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No es tan Dificil

Un OsaSuna para Noe

Disclaimer: personajes no son míos


III. Vagando

Atsumu empacó no mucho después de graduarnos. La habitación, curiosamente, se me hizo más pequeña con su ausencia. Atsumu era tan brillante, irradiaba tanta energía, que ampliaba incluso los lugares más pequeños. Sin él las paredes me asfixiaban. Empecé a pasar más tiempo fuera de casa.

Casi todos los días abordaba el tren interurbano hasta Kobe, donde se emplazaba la academia gastronómica. Se me fue un año sin que me diera cuenta, sumido en la comodidad de una monotonía sin escapatoria. «Monótona» porque no estaba Atsumu para condimentar mi día a día; «sin escapatoria» porque parecía un rasgo muy típico mío el no hacer nada por cambiar el curso de las cosas.

Le faltaban desafíos a mi vida. En una palabra: extrañaba el tira y afloja que significaba convivir con mi hermano. Y a veces me preguntaba, si no me habría equivocado de carrera. No era lo mismo cocinar para un examen, que cocinar a alguien en concreto, y observar el rostro de una persona que tiene toda la intención de comer lo que has hecho. Los profesores de la academia apenas probaban los «exámenes» que preparábamos, debatiendo aspectos como el color, la temperatura, la armonía de los aromas, al modo de un reallity televisivo.

Mi situación cambió al poco iniciar mi segundo año de estudios: me hice ayudante de cocina del señor Oguma, en un restorán emplazado en Kita-ku.

Sucedió sin mediar currículo o entrevista. Tampoco estaba en búsqueda de trabajo, al revés, el trabajo me encontró disponible para el oficio, y mi falta de iniciativa me llevó a aceptar aquella oportunidad imprevista.

Todo comenzó cuando mi cuerpo comenzó a acusar otro tipo de hambre. Después de mucho renegar, decidí probar suerte con las aplicaciones de cita. Llevaba un tiempo solo, tenía terror de que esta situación se prolongara hasta un punto de no retorno. Aunque me parecían frívolas, a mi hermano le habían funcionado. Atsumu llevaba cuatro meses de relación con un fotógrafo que conoció de este modo. Un periodista, amigo del fotógrafo, se interesó por mi hermano y escribió un reportaje sobre ser gay y deportista a los veinte años. En realidad teníamos diecinueve, pero no para efectos del reportaje. Fue portada de revista. Una chica de mi clase se apareció con esa revista.

—Este es tu hermano, ¿cierto? Qué impresión. Ser un referente actual a esta edad. ¿Tú también eres…? Ya sabes… ¿como él…?

No supe responder. Últimamente, me lo cuestionaba.

Una joven respondió mi solicitud de Jack-D. Me advirtió que todavía tenía pene. No le di demasiada importancia, solo quería acostarme con alguien. La reserva del hotel estaba a nombre de «Taro», ella me pidió que la llamara Nakuru. Solo pronuncié su nombre una vez. Hicimos el amor en silencio, con cierta de torpeza, tratando de acomodarnos al ritmo del otro. Al terminar, descansamos en la cama mirando el techo.

—¿Pensabas en algo particular? —preguntó.

A los pies de la cama yacía su brasier. El relleno de silicona que daba forma a sus pechos. Se lo entregué.

—Tengo que ser honesto, recordaba a otra persona.

—¿Una ex?

—No, más bien lo opuesto.

—¿Qué significa eso?

Me quedé callado. Un ex es una persona que empezaste amando hasta que dejaste de hacerlo. Lo opuesto es lo opuesto.

Me apuré en vestirme y me excusé. Debía irme. Entendía si no quería verme otra vez. En otras circunstancias, quizá le hubiese dado una oportunidad. Era una joven muy linda. Si nos hubiésemos conocido de otra manera, quizá habríamos congeniado mejor. Era consciente de lo que implicaban mis actos, pero como no sabía disculparme, pagué la reserva de la habitación y me despedí de Nakuru.

Esto pasa cuando creces con un gemelo —pensaba—, te vuelves una persona incapaz de disculparte. Es por eso que voy como voy.

Los pensamientos errantes me llevaron a errar también en mis pasos, y acabé en el barrio de Kita-ku, desorientado, con el hambre despierto encendiendo mi tripa. Un hombre viejo, ataviado con un mandil de cocina, acababa de apagar la farola roja de su restorán. Aquello me desanimó. No había visto la hora, pero debía ser muy tarde.

