar el libro para levantarlo de la mesa, ella lo detiene. Daisuke entonces, un poco extrañado, se fija en ella verdaderamente.

—No, espera. Lo necesito —. Se apresura a quitar la mano de arriba de la de Motomiya, como si esta le hubiese quemado. Se mira la palma, pero está tan blanca como cualquier día. —Lo… siento —dice, cerrándola en puño cerca del pecho.

El chico se encoge de hombros, restándole importancia a aquel accidente, y la adolescente siente cómo su rostro adopta un color rojo intenso y una repentina oleada de calor a pesar del ambiente fresco que se respiraba hasta unos momentos atrás.

Por el choque de temperaturas, la chica siente que la piel de las mejillas le arde.

—Aquí te lo dejo, entonces.

Ve cómo el pelirrojo comienza a guardar sus lápices dentro del estuche.

—Oye… Si quieres, puedes quedarte. Podemos leer juntos si… si no te molesta —propone, sacando el valor de quién sabe dónde mientras se rasca nerviosa la palma sudada de la mano.

Daisuke parpadea varias veces, como si de esa forma pudiera comprobar que lo que la castaña dice es cierto.

—¿En serio?

Ella asiente con la cabeza y, para evitar que el moreno se vaya, se apresura a tomar asiento junto a él, provocando una nueva mirada de desagrado en el maestro, que carraspea y vuelve a cerrar el periódico para tomar nuevas notas.

15 de septiembre

En apenas unas semanas se ha acercado tanto a Daisuke que ni ella misma es capaz de creerlo.

Daisuke es una persona mucho más cálida de lo que cualquiera podría esperar viéndolo de lejos.

Las sesiones privadas de Historia en la sala de estudio de la biblioteca se fueron convirtiendo de encuentros esporádicos y casuales a citas concretadas con el fin de ayudar al pelirrojo a elevar sus notas en la asignatura.

La excusa para con su padre no son más que mentiras que jamás pensó que le diría: largos y tediosos trabajos grupales. Como siempre menciona a Rin Mizushima, el señor Akiyama no da tantas vueltas a las explicaciones de su única hija y la deja quedarse algunas horas de más en el instituto para que pueda seguir llevando las altas calificaciones de siempre.

Aquel día, Annika se esmera en arreglarse, porque será un día clave en su vida.

Se levanta temprano y se pasa la plancha para el cabello para alisar al máximo los dos únicos mechones que le llegan por debajo de los hombros. Se coloca un broche con diminutas perlas tornasoladas y se echa un producto para hacerlo parecer brillante. Se coloca una camiseta de mangas largas de color blanco y por encima, una de mangas cortas de color rosa con detalles en amarillo. El pantalón de un amarillo claro y zapatillas de tela rosa pálido con las puntas y los cordones blancos.

Se cuelga la mochila en los hombros y sale al frío de la primera mañana otoñal. En el trayecto hasta la escuela, algunas hojas amarillentas se le caen encima y ella se las sacude con tranquilidad. Nada puede arruinar ese día, definitivamente.

Algunos cerezos aun se resisten a dejar caer el total de sus flores rosadas, como si de esa forma pudieran evitar que el otoño, y posteriormente el invierno, se apoderen de la ciudad.

—Buenos días —. Saluda a sus compañeros y deja sus pertenencias en el pupitre antes de marcharse a la otra división. En los pocos metros que la separan de la puerta, se cruza con su mejor amiga.

—¡Annika! —exclama esta, no muy feliz, y se planta frente a la castaña poniendo las manos en la cintura.

—¡Rin! ¿Qué pasa? —pregunta, parándose en seco y desviando un poco la vista hacia detrás de Mizushima para tratar de ver si Daisuke está entrando o en pasillo.

—No me digas que ya te olvidaste.

—¿Olvidarme? ¡No, no, claro que no! —pero parece no convencer a la otra chica, que la mira ceñuda y sin separar las manos de la cintura. —Ya sé que mañana es tu cumpleaños —le asegura, y la otra parece relajar un poco la expresión.

—Entonces, ¿vendrás? Iremos a una pastelería que queda aquí cerca.

—Eh, claro. No me perdería tu cumpleaños por nada.

Rin ahora cruza los brazos al frente.

—¿Me disculpas? Tengo que… —Señala al pasillo, detrás de Rin.

—No tienes remedio —dice en voz baja, y esquiva a Annika por la derecha para entrar al salón.

Annika acaba de ver a Daisuke acercándose por el pasillo, acompañado por un chico del equipo de fútbol: Terada Ono, quien ambiciona el puesto de defensor y la capitanía de Motomiya. Sin pensárselo dos veces, ella camina con paso firme y se planta delante de ellos tal como hizo Rin cuando la vio saliendo del salón, momento atrás.

—Daisuke —dice, interrumpiéndolos. El pelirrojo y el chico del cabello color paja oscura se detienen al casi chocar contra ella.

—Ah, Akiyama. Oye, hablamos luego en la biblioteca. Tengo algo que hacer —y sin demorarse más, sigue a Ono a través del marco de la puerta e ingresa al salón.

Annika escucha algunas risitas amortiguadas.

