«¿Sientes mi corazón? Está llamándote.» El amante japonés: Isabel Allende

Siente el corazón bombeando a toda velocidad y la sangre golpeándole en los oídos. Nota la fuerza con que sus manos se sujetan a la soga erguida que se extiende hacia arriba y peso de las piernas queriéndolo tirar hacia abajo.

«Tú eres el único que puede proteger a Hikari, ¿entiendes?»

Abre los ojos y la ve allí delante —o mejor dicho, por encima— suyo, en la misma soga que ya no sigue infinitamente al cielo, sino que se corta justo encima de la cabeza de la castaña.

Hikari, desde su posición, le tiende la mano y él la toma sin dudar en el mismo instante en que algo se enrosca en el tobillo de T-K, tirándolo más hacia abajo: Piedmon.

—¡Suéltame o te atrapará a ti también!

—¡No, nunca te dejaré! —asegura con convicción, aumentando la presión sobre la muñeca del rubio. Sin embargo, contrario a lo que dice, Hikari afloja el agarre y le permite a Piedmon llevarse a T-K.

En ese mismo instante, el digimon mueve su mano libre y corta con una de sus dagas la soga por debajo de los pies del Elegido.

—¡Angemon! —grita inútilmente cuando nota el viento estampándose fuertemente contra su cara. Ni siquiera es capaz de ver u oír si Kari también está cayéndose hacia la nada, porque no puede abrir los ojos ante el temor de ver acercarse el suelo inevitablemente, dirigiéndolo hacia una muerte segura.

Si mueren, el Digimundo y el Mundo Real serán destruidos. Y de pronto, la idea de que Piedmon los convierta a todos en muñecos, se vuelve algo piadoso y casi deseable.

A pesar de que la gravedad hace su trabajo llevándolo hacia la base de la montaña, Takeru en lugar de estrellarse contra el suelo roco, una horrible sensación de vacío aparece en su estómago y, cuando vuelve a separar los párpados, se descubre sentándose bruscamente en la cama.

Parpadea varias veces y se pasa las manos por el cabello. Nota que la mano izquierda le arde y la mira por todos lados bajo la tenue luz de los faroles de la calle, tratando de descubrir la fuente física a aquella quemazón, pero la encuentra en perfecto estado.

La muñeca que Hikari le había estado sujetando antes de dejarlo caer, de entregarlo.

—No pasó así —le recuerda a las sábanas en un murmullo, como si estas hubiesen sido las que le contaron aquella versión distorsionada, y se esfuerza para traer al presente las imágenes verdaderas de lo ocurrido en 1999, mientras que con la mano derecha se presiona la frente para poder ahuyentar las falsas del sueño, aun demasiado vívidas —. Hikari no me dejó caer.

«Hikari no me dejaría caer» asegura.

Completamente despabilado y con el pulso aun acelerado, T-K mira la hora en el reloj despertados: las 5:47. Se frota los ojos y se levanta.

• • •

Aquella mañana Tai se despierta de un excelente buen humor y, extrañamente, antes que su hermana. Entonces aprovecha ocasión para preparar él el desayuno para toda la familia.

Como de costumbre, el señor y la señora Yagami se levantan juntos. Él se dirige de manera automática al baño, y ella a la cocina para tomar su delantal tarareando suavemente.

—¡Taichi! —exclama a ver a su hijo levantado y cocinando unos huevos fritos.

—Hola, mamá —responde este, agitando la sartén con un movimiento seco y lanzando el huevo al aire—. Quise darles una sorpresa, ¿no te gusta? —sonríe.

Yūko mira la gran cantidad de cosas que el primogénito dejó sobre la encimera: un bol con masa grumosa, aparentemente para preparar unos panqueques de inocuidad dudosa, naranjas exprimidas con las mitades aun sin tirar a la basura, el café hirviendo en la cafetera eléctrica, y las cáscaras de huevo en una bolsa rebosante de basura. Hasta entonces, la mujer no había reparado en el extraño aroma a huevo crudo y algo quemado que sale de su propia cocina.

—¿Cariño, se te ha quemado algo? —pregunta el señor Yagami saliendo del baño al tiempo que se acomoda la corbata y se dirige a la cocina —¡Ah, Taichi! Ya me parecía que eso no era obra de tu madre.