—Usted tiene hambre, pase.

El viejo del mandil me observaba desde la puerta.

—No tengo mucho dinero —sinceré.

—No viene a cuento, pase, pase. Tome asiento en la barra. Vendrán otros después de usted. El negocio funciona así a estas horas.

Me senté donde me indicaba. Al cabo de unos minutos dos personas más ingresaron al restorán cerrado, sentándose cada uno a mi lado. Reconocí al hombre. Era el vagabundo que merodeaba la estación de Kobe. Cada vez que desbordaba, lo encontraba leyendo el diario, sucio y descalzo, junto al almacén de revistas. Jamás le había dejado alguna moneda.

La otra era una mujer entrada en carnes, de mejillas blandas, jorobada. Nada más verme, dijo:

—¿Cuál es su historia? Todos aquí tenemos una.

—Yo no. Ese es el problema.

—Bah, cuanto misterio, ya se te soltará la lengua. Señor Oguma, usted dijo que necesitaba un muchacho fuerte para hacer el inventario, contrátelo.

El señor Oguma. El viejo del mandil, nos sirvió, a cada uno, porciones generosas de arroz y tofu hervido, más una tacita de sake caliente. Supuse que eran las sobras de la venta del día, y me serví sin muchas expectativas, sintiéndome más afortunado que otra cosa por comer gratis, aunque fuese en aquellas circunstancias particulares.

Incomprensible, al primer bocado de ese plato triste, el calor me sacó un sollozo. Pensaba en aquella chica que acababa de olvidar en la habitación de un hotel. El sabor armónico del tofu, acompañado de la suavidad del arroz humeante, fue como recibir un abrazo inesperado, que me decía: «todos podemos equivocarnos, no sufras».

—Está muy bueno —sollocé, tratando de limpiar mis lágrimas con los puños.

«Cómo consigues que algo tan simple resulte tan glorioso». Mi mente extrajo aquellas palabras de los recuerdos.

El señor Oguma me entregó un pañuelo. No fui capaz de pronunciar «gracias».

Dos días después, volví a pasar al restorán del señor Oguma con la intención de pagarle lo que le debía. A la luz del día, pude apreciarlo mejor. No era más que un cuchitril, aunque en muy buen estado, entre una florería y un edificio de oficinas.

—No me ofendas de ese modo, muchacho —me regañó, sin dejar de sonreír.

Observé las mesas vacías, pintadas de rojo. El televisor encendido sobre la barra.

—Al menos déjeme devolverle el favor. Recuerdo que necesitaba hacer inventario. Puedo hacerlo. No tendrá que pagarme.

Al final acabé trabajando para él, al principio moviendo cajas y mercadería. Cuando descubrió que estudiaba gastronomía, me nombró su ayudante de cocina. El sueldo era miserable, pero entonces yo no tenía grandes gastos. Al acabar las clases, llegaba a Kita-ku a lavar arroz, picar verduras, eviscerar pescados, hervir bivalvos, estofar carnes. A medida que llegaban clientes, el señor Oguma me relevaba en la comida, y a mí me tocaba limpiar. Miki-chan y Moko-chan eran las encargadas de atender las mesas y llevar la caja. Una vez a la semana aparecía un hombre pequeño, con un bombín verde, para llevarse las carpetas de contabilidad. No trabajaba más gente. Era un local pequeño, poco atractivo, y sin embargo, preparaba el mejor arroz que haya comido. No lo comprendía. Si el restorán fuese más grande, mejor iluminado, atraería otro tipo de clientela, que pagarían con gusto una reserva, pero el señor Oguma no parecía interesado en hacer prosperar su negocio.

Al cerrar, luego de despedir a Miki y Moko, como llamados por la oscuridad, se nos unían el vagabundo y la mujer jorobada. Ella hablaba mucho; él casi nada.

A la tercera semana de trabajo, el vagabundo me dirigió la palabra por primera vez.

—Sabía que conocía tu rostro, pero usaste otro nombre, otro color de cabello. Me jode la gente que no da la cara.

—¿De qué hablas? —preguntó la mujer; enroscaba un mechón en su grueso dedo índice.

—Le hicieron un reportaje por ser maricón.

