EL EXPRESO CELESTIAL VOLVERÁ A VOLAR!

Cuando recobro la conciencia el sol parece brillar alto en el cielo. Me arde la espalda, sobre todo en el lugar en que mis alas habían estado unidas a mi cuerpo, y a mayores me duele todo el cuerpo.

El olor a comida haciéndose invade el lugar en que me encuentro, mientras que poco a poco trato de levantarme. El tacto de las ropas que tengo puestas difiere del de mi uniforme, que está limpio y doblado sobre una mesa cercana.

Al intentar dar un paso por mi cuenta mis piernas se niegan a sostenerme y me golpeo contra el suelo, cerrando los ojos asustada mientras trato de mantenerme en pie. Noto los temblores de mi cuerpo; estoy segura de que mi anterior caída libre me está pasando factura ahora.

El estruendo alerta a quien estuviera cocinando, y en poco tiempo alguien -Sada- llega en el momento justo para ver cómo me incorporo ayudándome de la mesa.

"Estás despierta" exclama ella, sonriendo amablemente a la vez que viene a ayudarme. Se presenta antes de devolverme a la cama, instándome a descansar un poco más y comentando que enseguida me subirá un plato caliente. Me cuenta que me encontraron hace unos días, inconsciente; alabada sea Nordlys por el hecho de que me he recuperado.

Admite haberme desvestido y limpiado mis ropas, lo que le agradezco, y me habla también un poco de Salto del Ángel.

Sada es una jovencita muy dulce y buena. Bondadosa, compasiva, atenta; dedicada a cuidar de mi y las heridas que me quedan, descubro en los pasados días. Lo hace además con una delicadeza que no he sentido en años; si bien los Celestiales son pacíficos, su ternura proviene de un sentido del deber más que de verdadero y sentido cariño.

En definitiva, es una muchacha encantadora. A sus quince veranos lleva ella sola la posada de Pos, y ya antes había visto el magnífico desempeño que tiene, y cuán satisfechos se marchan sus clientes. Ahora que yo disfruto el mismo trato, no puedo encontrar motivo alguno por el que quejarme.

Su abuelo, Randal, es un callado anciano que trata de atender el huerto frente a su casa con la mayor diligencia posible pese a sus muchos dolores de espalda; en cuanto mis heridas me permitieron moverme empecé a colaborar con el huerto y las tareas de la casa.

Eso ayuda también a que el resto de los del pueblo me miren con mejores ojos, pese a que soy una extraña caída del cielo.

Hasta Sanfrán me tolera mejor cuando me ve atareada.

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Calculo que habrá pasado más de una semana desde que llegué a Salto del Ángel. La falta de visitantes ha empezado a preocupar a Sada, dado que los ingresos de los que viven ella y su abuelo provienen de la posada; si esto sigue así tendrá que empezar a trocar las pertenencias de su padre a falta de dinero.

Cuando Sanfrán viene a proponerme viajar hasta el Paso acepto al instante. Empiezo a tener la pesada sospecha de que, pese a que experimento esto como una vida normal, también hay ciertos puntos fijados del desarrollo que deben suceder.

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He de admitir que nuestro primer intento ha sido, cuanto menos, ruinoso. No ayudó el que Sanfrán sea un cabezota que no quiere seguir mis indicaciones; conozco este valle, habiéndolo sobrevolado infinidad de veces desde que empecé a aplicar las enseñanzas de Engel, y me he enfrentado a más monstruos que él, sé cómo reaccionan.

Sin embargo Sanfrán no me escucha, prefiere actuar por su cuenta creyendo que con lanzarse a los monstruos gritando y agitando su espada sin ton ni son será capaz de abrirse camino. no parece darse cuenta de que el escándalo que monta atrae a más monstruos.

Para la cuarta vez que quiere intentar salir hoy le agarro del brazo, tirando fuertemente de él hasta posicionarlo detrás de Cisco. "Escúchame muy bien, porque no voy a repetirlo. No quiero que grites cuando estemos ahí fuera; si te digo que te quedes quieto, cierras el pico y obedeces. Tu estupidez nos está retrasando, lo que hace que dude de tu seriedad para con esta empresa".

Me irrita su actitud, sobre todo cuando recuerdo que Petricia estará en alguna parte del Hexágono, sola y atrapada, sin comida ni agua, mientras que él aquí parece que se tome la situación a broma.

Puede ser que esté muy estresada, no lo niego, pero me guste o no, esta apenas sí es la primera parte del camino. No puedo simplemente ser derrotada aquí.

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Lo que antes apenas constituía una jornada de camino para ir y volver entre el Paso y Salto del Ángel se alargó a causa de los monstruos hasta volverse un paseo de día y medio a la ida, y ni siquiera hemos comenzado aún el regreso.

Ese tiempo me ha ayudado a fortalecerme; si bien no cuento con un sistema de jugador, mi conocimiento previo del juego y mi propia intuición son capaces de indicarme la mejor forma de mejorar; anoche conjuré minihelada por fin sin percances y me siento incluso más cómoda que antes manejando mi espada.