—Ustedes siéntense y disfruten.

El castaño, ignorando las burlas de sus progenitores, les sirve unos huevos fritos y un poco de café ligeramente hervido en la mesa y luego a sí mismo. Pero en vez de sentarse a la mesa, va a despertar a Hikari para pasar una mañana en familia, como pocas veces pueden hacer.

El desayuno transcurre entre muecas de desagrado y alguna que otra sorpresa al descubrir que habían subestimado las dotes culinarias de Taichi, e incluso Miko, el gato, recibe un poco de la comida, aunque más pronto que tarde los señores Yagami deben irse a sus respectivos trabajos y dejan a sus hijos con el desastre que ocasionó el mayor.

Mientras Kari y Tai discuten quién debe lavar los platos, el timbre del departamento suena para sorpresa de ambos, y los hermanos se miran con la incredulidad grabada en el rostro.

—¿Quién podrá ser? —murmura el Elegido del Valor, acomodándose la camisa del uniforme dentro del pantalón y dando un paso hacia la puerta principal.

—Buenos días —dice una voz demasiado conocida en cuando el castaño abre la puerta.

—Ah, hola T-K. Qué sorpresa.

• • •

—¿Está Kari en casa? —Tratando de ocultar la preocupación de su rostro, T-K le sonríe frágilmente al hermano de su mejor amiga y se acomoda un poco la mochila sobre los hombros.

Tai borra la expresión de inicial sorpresa y le sonríe amplia y cálidamente.

—Sí, claro. Pasa —y da un paso hacia adentro para que el rubio pueda entrar y quitarse el calzado.

—Gracias.

Menos de un minuto después, Takeru entra al comedor.

—Buenos días, Hikari. ¿Les explotó el microondas? —broma al ver la cantidad de cosas y suciedad de la cocina. La castaña, que no parece haber notado nada extraño en el tono de voz del rubio, frunce un poco el ceño y apunta a Tai con un cucharón de madera.

—No, a mi hermano se le ocurrió que podría despertarnos con el desayuno listo.

—Eso te pasa por quedarte dormida.

—¡Yo no…! —empieza, pero se interrumpe y señala el reloj de la pared al ver la hora —¡Llegaremos tarde!

Sin demora y dejando todo como está. el trío se marcha del departamento a toda prisa, aunque a mitad de camino y hasta llegar a la escuela, adoptan un ritmo de caminata ligero.

Kari y T-K llegan al salón dos minutos antes de la última campanada.

—Justo a tiempo —suspira el rubio, dejando escapar un jadeo entre dientes.

—Sí… —Kari se sienta en el banco junto a él y cuelga la mochila en la silla.

Los pocos estudiantes que están parados van acomodándose en sus asientos para cuando llegue la docente.

—Oye, Kari… —murmura el rubio, inclinándose un poco hacia delante para disminuir el espacio entre ellos.

—T-K... —dice la castaña al mismo tiempo, también en un voz baja para que nadie más los oiga.

Se interrumpen para escuchar lo que tiene que decir el otro. Hikari alza una de las comisuras de sus labios, y T-K no puede evitar desviar la atención hacia el hoyuelo que se le forma ante aquel gesto.

—Tú primero —le cede él, solamente para tener una excusa para continuar viéndola.

—¿Te pasa algo malo? Es que —se retira un mechón de pelo de la cara y se lo coloca detrás de la oreja —cuando veníamos hacia aquí te noté un poco… apagado. Y me pareció raro que fueras a casa a buscarme.

T-K permite que su cuerpo resbale unos centímetros de la silla, y aplasta más la cara contra el banco.

—Sí, tuve un mal sueño. Yo… —en aquel momento suena la última campana de advertencia, y todo el mundo guarda silencio para poder comenzar la jornada. Takeru le hace una seña a Hikari de que luego le explica.

• • •

El pánico se apodera por completo de su rostro al oír el timbre que anuncia el fin del receso.

Daisuke por primera vez en mucho tiempo está pálido y sumamente nervioso. Las manos le tiemblan incontrolables sobre la hoja que Annika preparó para que repase los nombres y fechas.

—Estoy seguro que repobaré —gime, arrugando de manera inconsciente el papel entre los dedos.

