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No es tan Dificil
Un OsaSuna para Noe
Disclaimer: personajes no son míos
IV. Reencuentro
Debí haber previsto escenarios.
Administrar un local de comida no es sencillo y requiere más trabajo del que te hacen ver, especialmente cuando no consideraste personal adicional, cuando no prestaste atención a los cursos de administración y/o banquetería que diste en la academia, por considerarlos poco gastronómicos. Supongo que en el fondo soy una persona más caótica que planificadora. Sabía desde el inicio que no se trataría solo de cocinar, especialmente tras trabajar junto al señor Oguma, en todo caso, el mero conocimiento no me hacía óptimo para mi nuevo desafío. Quizá nadie lo esté hasta que le toque intentarlo.
Debía preocuparme de llevar la trazabilidad de los alimentos, proceder con los estándares de higiene e inocuidad en mi estación de trabajo, mantener un stock de envases y envoltorios para mis productos además de otras mercancías de rancho, pero especialmente que todo cuadrara al momento de rendir cuentas y hacer caja. Me preocupaba la declaración de impuesto. No quería joderla y luego que el estado embargara mis bienes. Era lo único que realmente me preocupaba. Eso y todo el tema de Rin.
Atsumu y yo cumplimos los 21 años hace algunas semanas. Rin todavía tenía 20. Su primer partido como rockie lo disputo en Matsumoto, contra los Rockets. Los MSBY, por su parte, jugaron de visita en Nara. El día previo herví arroz y preparé cuatro tipos de onigiri, uno de ellos apto para veganos, otro dulce relleno con pasta de anko elaborada por mí. Subí mis cajas de comida a la furgoneta, con la duda de si sería suficiente o me sobraría demasiado. Luego de un día demoledor, regresé a casa sintiéndome puré. Capitán, nuestro perro de dos metros que ya tenía trece años, asomó la cabeza desde su guarida y siguió durmiendo. Me venció la ternura. El perro viejo azotó su cola contra el suelo al sentir mi mano restregar su nuca. Mamá me esperaba despierta, tejiendo en el kotatsu con el hogar encendido.
—¿Y? ¿Qué tal le fue al mejor maestro cocinero de Japón?
Mama es muy linda. Con su ayuda descargué la furgoneta y, después de un día lucrativo pero agotador, me quité los zapatos y masajeé mis pies hinchados.
—Necesito un piso donde sentarme o cambiar de tenis, de lo contrario mis pies no aguantarán la temporada. Eso y contratar un sistema de pago por tarjeta —respondí a mamá—. Casi nadie carga ya efectivo, y las transferencias son lentas.
Especialmente cuando no te sabes el número de cuenta…
—Para ser tu primer día, no me parece una mala observación.
—Es porque no te he dicho las malas todavía, aunque si lo pienso, supongo que tiene su lado positivo, ya que ayudó a las ventas.
—¿De qué hablas?
—De lo que no sé por qué no preví, teniendo la cara que tengo —y continué, ya que mamá no lo cogía—. Mucha gente me confundió con Tsumu hoy. Me han pedido autógrafos y fotos, incluso cuando yo les explicaba quién era realmente, han insistido con las fotos.
—Oh, ya veo. Claro, tiene sentido.
—Ha sido una prueba a la paciencia, pero al menos toda esa gente me ha comprado onigiri.
Mamá me entregó un vaso de agua. Lo recibí con desaire. Honestamente, hubiese preferido una cerveza.
—Tsumu ya es toda una celebridad, ¿no crees? Ahora es tu turno, Samu.
Esbocé una sonrisa. No era lo que me preocupaba. Después de platicarle mi primer día como emprendedor, y los pormenores del partido de los MSBY, mamá me comento lo que ella vio en el resumen de noticias.
Entre varias otras cosas, también dijo:
—Tu generación sí que era monstruosa, como la llaman en los medios. ¿No te figuras quien más se unió a la liga profesional? ¡Tu amigo de la prepa, Suna Rintarou-kun! Me alegró mucho verlo, lo digo de corazón, estaba muy bonito en ese nuevo uniforme. Debería usar colores brillantes más a menudo, le benefician.
