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No es tan Dificil

Un OsaSuna para Noe

Disclaimer: personajes no son míos


II. Suna Rintarou

Suna Rintarou llegó a Inarizaki durante el ciclo de exámenes parciales del primer trimestre. Ataviado con el uniforme de su vieja escuela, y con los bajos del pantalón metidos en las calcetas, cogió la tiza que le tendía el profesor para escribir su nombre en la pizarra, pero se equivocó, borró los primeros trazos con el puño, y acabó garabateando otros trazos completamente distintos. Escupió su nombre de carrerilla, sin mirarnos, con un acento que no era de la zona. Varios de nosotros reímos.

—Es una fecha rara para cambiarse de escuela —comentó una chica, luego que saliéramos del primer examen—. De seguro sus padres se han separado y todavía no se acostumbra al apellido materno.

No había que ser un genio para hacer aquella deducción. Como se lo viera, parecía un chico aproblemado.

Les comentaba a mis compañeros del club de vóleibol acerca de aquel nuevo personaje, cuando el entrenador Kurosu apareció acompañado precisamente de Suna Rintarou, para presumirnos la nueva adquisición del equipo. Atsumu se adelantó a cualquier presentación, sacando pecho.

—¿Qué posición juegas? ¿Cuánto mides?

—Central… unos 183 centímetros, creo…

—¡Woahh! ¡Es verdad! ¡Tienes el acento de Kanto!

—No… soy de Aichi.

Todos nos reímos de Atsumu, pero él se ensañó solo conmigo.

—¿Por qué me dijiste que era de Kanto?

—Solo dije que no tenía el acento de Kansai, eso es todo. No es mi culpa que seas un inepto de la geografía.

Nuestros compañeros tuvieron que separarnos para que no continuáramos peleando.

Gin se acercó al nuevo.

—Estos son los famosos gemelos Miya. Cuesta, pero irás acostumbrándote a su talante. Si no, pregúntale a Aran.

—No hallo el día de cambiarme de escuela... —dijo Aran, de segundo año.

Al término de la semana de exámenes, debido a que el entrenador Kurosu nos dio la tarde libre de prácticas, a Kita-senpai se le ocurrió enseñarle el templo de Inarizaki al chico nuevo. «Para ganar confianza», dijo. Hasta entonces, Rintarou se limitaba a realizar el entrenamiento, no demasiado motivado, y era el primero en dejar el gimnasio apenas terminaba la práctica. A todos, yo incluido, nos causaba curiosidad aquel chico misterioso que hablaba extraño, se metía los bajos del pantalón en las calcetas y jugaba vóleibol de un modo tan particular. Su técnica era peculiar, y no era mal jugador, pero transmitía la desagradable sensación de que podía hacerlo mucho mejor. Nos preguntábamos si se estaría conteniendo. Y de ser así, con qué objeto. Al fin y al cabo, estaba allí gracias a una beca deportiva.

Siendo su compañero de salón, mis compañeros de vóleibol asumían que yo lo sabía todo sobre Rintarou, pero salvo alguna que otra observación, era tan ignorante como cualquiera.

—Debe ser tímido —respondí más de una vez—. Casi siempre que le hablan, responde a monosílabos, y muchas veces estos no se condicen con la pregunta. Es eso, o apático.

—O ambos —opinaba Atsumu. Que hubiese un jugador becado le picaba sobremanera.

—O ninguna —opinaba a su vez Kita-senpai, también de segundo año.

A los de tercer año les bastaba que Rintarou jugase a la altura de la camiseta, pero a los demás nos intrigaba su existencia, y cuando lo hablamos con Kita-senpai, se le ocurrió que como grupo debíamos enseñarle el pueblo al chico nuevo.

A Rintarou se le colorearon las mejillas, y una sonrisa extraña se instaló en su rostro, de pronto, desprovisto de escudos.

No es un apático, pensé, sintiendo cómo un peso se liberaba de mi estómago.

De todas formas, Inarizaki era un pueblito pequeño. Además de la estación de trenes y el templo, no había mucho que mirar.

Nos detuvimos en uno de los Tori naranjos de la entrada, siguiendo el sendero hacia el templo. Después de sacarnos la suerte, y burlarnos de Gin, el único que obtuvo pésima suerte, nos detuvimos en el puente sobre la laguna artificial. Bajo nuestros pies se arremolinaban las carpas.

—¿Cómo fue que llegaste en época de exámenes? —preguntó Kita, sin suavizar.

Rintarou, apoyado en la balaustrada, lo quedó mirando un poco extrañado.

—Lo siento, es que todavía no me adapto a este acento, ¿qué dijiste?

Sí, no es un apático. Miré con suficiencia a Atsumu; el desgraciado pateó mis canillas.

Kita repitió su pregunta. La respuesta de Rintarou no añadió nada que no hubiésemos deducido ya. Sus padres se acababan de divorciar. Su hermana se quedó con su padre conservando el apellido, mientras él se fue con su madre, tomando el apellido de soltera de ella.

—¿Deberíamos llamarte por tu otro apellido? —preguntó Aran.

—No, está bien. Ya me habituaré a escribirlo.

—¿Cómo decidieron quién se iría con papá y mamá? —ese fue Gin, desubicado como siempre. Tratamos de golpearlo entre todos, pero Rin no pareció molesto, al contrario.

—Mamá quería que nuestra hermana también se viniera con nosotros a Kobe, pero ella insistió en quedarse con papá y ayudar a la abuela.

Su sinceridad me tomó desprevenido. Nos explicó que papá tenía un problema con la bebida, y aunque estaba en tratamiento, requería vigilancia. No entró en detalles, pero tampoco omitió lo importante. Quizá necesitaba hablarlo con alguien, desahogarse. Quizá, le hicieran falta los amigos.

Y cuando acabó, Gin volvió a desubicarse.

—¿Vives en Kobe? ¿Cómo carajos terminaste estudiando aquí, en este pueblucho?

Ya lo estábamos pateando antes de que terminara la frase. Ni siquiera Atsumu, joder. Una persona te acababa de abrir el corazón, y tú te fijas en el detalle más estúpido. Damas y caballeros, con ustedes el gran Gin.

—Por la beca —respondió Rin, acomodándose en la balaustrada para observar mejor la paliza a Gin—. Anteriormente Kurosu-sensei me ofreció plaza en esta escuela, pero como la situación en mi familia era incierta, primeramente decliné.

Sus ojos rasgados acusaban soledad. En tren, la distancia entre Inarizaki y Kobe no tomaba más de quince minutos. Subía a ese tren dos veces al día, y regresaba a un hogar incompleto.

—Así que el entrenador está atento a los jugadores de otras prefecturas —Atsumu se rascó la barbilla—. O sea… no digo que seas malo, pero…

—Lo estás diciendo... —lo contradije.

—¡CALLATE SAMU!

—Si has estado holgazaneando durante las prácticas por tu situación familiar, no tengo nada que reprocharte —comenzó Kita-senpai, el único capaz de callarnos—, pero aunque nuestra escuela esté en este pueblito tan desconocido, somos fuertes. Así que por favor trata de estar a la altura de la beca que has recibido.

Rintarou asintió, con sus mejillas nuevamente coloradas. Había algo en ese rubor, o en la manera en que bajaba la cabeza y sus dedos pasaban a rozar la piel del cuello, no lo sé. Una extraña delicadeza parecía envolver. Si se tratase de un dorama, Rintarou sería la típica chica de piel de porcelana que se muerde el labio. Solo que Rin no caía en eso. Rin no era una maqueta.

