"Capítulo 17 - Lo Lamento"

Los días se habían vuelto repetitivos para muchos estudiantes; solo se dedicaban a realizar tareas aburridas, peleas de comida en la cafetería y lo típico de todos los días si es que se le podía llamar de esa forma. Volver a la rutina de siempre. Los niños entraban a la escuela sin demasiados preámbulos, el autobús escolar dejó salir a gran parte de los estudiantes y algunos otros llegaban en bicicletas, caminando o en auto.

A veces Lincoln tomaba el autobús escolar, muy pocas veces lo hacía, pero nunca estaba de más tomarse un pequeño descanso de la ruidosa camioneta familiar. Los cinco hermanos caminaron hasta la entrada del lugar después de haber visto a su padre partir. No les fue problema quedarse un segundo en la entrada, no había nadie que los interrumpiera.

—Bien, chicas. Las veo aquí a las dos en punto, ¿está bien? —les preguntó Lincoln.

Las cuatro asintieron con la cabeza y abrieron la puerta de la escuela. Gran parte de los alumnos se mostraban distantes los unos con los otros; estaban metidos en charlas entre amigos, revisando sus casilleros o simplemente perdiendo el tiempo. Un escenario nada fuera de lo común, algo trillado y basto de originalidad a decir verdad. Ahora Lincoln se daba cuenta de otro motivo por el cuál había tomado la desición de ponerse diferentes atuendos cada día por una semana, si no eran más. La escuela era tan predecible como él.

—Nos vemos, chicas —se despidió Lincoln.

—Adiós, Linky —correspondió Lola alegremente.

—Adiós, Linc, nos vemos más tarde —añadió Lana.

—Suspiro... Hasta luego, Lincoln —dijo Lucy.

—Te veo más tarde, Lincoln —dijo Lisa, pareciendo más interesada en sus pensamientos.

Lincoln se alejó y se combinó con la multitud que había en el pasillo.

Lola, Lana, Lisa y Lucy no esperaron mucho tiempo en la entrada, caminaron juntas hasta llegar a sus casilleros y sacar los útiles que usarían ese día. Para niñas de seis años y menos de cuatro no era muy común usar libros, solo harían lo que todo niño de primer grado aprende: leer, escribir, matemáticas básicas, jugar e inclusive pintar y dibujar, aún si el dibujo era horrible e inlegible. Esa era la rutina que todo niño comenzaba en sus primeros años de estudio, contrario a Lucy, quien solo se sentaba a escuchar a un sujeto hablar por cuatro horas hasta que llegase el almuerzo.

—Nos vemos, hoy tendremos un trabajo en equipo y no quiero ser a quien elijan de último —expresó Lucy, antes de desaparecer como hacía habitualmente.

—Yo también tengo que retirarme. Tengo que seguir con mis experimentos en esa ridícula e innecesaria clase para infantes con escaso intelecto —dijo Lisa, caminando en dirección a la guardería de la escuela.

Ambas gemelas se despidieron, quedando solo ellas dos. Caminaron por todo el pasillo y saludaban de vez en cuando a algunos chicos que habían a su alrededor, aún si no los conocían. Muchos de ellos al notar la presencia de Lola, saludaron con una sonrisa forzada y fingiendo estar contentos de verla, claramente no lo estaban. Así era en toda la escuela, si no la trataban como ella quería, mostraba a toda la escuela algún secreto que por alguna razón consiguió, los golpeaba o humillaba con lo que sea que se le pudiera ocurrir. Así era conocida Lola Loud, la amenaza rosa.

Caminaron un poco y ya estaban frente a la puerta del salón de clases. La contemplaron un rato y luego se vieron a los ojos. Sabían lo que estaba próximo a ocurrir.

— ¿Estas lista, Lola? —preguntó Lana, algo insegura y temerosa de entrar a aquella aula. Comenzaba a arrepentirse de haberle dado la razón.

—Completamente —respondió Lola con algunas gotas de sudor cayendo de su frente.

Estaba nerviosa, algo que pocas veces experimentaba. La sensación era atroz. Algo rutinario como entrar a su salón de clases le estaba costando tanto como levantar una roca de cien kilos.

Lana asintió con la cabeza y abrió la puerta para dejarla pasar. Lola inspiró hondo y se dijo unas palabras antes de entrar.

