"Capítulo 1 – Un Inicio Inesperado"

Primera Parte:

NUMEROSAS POSIBILIDADES.

Indiscutiblemente, la casa Loud se había convertido en un lugar en el que cualquier situación podía suceder; desde lo más cotidiano hasta lo más bizarro y surrealista, cruzando incluso varios límites. Por supuesto, todo tenía una explicación y un origen: una reunión de hermanos, un viaje familiar o, como era común, un problema. Aunque tarde o temprano eran solucionados con rapidez, pocas veces no lo eran, llegando a prolongarse o en su defecto, a traer nuevos problemas. Problemas que incluso Lincoln no podía arreglar tan fácilmente.

Lincoln Loud había despertado aquella mañana de sábado esperando pocos problemas que pudieran surgir, pues su familia había salido más temprano, cada uno a diferentes eventos que tenían planeados alrededor de Royal Woods. Con ese detalle, sabía que su día comenzaría de maravilla, mejor de lo que tuvo previsto hace varios meses. Tras el anuncio de un nuevo videojuego de pelea sobre Ace Savvy, supo que debía planear todo con antelación, porque tal y como aprendió tras años de experiencia, cualquier cosa podía pasar, incluso problemas, los cuales en esta ocasión terminarían por arruinar la reunión que tendría en casa de Clyde.

Después de despertar, tomó una ducha caliente, preparó todo lo necesario para su reunión y comió el desayuno que su madre le había dejado en la mesa, todo una hora y media antes de su reunión que se llevaría a las diez en punto. Por ahora su plan estaba siendo un éxito, cosa que lo alegró enormemente.

Estando preparado y con el tiempo a su favor, tomó sus cosas, abrió la puerta de su habitación y caminó hacia las escaleras con una alegría tal que no pudo evitar poner una sonrisa tan brillante como el recién salido sol que se reflejaba en las afueras. Sin embargo, su ánimo se vio interrumpido cuando estuvo por poner la palma de su mano sobre el barandal, porque al momento, una chillona y aguda voz que reconoció de inmediato le puso los pelos de punta e hizo que se detuviera de golpe.

—¡Lincoln!

En ese instante el cuerpo de Lincoln se estremeció como si acabara de recibir la peor noticia de su vida. Era claro de quién se trataba, su simple voz llenaba de terror a cualquiera que la conociera y todo lo que era capaz de hacer solo para cumplir su objetivo.

«De todos los días, ¿por qué justo tiene que ser hoy?» pensó Lincoln.

No quería admitirlo, pero la voz que correspondía a ese grito era la de su hermana menor, Lola.

Para nada tenía previsto ese detalle. Intentó pensar con desesperación una buena excusa, sin embargo, el miedo era mayor a su capacidad para idear un plan.

Sabía lo que pasaba cuando Lola lo llamaba, y seguramente esta vez no sería diferente. Supuso que era para ser el mayordomo en su fiesta de té o para hacerle algún favor, pero este no era el momento indicado para hacer alguna de esas cosas. Sin otra alternativa, se volvió al pasillo y fue hasta la habitación de la que provino aquel grito. Tuvo que abrir la puerta para verla, tan vanidosa como siempre.

—¿Cómo estás... Lola? ¿Qué sucede con mi querida hermanita hoy? —preguntó, utilizando un amable tono de la manera más calmada que pudo.

Lo único que pudo pensar fue llenar de elogios a su hermana menor, de esa forma, había una posibilidad de que lo dejara ir y que pudieran hacer lo que ella quisiera en otro momento.

«Por favor, espero que esto funcione» pensó.