A la práctica siguiente, Rintarou ya no holgazaneaba, especialmente si Kita estaba por allí. Poco a poco, a medida que más tiempo pasábamos juntos, más aspectos de su carácter y su personalidad quedaban al descubierto. Y es que Rin era todo un personaje.

—Mira —durante un almuerzo, me enseñó un video que grabó en su teléfono—, son cuervos peleando contra zorros. Lo grabé ayer. Es la primera vez que grabo una pelea de este tipo.

—¿Es un pasatiempo grabar animales?

—Más o menos. No animales, peleas.

—¿Por qué?

—Porque la gente pelea mal, es gracioso.

—Espera, ¿qué le haces a tu comida?

Rintarou machacaba sus onigiris con un tenedor que remojaba cada tanto en un vaso de Fanta. Se me revolvió el estómago.

—¿A qué te refieres?

Como si se tratase de lo más normal, a su plato añadió una cucharada de su pudín de chocolate. Todos los presentes gritamos horrorizados del asco.

—¿Qué pasa? —se defendió—. Toda la comida acabará mezclándose en el estómago. Solo estoy ahorrando trabajo.

—Bueno, no es mentira… —opinó Kita-senpai, no del todo convencido.

Al oírlo decir aquello, Atsumu también mezcló su comida con el postre, pero aunque lo intentó, no logró tragar más de un bocado. Aunque, si lo pensamos, aquello fue realmente un logro de Kita-senpai, todos recordamos aquel momento como la vez que Rintarou convenció a Atsumu de mezclar su comida con el postre, y con ello, fue que nacieron los juegos mentales de Rintarou.

De este modo, el chico nuevo dejó de ser el chico nuevo y se convirtió en uno más del equipo. Con el uniforme correcto, pero sin liberarse de acento extraño ni de los bajos del pantalón metido en las calcetas, era uno más.

A medida que ganaba confianza, también lo hacía su extraño modo de jugar vóleibol. Cada vez que pisaba la cancha, se transformaba en una bestia, y junto a Atsumu, fueron los únicos de primer año que obtuvieron la titularidad dentro del equipo.

En nuestro primer Nacional, sus habilidades de provocación nos sorprendieron y encantaron por igual. En cuatro palabras, podía sacar de quicio incluso al rival más estoico. No es justo decir algo como que gracias a las habilidades mentales de Rin fue que ganamos nuestros partidos, pero es cierto de que ayudó mucho.

Pero el caso que más recordamos de ese nacional fue el de Akaashi del Fukurodani, bautizado para la posteridad como el chico que se comió la comida de Osamu (mi comida). Ocurrió en nuestro segundo día de partidos. Mientras observábamos los juegos de los demás equipos, sin darse cuenta, Akaashi metió la mano en mi lonchera confundiéndola con la suya, y se acabó casi todos los onigiri que yo mismo hube preparado aquella mañana.

—¿Por qué no le dijiste nada? —me retó Atsumu—. ¡Es un ladrón!

—Es que… le gustaron. Se los comió con mucho gusto.

—¿Acaso no tienes hambre?

—Sí, mucha, estoy famélico.

Rintarou me convidó la mitad de su emparedado. Al día siguiente nos tocó jugar precisamente contra Fukurodani.

—Te haremos pagar la cuenta —le dijo Rin a Akaashi, al otro lado de la red.

Akaashi no entendió qué tenía de gracioso aquella frase, pero nosotros no podíamos dejar de reír. Cada vez que Akaashi iba al servicio, Rintarou hacía el sonido de una máquina registradora, y nosotros no lográbamos contener la seriedad. Akaashi, que solo se daba cuenta que se burlábamos de él, le agarró mucha tirria a Rintarou.

Le ganamos a Fukurodani por un breve margen. Aunque yo solo jugué unos pocos puntos para suplir a un jugador que se quedó sin estamina, me divertí mucho con Rin allí. Nunca había jugado un partido tan falto de seriedad. El siguiente partido, cuartos de final contra Shiratorizawa, nos pusimos serios, y lo perdimos. No por la seriedad. El Shiratorizawa era un compendio de monstruos. Sin embargo, incluso ese equipo de monstruos perdió contra el Itachiyama, el equipo de invencibles, cuyos dos titulares de primer año, Sakusa Kiyoomi y Komori Motoya, llevaban loncheras de Harry Potter.

Rin se largó a reír cuando le conté aquel detalle de las loncheras.

—¿Por qué siempre te fijas en las loncheras de los demás?

—Es algo importante. La comida es la llave para llegar al corazón de las personas. Si las loncheras guardan la comida de las personas, eso quiere decir que guardan la llave del corazón de las personas. Ahora, ¿qué se puede esperar de dos tipos que a su edad, sigan llevando loncheras de Harry Potter?: son unos lunáticos.

Rin se ahogó de la risa que le daba.

Al ser compañeros de salón, hacíamos todos los trabajos grupales juntos, y estudiábamos juntos aquellas materias que no compartía con mi hermano. Atsumu lo llamaba el roba-hermanos. Gin le decía el tercer gemelo. Aran, el tercer gemelo oficial, estaba de acuerdo.

Varias veces pasé la noche en Kobe, en casa de los Suna, porque teníamos que hacer algún diorama, o aprendernos una canción en flauta. Vivía en una de estas viviendas sociales, con las paredes frías de humedad. Su madre casi nunca estaba en casa. Una de esas noches que dormí en esa casa, Rin me confesó que le alegraba tenerme de compañía. La confesión se le escapó antes de darse cuenta de lo que decía, y sus mejillas hirvieron de la vergüenza.

—Lo siento…

—No, está bien. Me gusta venir. Es necesario cambiar de aires cada tanto...

Era una noche fría de enero. En unos días sería el cumpleaños de Rin. Observé la fotografía de él y su hermana clavada en la pizarra de corcho, de cuando eran menores.

—¿Cuántos años tienen de diferencia?

—Un año exacto.

—¿Exacto?

—Sí. Somos como falsos gemelos...

—¿La extrañas? ¿Y a tu papá?

Se restregó los ojos. Extrañaba a su hermana. A su papá no mucho.

—Papá me golpeó una vez —admitió sin mirarme, con los ojitos clavados en un punto fijo de su libro de texto—. Llegó ebrio a casa y comenzó a gritarle a mamá. Nunca había sucedido algo así. Papá solía ser un borrachín divertido, hasta ese día…

Fue la primera vez que dio señas de debilidad. Su cuello delgado sobresalía de un pijama blanco y peludo, de una pieza, como el traje de un oso polar. Con ambas manos despejó su rostro del cabello que se le venía encima. Recordé la colección de venus de porcelana de mi abuela. Los ademanes delicados de Rin me recordaron a la finura de aquellas réplicas.

En sus manos elegantes se reflejaba la inseguridad. Si a mí me hubiesen separado de Atsumu, quizá estaría muy triste. A veces una persona necesita desahogarse, y lo único que puede hacer uno, es dejarlo expresarse. Lo agarré de un costado del pijama, tratando de con ese gesto que recuperara la confianza, de hacerle entender que a mí no me tenía que ocultar nada.

Su sonrisa complaciente, casi forzada, me erizó la piel.