Me quedé callado, sin saber cómo responder, suplicando que mis mejillas no se viesen tan rojas como yo las sentía arder. Mamá, por fortuna, continuó hablando.
—En el noticiero de lo que más comentaron fue la reestructuración de los EJP Raijin.
Tomé mi vaso de agua, con la falsa excusa de rellenarlo. Detenido en la puerta de la nevera, logré decir:
—¿Ah, sí?
—Sí, sí. El técnico nuevo, lo mostraron en pantalla, muy jovencito, un lolito de apenas unos treinta años, creo que introdujo muchos rostros nuevos al plantel, la mayoría traídos de la liga inferior y universitaria. Nadie le tenía fe, y mira cómo es la vida, en su partido debut le ha ido excelente, 3-0, ¿qué te crees? No mostraron muchas imágenes del partido, pero no me cabe duda de que Rintarou-kun tuvo mucho que ver en ese resultado.
Rellené mi vaso con más agua. Qué suerte que mamá no me sirvió cerveza.
Al día siguiente, mientras preparaba una nueva tanda de onigiri para el siguiente partido de los MSBY, vi la retransmisión del debut de Rin. Además de un par de extranjeros que no conocía, los otros nuevos rostros de los Raijin eran Washio Tatsuki y Komori Motoya, ambos antiguos rivales de preparatoria. Solo por esos nombres me daba cuenta de que el nuevo entrenador apostaba por agotar mentalmente a sus adversarios, un modo de juego que calzaba muy bien con Rin.
Una carcajada se me escapó, contagiando alegría a todo mi cuerpo. Apróntate Tsumu, la tendrás cabrona.
Rin no había cambiado sus hábitos de juego. Verlo acercarse a la red cuando su equipo preparaba el servicio, flectando los codos a la altura de sus orejas, con sus dedos casi rosando sus mejillas pálidas, me trasladó a mis días de preparatoria. Lo extrañaba.
Me preguntaba si su fichaje en los Raijin querría decir que abandonó la universidad. O si haría el intento de compatibilizar los estudios con la liga profesional. Conocía varios jugadores que lo hacían. Realmente lo extrañaba. No sabía nada de la vida de Rin durante el tiempo que estuvimos distanciados.
Debió adueñarse de las cámaras porque nadie juega como él. Nadie tendría jamás esa flexibilidad en la columna, que le permitía evadir los mejores bloqueos. La fluidez con la que se desplazaba por la cancha, la elegancia con la que saltaba a rematar. La prensa es estúpida y prefirió enfocarse en aquel chico Komori Motoya, el líbero, y en algún momento, empecé a fastidiarme. No negaba su talento, pero para nosotros del Inarizaki, Komori-kun siempre fue uno de esos niños potterhead del Itachiyama, el de las cejas en forma de botón. ¿Por qué no hablaban más de Rin? De acuerdo, Komori-kun no le daba a los atacantes ningún respiro, de todas formas, no era para tanto. Me preguntaba si Rin tendría el coraje de burlarse de Komori en su cara, como hacíamos en tiempos del instituto.
Ojalá lo hiciera. Ojalá Rin se burlase de Komori y todo el mundo. Ojalá me escribiera para contarme las barbaridades de otros jugadores de la liga, por ejemplo de Atsumu, y reírnos como solíamos hacerlo.
Estaba en mi poder cambiar el curso de mi vida. La madrugada siguiente, cargué la furgoneta para partir a Tokio. Regresé a casa enérgico, pero con ganas de darme un buen baño. Acaricié a Capitán en la nuca. Mamá nuevamente me esperaba despierta. Le conté la anécdota del día:
—Unos estudiantes de preparatoria me han preguntado: «¿Tú eres el hermano de Miya-senshu, cierto?», y a reglón seguido: «¿Por qué no eres rubio como Miya-senshu?» O sea, Ma, ¿es una broma? ¿Quién se puede creer que Tsumu sea blondo real? Ma no te rías, indígnate conmigo.