Volviendo al presente, me encuentro admirando al Expreso Celestial en toda su divina gloria, rodeado por el frondoso bosquecillo que precede al Paso de las montañas.

Sanfrán me adelanta despreocupado mientras yo investigo por el otro lado; quiero comprobar si existirá aquel cofre del tesoro que había por aquí según el videojuego.

Encuentro el pequeño estanque, y concluyo que será un buen lugar para que Sanfrán y yo acampemos esta noche. La idea de regresar inmediatamente sería cuanto menos arriesgada; gracias a este cuerpo celestial disfruto de muchas ventajas -no necesito comer o dormir, mi cuerpo es resistente y se recupera fácilmente de sus heridas- entre las cuales se encuentra la visión nocturna, pero eso no sería justo ni seguro para Sanfrán.

Antes de volver a reunirme con él ya puedo sentir leves golpes sordos que asumo provienen de las obras llevadas al otro lado del derrumbamiento para despejar el Paso.

Llego justo a tiempo para pírles mencionar que se dice que Petricia se dirigía a Salto del Ángel cruzando las ruinas del Hexágono, e inconscientemente aprieto los puños antes de percatarme de la fuerza con que lo estoy haciendo y relajar mi cuerpo conscientemente.

Al igual que ayer me encargo de la primera guardia, tratando de calcular cuánto tiempo tengo hasta que Petricia se quede sin provisiones; aparentemente salió de Pedranía cuatro días atrás con comida para tres en caso de que no fuese a racionarla. Según mis estimaciones dispongo de aproximadamente una semana antes de que la falta de agua se vuelva peligrosa.

Cuanto antes encuentre el Hexágono, mejor.

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Los pasados días he adquirido cuantas plantas medicinales he podido, me he equipado tan bien como puedo aquí y a mayores el cura del pueblo me ha procurado un par de botellas de agua bendita; serán necesarias para nuestro regreso.

Al igual que en el Paso, las ruinas no poseen llamativos cofres, pero aún así están colmadas de otros tipos de tesoros. Es verdad que no puedo simplemente llevarme un trozo de mosaico, pero eso no quita que sea valioso, culturalmente hablando. Incluso si no me ayuda demasiado en mi empresa contra el Hexatauro.

Dragoestocada y minicuración también están a mi disposición (sinceramente; no querría enfrentarme al primer jefe sin ellos de mi parte), junto con una rama alargada y robusta que emplearé de palanca para rescatar a la posadera.

Respiro hondo antes de abrir la puerta tras la que intuyo se encontrará Petricia, y no he terminado de subir los escalones cuando diviso su pelo azul oscuro y sus coloridos ropajes. Una de sus piernas está atrapada bajo una roca tan ancha como tres personas de mi tamaño.

Apenas termino de liberarla cuando el eco de unos pasos pesados y fuertes retumba en las paredes. Petricia no puede ponerse en pie por su cuenta, aún con la improvisada palanca que está doblando también como su bastón.

No sé por dónde vendrá el bicharraco, pero dudo que sea lento, incluso si le es complicado moverse por aquí, así que agarro a Petricia, conduciéndola en dirección a la puerta al fondo de la escalera. No es fácil, pero la desesperación nos da fuerzas; a ella para avanzar sobre esa pierna, a mi para cargar la mayor parte de su peso.

Nuestra retirada resulta ser estratégica por pura chiripa; el Hexatauro arremete en nuestra dirección una vez hemos cruzado el portal. no ha derribado los tabiques, pese al breve seísmo que ha ocasionado, así que ya de entrada la bestia se ha dado un buen porrazo.

Le lanzo varias miniheladas en ráfaga, concentrando las esquirlas de hielo sobre sus ojos, lomo y patas. Intentar apuñalarle con mi espada resulta imposible, su coraza impenetrable para mi, así que le lanzo otra minihelada antes de prepararme para atacarle con una dragoestocada.

Apunto a lo que creo que puede ser su estómago; el olor a carne quemada y la sangre que me salpica me sorprenden; el bicho pega un trompicón con toda su mala baba, agrietando el techo sobre nuestras cabezas. Cae un poco de gravilla.

Automáticamente someto Petricia a una minicuración, seguida por minihelada y dragoestocada al Hexatauro tan rápido como puedo.

Conjurar tantas veces seguidas me agota; dudo que esté sujeta a un sistema como el de PM, y no sé si funcionará, pero muerdo una planta medicinal y comienzo a mascarla. No noto que me restaure ningún PM o PV, pero sí que me refresca y calma el estrés al que tenía sometidos mis músculos.

Antes de que la bestia decida seguir mi ejemplo continúo atacándola. En algún momento uno de sus curvos cuernos me araña -creo- el brazo, pero en el fragor del momento no reparo en ello.

En un momento de genialidad y pura suerte le empalo el pecho, quizás incluso en la zona en que se encuentran su corazón o algún órgano importante, gracias a haber cubierto mi espada con minihelada, antes de conjurar una última dragoestocada con toda la fuerza que me queda. Juzgando por el olor, debo haber abrasado sus entrañas.

Me hace pensar en una barbacoa.