Observó a Lola y logró notar que llevaba puesto un largo pero elegante vestido. Siendo un vestido de mangas cortas, de color rosa claro en la parte del torso, y uno más oscuro en la parte de la cintura hasta los pies, partes que eran divididas por un listón de un rosa entre claro y oscuro amarrado a su cintura; a la vez que portaba sus largos guantes rosas cotidianos y una brillante tiara sobre su cabeza, una muy diferente a la que usaba todos los días, ya que era tan brillante que incluso resplandecía con el reflejo de la luz del sol que penetraba desde la ventana. Su atuendo era uno al que Lincoln asimiló a los que usaban las princesas de cuentos de hadas que tanto le gustaban a Lola.

La cuestión que retumbaba en su cabeza era por qué ella estaba ahí cuando se suponía que debía estar solo en la casa.

Durante el tiempo en el que hizo sus deberes, se la pasó fantaseando con el juego de Ace Savvy, razón por la cual quizá no pudo percatarse del ruido que su pequeña hermana hizo en todo ese tiempo.

—Vaya... eso es muy raro en ti, Lincoln. Deberías responderme con esa amabilidad más seguido, ¿no lo crees? —Le preguntó con una ironía que le hacía evidente a Lincoln que el cumplido que le dio no había dado efecto en ella—. Como sea, por ahora necesito que ensayemos la obra, ¿de acuerdo? Así que deja de perder el tiempo y ponte tu traje. —Tomó de su cama una prenda blanca junto con sus accesorios y enseguida se los entregó a Lincoln.

El traje se veía ajustado y muy incómodo. Tenía botones dorados abrochados en toda la parte de su torso y dos en las mangas de ambos brazos, guantes y botas negras, capa roja con los bordes blancos y una corona con joyas de plástico de varios colores en su alrededor.

Lola tenía planeado participar en una obra escolar. No le interesaba mucho el teatro, su única intención era la de conquistar a un chico con el que interpretaría la obra si tomaba el papel de princesa. Tampoco había actuado antes en público como sí lo hacía en casa, y eso la hacía sentir nerviosa. Quería que su actuación fuese perfecta, fue por ello que le pidió ayuda a su familia de ayudarla a ensayar. Ninguna de sus hermanas a excepción de Lana se ofreció, porque tenían muchas cosas por hacer en esas semanas que faltaban para la obra y no podían tomarse la libertad de darle un poco de su tiempo. Tuvo que recurrir a la única persona a la que no dejaría decir no, usando varias amenazas y regaños hasta que aceptara. Lincoln no tuvo otra opción más que ayudarla.

—Pe-pero la obra es en tres semanas, además necesitamos a Lana y... —Trató de convencerla, siendo inútil su esfuerzo.

—¡No, Lincoln! ¡No quiero oír peros! ¡No te estoy preguntando, te lo estoy ordenando! Así que vas a ser mi príncipe, y lo vas a ser ¡ya! —Dijo en voz alta, mostrando su absolutismo con eso último—. Además, Lana está afuera jugando en el lodo y su papel como dragón no será necesario aún.

Lincoln no podía creer que tuviera tan mala suerte como para que algo así sucediera, más en un día como ese.

—Vamos, Lola, ¿no podemos hacerlo mañana? Tengo que ir a casa de Clyde en un momento y...

—No me importa lo que debas hacer. Mi actuación debe ser perfecta y no quiero quedar mal —lo interrumpió, dejando a Lincoln atónito y sin palabras para poder decir en su defensa.

Conocía ese lado maligno y vengativo de Lola si alguien o algo la hacía enfadar. Si algo salía mal durante la obra, definitivamente nada bueno le sucedería a él, a su colección de comics de Ace Savvy o a su preciado conejo de peluche, Bun-Bun. En especial, recordando aquella ocasión en la que ignoró todo lo que decían sus hermanas a causa de los audífonos que había comprado en línea. Eso terminó en un desastre, pero desde entonces supo que Lola no tenía límites ni por una simple equivocación.

Lincoln, sintiéndose inútil, no tuvo otro remedio más que darle la razón.

—Bien, Lola... ensayemos...

—Así me gusta, ahora ve a vestirte —ordenó.

—Sí... como ordenes —respondió a regañadientes con amargura.

