Disclaimer: Dragon Ball es propiedad de Akira Toriyama, Bird Studios y TOEI Animation.


Nota de autor: La presente historia está situada en el universo alterno de la tercera película de Dragon Ball, "Una Aventura Mística". Hay Lime/Lemon crack (quizá un poquito de bashing) entre personajes con los que ninguno iría ni a la esquina.


«CLARIDAD»

II: En privado

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Un darkfic de Una Aventura Mística

por

Esplandián

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«Lo que me decis no me cierra
hagámoslo igual en privado
No me importan las consecuencias
hagámoslo igual en privado».

Babasonicos (En privado)


Era tanta su frustración en aquella noche lluviosa, que no lo pensó dos veces antes de aceptar la oferta y llevarla a su habitación.

Observa a Violeta entrar a su cuarto apenas iluminado por una lámpara incipiente, inspeccionando con recelo antes de decidirse a cruzar el umbral, para descalzarse sus lodosas botas sobre el tatami impoluto, situándolas justo a lado de las de él.

Tao está a dos pasos de protagonizar el cliché más ridículo de todos: el del hombre que se acuesta con su secretaria. Claro que en este caso Violeta no es su secretaria, sino su esbirro y asistente personal.

«Yo saber que tú jamás superar lo de Fanfan».

El reproche de su hermano gira en su cabeza un momento, señalándole lo absurdo de la situación. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Por qué arruinaba su reputación de esta forma? ¿Porqué sembraba la discordia entre él y su hermano?

Está a punto de arrepentirse de un arrebato semejante, pero cuando ve a la Coronel despojarse del casco y dejar su corta melena violeta al descubierto: basta con la luz de sus ojos turquesas para estremecer los cimientos de toda su cordura.

Es entonces que Tao admite para sí que le atraía Violeta, aunque intentara ignorar tal tontería las más de las veces: ese rostro bello e inexpresivo daba la impresión de no tener mucha vida en su interior, y al menos un par de noches se había complacido a si mismo con la idea de tocar su cabello violáceo, de acariciar su cuerpo frío e inerte, sus pechos... Claro que todo llegaba a su abrupto fin cuando recordaba que su hermano, Tsuru, seguramente también fantaseaba con la misma mujer en la habitación contigua...

—¿Por qué?—le inquiere él en su incredulidad, al desabotonarse el pesado changshan lavanda y la túnica dragón de color claro, ocultando la inquietud de su rostro—. Creí que preferías la compañía de la muchacha y no la mía. Incluso, pudiste haber elegido al ministro, y no a un guardaespaldas como yo.

Con firmeza, Violeta desabrocha su propio cinturón; se desenfunda bruscamente sus amplios pantalones militares, obsequiando así la vista de un par de piernas perfectamente torneadas.

—No creí que fueras un hombre tan inseguro, Tao Pai Pai—el susurro, el ronroneo, sale de aquellos labios infinitamente más insinuantes que la monotonía de las palabras. Ella le recorre ahora con esa misma mirada depredadora que había dedicado a la muchachita, magnificada por un apetito carnal que nadie le había dedicado jamás a aquel hombre.

Tao exhala involuntariamente, con el rostro acalorado. Si bien la observación de ella le molesta, a su vez también le agrega a su orgullo: al hecho de conseguir a una mujer de una voluntad férrea que no se doblegaba ni ante el implacable y astuto Ministro Tsuru.

De los dos hermanos: finalmente, era el menor quien ganaba lo que el mayor codiciaba.


Afuera, la lluvia golpea las tejas azules con más ahínco, como una insistencia.

No es hasta que la conduce a su cama, que le invade la flaqueza.

Violeta parece leer su vacilación, y toma la iniciativa: ahí va el primer botón dorado del uniforme mostaza.

—No, déjame a mí—insiste él, intentando futilmente adivinar los pasos correctos de un galanteo—. Tan sólo no te muevas...

La coronel suspira exasperada por tan inusual petición. Por su expresión, traspasaba que no estaba muy conforme con limitarse a seguir ordenes de él en la alcoba.