«Aquí vamos»

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Lincoln se veía animado mientras caminaba por el recién trapeado piso de la escuela, los ánimos que mostraba solo disfrazaban lo que sentía en realidad; un agotamiento que lo forzaba a cerrar los ojos cada cierto tiempo involuntariamente. Su cansancio no le impidió saludar a algunos chicos que pasaban, incluso llegó a detener una pelota de quemados que Jordan chica le había lanzado. Llegó a su casillero e introdujo la combinación de números.

—Hola, Lincoln —le saludaron.

Era Clyde.

—¿Cómo has estado? —le preguntó el chico de lentes.

Lo miró alegremente, las ansias por contar la buena reunión que tuvieron a sus demás amigos fue algo que se guardó para sí.

—He estado mejor —contestó Lincoln, agobiado por esa pregunta que le habían dado. No estaba tan bien como lo habría querido.

— ¿Por qué? ¿Qué sucedió? —preguntó una vez más.

—Es una larga historia.

Lincoln creyó que el deplorable estado que enseñaba respondía sus preguntas.

—Bien, creo que sería mejor hablarlo dentro —dijo Clyde, señalando con su pulgar la puerta que estaba frente a ambos.

No creyó que su amigo se llegara a interesar, pensaría que su estado tan cansado sería resultado de una pelea nocturna con sus hermanas o que Lynn había vuelto a dormir en su habitación, eso no era mentira. Eran tantos lo detalles que no le iba a bastar el tiempo para darlos antes de que su maestra apareciera por la puerta. Al menos tendría la compañía de alguien para contar todo lo que vivió durante dos largos días.

—Seguro, sólo déjame sacar algunas cosas, ya sabes cómo se pone la señorita Johnson si no sacamos nuestros libros antes de entrar a su clase —le aseguró Lincoln.

—Claro, viejo. Te noto algo cansado, ¿en serio te sientes bien?

—Ya tengo lo que necesito. Vámos, te explicaré todo ahí dentro.

Ambos caminaron al salón de clases, donde se encontraron a Stella, Liam, Rusty y Zach en sus asientos de siempre. Lincoln y Clyde los acompañaron. Al principio, los tres chicos les recriminaron el porqué se tomarían tanto tiempo en hablar, Stella era de mucha ayuda para cambiar de tema, los convenció hábilmente de dejarlos hablar. Sin duda, eran los mejores amigos que un niño de doce años podía desear. Estando técnicamente solos, Lincoln le contó a su mejor amigo todo lo sucedido desde que abandonó su hogar la tarde de ese día sábado: por qué se sentía tan asustado en su casa, por qué no había respondido a su llamado por su Walkie-talkie y su experiencia con Lola, Lynn y sus hermanas. Tardó su tiempo en explicarle todo, luego de diez minutos de larga charla, se quedó dormido en su pupitre y dejó que toda preocupación quedara en el completo olvido.

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«Muy bien... aquí voy...» pensó Lola.

Entró al salón de clases, todos los niños estaban sentados en sus pupitres. Lola lo vio en sus miradas, se veían sorprendidos y a la vez asustados. Tragó saliva y esperó en la puerta.

Inmediatamente, gran parte de los niños presentes se acercaron a ella, apresurándose lo más posible. En cuestión de segundos, habían formado una gran multitud alrededor de ella. Muchos peleaban por tener la oportunidad de siquiera ser vistos por ella. Lola habría admirado eso, les hubiese dado su autógrafo, de no ser por la desgracia de no portar una pluma a mano. La lujuria de ser tratada como una celebridad la hacía sentir importante, lo cierto era que no quería sentirse así, al menos no en ese momento.

—Ho... hola, Lola. Te ves tan hermosa hoy, al igual que la semana pasada y la pasada... y la pasada.

— ¿Podrías explicarme una vez más el sueño que me has contado veintisiete veces? —preguntó una niña entre la inmensa multitud.

—¡Lola, quiero ser como tú! —gritó una minoría de niños entre la multitud.

—¡Todos queremos ser como Lola! —añadió el resto.

Lola sentía que era todo para ellos, como si fuese una clase de Diosa o algo más simbólico. Era una forma de esconder lo aterrados que estaban por dentro.

—Gracias, gracias. Es todo un placer tener su completa...

—Ejem...

Lola miró hacía la persona que había hecho ese sonido y vio el rostro molesto que su gemela le daba. Negaba con la cabeza lentamente. Reaccionó al instante, necesitaba concentrarse y lo sabía. Regresó su mirada al frente con algo de desconcierto.

—Apartense, inútiles —dijo una voz que se acercaba y quitaba a todo aquél que se interpusiera en su camino.