—Y no me hables con ese tono de voz, no querrás que algo malo le suceda a tu cosa más preciada —dijo, refiriéndose claramente a Bun-Bun.

La imagen de Bun-Bun sin su cabeza y parte de su relleno hizo que una corriente de electricidad recorriera el cuerpo de Lincoln al imaginársela.

—Lo... lo siento, su majestad, no volverá a ocurrir. —Mostró una sonrisa forzosa, estando notablemente intimidado por esa amenaza.

—Eso está mucho mejor, ahora ve y haz lo que te dije. Esta glamurosa princesa no soporta esperar mucho tiempo.

Lincoln fue rumbo a su habitación para ponerse aquella prenda, mostrando una expresión de descontento por no haber podido replicar ante su hermana menor. Con vaguedad, comenzó a cambiarse de ropa.

—Esto no es bueno. Me obligará a quedarme con ella hasta que terminemos. Si no hago algo me quedaré todo el día aquí... —Quedarse implicaría meses de planeación a la basura y perderse ese día tan especial, además de la desilusión que le daría a su mejor amigo por no haber podido asistir. Dedicó un momento para pensarlo. Le traería problemas hacerlo, pero no tenía otra opción—. Hora de un nuevo plan —dijo con decisión.

En la habitación de Lana y Lola, esta última acababa de finalizar los preparativos en todo el lugar. Había algunas torres hechas con almohadas, un castillo de cartón y otras cosas para crear un ambiente medieval que fuera lo más parecido a lo que describía el libreto de su obra. Lola miró con orgullo su trabajo realizado y no tardó en sonreír.

—¡Genial! —exclamó la pequeña con alegría—. Todo se ve asombroso, ¿no lo crees Señor Sprinkles?

Lola inclinó levemente la cabeza del oso, agradeciéndole el gesto. «Muchas gracias, ya sé que soy la mejor en lo que hago».

Ya tenía todo lo que necesitaba, solo le faltaba una cosa antes de iniciar con ese largo ensayo.

—¡Linkynton! —llamó.

Fue en ese instante cuando Lincoln apareció por la puerta de la habitación, mostrando un rostro que parecía estar concentrado en algo que no era ella.

—Aquí estoy —dijo sin ánimos.

Lola se acercó a él y le dio el libreto que debía seguir. No era demasiado largo, de hecho, tenía el grosor de cualquier cuento, pero era lo suficientemente extenso como para perder toda una hora ensayando.

—¡Perfecto! Ahora comencemos.

Y así, ambos empezaron.

Pasaron cerca de cuarenta minutos y a simple vista Lincoln podía intuir que no llevaban ni la mitad del pequeño libro que había estudiado por poco tiempo. Ya estaba lo suficientemente preocupado por el plan que tenía, pero el tiempo era otro factor que también lo era. Le frustraba el hecho de estar atrapado en ese cuarto cuando ya debía estar en casa de su mejor amigo, disfrutando de ese magnífico videojuego.

—Lincoln, no escucho el ruido de tu espada —mencionó Lola, que estaba sentada en una de sus tantas sillas que había alrededor de su mesa para tomar el té.

Lincoln hizo el ruido que su hermana le acababa de pedir e interpretó la acción de pelea que mencionaba el libreto. Fue ahí cuando pudo observar la hora en su reloj de muñeca y vio que faltaban menos de veinte minutos para poder llegar a casa de Clyde.

Sus alertas se prendieron. Si no escapaba en ese momento sería demasiado tarde. Tenía que ir a como diera lugar, sin pensar demasiado en las consecuencias de su plan para hacerlo.

Detuvo su movimiento con la espada de juguete y se volvió hacia Lola, que estaba despreocupada y tranquila mientras degustaba de su té imaginario con la compañía de sus animales de peluche.

—Oh, mi princesa, ¿me concedería el permiso de traer algo para que mi actuación sea de mayor agrado para usted?