La mujer me agarró del brazo.

—¡No me digas! ¿Muchacho, eres famoso?

—¡Piensa mujer! ¡Cómo será famoso un maricón!

El señor Oguma le retiró el plato al vagabundo.

—No uses esa palabra con el muchacho. Discúlpate ahora.

La atmósfera se solidificó a mi alrededor, ojos ajenos se clavaron sobre mí a la espera de una respuesta. ¿Qué debería decir? Tieso en mi sitio, no me atrevía a apartar la mirada del plato. Casi podía oír el sudor recorriendo mis sienes. ¿Debería corregirlo? ¿De qué? ¿Decirle que se trataba de Atsumu, no de mí? No podía hacer tal cosa. Era la misma situación de cuando mamá me preguntó si yo también era homosexual. No podía hacerlo.

El vagabundo comenzó a reír. Las miradas me abandonaron.

—Es una broma, señor Oguma. Una broma.

La mujer también rió aliviada. El señor Oguma no lo hacía, pero regresó el plato al vagabundo.

—Entonces, ¿eres famoso? Tienes que contármelo —insistió la mujer—. Te lo he dicho: todos tenemos una historia.

—No lo sé. ¿Luego usted me contará la suya?

—Primero oigamos lo que tienes que decirme. Para mi historia se requiere el estómago vacío.

Saqué mi teléfono, le enseñé la última foto que me tomé junto a Atsumu, durante las vacaciones de primavera. También se la mostré al señor Oguma, y por último, al vagabundo.

—Es mi hermano, Atsumu, es mi gemelo. Hace ya varios años que nos pintamos el cabello de distinto color, pero dejando el físico de lado, es muy diferente a mí, en casi todos los aspectos. Está destinado a hacer grandes cosas, de él podríamos hablar toda una tarde, y no nos daría tiempo. Podríamos escribir un libro o rodar una película, y le garantizo un éxito de taquilla. Tiene esa necesidad de desafiar los límites, su ímpetu no puede frenarse ni contenerse. Yo no. Lo único relevante que se puede decir de mí —miré al vagabundo—, es que tengo un hermano que sale en revistas. El reportaje habla de él, no de mí.

—No todos podemos ser famosos —se lamentó la mujer.

—Ni es lo importante —dijo el vagabundo. Me tendió una mano—. Mi problema es que no estoy tranquilo si no me rodea el odio. No te lo tomes personal. Simplemente, no deseo amigos.

Tomé la mano que me estrechaba, inexplicablemente blanda, como una masa pútrida. Era un muerto en vida. No me pude quitar la sensación de encima.

Luego de esa noche, comencé a dejarle monedas cada vez que me lo encontraba en la estación de trenes. Ignoraba su nombre. No se lo pregunté el primer día, y ya no lo hice. Tampoco sabía cómo se llamaba la mujer, pero los demás le decían Agnes. Creo que les recordaba a cierto personaje de una sitcom americana que transmitieron hacía varios años. Le pregunté a mamá si la conocía, respondió que sí.

—Agnes era la típica vecina que se quejaba y sufría por todo. Además era feísima. Luego yo vi fotos de la actriz, y me dejó impresionada porque era muy guapa, pero en su papel de Agnes, la desmejoraban. Siempre estaba buscando maneras de hacer daño a los demás. No era una buena mujer. No había manera de empatizar con ella. Todos la odiábamos.

Cuando vi fotos de la verdadera Agnes, comprendí que el apodo no podía ser por temas físicos. Me preguntaba si sus conocidos la odiarían. Yo no lo hacía, tampoco el señor Oguma.

Éramos personas con historias incontables, reunidas bajo el alero de una compañía imaginaria. El día de mi cumpleaños número 20, el señor Oguma me dio libre. Atsumu me invitó a su nuevo departamento, allá en Osaka. Ya no salía con aquel fotógrafo, sino con un estudiante de ciencias de la salud. Quería que lo conociera. Qué papelón. Traté de enseñar mi mejor cara.

Una vez se retiró aquel chico, le pregunté:

—¿No había alguien mejor? —el tipo en cuestión se la pasó hablando de su nivel de grasa corporal (7%, me lo aprendí).

—Gracias, Samu. Muchas gracias. De verdad que no hay nada más refrescantes que tus sinceras enhorabuenas.