Lola reconoció esa voz.

—Lola, que bueno que llegaste, me estabas preocupando, querida. No sabes lo tanto que te he echado de menos.

— Pero nos vimos el viernes —le hizo saber Lola.

—Eso no importa. ¿Alguna vez te he contado lo orgullosa que estoy de perder ante ti en los desfiles? Es un completo privilegio ser aplastada por tantos años por ti, linda —dijo Lindsey.

La pequeña Lindsey Sweetwater, aquella niña con vestido azul, pelirroja y una gran afición por los desfiles de belleza. Se veía tranquila por fuera como era de esperarse, pero por dentro sentía una ira y un odio tan grande que ni ella misma se vería capaz de enfrentarse a Lola aún con toda su ira acumulada. Era como si acabara de ver al mismo Satán frente a sus ojos, aunque para ella, Lola era la misma hija de Satán.

—Lindsey, yo...

— ¡Escuchen todos, Lola va a decir algo importante! —la interrumpió Lindsey.

La voz de Lindsey calló a todos, un completo silencio invadió el aula. Ese silencio no le gustaba nada a Lola, la ponía más nerviosa.

—Lamento la interrupción, su alteza. Por favor, prosiga.

Lana se encontraba en la entrada con los brazos cruzados, tenía que intervenir si las cosas se salían de control, esperaba que no fuese así.

Aunque casi todos rodeaban a Lola, la pequeña Meli Ramos ni siquiera tuvo el valor de acercarse, era demasiado tímida como para hacerlo. Se quedó sentada en su pupitre y esperó pacientemente a que todo pasara. A pesar del poco tiempo compartido con Lola, fue suficiente para que se ganase su confianza. No le temía a Lola, al menos no tanto. La consideraba su mejor amiga, la única amiga que había tenido en largo tiempo.

La única chica que no era tomada en cuenta además de Meli, era esa pequeña de cabello negro que cubría la mitad de su rostro, Mildred Thompson. Básicamente era la misma Meli, pero con gustos góticos y distinta personalidad, tampoco era que les importara a los demás, no les importaba de hecho. Como Meli era nueva en la escuela, la tomaban en cuenta de vez en cuando a comparación de ella, quien ya era conocida por todos como la rara de la oscuridad. Mildred se quedó sentada en su silla, mirando lo que estaba por pasar. No le importaba Lola, nunca se metió con ella pero eso no quitaba el hecho de conocerla por su carácter y lo vengativa que era. Ese tipo de amistades eran las que su padre le había advertido tener. Permaneció en su asiento y dejó que el show continuara.

Lola estaba totalmente asustada. Era tan frágil y vulnerable. Sabía que si pedía perdón, toda su reputación caería y posiblemente sería odiada por todos; no más popularidad, no más actos con listón, no más ser el centro de atención. Aunque también quedaba la remota posibilidad de que todos comprendieran su error y la perdonaran. Las posibilidades eran variadas, unas más probables que otras, pero quedaban en eso, simples probabilidades. Pensó en olvidarse de todo y seguir con su rutina de siempre. Una idea sensata como contar un chiste o anécdota funcionarían bien. La sencilla razón por la que ni siquiera lo haría, además de su camino por convertirse en una mejor persona, era por esa promesa que le había hecho a esa persona tan especial que la ayudó cuando más la necesitaba. Lo hacía por él. Lo hacía por Lincoln.

Lola inspiró hondo, sacó el aire de sus pulmones con brusquedad y se reincorporó a la realidad frente a sus ojos. Era el momento.

—Yo... yo... yo lo lamento —puso su mirada al suelo, pensando en las siguientes palabras que tendría que decir para que no le resultara complicado proseguir.

— ¿A qué se refiere, alteza? —preguntó alguien entre los infantes.

—Yo... lamento todo lo que les he hecho... es realmente difícil para mí decir esto, pero, pero es la verdad.

En este momento, la pequeña comenzaba a soltar algunas lágrimas. Cayó de rodillas sin importarle que su vestido se maltratara y su mirada quedó fija en el suelo.

—Perdónenme... perdónenme por todo lo que les he hecho... no merecían ser tratados así... en especial perdóname tu, Lindsey.

Quedaron espectantes, nadie dijo nada.

—Si quieren odiarme... lo entiendo, pero por favor... perdónenme... lo siento mucho.

