"Capítulo 6 – Tú… ¿Me Quieres?"

Una noche llena de truenos y estruendosos sonidos, era, sin duda, la peor forma de pasar un sueño embellecedor. Aunque la noche era conocida como el momento en el que toda preocupación quedaba atrás y el subconsciente se encargaba de mantener a una persona lo más cómoda posible mientras visitaba el extraordinario mundo de los sueños, eran otras las ocasiones en donde las preocupaciones de las que uno intentaba no pensar, lo perseguían incluso en donde se creía estar a salvo.

La lluviosa noche transcurría con total normalidad, una con una duración que no parecía cesar muy pronto, tal y como había sido anunciado en el pronóstico del clima esa misma tarde. El sonido de las continuas gotas de lluvia haciendo contacto con el suelo de la calle u otros objetos opacaban la mayoría de los ruidos nocturnos que cotidianamente hacían presencia esa misma hora. Los truenos se escuchaban muy irregulares, unos muy distantes y otros tan cercanos que podrían ser oídos incluso por una persona sorda, sarcásticamente hablando.

El ambiente que rodeaba la casa Loud era extrañamente calmado, solo eran audibles las abundantes gotas de lluvia cayendo sobre las tejas de la casa. Por las noches, la casa más ruidosa del vecindario dejaba atrás esa gran característica para comenzar a ser todo lo contrario; calmada y silenciosa, sin explosiones, peleas entre hermanos o extraños sonidos. Claro, a no ser que se presentara una situación inesperada, y, por ende, algo o alguien provocara esos extraños sonidos.

Los Loud dormían con una tranquilidad y comodidad incomparables, a excepción de alguien, a quien sus preocupaciones llegaban a cierto grado del que ni ella misma comprendía.

Un lugar nebuloso y desconocido, en el que no había nada más que densa niebla que opacaba gran parte del ambiente alrededor. Apenas y eran visibles algunos árboles muertos y un suelo lleno de tierra y rocas. Dentro de esa niebla, estaba la presencia de una pequeña niña, que, con voz quebradiza, suplicaba que "eso" se detuviera.

— ¡No! ¡Por favor, ya basta!

Lola no dejaba de gritarle desde a lo lejos a un ente que parecía poseer una apariencia física muy parecida a la de ella. Tenía toda la piel de un color gris oscuro, su vestimenta era un vestido negro y su cabello del mismo color. Sin embargo, lo más resaltante, eran esos grandes ojos negros con pupilas tan rojas que parecía ser lo único que podía verse entre toda esa niebla. El ser pisoteaba vil y cruelmente a una persona joven con sus tacones negros. Por la forma de la persona, podía verse que sufría mucho ante el maltrato por parte de ese ente maligno.

— ¡Nunca podrás cambiar! ¡¿Me oíste?! ¡Nunca!

El ser comenzó a reírse con una voz distorsionada, como si estuviese burlándose. Lola se mantuvo expectante, pues sabía que era incapaz de hacer algo por su nerviosismo y más aún miedo. Ante eso, el ser río más y arremetió mucho más fuerte contra el chico bajo sus pies.

El rostro de dolor del joven chico hizo actuar de inmediato a Lola, y por puro impulso y pese al miedo, corrió lo más rápido que pudo hacia aquella lejana dirección aún y con la niebla que cubría su camino. Se abalanzó contra el ser para intentar detenerlo, cayendo duramente contra el piso y sin la presencia del ente por ninguna parte. Volteó su cabeza para ver lo que había pasado, solo para encontrarse con una cara sonriente, llena de afilados colmillos que la dejó helada al verla.

—Oh, ¿acaso olvidé mencionar que solo yo puedo controlar este lugar? No importa cuánto quieras detenerme, tu pequeño Linky sufrirá del mismo modo que tú lo has hecho por tantos años —miró a Lola con una sonrisa todavía mayor—. Tú eres la culpable de todo lo malo que le sucede. Tú tienes la culpa de que Lincoln te odie —comenzó a pisotear a Lincoln con su pie repetidas veces mientras reía con total demencia y sin intenciones de detenerse.

