Disclaimer: Dragon Ball es propiedad de Akira Toriyama, Bird Studios y TOEI Animation.


«To see her in sunlight was to see Marxism die.»

—"Innocence", Harold Brodkey


Nadie osaba entrar al Pabellón de los Cerezos, no después de la plaga que aniquiló a gran parte de los nobles de Mifan. El sitio estaba maldito, y como una mujer militar en Ciudad Imperial era de mal augurio, Violeta fue naturalmente asignada para su patrullaje y cuidado.

Aparte de ella, sólo Tao osaba cortar camino por tal desolación para llegar a los aposentos y oficina de Tsuru-Sennin. Claro que para ello debía transitar ahora los pasillos comunes atestados de nobles…

Al paso raudo que acostumbraba, rozó apenas el hombro del rubio joven que conversaba con el rechoncho Capitán Dark. El labio superior de Blue se contrajó de inmediato ante el contacto indeseado.

Por su parte, Dark —siempre servil y acomodaticio con su superior— no se esforzaba ocultaba su desprecio bajo sus gafas y su mal rasurado bigote.

Hay una aversión hacía esos dos, pero sólo dos de los tres tienen permitido expresarla. Siendo de rango menor, a Tao sólo queda evadir la mirada y disculparse.

—Tu cercanía a Tsuru-Sennin debe ser mucha si te sientes con la libertad de actuar cómo él.

—Y a tus anchas, por los pasillos—completó el capitán, siguiendo la misma línea que su jefe inmediato.

—Un siervo sólo cumple las diligencias que le son asignadas, con la presteza que se espera de él—Tao cuidó de desviar la vista, juntar sus manos bajo sus mangas, y agachar la cabeza en señal de falsa sumisión frente al general. Odiaba tener que inclinarse ante alguien tan joven, pero era más importante mantener las apariencias.

El General Blue era conocido por su perfeccionismo y exigencias estéticas (a las que ni el obeso de Dark escapaba), y aunque abrigaba sospecha y desagrado, intervenir en los asuntos de Tsuru frente a los magistrados le traería problemas. Castigar al lacayo de un igual o un superior (en presencia de otros) equivalía a una ofensa directa. Brioso y arrojado como era, Blue también era un estratega cuando se requería.

—Sigue tu camino. Ten más cuidado la próxima vez— el gallardo general se sacudió el hombro, como despojándose de algún residuo de polvo, producto del contacto.

Tao hizo una segunda y corta reverencia ante los dos nobles militares, y prosiguió su camino hacía el Pabellón de los Cerezos.

—Capitán Dark, ¿pero no era ése el sendero que transitaban los eunucos, en el tiempo de la Dinastía de la Flor, para llegar a los aposentos de la Emperatriz? —declaró el General Ao Blue, cubriendo su boca brevemente con el dorso de su graciosa mano.

—En verdad lo era, y tal vez lo sigue siendo—Dark soltó una especie de bufido, que más parecía un chillido de jabalí en mala imitación de una risa humana, especialmente si se le comparaba con la risa afeminada del general.

De espaldas, el hombre de la trenza apretó los puños en su espalda para serenase ante los comentarios ponzoñosos de Blue y su miope patiño. El calor que lo incitaba a la violencia irrefrenada crecía con cada sinsabor de aquel día.

No tenía tiempo para discutir con Blue o con Dark, y aunque abrigaba deseos de asesinarlos públicamente por sus repetidas humillaciones, no iba a exponerse y matar por una discusión estéril. Ya habría tiempo para eso más adelante…


A paso raudo, Tao se adentró en los jardines que conocía de memoria desde su niñez.

Cada jardín, un escenario distinto: las flores y los arboles y los estanques alegres. Recordaba a Tang-Tong y a la Princesa de la Flor jugando con él, aunque ellos fueran adolescentes y él apenas rondara los diez años. Junto con Tsuru, mantuvo su palabra de serles leal a ellos y a sus descendientes…

¡Pero los muertos, muertos estaban!