—Supongo que se cansó de aguantar —continuó, con una voz seca—. Hasta esa noche, yo no tenía idea qué clase de familia éramos. Acusó a mamá de reprimirlo, de serle infiel… mamá no se quedó callada y lo acusó de arruinarle la vida y destruir sus sueños. Mi hermana y yo escuchamos todo aquello desde el segundo piso. La conversación tomó un tinte violento. Y de pronto, un grito de mamá me heló la sangre. Hermana también gritó, del susto. La abuela llegó corriendo hasta nuestra habitación. «Haz algo, Rintarou», me suplicó, «se matan, tus padres se matan». Bajé las escaleras muerto de miedo ante lo que podría encontrarme allá abajo.

»Mamá había quebrado una botella y desde un extremo de la cocina le gritaba a papá que no se acercara ni un paso. Papá le gritaba del otro extremo que bajara la botella, que no le haría daño. El piso estaba regado de trozos de vidrio. Me interpuse entre ambos y levanté mis puños, enfrentándome a papá. Me temblaba la voz y el cuerpo. "Si das un paso, no respondo", lo amenacé.

»"No golpearás a tu padre", me replicó, un poco en risa y dio un paso. Mi cuerpo respondió antes que yo mismo, pero dudé, y mi puño le pasó rozando la oreja. Sé que fue un acto reflejo más que uno premeditado, pero papá me devolvió el golpe. Lo vi venir. En otras circunstancias, habría sido un golpe tan fácil de esquivar. Era obvio que papá también se arrepintió a medio camino, pero yo no supe reaccionar y caí sobre mamá, quien al tratar de sujetarme, clavó la botella quebrada en mi espalda… ya podrás imaginarte el circo.

—¿Fue un corte muy profundo?

Rin negó con la cabeza.

—Fue un rasguño superficial, en todo caso salió mucha sangre. Mi hermana llegó a una habitación llena de sangre y se volvió loca. Los gritos de nuestra familia llamaron la atención de los vecinos, quienes llamaron a su vez a la policía.

»Luego nos enteramos que mamá sí le era infiel a papá. Aunque eso no justifica a papá, tampoco exonera a mamá. Trato de ponerme en ambas situaciones, y los comprendo a ambos. Se casaron muy jóvenes. Nunca hemos podido salir de la pobreza. Papá bebe mucho, mamá trabaja mucho. Si mi hermana y yo no hubiéramos nacido, quizá… pero nacimos, y ya no podemos desaparecer de sus vidas…

—No digas algo tan siniestro.

—Pero es así. Y hoy…

—Hey, tranquilo, ¿qué sucede?

—Es mi hermana. Está embarazada y piensa quedarse con el bebé. Ni siquiera ha terminado la secundaria. Soy el único de la familia que sabe, y no sé… Papá está de cumpleaños hoy, y no sé cómo pueda alterarlo la noticia. Aún no le llamo para saludarlo, pero no sabría qué decirle. Me pregunto si alguien más lo habrá hecho. No sé por qué tiene que ser tan difícil para nosotros…

Cerré nuestros libros de texto.

—Te estás preocupando de muchas cosas.

—Lo siento —volvió a quitarse el cabello de la cara—. No debí…

—Sí debías. Gracias por hacerlo.

Lo abracé. Sentí sus lágrimas humedecer mi camisa. Con la nariz roja y los ojos hinchados, la semejanza con las venus de porcelana de mi abuela me abrumaba. Nunca se me habría ocurrido pensar que Rin podía ser considerado un chico atractivo, y sin embargo, ese día, lloroso, embutido en un pijama calientito, me sentí afortunado de tener a una persona como él entre mis brazos.

Al final llamó a su padre. Lo acompañé en cada palabra.

Logramos aprobar el examen por los pelos.

Le di los cinco.

—Somos un buen grupo de estudio —nos felicité.

—¿Qué? ¡No lo son! ¡No se pueden sentir orgullosos de estas notas! —gritó Atsumu—. ¡Kita-san! ¡Corríjalos!

Kita-san, que ya había asumido como capitán tras el retiro de los de tercero, tomó nuestros exámenes y los revisó con cuidado. Aquellas notas parecían abrumarlo más a él que a nosotros, pero Kita-san no podría entenderlo, ninguno podría. Aquella nota representaba un triunfo en dimensiones que solo comprendíamos Rin y yo.

Fue algo que no pude comentarle a Atsumu, no me correspondía hacerlo. Sin embargo, cuando se acercaba el cumpleaños de Rin, acudí en busca de su ayuda. Atsumu suele tener mejores ideas cuando se trata de ser espontáneo.

—Su madre casi nunca está en casa. Me da un poco de tristeza que den las doce y esté sin su hermana.

—¿Por qué?

—Porque cumplen años el mismo día. Deberías entenderlo.

Lo entendía.

El día previo a su cumpleaños, le hicimos una visita desautorizada a Kobe. Gin también se nos acopló, por algún motivo. Hice comida como para un regimiento, y llevamos mantas, futones, y películas gore de Peter Jackson. A las doce le cantamos. El estúpido de Gin se sentó sin querer en la tarta que le horneé a Rin. Lo golpeamos con almohadas casi hasta que amaneció. Apenas podíamos mantenernos despiertos al día siguiente. Todos nos regañaron, desde maestros hasta Kita-san.

Me dijo Rin:

—Fue idea tuya, ¿cierto?

Me sentí nervioso.

—No le di detalles a Atsumu, si eso es lo que te preocupa.

—Es lo de menos. Gracias, Osamu. Solo quería decirte eso. Lo del pastel fue una pena, pero, ya sabes...

Con suavidad, sus dedos se apoyaron en mi brazo, tan solo unos segundos.

Ya no necesitábamos excusas como los deberes pendientes para juntarnos. Antes de Rin, las invitaciones que recibía también iban dirigidas a Atsumu. En ocasiones solo invitaban a Atsumu, y nunca me importó. Tanto, que hasta entonces no había reparado en el hecho de que Rintarou era la primera persona que me invitaba solo a mí, a pasar el día.

Comíamos helado en invierno, chocolate caliente en verano. Echados en su cama, compartíamos audífonos y nos recomendábamos canciones. Nuestros libros de textos quedaban abandonados en su escritorio, juntando polvo. Nuestras calificaciones podrían ser mejores, pero al menos no reprobábamos.

—¡ROBA-HERMANOS! —gritaba Atsumu a Rin cuando nos retirábamos juntos después del entrenamiento, a casa de Rin o a vagar por Kobe. Aun invitándolo, Atsumu prefería practicar servicios.

Mi hermano estaba completamente fanatizado por el vóleibol. A mí me habría gustado sentir aquella chispa por algo. Atsumu, a diferencia mía, se involucraba mucho en aquello que lo apasionaba. Yo no lograba aquel nivel de compromiso.

—¿No hay nada que te guste hacer? —me preguntó Rin ese día que nos entregaron los formularios de vocación profesional. Ambos sabíamos que Atsumu lo rellenaría con voleibol, sin considerar alternativas. Nosotros lo teníamos menos claro.

—Me gusta comer… —dije sacando de la bandolera el pan que horneé aquella mañana.

—Comer, ¿ehh…? ¿Qué opinas de ser un crítico gastronómico?

—Olvídalo. Tendría que escribir los reviews y eso sería como seguir en el colegio. ¿Qué hay de ti?