Lola quedó atónita y sin palabras que decir al respecto. Solo sentía las lágrimas escurrir por su mejilla, hasta simplemente caer sobre la tierra. Entendió que, esa figura la representaba de alguna forma, y la forma en que trataba a Lincoln era una forma no muy distinta a la que normalmente tomaba con él. Ahora lo entendía. La pequeña se tiró contra el suelo lleno de rocas, mirándolo y apenas manteniendo su peso con ambos brazos que parecían no aguantar mucho tiempo por el desgarrador dolor que sintió al oír esas duras palabras.

—No... no quiero volver a ser mala. Perdónenme... perdóname, Lincoln —susurró en llanto.

De repente, su visión comenzó a volverse borrosa, y con una oscuridad notablemente realista.

Y así, Lola despertó de golpe, inhalando y exhalando aire como si hubiera corrido cientos de kilómetros. Tocó su pecho para que su respiración intentara neutralizarse, consiguiendo que su corazón comenzara a latir todavía más rápido.

—Solo... solo fue solo un sueño —susurró.

Puso su mano sobre su mejilla, y pudo sentir varias lágrimas escurrir por todo su rostro, y cayendo una por una hasta empapar su manta rosa bajo sus piernas.

Pasaron los minutos y parecía serle imposible calmarse del miedo que la reciente pesadilla le había causado. Había optado por sentarse sobre su cama, para así quizá calmarse un poco más rápido. Se quedó viendo con una mirada perdida el piso de su alcoba. Su cuerpo no paraba de temblar, los latidos de su corazón retumbaban rápidamente sin indicios de volver a su estado regular y su mente estaba aún metida en la pesadilla que tuvo. El simple hecho de recordar a esa entidad muy parecida a ella y su terrible aspecto que tenía la llenaba de miedo y mucho temor, en especial por ese rostro con afilados colmillos y rojas pupilas.

El clima, los fuertes rayos que caían por todo el pueblo y la oscuridad de la noche no ayudaban para que pudiese calmarse, y solo provocaban el aumento del miedo e inquietud de la pequeña niña. Ahora estaba completamente sola, sin nadie que la ayudara a superar ese miedo y brindarle la seguridad que tanto necesitaba.

Lola tenía a una persona en mente, esa persona que la apoyaba en los momentos más difíciles y hacía lo que fuera para que sobresaliera de los demás: Lincoln.

Lola rememoraba lo que sucedió en su pesadilla, de entre las tantas verdades que le dijo ese malvado ente, la que más le dolía y muy posiblemente era verdad era lo dicho sobre su hermano mayor. ¿Realmente la odiaba? Aunque Lana le había negado esa suposición varias veces, el comportamiento que tuvo durante la cena le daba a entender que así era. Pero aun así lo necesitaba. Sus hermanas mayores o incluso su gemela no le daban la misma sensación que Lincoln; la sensación de saber que todo estaría bien y sin importar lo que pudiera suceder, él estaría para a ella, siempre.

Por tan malo que sonara, necesitaba ir con él, pero sus inseguridades no la dejaban en paz. ¿Y si la rechazaba? No quería que eso sucediera, pero tras su comportamiento en la cena, no se le ocurría otra posibilidad.

Después de un rato manteniéndose sentada en su cama, los latidos de su corazón comenzaban a neutralizarse y ese temblor en su cuerpo había desaparecido casi por completo. Con la duda, la pequeña se levantó y caminó a la otra cama frente a ella.

