Disclaimer: Dragon Ball es propiedad de Akira Toriyama, Bird Studios y TOEI Animation.


No era la primera vez que un hombre intentaba avergonzarla o usarla o reducirla. La cuestión era que alguien como Violeta sólo tenía su dignidad: la única posesión suya que jamás estaría en venta, sin importar el precio ni la circunstancia…

El engreimiento de Tao le desagrada.

Tras la fachada profesional de asistente personal, de su rostro inconmovible de burócrata, había un dejo de una soberbia casi tan mayúscula como la del Primer Ministro.

Tao se lleva las manos a la parte baja de la espalda y gira tres cuartos para sonreírle sobre el hombro.

—Me gustaría imaginar lo que hubiéramos hecho, pero me falta la imaginación para ello—volteó al cielo, como buscando una imagen aceptable en la cual recrearse, poco antes de encararla con descaro—. ¿Te gustaría elaborar, Coronel?

Sin quitarle la vista de encima, ella se gira y lo rodea como haría un animal salvaje. Indiferente como era, ese hombre despertaba en ella el mismo espíritu combativo que la guerra.

Hay algo amenazador en él que le incita a responderle de tal forma, incluso sin proponérselo: él es justo como esa daga escondida en el paraguas rojo; la sonrisa condescendiente bajo el bigote pertenecía al tipo de rostro que incitaba a un duelo en plena avenida.

¡Y ella estaba gustosa de acceder ante tal invitación!

En la Red Ribbon, se habría batido a mano armada o a puño limpio; pero aquí, en Mifan, hablaban otro idioma alejado del cuerpo y la claridad de sus mensajes. En Mifan era la lengua, y la palabra que enturbiaba las verdaderas intenciones. Incluso alguien como Tao, de bajo rango, tenía más comando del arma del ingenio y el disimulo que ella…

Esto la dejaba en verdadera desventaja ante él…

¡Ah! Pero Violeta siempre había sido tenaz: la vida le había enseñado a ponerse de pie, y a luchar con uñas y dientes para sobrevivir en todo sitio y a toda costa. ¡No iba a permitir que un noble mimado le tratara como un mero objeto de diversión!

—No puedo elaborar sobre lo inconcluso, Señor Tao—lo dijo tan serena que lo tomó desprevenido, tanto como la lengua tronando una bomba de chicle con indiferencia…

Violeta remató con el tipo de sonrisa impertinente que comenzaba una pelea en un bar…


«CLARIDAD»

X: Dos piedras

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Un darkfic de Una Aventura Mística

por

Esplandián

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«Se necesitan dos piedras para hacer fuego.»

Louisa May Alcott


El Supremo Comandante Red sabía exactamente lo que hacía vistiéndola así: Tsuru Sennin no habría cerrado tal trato de otra forma. Incluso a alguien como ella, ignorante e incapaz en la política, le era posible reconocer un abuso contractual.

Si el Ministro Tsuru había sido birlado por Red, ¿qué otra suerte podría correr ella?

El Comandante leyó la solicitud de transferencia de Violeta como si se tratara de la sección de tiras cómicas del periódico. Le divertía por alguna razón absurda…

—¿Royal Nature Park? ¿Isla Monster? No, allá no me sirve del todo, Coronel Violeta. ¡Irá a Mifan! Si no está de acuerdo con la transferencia, necesitará la firma de Tsuru-Sennin y de su General… Pero antes, quiero que le de un mensaje a Blue de mi parte…

La orden era clara.

—El Dr. Gero ha hablado bien de tu excelente puntería. Confió en ti para esta misión, mi tímida Violeta.

—No fallaré. Eso téngalo por seguro.

El qipao de seda no era un regalo, no era una lisonja o una seducción para ella: era un anzuelo, una distracción, una trampa de miel para el Ministro. Un regalo de un hombre para otro hombre…

—Muy bien, Coronel—la ceja arqueada y su ojo restante con la pupila dilatada por la excitación se fijaban en ella, como en un territorio conquistado en un mapa, como una posesión en su colección—, ¡quizá deba condecorarte una vez más por tu éxito!

El zafiro titiló bajo la luz de la sala de juntas; la mano dominante y tenaz le acariciaba la rodilla con posesión. El cuerpo todo de él cortaba la brecha de ambos.

Bruscamente, Violeta se distanció, buscando solaz acariciando a la añil y abandonada mascota que bufó ante quien fuera su amo hace tan sólo un minuto…

—Ya veo—no necesitó encararlo para leer la nota de pesadumbre en Red—. Esto fue cosa de una sola vez, debo asumir.

—Asume bien.

Red prende otro puro para celebrar su reciente victoria. El fuego se reduce a chispa, la chispa a cenizas; y de su boca, aquel fuego sale como un aro de humo. La ira ferviente, la frustración de creerse un medio-hombre, tiraban de él desde la cima de su éxito. Ni cien mujeres como ella podrían jamás compensar aquello, ni un ejercito ni el Mundo mismo podrían llenar aquel vacío abismal… sólo la magia, o un milagro… ¡y ni aún así!

—¿No te dije que eras preciosa, como la estatua de la Diosa? —si, «preciosa», como su ahora abandonada «Preciosura»— ¿Cómo el cuadro de la beldad desnuda? ¿Qué eres para mí como el más valioso de los objetos?

El amor se le escapaba siempre por una razón: por que los demás eran para él sólo objetos.