—Está bien, si eso es lo que te gusta puedo quedarme inmóvil—resignada, la coronel fija su vista en el techo, estirando los brazos sobre la cama—. ¿Quieres que finja estar muerta?

La voluptuosidad del cuerpo de ella se deja adivinar bajo la camisa uniforme; las piernas de blancura exótica se deslizan sobre la suavidad de la sabana que simula una mortaja.

—Si sigues hablando, te prometo que no tendrás que fingir—le insinúa sonrojado, entre broma y amenaza.

—Puedo ayudarte si encuentras esto demasiado difícil.

—Silencio.

—¿Dormida o muerta? ¿Qué te gusta más?

—Me desconcentras...

Por eso los cadáveres, en definitiva, eran los mejores amantes: no juzgan con tanta desaprobación, cuando lo único que se requiere es un alivio rápido; no te presionan para hacer cosas que no quieres; y lo más importante, no abren la boca para desconcentrarte. Aunque a veces, en raras ocasiones, no son ajenos a presentar reflejos que hubieran tenido estando vivos...

Esforzándose por ignorar la incomodidad de verse expuesto en lo más íntimo de sus hábitos, él desabotona el resto de la camisa de la mujer, sin siquiera recrearse en el tacto de sus formas: lo que encuentra no es de su total agrado.

—¿Pero qué demonios es esto?—ahora es el turno de él para mostrar decepción.

—Es un chaleco antibalas...

Sentándose sobre la cama, saliendo de su papel de «difunta», Violeta se quita la camisa por su propia mano, lanzándola a un rincón desconocido de la habitación. Las tiras de velcro del chaleco suenan como reproches antes de que la prenda se una al resto del uniforme de la fémina.

—Agradece que no tenga puesto un sostén con broches, así que eso debe facilitarte la tarea—le indica, inexpresiva, volviendo a su fingida inmovilidad; tendiendose como un sacrificio humano en sostén deportivo y bragas negras —. Diviértete.

Cualquier excitación o química entre ambos acababa de largarse por la ventana...


En la escala amatoria de Violeta, compuesta por sus numerosos ex-amantes, que iba desde el «Reprobado Comandante Red» a un «Excelente Asistente Black» (o Husky, según fuera el caso), lo que ocurría simplemente calificaba como "incomparable".

Realmente no tenía precedente.

Aunque múltiples hombres —y mujeres— habían desfilado por la vida de Violeta fugazmente, ella nunca había encontrado tantas desviaciones reunidas en un sólo individuo —ni un cuerpo tan trabajado que sería la envidia del mismo General Blue—.

En una ojeada rápida, Violeta había clasificado a Tao cómo un «Experimentado General White» con preferencias "dudosas", a causa de la costumbre de pasar un poco más de tiempo de lo que indica el deber al lado del Ministro Tsuru. Ya en la práctica, bien podría clasificarlo como un «Lamentable Ninja Murasaki», y no precisamente por virtud del color amarillo pálido de su piel.

Su pseudo jefe, Tao Pai Pai, que se conducía con seriedad profesional y confianza inalterable, había resultado ser una decepción casi tan grande como el no muy acertado «Nena, te diré en dónde más soy un tigre aparte de la alcoba. RAWR» de el «Salvaje Coronel Yellow». En vez de una noche apasionada con el tigre antropomorfo, ella terminó frustrada esperándolo en la sala de urgencias... y lo que ocurría ahora no era menos frustrante.

Sí antes consideraba la lluvia como romántica: ya no.

Quedarse inmóvil mirando al techo, mientras su conquista en turno se afanaba con rabia sobre ella (tocándole como se toca un costal de naranjas en el supermercado), la hizo replantearse la posibilidad de haberse quedado en casa en pijamas, para ver algún documental sobre vida salvaje. Eso, al menos, hubiera sido más estimulante.

Todos tienen fantasías, y eso es comprensible. Si había decidido plantearle el meterse a la cama juntos, era bajo el pacto implícito de que los dos se complacerían equitativamente. Pero verse excluida, reducida al papel de un mero objeto de placer, era algo que no iba a tolerar, ni siquiera del hombre que le daba unos zenis extra bajo la mesa; hombre para quien el sinónimo de «pasar un buen rato» era equivalente a visitar una morgue.