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Regresar a Salto del Ángel no es tarea sencilla; la herida de Petricia dificulta nuestro avance, pese a que la desinfecté y vendé una vez salimos de las ruinas.

Doy gracias por tener agua bendita; ese líquido repele a los monstruos, que pese a vernos no quieren acercarse a nosotras.

Además, una vez estamos dentro del pueblo, entre convencer a Sada para que acompañe a Petricia para trabajar en Pedranía y contactar a un peletero, se me pasa el tiempo.

En lo más profundo de las ruinas se encuentra el Hexatauro, congelado para su preservación por una servidora; ya que aquí no hay cofres del tesoro convencionales tendré que hacerme con mis recompensas a la antigua usanza.

Un día después de rescatar a Petricia escolto al señor Tino, único peletero del pueblo, a través del valle y mientras nos adentramos en las ruinas, y comienzo a seguir sus instrucciones.

Primero separamos la piel, extendiéndola por el suelo para que se seque. Normalmente se habría necesitado al menos un día al sol, pero el interior de las ruinas es fresco y seco en lugar de húmedo, y dragoestocada es también una gran ayuda para acortar esa parte del proceso.

Estacamos la piel juntos, y procedo a desinfectarla mediante el uso liberal de minihelada antes de maravillarme ante la maña del señor Tino mientras descarna y curte la piel. Pese a que he acortado el proceso con los conjuros todavía tardamos unos cuantos días en completar el trabajo; y eso sin contar con el hecho de que aún no hemos confeccionado bolsa, vestimenta o armadura del producto obtenido.

De la piel de animal mágico el señor Tino me ayuda a darle forma a una mochila. Intenté diseñarla lo más parecida posible a esas que llevaba cuando iba de acampada una vida atrás, y aunque el resultado podría ser mejor, tampoco está tan mal en mi opinión. A modo de recompensa por su trabajo el señor ha tomado una parte de la carne -conservada en salazón- y piel suficiente para hacerse un chaleco.

En cambio Petricia ha pasado estos días descansando en la posada de Sada, siendo visitada por la hermana Montse -ella es lo más similar que Salto del Ángel tiene a un médico; Engel y yo nos asegurábamos de que su reserva de hierbas medicinales siempre estuviera a punto- para vigilar el estado de su pierna.

La habían tratado de la mejor forma que podían, pero a partir de entonces Petricia caminaría con una leve cojera por el resto de sus días. En estas condiciones, ella podía considerarse afortunada porque no se le hubiese infectado.

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Con mi ayuda encontrando el Posadín de Pos, Petricia convenció a Sada de que viajase a Pedranía con ella una media semana antes de que terminásemos de tratar al Hexatauro el señor Tino y yo.

En su momento decidí tomármelo con filosofía: si quiero superar esta gran prueba que se me presenta, debo recorrer el camino paso a paso. No tiene sentido que me apresure si carezco de la habilidad para enfrentarme a mis desafíos.

No solo eso, las alcancé a poco menos de un día de distancia de Pedranía una vez me puse en camino acompañada por Estela; no solo está el camino plagado de monstruos, sino que la cojera de Petricia las retrasa notablemente, incluso bañadas en agua bendita.

Doy gracias por toparnos con ellas, ya que es una razón -una excusa- para que Estela deje de cotorrear. Es una hadita muy guapa, y sé que tiene mejor corazón del que aparenta, pero no tengo tanta paciencia cuando se trata de relaciones interpersonales. No desde que decidí que prefería estar sola a tener amigos entre los ángeles. Debería intentar mejorar, lo sé; nos espera un viaje juntas muy largo, además de toda la gente nueva con la que deberé tratar.

Tal dirección en mis pensamientos no dura mucho; Pedranía se alza imponente, mucho más fácil de reconocer según nos acercamos a la ciudad, y aunque no es tan impresionante como el Observatorio, le hace honor a la construcción de los humanos. Sobre todo cuando recuerdo que aquí no existe toda esa avanzada maquinaria cuyos nombres desconozco.

Pasa del medio día cuando, sudorosas bajo el sol de estío, nos conceden entrada los guardias del Ejército del Rey Pelente.

Antes de pensar en abrir la posada, petricia y Sada deben hablar con los otros trabajadores de allí, aunque sí acceden a guardarme la mochila mientras publicito su pronta reapertura y visito la ciudad.

Gracias a los muros de piedra hace fresco a la sombra, y el suelo empedrado contribuye a darle un aspecto más noble al lugar en comparación con el pueblecito del que venimos. Sin embargo la tensión se nota en el ambiente; no necesito leer el cartel del centro de la ciudad para percibir el miedo que sienten los habitantes de Pedranía, la ausencia de niños en las calles.

Estela y yo cruzamos una mirada; es obvio que esta ciudad necesita ayuda para resolver el asunto con el Caballero Oscuro, y nadie mejor que nosotras para ese deber.

Los días pasan. Yo entreno diligentemente, cumpliendo pequeñas misiones para poder pagar las mejoras en mi equipamiento al tiempo que me fortalezco, y es así como conozco a Nuria.

