"Capítulo 15 - Cálida Reconciliación"
Las horas habían pasado y, tal y como se lo imaginaban, habían contado un sin fin de anécdotas familiares, muchas risas y demasiadas sensaciones juntas que emanaban felicidad en cada uno de los chicos. La primera impresión en todo ese rato había llegado en la pequeña Lola Loud, quien a pesar de tener la mente fija en los relatos de sus hermanos, no pudo evitar preocuparse por algo a lo que sus hermanos también debieron haberse dado cuenta. Creía que ninguno lo diría para no romper ese ambiente tan alegre que pasaban y que cambiara a uno totalmente adverso a lo que sentían en ese momento. Ya eran más de las cinco en punto y no hubo algo que les diera la seguridad de que sus padres estaban bien; ni un mensaje de texto, ni una llamada, o, por más ambigüo que fuera, una carta que pudiera llegar por el buzón del correo. Quizás y solo quizás estaban exagerando solo un poco. Lola tendía a exagerar muchas veces como al ver una de sus tiaras rotas, aún sabiendo que tenía una colección completa dentro de su armario.
Los minutos pasaron y fue sólo necesario ese tiempo para que el ruidoso motor de la camioneta familiar se escuchara llegando enfrente de la casa. Unos segundos bastaron para que se escuchasen las puertas de vanzilla ser cerradas con fuerza. Los pasos de ambos padres no tardaron en aparecer al igual que las llaves de la casa ser insertadas en la manija de la puerta principal, dando pie a la llegada de ambos padres.
— ¡Chicos, ya llegamos! —exclamó el señor Lynn con todo el entusiasmo que pudo dar.
—Estamos aquí, papá —dijo Lynn, provocando que su padre volteara a su derecha, encontrándose con casi todos sus hijos sentados en la mesa.
—Oh... Lo siento —dijo avergonzando.
—Lamentamos la demora, chicos. Al parecer a alguien le pareció buena idea meter siete zarigüeyas al restaurante.
Rita volteó a ver molesta a su esposo, recordando cómo algunas zarigüeyas habían decidido atacar a los comensales del restaurante. Conociendo a su esposo, debía saber que era capaz de hacer cualquier cosa solo para que alguien probara su deliciosa comida sin excepciones.
— ¿Qué? No me culpes. Se veían muy tiernas ahí afuera, no podía dejarlas sin comer un poco de mi exquisita Lynnsaña.
Lynn señor pareció tomarlo con calma a pesar de la amargura que su esposa mostraba. Rita decidió dejar eso de lado.
—Sabemos que tienen hambre... así que les trajimos...
El señor Loud dejó al descubierto los que tenía guardado detrás de su espalda. Con alegría, los diez chicos dijeron:
— ¡Pizza!
El resto de la tarde/noche pasó de lo más tranquila. La mayoría de las veces al ser noche de pizza todo era un completo caos; habían golpes por todas partes hasta que la última rebanada de pizza desapareciera. Para sorpresa y gratitud de los padres Loud, no pasó. Todos continuaron hablando de algunos recuerdos que tuvieron en el pasado, mientras que Lynn señor narraba la trágica vivencia que pasaron en el restaurante. Sonaba poco creíble para cualquier persona que no estuviera familiarizada con las tantas locuras de los Loud, pero incluso lo imposible podía pasar dentro y fuera de esa ruidosa casa. Sus padres se veían agotados, se podía ver en su aspecto cansado lo duro que había sido pasar gran parte del día resolviendo problemas de la vida adulta. Eso era un gran motivo para no mencionarles nada acerca de lo acontecido esa mañana. No se imaginaban qué reacción tendrían al saber que su hijo había sido golpeado por otra de sus hijas y que además había quedado inconciente. Se armaría un gran escándalo del cuál nadie saldría bien parado, era mejor dejarlo así.
Por otro lado, Lynn, después de la charla que tuvo con Lori en el comedor, pudo comprender mejor los errores que había cometido durante todo ese año, fue un impulso que le hizo entender lo egoísta que había sido, no solo con su hermano, si no en toda su vida. Le había costado acercarse a Lincoln, su misma persona le impedía acercarse a él, como si tuviera una clase de barrera invisible a su alrededor que la alejaba a toda costa. Eso frustró a Lynn y la hizo reconocer que no tenía las agallas suficientes para hablar con Lincoln.