¡Nadie, jamás, había regresado del otro mundo para reclamarle! Y si así fuera, él no tenía nada que ver; la Emperatriz Madre no esperó al destino, o a los designios, o a la enfermedad, y ella misma tomó su vida con sus propias manos presa de la locura, o del dolor.

Tsuru lloró: sólo tres veces en las centurias de su vida había visto a su hermano quebrantado.

Con ella, acababa su promesa y su lealtad a la familia real.

No había fantasmas, ni maldiciones merodeando en los jardines: sólo recuerdos dulces que se habían tornado amargos.

Con cada paso que daba, entraba a otro jardín: ahora el descuido y el abandono se hacía patente.

El Pabellón de los Cerezos y las alas adjuntas habían sido reclamadas por la vegetación en poco menos de un año: si se escuchaban voces o ruidos, más de un noble lo atribuiría a las ánimas afligidas de la fallecida emperatriz y sus más allegadas damas de compañía.

Además, las lluvias de la temporada hacían mucho para aplacar las voces y la visibilidad.

Era juicioso sacar partido de tal situación, y de la superstición endémica que imperaba en Mifan. Sigiloso, se adentró en los aposentos abandonados de la difunta Emperatriz.

Unos pasos más se suman a los suyos en las sombras…¿debería sorprenderse por cortesía?

¡un clic tajante y un reflejo fugaz!

El frío metálico rozando su garganta: era una advertencia, o simplemente una demostración de eficiencia.

—Hermanita, veo que no tienes reparo en amenazarme con mi propia arma. Tengo suerte de seguir vivo—no había ansía asesina alguna en ella, por lo que fingirse inofensivo era conveniente.

—Pensé que era alguien más—Violeta enfundo la katana en la cubierta de un falso paraguas, y se lo entregó sin reverencia—. Aquí tiene.

Desconcertado, él recibió la "sombrilla" que había dejado en préstamo para encapsularlo (la mujer había estado hurgando en el préstamo, lo cual no era alentador en forma alguna) . La frialdad con la que la coronel le dirigió la palabra le dio a entender que no estaban en términos amistosos, muy a pesar de lo de anoche. Esto era un arreglo de mutua conveniencia y de índole monetaria para ella: ni más, ni menos.

—Veo que realizas tu trabajo acordemente…

El que llevara el casco puesto era un detalle que debería agradecerle. La voz ronca de la militar tenía una aspereza distinta a la melódica cadencia de la Señora FanFan. Mientras no le viera el rostro, podía pensar en Violeta como si fuera un mercenario cualquiera.

Mientras no viera su rostro, o sus ojos cercetas, podría deshumanizarla y seguir con la tenue relación laboral que entablaban. Podía también contener el bochorno que la carnalidad reciente había despertado en él también… de una noche a otra…

Habían obrado cambios bruscos y contundentes, sin duda.

De una noche a otra, los antiguos aposentos de la Emperatriz habían sido «redecorados» con cientos de bocetos, esquemas, planos, notas y toda suerte de afiches inteligibles sólo para ese trio de payasos.

Se entretuvo examinando las notas y los dibujos redactados en una caligrafía abismal. Cualquier otro que entrara creería que todo había sido obra de espíritus profundamente perturbados, de almas tan irremediablemente afligidas que no podía distinguirse si eran de genios, o de locos.

¡Y afligidas almas eran aquellos tres esperpentos devorando esa vulgar comida de conveniencia como si no hubiera mañana! Estaban tan ensimismados que no repararon en su presencia.

Esperando entablar alguna clase de diálogo coherente con alguien, terminó por dirigirse a Violeta cuando está se despojaba de su casco…

¡Craso error!