Es más bajita que yo, de piel más oscura, cabellos grisáceos y algo de entrenamiento como sacerdotisa. Me cae de entrada mejor que otros aventureros que me ha querido presentar Petricia; es seria, pero no arrogante, y tiene una gentileza para con los niños que he de admitir me gana por la manga con respecto a otros posibles compañeros. Además ella también es una viajera. Según me cuenta, llegó aquí poco antes del terremoto, habiendo visitado Catacumba por el camino, y se quedó varada cuando el Rey Pelente cerró la aduana y el puerto, impidiéndole regresar. Después de todo, el rey prefiere no darle más opciones de escape al Caballero Oscuro.

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Hay sistemas del juego, como las misiones, que se encuentran centralizados en comparación. Aparte de la encomendada por el rey en el cartel central, ya que ningún aventurero de aquí la quiere, todas las demás -las que tienen que ver con monstruos, o con salir de la ciudad- se organizan en el Reposo del Misionero, mientras que las más domésticas llegan a través de la Iglesia.

Para mi mejor, en verdad; me moriría de la vergüenza si tuviese que entrar en cada casa y hablar con todo el mundo para encontrar misiones que realizar mientras entreno. Después de todo, mi sustento proviene a día de hoy de dichas misiones.

Petricia es quien se encarga de gestionarlas en la posada -tiene sentido, ya que conoce a un montón de gente y le es más fácil saber quién podrá completar una misión con menor dificultad-. Sada por su parte sabe cómo dirigir la posada y sus trabajadores, animándoles cuando es necesario y mostrando mano firme también. Como es tan jovencita y estaba acostumbrada a hacerlo todo sola al principio tenía dificultad en comunicarse con los otros -en pedirles ayuda, en decirles lo que deberían hacer- pero Petricia pronto puso fin a eso.

A mayores también he dedicado varios días a recorrer la pradera, no solo para fortalecerme, sino para conocer el tipo de plantas que crece por la zona -puñesetas, entre otras- y empezar a hacer una reserva de plantas secas. Me serán muy útiles en el futuro, cuando quiera alquimizar otras medicinas.

Necesitamos prepararnos bien antes de retar al Caballero en combate y avanzar al siguiente nivel.

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Nuria y yo no compartimos juntas todos nuestros días; de vez en cuando necesito silencio y estar a mi aire. Poco a poco Estela va respetando eso, lo cual le agradezco, incluso si me sigue a todas partes.

Así que hoy me he cargado mi mochila a la espalda, me he despedido de Nuria y he comenzado mi camino hacia el Hexágono desde Pedranía, para comprobar la existencia de algún posible tesoro.

El paseo es agradable, salpicado de vez en cuando con ataques de monstruos. Hace calor también, y agradezco encontrar el monte en que se encuentra la entrada ya que posee árboles a lo largo del camino. Me apoyo sobre uno un rato antes de iniciar el ascenso. Mientras subo el sol declina notablemente; alcanzo la cima a tiempo de disfrutar de la puesta definitiva y la aparición de las primeras estrellitas.

Me pregunto cómo estarán en el Observatorio.

Sé que habrá varios que también hayan caído al Protectorado, sin halo pero con alas, reconocibles para el Imperio. Y creo recordar que en el juego dijeron que bajaron a buscarles sin éxito. La verdadera pregunta entonces es si por alguna casualidad no podría yo coincidir con alguno de esos buscadores.

Es verdad que acorté mi nombre en Salto del Ángel -preferí no tentar a la suerte clamando mi nombre completo, así que los humanos me conocen simplemente como Lys- así que, aún en el caso de que fuesen a escuchar rumores no encontrarían mi nombre, pero espero que esa no sea toda la razón para que no me encuentren. Me gustaría pensar que volverán a los pueblos y ciudades para seguir cuidando de los mortales. Que quizás me encuentren mientras sigo aquí.

Quiero abandonar esos pensamientos mientras accedo al interior del Hexágono, pero no es fácil. Investigo el lugar en silencio; no parece que haya monstruos por aquí, por lo que me decido a pasar la noche y regresar por la mañana. No tengo prisa de momento y será un buen lugar para meditar. Tranquilo, alejado de humanos, monstruos y ruidos innecesarios; la meditación me es necesaria para vislumbrar el camino hacia otros conjuros y habilidades. Es meditando que decido comportarme como un buhonero, llevando noticias de un lugar para otro, repartiendo misivas. Así de entrada no se me ocurre algo que pudiese vender, y aunque me gusta cantar no podría acompañarme de ningún instrumento -y eso sin contar que a mi la composición de canciones no creo que se me dé-, pero no estaría de más probar, por lo menos. Se supone que soy una juglaresa, de todos modos.

Cuando empieza a amanecer inicio el camino de vuelta a Pedranía; me siento con ánimos de enfrentarme al Caballero, así que no hay mejor momento para que Nuria y yo decidamos nuestra estrategia.

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El combate contra el Caballero ha acabado siendo más breve de lo esperado, gracias a los comentarios que realiza Estela según él va hablando.