Lola veía a su querida hermana dormir plácidamente, con una sonrisa. Al menos ella estaba teniendo un buen sueño pensó Lola. Su ojo morado aún estaba presente y la hacía sentir culpable el solo verlo. Cuando estuvo a punto de moverla para que despertara, su incertidumbre la hizo recordar cuanto la había ayudado el día anterior y el remordimiento que no guardó luego de su pelea. No le parecía justo aprovecharse de eso y despertarla. Optó por ir al baño de la casa para relajarse, olvidar toda esa extraña situación y tratar de reconciliar el sueño. Por más duro que fuera, era lo único que podía hacer para no causarle molestias a nadie, en especial a su hermana gemela.

Caminó hasta la puerta de su habitación sin hacer demasiado ruido. Al abrirla, se encontró con el oscuro y tétrico pasillo de la casa. Un escalofrío recorrió por todo su cuerpo. ¿Cómo era posible que un lugar que por el día era hermoso y agradable, por las noches se convirtiera en oscuro y tenebroso? Trató de ignorarlo, pero era imposible.

Tomó valor y comenzó a dar pequeñas pisadas en dirección al cuarto de baño, tratando de ignorar el pesado ambiente alrededor. Al llegar, encendió la luz y cerró la puerta detrás de ella. Algunos truenos todavía se escuchaban fuera de la casa. Hacía un esfuerzo por ignorarlos para que no resultase más difícil mantener la calma.

Con las manos un poco temblorosas, abrió la llave del lavabo y juntó ambas manos para acumular un poco agua para lavarse el rostro. El agua estaba fría, pero tuvo que soportarlo. Después de secarse la cara, sacó el cepillo de su madre del compartimento que guardaba el espejo frente a ella. Alzó su mirada un poco decaída, viendo su reflejo, el cual, la mostraba con miedo. Pese a lo que sentía, agarró su cabello con una mano y lo comenzó a cepillar ligeramente; no por el hecho de realmente necesitarlo, sino para ver qué tan eficiente sería para calmarla.

De pronto, los truenos se hacían más constantes e intensos. Lola cepilló su cabello con desesperación, deseando que esos fuertes sonidos se detuvieran de una vez por todas. Repentinamente, un rayo que pareció caer a unas cuantas cuadras logró hacer ruido por toda la casa, iluminando su interior por unos segundos. Lola dio un ahogado grito y cayó de espaldas por el susto que le causó. El rayo provocó que el foco que iluminaba la pequeña habitación reventara por la sobrecarga de energía. Los vidrios que antes formaban un foco completo se rompieron, esparciéndose a pedazos por todo el lugar.

Por suerte, Lola logró reaccionar a tiempo y protegió su cabeza con sus dos brazos. Los trozos de vidrio hicieron contacto con su piel, cortándole pequeños pedazos, haciendo que diminutas cantidades de sangre salpicaran el piso y parte de su vestido. Las lágrimas de dolor no se hicieron esperar en los ojos de la pequeña. Pasaron unos segundos, pareciendo que ese suceso por fin había acabado, por lo que dejó de cubrir su cabeza. El dolor era agonizante, el ardor de los cortes mas la sangre correr por sus brazos eran una sensación muy desagradable. Se levantó del piso para recuperar el control y así ver la forma de sanar sus recientes heridas, aunque realmente no se veía capaz de hacerlo ella misma.

Al alzar la mirada al espejo, un relámpago en la lejanía alumbró todo el baño que había quedado a oscuras, enseñando el rostro de esa misma entidad vista en su sueño reflejado en ella. Sonreía de manera macabra y miraba a Lola con esos ojos llenos de maldad. Este hecho hizo que cayera de espaldas nuevamente y se diera un fuerte golpe. Muy posiblemente comenzaba a delirar; tantas cosas sucedidas en un lapso de tiempo tan corto, aunado al miedo de su pesadilla son una combinación en lo absoluto buena.

El miedo se apoderó una vez más en la pequeña, quien abrió la puerta y salió del baño de forma rápida y vertiginosa sin pensar mucho en lo que pudiera pasar después.

Lola, al caminar apresuradamente y además estar a ciegas por el repentino corte de electricidad, terminó tropezando con su vestido sin antes haber podido salir del todo de la habitación.