—Ni idea.

—Después de Atsumu eres el mejor del equipo.

—Exacto, tú lo has dicho: después de él. Y entre Atsumu y yo hay cientos de jugadores. Quizá deba conformarme con ser preparador físico… no se me ocurre otra cosa, deportes es lo único en que destaco.

—En ese caso, quizá yo también debiese ser preparador físico.

—¿Y nutricionista no?

Partí mi pan con las manos y le ofrecí la mitad a Rin. Se le ruborizar las mejillas al primer bocado.

—Quizá debas abrir tu propia panadería o algo así. Este pan es tan esponjoso. Y crujiente. ¿Cómo un pan te puede quedar esponjoso y crujiente al mismo tiempo?

—Es un pan de tomate.

—Delicioso.

No lo pensé mucho. Era cierto que me gustaba comer, no sabía si al nivel de una vocación… pero cómo decírselo a Atsumu, se lo tomaría a mal. Cuando se lo pregunté a Rin por cuarta vez, se enfadó un poco.

—Tu futuro laboral es tuyo, no de tu hermano. Mira, tampoco tiene que ser la comida. Si te equivocas, y descubres en el camino otra cosa que te guste más, entonces te cambias. ¿Cuál es el apuro?

—Porque, si me equivoco, todo ese tiempo lo habré perdido.

—No es así. No puedes perder algo que no está en su esencia acumularse. El tiempo solo pasa. No puedes perderlo ni almacenarlo. Además, la gente cada vez vive más. Realmente, ¿cuál es el apuro de pasar las etapas con tanta rapidez?

—¿Desde cuando eres tan filosófico?

—No son ideas mías. Es algo que le he copiado a mi hermana. Dice que seguirá estudiando, una vez los mellizos tengan edad para la sala cuna.

—¿Mellizos?

—Sí, la parejita. Todavía no ha decidido nombres, está buscando alguna combinación que haga juego, como la de ustedes.

Cuando hablaba de sus sobrinos le brillaban los ojitos.

Me armé de valor. Le dije a Atsumu que no seguiría en el voleibol, y probaría suerte con la comida. Nos peleamos, nos golpeamos, nos reconciliamos. Rin grabó el video de la pelea. Gin la reprodujo cientos de veces en su teléfono.

Era la dinámica del Inarizaki. Nos molestábamos día sí y día también, pero en el fondo, en lo importante, estábamos allí. Normalmente era Atsumu el agujero negro del mal, pero a veces era Gin, a veces yo. Incluso, en ciertas ocasiones era Kita-senpai, pero en ese caso, quizá sea más preciso hablar de supernovas.

La discusión sobre qué cuerpo celeste era cada uno fue larga e innecesariamente técnica, y yo me perdí porque tenía hambre y con hambre no me concentro, pero el resumen fue que todos éramos agujeros negros, Atsumu era uno de estos agujeros negros supermasivos que hacen girar a las galaxias, Aran era Plutón, y Kita una supernova.

Ese tipo de discusiones solía iniciarlas un tipo llamado Akagi, que era otro ser especial del Inarizaki. Aunque parecía saber de todo un poco, su sabiduría jamás se vio reflejada en sus notas.

No estoy muy seguro de cómo empezó esta historia, pero se supone que Akagi fue el primer culpable, por meterle la idea a Gin. Algo dijo Akagi sobre el teatro, los dramaturgos y Shakespeare, que Gin entendió mal y que lo involucró en una pelea con unos tipos del club de teatro. Los ofendió hasta el punto de que la estrella del club de teatro lo retó a duelo en la azotea, y Atsumu que fue testigo de todo, aceptó por Gin.

Pero Gin no sabía pelear, y cuando llegué al ciprés donde acostumbrábamos almorzar, descubrí a Atsumu dándole una clase exprés a Gin, y a Rin grabarlo todo.

—¿No sabes pelear, Gin? —le pregunté sin disimular mi asombro.

Para mí, habiendo crecido junto a Atsumu, saber pelear era una cuestión de supervivencia. No había tenido opción más que aprender a golpes, tal cual.

Rin se burló de nosotros.

—Ninguno de los dos sabe. No he dejado de reírme todo este rato, es una total comedia.

—¿Es que no puedes ser más tocapelotas? —lo provocó Atsumu—. Si eres tan experto como dices, enséñanos.

—De acuerdo —Rin me dejó su teléfono—. Dame el primer golpe. Quiero ver qué es lo mejor que tienes, señor agujero negro supermasivo.

Y el loco de Atsumu no se midió, le dio con todo, pero Rintarou lo esquivó como si nada, preparado, lo mismo el siguiente golpe, y el que le siguió a ese. Si bien Rin no marcó ninguno, los esquivó todos. Gin estaba encantado. Atsumu, en cambio, fatigado y derrotado.

—Maldición, cómo puedes moverte así, fenómeno de circo —replicó Atsumu.

Suna sacó un ajo de la mochila.

—Al principio creí que era un chiste, pero ha resultado verdad. El ajo te agiliza la mente en los momentos de estrés, como si todo pasara en cámara lenta. Normalmente solo se echan trazas de ajo a las comidas, por lo que no llegamos a experimentar estos efectos, pero si te comes un ajo entero…

Atsumu y yo nos miramos.

—¿Y tú piensas que somos así de imbéciles?

—¿Por qué andaría yo cargando ajos en mi mochila, eh, gemelos? ¿Por si vienen los vampiros? Ustedes me han preguntado cuál es mi secreto y yo se los he confiado. No tienen por qué creerme. Conque a mí me funcione, me vale.

—Dame, yo quiero eso —dijo Gin, arrebatándole el ajo a Rin. Se lo comió con piel y todo, la bestia.

No podíamos dejar de reírnos. Lo grabé todo, incluso la reacción de Gin cuando Rin admitió que le hubo mentido. Él quien había inventado la broma, era lejos el más sorprendido de todos.

—¡CÓMO SE TE OCURRE CREERME ALGO ASÍ! ¡A MÍ!

—¡ENTONCES POR QUÉ ANDAS CON AJOS EN TU MOCHILA!

—¡POR LOS VAMPIROS!

El tipo era un crack.

Como su madre trabajaba de noche, era responsabilidad de Rintarou hacer las compras del hogar. El ajo se le quedó olvidado en la mochila, y decidió dejarlo ahí, por si se le ocurría alguna manera de que Gin se lo comiera. A Atsumu y a mí nos dolía el estómago de la risa.

Luego apareció Kita, ya en tercer año, y al enterarse del duelo, lo frenó todo. Nos regañó. No podíamos ser tan insensatos. No podíamos resolver nuestros problemas de aquella manera. Especialmente cuando nadie tenía idea de qué iba la pelea, salvo que el primer culpable era Akagi.

—¿Yo? ¡Cómo! Yo solo dije que antes, los actores de teatro…

Y no entendí ni papa, pero Akagi sabía de muchas cosas.

De no ser por Kita-san, dudo mucho que como equipo hubiésemos logrado algo. Kita-san bajaba las revoluciones y traía orden y calma a nuestro estado de caos perpetuo. Cuando se retiró del equipo, cualquiera podría haber pensado que nos iríamos a pique, pero su legado permaneció entre nosotros.