—Feliz cumpleaños —le entregué mi obsequio.

A regañadientes, Atsumu me entregó el suyo.

Ya sin aquel chico pesote de por medio, primero hablamos de Aran, compañero de equipo de Atsumu. Ambos jugaban en el MSBY, uno de los tres equipos de Osaka. Fue inevitable mencionar a Kita, el mejor amigo de Aran. Estudiaba agricultura, en la Kyoto Imperial, al mismo tiempo que trabajaba en el predio de su padre. Un pálido rosa ruborizó a Atsumu al tiempo que me actualizaba sobre Kita.

—Por supuesto que ya no me gusta, pero no puedo evitar enrojecer cuando lo menciono o cuando escucho su nombre. Por fortuna Aran no se ha dado cuenta de nada… a menos que Kita se lo haya confesado, pero lo dudo. Y Aran es tan torpe…

»Por ejemplo, hay una chica, es una de las fisio, que está loquita por Aran, y el tipo se quita la camiseta delante de ella y ni se da cuenta de lo que provoca. No tiene ninguna consideración. Y es que se ha puesto gigante. Esos pectorales que tiene son airbags. Te lo prometo, sus pechos pueden salvar vidas. Son unos pectorales totalmente opuestos a los desinflados de Suna.

La risa se me frenó de golpe.

Aunque solía pensar a menudo en él, evitaba su nombre incluso en mi mente, y ahora Atsumu lo pronunciaba de golpe, con una naturalidad que me recordaba los días de preparatoria, antes de su abrupto final. Mi cambio de actitud no le pasó desapercibido.

—¿Todavía no te hablas con Suna? —Negué con la cabeza—. Sé que Kobe es grande, pero yo habría pensado que se toparían en algún momento y… no sé. Hablarían las cosas.

—Supongo que Kobe es más grande que nosotros.

—Al parecer a su equipo de vóleibol universitario le ha ido bastante bien.

—Era de esperarse…

—¿Cierto que sí? Suna es de esos elementos que le da oportunidades a los equipos.

No fui yo quien cambió de tema, fue Atsumu. Honestamente, me habría gustado saber más de Rintarou, aunque me hiciera daño.

Días después, camino al trabajo, me crucé no con Rin, pero con Gin. También continuaba sus estudios en Kobe. No nos veíamos en mucho tiempo, incluso me pareció más alto. Me preguntó por Atsumu, hablamos del reportaje en el que apareció mi hermano, le pregunté sus novedades. Después de unos minutos, me disculpé con la excusa que llegaba tarde al trabajo. No era del todo cierto. A Gin le iba bien, y por algún motivo, me jodía.

Extrañaba a mi hermano, a mis amigos. No extrañaba el vóleibol en sí, pero si pudiera volver a jugar un partido con todos ellos… no lo sé. Ojalá se pudiera retroceder el tiempo.

Me desahogué con Agnes esa noche. Le pregunté si era un mal amigo. A su parecer, yo no era siquiera un amigo.

—No te juntas con gente de tu edad. En cambio, te la pasas aquí con adultos podridos. Hasta le caes bien a este vagabundo piojos, eso es caer muy bajo en la ruindad. Señor Oguma, es hora de que despida al muchacho, o le consumirá la fuerza vital.

Seguí trabajando un tiempo más. El trabajo era lo único que me renovaba, me sacaba de la cama. Cuando no nos visitaban nuestros comensales nocturnos, platicar junto al señor Oguma era refrescante, no como la brisa de verano, más bien como un trago de licor de menta. Algo en su seriedad me contagiaba calor. El señor Oguma era un hombre seco, de pocas palabras, que no aceptaba «no» por respuesta. Pero lo mejor, era que sus platos me habían devuelto la confianza en mi elección de carrera. Sin dudas, lo admiraba.

—¿Por qué el arroz le queda de ese modo? —le pregunté cierta noche, después de hacer inventario—. Lo he estado observando. No es que haga algo especial. Son las mismas técnicas y consejos que nos enseñan en la academia. He pensado que quizá las ollas que emplea, o la cocinilla de fuego…

Se rió.

—La magia del arroz está en el arroz, es así de simple. Si el grano no es bueno, no hay mucho que hacer. Hay que asegurar la calidad de la materia prima.