Después de aquella cena de pizza familiar, los integrantes de toda la familia se disperdaron; algunos fueron al sillón a ver televisión, otros a sus habitaciones, y uno en especial y para su propia fortuna se quedó limpiando una vez más los platos por su tardía reacción al decir "Yo no". Mañana sería día de escuela, por lo que todos debían dormir temprano si lo que querían era no amanecer de mala manera al día siguiente.
Ya eran cerca de las diez p.m. y la oscura y nítida luz de la luna aparecieron una vez más en todo Royal Woods. Mientras tanto, Lincoln contemplaba su rostro reflejado en uno de los platos que recién había terminado de pulir.
—La próxima vez recordaré decir "yo no" a tiempo —se dijo, colocando dentro de la alacena los platos restantes.
Cerró el cajón y bajó de la silla en la que se había ayudado.
—Mañana no tengo muchos planes. Lo más probable es que siga hablando con Clyde de lo genial que fue pasar tiempo con él y contarles a nuestros amigos algunos secretos que encontramos dentro del juego —tomó una servilleta que había junto al lavabo y se secó un poco las manos.
Procuró apagar todas las luces y se incorporó a la habitación de sus padres para desearles buenas noches, donde la misma respuesta de su parte.
—Sin duda hoy fue un día muy extraño, lo fue incluso mucho más que ayer —decía mientras subía los escalones—. Odio este dolor de cabeza, desearía haber desviado hacia otra parte el bate de Lynn.
Lo que menos quería era que ese dolor llegara a molestarlo al momento de ir a dormir o durante las clases del día siguiente, eso le traería muchas complicaciones para concentrarse.
Al llegar al primer piso miró a su alrededor, notando lo pacífico que se había vuelto el pasillo. ¿Algún cambio les habría pasado a sus hermanas? Quizás si o quizás no, lo más seguro era que todas se encontraran cansadas. Sin duda había sido un día duro para todos, en especial para él.
Lincoln fue a su habitación y abrió la puerta. Tomó una de sus pijamas naranjas del perchero y caminó al lado contrario de su habitación.
—Espero que mañana no sea un día tan agitado como hoy, mi cabeza no soportará otro golpe más —dijo para él en tono sarcástico.
Entró al baño y cerró la puerta detrás de sí.
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Las gemelas, Lola y Lana se sentaron un rato a platicar, cada una sobre su respectiva cama sobre lo que tenían planeado para el día siguiente. La sorpresa llegó en Lana cuando su gemela le comentó lo que tenía planeado. Sintió de repente una marea de malas sensaciones. La había alentado a tomar un camino del que ya no había vuelta atrás, si su hermano estaba en lo correcto entonces no debía nada de lo que se tuviera que preocupar, pero, ¿y si no era así?
— ¿Estas segura que es una buena idea? — preguntó Lana, insegura de las palabras de su hermana y a la vez de las propias suyas.
—Por supuesto, los conozco perfectamente y sé que me perdonarán por todo —contestó Lola con una seguridad muy común en ella.
Lana no estaba segura si eso era correcto.
—Sé que quieres arreglar todo lo antes posible, ¿pero no crees que estás yendo demasiado rápido?
—No lo creo, me dan la razón en todo y es imposible que esta vez sea diferente. Ya verás, todo saldrá bien. Además, mi hermana de confianza estará ahí para apoyarme, ¿verdad?
—Je, je —rió nerviosamente—, puedes estar segura que ahí estaré.
Lana no estaba convencida del todo, de hecho, era más la incertidumbre que la confianza misma.
—Creo que ya deberíamos ir a dormir, hoy fue un día muy agitado—siguió Lana.
—Sí, este día fue agotador —dijo Lola, mientras se acurrucaba dentro sus cobijas y abrazaba a su oso de peluche.
—Buenas noches, torpe —añadió Lana antes de cerrar los ojos.
