Viviendo en el Observatorio
Tardé poco tiempo en darme cuenta de que ya no estaba en mi mundo, y de hecho al principio creía que estaba en el cielo - tenía sentido, con todos esos ángeles revoloteando a mi alrededor, con las memorias que me fueron llegando acerca de mi muerte.
Sin embargo ya de aquellas no pensaba que concordase con mi reducido tamaño, ni con la falta de los varios seres queridos que debieron haberme recibido - qué sentido tenía el cielo si no lo compartía con ellos, digo yo.
Según pasó el tiempo -creo que fueron meses, pero de cualquier forma me parecieron interminables- más me daba cuenta de que no había nadie de aquellos que deseaba ver, de que unos cuantos de los allí presentes estaban un poco idos de la cabeza y de que yo era, aparentemente, una anomalía para ellos, y una bastante incómoda por lo general.
Siempre había tenido paciencia, sobre todo con extraños, pero llegó un punto en el que dije, "hasta aquí", y decidí ignorarles. Muchos de ellos eran demasiado pesados como para aguantarles cada día de todas formas, especialmente cuando se dedicaban a preguntar cosas que no eran de su incumbencia.
Aún así, no fue hasta que coincidí por primera vez con Vetustel, que me di cuenta de dónde exactamente me encontraba.
Dragon Quest IX: Centinelas del Firmamento había sido el juego de mi adolescencia. Amé sus gráficos, su historia, hasta el punto en que borré mis partidas y lo volví a jugar múltiples veces.
Ver a Vetustel fue lo que me hizo preguntarme si de verdad me encontraba donde creía que estaba. Salir a las terrazas del Observatorio fue lo que me lo confirmó; hay cosas que simplemente no podían ser mentira -aunque podría haber sido un decorado muy elaborado, o una detallada imaginación mía en caso de que me encontrase en coma en algún hospital; dudoso pero posible. Quién sabe-.
Cuando por fin procesé la verdad se me cayó el mundo encima.
No había garantías de que fuese a ser yo quien cayera al Protectorado, sin alas ni halo, y viviese esas aventuras que tanto me habían gustado cuando las jugaba a través de mi Nintendo. Tampoco las había de que no fuese a ser uno de esos ángeles que cayeron y fueron atrapados por el Imperio de König, torturados hasta que el 'jugador' les liberase.
Recuerdo apretar tanto mis puños que casi me hice sangre en la palma de mis manos por causa de mis uñas.
Una parte de mi -una gran parte de mi- no quería tener nada que ver con semejante lío; sería arduo, doloroso y sacrificado, ninguna cosas que me interesasen, sinceramente.
Pero no tenía sentido que yo estuviese allí, en aquel entonces, si no era para desempeñar aquel papel. Muchos de los ángeles eran, en mi honesta opinión, unos creídos arrogantes en lo que a humanos se refería; no tenía confianza de que pudieran llevar a cabo la mitad de lo que se requería. Tampoco es que la tuviese en mi misma, pero por lo menos sabía qué hacer.
Trabajé como si no hubiera un mañana - y en cierto modo no lo habría para mi, hasta que lo que constituía el modo historia no hubiese finalizado. Así que fortalecí mi cuerpo, sabiendo que no podría contar con mis alas, determinada a ser el ángel que cayera. Traté de aprender sobre el Protectorado y sus humanos, aunque muchos de los escritos de la Biblioteca eran parciales o directamente estúpidos. Aprendí a luchar con una espada seriamente, no a balancearla porque sí como cuando participaba en Torneos de Soft-Combat; actividad que yo nunca había tomado en el pasado más que por capricho, falta de toda la dedicación que había visto en otras personas.
Milagrosamente, Engel me tomó como su Aprendiz, eligiéndome a mi antes de que yo tuviese la oportunidad de encontrarle y rogar por dicha posición.
Engel ha sido un instructor estricto pero justo en el tiempo que hemos compartido, animándome al mismo tiempo que centrándome en lo importante, incluso en el día de hoy, cuando por fin tomo Salto del Ángel bajo mi cuidado.
Como llevo bajando aquí para practicar las enseñanzas de Engel desde hace ya calculo que un par de años, ya hace tiempo que veo caras conocidas. La de Sada, por ejemplo. Creo que es varios años más joven que yo, y de momento su pelo azul violáceo es más largo de lo que lo era en el juego.
Es una niña amable y muy responsable, que ayudaba a su padre en cuanto podía con la posada y ahora a su abuelo, y es también amiga de la infancia de Sanfrán y Cisco, que aparentemente son un año menor y mayor que ella, respectivamente. Suele seguirles también Frida, la hermanita pequeña de Sanfrán, de tres o cuatro años.
Ya me percaté en su momento, corriendo por el Observatorio, de que era más grande de lo que el juego había mostrado. Lo mismo pasaba en Salto del Ángel; recuerdo sorprenderme por su tamaño la primera vez que lo vi volando desde el Observatorio.
