Disclaimer: Dragon Ball es propiedad de Akira Toriyama, Bird Studios y TOEI Animation.
La magnitud de su mentira alcanzaba lo estratosférico.
—¿Entlenando? ¿A Melia noche? ¡Pai Pai, dejal estupideces y venir aquí! ¡De inmediato!
Tao comprime su labio inferior en indignación. ¡Sí Tsuru no fuera su hermano mayor, ya lo hubiera matado por semejante interrupción!
—Maestro Tsuru, ruego que permita al Señor Tao Pai Pai entrenar. Yo sólo podré arreglar este problema—una segunda voz, profunda y más joven, se le une al viejo ministro desde el otro lado del muro: el inconfundible y acomedido tono de Tenshinhan, su pupilo.
—¡No! Tú apenas aprender y no poder darnos lujo de que tú meter pata, Ten. ¡Pai Pai!—pasos ruidosos y raudos, seguidos por otros más pesados y sosegados, sobre el piso de madera; el abrir y cerrar de una puerta corrediza con ira; la silueta del sombrero cual ave de mal agüero proyectándose teatralmente en su ventana…
Ésta es una escena salida de sus peores pesadillas.
—¡En este momento estoy indispuesto! ¡Impresentable!—apelar a la conocida vanidad de los Grulla era quizá el último recurso, y uno que Tsuru bien podía comprender, ya que lo hizo parar en seco antes de abrir la puerta.
No había manera de decir "no es lo que crees", "hay una explicación lógica", o la clásica "te juro que no es lo que parece" ...
Lo que estaba ocurriendo, era justo lo que estaba ocurriendo: ¡y era totalmente lo que parecía!
Todo el universo parecía haberse conjugado en su contra. A pesar de ser un despiadado asesino, Tao era capaz de experimentar el pudor y la vergüenza.
El calor en el rostro, el rubor: adecuado en un adolescente, impropio en un hombre de mediana edad como él.
Por otro lado, Violeta sonreía maliciosamente debajo de él: la militar parecía derivar alguna clase de morboso placer ante la posibilidad de ser descubiertos infraganti.
«Así qué, ¿Pai Pai?».
«Guarda silencio...»
«CLARIDAD»
III: Pudor
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Un darkfic de Una Aventura Mística
por
Esplandián
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«Sacrificas tu pudor y tu cuerpo para lograr aprisionar lo que siempre se te ha fugado».
— Salvador Elizondo
Fueron los cinco minutos más eternos de su existencia. El Ministro Tsuru dijo algo sobre el Conde Dai, la esposa del Conde Dai, la familia Ao y su ilustre General Blue. De vez en vez, la silueta de un joven alto y noble asentía obedientemente, haciendo una que otra reverencia.
Todo: una comedia de equivocaciones interpretada por dos sombras detrás de la ventana.
Violeta en verdad no sabía como Tsuru-Sennin se las ingeniaba para desgraciarle la existencia, tan sólo por haberlo rechazado (y al parecer no era la única existencia que estropeaba, juzgando por el rostro del Señor Tao). Esperaba, con ansias, que el ministro la descubriera para que la dejara en paz de una buena vez, y para que le quedara claro que su posición jerárquica no le ganaba un espacio en su cama.
La coronel prefería cien veces a cualquier otro —incluso al guardaespaldas de Tsuru Sennin—, antes que a un viejo engreído como él.
«Esto es una falta al pudor».
«¿En verdad quieres qué pare?»
—¿Crees que tú poder convencer a amable Señora Dai? Ella tenerte desde siemple en alta estima, Tao.
—¡Sí!—exclamó tratando de contener la ola de placer que irresponsablemente le otorgaba debajo de las sábanas
«Suficiente».
—Vaya, Pai Pai, ver que tú tener mucha convicción. ¡Eso ser alentador! En ese caso, yo poder retirarme a dormir sin dilaciones.
La risotada, cual graznido de pájaro moribundo, se llevó toda intención carnal que quedara entre los amantes improvisados.
—Esto no debe volver a ocurrir, y prefiero que el Ministro Tsuru no se entere— farfulla, avergonzado, desviando la mirada de la mujer que tiene debajo de él.
—Si eso fuera cierto, no habrías asumido el riesgo en primer lugar—la frialdad de milicia disfraza el agravio ante la no tan honrosa retirada de su amante—. Creo que cuando se trata de Tsuru-Sennin lo último que tú quieres es pasar…
—¿Pasar qué?
—Desapercibido—le clava su mirada cerceta, sopesando la verdad de sus palabras y de sus acciones.
—Yo sólo tengo este trabajo, y no soy tan joven cómo tú…—se disculpa Tao al alejarse de ella, y acomodar su pantalón. Miente, buscando la túnica simple y menos formal que suele emplear en solitario.
—Por la misma razón soporto todo lo que soporto: yo sólo tengo esto, y tampoco soy tan joven.
No eran amigos, no eran una pareja propiamente dicha: eran compañeros de trabajo (con una ligera alianza por conveniencia), dentro de una jerarquía por demás compleja. Cobrar conciencia de ese papel, tan simple, que ambos jugaban, los llenó por un instante de pudor.
Ahora la incomodidad se interpone entre ellos.
La coronel no tardó demasiado en encontrar sus prendas en la oscuridad, y vestirse. Algo de la indiferencia de ella después de tan carnal acto lo ofendía en lo más profundo de su orgullo profesional, y su hombría. Sin embargo, reconoce que él también la había injuriado con sus palabras.
—¿Te vas?
La lluvia, de nuevo, golpeando las tejas, arreciando y tentando a la tempestad.
—Creo que ya resté suficientes horas a mi sueño—Violeta, y su tono pragmático…
—En eso, al menos, no te equivocas, hermanita—suspira el hombre vistiéndose también, con algo entre resignación y rencor. No a ella, no, si no a otra figura que no se encuentra presente en el cuarto—. Aún así, deberías de esperar a que pase la tormenta.
—Así es más fácil para mí pasar desapercibida—la militar se calza las botas pesadas, y desliza la puerta quedamente: su bella silueta esquiva dibujando un claroscuro imposible al salir.
Hay decisión en ella, una manera de conducirse en el mundo que no da lugar a la replica o al arrepentimiento. Es la velocidad de las luces de la Ciudad Capital del Este, del tráfico y el bullicio apenas amainado por la fuerte lluvia de esa noche.
El movimiento afuera, a lo lejos. Y él, Tao Pai Pai, inmóvil bajo designios ajenos, siempre reducido a esbirro, a villano, a secundario…
«Así es más fácil para mí pasar desapercibida».
«Desapercibido».
Tao tiene la sensación de quedarse fijo en aquel cuarto solitario: fijo como Ciudad Imperial, cómo Mifang, resistiéndose al cambio y a las épocas, y al fluir y refluir caótico de la vida.
«Así es más fácil para mí pasar desapercibida».
«Desapercibido».
Las galanterías, las conquistas, las caricias convenidas: terrenos inexplorados en su larga vida de inmortal. De él pasaban los errores, los caprichos, los desatinos que hacían de una vida lo que era…
Ah, ¡pero de ella!
—¡Tú jamás pasarías desapercibida para mí, hermanita!
La alcanza después del jardín, sobre el puente de piedra. En el sitio exacto dónde todo comenzó…
Nota de Autor: Espero que la lectura los encuentre bien en estos momentos.
Este capítulo tenía más de un año descansando entre los archivos, pero escuchar "Hands Clean" de Alanis Morissette fue suficiente impulso.