Recuerdo ese día en que a Atsumu le entregaron la camiseta con el número 1. Estaba seguro de que me lo restregaría en la cara. Yo tenía preparadas varias respuestas, que no usé. Atsumu se quedó callado, estrujando los bordes de la camiseta. Al día siguiente fue corriendo hasta el salón de Kita-san, se arrodilló ante él, y prometió rendirle honor. Nadie entendió a qué se refería, pero a Kita-san le causó gracia. Después de tirarle de las mejillas, le dijo:

—Tengo confianza que serás el mejor capitán que ha tenido el equipo.

Atsumu no se lavó las mejillas en una semana. Tuve que obligarlo.

Yo hubiese deseado que las cosas jamás cambiaran entre nosotros. No se puede ser adolescente por siempre. O quizá, nuestro problema fue ser demasiado adolescentes.

Ya en tercer año, me empezó a gustar una chica del salón de mi hermano. Lo normal era que, si a mí me gustaba algo, a Atsumu también y me lo quería robar. En un intento de zanjar la situación de la mejor manera, le pregunté sin rodeos qué sentía por Soe-chan.

—¿Soe-chan? ¿La gordita?

—No lo digas de esa manera, como si fuese un defecto.

—O sea, sé que parece más hombre que mujer, pero…

Nos miramos extrañados.

—¿Samu, no te gustan los hombres?

—Pero Soe-chan no es hombre...

—Lo sé, ¿pero te gustan los hombres?

—Te estoy diciendo que me gusta Soe-chan, ¿a ti te gusta?

—Samu, a mí sí me gustan hombres.

Lo pensé un momento. Ciertamente mi hermano había tenido muchas pretendientes en preparatoria. Ya cursábamos tercer año y seguía sin novia. Claro que ellas no se comparaban a Soe-chan, que no era skinny como las otras niñas.

Bueno, si a mi hermano no le gustaba Soe, era un alivio.

—Entonces… ¿me la presentarías?

—¿A quién?

—¡A SOE-CHAN!

—¿No oíste lo que te acabo de decir?

—Claro que sí. Te gustan los chicos, gran cosa. Yo no estoy hablando de quien te gusta a ti. Te estoy hablando de Soe-chan porque después no quiero dramas de hermano celoso, como que intentes robármela o algo por el estilo.

—¿De verdad eres hetero? Pero esa chica tiene más testosterona que ambos juntos. ¿Por qué no te gustan los chicos?

Era hablarle a una pared.

—No sé qué quieres que te diga. Si a tí te gustan los chicos, está bien. Por fin no competiremos en algo.

—Tú no eres hétero.

Era hablarle a un muro de concreto reforzado.

—¿Tanto te cuesta presentarme a Soe-chan? Nunca te pido favores. Me gustaría solo hablar con ella.

—De acuerdo, si te quieres equivocar, es cosa tuya.

Al día siguiente hizo las presentaciones, un poco escéptico, al mismo tiempo que difundía el chisme a nuestros compañeros de equipo vía celular. Gin llegó gritando:

—¡¿QUÉ ES ESO DE QUE A OSAMU LE GUSTA EL OSO?!

El oso era Soe, y ella estaba allí, yo estaba allí, todo el colegio estaba allí. Quizá, un poco presionados, comenzamos a salir. No puedo con Gin.

Pero lo peor fue lo de Rin. Llegó tarde a clases, y ni me saludó cuando entró al salón. En el primer descanso, me preguntó si eran ciertos los rumores de que salía con Soe, y me mostró el mensaje que le llegó de Gin, el de Atsumu, el de varios kohai. Me sentí apenado.

—Me habría gustado enterarme de otra manera…

—Solo se lo dije a Atsumu. Sucedió demasiado rápido…

—Ya…

—Te lo iba a decir.

—No importa, Osamu. No me des explicaciones.

Yo también sabía que las explicaciones estaban de más, pero aquellas palabras de Rin, en lugar de tranquilizarme, lograron que me sintiera más culpable. No me atreví a hablarle en todo el día. Tampoco le hablé a Gin ni a mi hermano, por razones opuestas.

Al acabar el entrenamiento, Atsumu no se quedó practicando sus servicios. Traté de apurar mis pasos, pero acabó dándome alcance.

—No me digas una estupidez como que me voy a arrepentir. Tsumu, entiende que…

—No seguiré discutiendo esto contigo, Samu —me cortó—. Te necesito hoy a mi lado, ¿vale? Después podemos pelearnos todo lo que quieras, pero no ahora.

Esa noche, Atsumu les contó a papá y mamá que era gay. Me estaba desafiando, y le habría resultado si nuestros padres no se hubiesen partido llorando.

—¿Y tú, Osamu? —preguntó mamá—, ¿tú también?

Me corté. No por dudar de mi sexualidad. De responder con un «no», mis padres lo traduciría a un «no, yo soy normal, pueden quedarse tranquilos». No se trataba de eso.

Respondió Atsumu por mí.

—Él no, mamá, tiene novia. Todo Inarizaki sabe que Osamu tiene novia. ¿Por qué lloran tanto? Por primera vez no he hecho nada malo.

Me pareció un poco desanimado cuando regresamos a la cama. Me recomía la culpa. Realmente no comprendía cómo fue que se desencadenaron los sucesos de ese día. Sentía que había fallado como hermano, como amigo. Sin hacer nada, había logrado pelearme con todo el mundo. Me sentía fatigado. Salí de la cama a por un snack nocturno. Encontré galletas de arroz en la despensa. Me llevé un paquete a la habitación.

—Tsumu… ¿sigues despierto?

Lo oí reírse desde la litera de arriba.

—Qué día tan tenso ha sido…

Abrí mi paquete de galletas. De pie junto a la litera, le ofrecí galletas. Declinó.

—Papá y mamá acabarán aceptándolo. Tienes que saberlo.

—Eso espero...

—Puedo saber… ¿También te gusta alguien, Tsumu?

—Sí.

—Ah… Y a él… ¿le gustas?

—No tengo idea…

Con su suspiro, se me vino a la cabeza el rostro de Kita-senpai. Aunque no había sitio para mí, subí a la litera de arriba, haciéndome un hueco junto a Atsumu. Me alegó por dejarle la almohada llena de migas. Nos observamos en la oscuridad, como si fuésemos reflejos opuestos de un espejo. Su respiración me humedecía el rostro.

—Lo siento por no apoyarte frente a nuestros padres…

—Lo siento por contarle a Gin…

—Suna se enfadó conmigo hoy… Fue extraño. ¿Sabes por qué estaría enfadado conmigo?

Me dijo que no, pero ahora pienso que sí lo sabía.

Nos quedamos dormidos en la misma cama. Unas semanas después, coincidiendo con el día del orgullo, Atsumu publicó su orientación sexual en redes sociales. ¿Tenía miedo? Por supuesto, ¿le importó? Ni una rosca. Él decía que vino al mundo para luchar. Para recibir balas.

Por fortuna, las personas importantes, en otras palabras, los miembros de nuestro equipo, se lo tomaron bastante bien. Es cierto que Gin estaba muy preocupado, porque siempre salía con sus comentarios de machito, y temía haber ofendido a Atsumu. Quería ser inclusivo, pero no tenía idea cómo. Atsumu ya estaba que perdía la paciencia.

—Gin, ¿cómo te lo digo? En la vida te he tomado en serio, así que basta. Nunca podría ofenderme con alguna de tus indiscreciones.

—Si a mí me caen muy bien los gais, solo que nunca había conocido a uno.