—Buenas noches, perdedora —dijo Lola entre risas antes de cerrar los ojos de la misma manera que su gemela.
Varios minutos pasaron y, los ronquidos de Lana ya sonaban por todo el cuarto. Ese fue lo que necesitaba para saber que estaba profundamente dormida. Lola, sin desaprovechar la oportunidad, se despojó de sus cobijas y cuidadosamente abrió la puerta.
«No me olvidé de ti. Dije que estaría dispuesta a ayudarte y es justo lo que haré», pensó Lola antes de cerrar la puerta de su alcoba y regresarla a la negrura de la noche.
Lola bajó las escaleras. No había ni una sola luz prendida y la luz que debía iluminar la parte inferior de la puerta de sus padres tampoco lo estaba. El miedo a la oscuridad era algo débil comparado a su miedo a toparse con ese lugubre ente muy parecido a ella que había visto en sus sueños. Aunque quisiera encender las luces, no quería que alguien bajase y le preguntara la razón de su inoportuna presencia en el lugar. Claro, podía decir que solo bajaba por algo de comer, aunque había inconsistencias con eso; su sueño de belleza al que absolutamente nada debía interrumpir era una de esas. Decidió simplemente no pensar en nada y solo ir por el insignificante vaso de agua, aunque, no era tan insignificante para la persona a la que iba a ayudar.
Tan pronto como llegó a la cocina, tomó un vaso de cristal y lo llenó de agua. En menos de dos minutos, ya se encontraba de regreso en el primer piso.
Inspiró hondo y caminó a la puerta de su hermano, la abrió y, para su sorpresa, él no estaba ahí.
Pensó que, posiblemente haya ido a refrescarse al baño. Lavar platos podía ser agotador. Puso el vaso de agua en el escritorio y se sentó en la cama, tomó uno de los cómics que estaban colocados cuidadosamente al lado de ella y comenzó a leer.
No era muy común en ella leer ni aunque se tratara de algo que le apasionaba. Para su propio gusto, nunca le atrajo en lo absoluto los cómics de su hermano. Los veía poco atrayentes y no sabía que veía Lincoln en tipos musculosos que llevaban ropa interior por fuera, quizá de ahí la afición de Lincoln por usar ropa interior en casa. Aprender un poco más sobre esos personajes ficticios podría ayudarla a pasar más tiempo con su hermano, incluso pensó en usar su traje de la reina de los diamantes y jugar con él en alguna ocasión. Una idea que nunca antes hubiera considerado. Le fue curioso.
Lincoln ya había terminado de hacer todo lo que debía en el baño. Luego de pensar un rato en sus planes para el día siguiente y lavarse los dientes, regresó a su habitación para tomar un buen descanso después de ese agotador día.
Lincoln abrió la puerta de su habitación, encontrándose con Lola, quien lo esperaba sentada en su cama mientras leía uno de sus cómics.
Lincoln la miró impresión. En alguna otra ocasión no lo habría sorprendido demasiado, el hecho de que su hermana leyera uno de sus comics era lo que realmente le sorprendía.
— ¿Lola? ¿Qué haces aquí? Sabes que la hora de tu sueño embellecedor es a las nueve —Lincoln estaba confundido y claramente dispuesto a hacer más preguntas.
—Eso no importa, dije que te ayudaría y eso es lo que haré.
Lola se levantó de la cama y dejó el comic que sostenía hace un momento en la pila de comics de donde lo agarró y tomó el vaso con agua junto con las pastillas que había en el escritorio.
—Quiero que abras la boca —abrió la tapa del frasco y tomó una pastilla de las tres que habían dentro del pequeño contenedor.
—Espera, ¿no son esas las pastillas de Lisa? ¿De dónde las sacaste? ¿Cómo sabes que debo tomar...
—Dije que abras la boca —lo interrumpió.
Lincoln tragó saliva y abrió la boca, preguntándose que tenía pensado. Lola puso una pequeña pastilla de color verde en la lengua del chico y le entregó el vaso con agua.
—Bien, ahora toma agua.