Cuando inició la temporada regular de vóleibol, veía las repeticiones de los partidos por la noche, junto a aquellos adultos podridos. No alcanzaba a reconfortarme. Mi hermano sonreía tan feliz, chocando manos con Aran; odiaba admitirlo, pero me sentía desplazado.

No se trataba de eso.

A fines de febrero, el señor Oguma, ya aficionado al vóleibol gracias a mis gestiones, sintonizó por iniciativa propia la final de vóleibol universitario. Me acerqué al televisor. Uno de los periodistas había pronunciado el nombre Suna. Efectivamente estaba Rin allí, con un horrible uniforme color cyan. Era Rin contra una universidad de Tokio. Me dieron ganas de reír. En el otro equipo se encontraban de titulares aquel chico que se comió mis onigiris, y Sakusa Kiyoomi, uno de esos terrores de la preparatoria, el que guardaba su comida en loncheras Harry Potter.

¿Por qué me tenía que preocupar de tantos sinsentidos? Incluso yo tenía permitido reírme, disfrutar de los detalles cotidianos.

Llamé a Atsumu.

—Nuevo clásico universitario, Suna versus aquel chico, no recuerdo su nombre, el armador de Fukurodani, canal 6.

—¿Te refieres al chico que te robaba la comida?

—Ese mismo, canal 6.

—Aran-kun, ven, Suna versus ese chico que le robaba la comida de Osamu, nuevo clásico universitario, sintoniza el canal 6.

Llamamos a Gin.

—Canal 6 Gin, ahora.

—Lo estoy viendo. Joder, Suna en cyan, esto es surrealista. Se merece un fondo de pantalla.

Vimos el partido cada uno desde sus respectivas posiciones, sin dejar de compartir impresiones a través del chat grupal.

Ganó la universidad de Rin, lo que quería decir que su equipo se enfrentaría en el Kurowashiki contra algún equipo de la V-League. Cruzamos los dedos. Todos queríamos un partido entre Suna versus Aran y mi hermano, especialmente si eso significaba volver a ver a Rin de cyan. De seguro el pobre estaba rendido.

Traté muchas veces de escribir a Rin, felicitarlo por su victoria. Perdí los nervios. Lo que dijese, sonaría estúpido, mediocre, y peor: necesitado.

—¿Qué sucede, muchacho? Si sigues tirándote el cabello, quedarás calvo. Te lo dice un hombre calvo.

Miré al señor Oguma con desesperación.

—¿Tiene el secreto de las reconciliaciones? Si lo tiene, dígamelo.

—El único secreto es acabar con el orgullo. Y quizá, armonizar con una tacita de sake.

—No soy una persona de mucho orgullo… Verá, con Suna éramos muy amigos en preparatoria, pero quedaron unos temas pendientes que no resolvimos, y la distancia no nos sobrevivió. Suna, uno de los centrales de la universidad de Konan, ¿lo recuerda?. Si nos viéramos, estoy seguro que comprendería qué es lo que quiero decirle, y se lo diría, pero aún no nos hemos cruzado.

El señor Oguma roció lustramuebles sobre la barra, sacando brillo.

—Está bien si te quieres engañar, pero para engañarme a mí tendrás que esforzarte un poco más. La universidad de Konan, si bien se encuentra en el Monte Rokko, no se puede decir que esté muy lejos. Nada se encuentra demasiado lejos cuando existe la intención. Si no te has cruzado con él, es porque no has querido hacerlo.

—De acuerdo, me da terror encontrármelo. Me gustaría que él me encontrase a mí. Sé que la reconciliación saldrá adelante si nos cruzamos, pero yo no soy capaz de buscarlo.

A veces husmeaba las redes sociales de Rin. Nada indicaba que estuviese en alguna relación, pero recelaba. Si resultaba que no estaba soltero, podría protagonizar un papelón muy gordo.

Al final, volví a instalar la aplicación de citas.

La victoria de la universidad de Konan le reportó a Suna sus beneficios. Por desgracia su equipo no se enfrentó contra los MSBY, sino contra el DESEO, pero eso no me frenó a ver el partido junto al señor Oguma. Fue el propio señor Oguma el que compró esas horribles bandanas color cyan, y no pude ocultar mi rubor. Y casi ganaron al DESEO. Después de un set perdido, los del DESEO tuvieron que entrar a la cancha a sus titulares, o la derrota habría sido vergonzosa. Muchos de los puntos fueron de Rintarou. Se lo expliqué al señor Oguma.