—¿Qué les dijiste?
—¿Qué les iba a decir? ¡Nada! El cliente siempre tiene la razón. Les entregué el pedido sin dejar de sonreír, pero en mi mente gritaba. Nuestras cejas son oscurísimas, ¡las de ambos!
Por segunda vez mamá me ayudó a descargar la furgoneta. Me dijo que me acompañaría para el partido de los MSBY en Osaka. Mis mejillas volvían a encenderse sin una razón que pudiese admitir. No dejaba de pensar en el tercer partido de los MSBY, que jugarían contra los Raijin. En la misma arena de juego, por un lado, se encontrarían mi hermano y Aran, y por el otro, Rin y Komori Motoya, el cejas de botón.
Bien sea, Osamu. Tú también debes darlo todo. Debes estar preparado.
Así, al llegar el día del partido, no quería cometer errores. Tampoco quería ilusionarme en vano. Seguía sin implementar un sistema de pago con tarjeta, pero imprimí afiches, un pendón con la carta de productos. Sin ser muy variada, abarcaba un espectro importante de consumidores, incluido veganos.
Solo con onigiri hay reconciliación, mi mente no aceptaba otra premisa. Mira a dónde he llegado, Suna, mírame. Estoy aquí gracias a ti. Ojalá pueda devolverte el favor algún día. Tú también estás donde estás gracias a ti, pero si nos hablamos, ojalá pueda devolverte el favor.
No quería buscarlo, al mismo tiempo quería ser yo quien lo encontrase primero, y sabía que estaba complicado. No podía simplemente abandonar mi puesto de trabajo, Rin tendría que verme a mí. Debía facilitarle la visual. Por eso los pendones. Por eso debía ser diligente y agilizar la atención al cliente, tal de que no se acumularan compradores en el almacén. Y para ello, aunque era tarde, necesitaba un sistema de pago con tarjeta y necesitaba contratar un segundo vendedor. Lo tenía claro. Ya no se pudo, pero para el siguiente partido de los Raijin jugando de local versus los MSBY, debía tener todas aquellas mejoras implementadas. Si los azares no nos permitían reencontrarnos, no podía pasar del siguiente reencuentro.
Hablé con Atsumu la víspera.
—¿Estás nervioso? —pregunté.
—No es la palabra que elegiría. Me siento ansioso —Ahhhh yo también Tsumu, ni te lo imaginas…— ¡Ya quiero que sea mañana, Samu! ¡Estoy tan impaciente! ¡Cómo deseo probar mis servicios contra ese niño Komori y aniquilar su buena racha! ¡Jah! Los Raijin de pronto se han convertido en los favoritos de todos, ¡no lo soporto!
El segundo partido de los Raijin, en Fukushima, también lo ganaron. Vi la repetición nuevamente mientras cocinaba mis onigiri. Realmente me preguntaba cómo se llevarían Rin y ese niño Komori. Pese a lo que indicaba su carácter, Rin era una persona amistosa que se le daba bien empezar conversaciones. Sin embargo, yo siempre creí que me había llevado bien con Rin desde el inicio, y luego descubrí que no fue así.
—¿Y tú Samu? ¿Estás nervioso?
Mi silencio debió darle alguna pista a mi hermano.
—Ha pasado tiempo —continuó Atsumu—. De seguro Suna te ha perdonado.
—No es él quien tiene que perdonar. Pero…
—¿Sí?
—A lo mejor yo no logre verlo. En ese caso, ya que tú sí lo harás, ¿puedes decirle a Suna que me busque si no me ha visto?
Prometió que así sería.
Al día siguiente cargué muy temprano mi furgoneta, con ayuda de mamá. Como prometió, me asistió en ventas ese día. No teníamos ropa a juego, pero papa le prestó a mamá una camiseta vieja de piqué negra, similar a otra mía. Así fuimos ambos de negro, tratando de alguna manera, lucir uniformados.
Atsumu llego corriendo a vernos, mientras instalábamos el puesto con mamá. La abrazó. A mí me chocó el puño.