Lincoln, sin resignarse, dio un gran sorbo de agua e ingirió la pastilla que tenía en la boca. En unos segundos, el dolor por el cuál hace unos momentos había desaparecido. Tenía en cuenta que volvería a aparecer pasadas unas horas, pero se alegró al saber que el dolor ya no sería tan prominente.
—Muchas gracias por visitar el consultorio de la doctora Lola, aquí tienes una paleta por haber obedecido mis órdenes —le enseñó el dulce y Lincoln lo tomó.
Ignoró el hecho de que su pequeña hermana supiese la existencia de las pastillas o que debía ingerirla esa misma noche, no quería arruinar el momento.
—Muchas gracias, doctora Lola, me siento mucho mejor ahora —agradeció.
—Ahora quiero que vayas a la cama y tomes una siesta, debes estar muy cansado.
Lincoln decidió obedecerla una vez más y se recostó entre sus cobijas. Lola se sentó al lado suyo y lo acobijó con la sábana que estaba a sus pies. Lo veía con una sonrisa, una sonrisa tan cautivadora de la que no pudo evitar sentirse atraído.
—Lola... yo... no sé que decir... te lo agradezco mucho —dijo Lincoln.
—No tienes nada que agradecerme. Tú me has ayudado tantas veces que ahora es mi turno de ayudarte a ti, Lincoln.
De repente, tres ligeros golpes sonaron en la puerta. Era poco previsible encontrarse con una de sus hermanas tocando a la puerta cuando ya se suponía que todos estaban dormidos.
— ¿Quién podrá ser? —preguntó Lincoln, estando a punto de levantarse de su cama.
—Espera, yo iré —lo detuvo Lola.
—¿No crees que sería sospechosos para cualquiera que estés aquí dentro a altas hora de la noche?
—Supongo...
—Déjame abrir a mi.
Lincoln se levantó y dio unos cuantos pasos hasta su puerta, giró la perilla y la abrió.
La estaba esperando, sencillamente sabía que llegaría en cualquier momento, solo no sabía cuándo, pero ahí estaba, parada con su camiseta del número uno que le llegaba casi hasta las rodillas. La última vez que la había visto así fue cuando le pidió dormir con él, terminó quedándose una semana entera. En ese tiempo todo era normal, en ese tiempo era unido a su hermana, en ese tiempo no tenía mala suerte.
— ¿Lynn? ¿No deberías estar durmiendo? —preguntó Lincoln.
—Yo... yo... solo vine a hablar contigo —tartamudeó y se rascó la cabeza, apenada—. Dime... ¿Puedo pasar?
Lincoln la vio por un momento. En la mesa se veía animada y segura de sí misma, ahora era todo lo contrario. Se veía confundida, nerviosa, apenada y sobre todo triste.
—Está bien si no quieres hablar conmigo, lo merezco.
—No, claro que no. Puedes pasar.
Lynn entró, casi como si hubiese entrado a una mansión embrujada, porque se sentía como una.
Lincoln cerró la puerta sin hacer mucho ruido. Lynn ni siquiera preguntó el por qué Lola estaba ahí, tampoco era que le importara ni mucho menos. Lo que le importaba era otra cosa.
Lincoln de sentó en la cama junto a Lola y Lynn. Tendrían una larga charla. ¿Disculparse era un precio justo a cambio de un golpe en la cabeza? No lo sabía, diría que si pero no estaba seguro. Un ambiente incómodo se formó en toda la habitación. La noche fluía como siempre y ninguno de los tres dijo nada. Lincoln lo pensó un par de veces y decidió dar una pregunta que, pese a ser obvia, irrumpía el momento tan desagradable que pasaban.
—Lynn, ¿quieres decirme algo? —preguntó. Casi se sentía como su padre cuando tenía que decirle que había hecho alguna travesura.