El silencio se hizo presente una vez más, el reloj de pared y los ligeros sollozos de Lola eran lo único que se escuchaba; las manecillas girando cada segundo hacían eco en todo el lugar, nada más. Todos miraron a Lola, inclusive Mildred, quien ni siquiera estaba prestando atención quedó asombrada. El reinado de la amenaza rosa por fin había caído; no más regaños, no más amenazas, no más insultos. Todo había acabado.

—Lola... ¿lo dices enserio? —preguntó Lindsey mientras se acercaba lentamente a Lola.

—Lo digo completamente enserio —contestó Lola, mientras se pasó el brazo por la cara.

Su guante rosa se ensució con su maquillaje, el cuál se había juntado con sus lágrimas. Una marca que sería imborrable sin importar la fuerza o el jabón que se utilizara, la mancha seguiría ahí y eso era más o menos lo mismo que le pasaba.

En segundos, todos los niños saltaron de alegría, algunos se abrazaron entre sí y otros más sonreían al saber que todo había terminado. Se sentían liberados, era como si las fuerzas del mal se hubiesen extinguido repentinamente. Un sentimiento maravilloso. Se detuvieron un instante y regresaron a observar el decaído estado de Lola y, por un momento, no supieron qué hacer. El perdón era una opción y era la más viable. ¿Qué más podían hacer? Una persona, la más valiente decidió tomar la iniciativa.

—Chicos, ¿qué dicen? ¿Podemos perdonar a Lola? —preguntó.

Todos se miraron y se preguntaron si realmente era la única opción. Tal vez lo era, o tal vez no.

Lola escuchó esa pregunta. Lo asimiló demasiado rápido y, furtivamente, se levantó e hizo una sonrisa que demostraba lo aliviada que estaba. Cuando había considerado disculparse con sus compañeros de clase, lo había visto como algo fácil, sin complicaciones y con una solución rápida y eficaz. Una cosa era pensarlo y una muy diferente era llevarlo a la práctica. Se había equivocado al pensar lo fácil que le resultaría, fue lo más difícil que pudo hacer. Lola suspiró y los miró sin perder su sonrisa.

—Es un alivio, no saben lo feliz que me hace saber que ustedes...

—Espera un segundo —la interrumpieron— ¿Qué acaso no recuerdan todo el daño que nos ha hecho? —dijo alguien fuera del montón de niños.

Beau Yates, un niño de seis años fanático de las matemáticas y, precisamente, el que provenía de la familia perfecta que los señores Loud envidiaron en aquella ocasión. Aunque aparentara ser la perfección en persona, lo verdadero era que fuera de la vista de sus padres, era una persona totalmente distinta, lo mismo pasaba con el resto de sus hermanos. Era un niño de lentes, cabello castaño y rizado, camisa blanca, pantalones cortos y un suéter de color amarillo atado a su cuello.

Su pregunta llamó la atención de todos, lo miraron con ingenuidad, pero una parte de ellos se hacían esa pregunta y el por qué debían perdonarla.

— ¿Qué acaso no recuerdan todas las veces que ella misma humillaba a uno de nosotros si no seguíamos sus órdenes? ¿Qué acaso no recuerdan las veces en que nos golpeó con la regla de la señorita Allegra? ¿Qué acaso no recuerdan las veces que nos amenazó con revelar nuestros secretos? ¿Qué acaso... no recuerdan lo que me hizo? —cargaba una mirada llena de furia. Le sorprendía cómo podían ser capaces de dejar todo en el olvido. El rencor era algo que nunca se podía olvidar y eso lo había aprendido con el pasar de los años.

A su consideración, Lola no tenía ningún derecho de llegar de la nada sólo para disculparse y fingir que nada había ocurrido.

Lola ahora era consiente del serio problema que tenía. A veces podía pasarse de la raya al momento de atormentar a alguien. A fin de cuentas, lo hacía con el único propósito de conseguir lo que quería y si era necesario arruinar la reputación de alguien para conseguirlo lo haría sin problemas. Lo había llevado demasiado lejos.

— ¡Es cierto! Ella puso goma de mascar en mi cabello cuando no quise darle mi almuerzo —dijo una voz lo lejos.

— ¡Sí! Me obligó a hacer un baile ridículo cuando no quise darle mi asiento en la cafetería.

Escuchar todo eso de quienes Lola consideraba sus amigos era doloroso y la hacía sentir miserable. No podía hacer nada además de suplicar perdón y que todo pasara lo más rápido posible. Su pulso cardíaco comenzaba a acelerarse, las manos le temblaban y sentía las ganas de volver a llorar.