Aún así, afortunadamente Nuria y yo hemos mejorado en nuestra coordinación, y cubrirnos las espaldas mutuamente nos es más natural que el principio de conocernos.

Enfrentarnos al Caballero, pese a algunas complicaciones y varios golpes recibidos, simplemente ha servido para mostrarnos cuánto hemos mejorado- Estoy convencida de que podríamos haberlo derrotado juntas en verdad.

Eso no quita que le estoy agradecida a Estela por pararle los pies en seco; eso significa que Nuria y yo seremos capaces de volver a la ciudad por nuestro propio pie, en lugar de gastar un ala de quimera o botellas de agua bendita para evitar a los monstruos en el camino de vuelta.

Le comunicamos al Rey Pelente las nuevas del Caballero tan pronto como podemos, y el monarca hace honor al nombre que le dieron; es un hombre desconfiado y repelente que no quiere creer nuestras palabras de buena fe -por una parte normal, ya que piensa que quiere secuestrar a su hija- y se niega a darnos recompensa de algún tipo hasta que no demos pruebas de su muerte.

Por fortuna la Princesa Aldonza recuerda el nombre de Hado, y nos da las direcciones para llegar hasta Zere, donde ahora vive la niñera cuya canción de cuna mencionaba al Reino de Hado.

Tras hablarlo un poco Nuria decide acompañarme hasta Zere, dado que no tiene nada mejor que hacer. Caminamos por algo más de una semana, creo, hasta que divisamos el pueblecito vallado.

Es un lugar rústico, donde los únicos suelos de piedra se ponen en los dormitorios y la Iglesia, cuyo suelo son tablones de madera cubiertos por una alfombra. En el resto del lugar una pisa sobre tierra.

Es un pueblo de ganaderos, sus vacas proveen de leche y quesos al resto de nuestro reino, el cual comprende Salto del Ángel, Catacumba y Pedranía a mayores de Zere, y junto a Catacumba es principal exportador de madera.

Tiene pocos niños, su población es mayoritariamente de adultos y ancianos, dado que muchos jóvenes prefieren marchar a las ciudades en vez de cuidar de los animales o deforestar cuidadosamente los bosques alrededor. Afortunadamente recibe bastante turismo gracias al enorme cerezo que se alza sobre ellos, trayendo trabajo para la posada. Ahora mismo no está en flor, su temporada ha terminado recientemente, pero su aspecto es imponente y magnífico incluso así.

Lo bueno de este pueblecito es que todos se conocen; una vez preguntamos por la mujer que trabajó en el castillo nos dicen su nombre, Alarica, y nos dirigen hacia la casa en que se encuentra ahora mismo.

No es difícil conseguir que ella y su amiga Leonarda nos canten la canción de cuna que mencionó la princesa, y con esta información decido regresar al castillo; sería más fácil si simplemente pudiese mandarle una carta a la princesa, pero lamentablemente aún no existe el servicio postal.

A Nuria le pido que me espere aquí; lo cierto es que podré avanzar mucho más terreno si no debo adaptarme a su paso. Después de todo, debería aprovechar este cuerpo celestial mientras lo tenga, y poder evitar las paradas para comer y dormir será de gran ayuda.

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Regreso a Zere unos días más tarde, y apenas he terminado de rezar frente a la descuidada estatua del ángel cuando oigo los cascos de un caballo. Se trata del Caballero Oscuro, que trata de preguntar a los lugareños mientras me acerco a él.

Intercambiamos palabras y saludos, antes de que le narre la canción y lo que dice -"Pájaro norte, hacia Hado"-. Tras darme las gracias se va al trote para seguir buscando su reino, y yo me encamino a la posada para preguntar por Nuria.

Mientras buscamos por los bosques nos topamos con el Caballero; por el momento buscamos los tres juntos, guardándonos las espaldas, pero cuando días más tarde lo encontramos el Caballero sale al galope, atemorizado.

El reino que buscábamos se encuentra desolado, invadido por monstruos, ruinoso. Puedo entender por qué se marcha desesperado, mientras llama a gritos por su amada Dulcimona.

Nuria y yo nos tomamos nuestro tiempo; no es plan de caernos por causa de algún derrumbe, y más nos vale prevenir que curar en sitios como este. Además, se nota que Hado debió haber sido precioso en su época; es más pequeño que Pedranía, pero debió ser una fortaleza formidable, considerando cuánto se conserva por encima del suelo. No solo eso, estoy convencida de que muchos de los destrozos son a consecuencia del terremoto que sacudió al Protectorado cuando Fafnir atacó al Observatorio.

Cuando logramos encontrar una entrada a las plantas inferiores tanto Nuria como yo nos maravillamos; ricos frescos adornan las paredes, un detallado cuadro a tamaño real existe del Caballero, y pese al tiempo y la suciedad la alfombra bajo nuestros pies es mullida.

No tardamos mucho en reencontrarnos con el Caballero; se encuentra en lo que debió haber sido la sala del trono, cerca de los aposentos reales, encarando a una bruja de voluptuoso cuerpo y brillantes ojos rojos.

