El cochero vuelve abruptamente a la realidad.

Quisiera preguntarle a Albéri que es lo que él está haciendo en ese lugar, pero toda interrogante que pasa por su mente debe ser acallada ante el frío contacto de la navaja que ese rufián mantiene apoyada sobre su garganta.

—Bonita escena la que has montado, grandísimo estúpido… ¡Bonita en verdad! —comenta Albéri, mientras obliga al cochero a avanzar a empellones a través de aquel oscuro callejón en el que ambos se encuentran—. ¡Pero ni modo! Ya tendremos que encargarnos de arreglar todo ese desastre manteniéndote oculto en casa por unos días, y de seguro todo se olvida… ¡Los ricachones que viven por esta parte de la ciudad nunca son capaces de acordarse del rostro de los infelices que suelen mandar a prisión! Y los guardias mucho menos… ¡Un pobre harapiento hablando sandeces no ha de trascender mucho en su rutina habitual!

Dejando escapar una leve risita cruel, Albéri añade luego con frialdad:

—Hay alguien que quiero que conozcas, cochero. Un caballero muy importante que desea conocerte en persona. Si no hubiera sido por su repentino interés en ti, simplemente habría dejado que te pudrieses en la cárcel como cualquier pobre diablo. ¡Así que considérate afortunado!

"¿Quién podría tener interés en mí?" alcanza a pensar el cochero, justo antes de ser empujado al interior de un recinto cuyo umbral es apenas indistinguible en medio de las sombras reinantes: Así fue como en seguida descubrió a su alrededor numerosas telas y exquisitos ropajes, dispuestos de arriba y abajo en una sala en la que podían verse toda clase de objetos de la más costosa factura, incluyendo esculturas de mármol y baúles empedrados de joyas.

—Bienvenido a la cueva de los cuarenta ladrones, cochero…—comentó Albéri, esgrimiendo una sonrisa malévola al tiempo que encendía una pequeña lámpara cuya luz reveló todavía más de aquellos objetos magníficos.

— ¿La cueva de los cuarenta ladrones…?

—Los que estamos metidos en este negocio tenemos que apoyarnos los unos a los otros…Y en estos tiempos que corren, inclusive los ladrones hemos podido comprobar que la unión hace la fuerza, mi amigo…

—Efectivamente, la unión hace la fuerza…—sentenció una voz que hablaba desde un rincón de aquella pieza a la que no había llegado la luz de la lámpara encendida por Albéri: Así fue como se presentó ante los recién llegados un hombre alto y corpulento, a quien el cochero no tardó en reconocer como el dueño de la posada del Cangrejo Rojo.

— ¡Mozzoni! —Saludó Albéri a dicho sujeto—. Siempre es un gusto verte, mi querido amigo…

—Pues para mí no es ningún gusto ver tu feo rostro, viejo zorro… ¡Y menos aun cuando andas en esas fachas, con tan ridículo disfraz…!

— ¡Ja ja! Mozzoni, veo que nunca cambiarás tu manera de ser…Pero aun así, se agradece tu gentileza al prestarnos tus dos locales de trabajo para la realización de nuestros negocios…

—Me importa bien poco la gentileza a mí. Bien sabes que la única razón que yo permito que gentuza de tu calaña me frecuente es puramente por negocios y nada más. ¡Qué no se te olvide!

—Ah, Mozzoni, Mozzoni… ¡Siempre tan honesto y directo! ¡Pero se aprecia tu honestidad en estos tiempos de tanta hipocresía!

— ¿Y quién es este espantajo que me has traído hoy? ¡No me digas que él es el dichoso cochero!

— ¡Pues si te digo! ¡Él es el dichoso cochero!

— ¡Menudo fantoche! ¡Aún más feo que tú, Albéri! ¿Seguro que no estás tomándome el pelo?

— ¡Ha tenido una mala noche! ¡Y una mala tarde, por lo que puede verse! ¡Pero con un poco de descanso y un buen aseo, quedará como nuevo, yo te lo aseguro!

El cochero, que hasta ese momento ha escuchado esa conversación referida a su persona sin entenderla muy bien, se anima finalmente a intervenir de la siguiente manera:

—Qué… ¿Qué es está pasando aquí? ¿Qué es lo que quieren conmigo?

