Disclaimer: Dragon Ball es propiedad de Akira Toriyama, Bird Studios y TOEI Animation.
Tsuru-Sennin había frustrado—inadvertidamente— mucho más que su "conveniente" revolcón nocturno. No es que la coronel pidiera demasiado de su conquista en turno (no era exigente, ni particularmente selectiva), ni de su empleo en general, pero francamente, esta no había sido su noche.
«Prohíbe que me transfieran, y se entromete justo cuando empezaba a disfrutarlo. Incluso sin proponérselo, encuentra como fastidiarme.»
—¡Lo qué daría por un cigarrillo ahora!
«CLARIDAD»
IV: Dignidad
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Un darkfic de Una Aventura Mística
por
Esplandián
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«No justifico al que pierde la dignidad. A lo mejor digo esto porque nunca estuve realmente enamorada. Fue una suerte.»
— Corin Tellado
«Cuántas palabras, sólo para decir que no quiero parecer patético.»
— La Tregua, Mario Benedetti
Si a Violeta dieran un zenni por cada "declaración de amor postcoital" (o lo que fuera) recibida, seguramente ya sería millonaria.
—No tengo necesidad de palabras vacías, Señor Tao.
Da media vuelta, sin darle importancia.
La tempestad se arroja sobre ella, cuando pretende marchar por los jardines a paso seguro: gotas se deslizan por su visor, por su uniforme mostaza, chorreando hasta sus guantes de rojo cuero. Incluso, aún eufórica por la tibieza del encuentro reciente, Violeta avanza insensible y templada ante la súbita baja de la temperatura. No es momento para una confesión que no necesita.
—¡TÚ! ¡Tú, coronel!
Su jefe temporal alza la voz para hacerse oír.
Ella para en seco: ¿es qué acaso el hombre no tenía dignidad?
—Tú al menos tienes la amabilidad de verme— pese a la seguridad de sus palabras, y de su voz de cuervo, él tiene algo de patético con su trenza desprolija: está empapado hasta los huesos, y calzando sandalias delgadas estropeadas por los charcos.
Violeta permanece en silencio, su expresión melancólica es de clara culpabilidad, tanto cómo una afirmación de los hechos, una afirmación del encuentro todavía caliente en la piel y en los labios de ambos. A ella hace tiempo que le era imposible sentir cualquier tipo de afecto. El cuerpo era una cosa, el amor otra: mezclarlos equivalía acercarse a una herida que no deseaba volver a abrir. Sin embargo, tiene suficiente consideración para saber qué clase de efectos surte el sexo en aquellos poco acostumbrados a él.
La militar decide girarse y encararlo, escucharlo sin pronunciar palabra.
—Tú me ves cuando nadie más lo hace, hermanita. Por eso es que me siento afortunado.
No es una declaración de amor, pero es una declaración en toda regla.
Sobre el puente están ellos: bajo sus pies, el río salta y lame la roca milenaria sin salir de su cauce; los árboles floreados de duraznos invaden con su aroma dulce apenas oculto por la lluvia. Podrían protagonizar una mala película de romance, pero él no era tan joven, ni ella tan encantadora, ni es precisamente amor el lazo que los une.
—Yo también me siento afortunada, no por ser vista, sino por ser escuchada… ¡por usted!
Dejando la resaca a un lado, mascando chicle, Violeta albergaba vagos recuerdos de confesarle a alguien los sinsabores de verse acorralada en un trabajo que se semejaba a un callejón sin sálida. Había vaciado la botella obsequiada antes de eliminar la evidencia.
«Prohíbe que me transfieran, y me reduce a guardia cuando soy coronel. Pelee en la guerra del norte, en las islas del sur, en Karin bajo el regimiento Dorado: serviría más defendiendo la frontera contra los demonios del Conde Lucifer que aquí…»
«Pero no es para eso para lo que me quiere el Ministro Tsuru…»
Cómo mujer, cómo superior y cómo militar, no debió darse el lujo de semejante debilidad.
«Al menos estoy viva.»
«Al menos me divierto contigo…» Rememora sonreír achispada por beber el licor barato que le ofreció aquel extraño, de que su lengua se soltaba como nunca destapando la frustración acumulada de todo lo callado hasta entonces. ¿Qué tan poca dignidad debía tener? ¿Cuán patética debía de parecer ante aquella sombra anónima, frente a aquel posible asesino a sueldo quizá?