—No, lo hiciste bien —trata de animarlo la castaña que está sentada frente a él en el patio.

—No me mientas —. Resignado, Davis toma la mochila del suelo y se la cuelga sobre el hombro derecho.

—Espera. Tengo algo que puede ayudarte.

—A menos que sea una copia de las preguntas, lo dudo.

—Hazme caso —Annika ve hacia todos lados. Algunos niños ya comienzan a salir de la escuela para disfrutar del sol en el patio interno—. Cierra los ojos.

—Mh… —tras dudar un momento, Daisuke repite el gesto de sus hombros y hace lo que Akiyama le indica.

—No hagas trampa —murmura ella, a lo que el pelirrojo niega con la cabeza y aprieta un poco más los párpados.

Davis siente una presión ligera sobre su mejilla izquierda que desaparece unos segundos más tarde, dejando plasmado el beso de Annika.

El moreno alza las cejas ante la sorpresa y abre los ojos lentamente mientras que por puro instinto se lleva una mano a la zona del beso.

—Yo… no sé… qué decirte —tartamudea Davis.

Cuando acaba de abrirlos, ve que Annika ya está acabando de ponerse de pie.

—No hace falta que digas nada. Buena suerte —dice antes de alejarse.

• • •

Al final de clases, Takeru y Hikari no habían podido conversar sobre aquel sueño que había tenido el chico y que tan preocupado lo había dejado, así que mientras caminan por el pasillo abarrotado de estudiantes que van hacia los clubes o a sus casas, logra retomar el tema.

—Kari, te invito un helado.

—Hum… bueno.

La tienda está bastante llena a pesar de que casi es otoño. Los dos Elegidos entran y forman la fila para poder comprar.

—Hola. Deme un helado de limón y té matcha y un… —Takeru mira a Hikari, que está casi pegada a la vitrina con los ojos ambarinos moviéndose de aquí para allá a lo largo de esta.

Choco bomber crash de fresa con expreso hipertropical —. Señala uno de los vasos con los ojos brillantes de emoción.

—Un Choco… Eso —le indica a la empleada, incapaz de poder reproducir el nombre que acaba de leer la castañ mujer le sonríe cordialmente y minutos después les entrega a cada quien su helado.

»¿Puedes explicarme qué es eso? —pregunta momentos después el rubio, cuando se sientan en una de las mesas para poder disfrutar de sus postres.

—Helado de vainilla con café, crema batida y frutas —responde sumamente ilusionada, hundiendo la cucharita plástica en el café helado. T-K hace una mueca que denota su disgusto por la elección de su amiga.

—Sí… claro.

—Tú siempre pides limón y yo no te digo nada —lo acusa, apuntándolo con el utensilio.

—No sabrías apreciar el arte del helado ni aunque lo tuvieras delante.

—Claro que sí. Por eso me pedí… —eleva el vaso como si estuviera siendo iluminado por una especie de luz celestial, y aquello hace que las risas despierten en ambos.

—Como digas… En fin, lo que quería contarte esta mañana…

Hikari escucha atentamente el sueño de T-K y, cuando llega a la parte en que dice que le suelta la mano, frunce el ceño y estira la mano para que el chico deje de hablar. Al hacerlo, sus dedos se encuentran con los de él, y nota que una especie de electricidad le recorre subiendo desde la yema, descendiendo hasta la cintura y desembocando finalmente en su estómago. Pero lejos de quitar la mano, esta parece unida a la de T-K por aquella misma descarga que, a pesar de que solo duró un instante, a ella se le antojó un tiempo eterno.

Cuando finalmente recupera el habla, se centra el azul intenso de los ojos de T-K.

—Claro que yo no te soltaría.

—Sé que es una tontería, pero… en ese momento pareció real —. A pesar de que se encoge de hombros y trata de fingir que ese sueño no lo afecta, Hikari lo conoce bien y nota la preocupación.

—Supongo que es normal, por lo de la separación. Ha pasado apenas un mes y —un escalofrío le recorre la columna vertebral y Kari se frota los brazos, desligando así las manos suya y de Takeru.

—Sí… —suspira.