Lynn tenía demasiadas características: Era brusca, abusiva, masculina, leal, orgullosa y sobre todo confiada. Pero en esta ocasión la confianza era algo de lo que carecía por completo. No tenía ni la más mínima idea sobre cómo reaccionaría su hermano. Sabía que no reaccionaría de mala manera, pero tampoco estaba tan segura. ¿Estaría molesto con ella? Esa y muchas interrogantes más pasaban por la mente de Lynn. Esa sensación de culpa no era sencillo de describir, toda esa culpa que sintió por los sucesos de la mala suerte y lo de esta mañana fueron una combinación de sensaciones por completo indescriptibles.
—Podemos hablar después. No es necesario que hablemos ahora sí no quie...
Lincoln, sin haber tenido la oportunidad de terminar, fue tomado por sorpresa por una repentina acción de Lynn. La chica tomó a Lincoln y lo envolvió en un gran y cálido abrazo. Extrañaba sentir un abrazo como ese, su propia hermana que lo trató como escoria ahora lo estaba abrazando. En ese momento, Lynn dejó pasar todas sus preocupaciones y se concentró en demostrar lo arrepentida que estaba y lo dejó salir con un abrazo. Un simple abrazo fraternal.
—Lo siento... lo siento mucho... perdóname por haberte hecho daño, perdóname por haberte golpeado, perdóname por haber hecho creer a nuestra familia que tenías mala suerte... y sobre todo... perdóname por haber sido una mala hermana.
Lincoln creyó que, los sentimientos de Lynn eran como un duro roble, uno que no podía romperse sin importar el hacha que fuese usada, lo menos que podían hacerle era quitar unas pocas astillas, pero nada más.
Lynn no pudo dejar de llorar en el hombro de Lincoln. Sintió tan agradable el volver a tocar la espalada de su hermano como lo hacía antes de todo lo malo. Si no era para golpearlo o ponerle el traje de ardilla no lo tocaba para nada. Una sensación cálida pasó por todo su cuerpo, una sensación que no había sentido desde hacía mucho tiempo, pero el arrepentimiento no tardó en regresar. Lola solo observaba, no los interrumpió en ningún momento.
—Lynn...
—Lincoln, sé que esto no arregla lo mucho que te hice sufrir, sé que nada borrará lo que te hice, pero por favor... perdóname.
Lincoln se detuvo, inspiró hondo antes de contestar.
—Lynn, claro que te perdono... te perdoné hace dos meses —dijo con tranquilidad.
Decidió corresponder al abrazo y acariciar un poco los cabellos castaños de Lynn.
—Lo sé, pero nunca me sentí arrepentida, en lugar de eso solo seguí creyendo que tenías mala suerte... pero nunca me detuve a ver todo el mal que te causamos... lo que yo misma causé.
A medida que la plática, o más bien desahogo por parte de Lynn seguía, Lincoln se dio cuenta de lo frágil que podía ser. Era una faceta de ella que muy pocas veces había visto y creyó que no la volvería a ver hasta dentro de varios años.
Lynn no se separó de su hermano y las lágrimas que hace un segundo eran unas cuantas gotas comenzaron a darse con más frecuencia. Se sentía segura de volver a darle cariño a aquél hermano que había perdido después de ese partido de Softball, algo le impedía separarse de él.
—Desde que te culpé ya nada volvió a ser como antes, no volvimos a ser tan cercanos como lo solíamos ser... de verdad te extrañé, cada noche desde entonces he querido venir y dormir contigo como lo hacíamos antes... pero arruiné todo, te culpé a ti por mis errores y convencí a nuestra familia de algo que nunca tuviste... no merezco ser parte de esta familia... sobre todo... no merezco tener un hermano como tú.
Lynn se aferró más a Lincoln y comenzó a llorar como nunca antes lo había hecho, sus lágrimas comenzaban a ensuciar un poco la pijama de Lincoln, pero no era algo que le importara mucho
—Lynn, mírame —Lincoln la apartó y tomó de ambos brazos, haciendo que lo viera directamente a los ojos. Eres una gran hermana, me has ayudado más de lo que yo te he ayudado, ¿Recuerdas la vez en que me enseñaste a conducir tu bicicleta?
—S-Si, eras demasiado pequeño para alcanzar los pedales y caíste en una de tus rodillas... lloraste mucho esa vez —se limpió las lágrimas con su brazo.