—No tiene que cambiar nada, Gin. Trátame como siempre has hecho, ¿de acuerdo?

—Pero…

—¡COMO SIEMPRE! Joder Gin, de verdad que no es tan difícil. Siempre es siempre. Fin.

Como tenía reunión de capitanes, delegó el problema a Rintarou y a mí. En mi rol de vice capitán, ordené al equipo iniciar el calentamiento. Sentía la mirada de Gin en mi nuca mientras trotábamos alrededor de la pista olímpica.

—¡Gin deja de mirarme! No tengo novia por aparentar o algo así.

—¿Es que no te has dado cuenta? —me dijo.

Odiaba cuando la gente no se explicaba con propiedad.

Sin embargo, Rin parecía saber bien de qué hablaba Gin.

—No te atrevas —lo amenazó. Gin siguió hablando.

—Osamu, piensa un poco en cómo es Soe-chan. Piénsalo bien.

—Gin, no te lo voy a advertir de nuevo. —Rin se arremangó un brazo.

Traté de pensarlo.

—¿Te refieres a que Soe-chan no es skinny como las lagartas que te gustan a ti? No seas superficial, Gin.

—¡No es eso! ¡Soe-chan tiene más testosterona que todo el equipo junto! ¡Hasta Suna se ve más girly a su lado!

Ahhh… otro más con eso…

Rintarou detuvo su trote frente a Gin, en posición de combate.

—¡De acuerdo, tú lo pediste!

Y rápido como el rayo, Rintarou le mandó una patadota que lo lanzó lejos. Los kohai que venían detrás trotando tuvieron que esquivarle.

—¡No dije nada que no fuera mentira! —oímos gritar a Gin. Rin parecía fuera de sí.

—¡Ese es el problema, Gin! ¡Que ni te das cuenta! Por costumbres retrógradas como esas es que estamos como estamos.

Ya necesitaba traductor. ¿«Retrógrado»? Rintarou a veces salía con palabras complicadas.

—Sigue trotando, Suna —le ordené.

Me acerqué hasta Gin y le tendí mi botella helada, para que se la aplicara allí donde la suela de la deportiva de Rin hizo contacto. Con la caída se hizo un corte en el brazo. Lo escolté hasta enfermería. Cuando regresé, Atsumu ya había regresado y conversaba con Rintarou. Al verme, Rin se alejó.

—Me voy literal cinco minutos, y se disuelve el vestuario, ¿qué sucedió, Samu?

Le expliqué lo que entendí. A la distancia, Rin se pellizcaba los dedos, nervioso. Atsumu lo debió de pensar durante las clases. Cuando volvimos a las prácticas de la tarde, Atsumu se llevó a Rin y a Gin a un costado. Los vi darse las manos.

Soe-chan fue a buscarme una vez finalizó el entrenamiento. Instintivamente miré a Rin, por si quería acompañarnos. Declinó mi invitación, uniéndose a la práctica de servicios de Atsumu. Aquello se repitió varios días. Al final se lo pregunté.

—¿Estás enfadado por algo?

—No digas tonterías.

Ya…

—¿De qué estaría enfadado, Osamu?

—No sé, por eso te pregunto.

—Estamos bien, ¿de acuerdo?

No lo estamos, pensé fastidiado. Dejamos de vagar por las calles, no nos compartíamos audífonos. En los descansos entre clases, Rin dejaba el salón antes que pudiera hablarle. Aplicaba su maldad mental en mí, sin que yo comprendiera el motivo.

De pronto, ya era otoño.

Soe-chan pasó a buscarme después de la práctica. La tomé de la mano. Traté de explicarle lo que sentía, acaso ella tenía alguna pista.

—Pueden ser celos…

—¿Celos?

—Admitamos que pasamos mucho tiempo juntos.

Lo consideré solo un momento antes de negar enfáticamente con la cabeza.

—No, no, te equivocas. Suna no es ese tipo de persona.

—Quizá sea mejor que nos veamos menos —terció ella—. No está bien descuidar a los amigos. No deberíamos ser esa clase de personas que cambian a sus amigos por sus parejas. Si no nos vemos después de la práctica, yo no tendré mayores reparos. ¿Tú los tendrías?

—Te digo que no puede ser eso. Además, ya tenemos las clases para vernos, pero ahora Suna ha decidido poner atención a los profesores.

—No des por hecho conocer todo de una persona, Sammy.

—¿Será…? No, olvídalo. Vayamos a comer algo.

No me atreví a compartirle mis sospechas a Soe-chan. Pero sí a Atsumu. Desestimó mis dudas completamente.

—Pfff… A Suna no le gusta tu novia, es imposible.

—¿Por qué lo dices con ese tono? ¿Por qué siempre tienes que estar insinuando de una forma u otra que mi novia es fea?

—No me refiero a eso, bobo. No sé cuáles sean sus gustos específicos, pero así en general, Suna es de los míos.

Enarqué una ceja. Sabía muy bien a qué se refería con eso de «los míos».

—¿Por qué? ¿Acaso te lo dijo?

—No, pero es algo que sé. Se le nota por donde lo mires.

—Imposible. Si lo fuera, me lo habría dicho.

—Puede... O puede que Suna tampoco lo sepa…

Al final resultó que tenía razón en todo.

Supongo que era de esperarse que naciera la complicidad entre ellos. Mientras yo salía con Soe, Suna y Atsumu estrechaban lazos. Quizá Suna no fuese una persona celosa, pero a mí sí me picaba. No era como si mi hermano estuviese rellenando el hueco que dejé yo. De haber sido así, quizá me habría dolido menos. En lugar de vagar por Kobe o compartir música, Suna y Atsumu desarrollaron su propia dinámica. Jugaban en el arcade cercano a casa, o videojuegos, pero la mayoría del tiempo se encontraban en el gimnasio, alargando el entrenamiento. Y rindió sus frutos. Luego de un juego de exhibición, a mi hermano le ofrecieron plaza en un equipo de la V-League, mientras a Suna, una beca universitaria.

El equipo nos encontrábamos reunidos en el vestuario cuando nos compartió la noticia.

—Parece que seguiré jugado vóleibol… —suspiró. Sus dedos recorrieron el largo de su cuello.

Mis compañeros se unieron para felicitarlo. Nadie se daba cuenta. Sentí el atrevimiento de agarrarlo por la camisa y lanzarlo lejos.

—¿Y a tí qué te pasa? —me increpó Gin por mantenerme al margen.

No le contesté a él, sino a Rintarou.

—¿Por qué parece que siempre te estás conformando?

Gin salió en su defensa. Rin se apartó el cabello del rostro, sin mirarme. No tenía caso replicarle a Gin, especialmente cuando se le ocurrió usar la carta de que los amigos se deben apoyar, no importa qué.

Gin, a ver, ¿cómo te lo digo? Mi amistad con Rin ha avanzado. En todo caso, amigos o no, nunca lo habría apoyado en eso, especialmente sabiendo que solo se estaba conformando.

Un día a fines de noviembre, descubrí a Atsumu y a Rin pintándose las uñas. Se le colorearon las mejillas cuando me vio. La tela traslúcida de su camisa no lograba disimular el bralette de encaje que llevaba debajo. Fingí no darme cuenta de nada. Cuando Rin regresó a su casa, se lo pregunté a Atsumu. Él no llevaba ninguna prenda de encaje bajo la ropa, o parecido.