— Lamento todo lo que les hice, prometo recompensarlos de alguna forma, pero por favor... perdónenme —su peso era mayor de lo que podía soportar, volvió a tirarse de rodillas y esta vez sin la posibilidad de poderse levantar a su propia voluntad.

— ¿Tienes idea de las burlas que recibí? ¿¡Cómo piensas recompensar eso!? —gritó desesperadamente Beau tras la disculpa de Lola, era como un insulto para él, llegar y disculparse así de la nada. Completamente ridículo.

Era sencillo, un solo acto malo puede llegar a tener toda clase de repercuciones. Si juntara todos sus actos malos, la respuesta era la encrucijada en la que estaba metida en ese instante.

—Beau... yo...

— ¡Cállate! Seguramente estás mintiendo, seguramente sólo quieres manipularnos como siempre lo haces... pero ya no más. Ya no volverás a hacernos nada, ya no volveremos a tolerar tus abusos. Ya no eres nadie para nosotros. ¡¿Quién está conmigo?!

— ¡Nosotros! —respondió la mayoría con desición.

— ¡No! Por favor, estoy diciendo la verdad... créanme... ustedes son mis amigos y los amigos deben perdonarse.

—Querida —Lindsey se acercó lentamente a Lola y se agachó a su altura.

La miró fijamente, no le tenía nada de piedad. No importaba cuántas lágrimas derramara, simplemente no importaba.

—Nosotros nunca fuimos tus amigos... Ninguno en esta escuela fue tu amigo alguna vez —se sacó la goma de mascar que llevaba mascando por varias horas y la pegó en el cabello de Lola, volvió a levantarse.

—Es... espera —murmuró una suave pero reconocible voz—. Yo... yo si soy su amiga —dijo Meli desde su pupitre, llamando la atención de todos.

—Además de la rarita, ¿quién más es tu amigo sin contar a algún miembro de tu familia? Así es... nadie.

Meli no dijo nada y agachó su cabeza en el pupitre.

—Yo creo que debemos hacerla pagar.

—Yo opino lo mismo.

—Sí, yo también.

—Merece sufrir como nosotros sufrimos.

Lana estuvo a punto de correr hacia su gemela, pero la voz de alguien hizo que se detuviera antes de siquiera dar un paso.

— ¡Esperen! —dijo una familiar voz —. Ella merece ser perdonada, todos merecemos ser perdonados de vez en cuando. Mírenla, está realmente arrepentida. ¿No es mejor perdonar en lugar de vivir rencor por el resto de la vida?

Quien habló, era el mismo Winston Whisper, quien se había puesto frente a Lola para intentar defenderla.

«Eso... eso es lo mismo que dice Linky» pensó Lola.

Lola se mantuvo un momento contemplando a Winston. Era como su príncipe azul viniendo a rescatarla.

—Tú cállate, Winston. Todos sabemos que te gusta Lola y por eso la defiendes —lo silenció Beau.

«¿¡Que!? Le gusto a Winston... pero... pero Yo nunca me di cuenta» pensó nuevamente.

Lola lo miró con verdadera lujuria. Pero ese sentimiento fue extinto tan pronto como algunas palabras interrumpieron sus pensamientos. El terror regresó.

—Chicos, la señorita Allegra no tardará en llegar. Será mejor darnos prisa con esto.

—Sí, hagámoslo.

Eso fue un llamado para todos. La multitud se dispersó y los niños fueron a sus pupitres. Sacaban toda clase de utensilios, unos que al reverso del empaque decía: manténgase alejado de los niños y un montón de precauciones más. Ahora tanto tijeras, lápices, libros y demás objetos eran tomados por unos simples niños con un alma llena de venganza.

— ¡Maldición! Sabía que algo así ocurriría —dijo Lana, sin importarle la palabra que acababa de decir.

Sin tener la oportunidad de poder hacer algo, terminó acorralada por tres niños. Se lanzaron contra ella. Su fuerza ni siquiera era suficiente para soportar a tres personas a la vez, equivalían tres veces su peso. Otros dos niños se les unieron y le arrebataron la mochila. Sacaron todo lo que tenía dentro; algunos insectos salieron despavoridos para hallar un lugar en dónde esconderse. Entre sus cosas, encontraron dos sogas. Mientras era sujetada entre tres, los otros dos acercaron una silla y la ataron contra esta. Fue atrapada sin haber podido hacer nada.

—¡Tenemos a su hermana! —dijeron.

—Bien, vayan por Winston y también átenlo —replicó Beau.