Por un instante, teme enfrentarla. Había una razón por la cual prefería tener tratos con Violeta en la oscuridad, y jamás en la claridad absoluta del medio día colándose entre el papel de arroz de las ventanas… Tao no creía en Kami-Sama, ni en el demonio: pero creía en FanFan, y en esa suerte de encarnación suya que pretendía trastornarlo hasta un punto sin retorno. Quizá ése era la maldición resultante de ofender al espíritu de la difunta Emperatriz, si lo pensaba bien…

Bastaba aquel remanso de color que era su cabellera a contraluz, para enredar las palabras en su lengua. A pesar de la discrepancia incomoda entre su realidad y su memoria, de su uso de razón para identificar que aquella mujer no era FanFan; a pesar de todo lo anterior, su cuerpo persiste en confundir a ambas mujeres en una.

Sin mudar de expresión, siente el calor que le invade desde las mejillas, hasta la punta de las orejas. Inconscientemente, juguetea con el listón que sujeta su negra, y larga trenza.

—¿Quiere usted que le presente mi reporte del día?

La percibida invencibilidad de ella contrasta con la inexperiencia de él: todo el desamor, el quebranto, y la percepción que trae una vida verdaderamente vivida al filo de la muerte. Si realmente era una espía o informante del Comandante Red —si era, o había sido, su amante— quería decir que ella poseía un arsenal que él, Tao Pai Pai, no dominaba.

—Prefiero que lo dejemos para después...

Lamentablemente, él había terminado por adentrarse en su juego y comenzar una partida que no estaba seguro de poder ganar.

—Cómo usted quiera...

La mujer lo observa por encima de su hombro y su espalda, en una postura trazada por la tentación y el misterio. Lo confronta inesperadamente: su falta de vulnerabilidad, de recato, le recuerdan que fue el seducido y no él que sedujo.


Desde el primer momento que la vio lo supo. No cuando bebió con ella ni cuando la escuchó en la oscuridad. No.

Recordó a su hermano, manoteando con un abanico en la obligada caminata a las cuatro o cinco de la madrugada.

—¡Tú oler a licor barato, Pai Pai! ¡tú ser un irresponsable! ¡Primer día en cargo, y amanecer como un desastre! — Tsuru no tenía piedad de nadie, ni siquiera de su hermano menor.

—Vamos, ¿estoy aquí o no? — en efecto estaba allí, y aquellos graznidos no hacían sino agudizar la jaqueca producto de su afortunadamente ligera resaca— Además, no vas a pagarme mis honorarios correspondientes. ¡Esto casi es trabajo comunitario!

El abanico aterrizó directamente sobre su cabeza. Tao soportó sin atreverse siquiera a sobarse la coronilla para aliviar el resquemor reciente.

—¡Insolente! ¡Yo criarte cómo hijo! ¿Y tú pagarme así?

El otrora Asesino Más Famoso del Mundo suspiró pacientemente. Ya conocía a su hermano mayor y su explosivo temperamento.

— El día de ayer fue una ocasión especial. Aunque estoy seguro de que lo olvidaste, cómo siempre…

Tsuru se abanicó tratando de disimular su garrafal amnesia selectiva. Justo como un marido que intenta ocultar (fútilmente) el olvido de su aniversario de bodas frente a la ofendida (y acongojada) esposa.

—Apuesto a que ni siquiera recuerdas que día fue ayer… ¿no es así, venerable Tsuru-Sennin?

—Por venerable edad mi memoria fallar ¡yo ya no ser tan joven! —ahora comenzaba a desplegar su técnica de victimización, fingiendo senilidad.

—Vamos, haz un esfuerzo. El Maestro Roshi te debe 50 zenis desde hace casi un siglo, y no paras de repetírmelo cada primavera, a cada oportunidad…

—¡Claro que ese viejo senil deberme 50 zenis, con muchos intereses! Pero yo estar totalmente ocupado, y en necesidad de un asistente personal. Por eso yo llamar a ti.

—Ayer fue un evento muy significativo para mí, por lo que salí un momento a celebrar.