—Como te dije antes cocherito… ¡Hoy día vas a conocer a un señor muy importante! —repuso Albéri, esgrimiendo una sonrisa perversa—. ¡Un señor que ha mostrado interés en hacer negocios con nosotros!

—Y será mejor para ti que no nos arruines el negocio—agregó Mozzoni, cruzándose de brazos al tiempo que le dirigía una mirada feroz al cochero—. O vas a lamentarlo muy caro, pequeño infeliz…

— ¿Qué clase de negocio…?

—Eso lo sabrás a su debido tiempo, mi amigo…Por ahora, es necesario ponerte siquiera un poco más presentable…Así que mejor te quitas esos asquerosos harapos que traes puestos…

—El señor Vitelli se presentará en este local a eso de las seis… ¿Crees que él estará listo para entonces?

—Por supuesto que sí, Mozzoni… ¡Sólo déjalo a mi cuidado! ¡Tú por ahora ve a atender tu prestigiosa droguería para ricachones…! ¡Yo me encargo de él!

Meneando la cabeza, Mozzoni se dirigió hacia las escaleras y subió hacia la planta superior de aquel local, cerrando con fuerza tras de sí un enorme portón de madera.

—Vamos, desvístete…—ordenó Albéri con tono impaciente—. ¡Apresúrate!

De mala gana, el cochero accedió a cumplir con lo que aquel rufián le ordenaba.

—Mira Albéri…—sentenció el cochero—, No sé qué estés planeando, pero no tengo tiempo para estas tonterías. Hay una persona a la que necesito encontrar…

—Cualquier persona que necesites encontrar, ya la buscarás después…Maldita sea, ¿Qué diablos te has hecho en el brazo?

—Me herí con un arbusto de espinos, eso es todo…—repuso el cochero cabizbajo, hablando con la misma sumisión que él mostraba cada vez que tenía que rendir cuentas ante un adulto, bien fuese aquel desalmado juez que le había adoptado o aquella perversa institutriz que constantemente descargaba sobre él sus más sádicos instintos.

—Se ve muy mal esa cosa…Mejor será que te la cubras de vendajes antes de ponerte la ropa con la que te presentarás ante el señor Vitelli. ¡Mozzoni me mataría si dejas alguna clase de sarna en sus caros trajes!

—Todo lo que está aquí es robado, ¿Verdad? Todo este botín…Es producto de tus saqueos en los caminos…

—Es producto de muchos saqueadores. Yo no soy el único ladrón con el cual Mozzoni hace negocios, ¿Sabes? Pero hoy por primera vez en mucho tiempo, el dueño de la posada del Cangrejo Rojo por fin pasará a hacer tratos ya no con delincuentes de poca monta como nosotros, sino con la clase de criminales que pertenecen al círculo de la respetable alta sociedad…

— ¡Qué tontería! Ningún criminal pertenece a la alta sociedad.

—Eso es lo que tú crees, mi amigo… ¡Eso es lo que tú crees! —Repuso Albéri con sorna—. Pero los señores respetables como el señor Vitelli, que nacen en cuna de oro y son capaces de disponer de la vida de los otros como total impunidad pueden permitirse otro tipo de crímenes y vilezas con los que yo no podría ni soñar. ¿No acuerdas acaso de ese chicuelo estúpido al que nos ayudaste a asaltar? Yo te dije que esos muchachitos son muy apreciados en ciertos círculos…Y el señor Vitelli es de lo que pertenecen a esos círculos…

— ¿Acaso quieres decir que…?

—Digamos que el señor Vitelli y sus amigos son algo así como los Guilles de Rais de la presente generación…

— ¿Guilles de Rais…?

—Supuestamente pertenecen a una sociedad de ocultistas con siglos de antigüedad… ¡Bah! Para mí que no son más que un montón de degenerados con preferencia por la sangre joven…Pero tienen mucho dinero, y están más que dispuestos a pagar generosamente a quien sepa satisfacer sus peculiares aficiones…

— ¡Eso es monstruoso, Albéri! ¡Es lo más repulsivo que yo haya escuchado en mi vida! ¡De ninguna manera pienso ser cómplice en algo como…!

Antes de que el cochero pudiese completar la frase, el filo del cuchillo que Albéri traía consigo se encontraba posado sobre su garganta.