Winston se había quedado sin ninguna oportunidad, lo tomaron desprevenido mientras apartaba a algunos niños de Lola. Lo empujaron, lo tomaron de los hombros y lo sentaron forzosamente en una silla. Fue atado con la otra soga que tenía Lana.

El resto de los niños se acercaron a Lola lentamente, esta miró aterrada la escena. A las personas quienes alguna vez consideró sus amigos ahora sostenían toda clase de objetos puntiagudos con la clara intención de herirla. Mostraban una sonrisa diabólica, una que solo creyó que sería posible en una película de terror.

Lola, sabiendo lo que le sucedería si se quedaba ahí, con mucho esfuerzo se levantó lo más rápido que pudo y corrió hacia la salida. Sin darse cuenta, se había tropezado justo antes de salir. Alguien le había puesto el pie a propósito.

— ¿A dónde crees que vas, princesita? —Lindsey habló con una frialdad que era impropia en una niña de siete años, pero más propia de alguien con tendencias psicópatas. Cerró la puerta del salón de clases, azotándola fuertemente.

Ya no tenía escapatoria, se arrastró hasta la parte más alejada del salón de clases para al menos ganar algo de tiempo, pero era un intento inútil. Faltaban cinco minutos para que comenzara la clase y llegara su profesora, tiempo suficiente para que pudieran hacer todo lo que tenían planeado.

Lana y Winston fueron puestos frente a Lola para que contemplaran a plena vista lo que iba a suceder. El mayor temor de Lana estaba pasando justo ahora. Por más que forcejeaba, simplemente hacía que la silla diera pequeños saltos.

Lola estaba completamente sin salida, no podía huir a ningún lado, ni podía pedir ayuda. Estaba sola.

—Bien. ¿Comenzamos? —propuso Beau a los niños a su alrededor.

—Por favor... no me hagan daño —suplicó Lola, mientras abrazaba sus rodillas.

—Lo siento, querida. Tú te lo buscaste —dijo Lindsey, mientras jugaba con las tijeras que sostenía. Se acercó a Lola, se agachó frente a ella y con un movimiento rápido, cortó su mechón del cabello.

Lola pudo ver como los cabellos rubios caían lentamente al piso frente a ella. Lo vio por unos segundos y, un rostro lleno de enojo se mostró en ella.

—Tú... ¡Tú!

Ni siquiera pudo levantarse, pues Beau se le había adelantado.

— ¡Ataquen!

Todos los niños corrieron hacia Lola, la comenzaron a golpear con libros, a lo que ella intentaba vagamente cubrirse con sus dos brazos, pero la magnitud de los golpes eran mayor de lo que podía soportar. Sufrió heridas en sus brazos, sus guantes escondían las lesiones que le eran ocasionadas.

— ¡No! Por favor... ¡Paren! —Lola fue ignorada, lo que consiguió fue que la golpearan más rápido y con más intensidad en sus puntos más vulnerables.

Después de casi un minuto de golpearla con algunos libros de diferente grosor, cambiaron a algo que les daría mucha más diversión. Tomaron tijeras con gran filo, y comenzaron a cortar su cabello rubio sin importarles lo peligroso que podía ser. Una niña aprovechó la ocasión y robó la tiara de Lola, al igual que otros rompían sus guantes rosas con las tijeras. Los moretones que presentaban sus brazos no impidieron dejar al descubierto los cortes que se había hecho con anterioridad, eran visibles para todos.

—Ey, miren. La amenaza rosa tiene cortes en los brazos —dijo alguien que justo se había dado cuenta de ese detalle.

—Es cierto, y no son de hace mucho tiempo... ¿Qué les parece si le hacemos nuevos? —propuso un chico.

Todos aceptaron y comenzaron a hacerle cortes en los brazos con la ayuda de las tijeras, a la vez que clavaban la punta de sus lápices con toda la fuerza que tenían, provocando que salieran chorros de sangre de sus pequeños brazos. Las gotas de sangre salpicaban su vestido rosa y lo manchaban de ese color rojo tan desagradable para algunos.

— ¡DÉJENLA EN PAZ! —gritó Lana desesperadamente. No pudo evitar soltar algunas lágrimas al ver esa terrible imagen de su hermana.

— ¿Te gusta el espectáculo? Estoy segura que estás acostumbrada a ver algunos de estos por tu hermana Luan, ¿no es así? —le preguntó una chica más del montón—. Tu voz es irritante, me recuerdas mucho a ella. Creo que sería mejor ponerte esto para que cierres la boca de una buena vez —la niña le puso un calcetín en la boca, impidiéndole la capacidad de hablar.