—¡Y vaya manera de celebrar! ¡Tú comportal tan disolutamente como Kame-Sennin!

Ahora comenzaban las comparaciones con el Maestro Roshi: ¡qué bien!

— Tan sólo admite que lo olvidaste y ya. Por una vez, trata de ceder. Siempre soy yo quien lo hace…

Tsuru era tan espantosamente orgulloso que no reconocería nada. Tao no esperaba demasiado de nadie en el mundo, pero al menos esperaba que su hermano mayor pusiera un poco de atención, sobe todo cuando se trataba de su 20 aniversario como asesino profesional. Quizá no era una fecha memorable para todos, pero lo era para él. Admitía no haber invitado a Tsuru a su «exclusiva celebración privada», y haberse dedicado sólo a lamentarse interiormente, pero si tenía expectativas.

Si se había retirado de «El Negocio», o de «El Gremio», al menos quería que su hermano comprendiera lo significativa que era tal fecha. Ni siquiera se dignaba a intentar leerle la mente para averiguarlo…

Había algo sobre el puente, o alguien, que distraía al Ministro: un soldado patrullando los alrededores del Pabellón de los Cerezos.

—No pienso discutir minucias, Pai Pai. ¡Yo dar por terminada la discusión!

El mayor de los dos fue al encuentro de aquella figura, incluso aceleró el paso, tarareando una vieja canción de amor, siguiendo la tonada, de un tal Liu Yu Hsi.

«Siempre me ha dado pena

De que nuestras palabras fuesen tan triviales.»

El de Tsuru era el canto de una Grulla vieja y melancólica, a la que la tirantez de la piel nunca volvería de la misma forma que la de sus recuerdos.

»Y nunca igualaran las profundidades

De nuestros pensamientos.»

Acostumbrado al erudito dueto que compartía con su hermano, continuó lo restante.

«Esta mañana…

Nuestros ojos se encontraron

Y cien emociones

Corrieron por nuestras venas.»

El de Tao era el canto una Grulla solitaria en el ahora, que no conocía la derrota ni el abatimiento por permanecer en cautiverio… un ave adiestrada carente de voz propia, exenta de emoción y vivencia.

Observa a lo lejos a Tsuru conversar con una amabilidad que no le reserva a él ni a nadie: una honesta, sincera, dedicada a aquel soldado, ¿a una mujer?

Si no lo conociera, como lo conocía, diría que su hermano cortejaba a aquel (o aquella) soldado…

Tal vez debería de dar crédito a aquel soldado que bebió con él: tal vez había un lado de su propio hermano que ignoraba o desconocía por entero. Tal vez su hermano si asediaba mujeres a sus espaldas…

Se aproximó al encuentro con las otras dos figuras sobre el Puente Oeste.

Tsuru susurró algo sobre una «flor que opaca a cualquier otra», sobre «descortesía». No podía fiarse enteramente de su memoria, por que sólo una imagen, un rostro, lo ocupó todo desde ese momento en adelante, cuando su lengua no supo escoger las palabras exactas de lo que le ocurría.

«Siempre me ha dado pena

De que nuestras palabras fuesen tan triviales

Y nunca igualaran las profundidades

De nuestros pensamientos.»

Reconocería siempre aquel rostro ovalado, de piel tersa que competía con el durazno y la porcelana; el de las cejas perfectamente arqueadas, los labios del color de las peonias que una vez besó con sus propios labios; pero desconocidas eran las pestañas que caían sobre los ojos en una expresión melancólica: ella era un conjunto de la veritable belleza clásica de las tierras del norte. Incluso el cabello violáceo, cortado burdamente por una navaja, no lograba opacar aquella delicadeza que no pertenecía ahí.

¡Qué no podría pertenecer a Mifan, ni a ningún sitio, por que era el rostro de una mujer muerta hace siglos!