—Qué tontas —dice una voz ligeramente familiar de mujer, y una figura se acerca a la castaña —. Oye, ¿estás bien? —pregunta, y la chica da un respingo al notar la presencia tan cercana de alguien a quien no conoce.

La mira de reojo. De inmediato, una ira indescriptible se apodera de ella y se mueve como estuviera sacudiéndose mugre de encima.

—Sí —responde cortante, mirando ceñuda a la castaña que se acercó.

Yagami, siempre entrometiéndose entre ella y Daisuke.

—No tienes por qué contestar así. Hikari solo intenta ser amable contigo —. Claro que Takaishi no podía quedarse atrás para defenderla.

Yagami retrocede un paso.

—No importa —le dice en voz baja al rubio, llevándose la mano derecha al pliegue del codo izquierdo. En ese momento, otra voz resuena fuerte por el lado contrario.

—Kari, ¿puedes venir? es importante—. El corazón de Annika se detiene un momento. Tiene la sensación de que se le ha congelado, de que ya no volverá a latir. Y, paradójicamente, nota la sangre que recorre sus venas hierve conduciéndose completamente hacia el rostro.

Hecha una furia, Annika pega media vuelta sobre sus talones y desaparece dentro de su salón.

• • •

—¿Qué pasa? —pregunta Hikari tras entrar al salón.

Ve que Terada Ono se rasca nerviosamente la nuca incómodamente sentado en una de las sillas, mientras Davis lo mira de brazos cruzados, cerca de la puerta y mueve el pie desacompasadamente contra el piso.

—Eh… —los ojos de Ono viajan hasta los de Kari, y de inmediato regresan al piso.

—Ono quiere saber cómo puede hacer para interesarle a tu amiga Abe.

Kari parpadea varias veces, perpleja.

—¿Qué?

—Ya oíste.

—Bueno, yo… no lo sé. Supongo que podrías… regalarle algo.

—¿Estás loca? ¡No quiero que sepa que soy yo!

—¿Y cómo pretendes que salga contigo si no sabe que te gusta? —exclama Davis, perdiendo la paciencia.

—No lo sé —. Ono se revuelve el cabello desesperadamente.

—¡Ya sé! ¿Y si le dejas los regalos de manera anónima? En los recreos o antes de los entrenamientos del club de porristas —propone, enérgico—. ¿Tú qué dices? —le pregunta a Hikari, que se sobresalta un poquito.

—Sí, es una buena idea —responde, tratando de no sonar dubitativa.

—Pero no vayas a decirle nada —suplica Ono desde el asiento de Davis.

—De acuerdo —. La castaña se encoge un poco de hombros. No pensaba decir nada aunque no se lo hubieran pedido.

• • •

—Oye, Motomiya, ¿vienes a practicar pases con nosotros? —pregunta Tadao Murakami desde la otra punta del salón cuando la clase guarda los útiles en las mochilas. Algunas personas levantan los ojos para ver quién habla y la devuelven a sus cosas cuando lo comprueban.

—¿Eh? ¡Claro! —exclama, dibujando una gran sonrisa, y se apresura a meter las cosas que le quedan para perder la menor cantidad de tiempo posible.

Preocupado por el rendimiento del equipo durante el último partido, Daisuke se olvida por completo que le prometió a Annika verla en la biblioteca después de clase, y sobre todo que debe acabar de comprender la Segunda Guerra Mundial para el examen del día siguiente y que apenas ha memorizado el nombre de los países implicados, y va corriendo con sus compañeros hacia las canchas de fútbol a practicar para el siguiente encuentro, que será nuevamente contra el equipo de Tamachi.

Annika, que se demora un poco adrede dentro del salón porque sabe que Daisuke no es puntual, se dirige a la biblioteca sin saber que en ese momento el pelirrojo al que desea ver está bajando los escalones de dos en dos para aprovechar lo máximo posible el sol de la tarde.

La chica pide los libros correspondientes a aquella mujer extranjera que la mira por encima del cristal de los anteojos al tiempo que hace una mueca como si la interrupción de la castaña fuese un insulto, luego rellena los papeles y finalmente va a la sala de lectura, donde deposita todas las cosas en el lugar de siempre: al final de la larga mesa, donde vio por primera vez a Daisuke dormido.

Mientras espera la llegada del pelirrojo, Annika comienza a repasar la lección que le tomará y toma algunas notas aparte.

Sin embargo, a pesar de que a lo largo de las dos horas que permanece allí sentada la ruidosa puerta se abre varias veces, en ningún momento es la figura de Daisuke la que aparece allí. Un poco desilusionada, la chica cierra los libros que pidió prestados, guarda todas sus cosas y con la mirada acuosa se retira de la silenciosa biblioteca para ser recibida por el contrastante exterior: cálido, luminoso y alborotado.

Akiyama baja la escalera de mármol con gran desgano, con la mochila colgando de una mano y golpeando los escalones a cada paso. Llega a la puerta principal por donde los alumnos que acaban los clubes se retiran en grupos de diversos tamaños, acaparando y demorando la salida. Cuando finalmente llega al mundo exterior, nota que la temperatura ha descendido más de la cuenta, por lo que decide acortar el camino pasando por las canchas del patio y tomar el autobus hasta su casa.