Lola otorgó un momento a interpretar mejor aquellas palabras. Lincoln denotaba impaciencia, pero ¿acaso eso importaba? Sin importar lo que estuviera planeando no le iba a servir, por lo que decidió dejarlo.

—Bien, pero espero que sea algo que valga la pena, de lo contrario, lo lamentarás.

Lincoln, sin más preámbulos, corrió rápidamente a su habitación. Estando dentro, buscó en uno de sus cajones una soga que fuese capaz de resistir a Lola y que no se pudiese desatar tan fácil. Aún no creía en lo que estaba a punto de hacer.

«Lo siento, Lola... esto me va doler más a mí que a ti» pensó, y sacó la soga del cajón de madera.

No le gustaba cómo era Lola. Se preguntaba cómo podía haber tanta maldad en solo una niña. Pero, a pesar de que ella fuera mala con él, la quería de todas formas, al igual que a todas sus hermanas.

No había otro modo de irse. Tenía que hacerlo. Era la opción más viable para salir de la casa sin tener que morir en el intento. Tomó valor y empuñó la soga, apretándola, la escondió detrás de su espalda y caminó a la habitación de Lola, con algunas gotas de sudor que le perlaban la frente.

Al estar enfrente de la puerta, decidió que la hora de ejecutar su plan había llegado.

—Por fin llegaste, tonto. Estaba a punto de ir a buscarte. Espero que lo que hayas traído sea de mi agrado —dijo Lola, quien no se había movido de su silla de té.

Lincoln no dijo nada, en lugar de eso, le clavó una mirada que reflejaba un malestar consigo, impidiéndole sostenerla en los ojos tan curiosos frente a él que le hacían preguntarse si estaba haciendo lo correcto.

—¿Lincoln? ¿Hola? ¡Te acabo de hacer una pregunta!

Lincoln se negó a intercambiar palabras con ella, lo que provocó un momento de silencio entre ambos. El rostro de Lola adoptó una expresión de enojo.

—¡Te he dicho muchas veces que me respondas cuando te hablo!

Las manos de Lincoln le sudaban al igual que su frente, y su respiración se hizo más rápida. Tragó saliva antes de caminar lentamente hasta donde estaba ella.

La expresión de Lola cambió cuando vio a su hermano acercársele. Tuvo un mal presentimiento, pero algo le impedía moverse cuando se puso frente a ella.

—Per-perdóname, Lola.

—¿Q-Que estás hacien...?

Lincoln, con un movimiento rápido, sacó la soga de su espalda y envolvió a Lola, después aplicó un nudo especial que aprendió de Lana y finalmente aseguró la soga.

No pudo creer que lo había hecho, pero ahora ella estaba ahí, inmóvil, desconcertada, sin decir nada. Lo tomó mejor de lo que pensó.

—Lola, yo...

—¡¿QUÉ ME ACABAS DE HACER, LINCOLN?! ¡QUIERO QUE ME DESATES YA!

El grito de Lola, cien veces más fuerte de lo normal, provocó que retumbara toda la casa. No había lugar que no se moviera. Era tanta la magnitud que los cuadros, los peluches y el juego de té de Lola cayeron al piso. Las ventanas parecieron a punto de estallar y el suelo temblaba peor que un terremoto, ocasionando que Lincoln cayera al suelo y tuviera que taparse los oídos.

Pareció ser una eternidad cuando Lola por fin decidió detenerse. Lincoln se quitó las manos de las orejas cuando eso pasó. Fue tan fuerte que escuchaba un pitido dentro de su cabeza y lo que parecían ser las alarmas de varios autos en toda la calle.

El chico se quedó con la boca abierta, sin saber qué hacer en ese momento.

—¡Eres un...! ¡Cuando te ponga las manos encima conocerás mi peor lado, Lincoln Loud! —volvió a decir Lola, haciendo que Lincoln recobrara la compostura.

—Lola, yo...