—Se ha corrido la voz de que tengo un gemelo que es dueño de su propio emprendimiento, ¿está bien para ti si te entrevistan en la previa? Ya les dije que sí, así que no se trata de una consulta, sino un aviso.
—Cómo es posible que me digas esto ahora, ¡hablamos ayer!
—Se me olvidó, no seas pesado. Mamá, ponte de mi parte.
Mamá opinó que sería buena publicidad para mi negocio. No quería pelear, y al final acepté un poco resignado. Si Atsumu había olvidado algo tan importante, quizá hubiese olvidado lo que le pedí sobre Rin.
Me desanimé. Solo en el baño, golpeé mis mejillas, enfrentándome al reflejo en el espejo. Ya basta, Osamu. Tú no eres así, eres un adulto con responsabilidades, con un negocio que atender. Tu madre está allí, no puedes quedar en evidencia a sus ojos. Tú quieres esto. Tú lo pediste. Si te encuentras con Rin, que te vea a tope. Es lo mínimo. Es lo que ambos se merecen.
Poco a poco, la gente fue llegando. De pronto, alguien que no me confundió con mi hermano me llamó por el nombre:
—¿Osamu?
Otra cosa que no anticipé: excompañeros rondando por allí.
—¿El gran Gin?
Le tendí una mano. Gin se veía fuerte y sonreía.
—Hombre, tanto tiempo. Así que tu propio negocio, enhorabuena. Ya me han comentado que te has apropiado de varios de los fanáticos de Atsumu.
—Cállate. Aunque estoy acostumbrado a que me confundan…
—¿No eres Atsumu-senshu-kun? —preguntó una joven a la fila, dándole codazos a su amiga quien sostenía una cámara—, ya me parecía que no podía ser cierto.
Al menos me compraron onigiri, qué puedo decir. Gin se agarró el estómago de la risa.
—Así ha sido todos estos días —admití a Gin tras cobrarle a aquellas jóvenes—. Si no nos conocieras, ¿creerías que el color de tinte de Atsumu es natural?
—¿Con esas cejas de carbón? Imposible.
—Eso es lo que yo digo.
—No te desanimes ahora, y enséñame qué es lo que vendes —Después de ojear la vitrina, eligió un onigiri relleno de atún, otro de verduras, y dudó frente al relleno de anko—. Qué recuerdos, estos son los que gustaban a Suna, ¿los hiciste por él?
Me quedé helado. ¿Qué mierda está diciendo ahora Gin?
—Honestamente, estoy aquí más por él que por Reon o tu hermano, no te ofendas.
—Ya… ¿Por el uniforme otra vez? —aventuré, haciendo como que ordenaba la vitrina para no mirarlo. Del uniforme cyan de su universidad, Suna había pasado al amarillo fosforita.
—Seguro se verá espantoso, ¿sí o no?, pero no es eso. Solo quería verlo, especialmente después del último año que tuvo.
Gin me asaeteaba a información. Entre la lista de cosas que no anticipé, estaban mis excompañeros y los chismes que podrían traer.
—Ohhh… ¿no te enteraste? —continuó Gin, ojos desorbitados—. Bueno, te lo diré porque deberías saberlo. Puedo decírtelo, ¿cierto?
—Dame un momento…
Terminé de atender a un cliente, y dejé el puesto a cargo de mamá. Sentía a mis mejillas nuevamente arder a medida que Gin me contaba las noticias de Suna. Al parecer, la depresión lo hubo golpeado fuerte en su segundo año de estudios, hasta un punto límite.
—Ya sabes… es una persona que tiende a encerrarse en sí mismo. Según me contaron, hubo días que ni siquiera era capaz de salir de la cama. No le gustaba la carrera, era obvio, pero no se atrevía a decírselo a su madre, ni era capaz de tomar alguna decisión. Así, fue cayendo en la espiral, hasta que lo reclutaron a los Raijin. Es increíble.
»He seguido sus partidos, y me pareció que se veía bien, con sonrisa, igual que en preparatoria. Eso me alivió un poco. Espero que esté mejor. A ti también te gustaba esa sonrisa, ¿cierto?