— ¡Ayuda, por favor! —gritó Winston para conseguir ayuda, una que no parecía llegar pronto.

—Qué ridículo eres, Winston. ¿Cuántos calcetines son necesarios para callar a este par de tontos? Vaya, incluso ya empiezo a sonar como Luan —la chiquilla le puso otro de esos calcetines en la boca a Winston.

Las marcas que le habían dejado les pareció digno de admirar, era como una obra de arte hecha con la sangre de su peor enemigo. Lindsey la vio, le gustaba esa figura atormentada de Lola, se acercó a ella de nuevo.

—Hmm... ese lindo collar no combina mucho con tu personalidad... creo que sería una mejor idea... ¡Quitártelo! —Lindsey le arrancó el collar de su cuello, provocando que las cuentas se esparcieran por todo el salón y dieran un molesto sonido mientras rebotaban.

Meli se sintió tan asustada que su cuerpo le impidió moverse de su pupitre, tan sólo lograba observar el terrible daño que recibía su amiga y no podía hacer nada para evitarlo. Tampoco era que pudiera hacer mucho, no tenía las suficientes fuerzas o la voluntad como para levantarse.

Por su parte, a Mildred no le importó en lo absoluto lo que pasaba, permaneció en su asiento leyendo un libro de artes oscuras y dando una que otra mirada al acto que hacían sus compañeros. En cierta forma, le era divertido ver toda esa sangre caer al piso, era como lo describían sus libros y algunas páginas de internet, pero ponerse en los zapatos de Lola y tener que sufrir lo que ella, la hacía sentirse un poco culpable, pero prefería no involucrarse.

—Bien, es hora de comenzar con ese horrendo vestido —Lindsey comenzó a cortar algunos trozos del vestido de Lola, como también rompió la banda que traía atada alrededor de su cuerpo. Bien, así te ves mucho mejor.

Era como un sueño hecho realidad para casi todos, pero como pasaba en todo sueño, tenía que terminar alguna vez.

La puerta de salón intentó ser abierta, pero era imposible debido a algunos objetos que fueron puestos para obstruirle el paso a quien entrara de improvisto.

— ¡Diablos! ¿Tan pronto pasaron cinco minutos? —se preguntó Beau.

— ¡Niños! ¡¿Qué está sucediendo?! —preguntó la profesora, mientras empujaba la puerta en un vano intento por abrirla.

—Sólo... sólo estamos redecorando el salón. Es una sorpresa que queremos darle.

—Iré por el director Huggins —el sonido de los tacones de Allegra se escucharon repetidas veces, hasta que se dejaron de oír.

—Oh, oh. ¡Chicos! El director Huggins viene hacia acá —advirtieron algunos.

— ¡Demonios! Cómo habría querido seguir disfrutando esto. Arreglen todo este desastre y que no haya rastro que nosotros hicimos esto. No quiero volver a detención, mis padres me matarán.

—Está bien, nosotros lo arreglaremos, pero antes de eso...

Lindsey se acercó a la muy lastimada Lola, quien a duras penas seguía conciente. Lindsey se agachó y tomó el rostro de Lola para que la viera directamente a los ojos.

— ¿Enserio creíste que éramos tus amigos? Supongo que ahora te das cuenta que viviste una mentira todo este tiempo. ¿Quieres saber lo que realmente eres? No eres una linda princesa como crees, tú eres escoria, la peor escoria que haya pisado este planeta... incluso tu hermano, el chico ardilla merecía ser perdonado por tu familia... pero tú no. No mereces nuestro perdón ni el de ninguna persona.

Lola apenas y podía verla, pues toda su visión se comenzaba a nublar y el profundo dolor que sentía en todo su cuerpo provocaba que las lágrimas comenzaran a caer por todo su rostro lleno de moretones y cortes. Su capacidad de pensar con claridad era nula.

—Esto es por todo lo que me has hecho sufrir y por las tantas veces que me has humillado.

Le lanzó un duro puñetazo en el ojo derecho de Lola. Cayó tendida en el piso. No reaccionaba a nada, ni siquiera parecía moverse.

— ¡Beau, es tu turno! Tírale esas pinturas encima y terminemos con esto —dijo Lindsey, mientras caminaba en dirección en donde estaban Lana y Winston,

—Está bien, Lindsey —el niño se acercó a Lola y le tiró encima dos recipientes llenos de pintura rosa y verde.