Lincoln acababa de ser despertado por el estruendoso rayo que había caído a una distancia considerablemente cerca de su casa. Pensaba que su familia también se había dado cuenta de eso, pero lo veía poco probable, pues todas sus hermanas habían tenido un día agitado, haciéndoles a todas tener un sueño pesado.

—Vaya, ese si fue un rayo muy fuerte —dijo con algo de asombro.

Estaba cansado por el duro día que había pasado. Solo deseaba dormir cómodamente para librarse de los problemas que había ocasionado, pero eso no le impedía asegurarse que todo estuviera bien. Se despojó de su frazada y dio unos cuantos pasos hasta llegar al interruptor que debía encender la luz. Al subir el interruptor se dio cuenta que no encendía, por lo que supuso que se había cortado la luz eléctrica a causa de la fuerte lluvia.

—Rayos —fue lo último que dijo, antes de que pudiera escuchar un raro sonido proveniente del otro lado de su habitación.

Lo que escuchó era algo como la ruptura de un pedazo de cristal o un plato. Le era difícil distinguirlo por la secuela de rayos que siguieron, pero tenía la seguridad de que lo que había escuchado había sido dentro de alguna de las habitaciones.

— ¿Qué fue eso? —se preguntó con temor.

Lincoln pensó que alguno de los animales de Lana o sus mascotas habían sido las responsables, pero lo que siguió después le quitó esa idea. Unos ligeros sonidos eran apenas audibles, lo que parecían ser lamentos. Solo una persona podía ser capaz de hacer tal sonido, más precisamente, una de sus hermanas. Una pequeña sensación de miedo inundó su ser. El programa de terror o la película del mismo género que fue a ver sin permiso de sus padres hacían esa sensación aún peor por recordarlo, pero ¿y si era importante? El miedo no era más importante que la idea que estaba en su cabeza. Si alguna de sus hermanas se había lastimado, menores o mayores, las ayudaría con lo que fuera, aún si resultaba ser algo demasiado simple.

El chico estaba más que decidido a salir. Buscó entre sus cajones algo que lo pudiera ayudar a alumbrar el oscuro pasillo y a comprobar que todo estuviera en orden. En poco tiempo, logró encontrar una linterna entre sus cosas.

Fue así como Lincoln tomó valor y abrió la puerta de su habitación, con la guardia en alto por si algún intruso se le hubiera ocurrido entrar a la casa. Todo estaba completamente oscuro y no había nada que ver, más allá de la larga alfombra bajo sus pies. Mientras iba caminando, iluminaba poco a poco el pasillo y el extraño sonido que había escuchado con anterioridad se hacía más claro. Al estar cerca de las escaleras, la presencia de una sombra frente a la puerta del baño era apenas visible. Una silueta muy familiar como para ser de alguien ajeno, no pudo distinguirlo en ese instante. Con la curiosidad, se acercó con la luz de la lámpara que iluminaba el suelo. Al llegar a una distancia considerable, decidió apuntar su linterna a la extraña figura postrada en el suelo. Al hacerlo, una linda cabellera rubia y un bonito vestido rosa se mostró ante sus ojos.

Ahora no tenía ninguna duda de la persona de quien se trataba. La persona a quien no había dejado de pensar en todo el día estaba ahí en el suelo. Varias ideas cruzaron por su mente en ese instante. ¿Cómo se disculparía con ella? No, no era el momento de pensar en eso. Sabía que algo pasaba como para encontrarla ahí a altas horas de la noche... llorando.

Sin dudarlo, caminó rápidamente a donde estaba su pequeña hermana para saber el porqué de su estado y auxiliarla si era necesario. Se agachó a su altura y dejó la linterna al lado suyo.

— ¿Lola? ¿Lola? ¿Qué sucede? ¿Por qué estás...? —preguntó angustiado.