—Francamente, a quién no…
—De hecho, vi a su hermana por aquí cargando con los mellizos —continuó—. Me da gusto que sea tan unido a su hermana. Ya sé, le diré que venga a comprarte onigiri.
—Gin, de verdad, ¿no me estás mintiendo? Si descubro que me has mentido…
—Sé que soy un desubicado de primera, pero incluso yo tengo un límite. Si algo le sucediera a cualquiera de ustedes, me gustaría saberlo. Me he pegado el viaje hasta aquí en lugar de estudiar, y no es en vano.
—No sabía que eras tan cercano a Suna.
—No lo soy, solo le guardo mucho cariño. A todos ustedes. Sé que es difícil, pero deberíamos hacer algún esfuerzo por vernos. Oye, pero cambia la cara. Suna está bien ahora, eso se nota.
—Ya, lo sé… gracias Gin.
Al regresar a mi puesto, mamá debió notarme la cara descompuesta. «No es nada», aseguré, concentrándome en los clientes que tenía por delante.
Tenía la garganta tensa. Una madre pidió onigiris para ella y sus dos hijos. Sentía que me zumbaba la cabeza. Me confundí con el cambio, pero no me atreví a rectificar. Ella me devolvió los yenes de más. Un hombre de edad pidió un onigiri de cada tipo. A mamá se le acabaron las servilletas. Le indiqué la caja donde guardaba las mercancías de rancho.
En esos dos años que transcurrieron desde la graduación, evité deliberadamente cruzarme en el camino de Rin, y lo que sucedió, fue que no estuve para él en los momentos complicados de su vida. Con mi silencio defraudé a quien fuese mi mejor amigo, y todo por mi estúpido orgullo y mi falta de iniciativa.
Un alboroto. Acababa de aparcar el bus de los Raijin.
El tiempo no se pierde, decía Rin. En todo caso, la historia tampoco se devuelve. Los hechos se habían cerrado y yo… ¿qué hice yo?
Seguí vendiendo, con la sonrisa dispuesta cada vez que me preguntaban si yo era Atsumu. Por el rabillo del ojo vi a los Raijin, en su brillante uniforme amarillo, haciendo su entrada en el polideportivo. El corazón me dio un vuelco. Suna iba entre medio, con su buzo radioactivo, un barbijo, y el flequillo de siempre. Distraído en alguna conversación con otros miembros de su equipo, su mirada recorrió los puestos de comida del gimnasio, pasando por Onigiri Miya como otro puesto más. Al segundo sus ojos regresaron, encontrándose con los míos. Se disculpó con su interlocutor. Corría. Estaba a menos de un metro.
—¿Osamu? —dijo bajándose el barbijo, con su voz tímida, casi silente—. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Osamu, claro —susurró el joven que atendía mamá—. Es cierto, Miya-senshu tiene un gemelo de nombre Osamu.
—Suna… —saludé, envolviendo los onigiris que me acababa de comprar una pequeña de secundaria—. Tanto tiempo.
—Tu cabello… —e inesperadamente, acercó sus manos grises y me revolvió la cabeza libre de los tintes de la preparatoria, completamente negra—. Así que lo has conseguido, estás vendiendo tus propios onigiris, qué bien. Ah, señora Miya, buenas tardes.
Retiró sus manos con premura y agachó la cabeza, enseñándonos la nuca. Luego miró hacia atrás: su equipo había desaparecido.
—Creo que me tengo que ir… y se ve que tienes mucho trabajo por delante…
Mamá le devolvió el saludo. Le pedí a Rin que me esperase un momento. Por segunda vez dejé a mamá encargarse del negocio y saqué de vitrina un onigiri de anko, que dejé en las manos de Rin.