Morag le maldice cuando el Caballero trata de atacarla, y después se vuelve hacia nosotras. Logro empujar a Nuria, recibiendo todo el peso del encantamiento de Morag, y me libero de este antes de que torne su mirada a Nuria.

A la bruja le preocupa, puedo verlo; se lanza a atacarme con desesperación antes incluso de dar completa voz a sus sospechas sobre mi.

Si bien Morag tiene horribles poderes en comparación con el Caballero, y muchas más movilidad e inteligencia que el Hexatauro, ahora mismo nos enfrenta sin estrategia; no es fácil, pero entre las dos logramos darle el golpe mortal que, con cierta lentitud, la expulsa del mundo de los vivos.

Justo a tiempo; la Princesa Aldonza camina ya por el salón mientras el Caballero Claro lamenta su tardío regreso a la patria donde le esperaba su amada dos siglos atrás.

Los dos guardias que la acompañaron, Nuria, Estela y yo somo los únicos testigos que presenciamos el vals nupcial que devuelve la paz al Caballero y le permite descansar. No hay música, pero es muy bonito de ver y reconozco que se me escapa una lágrima mientras les veo, pese a que trato de contenerla. Una vez termina Nuria se va acompañando a la princesa y los guardias reales; yo quiero quedarme un poco más, y dispongo también de alas de quimera para regresar sin percances.

Visito los aposentos reales, leyendo por encima los libros y cartas que se encuentran allí, aprendiendo un poquito más de la historia de este reino perdido.

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Cuando regreso a Pedranía la alegría y el alborozo inundan ya las calles; todos los que se encontraban en Hado esparcieron la noticia, que se ha extendido por la ciudad para cuando he vuelto.

El Rey Pelente nos concede audiencia a Nuria y a mi juntas, y procede también a darnos las gracias, entregarnos la recompensa e informarnos de que la aduana se encuentra abierta.

Estela y yo deberíamos ir al Expreso Celestial; dudo que vaya a despegar ya, pero por probar no pierdo nada. A Nuria le digo que voy a visitar Salto del Ángel, para dejarles saber que Sada está bien y trabajando de firme. En unos días, cuando haya descansado, Nuria quiere ir a Catacumba a despedirse de una amiga, y de ahí al puerto; yo le pido que me espere hasta que regrese para viajar juntas.

En verdad visito Salto del Ángel; ahora que Sada no está su abuelo se encuentra solo en esa casa tan grande que compartía con ella y su hijo. A mi no me cuesta mucho emplear un ala de quimera para visitarle de vez en cuando y darle una pequeña alegría, contándole qué es de su nieta para que no se preocupe.

El Expreso Celestial se sacude cuando entro en él, convenciendo a Estela de que su idea para hacerlo volar no iba muy desencaminada, y eso aviva mis pies mientras regreso a Pedranía para reencontrarme con Nuria.

Una vez nos reunimos planificamos el viaje hacia allí; es largo, de aproximadamente unas tres semanas en condiciones favorables, y eso sin contabilizar los posibles ataques, ahora que el número de criaturas hostiles en el Protectorado ha aumentado exponencialmente.

Dos carromatos de mercaderes ambulantes quieren viajar hasta Catacumba antes de dirigirse al puerto, y Nuria y yo, junto a otros aventureros, nos ofrecemos a escoltarles a cambio de comida caliente y mejores precios para adquirir el producto que venden. Será más lento pero más seguro.

Una vez en la aduana nos llegan las malas noticias: una enfermedad asola Catacumba, habiendo clamado ya a la gran mayoría del pueblo. Esto desanima a muchos en nuestra comitiva, que se preguntan si no sería mejor quedarse en Pedranía o viajar directamente hasta el puerto en lugar de visitar la ciudad.

Cuando antes dije que Nuria tenía cierta experiencia como sacerdotisa, no me refería a que lo fuera. Nuria viene de Las Chungueras, "un agujero de mala muerte infestado de ratas", en sus palabras. Yo tenía ya mis sospechas -Nuria es proficiente en el manejo de las garras-, pese a que no fuese un inconveniente para mi; los ladrones son de pies ligeros, hábiles con las armas y habituados a tratar heridas. Nuria ha sido además una compañera estupenda, y en el pasado mes -¿más o menos? No dispongo de un calendario para contabilizar el tiempo con exactitud- que hemos compartido he llegado a conocerla mejor.

Pese a haber nacido en una banda de ladrones -o quizás precisamente por ello- Nuria quiere ayudar a los pobres, tratar sus heridas sin pedirles nada a cambio, o en tal caso solo aquello que esté dentro de sus posibilidades. Perdió a varios parientes cuando crecía por las altas tarifas impuestas, y quiere evitar que eso ocurra tan a menudo.

Sabiendo eso, yo no puedo pedirle en buena conciencia que se quede conmigo en Catacumba, aunque sí admito cuando me pregunta que me quedaré en la ciudad para colaborar.

Mi compañera me mira a los ojos antes de suspirar. "De verdad, Lys", me dice exasperada. "Quiero ser sacerdotisa para tratar esta clase de situaciones; no voy a irme corriendo porque sí". Le preocupa además la chica que conoce de allí.