—Lo que sucede es que Suna es muy flexible, lo que le permite escapar de los bloqueos con mayor facilidad. Mientras mejor sean los bloqueadores, mejor le va a Suna, y por eso es normal que en un partido contra profesionales se luzca más que en otros. No le sucede así cuando se enfrenta a novatos, que son más impredecibles.

—Es una persona atípica por donde se la mire.

—Sí…

—¿Cómo es que no es profesional como tu hermano?

—Bueno, no es tan fácil. Son pocos los equipos que hacen convocatorias abiertas, por lo general alguien tiene que descubrirte… A mi hermano lo descubrieron en preparatoria. Aran tuvo que postularse para los try-out del MSBY, y por fortuna fichó. Pero Suna no tiene ese carácter de buscar oportunidades para darse a conocer…

—De seguro que el Kurowashiki le reportará sus beneficios.

—No lo sé. Quiero decir… es obvio que le llegará alguna oferta, si no es de la V-Ligue, al menos de la 2da división. Pero… nunca he sabido qué es lo que quiere Suna.

Por eso me sorprendió cuando los Raijin anunciaron que habían fichado a Rin para la siguiente temporada. El superclásico universitario Suna versus Akaashi no duró más de una temporada, no así mis dudas respecto a Rintarou. Ya no podía decir que lo conocía.

Mi trabajo con el señor Oguma me reportó mis propios beneficios. Después de un año de trabajo constante, y pese a mi funesto salario, pude ahorrar lo suficiente para comprar una furgoneta. El día de mi graduación le expresé al señor Oguma mis intenciones de renuncia.

—Me parece lo más sensato —opinó—, ¿qué planes tiene?

—Además de trabajar para usted, seguir la temporada de vóleibol es de las pocas cosas que me ha motivado este año. Y ahora que me he graduado, no me apetece volver a la casa paterna y estancarme en Inarizaki. Todavía tengo que pulirlo más, pero mi idea es empezar mi propio proyecto vendiendo onigiris en los partidos que juegue Tsumu. Ahorraré con tal de poder abrir mi propio local, y tener mis propios mendigos a los que alimentar.

—Sabes lo que eso implica, ¿cierto?

Asentí. El señor Oguma hablaba de Suna.

—Ya veo. Si es así, no tengo nada que objetar.

—Gracias señor Oguma.

—Pero la temporada de voleibol aún no empieza. Lo sé. Terminé aprendiendo su calendario. A mi edad, sigo aprendiendo cosas nuevas.

—Tengo que concretar unos negocios aún. Necesito antes asegurar la calidad de la materia prima.

—Ojalá todos los aprendices fuesen como tú.

Me quedé trabajando con el señor Oguma hasta que encontrara mi sustituto. La última noche, de mi despedida, en lugar de sobras, el señor Oguma preparó su propia versión de las parrilladas de carne Kobe. Realmente no entendía cómo no le iba mejor al señor Oguma, era un auténtico artista culinario. Agnes, colorada por el sake, besó mis mejillas en múltiples oportunidades. Con el vagabundo echamos algunas partidas de pulsadas. El señor Oguma envolvió las sobras en una vianda y me las obsequió. Comí gustoso durante dos días.

Llevaba un tiempo pensando el negocio de los onigiri. No eran complicados de preparar. Si acondicionaba bien la furgoneta, podría llevar mi negocio a donde sea. Además, en mi primera reconciliación con Suna medió un onigiri relleno. Luego de trabajar con el señor Oguma, yo sabía que los onigiri podían ser mucho mejores. Quería lograrlo. Quería reconciliarme con Suna, escudado en el mejor onigiri que hubiese preparado.

Por eso me reuní con Kita-san, cuya familia cultivaba mayoritariamente arrozales. Los patos nadaban libremente por los humedales.

Kita me decía:

—Es importante que los animales puedan convivir armónicamente en los cultivos. Se genera una simbiosis que favorece a la tierra, a la planta, y al propio animal. El excremento de los patos se convierte en abono que regresa los nutrientes a la tierra, le da textura. Si la tierra es fértil, la planta crece con vigor, y no hay necesidad de intoxicarla a fertilizantes. A mayor vigor, no solo el grano es rico, sino que las mismas plantaciones sirven de refugio para los patos silvestres. El uso de químicos solo genera dependencia, destruye los ciclos naturales, y por eso es importante evitarlos. Es lo mismo con los humanos.