—¡Desátame en este instante! ¡Ya!

El corazón de Lincoln latía con rapidez. Sentía como si todo estuviera dándole vueltas, porque casi tropezaba cuando se puso de pie. Sabía que ese nudo no resistiría por mucho tiempo; los forcejeos que Lola hacía no ayudaban en nada. No lo pensó dos veces, y corrió directo a su habitación, ignorando todo grito que su hermana hiciera.

—¡Lincoln, vuelve aquí! —gritó Lola antes de que desapareciese de su vista.

Al llegar a su habitación una vez más, se cambió ese incómodo traje por su ropa habitual.

—Esto no durará para siempre —se dijo, mientras se quitaba la capa con dificultad.

—¡Ni se te ocurra dejarme así! ¡Regresa aquí! —gritó Lola, mientras forcejeaba aún más para liberarse de aquel agarre.

Los gritos de Lola se alcanzaban a oír por toda la casa, incluso el ruido de la silla resonaba en el piso a causa del forcejeo, señal que le daba a Lincoln que tenía que darse prisa.

—Tengo que salir de aquí.

Cuando por fin terminó de cambiarse, salió disparado como una bala por el pasillo hasta las escaleras. Bajó tan rápido que por poco caía. Estuvo por salir de su casa, y para su suerte, la voz de alguien que no creyó encontrarse llamó su atención. Resopló de alivio, pues aquella chiquilla podía ayudarlo.

—¡¿Qué fue eso?! —preguntó Lana, que estaba en la entrada del comedor, tan sorprendida como lo estaba su hermano de encontrársela.

Para fortuna del chico, nadie más además de las gemelas estaban en casa. Si no fuese por ese detalle, seguramente se armaría un gran escándalo.

Lincoln no supo qué decirle.

—Vaya... ¡Hola, Lana! ¿Cómo te va? —le saludó.

—Me iba bien, hasta que la peor cosa que haya escuchado ahuyentó a todas las lagartijas que había capturado. Así que no, ya no estoy tan bien, aunque por tu expresión podría decir lo mismo de ti.

—¡Lincoln! —llamó Lola desde arriba, interrumpiendo a ambos.

—Espera, ¿acaso esa es Lola? ¿Fue ella la que hizo todo eso?

—Escucha, Lana, ahora tengo mucha prisa... quiero pedirte un pequeño favor.

Lana lo pensó un poco antes de responder.

—De acuerdo, con la condición de que me cuentes qué le pasó a Lola en cuanto vuelvas.

—Sí, sí, sí, por supuesto, cuando vuelva te contaré cada detalle, lo prometo —respondió.

No sabía cuánto tiempo más podría resistir la soga, porque ya no escuchaba los gritos de Lola. Tenía que salir de ahí.

—Bien. ¿Qué necesitas?

—Necesito que distraigas a Lola y pase lo que pase no la desates hasta que pasen al menos veinte minutos —giró la perilla de la puerta con impaciencia.

—¿Desatarla? ¿Distraerla? ¿De qué hablas? ¿A dónde vas?

—Te contaré todo después, te lo prometo —respondió, abriendo la puerta principal, listo para comenzar a correr.

—Está bien, ve a donde tengas que ir, y no te preocupes por Lola, yo la tendré controlada —dijo, alzando su pulgar y su particular sonrisa.

—Te lo agradezco, Lana.

Inmediatamente, Lincoln salió de la casa, azotando la puerta.

Lana se quedó un momento analizando la propuesta que le acababa de pedir. No sabía qué pudo haber causado con Lola, mucho menos por qué su hermano se vio tan impaciente, y sobre todo tan asustado. Lo único que se le vino a la mente fue ir a su habitación y preguntárselo ella misma a su gemela, aunque quizá eso no iba a ser tan fácil. Con la duda, se dirigió a las escaleras, pero no pudo poner un pie sobre el primer escalón, porque Lola ya estaba ahí.