El ambiente de Catacumba no podría ser más desarraigado; un solo niño hay por las calles, y me pregunto si no habrá salido de casa sin decirle nada a nadie. Unos cuantos adultos pasean, manteniéndose separados de otros mientras toses les asaltan repentinamente.

A medio camino entre la aduana y Catacumba Nuria, Estela y yo nos separamos del grupo, ya que los demás decidieron ir al puerto. Bien por ellos, sinceramente. Bastante gente enferma hay ya.

Cuando llegamos a la ciudad nos presentamos ante el Alcalde Lirium Tremens, que nos explica la situación con más detalle y nos pide que preguntemos a su yerno, al cual no puede ni ver, si acaso ha encontrado alguna solución para esta peste que ya sacudió Catacumba en el pasado.

Es ya de noche, así que obviamente vamos a esperar hasta mañana -una no debe simplemente aparecer en casa de quien no conoce después de que se haya pasado la hora de la cena-; en la habitación de la posada que compartimos las tres intercambiamos gestos de hastío e incredulidad.

Con la ciudad en peligro, lo suyo era que este hombre se agarrara los machos e hiciese lo que tiene que hacer, no lloriquear porque su hija se haya ido de casa tras casarse, por mucho que aborrezca a su yerno. De verdad que hay cosas que una no se puede creer, pese a conocer la historia de antemano.

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Catarrina es una jovencita encantadora, coincidimos las tres, y aunque el Doctor Lupus es un tanto particular se nota que la quiere de verdad. Al menos a mis ojos; él la trata con una cierta ternura que no le demuestra a nadie más, incluso si a juzgar por su comportamiento este hombre nunca aprendió cómo interactuar con otra gente menos centrada en los libros.

Me parecen adorables, y se me parte el corazón de pensar que pueda perder a Catarrina tan súbitamente. Egoístamente quiero salvarle la vida; me gustaría por lo menos intentarlo.

Además, pese a ser austero y no importarle muchos las convenciones sociales, el Doctor es buena persona y bastante más agradable cuando descubre que otros pueden poseer intereses académicos también; deben de haber pasado un par de semanas cuando su investigación concluye que la enfermedad que corre rampante es una Pestilencia que en el pasado se selló, y para arreglar esto y sanar a los enfermos él debe ir a las ruinas de Cuarantumba y reparar el recipiente en que la Pestilencia estaba contenida.

La mención de las ruinas es lo que me lleva a mencionar el Hexágono y el caído reino de Hado, y cuánto me interesaron los conocimientos allí guardados. A raíz de esto repentinamente el Doctor me tolera mejor.

Una vez el alcalde ha sido informado de esto me entrega la llave de Cuarantumba. En el tiempo que ha pasado he mantenido el ojo atento con respecto a Catarrina; aunque trata de ocultarlo su tos ha empeorado y se encuentra más pálida que antes. Le pido a Nuria que se quede con ella, diciéndole que me preocupa; si está enferma, es la única que no tiene a nadie que la cuide. Una vez Nuria la observa atentamente decide quedarse atrás; yo ya la he tranquilizado con respecto a mi trabajo de guardaespaldas. Pan comido, entrar, sellar la vasija y salir.

Nadie mejor que yo para saber que esa es una mentira tremenda; esa jodida Pestilencia me mató innumerables veces cuando jugaba al Dragon Quest IX - pero tener la oportunidad de que Catarrina sobreviva a la enfermedad me parece algo por lo que vale la pena intentarlo.

Catarrina -cabezota muchacha que es- y Nuria se despiden de nosotros a la salida de la ciudad; el Doctor y yo planeamos nuestra ruta ayer, con liberales cantidades de agua bendita a nuestro servicio y alas de quimera para el regreso; bastante largo va a ser ya nuestro camino al templo, casi un mes sin que haya lluvias que nos ralenticen o monstruos que nos detengan.

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Si bien no es muy fuerte, el Doctor prefiere llevar las quejas por dentro. Además, según avanzamos su cuerpo se vuelve más resistente; cada día recorremos más distancia que el anterior.

Las provisiones no nos duran eternamente, y empezamos a depender de la caza y los frutos que encontramos por el terreno, y agua de lluvia para ir rellenando nuestras botas de agua o en su defecto savia de los árboles; lo malo de esta zona es que no hay ríos, pocos lagos cuando no están secos y como mucho el mar.

Nuestros días pasan silenciosos en su mayoría, la preocupación espoleando nuestros pies, volviéndonos más taciturnos. Estela vuela por encima de nosotros, informándome de qué monstruos hay cerca o de cuánto nos desviamos de nuestro rumbo.

Aún así llegamos al templo antes de lo previsto; por el camino hemos ido perdiendo pesos innecesarios, y alguna vez he llevado al Doctor a cuestas para evitar enfrentamientos; mi cuerpo, ya de por sí especial, se ha fortalecido hasta límites insospechados por mi. Natural, ya que se supone que soy Celestial, y muy útil pese a que me resulte extraño. Sobre todo ahora que de verdad vuelvo a tener un aspecto humano.