—Entiendes a las plantas de un modo muy particular.

Kita se rio.

—Plantas no, ecosistemas —me corrigió.

Podía entender por qué esa risa tan honesta causaba estragos en mi hermano.

No hablamos de negocio ese día, no correspondía hacerlo. En cambio, Kita-san me regaló un quintal de arroz. Si era la materia prima que buscaba, entonces que volviéramos a reunirnos.

Lo hicimos, unas semanas más tarde. Le llevé muestras de mis productos, nervioso de su opinión. Al finalizar el trato, fui a visitar al señor Oguma una vez apagó el farolillo de la entrada. Repartí mis onigiri al señor Oguma, el vagabundo, y Agnes.

El señor Oguma se llevó una mano a la boca.

—Muchacho, tendrás un negocio próspero.

Agnes me pronosticó una fama mayor a la de mi hermano.

El vagabundo comió en silencio, sin opinar.

Se publicaron las fechas de la temporada regular. Estudié el calendario. Implicaría logística y una inversión de la que no disponía. No tuve alternativa, tuve que pedirle un préstamo a mi hermano. Me miró con recelo, como si estuviese tomándole el pelo.

—Creí que tu objetivo era ser regente de un restorán o algo así.

—Sí, algún día. Mira, no es tan fácil. Paso a paso, ¿sí?

—Admite que te mueres por verme jugar en vivo.

—Lo admito.

—¿Qué? ¿De verdad?

Siempre es hablarle a una pared.

Ese mismo día me hizo un giro de dinero demasiado grande. Así caí en cuenta que él también me hubo extrañado. Unos días después me acompañó a comprar los implementos de cocina que necesitaba y los permisos respectivos para habilitar mi puesto de comida. No se me ocurrió que mi negocio debiese tener un nombre. No estaba preparado para ello.

—¿Qué vas a vender? —me preguntó Atsumu. El funcionario de la oficina de patentes parecía a punto de explotar.

Onigiris, ya te lo dije.

—Ya lo tengo: ¡Onigiris Atsumu! ¡Siempre he deseado tener mi propia Brand!

—Cómo crees. En ese caso, Onigiris Osamu, porque es mío el negocio.

—¡Pero yo soy el socio capitalista! En cambio tú solo eres el «mano de obra».

—Qué opinas de Onirigis Miya.

—De acuerdo —dijo el funcionario, poniéndole fin a la charla.

Imprimí calcomanías con el nombre de Onigiris Miya para sellar los productos. Mi motivación era total. Me compré un planner en el que anoté las fechas de los partidos de los MSBY, y la ciudad y gimnasio de los encuentros, a fin de reservar los permisos de venta de comida, las reservas de los hoteles. Lo tenía todo planificado. Conocía muy bien mi ruta. Quizá tuviese que afinar ciertos detalles, pero eso en el camino.

Como por ejemplo, el tercer partido de los MSBY, que lo jugarían de local contra los Raijin de Rintarou.

Vi las repeticiones mientras amasaba el arroz de Kita-san. Rin ganó su primer partido como pro, que jugó contra los Rockets, y también el segundo, contra los Azuma Pharmacy. Aquella vez que nos reconciliamos, rellené esos onigiris con pasta anko comprada en el supermercado. No eran habituales los onigiris dulces, pero a Rin le gustaban. Esta vez, preparé el anko yo mismo.

No sabía qué le diría a Suna, ni siquiera tenía certeza de que lográsemos vernos. Me dije que no lo buscaría. Pero si nos veíamos, le daría su onigiri, y luego ya se me ocurriría cómo continuar.

Miré el onigiri entre mis manos. Lo sellé en film plástico, le pegué la calcomanía de Onigiris Miya.

¿Por qué, Suna? ¿Por qué me dijiste que empezamos con mal pie? ¿Por qué has dicho que siempre he sido yo, desde el principio? Fue porque intuías mi rechazo, ¿cierto? Así decidiste torturarme sin que me diera cuenta. Lo sabía. Has planeado este momento desde hace dos años. Planeaste tu venganza y estás por saborearla.

Suna y sus juegos mentales… sus infiernos mentales, mejor dicho.


Gracias por leer.