—Tú fuiste la única que me ayudó, me curaste y pasamos todo el día jugando juntos.
Ese recuerdo hizo que Lynn comenzara a sentirse un poco mejor, pero no tanto como para alegrarla.
—O la vez en que perdí uno mis juguetes favoritos en la casa de la tía Ruth y me diste... tu peluche más preciado... Bun Bun.
El conejo de peluche de Lincoln era tan querido por él debido a que alguna vez perteneció a cada una de sus hermanas mayores; señor conejo, orejitas, algodón. Esa vez fue el momento de Lynn de heredar al conejo a su hermano menor. Lincoln era muy apegado a su pequeño amigo. Acordaron que debía conservarlo en lugar de heredárselo a Lucy como debía ser.
—Bun Bun significa mucho para mí... él me hace recordar a ustedes, mis hermanas mayores y lo mucho que me cuidaron cuando yo era un bebé, él me ayudó a conservar la calma mientras dormía en el patio... me hace recordar que tengo una familia que me ama.
Lincoln la soltó de los hombros y por puro instinto la abrazó sin que antes dijera algo.
—Te quiero, Lynn. No importa cuántas peleas tengamos... voy a amarte siempre.
Lynn sonrió y correspondió al abrazo.
—Lincoln... te quiero.
Lynn volvió a llorar, pero esta vez de felicidad.
—Yo también te quiero, Lynn.
Tras ese abrazo que parecía eterno, ambos voltearon a ver a Lola, quien lloraba tras ver esa hermosa escena entre ambos.
—Eso fue... eso fue hermoso —dijo Lola
—Ven aquí, Lola —Lynn se acercó a ella y le otorgó un fuerte abrazo—. Perdóname por haberte querido golpear con el bate esta mañana.
—Eso ya no importa —Lola correspondió con más fuerza.
— ¿Hay espacio para uno más? —preguntó Lincoln.
—Claro que sí, Linky. Ven aquí.
Lincoln se unió al abrazo de Lola y Lynn. Ahora los tres estaban unidos en un gran abrazo de hermanos mientras comenzaban a reír juntos. Un problema más que había sido solucionado, ya no había nada más que impidiera que la familia volviera a ser feliz. Ahora sería mucho mejor, un futuro prometedor se abriría con un sin fin de posibilidades.
—Eso fue hermoso —dijo una misteriosa voz.
—Luan, ¿dijiste algo? —preguntó Luna, luego de haber escuchado algunos sonidos en la parte inferior de la litera.
—Ehh... no... solo estoy practicando mis chistes... ya sabes, lo de siempre —respondió Luan, limpiándose las pocas lágrimas que salieron de sus ojos.
—Recuerda que mañana tenemos clases. Deberías dejar de hacer eso hermana, o terminarás en "la autopista al infierno" cuando quieras despertar.
—Tranquila, ya practiqué lo que debía.
—Está bien. Buenas noches, hermana.
—Descansa, Luna —terminó de decir Luan antes de cerrar su laptop y dejarla debajo de su cama. Acomodó su almohada y se dispuso a dormir cómodamente.
—Creo que deberíamos ir a dormir, ya es muy tarde como para abrazarnos —propuso Lincoln.
—Lincoln, ¿podemos dormir contigo? —preguntaron ambas.
—Por supuesto que sí, solo intenten acomodarse bien —dijo finalmente.
Los tres se acomodaron en la cama y se taparon con la única cobija que había a su disposición. Lincoln se preguntó si las estrellas estarían reluciendo ahí afuera, solo así estaría seguro que la noche había sido perfecta.
«Mañana será otro día» pensó Lincoln, antes de cerrar por completo los ojos.
Todo estaba solucionado, ya no había nada más que arreglar. Sin embargo, esto solo era algo pequeño comparado a lo que venía.
Un evento muy importante para Lincoln sucederá al día siguiente, un evento que lo cambiará todo, marcará un inicio y un fin para el futuro, su futuro. ¿Qué puede ser tan importante se estarán preguntando? Esa pregunta no es algo que pueda ser contestado tan fácilmente. Solo el tiempo será el responsable de responderla