—Si se lo preguntas, estoy seguro que te lo diría —empezó Atsumu—. Dale la oportunidad de que te cuente…

—¿Qué tendría que decirme, exactamente?

—No sé, pero ustedes antes hablaban mucho.

No lo dejé terminar su idea. Las relaciones sociales me exigían más de lo que era capaz de procesar, y eso solo me producía fatiga. Ayudé a mamá a preparar la cena, mientras comía a medida que cocinaba.

Un día de diciembre, cercano a año nuevo, Atsumu aprovechó que el entrenador Kurosu nos liberó de prácticas, para irse de compras a Kobe. Suna declinó la invitación antes que Atsumu le dijera algo. Luego me invitó a mí, pero me dio mucha pereza el viaje, y con mi novia pasamos la tarde en la habitación de ella, hasta que llegaron sus padres. No me quedé a cenar. Cuando volví a casa, Atsumu aún no regresaba.

En principio aquello no revestía preocupación alguna, pero siempre que Atsumu se retrasaba, era por vóleibol. Y dado que no atendía al teléfono, lo más probable era que, en el regreso de sus compras, se hubiese desviado camino a casa para practicar sus servicios. Mamá me pidió traer a mi hermano, o se perdería la cena. Sin embargo, Atsumu no estaba en el gimnasio.

¿Será que tiene novio? me cuestioné. En mi mente apareció Rin. No, ya basta. Traté de borrar aquella imagen de mi cabeza.

Revisé mi teléfono. Atsumu seguía sin responder mis llamados.

Me detuve en el contacto de Rin.

Como si lo hubiese invocado, mi celular recibió una llamada.

—Osamu…

La voz temblorosa de Rin me cortó la respiración.

—Es Atsumu, él… Osamu, tienes que venir...

Perdí la noción del tiempo. Regresé a casa corriendo. Papá acababa de llegar del trabajo. Los metí a todos al auto y obligué a papá a manejar hasta el hospital regional de Kobe. Algo le sucedió a Atsumu. Se había metido en una pelea. O lo involucraron en una pelea. No sabía. Rin lloraba al otro lado del teléfono. Habían golpeado a mi hermano y Rin lloraba.

No esperé a mis padres y fui el primero en dejar el auto, en entrar al hospital. Un grito.

—¡Osamu!

La voz de Rin. Sangre seca en las manos, en la camisa. Corrí hasta él. No me salía ninguna palabra.

—Tranquilo, está bien.

—Dónde.

—Está bien, le están curando las heridas.

—¡Dónde!

—En el box 26, pero...

No me importó el «restringido» pintado en el esmerilado de las puertas. Mis ojos se clavaron en el número 26. Tsumu, mierda, por qué tienes que ser siempre el de los problemas…

—¿Sam?

No puedo quitarme de la cabeza aquella mirada destrozada de Atsumu. Su ojo cerrado, los puntos sobre su ceja, el labio hinchado. La piel sucia, la ropa rajada. Me enjuagué los ojos.

—Tsum… por qué…

Nunca su rostro se había diferenciado tanto del mío.

Un policía entró a tomar declaraciones. Me asomé fuera del box. Otro policía ya estaba hablando con Rin. Me pidieron abandonar la habitación.

—No —pidió Atsumu, tomando mi mano. El policía me permitió escuchar, al mismo tiempo que le pedía a Atsumu relatarle los hechos. Fueron así, según Atsumu.

Unos chicos de una escuela de Kobe, a quienes Inarizaki eliminó en la final de la prefectura, le hicieron una encerrona. Se encontró con un par de ellos en una tienda comercial, y luego debieron de seguirle y avisar al resto del equipo. Cuando llegó a la estación de trenes, descubrió que lo estaban esperando. Le explicó que jugábamos vóleibol. El campeonato de primavera se llevaría a cabo en un par de semanas, y en su afán por proteger sus dedos, no fue capaz de defenderse de la golpiza. El policía lo miró escéptico.

—¿Por qué hiciste eso?

—¿Es una broma? —protesté—. Mi hermano se convertirá en el mejor armador del Japón. Sus dedos son su una mina de oro, ¿lo entiende? No podía hacer otra cosa más que protegerlos. Estos dedos son el futuro.

Ni siquiera se disculpó. Observó sus notas, y le preguntó a Atsumu si había otro motivo de aquella encerrona, además de una supuesta venganza.

—No fue una venganza —corrigió Atsumu, mirándome con ese ojo cerrado, con sus labios hinchados—. Tampoco fue por vóleibol. Es porque soy gay.

Las lágrimas parecían a punto de reventar de sus ojos.

—Anda, Tsumu, no llores por esto. No vale la pena.

—Supongo que era por esto que papá y mamá estaban tan preocupados, ¿cierto?

El policía nos miró como si fuese la primera vez que reparase en nosotros.

—¿Ustedes son hermanos? Ahora que los veo bien, tienen un aire.

Policía imbécil.

Atsumu me jaló del puño del abrigo. Su descripción de la pelea fue fría y su voz no entonó las palabras cuando nos contó que, con las manos escondidas bajo sus axilas, se defendió a patadas todo lo que fue capaz de soportar. Alguien cogió un fierro del basurero. Esquivó los golpes que pudo, pero no fue suficiente. El sabor a sangre le hizo vomitar encima. No cayó bien. Incapaz de ponerse en pie, escondió las manos en su regazo y se hizo ovillo en el suelo, aguantando las patadas lo que más pudo. Una de esas patadas le levantó la cara, cegándole de un ojo. Otra patada le abrió el labio.

—¿Cuánto tiempo transcurrió antes que llegara el otro chico?

—¿El otro? —pregunté.

—Suna —me explicó Atsumu, mirando con enfado al policía—. ¿Usted de verdad cree que yo sé el tiempo que transcurrió? No tengo idea. Por fortuna estaba allí, y me salvó de todos.

—¿Te salvó? —volví a interrumpir.

Me dio una mirada que yo supe comprender, que el policía pasó de largo por tomar notas, y después de preguntar un par de idioteces más, tocó el tema de si interpondría una denuncia. Atsumu fue tajante al respecto: no lo haría.

—¿No? —dije yo, asombrado, una vez el policía se hubo retirado—. ¿Qué te pasa?

—No quiero perder mi tiempo en esto.

—Pero el tiempo no se pierde…

—Déjalo. Salvé mis dedos, ahora tengo que demostrar su valía. Me convertiré en el mejor jugador de Japón, Samu, para que aquellos imbéciles me vean triunfar por televisión. Me verán en cada puta revista, en cada telediario. ¿No lo entiendes? Yo ya he ganado. No podrán escapar de mí. No les dejaré alternativa.

—¿Cómo fue eso de Suna? Cuando dices que te salvó…

—Es porque se enfrentó a esos tipos él solo… y ganó.

Supuse que le habrían suministrado sedantes que interferían con su cordura. Un técnico regresó a terminar las curaciones. Suna seguía hablando con el otro policía. Fui en busca de mis padres, que estaban junto a la señora Suna. Hasta entonces nunca la había visto, pero la reconocí enseguida. Era la misma cara de Suna, más morena, más gruesa, y canas en las sienes. Llevaba puesto el uniforme de los técnicos del hospital.