En resumen: un degenerado con fantasías dignas de un sepulturero.

La cara de tedio que puso Violeta descorazonaba a cualquiera, incluso al otrora Asesino Más Famoso del Mundo: que si no se amilanaba frente a la fiereza de un contrincante, si lo hacía ante su propia asistente.

Realmente, Tao no tenía la menor idea de como tratar a alguien vivo en una situación semejante: eran siglos desde la última vez, y la Señora Fanfan había tenido la iniciativa completa de seducir a un dubitativo y adolescente de trenza, demasiado ingenuo y demasiado enamorado como para comprender lo que estaba pasando.

Algo del orgullo profesional de Tao emerge: detestaba dejar un trabajo a medias, y en la alcoba no iba a ser la excepción. Decidido, se desliza en reversa sobre el colchón hasta bajarse de la cama. Sin reverencia, tomando a Violeta por la cintura, la mueve hasta recorrerla justo al borde.

—Parece que me confundes con un saco de patatas—replica ella, mirándolo adusta, y no precisamente feliz porque le pusieran las manos en su posterior tan sólo para acomodarla cómo mejor le pareciera... un poco más al borde..

—Un saco de patatas no se mueve, ni habla...—le instruye tomándola por el mentón, acercando su rostro al suyo, susurrándole en un octavo tan amenazante que siente como Violeta tensa la quijada en sobresalto—Bien, ahora parece quedarte más claro el mensaje.

Cediendo, la coronel regresa su vista aburrida al techo antes de cerrar los párpados: su cuerpo albo, semi desnudo, se perfila apenas con la luz de la única vela de la habitación. Ella suspira, relajando cada músculo; sumiéndose en una inmovilidad que bien recordaba a la muerte o al sueño.

Satisfecho por domarla, por una vez (aunque seguro no por mucho tiempo), Tao sonríe de lado al aventurarse a posar su mano derecha sobre el vientre de ella, prolongando una caricia en ascendente hasta llegar a las costillas. El calor de la piel blanca es una novedad, tan agradable que se abandona al irreprimible impulso de inclinarse y recorrerla con la punta de su lengua. La sola idea de tener a la mujer que su hermano codiciaba, de ganarle a escondidas, le llenaba de una inmensa satisfacción: iba a saborear esto, durara lo que durara.

Con los dedos de su mano izquierda, toca el tobillo con las yemas. Desliza su palma sobre la pantorrilla, la rodilla, afianzándose:persigue la suavidad en cada forma hasta llegar a la generosidad de sus muslos para presionarlos con sus manos de verdugo irredento. ¿Realmente esto estaba ocurriendo, o era un sueño descabellado producto de los desvelos?

La coronel suspira rodando su cabeza, abriendo los ojos de nuevo, observando tan sólo la nuca de su jefe y la negra trenza que le cae sobre el hombro. Le agrada un poco más sin camisa que con ella: para la edad que tenía, no estaba nada mal... pese a todo.

El tacto aterciopelado del guardaespaldas no le es totalmente indiferente, como tampoco lo es su lengua. Violeta exhala en respuesta, se remueve irreflexivamente posando ambas manos en los hombro de él, empujándolo hacia abajo, instándolo a adentrarse en ella con aquel tacto y aquella lengua.

Cuando comprendió lo que la mujer le pedía, él casi da un salto atrás.

—No lo creo— Tao gruñe en desacuerdo, poniendo resistencia.

—Bien, si no puedes cumplirme eso, seré yo quien este arriba.

No era más fuerte que él, pero lo tomó por sorpresa al revertir los papeles inicialmente asignados. La forma en la que ella pone los dedos sobre su abdomen con dominio, en la que Violeta juguetea con el cinturón de tela blanca que él lleva en su pantalón, son una afrenta a su orgullo.

—Cállate, y quédate quieto: ya veremos si te parece tan fácil.

Ella desconoce la piedad. No estaba dispuesta a ceder, ni a someterse por un acto tan gratuito, menos a verse reducida: ella también podía tratarlo como un objeto para remarcarle un punto.

