— ¡Chiquillo del demonio…!—masculla entre dientes el cochero, mientras va adentrándose más y más en las profundidades de aquella arboleda, la misma que casi parece ir tornándose en una especie de selva oscura conforme pasan los minutos, resultando inevitable evocar durante aquellos momentos los versos iniciales de la Divina Comedia.

— ¡Gepetto! ¿En dónde estás muchacho? ¿En dónde estás…?

Sus gritos hacen eco a través de los tenebrosos árboles cercanos, sin por ello obtener ninguna contestación.

— ¡Chiquillo del demonio…!—se le vuelve a escapar al cochero en esos momentos, y él mismo no puede evitar sorprenderse del profundo desprecio presente en sus palabras.

Un desprecio extrañamente mezclado con un matiz de rencor.

"¿Qué pasa conmigo…?" reflexiona el ya no tan joven heredero del mal juez, llevándose una mano al rostro, profundamente avergonzado de sí mismo:

"¡Ese pobre chico se encuentra perdido, tal vez en peligro! ¡Ese pobre chico, al que yo tanto me esforcé por salvar hace apenas un par de noches…! ¡Si tan sólo pudiera encontrarle…!"

"¿Y para qué quieres encontrarle, cochero?" le repone una suerte de eco interior, en lo más profundo de sí mismo…

Una voz aborrecible, que bien puede ser la voz de ese demonio que todos tenemos dentro, la que nos incita al mal…Una suerte de instinto perverso, nacido del pecado original.

"¿Para qué quieres encontrar a ese chico? ¡Si no ha hecho más que traerte desgracias en tú ya de por sí miserable vida!" insiste aquel interior horrible, el cual sin embargo el cochero opta por ignorar, mientras sigue inspeccionando los alrededores, rasgándose una de las mangas de su traje con unos arbustos espinosos.

La contemplación de su propia sangre le produce un extraño pavor.

Hay algo…inhumano en ella.

Es como si su color no fuese normal: Tiene una extraña tonalidad oscura, bastante desagradable de ver.

—Cómo si yo mismo no fuese un ser humano… ¿Es esto lo que tratas de decirme, Alma? —no puede evitar exclamar entonces, sin siquiera pensar realmente en lo que está diciendo.

El cochero rompe luego a reír de forma macabra, infeliz.

Trágica. La suya es una risa trágica, que bien podría estar a punto de romper en un llanto patético.

Pero en vez de llorar, el cochero pega un grito al cielo:

— ¡Tú me abandonaste! ¡Me abandonaste, en el momento en que yo más necesite de ti! ¡Siempre espere por ti! ¡Siempre tuve fe en ti…!

Una sola lágrima recorre el demacrado rostro de aquel hombre quebrado por tan amargo destino.

—Tú traicionaste esa fe. Ahora no me queda nada más que lamentar mi destino.

Luego de recorrer aquel sombrío laberinto de espinos y árboles siniestros, el cochero emerge finalmente con un aspecto semejante al de un espectro surgido del mismo infierno: Sin siquiera molestarse en vendar la herida que brota de su brazo izquierdo, se dedica luego a recorrer las calles de la ciudad, preguntando por Gepetto a las gentes que encuentra a su paso.

Nadie se digna siquiera a responderle. Todos apartan la mirada de su presencia, y es capaz de oír a la distancia unas risotadas infantiles burlándose de él, haciendo eco socarrón de la desesperada pregunta que formula una y otra vez:

"¿Han visto a un niño llamado Gepetto? ¿Lo han visto? ¡Por favor, ayúdenme a encontrarle!"

El cochero oye las risas, pero no es capaz de ver quien se burla de él. Es como si estuviera sumido en un extraño trance, en el cual toda noción de la realidad estuviese a punto de esfumarse de un momento a otro.

Es por eso mismo que él tampoco es capaz de ver al guardia que está acercándose en su dirección, listo para aprenderle, ante la queja indignada de unos señores respetables y adinerados quienes desean que se hace algo con respecto al escandaloso que perturba la paz…

Y le habrían apresado allí mismo de no ser por una mano que emergió de un oscuro callejón, conduciéndole a su interior.

— ¿Quién…?

—Silencio cochero…—ordena en un susurro la fría voz de Albéri, quien apoya entonces el filo de su cuchillo sobre la garganta del hombre que retiene—. ¡En qué lío te has metido, mi amigo! Pues será mejor que vengas conmigo sin hacer escándalo. Digo, si acaso no quieres que te rebane el pescuezo como a un cerdo…