Han sido tres noches seguidas durante las cuales el cochero ha debido ser partícipe de la artimaña orquestada por Albéri, presentándose siempre él y sus cómplices encapuchados en la de la vieja casona, muy para desagrado de su actual dueño.
Es una suerte que el pequeño Gepetto duerma profundamente… ¿Cómo podría el cochero explicarle al niño su asociación con semejante gentuza…?
Ya en la cuarta noche, casi en la víspera del Año Nuevo, el cochero no puede esperar a que la época de las fiestas termine de una buena vez, llevándose casi a empujones a sus indeseados visitantes en cuanto los ve aproximarse hasta su vivienda.
— ¿Por qué tanta prisa, cochero? —Cuestiona Albéri entre risas, mientras el aludido se muestra nervioso por dejar posible aquel sitio—. ¿Tantas ansias de desplumar a los pobres viajeros?
— ¡Déjate de tonterías! ¡Sólo hagamos esto de una buena vez!
—Hay alguien observándonos allá arriba…—sentencia uno de los cómplices de Albéri, señalando en dirección hacia una de las ventanas.
— ¡Es verdad…!—agrega el otro, al tiempo que desenvaina el cuchillo que lleva al cinto—. ¡Yo también he visto como una sombra se movía allá arriba! ¡Hay alguien espiándonos…!
Albéri dirigió una expresión de profundo desagrado hacia el cochero, como demandándole una explicación ante este hecho.
—No es más que un pobre chiquillo, que tengo viviendo en mi casa desde hace unos días… ¡Él no dirá nada, yo se los prometo! —es la nerviosa respuesta que llega de parte de aquel hombre cojo y encorvado.
— Más vale que no diga nada… ¡Más vale que no haga nada, tampoco…! ¡De lo contrario tendremos que tomar cartas en el asunto…!
—Por favor, Albéri… ¡No vayas a hacerle daño…! ¡Si no es más que un chiquillo…!
—Pues a los chiquillos malcriados y entrometidos se los castiga. Y si ese mocoso intenta delatarnos con los autoridades, te juro que…
—Déjame hablar con él, por favor… ¡Él no dirá nada, te lo prometo!
—Más te vale, cochero. Por su bien…Y el tuyo…
Sintiendo una honda pesadez en el corazón, el cochero sube hasta la habitación del pequeño Gepetto, encontrándolo en un rincón de aquella pieza con una profunda expresión de terror, como un animal acorralado.
—Señor cochero… ¿Por qué está usted con esos hombres…?—inquiere el muchacho, pálido como un fantasma, al tiempo que alza la vista en dirección al dueño de la casa.
—Muchacho, vuelve a la cama, por favor…Este es un asunto de adultos, que a ti no te concierne de nada…
Algo semejante le habría dicho el juez malo cada vez que se congregaban en dicha vivienda toda clase de rufianes, aunque ciertamente tales palabras no habrían sido formuladas de una manera tan gentil.
—Esos hombres son malos… ¡Yo los conozco! Yo he visto como le roban su dinero a la gente…Son ladrones… ¡Y también asesinos! ¡Yo los vi! ¡Vi como mataban a un chico, colgándola de un árbol! Usted…Usted es bueno, señor cochero… ¿Por qué está con ellos? ¡No lo entiendo!
Por mucho que el cochero se esforzó en tranquilizar al muchacho, este no dejaba de gimotear, rompiendo en sollozos. Por fin, víctima de arranque de ira, el heredero del juez malo tomó al chico por el cuello de la camisa, empujándolo de vuelta hasta su lecho, al tiempo que gritaba:
— ¡Ya déjate de tonterías! ¡Un mocoso cómo tú no tiene ni la menor idea de cómo funciona el mundo…!
Difícil sería describir la incredulidad reflejada en los ojos de Gepetto: Era como si el niño acabase ser víctima de una traición horrible.
—Escúchame…—agregó luego el cochero, en un tono más calmado—. No conviene que nos busquemos problemas con esos sujetos… ¡Así que mejor quédate tranquilo y no digas nada!
—Yo creí que usted era alguien bueno…—sentenció el chiquillo, dejando entrever por vez primera un sentimiento de rencor.
—Lo siento muchacho…Pero no se puede ser demasiado bueno en este mundo, si acaso quieres sobrevivir…
Acto seguido, el cochero cerró la puerta del cuarto donde dormía Gepetto con llave, esperando que de esa manera evitar que el chico lleve a cabo alguna clase de tontería.
— ¡Esto es por tu propio bien, muchacho! —exclama, con voz autoritaria—. ¡Algún día me darás las gracias por esto!
"Tal vez, algún día comprendas que todo esto al fin y al cabo lo hice por ti…Fue todo por ti, pequeño…"
El cochero insiste en partir de una vez. Albéri intercambia una mirada con sus dos cómplices, antes de formular de manera socarrona la siguiente interrogante:
— ¿Hablaste ya con tu pequeñuelo, cochero?
—No tienes de qué preocuparte. Él no dirá nada, te lo aseguro.
Una profunda amargura, cargada de cinismo, se presenta en el alma del cochero durante toda aquella esa noche; El remordimiento y asco que aquel hombre experimenta por su propia persona se ve teñida asimismo por el resentimiento.
El cochero guarda resentimiento a Gepetto. Resiente profundamente su inocencia, envidiándola asimismo.
"¿Qué derecho tienes tú, a conservar tu inocencia, en un mundo como este? ¿Qué derecho tienes, mientras yo me hundo más y más en el infierno…?"
Él también fue niño una vez. Pero de ese niño no parece quedar más que un recuerdo distante, casi trágico…
"Yo también creí al igual que tú en la bondad de las personas. Creía en la posibilidad de los milagros…Esa fe terminó siendo defraudada inexorablemente, Gepetto. Este no es un mundo bueno. No es el bondadoso Dios quien rige las riendas de este mundo descarriado, sino el Diablo. Muchos diablos, en realidad…El egoísmo, la codicia, la indiferencia…Los buenos no pueden hacer nada frente a toda esa maldad. El mundo no puede cambiar. ¡Ni siquiera Cristo mismo, con su sacrificio en la cruz, pudo realmente exorcizar a los demonios que siguen adueñándose de este mundo, cada día! Y tú, siendo nada más que un niño, ¿Pretendes que las cosas sean diferentes de alguna manera?
No, Gepetto. No hay gente buena en este mundo. Todos son malos, todos son egoístas…Pero yo al menos trato, que de mi egoísmo brote aunque sea algo que nos permita a ambos sobrevivir, y salir adelante… ¡No se puede vivir de ideales, ni de palabras bonitas…! ¿Qué derecho tienes tú a cuestionarme, mocoso…? ¡Ni siquiera estarías vivo, si yo no hubiese aceptado aliarme con estos hombres malos a quienes tanto desprecias! ¡Fui yo al fin y al cabo quien tuvo que sacrificarse…! ¡Sacrificar cualquier posibilidad de redención para mí!"
Así medita para sus adentros el cochero, pensando en que cosa va a decirle al muchacho encerrado en cuanto vuelva a casa: Está plenamente dispuesto a justificarse de esa manera, convencido de su cínico razonamiento.
Sin embargo, al amanecer del día siguiente, en cuanto el cochero se encuentra de vuelta en la vieja casona, descubre sorprendido cómo es que una especie de soga hecha con sábanas pende de una de las ventanas.
No hay en dicho lugar el menor rastro de Gepetto, perdiéndose el rastro de sus huellas en medio de una espesa arboleda cercana, la misma hacia la cual el cochero habría intentado huir durante su niñez…