Camina de manera autómata, guiada por el conocimiento del camino, sin pensar en lo que hace realmente, y con los ojos café con leche anegados en lágrimas que son mitad de frustración y mitad de tristeza por la gran vergüenza que pasó aquella mañana y por el plantón de Daisuke. ¿Habrán tenido que ver aquellos sucesos? ¿Y si Yagami lo acaparó para sí después de clases? Annika siente que una especie de sensación abrasadora le recorre desde la boca del estómago hasta llegar el rostro, quemando todo a su paso.

Annika se detiene un momento y sujeta la correa de su mochila con más fuerza de la necesaria, permitiendo que los nudillos se le pongan blancos. Luego se la cuelga en la espalda y, cuando está a punto de avanzar, de pronto algo impacta contra su rostro. Por instinto se lleva una mano a la zona dolorida, y nota entonces un poco de sangre en ella.

—¡Lo siento, lo siento! ¿Estás bien?

La castaña tarda un momento en poder enfocar bien a la persona que tiene delante, aunque primero cae en la cuenta por el peculiar cabello parado en puntas y por último por recuperar del todo la visión, que se trata de Daisuke Motomiya. Una nueva quemazón se hace presente en su rostro, que está rojo tanto en la zona redondeada donde impactó el balón, como en su totalidad por el hecho de tener al moreno a tan corta distancia suya.

—Eh... —. Un sonido estrangulado sale de entre sus labios. El cerebro de Annika parece haber disminuido a la mitad su capacidad de procesamiento, quien se queda ahí parada con la mano ensangrentada a un lado, el labio sucio que le llena la boca de un sabor metálico horrible, y la mirada fija en esos ojos oscuros que se mueven veloces tratando de comprobar el estado general de la chica.

—Akiyama, respóndeme —. La voz de Daisuke le llega amortiguada. Annika solo es capaz de oír la sangre pasando rápidamente por sus venas y haciendo bombear al corazón a un ritmo anormal; parece que en cualquier momento le perforará el pecho y se perderá en algún lado muy lejano.

—La dejaste tarada —dice alguien en voz baja. Uno de los compañeros de Daisuke.

La chica frunce un poco el ceño.

—Creo que sí —le responde al pelirrojo.

—Mejor te acompaño a la enfermería.

—¿Por qué?

—Para que detengan la hemorragia —y sin más, Daisuke la rodeada y la guía hacia la puerta para ir a la enfermería, que seguramente está a punto de cerrar dado que los clubes ya han finalizado.

—Gracias.

—¿Por golpearte?

—Por acompañarme.

El chico se encoge de hombros mientras ascienden por la escalera que acaba de bajar Annika. Poco después, llegan hasta el cuarto de la enfermería; golpean dos veces y casi de inmediatamente les atiende una mujer de edad avanzada, cuerpo ancho y cabello recogido, que muy amablemente los invita a pasar y en dos abrir y cerrar de ojos Annika sale con un algodón en el orificio derecho de la nariz y un moretón en el pómulo del mismo lado.

—Me debes una, ¿sabes?

—¿Cómo?

—Sí. Si hubieras ido a la sesión de estudio, no hubiera pasado por las canchas de deporte y no me hubieras golpeado.

—¿Ses…? —comienza, convencido de que si repite las palabras podrá comprender lo que la chica acaba de decir. —¡Rayos! ¡Lo olvidé! Akiyama, mañana reprobaré seguro —gimotea.

—Tranquilo —. Siente la necesidad de ponerle una mano sobre el hombro, pero se contiene en lugar de eso se acomoda el mechón de cabello detrás de la oreja —. ¿Puedes saltarte la primera clase? Tu examen es en la segunda, ¿verdad?

—Sí. Sí, claro. Puedo hacerlo.

—Bien, entonces mañana no entres a clases —. Tercer acto de rebeldía desde que ha conocido a Daisuke—. Nos vemos en el banco debajo del puente que conecta ambos edificios.

Daisuke se la queda mirando con cara de tonto, incapaz de creer lo que sus oídos están oyendo.

—¿Lo dices en serio, Akiyama? —Ella asiente con la cabeza.

—Puedes decirme Annika.

—De acuerdo. Entonces, dime Daisuke.

Ambos se detienen frente a la puerta principal y sellan de manera implícita aquel arreglo. Entonces, Annika comienza a bajar los escalones, pero abandona la tarea a medio paso y se voltea.

—Todavía no me dijiste cómo me pagarás por haberme abandonado y golpeado.

Daisuke se tensa un poco.

—Eh… yo… —se lleva la mano a la nuca.

—Ya sé —dice, fingiendo que se le acaba de ocurrir la idea, aunque lo cierto es que lleva rato maquinando sobre ella: —. Deberás acompañarme mañana al cumpleaños de mi mejor amiga, a la salida de clases.

El capitán del equipo de fútbol se rasca la nuca.

—No suena mal —. Annika sonríe y salta los escalones que le quedan.

—Hasta mañana, entonces.

—Sí, hasta mañana.