—Y los objetos no pueden amar de vuelta, mi Comandante.

Ensimismada, Violeta apretó a «Preciosura» contra sí, buscando solaz en la suavidad de su pelaje: en ese tacto que no engañaba, ni le usaba, y que se entregaba a ella con la honestidad del instinto y del apego.

La recompensa viene con un ronroneo, con la lengua áspera que lame sus dedos con honestidad felina.

En su limitada empatía, aquel líder mundial había cedido al único ser que le había amado incondicionalmente: su mascota.

—Al final, esto es sólo venganza: para ti y para mi —concluyó amargamente, apagando el inconcluso cigarrillo tres veces contra el cenicero de cristal; como si le hubiera perdido el gusto de súbito.

«Un ojo, por un ojo, por un ojo…»


Llegó a Mifan en calidad de objeto: conservó su rango sólo en título, pues incluso un capitán como Dark presidía sobre ella por la sola virtud de ser hombre.

—Necesitaba un guardia que no fuera supersticioso. Al menos sé que puedo contar contigo para algo… aunque seas mujer…

Sus tareas se vieron reducidas a patrullar el Pabellón de los Cerezos, y a soportar los avances del Tsuru-Sennin hasta rozar en lo insoportable… ¿pero qué otra opción tenía realmente?

Sólo poco después se agregó a la lista el tolerar las incómodas y furtivas miradas del guardaespaldas de Tsuru cada vez que se cruzaban por los caminos del desolado pasaje que empleaba para cortar camino.

Llegaba a tal punto de lo incomodo, que no pudo dejar pasar aquello.

—¿Qué, tengo algo en el rostro? —lo confrontó una vez que estuvieron frente a frente.

El asistente y soplón personal, ya descubierto, fingió total y absoluta indiferencia.

De regreso, ella decidió observarle con la misma intensidad desagradable con la que él lo hacía.

Naturalmente él reviró con una provocación.

—Estoy demasiado ocupado para sus ociosidades, ¡con su permiso!

A ése al menos lo podía tolerar.

Si había un consuelo en este mundo, es que su trabajo no podía ser peor que el del Señor Tao, quien tenía que soportar a Tsuru Sennin de tiempo completo.

—La hoja verde y amarilla necesitando triple sello, ¿¡acaso ser tan difícil de entender?! ¡¿Si tú no poder hacer bien, Pai Pai, para que yo necesitando torpe asistente!?

Violeta juró haber visto un pisapapeles surcar los aires desde la lejanía.

–Este debe de costar al menos 3 años de mis ganancias –lo evaluó una vez rescatado. Sus pensamientos de empeñarlo se esfumaron cuando el señor Tao bajó la escalinata, y estiró su mano para reclamar el valioso pisapapeles de jade en silencio.

—Un gracias hubiera bastado. ¡Grosero!

Más de una vez vio al hombre de la trenza subir y bajar con la lavandería, rollos, papeleo, libros polvorientos y toda suerte de trastes del Ministro Tsuru.

—Pero es usted un hombre de muchos talentos.

El guardaespaldas pretendió sentirse ofendido bufando y arreciando el paso en sentido contrario.

—Se necesita de dos piedras para hacer fuego—murmulló el hombre bajo su aliento—¡me niego a participar en sus juegos!

Ya en la ronda de media noche, la luz del despacho de Tsuru Sennin permanecía encendida, con su secretario clasificando y revisando el papeleo; ahora correctamente sellados, juzgando por la cantidad disminuida de pisapapeles lanzados por los aires.

Era una sorpresa que él no hubiera renunciado (aún).

Pero la escena más lamentable tenía lugar todos los sábados a la hora del almuerzo.

—Oh, vamos, prueba esto. Es terrible, ¡yo los mataría a todos en las cocinas!

—Tú exagerar demasiado, "Pai Pai".

Que se refiriera a Tsuru-Sennin de "tú" era inaudito (tanto como los apodos cariñosos), pero que se dieran de comer galletitas en la boca mutuamente era mucho peor, al grado de que el resto de los guardias apodaran al guardaespaldas…

—Ahí va la Señora "Tai Tai" otra vez.

—Es su deber hacerse cargo de su esposo a todas horas.

Las risillas y el cotilleo no se hicieron esperar entre el resto de los soldados.

Aislada como se sentía, aquello no le causaba gracia alguna: ella al menos no cotilleaba a las espaldas de nadie. En parte, tenía que agradecerle a ese cuarentón desdichado el que Tsuru-Sennin se contuviera en sus insinuaciones desde su llegada.

Ella obedecía las ordenes del Capitan Dark, daba sus rondas, y cobraba su dinero: no era un buen sueldo, pero al menos podía pagar la renta y mantener a Preciosura. Estaba bien, por ahora…

Realmente no había muchas cosas que la hicieran feliz como simple guardia en Mifan, excepto una.

El Pabellón de los Cerezos era un lugar aburrido y solitario, pero tenía una ventaja singular.

Violeta tarareó alegremente dirigiéndose hacía el pabellón oculto por los tupido árboles. Se cruzó de brazos sobre el barandal, y alzó el visor oscuro de su casco al sonreír socarronamente.

En la orilla del lago interno, sobre las arenas, en el mismo lugar, el mismo evento se repetía todos los días, a la misma hora…

¡Y ella estaba muy agradecida por ello!