Tao advierte la mano femenina repasar sobre su muslo, las uñas ligeras como un énfasis, la palma cerrándose levemente en su subir y bajar, entreteniéndose en promesas por demás indecorosas.

Él gime por toda respuesta al deleite, encontrando el tacto de Violeta cada vez más persuasivo; si bien, la humillación de verse subyugado momentáneamente no opaca la belleza de verla sobré él, presa de un salvajismo que desconoce. El roce del cuerpo de ella contra el suyo, apenas separado por las telas, es tan abrumador como una marejada.

Sin embargo, tiene suficiente voluntad para no ceder.

En un movimiento rápido, es él quien la gira de espaldas de nuevo, aprisionando las muñecas de la ofensora contra el colchón que cruje.

—¿En verdad crees poder doblegarme, coronel? Tendré que demostrarte cuan equivocada estás...

Ella forcejea, escupiendo maldiciones bajo su aliento. Tao ríe, divertido por los intentos fútiles de la mujer por liberarse. Tenía meses sin matar, sin un combate cuerpo a cuerpo, pero una lucha simulada con ella llega a ser lo suficientemente estimulante como para olvidar: lo que busca al final del camino. Estar encima de ella, sentir los pechos de ella, incluso con la escasa ropa puesta, le abruma, le excita aunque quiera negarlo, queda el testimonio absoluto e indiscutible de la carne que delata.

Al percatarse de ello, Violeta para en seco su afrenta y le sonríe de lado con malicia.

—Vaya...—le susurra ella entrecortadamente, complacida súbitamente por tan grata sorpresa—. Ésta sí es una respuesta indiscreta.

Él la suelta sin quitarle los ojos de encima, vuelve a poner la palma contra el vientre ardiente de ella. Esta vez, sus dedos se aventuran a más, a transgredir la paz debajo del sostén negro de deporte que ella ostenta.

—Hermanita, esto no tiene nada de discreto o de indiscreto. ¡Pero lo que voy a hacerte sí!

Agitados por la cercanía inminente, se ven, acordando una tregua.

Cuando ella lo besa voluptuosamente, él cierra los ojos con fuerza. Él devuelve el gesto con terneza, acunando el rostro de ella para profundizar el beso, y repetirlo, y repetirlo, porque no es lo mismo recibir una respuesta al deseo en un suspiro que depositarlo en un cuerpo inerte. Le intoxican sobremanera esas manos delicadas trazando sobre el grafías indescifrables sobre sus pectorales, sobre su espalda.

Él acaricia la violácea cabellera, el rostro, la punta de los labios y es entonces cuando sabe que quería esto desde el momento en que la escuchó por primera vez, que la hubiera poseído sobre el pasto o donde fuera, así se le fuera el mundo e ello. Toca el tenue corpiño negro que ella lleva puesto, desde los hombros, el cuello, hasta atreverse a adivinar el contorno de sus firmes pechos, hasta llegar a su vientre de nuevo, tan sólo para descender más allá de la parte baja de la espalda y estrujarla contra él.

En respuesta, ella suspira fervientemente contra sus labios en ardiente petición, una que él responde en la agonía de un largo beso; y es que ahora la tela es un estorbo solamente. Descuidadamente, bajo él, ella se quita el corpiño, pasando sobre su cabeza la prenda negra como una maldición.

—Supongo que no es un mal momento para pedir un aumento—le ronronea Violeta al abrazarle ardorosamente la espalda, mordiendo apenas el lóbulo.

—Creí que te parecía demasiado pronto—duda un segundo en su nerviosismo.

—Para esto, nunca es demasiado pronto—lo besa con una pericia que le recuerda a aquel primer amor perdido en las casualidades de una guerra antigua; a aquella guerrera madura, compañera de Roshi y Tsuru, a la que quiso como jamás había querido a nadie, con toda la inocencia de unos escasos quince años.