El rostro lleno de lágrimas de su pequeña hermana le daban una muy mala impresión. No tardó en percatarse del terrible estado en el que sus brazos se encontraban: tenían cortes que habían sido hechos hace muy poco y de los que aún escurría sangre.

— ¡¿Lola?! ¿Qué ocurrió? —preguntó nuevamente, con mucha más inquietud que antes.

Esperaba que dijera algo, pero solo recibió la mirada llena de lágrimas y sollozos por parte de ella. Lincoln intentaba centrarse en el primer problema a solucionar, y era entender las heridas de su hermanita.

Lola quedó sin habla al contemplar el rostro de preocupación de su hermano. El susto que se había llevado hace poco era imborrable. No dejaba de recordar a ese ser reemplazando su propia cara, haciéndola sentirse con pánico al hacerlo. Pero, la sensación que le transmitió ver a su hermano tan angustiado caminando rápidamente hacía ella la llenó de esa seguridad y tranquilidad que tanto necesitaba. Al ver a Lincoln a los ojos, no pudo aguantar volver a sentir la calidez que le daba en los momentos difíciles. No pudo evitar abrazarlo con las pocas fuerzas que tenía, con las lágrimas que no dejaban de salir y no pararían hasta volver a sentirse segura del todo. Esa acción tomó por completa sorpresa a Lincoln, pero sabía que antes de actuar debía calmarla para que fuera más fácil recibir explicaciones. Correspondió al abrazo y acarició suavemente su cabello rubio para que esos sollozos se desvanecieran por completo.

—Tranquila, Lola. Tu hermano mayor está aquí —le dijo, mientras acariciaba suavemente su cabello.

Lola sollozaba aún más, mientras se aferraba todavía más a él. No quería dejarlo ir, solo deseaba estar a su lado... por siempre.

—Estoy aquí, pequeña. Por favor, no llores más.

Pasado un rato, Lola poco a poco dejaba de llorar. Las cosas parecían estar un poco mejor. Fue ahí cuando Lincoln se levantó, mientras le otorgaba su mano a Lola para que se levantara junto a él.

—Ven, vamos a curar esos cortes en tus brazos.

La pequeña se limpió el resto de las lágrimas que tenía y se limitó a asentir con la cabeza, mientras tomaba la mano de Lincoln.

Ambos caminaron tomados de la mano a la habitación que estaba del otro lado. Fue cuestión de segundos para que llegaran y estuvieran dentro. Lincoln dejó la puerta abierta y sentó a Lola en su cama para que se sintiera cómoda.

—Espera aquí, iré por el botiquín —dijo mientras la miraba directamente a los ojos, recibiendo un sí con una suave voz como respuesta.

Cerró su puerta y caminó al baño sin hacer mucho ruido, tomó la linterna que había dejado en el piso y abrió la puerta del baño que estaba entreabierta. Con ayuda de la luz del aparato, pudo notar lo que eran trozos de cristales rotos dispersos por todo el piso, junto con el cepillo de su madre. Miró la escena asombrado. De inmediato, supo lo que había pasado minutos antes y la razón del mal estado de Lola. Agradeció enormemente que nada peor hubiese ocurrido con ella, no podía imaginarse algo así. Entró, colocando sus pies con mucho cuidado sobre el piso hasta llegar al espejo. Abrió el compartimento y sacó el botiquín de primeros auxilios. Teniendo lo que buscaba, regresó a su habitación.

No le importaba tener que disculparse en ese momento, porque sabía que ante todo estaba la seguridad de Lola. Lincoln, al abrir la puerta, se encontró con su hermanita justo como la había dejado. Cerró la puerta y se sentó a su lado, dejando el botiquín a sus pies.

Lola sentía el ardor en sus brazos, era resistible, aunque muy incómodo. El miedo parecía no haberse ido del todo, pero el dolor era lo más sobresaliente. Lincoln abrió el botiquín para poder sacar algunas vendas, algodón y peróxido de hidrógeno para desinfectar los cortes que sufría.