Lo que creyó perdido por siglos: a quién había olvidado, o creído olvidar.

—FanFan…

Ese ser irrepetible que representaba el primer amor de una juventud ya lejana.

No es ella, y no podía ser ella. Alguien cómo Fan Fan no pertenecería a tal mundo de infamia. ¡Era un loto incorruptible floreciendo en el fango!

Ella lo ve a los ojos: con ojos cercetas y no negros.

Como un ave que aletea en su pecho, latido a latido el tremor se desborda.

«Esta mañana

Nuestros ojos se encontraron»

Sólo atina a susurrar las líneas que ahora entiende por completo…

»Y cien emociones

Corrieron por nuestras venas…»

Desde ese momento en adelante, optó por hablar con ella lejos de toda claridad, para no verla. Prefería la sombra confusa: el manto acogedor de la penumbra conocida. Prefería también en ella el anonimato militar que le confería el uniforme mostaza, el casco de visor ahumado que evitaba que le viera a los ojos directamente.

Su voz, que se le antojaba ligeramente masculina y vulgar, ayudaba demasiado. Era un pistolero cualquiera, un mercenario cualquiera, un soldado cualquiera: todo mientras no la viera a los ojos…

Con el tiempo, pudo tolerar verla: no era FanFan, era la Coronel Violeta.

Era la Coronel Violeta, una potencial espía de la Armada de la Red Ribbon...


Tendría que dominarse: concentrarse en las ordenes de Tsuru, ¡en lo que fuera, menos en quién tenía enfrente! Acababa de abrir una caja llena de reveses y calamidades que escapaban a su capacidad de identificar un ardid.

Estaba en total y absoluta desventaja; pero disciplinado como era, estaba dispuesto a aprender y dominarla también: a sembrar en ella la semilla que ella cosechó en él. Planeaba engatusarla y tenderle una emboscada, ¡y con las mismas armas que ella empleaba, ni más ni menos!

—Así será, Coronel, cómo y cuándo yo quiera...


«CLARIDAD»

IX: Discrepancias incómodas

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Un darkfic de Una Aventura Mística

por

Esplandián

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«Entre la memoria y la realidad hay discrepancias incómodas ...»

Eileen Chang


A Violeta le encantaban las fotografías y dibujos de animales, por lo que tenía interés prioritario en ver los diseños "secretos" de Pilaf. El pequeño duendecillo azul llamó a una junta, buscando consenso, cuidando de que la Coronel estuviera alejada.

—Oh, mi Señor Pilaf, ¡tiene usted un talento natural! ¡Wuff! ¡Wuff!

—Usted en verdad tiene un gusto exquisito. ¡El Emperador estará encantado!

—¡Si, son dragones magníficos, como no ha visto humanidad alguna!

Pilaf reportaba felizmente sus avances, ¡realmente eran chicos muy hábiles, incluso realizaron una presentación con diapositivas muy profesionales!

Todo iba bien, hasta que llegó el ansiado momento de presentar ejecutivamente los diseños de las decoraciones y motivos potenciales…

El guardaespaldas de Tsuru Sennin se masajeó su sien como para aplacar una jaqueca causada por esos dragones dignos de habitar los cuadernos de algún niño que se empecinaba repetidamente en aprender a trazar la letra "S", pero sin mucho éxito.

—¡Oh, y hay mucho más de donde vino esto! — Pilaf parecía estar particularmente orgulloso de aquellas creaciones abortivas.

Tao ya sólo asentía de vez en vez cuando el duendecillo le mostraba nuevos diseños de dragones, cada uno mucho más abismal que el anterior. Sólo un par de ojos marcaban lo que (parecía) eran las cabezas de aquellos seres mitológicos…

—Creo que dejaremos los detalles decorativos para otro momento. Es más juicioso concentrarse en el mecanismo, ¿no lo cree así, Rey Pilaf? Realmente no comprendo qué y cómo…

Y aunque Violeta tenía nociones de los planos por su tiempo como zapadora, muchos de los diagramas le parecían inteligibles también.