Iba diciendo:

—Le pusieron puntos en la ceja, tenía un corte bastante profundo, que por fortuna no comprometió la zona del ojo. Corrió con mucha suerte. Las radiografías salieron bastante bien también. Tiene un esguince menor, que debería curar en una semana, máximo dos. Con la adrenalina no siente mucho dolor, pero la noche será complicada. Seguramente le extiendan una licencia por todo ese tiempo. De momento, que evite pisar. Si duerme en un segundo piso, mejor trasladar la cama al primer piso. Tener consideraciones de ese tipo. Estén tranquilos. Su niño está bien. Ha sido muy valiente.

La señora Suna no tenía los ademanes suaves de Rin. Su voz era dura, seca, como la de una persona práctica.

—Gracias, muchas gracias —Mamá le tomó de las manos—. Su familia ha salvado a la mía. Espero que su hijo esté bien.

—Mi Rin-Rin es fuerte —dijo con una nota de orgullo. La llamó un médico—. Si me disculpan… pero no se queden de pie. Tomen asiento, ya les llamará la enfermera.

Esperamos otra media hora más. Suna fue a buscarme. Lo seguí hasta la sala de máquinas. Por primera vez no sentía hambre.

—Estamos bien, ¿cierto? —me preguntó—. Siento… este último tiempo, yo…

—¿Tú qué?

Necesitaba canalizar mi enfado con alguien, y yo sabía que ese no era Rintarou, cuya expresión sobrecogida me llenó de culpa. Y es que no podía evitar cuestionarme...

¿Por qué no estuve allí?

¿Por qué sí estuvo Rin?

No supe disculparme. Me abandonó el coraje.

—Olvídalo.

Rin se enjuagó los ojos con los puños ensangrentados.

Regresé donde mis padres sintiéndome miserable. Un paramédico arrastraba a Atsumu en una silla de ruedas. Le habían inmovilizado uno de sus tobillos.

Un médico nos apuntó las mismas recomendaciones que ya nos hubo adelantado la señora Suna. Ayudamos a Atsumu a subir al auto, y en casa, como no era posible bajar la litera al primer piso, desplegamos el futón de visita junto al kotatsu. Un extraño silencio se extendía por los rincones de la casa. Ayudé a mi hermano a vestirse. Quedaron al descubierto sus rasguños y raspaduras menores, los hematomas.

Acosté a mi hermano en el futón, y le acaricié el pelito, en silencio. La adrenalina ya debía de haber bajado, revelándose de verdadero estado de ánimo. Atsumu esperaba a quedarse solo para llorar. Yo también quería hacer lo mismo.

—Sé que es tonto esto que voy a decirte, Tsumu, pero… eres mi hermano favorito. Nunca se te ocurra volver a darme un susto así. Nunca más.

Me quedé dormido a su lado, con el uniforme del colegio.

Al día siguiente, me desperté temprano para preparar el desayuno. Hice unos onigiris, taiyaki, y sopa miso. Le lleve a Atsumu el desayuno a la cama, y comimos juntos.

—¿Qué pasa? —me preguntó.

—No lo sé. No sé por qué sigo peleándome con Suna…

—Porque te gusta complicarte. Quizá sea dramático decir que me salvó la vida pero… en ese momento, yo lo sentí así.

—Independiente de eso, no comprendo por qué apareció allí. ¿Era parte de ese grupo de mafiosos?

—No, ya sabes… oyó ruidos y se acercó a grabar la pelea.

—Ahhh… es verdad que Suna hace eso.

Le pedí que me detallara la pelea. Su teoría era que Suna debía tener conocimientos en algún tipo de combate cuerpo a cuerpo.

—Escuché cómo le quebró la nariz a un tipo, de un solo puñetazo. ¿Alguna vez has oído una nariz quebrarse? A otro lo dejó knock-out en tres o cuatro golpes, y el resto, al ver que no tenían oportunidad, salieron pitando. Yo… no sé cómo explicártelo. Suna me dio mucho miedo...

—¿De verdad hizo todo eso?

—Ahora me hace sentido cuando dice que peleamos tan mal. No es un amateur, Samu, el tipo está formado. Cuando ya no quedaba nadie, me preguntó cómo me llamaba y en qué fecha estábamos. Pensé que se había vuelto loco de remate, pero en realidad estaba comprobado mi lucidez.

»Haz las paces con él. No te cuesta nada.

Hice una vianda con onigiris y taiyaki que resté del desayuno. Era una combinación extraña, pero al menos eran caseros. En el primer descanso me acerqué a Suna, acurrucado en su pupitre. Tenía los nudillos vendados.

—Oye… —lo llamé, extendiéndole la vianda—. Lo admito, es posible que me haya comportado como un idiota todos estos días… pero no he sido el único.

—De acuerdo. No has sido el único.

Rin aceptó la vianda y se llevó uno de los onigiris a la boca.

—Maldición, no entiendo cómo consigues que algo tan simple resulte tan glorioso.

Bajó la mirada.

—Te extrañé —reconoció.

Ninguno de nosotros tenía ánimos de seguir peleando.

Esa tarde, le pregunté a Soe-chan si podíamos suspender nuestra cita. Le expliqué que quedaría con Rin. En lugar de enfadarse, se alegró por mí.

Después del entrenamiento, Rin me acompañó hasta casa. Compramos unos bollos en el camino, para nosotros y también para Atsumu. Mientras comíamos los tres juntos en el futón de visitas, corroboramos nuestras sospechas. Rin sabía boxear. Su padre era instructor de un gimnasio, y le enseñaron para que se le quitara lo blando.

—A mí me metieron a boxeo, y a mi hermana a clases de ballet. En secundaria me cambié a vóleibol y mi hermana… skate.

—¿Skate? —preguntamos Atsumu y yo al unísono.

—Mi hermana es genial. Les ha comprado a los niños skates y salen a patinar todos juntos.

Nos mostró fotos y videos de su hermana y los mellizos.

Fue una tarde agradable.

Acompañé a Rin hasta la estación de trenes.

Antes de abordar el carro, volteó a verme, y a mí se me vino la imagen de una actriz de cine. Pensé que Rin era muy bonita.

Yo creí que, luego de ello, volveríamos a hacer lo que siempre habíamos sido. Pero no fue exactamente así. Su trato se suavizó conmigo, favoreciéndome en todo. Su complicidad con mi hermano tampoco sufrió cambios. Solo comprendí que le impedía volver a lo de siempre cuando, el último día, se me declaró.

Hay días que pienso más en ello que otros.

Rintarou dijo que habíamos comenzado con mal piel, pero que siempre había sido yo, prácticamente desde el inicio.

Sin embargo, por más que repase nuestra historia en mi cabeza, no logro comprender a qué se refiere.

¿Por qué diría que partimos con mal pie? Solo hasta el final fue que nuestra amistad empezó a deteriorase. Nos volvimos amigos, sin Atsumu, nosotros dos. En esos días, Rin nunca hizo un gesto que yo haya podido malinterpretar. No hubieron miradas incómodas entre nosotros, o momentos tensos.

Me estaba comiendo la cabeza.


Hoy mi hermano me dice que ya pare con mis juegos mentales. Me quedé helada. ¿Será que pueda lograr que alguno de mis hermanos se coma un ajo? es para meditarlo...

Disculpas como siempre por los errores y tal... en especial me disculpo con Noe a quien dedico este fic. Mi racha escritoril ya va en declive, pero fufu logré sacar dos capis, me siento power.

JC