—Lola, ¿qué sucedió? —preguntó mientras vertía un poco del químico en un pedazo de algodón.

—Yo... tuve una pesadilla. Estaba en mi habitación y-y después fui al baño y me lavé la cara... entonces un rayo cayó y el foco se rompió. Entonces vi...

El mal recuerdo regresó

— ¿Viste qué? —preguntó Lincoln.

—Nada, solo me asusté por ese rayo —respondió, omitiendo lo que verdaderamente había visto.

—Está bien, pero ¿por qué no me dijiste nada? Sabes perfectamente que cuando tienes una pesadilla estaré siempre dispuesto a ayudarte.

—Lo iba a hacer, pero creía que no me aceptarías después de lo que pasó hoy.

Lincoln se sintió culpable, porque supo que debió arreglar sus diferencias con Lola desde el momento en que había llegado, pues si lo hubiese hecho, Lola habría ido con él para tranquilizarse en lugar de dirigirse al baño y no habría resultado lastimada.

—Oh, Lola...

—Lo siento... —fue lo único que dijo mientras dirigía su mirada al suelo.

—No, no tienes nada por qué disculparte —levantó con su mano la cabeza de su hermanita, para que así pudiera verlo—, nada de esto es tu culpa.

La culpa regresó nuevamente a Lola al ver de nuevo a Lincoln. Una pregunta resumiría, de alguna forma, la duda que tenía dentro de su mente y los problemas que había tenido para descubrir si era verdad o no.

—Lincoln... ¿puedo preguntarte algo? —preguntó con un suave, pero tierno tono de voz.

Lincoln la miró detenidamente. No supo la razón de ese cambio en ella y por qué le podía preguntar algo en ese momento. Se vio un poco nerviosa al hacer esa pregunta. Esa imagen lo preocupaba. ¿Qué podía ser tan importante como para preguntarle algo en una situación así?

—Claro, puedes preguntarme lo que quieras —le respondió.

Pasaron algunos segundos y ya no se veía tan segura de preguntar. Lincoln ahora veía a Lola jugando muy intranquila con sus dedos, al mismo tiempo que los veía. El cambio tan repentino de su actitud lo hizo dudar de sí mismo. No podía ser algo tan importante, ¿verdad?

La pequeña levantó su rostro para mirarlo a los ojos y le preguntó algo que ni ella misma sabía con certeza.

—Lincoln... tú... ¿Me quieres?

A Lincoln esa pregunta tan simple le sorprendió. Por supuesto que la quería, no dudaba de ello, pero que le hiciera esa pregunta le hacía entender que ella no pensaba lo mismo. Sin tardarse tanto, respondió:

—Claro que te quiero, Lola. ¿Por qué crees que pensaría lo contrario? —le preguntó.

—Es porque... a veces no te trato muy bien, y... puedo llegar a ser muy cruel contigo —esto último lo dijo con una voz un poco quebradiza.

Lola desvió su mirada nuevamente al piso, parecía que estaba a punto de volver a llorar.

Lincoln la miraba mientras trataba de procesar las palabras que acababa de decir. Aunque no tenían una relación tan cercana como la que tenía con Lucy o la que llegó a tener con Lynn, la quería pese a que no tuvieran una relación tan agradable o estable. De alguna forma, entendía lo que Lola sentía al expresar aquello. Lincoln, con todos los defectos y lo caprichosa que podía ser Lola, la quería, así como al resto de sus hermanas. Era su princesita especial después de todo.

Mientras intentaba pensar en una forma de romper el silencio que había entre ambos, Lola regresó su mirada a él, con toda intención de querer decir algo más.

—Lo lamento, Lincoln. Perdóname por todo lo que te he hecho y por cómo te trato siempre. Tú no te mereces ese trato... cada vez que jugamos, siempre me intereso en mi... pero nunca me había interesado en cómo te sentías. En especial con... con el incidente.