«Y bien. Es hora de volver al verdadero trabajo. Fue un placer.» Le dedicó un saludo militar a aquella sombra encaramada sobre el árbol. «Gracias por el trago».
Después de varias horas, ya enmascarado el alcohol debajo de 4 tiras de goma de mascar, sólo le quedaban dos rondas más en el Pabellón de los Cerezos antes de poder retirarse. Le incomodaba la posibilidad de encontrarse al taimado Ministro en el puente oeste…
—¡Cuál gran dicha y gracia de ser flor que opaca a cualquier otra! —el graznido deleznable era inconfundible.
A Violeta le invadieron unos deseos terribles de saltar desde el puente y ser devorada por cocodrilos.
Con toda seguridad, Tsuru-Sennin había decidido su horario específicamente para poder incomodarle (y acosarla)casi cualquier mañana y a su antojo. Pero aún así, ella tenía que inclinarse cómo marcaba el protocolo, sin importar lo mucho que le aborreciera.
—Buenos días, Ministro— al levantarse, alcanzó a vislumbrar una segunda figura aparte de la del anciano de gafas oscuras. Por su ropaje rosa sin insignias importantes, debía de tratarse de un guardaespaldas, pero como todos sabían en Mifan, en el palacio, no había otro cargo más inútil e indeseable que "guardaespaldas" de Tsuru-Sennin.
¿Para qué necesitaba un guardaespaldas el "legendario" Tsuru-Sennin?
A aquel señor de mediana edad seguramente no pudieron encontrarle algo mejor en la corte, o debía de estár en extrema necesidad monetaria cómo para ocupar ese puesto como "asistente personal" del Ministro. ¡Pobre hombre! Salvo el bigotillo pulcro, "el nuevo" tenía uno de esos rostros comunes y olvidables —delgados y de ojos rasgados— que abundaban en el barrio cercano al Templo Oorin. Su trenza y cheongsam eran los típicos de los tradicionalistas súbditos del Imperio Mifan (o lo que quedaba de él). A decir verdad, no le daba más que dos semanas para que decidiera firmar su renuncia...
Quizá se entretuvo demasiado en su reconocimiento del nuevo soplón/asistente/esclavo personal de Tsuru-Sennin, como para prolongar un silencio ya de por sí incomodo.
—Yo no querer interpretar el no ver tu rostro como descortesía, coronel—ordenó el ministro con una sonrisa taimada, al tiempo que peinaba uno de sus escasos bigotillos grises—. Mis ojos ya no son lo que solían ser.
Obediente, más por necesidad que por convicción, ella se quitó el casco con lentitud, sintiéndose expuesta: tenía no sólo la mirada lasciva ministro sobre ella, sino el estupor pausado de su (reciente)guardaespaldas.
¡Qué bien! ¡Dos pervertidos por el precio de uno!
¡Justo lo que le faltaba!
—Tú no pasarás desapercibida para mí. No lo pasaste desde el primer día— de entre sus húmedas ropas, Tao extrae una cápsula Hoi-Poi y la activa. Detrás de la nube temporal, se materializa una sombrilla roja de papel encerado. El guardaespaldas le extiende el paraguas con el gesto pragmático de a quien le resulta de lo más natural en dichas circunstancias: bajo la amainada tormenta, entre los jardines, y a plena media noche.
—Señor, los paraguas son para usarse, especialmente con esta tormenta.
Violeta, desconfiada como es, se mantiene firme rechazando el ofrecimiento. Los descuidos no vienen de su parte. No cuando se les puede tachar de conspirar (el deporte predilecto de toda la nobleza de Mifan).
—La amabilidad es sospechosa—insiste ella.
—¿Y quién sospecha de un viejo cómo yo, que sólo es amable con una dama?
Tao tiene cara de todo menos de amable: ¡esa nadie iba tragársela!
—Seguro se sospecha más de un guardaespaldas cruzando palabras con un soldado—sisea ella bajo el casco.
—Mejor un rumor, a que te mueras por pulmonía. O por mi mano, tal vez…
La acidez de tal comentario le cala, limitando sus opciones.