—Gatita Mai, ¿qué es esto exactamente?

La chica de cabellera bruna sonrió con un aire de competencia y alegría que la enamoró por entero.

—¡El Señor Pilaf es un genio! Verá, Coronel, esto un regalo para el Emperador.

—Tú, gatita, puedes llamarme Violeta a secas— le guiñó el ojo, al tiempo que le dedicaba la más radiante de sus sonrisas.

—Y esto es un mapa del mundo en tiempo real—la chica se acercó a la mujer voluntariamente, hombro a hombro—. Aquí se pueden ver las coordenadas…

La expresión enfocada de Mai, y el olor a manzanilla que desprendía la larga cabellera negra de la chica le reconfortaba: esa dulzura familiar que le recordaba a otro militar de corazón ligero. Por un breve momento, Violeta se imaginó viviendo con Mai en una bella cabaña en el bosque, rodeada de ardillas, venadillos, conejillos, y Preciosuras... ¡y por que no, con Pilaf y Shuu también!

Queriendo prolongar esa cercanía, y la terneza de aquella voz, se aventuró a preguntar más.

—¿Y qué es lo que se va a buscar exactamente?

Antes de que pudiera revelarle más, el pequeño ninja perruno se llevó un dedo índice a su hociquito, indicándole a Mai que guardara silencio. La chica obedeció al instante, como recordando haber firmado un acuerdo para preservar con su vida un secreto. Esto alertó a Tao también, que en remembranza a la noche anterior, volvió a hacerle un ademán para que dejaran al trio solo, y a sus anchas; aunque no mostraba celos en forma alguna por la cercanía con la adolescente, si los mostraba por la confidencialidad del proyecto.

—Esto será todo por hoy, Violeta se ocupará de ustedes en unos momentos. Yo, por mi parte, tengo que retirarme.


Antes de salir al jardín lo vio removerse notoriamente incómodo cuando ella presentó su reporte a la hora usual: por su agitación, estaba claro que el Ministro Tsuru lo había reprendido, o por lo menos, le había encomendado una lista amplia (y nueva) de tareas a cumplir.

—Sobre los pases… Coronel…—pausó llevándose las manos a la espalda baja, para cerrarlas en puños.

¡Diantres, había olvidado el formulario!

Un artículo titulado «5 ERRORES COMUNES QUE COMENTEN LAS MUJERES EN EL LUGAR DE TRABAJO», de esos que aparecían en las revistas del corazón que tanto le gustaba leer a Ran-Fan, bien podría haber enumerado todas las tonterías cometidas por Violeta en menos de 24 horas:

1) Coquetear con los proveedores externos (sobre todo si son chicas menores de edad llamadas Mai)

2) Olvidar los formularios y papeleo pertinente (por que tus prioridades inmediatas no se alinean con las de 'La Empresa')

3) Acostarte con tu jefe (y luego lamentarte del sexo mediocre, pero demasiado tarde por que ya estás despedida de facto)

4) Pedir un aumento (antes, durante, o después de acostarte con tu jefe)

5) Amenazar a tu jefe con un arma punzocortante (creo que ésta se explica sola…)

Violeta ya podía verse despedida de su segundo turno.

—El formulario se quedó en la oficina de Tsuru Sennin—ella le respondió átonamente, con la firmeza militar que la caracterizaba.

Hubo un silencio incomodo.

Trató de leer el rostro de aquel cuarentón. Imposible saber qué pensaba. El hombre tenía esa cara inconmovible de burócrata a punto de rechazarle un trámite: ¡ni una espada cerca de la yugular lograba convencerlo de lo contrario!

—Olvida el formulario…

—¿Hay algo que quiera decirme, Señor Tao?—le había pedido que le hablaran de usted, así que eso iba a hacer…

—No necesitaremos los pases. Y, ¿desde cuándo me hablas de "usted"?