Lincoln quedó sorprendido por eso. No esperaba que ella se pudiera disculpar, en especialmente con él, pero si lo hacía, significaba que era algo le había sucedido como para disculparse de todo.

Sin duda, el incidente marcó un antes y un después. Toda la familia odiaba tener que recordarlo, cada vez que lo hacían, daban odio y amargura a ellos mismos.

—Lola, está bien. Yo...

El chico intentó hablar, pero fue interrumpido por su hermana menor.

—No, Lincoln. Nada está bien... no logro entender cómo después de todo lo que te hacemos pasar, tú al final siempre nos perdonas —sollozó—. No mereces una familia como nosotros... sobre todo... no mereces tener... a una hermana como yo.

Nuevamente, las lágrimas regresaron, pero esta vez eran de tristeza y arrepentimiento.

Lincoln no pensó demasiado en sus palabras.

—No, Lola. No digas eso... nunca vuelvas a decir algo así —dijo sin dudar de ello—. Sé que muchas veces tenemos problemas, pero así es en todas las familias, más en una tan grande como la nuestra. No importa que tan fuerte sea alguna discusión o pelea. Al final, siempre logramos superarlo.

Lola no se sentía tan satisfecha con eso. No podía dejar de tener remordimiento así y ya, no después de lo que había pasado.

—Pero... pero, ¿y lo del incidente? —preguntó, sacando el tema del que tanto odiaban hablar.

—Sé que eso logró sobrepasar las barreras, pero lo mejor es perdonar en lugar de guardar rencor por toda la vida, ¿no? —dio una leve sonrisa.

—Lincoln, pero... gracias a eso a veces tienes pesadillas por las noches, ¿acaso no importa?

—Me preocupas tú y todas las demás, son mis hermanas y siempre haré lo que sea por ustedes. Y sobre las pesadillas, ya no es tan malo como antes. Lisa me sigue ayudando con eso.

—Aun así, te hicimos mucho daño. Te hice sufrir mucho.

Lincoln alzó la cabeza de Lola con su mano, para así verse mutuamente.

—Escúchame: no importa, eso quedó en el pasado. Sé que a veces podemos tener dificultades, pero siempre me demuestran cuánto me aman de alguna u otra manera. A ti que quiero, Lola. A pesar de que en ocasiones seas presuntuosa, sé que me amas por como soy... Eres mi princesa especial, así que no pienses que no te quero. Siempre te amaré, nunca dudes de eso.

Pasó su otra mano por debajo de sus ojos para quitar las lágrimas que le seguían brotando.

Lola siempre admiraba esa forma de ser tan dulce de su hermano. Nunca lo admitía, pero aun no siendo tan cercanos, siempre le pareció muy valiente y dulce de su parte cuidar de ella y sus demás hermanas.

— ¿Eso soy? ¿Tu princesa especial? —preguntó un poco nerviosa por la singular respuesta que le había dado.

—Claro, no hay otra princesa más hermosa que tú... incluso, si tuviera la oportunidad, sería todo un placer ser tu príncipe —respondió dando una sonrisa al decirlo.

Lola se sintió halagada ante esas palabras. Una extraña sensación surgió dentro de su pecho, no se contuvo en lo absoluto y se lanzó a su hermano para abrazarlo con todas sus fuerzas.

—Gracias, Linky, Te prometo que no volverás a sufrir nunca más... ¿Podrías perdonarme por todo? —preguntó con un tierno tono de voz.

Lincoln correspondió el abrazo. No mentía en lo absoluto, era su princesa especial. Aun si su trato no fue el mejor o no eran los más cercanos, siempre la iba a querer con todo su corazón y haría lo que fuera por verla feliz, aunque tuviera que hacer lo que fuera para lograrlo.

—No hay nada que perdonar. En lugar de eso, ¿tú podrías perdonarme por lo que hice esta mañana? —preguntó algo apenado.