Recuerdo también asombrarme por lo agotador que podía ser regresar a la fortaleza del cielo - irónicamente tiene sentido; me guste o no estas alas forman parte de mi cuerpo, son parte de mis músculos, y pueden también sentir agujetas. La primera vez que ascendí hasta el Observatorio pasé varios días incapaz de moverlas por el dolor.
ooo
Desde que tomé conciencia en el Observatorio no he sabido cuánto tiempo ha pasado más que aproximadamente. Los ángeles no se rigen por un horario, ni tienen necesidad de contabilizar el tiempo. Podría decirse que nos regimos por los humanos para saber cuánto tiempo pasa.
No es sorpresa ya que no sepa cuánto tiempo ha pasado exactamente desde que tomé a mi cargo Salto del Ángel, pues mis días son una amalgama de pequeñas tareas y cuidados para las personas que protejo, y el hecho más decisivo para mi de momento -la muerte de Pos- sucedió cuando todavía era la Aprendiz de Engel.
Sabiendo que nada cambiará hasta que nazcan los yggos, me esfuerzo por generar y recoger tanta benevolesencia como me es posible, recibiendo por ello las alabanzas de varios de mis congéneres, el reconocimiento de mi maestro.
Como Celestial que soy físicamente, no necesito comer o dormir en verdad, aunque me ayuden a recobrarme más rápidamente las veces que algún monstruo me hiere de gravedad. Por ello voy alargando cada vez más mis estancias aquí en el Protectorado, prefiriendo llevar un montón de benevolesencia de una vez que poquito de muchas.
De vez en cuando Engel viene a visitarme entre medias de sus rondas por el Protectorado. Es agradable, la relación de respeto y cierto cariño que hemos establecido entre nosotros una vez dejamos atrás nuestros papeles como alumna y maestro. Si bien es un lazo que no va a romperse fácilmente, ahora nos tratamos como iguales.
Últimamente, cuanto más se le marcan sus ojeras más quiero simplemente decirle dónde se encuentra Luzbel, aunque no puedo. No me importará decírselo a Serena cuando la vea; ella es un fantasma, y lo más que sabrá de mi es que soy una Celestial caída de la misma forma que Luzbel tiempo atrás.
Esta es una de esas noches en que Engel ha venido a visitarme; en silencio observamos al Expreso Celestial, que se ha vuelto mucho más activo últimamente, antes de decidir subir al Observatorio juntos.
Doy gracias cuando vuelvo a posar mis pies sobre la fortaleza; hoy estoy agotada mentalmente, me duelen las alas y hasta el halo me pesa sobre la cabeza. Tras despedirme de Engel y reprimir un bostezo comienzo la subida hacia Yggdrasil, maldiciendo internamente los cientos de escalones que se interponen entre mi y el Gran Árbol del Mundo.
Una vez llego a la cima, arrastrando los pies mientras sujeto lánguidamente mi valiosa carga, me encuentro con mi maestro y Vetustel, congregados frente al árbol, y por un segundo me pregunto qué hacen aquí, ahora, en el preciso momento en que no tengo paciencia suficiente como para tratar con ellos, queriendo entregar la benevolesencia y largarme a dormir.
Habría hecho exactamente eso, mas una vez mi carga termina de nutrir a Yggdrasil contemplo como los yggos se forman, maravillada, justo antes de recordar lo que esto significa. Admiro perpleja al Expreso Celestial en su vuelo hacia nosotros, centelleando de manera gloriosa, moviéndose grácilmente por el estrellado cielo de la noche, deteniéndose sobre los raíles soportados por las largas columnas alrededor de Yggdrasil. Por un segundo todo está en silencio, maravillándonos todos los Celestiales que hemos salido esta noche ante esta sobrecogedora visión que es repentinamente quebrada por intensos haces de luz de un morado rojizo e hiriente.
La fortaleza se tambalea, el Expreso Celestial cae sin freno y la fuerza del ataque levanta un viento furioso que me arrastra consigo sin importar con cuanta fuerza trate de agarrarme a las raíces del árbol.
Cuando tomé conciencia de donde estaba, sabía que esto sería el origen de mi aventura.
Pero ahora que ha empezado, estoy aterrorizada. ¡Yo no soy un ángel! ¡No soy inmortal, y voy a pegarme la caída de mi vida! ¡Me voy a matar! ¡No quiero caerme!
Mis esfuerzos son en vano, y se me escapa la primera lágrima de terror cuando ni siquiera Engel es capaz de alcanzar a sujetarme a tiempo.
El halo es lo primero que pierdo, separado de mi sin trauma alguno por la enorme velocidad a la que estoy cayendo. Pero lo que en el videojuego no llegabas a saber era cuánto duele el perder las alas.
Una a una mis preciadas plumas se me arrancan por la fuerza del terrible viento, dejando heridas abiertas en mi espalda que sangran mientras caigo, entremezclándose el rojo líquido con mis saladas lágrimas, las cuales caen ahora tanto por el dolor como el miedo.
Más de la mitad de las plumas que componían mis alas se han volado por su cuenta cuando trato de dirigir mi caída hacia Salto del Ángel. Allí por lo menos conozco a las personas, y sé que aunque solo sean Sada y su abuelo, tendré a alguien que me ayude a recuperarme.
Mi última pluma se separa de mi espalda cayendo ya por la cascada que da al pueblo, y en un arranque de -deseo, nostalgia, desesperación- algo extiendo mi mano y la agarro con fuerza antes de catapultarme al agua. Sigo viva, pero entonces me golpeo contra el lecho de roca del fondo.