El silencio entre ellos se extiende, opacado por las conversaciones de los demás comensales y la música del lugar. Notablemente intranquilo, T-K toma un poco del helado de limón y se lo lleva a la boca, haciendo un gesto al rozar con sus papilas gustativas el ácido del cítrico.

Hikari, por su parte, remueve la cucharita en el helado semi derretido del fondo mientras mira hacia cualquier lado que no sea su mejor amigo.

—Oye… ¿No son Ken y Yolei? —pregunta ella de pronto, señalando a una pareja que entra al local.

—Sí, lo son.

—¿Y ese es… Davis? —Esa vez, Takeru se da vuelta rápidamente en la silla para verificar lo que dice la castaña.

—Sí —comprueba, con un tono de voz un poco más seco que antes —. Con la chica de ayer.

Ven que detrás de Yolei y Ken, sin dar muestras de haber reconocido a sus amigos, entra Davis precediendo a un grupo de chicas. Kari y T-K reconocen que son de su mismo año, pero no van con ellos, así que no tienen ni idea de sus nombres ni qué relación tienen con el heredero de los emblemas de sus hermanos.

—¿Serán sus admiradoras? —aventura ella, bajando la voz aunque sabe que no pueden oírlos.

T-K se encoge de hombros.

—Me sorprende que haya juntado tantas en tan poco tiempo.

Kari sonríe conteniendo una carcajada.

—¡Ustedes dos! —El grito de Yolei los sobresalta. En un abrir y cerrar de ojos, la chica se transporta de la barra a la mesa de los Elegidos de la Luz y la Esperanza. —¿Por qué no me dijeron que vendrían aquí?

—No queríamos arruinar tu cita con Ken.

—¡Nada de eso!

—Oigan, ¿podrían hacer menos escándalo? La gente los mira —los interrumpe Daisuke, sentándose con el grupo de chicas en la mesa que está pegada a la de ellos.

—¿Y tú qué haces aquí?

—Nada que te importe —responde tras ver el ceño fruncido de Mizushima, la mejor amiga de Akiyama. Es evidente que a la chica no le cae bien, pero ya le había prometido a Annika que iría en agradecimiento por haberlo ayudado en su examen.

—Yolei, ¿y si mejor vamos a otro lado? De verdad, no me importa si también están Yagami y Takaishi… —dice Ken en voz baja, que quiere evitar a toda costa que la chica empiece una pelea.

Inoue, con el ceño fruncido asiente y tira del brazo de Ken para desandar el camino hacia la puerta.

—¡Nos vamos!

T-K y Kari se quedan viéndose unos momentos, preguntándose en silencio si lo mejor es seguir a la pareja. De inmediato resuelven que sí, así que se deslizan hacia un lado del banco y los siguen casi corriendo.

• • •

—No estuvo tan mal, ¿verdad? —pregunta Annika cuando el grupo se disuelve y ella queda a solas con Daisuke.

—Creo que no le caí muy bien a… Mizushima —se esfuerza por recordar el apellido de la cumpleañera.

—Ah, Rin siempre es así con las personas que apenas conoce.

—Mh —. Davis se pone las manos en los bolsillos del pantalón —. Oye, Annika… ¿Yo… yo te gusto?

La pregunta toma por sorpresa a la castaña, que gira la cabeza rápidamente hacia el pelirrojo y luego pega la barbilla al pecho.

—Sí. Mucho.

—¿Y tú… quieres salir conmigo?

La chica, ahora incapaz de poder emitir alguna palabra, asiente con la cabeza. Davis nota que los ojos café con leche están más brillantes, colmados de emoción.

»Bueno, yo… yo nunca he tenido una novia, así que, no sé cómo preguntarte esto… —carraspea y saca las manos de los bolsillos para llevar la derecha al hombro de Annika—. Akiyama, ¿quieres ser mi novia?

—¿Lo dices en serio?

—Sí.

«Creo que sí.»

»Oye, oye, no llores —. Davis se alarma cuando Annika se lleva ambas manos al rostro y solloza.

—Es que estoy feliz. Nunca creí que… sería tu… tu novia, Daisuke —. La chica sorbe por la nariz y se seca las lágrimas con el torso de la mano.

—¿Entonces eso es un «sí»?

Annika asiente con la cabeza, aun sollozando, y Daisuke la rodea con un brazo.