—Claro que te perdono, Linky. Además, creo que ahora estamos a mano —respondió, soltando una pequeña risa.

—Gracias, Lola.

La soltó de aquel abrazo y la puso a su lado.

—Bien, ahora quédate quieta. Voy a pasar este algodón por tus brazos para desinfectar esos cortes, ¿está bien?

—Está bien, pero... ¿Me dolerá? —preguntó algo asustada.

—Solo un poco, pero tú eres fuerte, sé que lo vas a resistir, confío en que lo harás —dijo el chico, dándole seguridad y calma con sus palabras.

Lola asintió con la cabeza, y Lincoln pasó el algodón sobre sus brazos de los que aún salía un poco de sangre, a lo cual, Lola hizo una mueca de dolor.

—Lo estás haciendo bien —pasó el algodón por uno de sus brazos una vez más.

Al terminar de desinfectar las heridas, colocó algunas vendas en los cortes.

—Y... listo. ¿Lo ves? No fue tan difícil. Fuiste muy valiente —dijo. dándole una cálida sonrisa.

—Gracias una vez más, Linky.

—No hay de qué... creo será mejor ir a dormir, debe ser muy tarde y no queremos despertar después de que sirvan el desayuno, ¿verdad?

—Claro que no —río—. Y dime. ¿Puedo dormir contigo esta noche? —preguntó observándolo con los tiernos ojos que tanto usaba.

—Claro que sí, Lola, ¿No creerás que te dejaría sola después de lo que pasó? ¿O sí?

—Eh... no, para nada —respondió con una risa nerviosa.

—Solo bromeo contigo, Lols.

—Muy gracioso, Lincoln —dijo sarcásticamente.

—Lo siento.

— ¿Esa esa manera de disculparse ante una princesa?

—Qué tonto, pero por supuesto que no... Está bien, veamos... "Lo siento mucho mi hermosa princesa, ¿podría concederme su perdón?"

—Pero por supuesto que sí, mi amado príncipe —respondió Lola siguiendo su propio juego.

—En fin, ya deberíamos ir a dormir, ¿no crees? —sugirió el chico, separándose un poco de su hermana menor.

—Oh, vamos... solo un poco más. ¿Si?

—No te preocupes, te prometo que mañana jugaremos todo lo que quieras. Y si lo deseas, también podemos ensayar la obra... claro, si eso es lo que quieres.

— ¿En serio? ¿Lo prometes? —preguntó con gran ilusión.

—Lo prometo —respondió Lincoln, seguro de ello.

—Está bien, Linky. Vamos a dormir.

Ambos hermanos subieron a la cama y se acomodaron lo mejor posible para dormir. La lluvia seguía presente, pero los molestos rayos habían desaparecido casi en su totalidad, algo que agradecieron los dos.

— ¿Estás bien? ¿Necesitas algo más? —preguntó el chico, ya estando completamente cubierto por sus sábanas.

—Estoy bien, Linky.

—En ese caso.

Lincoln se acercó al rostro de Lola, dándole un tierno beso en la mejilla, acción la cual, tomó por completa sorpresa a Lola, quien estaba agradecida de que la oscuridad de la noche haya escondido su notable sonrojo.

—Dulces sueños, pequeña princesa.

Una extraña sensación recorrió su cuerpo al decir eso, pero algo le decía que no sería la última vez que lo diría.

Lincoln no tardó en quedarse completamente dormido. Por parte de Lola, seguía agradecida de que todo se hubiera arreglado entre los dos, y más aún, que ahora sería un nuevo comienzo para ella.

«Por ti, ahora sé lo que debo hacer. Gracias, Linky».

Lola no podía estar más feliz, todo estaba arreglado entre ambos; la pequeña estaba más que decidida a cambiar su actitud y mejorar todo con sus conocidos, amigos, familia y sobre todo con su hermano mayor. ¿Qué sucedería a partir de ese momento? Solo el tiempo lo diría.