—Creo que estás un poquitín confundido, mi querido amigo…Si fueras prescindible para esta operación, desde luego que prescindiríamos de ti…Y ahorita mismo, estarías pudriéndote en la cárcel. Querido cochero, tú tienes un don maravilloso, el cual sería mejor que no lo malgastes. Y te advierto que si me haces perder la paciencia, yo mismo me encargaré de degollarte como a un cerdo…

—De qué… ¿De qué don me hablas…?—cuestionó temerosamente el cochero, una vez Albéri hubo quitado el cuchillo de su tráquea.

—El don de parecer un sujeto completamente inofensivo, desde luego…—sentenció el aludido, encogiéndose de hombros—. Por lo menos cuando estás lúcido, y no hecho un desastre como el día de hoy. A todos los imbéciles que logramos atrapar estas últimas noches con el truco del carruaje los convenció plenamente tu actuación de señor bondadoso y confiable. Es como si hubiese algo en ti que en seguida transmitiese un aura de gentil tranquilidad que te hace ganarte en seguida a las personas. Un aura de un completo santurrón que logra hacer que el más avispado baje la guardia…A veces quisiera saber cómo es que lo haces, cochero. ¿Cómo eres capaz de sonreír de manera semejante a un figurín aún después de que los niños te lanzan bolas de nieve? ¿Cómo eres capaz de mostrarte tan calmado aún después de que la gente se burle de ti en tu cara? ¿Será que has asumido plenamente tu condición de hazmerreír de la ciudad?

El cochero no respondió ante esas palabras, sino que apartó la mirada, sin despegar la vista del suelo.

—Nadie que te viera, podría creer alguna vez que estás metido en cosas tan terribles…Y por primera vez yo tengo entre mis cómplices a alguien capaz de estar por encima de toda sospecha, un don más que apreciable entre todo ladrón que se precie de serlo. En cierta manera, tú mismo eres como una mina de oro para mí, y no pienso renunciar a esa mina tan fácilmente mi amigo…Antes que dejarte que ir tan fácilmente, yo tendría que matarte…

En seguida Albéri acercó la punta de su cuchillo al vientre del cochero, que había quedado expuesto en esos momentos mientras se desvestía.

El cochero palideció de terror, pero aun así su rostro permaneció en calma, aunque todavía seguía in atreverse a alzar la mirada.

— ¿No me respondes nada…? Bueno, se ve que eres una persona apocada. Y mientras te mantengas de mi parte, te colmaré de numerosos beneficios. ¡Sólo haz lo que te digo, y te mantendrás libre de problemas!

En cuanto el cochero se hubo desnudado por completo, Albéri le llevo hasta otra habitación, adornada con espejos, sitio en donde se encontraba una bañera de mármol llena con agua caliente.

El vapor opacaba los espejos, de manera que al pasar ante ellos el cochero se sentía como una especie de espectro deforme, una suerte de demoniaca aparición.

—Tómate tu tiempo en quitarte la peste de encima, cocherito…En cuanto hayas terminado, me encargaré de traerte un atuendo más propicio—le dijo el rufián, cerrando tras de sí una puerta adornada con querubines dorados.

Bajo su mirada, el cochero sentía que dichas figuras eran capaces de ver dentro de su alma, descubriendo toda la ruindad y resentimiento que escondía tras de sí.

Pero ni siquiera había tenido el valor para enfrentarse a Albéri, por mucho que lo despreciase. Por mucho que hubiese querido matarlo con sus propias manos.

En toda su vida, jamás había sido capaz de enfrentar a quienes le habían sometido, apenas consiguiendo descargar su ira contra un burro famélico y moribundo, que no era capaz de resistirse.

Y ahora, arrastrado por la fuerza del destino, había terminado en garras de la peor escoria que un hombre pudiese concebir, gente capaz de negociar con vidas inocentes como si no fuesen nada más que fichas para jugar: El mismo era un peón más en aquel juego terrible y demoníaco, un títere movido con hilos tejidos desde el infierno, de los cuales ya no era más capaz de desprenderse.

— ¡Maldición! ¡Maldita sea! —exclamó, asestándole un puñetazo a una de las paredes, cayendo luego de rodillas junto a la bañera, dejando luego escapar un sollozo lastimero.