—Disfruté mucho hacer esto, pero nuestra diversión ha llegado a su fin. Espero que puedas vivir con esto por el resto de tu vida, Lola Loud —expresó Beau, sin esperar a tener respuesta alguna. Regresó con sus compañeros para intentar arreglar toda marca que hubieran dejado durante el ataque.

Los niños arreglaban con rapidez. Mientras eso sucedía, Lindsey se colocó detrás de las sillas donde estaban atados Lana y Winston. Con una voz dura e inexpresiva, les dijo:

—Escúchenme bien, niñitos. No se atrevan a decir ni una sola palabra de lo que ocurrió esta mañana en este salón de clases. Si me llegó a enterar que nos delataron les pasará lo mismo que le pasó a esa basura de por allá. ¿Entendieron?

Los amenazó poniéndole dos tijeras con ambas manos cerca de sus rostros. Los dos no tuvieron otra opción mas que asentir con la cabeza.

—Así me gusta —les quitó los calcetines de sus bocas y esperó al momento exacto en que tendría que cortar las sogas que los sujetaban.

Lola se encontraba en esa esquina, llena de pintura, heridas, y un ojo morado. Lloraba en silencio con las pocas fuerzas que le quedaban.

Ya habían terminado de arreglar el salón de clases; todos estaban tranquilamente sentados en sus pupitres, y ese fue el momento que Meli tomó para correr hacia donde se encontraba Lola para ayudar de alguna forma.

—¡Lola, Lola! Por favor, perdóname. Ellos me amenazaron y... y... tenía mucho miedo y...

La puerta se abrió por una dura patada fue la que la abrió y sacó volando los libros que la obstruían. El director Huggins observó el lugar y se encontró en una situación en la que no sabía qué hacer. Todo estaba normal.

Lindsey desató a Lana y a Winston justo en el instante en que entró Huggins, escondiendo la soga que anteriormente tenían. Estos dos al ser liberados, corrieron lo más rápido que pudieron para estar con Lola y ver cuánto había sido el daño que sufrió. Ambos se agacharon junto con Meli e intentaron ayudarla en algo, pero no podían pensar en nada.

—Lo... lo siento, Lola... todo es mi culpa... no pude hacer nada —dijo Lana en llanto, mientras sostenía en sus brazos la cabeza de su mal herida hermana.

El llanto de Lana fue suficiente para que Huggins volteara en aquella dirección. Una sorpresa, pero aún mayor preocupación llegó en el hombre de mediana edad.

— ¡¿Pero qué?! ¿Loud? ¿Qué-qué pasó aquí? —preguntó Huggins, Mientras se acercaba desmesuradamente hacía los 3 niños.

—Director Huggins. Lana, Meli y Winston le hicieron eso a Lola, intentamos defenderla, pero Lana es demasiado fuerte para nosotros —dijo Beau, en un intento de sonar convincente.

— ¡Dios mío! Debemos llevarla a la enfermería lo antes posible —dijo la señorita Allegra, teniendo las manos en la boca al ver el mal estado en el que se encontraba Lola.

El director Huggins se agachó y vio detenidamente a la pequeña.

Los sollozos de Lana se detuvieron por un momento. Volteó a ver al director, con una voz entrecortada, preguntó:

—¿Puede prometerme que estará bien?

Vio esos ojos tan brillantes en Lana y una tristeza lo invadió con solo mirarla. Tragó saliva antes de hablar.

—No te preocupes, Lana. La mantendré sana y salva, no permitiré que nada más le pase. Te lo prometo—tomó a Lola entre brazos y, sin miedo a que su traje fuera manchado de pintura, se levantó—. Yo la llevaré a la enfermería, usted quédese aquí y averigüe lo que sucedió aquí.

Eventualmente, corrió lo más rápido que pudo a la enfermería y si era necesario, llamar a una ambulancia.

Lana, Meli y Winston se encontraban de rodillas en el lugar donde anteriormente estaba Lola. La señorita Allegra se acercó a los tres.

—Niños, por favor, ayuden al director Huggins, Lola los necesita más que nunca.

—Pero profesora Allegra, ellos fueron los culpables de que...

— ¡Cierra la boca si no quieres ser la primera en ser castigada!

Lindsey rápidamente se tapó la boca con ambas manos. Ninguno de los involucrados se atrevió a decir algo.

—Se lo agradezco, señorita Allegra.

Lana se limpió las lágrimas de sus ojos y junto con Meli y Winston, corrió a la enfermería de la escuela.