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La entrada a Cuarantumba es impresionante, pese a estar parcialmente destruida. En su interior moran monstruos, tal y como esperábamos, aunque ninguno tan cansino como las maldades patudas otoñales.

Es más difícil evitar a estos, dado que nos encontramos en un espacio cerrado, mientras buscamos el sistema de apertura de la cripta. Por fortuna de camino aquí hicimos una parada en la playa, donde encontramos una fuente natural de agua bendita con la que repusimos nuestras provisiones. Gracias a eso he podido dejar al Doctor junto a la inscripción, repeliendo a los monstruos, mientras recorro el templo. Tiene instrucciones muy claras de no moverse hasta que regrese, y a mayores Estela se ha quedado con él aunque no pueda verla ni sepa de ella.

Cuando nos reunimos otra vez agradezco el que me haya hecho caso, incluso si ahora meestá frunciendo el ceño intensamente.

Accedemos a la cripta en que se encuentra la vasija rota, y el Doctor empieza a repararla mientras va contando lo que hace; es entonces que la Pestilencia aparece: un monstruo rosa chicle y bien feo, con ojos enrojecidos que miran de forma maníaca.

Le ataco como puedo, distrayéndole mientras le esquivo; aunque trate de contagiarme con su peste es inútil. Eso no quiere decir que el malvado bicho cabrón no sea difícil de derrotar; es mucho más fuerte que cualquier otro enemigo hasta la fecha, incansable, y además está desesperado porque no le vuelvan a encerrar. Me arrepiento de no haber traído a Nuria.

Sin embargo derrotar a este monstruo no depende de matarlo, sino de encerrarlo nuevamente, y el Doctor logra hacerlo sin problemas. Una vez el bicharraco ya no es un problema él y yo intercambiamos una mirada: el último mes ha sido una mierda, ni siquiera la idea de investigar la cripta es capaz de tentarle para que se quede aquí un segundo más.

En mi vida he lanzado un ala de quimera con más gusto que hoy; los tres estamos ansiosos por regresar a Catacumba.

Según llegamos vamos directamente a la casa de Lupus y Catarrina, donde nos esperan ella y Nuria. Cuando veo que Catarrina sigue viva se me mezcla la sonrisa con las lágrimas, y Nuria me da un apretón en el brazo con seriedad; por la forma en que me mira sé que Catarrina habría muerto de no ser por ella.

Estela me dice que la ciudad revienta de benevolesencia, y yo la creo, pero aún tardo un poco más en dirigirme al Expreso Celestial. En primer lugar porque me despido de Nuria, que parte en el siguiente barco rumbo a Puerto Cachalote, desde donde se irá a la Abadía Vocationis.

Parte del retraso es también porque esta tierra es muy rica: hierbalosa, bellaseta y medicina superior crecen por la zona naturalmente, aparte de la mencionada fuente natural de agua bendita y una pequeña mina de hierro, y quiero recoger tanta materia prima como pueda antes de que termine el otoño. A mayores visito también Pedranía, donde Sada ha encontrado un caldero de alquimista y lo ha expuesto en la posada; Calderón es una curiosa criatura, dispuesto a enseñarme los principios de la Alquimia y mucho más. Lástima que no disponga de tanto tiempo.

Por supuesto que mientras estoy en la ciudad visito también el castillo , presentando mis respetos a la familia real y saludando a los guardias; aunque los ciudadanos estén pasando página ellos aún me recuerdan bien - a veces me pregunto si no sería buena idea establecerme aquí una vez concluya mi tarea. Me invitan a cenar, y tras la velada les deleito con la narración de mi última aventura; en verdad le estoy cogiendo el gusto a ser juglaresa, o algo similar. ¿Podría decirse que soy una trovadora?

Más que nada porque creo recordar que un juglar repetía canciones mientras que un trovador componía obras originales.

Mi última visita antes de pisar el Expreso Celestial fue a Salto del Ángel. Les conté qué era de la vida de Sada, de lo bien que la cuidan en la ciudad. Frida me preguntó que qué había hecho yo, y volví esa noche una para relatarles la historia a ella, su hermano y Cisco. Al día siguiente visité al señor Tino, entregándole las pieles de serpiente con las que me había hecho en Catacumba y preguntándole qué se podría hacer con ellas en su opinión; otro oficio interesante al que tampoco puedo dedicarme en condiciones.

Una vez salimos del pueblo, ya decididas a abordar el Expreso Celestial, y después de que lleguemos al paso de las montañas, Estela y yo nos topamos con cierto fantasma. Intento hablar con ella, darle un empujoncito en la dirección de Luzbel, pero desaparece antes de que pueda mencionar nada decisivo.

Reconozco que ese pequeño fracaso me decepciona, y doy un suspiro antes de seguir a Estelaa al interior del tren mientras ella termina de refunfuñar acerca de los modales de Serena.

Cuando pienso en que voy a regresar al Observatorio me emociono.

El Expreso Celestial resplandece, y Estela y yo nos miramos entusiasmadas.

Regreso a casa. Qué emoción.