Abraza a Violeta por el recuerdo al que se aferra, por el momento, por la venganza: ya no es un niño locamente enamorado de una mujer que le lleva casi treinta años, sino un hombre perdido que requiere hundirse cada día más en el olvido de su propia existencia; un hombre al que matar le causa el mismo placer que obtiene ahora de su esbirro personal.

Los dedos femeninos que tiran con furia de la base de su trenza le instan tanto como las mordidas suaves sobre su cuello. Aquellos pechos suaves, en contacto contra el suyo, lo enloquecen como el roce que se suscita, y que es ensayo de lo que sigue.

Tao gruñe con más ahínco sobre ella; prodiga de besos su cuello, sus hombros y cada centímetro de la nueva piel expuesta.

Es tanta su hambre por ella... y sin embargo...

—¿Puedo?—apenas logra hilar con escasa coherencia; presiente que no habrá vuelta atrás, jamás. La inquiere sin atreverse a cruzar esa barrera, a menos que ella se lo permita, porque él desea que sea ella quien se le ofrezca de vuelta y verdaderamente.Y es ella quien guía sus manos hasta el final.

Ahí la explora, con tanta devoción que Violeta no duda en desabrocharle el cinto de tela y prodigarle el mismo favor. Él gime, porque ella desconoce toda compasión: que lo tocaran así... con ese ahínco...

Se aferra a Violeta, hunde su rostro, su boca en el cuello de ella para evitar gritar, hasta el punto en que se vuelve insoportable.

Es la coronel quien toma la iniciativa, con una de sus manos se despoja de la única prenda que lleva puesta: un preludio solamente, un aviso para que él deslice su propio pantalón negro hasta dejarlo puesto a medias.

—Ya...—le ordena ella entre suspiros, como la militar que es.

Él la toma por las caderas, obediente; ella, en respuesta, le rodea con sus piernas en abandono. De ahí, ambos cuerpos dictan con sus ritmos conjuntos aquel vaivén antiguo, acompasado por los suspiros, por los ruegos, por obscenidades que de tal forma dicha avivan el deseo.

Preso por la carnalidad del momento, contempla a Violeta con su rostro transmutado por el gozo, instándolo a profundizar cada embestida con el elocuente lenguaje de sus caderas. La forma en la que ella le acaricia los hombros, la espalda; el farfullo de su nombre a medias; las mordidas en su cuello, disfrazadas de besos: todo, desconocido hasta entonces para él por nacer del deseo mutuo largamente negado lo acercan, los aproximan, al clímax inevitable.

La impulsa hacia sí con ambas manos, haciéndola gemir en su oído hasta colmar cada parte de su propia vanidad, hasta que tal vanidad se borra. Es entonces que, sólo por un instante, embriagado por la concupiscencia y el rapto, logra olvidar la claridad: negarse, anularse por entero, y entregarse al acto y a Violeta con cada embestida.

La forma involuntaria en que ella se contrae, en el que la dulce espalda de ella se arquea, le indica lo cercano que están de llegar al...

O mejor dicho, lo cercanos que estaban...

—¡PAI PAI! ¿¡QUÉ DEMONIOS ESTAR HACIENDO A MEDIA NOCHE!?—el graznido inconfundible de Tsuru gritando desde la habitación contigua, seguido de tres golpes contra la pared, traspasan la lluvia y el leve rechinar de la cama.

Cualquier actividad amorosa acababa de llegar a un alto forzado...


Nota de Autor: De nuevo, muchas gracias a quienes llegaron hasta este capítulo.

La canción "En Privado" de Babasónicos estuvo sonando en todo momento en mientras escribía. De nuevo, chequen «30 canciones para escribir sensualmente» de Schala S. De de ahí comencé con la rola «Los Calientes», y continué con «Putita» e «Irresponsables». No puedo recomendar más esa lista para quienes pretendan escribir un lemon.

Admito que tenía miedo de escribir Lemon con temas como la necrofilia, aunque fuera para toque humorístico casi creo que va con el personaje de Tao: nadie mata con la lengua o ensarta a un hombre son su propia lanza sin que tenga connotaciones un tanto... ¿Gays? ¿Sexuales?

Ya saben: todo flamme, hating, trolling y comentario será recibido con el más profundo cariño.