Definitivamente ya estaba despedida…

—¿Estoy despedida?

—No.

—¿¡No?!

—¿Por qué habría yo de despedirte? —él esbozó una mueca sardónica, como rebalsándose en la posible explicación del acto provenir de los labios de la mujer con la que se fue a la cama, y en el hecho también de que ejerciera alguna clase de poder sobre ella.

—Lo de ayer—suprimió toda emoción, esperando que él hombre mayor rellenara los vacíos.

— La invitación fue consensual y voluntaria—lo dijo como si se tratara de una transacción bancaria común y corriente.

—Quizá me aproveché de la situación—ella no iba a disculparse abiertamente con él...

—No hubo nada de que aprovecharse, o lamentarse. Usted no es una inocente damisela, y yo no soy un ángel en manera alguna. Además, no era la primera vez que te arrojabas a mi…

Violeta respingó imperceptiblemente.

¿Qué se "arrojaba" a él?

Tal ofensa la hizo apretar los dientes.

¡Ah, no! ¡Comentarios semejantes si que no iba a tolerárselos aunque le pagara el triple!

Sus labios, en expresión antes neutra, mudaron a la de un leve desacuerdo. Su lenguaje facial no daba para más, pero ella esperaba demostrar su descontento ante tanta presunción. Ya se había enemistado con Tsuru-Sennin, ¿por qué no enemistarse con su secretario y mandadero personal también?

A veces, aquel guardaespaldas tenía una expresión que a Violeta le resultaba totalmente odiosa; era un brillo de engreimiento muy similar al del Ministro Tsuru —los dientes grandes asomando bajo una aborrecible sonrisa, la forma en la que tiraba de su bigotillo cuando estaban complacido, la terquedad que bien podía etiquetarse erróneamente como persistencia—. A pesar de su bajo rango, Tao era, en definitiva, un hombre altanero que se jactaba de una superioridad inmerecida.

Sin afán, Violeta sacó una esfera de goma de mascar de uno de los tantos bolsillos de su uniforme.

—Existe una discrepancia incomoda entre su merito y su soberbia—se lleva el chicle a la boca, en claro desafío, y lo masca con parsimonia.

—¿Y dime, qué mérito hay en lo que se obtiene fácilmente?

La aludida hizo una pausa larga e incomoda, en la que prosiguió con su mascar.

Una marejada de indignación contenida pudo ser expresada sólo en una bomba de chicle que tronó con los dientes.

—Tal vez he confundido su soberbia con un sentido de dignidad propia, por muy mínima que ésta sea, Señor Tao.

Ella y Preciosura iban a tener que apretarse los cinturones el resto del año, pero no iba a permitir que el tal «Pai Pai» le hablara así. Pensándolo bien, de no ser por que necesitaba dinero, no hubiera siquiera accedido a trabajar con él, en primer lugar.

—Te recuerdo que trabajas para mí.

—Trabajo contigo, no para ti—omitió el usted tan deliberadamente que no habría vuelta atrás.

—Una cosa tendrás que reconocer, Coronel: te arrojaste a mi aquel día, en Brown County. ¿Pero qué mérito habría si me hubieras obtenido fácilmente?

Ese hombre pretendía algo. ¿En qué clase de trama oscura pretendía involucrarla?

—Tú y yo no estábamos en tan buenos términos: seguimos sin estarlo. Pero Blue está en peores términos con cualquiera de los dos...

—Y aún así somos aliados: temporales, por conveniencia… ¡porque quizá tienes mucha suerte!

—Aquí nadie es aliado de nadie.

—Tengo poco tiempo, así que dime, ¿qué hubiera ocurrido de haber sucumbido yo a tus avances aquella noche?

Y estaban los dos de nuevo en el punto de partida: en esa intensidad que surgía cuando los dos se posicionaban en bandos contrarios y lealtades inciertas…