Con todo mi corazón, Rin… ojalá hubiese encontrado alguna palabra que decirte. Pero no preví nada. Una parte de mí, en todo caso la más deshonesta, deseaba no haberte visto. Pero nos vimos, y llegado el momento, me fui a blanco. Es que no entiendo nada. Un momento torpe y soso, Rin, has sabido convertirlo en un milagro, desplegando aquella sonrisa tuya que contagia magia, enseñando tus caninos puntiagudos, alargando tus ojos hasta volverlos una línea.
Esa sonrisa de la que hablaba Gin hace no mucho atrás, te brota y parece magia.
—¡Ohh! Osamu, no debiste. —y sin esperarse, rajó el plástico y le dio una mordida—. Joder, estoy en el cielo. Por qué tu comida siempre sabe a un milagro. Oye… de verdad gracias.
Sus mejillas habían enrojecido. Yo también sentía el calor latir en mi rostro.
Y eso fue todo. Después de eso, no tuve más oportunidades. Nos volvimos a ver tras el partido, en compañía de mi hermano, Gin, la hermana de Suna y sus mellizos. Un vistazo al puesto de comida me indicó que lo mejor sería auxiliar a mamá. Me despedí de todos. A lo lejos, veía a Rin reírse de Gin, a Atsumu jugar con los mellizos. No era mi lugar estar allí.
Luego pensé, de regreso en mi habitación, cansado y confundido, en todo lo que pude decirle a Suna y que no se me ocurrió. No nos habíamos visto en dos años. Él tenía 20, yo había cumplido los 21 hace no mucho. Me acababa de enterar que pasó por una depresión por una cosa tan absurda como una elección de carrera, pero lo veía sonreír y me revolvía el cabello, con la confianza de hace dos años restaurada. Recibía mi onigiri con una ilusión y yo me preguntaba: ¿qué carajos, Rin?
¿Será que, en todos estos años distanciados, nunca consideró como pelea nuestra pelea?
¿Fue una pelea?
Lo repasé en mi mente tantas veces. Su pulgar en mi manzana, sus labios tocando los míos. La patada. Nuestras torpes palabras al día siguiente. El silencio prolongado por dos años.
¿Fui yo? ¿Yo nos hice esto?
Y lo seguía pensando, y mientras más lo hacía, más me dañaba. Por ejemplo, a lo mejor no fue una pelea para Suna. A lo mejor se trató de una peleilla, las típicas entre amigos. En tal caso, pudo haberme llamado. O pudo haberme escrito. ¿Se olvidó de mí? ¿Por su carrera que lo deprimía? De no haber perdido el contacto, yo le habría confiado a Rin mis dudas cuando estudiaba en la academia, y esto pudo motivar a Rin para desahogarse conmigo, y no se habría deprimido.
Gin lo llamó el «punto de no retorno». ¿Quería decir aquello lo que no me atrevía siquiera a poner en palabras en mi mente?
Pero, aún sin tener retorno, Rin salió de ahí. Fichó para la liga profesional, se vistió de amarillo fosforita, y al verme, se atrevió a revolverme los cabellos negros.
Cerré los ojos.
—¿Te estás vengando de mí, Suna? —susurré en medio de la noche.
Todo porque me besó hace tantos años y yo no le correspondí. Se aseguró de que no olvidase aquel momento, para luego hacerme sufrir. Al verme, me ha tratado como si no hubiese existido jamás aquel fatídico día, como si hubiese sido capaz de borrarlo de sus registros. Quizá Rin lo haya superado, y se ha convertido en una anécdota graciosa. ¿Por qué me dañas de esta manera, Rin? ¿Por qué precisamente en esto, teníamos que estar desincronizados?
A propósito o no, los juegos mentales de Rin se encontraban en un nivel superior.
Por primera vez, me atreví a dejar fluir mi imaginación. Le arrancaba las ropas, forcejeábamos, hacíamos el amor. Tras unos minutos, me levanté al baño a lavarme las manos, y regresé a la cama.
Estaba releyendo las notas del primer capítulo... que boba he sido: "proyecto corto (...) no más de 4 capis" fufu... ingenuidad sin límites todavía a mi edad? Quiero creer que eso es una señal más buena que mala.
A Noe: ojalá no te esté decepcionando.
Jc
