Capítulo 9: El regreso.
Ciudad laberinto, La señora de la abundancia:
La conversación entre el hijo de la familia Tyr y la elfo camarera había comenzado a calmar su ritmo. El muchacho tomó asiento en la cama junto a su amiga, separándose por apenas algunos centímetros para evitar la incomodidad mientras relataba. Ryuu por su parte, le observó en silencio mientras revivía con tristeza su pasado, sumido en sus pensamientos pero consciente de las palabras que salían de su boca. Aquella voz tan apagada y tenue, tan distante del alegre joven que solía verse en el bar, dejaba ver una imagen distinta de Kahn.
—Su cuerpo estaba sobre mis brazos. Tenía el torso abierto. Sus órganos estaban a plena luz del día. Pude ver como sus pulmones se estiraban mientras el aire entraba y salía de ellos, cómo su mirada me señalaba y su mente se perdía poco a poco… —Se detuvo unos instantes, tratando de pasar la saliva por su garganta. —Dijo que no quería morir, y luego… eso fue todo… eso fue todo.
Así mismo, cerró sus ojos y suspiró de manera profunda, dejando que su respiración se llevase consigo la holeada de dolor que le afligía. La joven a su lado asintió con la mirada en un gesto perplejo, como si tratase de procesar de lo que acababa de oír. Tardó unos instantes, pero eventualmente fue la chica quien decidió romper el silencio.
—Cielos… Yo jamás creí que sería algo como eso.
—Yo… debí haber muerto ese día. No había nada para mí dentro o fuera de ese coliseo, no había motivos para continuar… y sin embargo, Tyr decidió salvarme. —Ladeó su cabeza de forma lenta, como si intentase negar lo ocurrido. —No comprendo por qué. ¿Qué ganaría salvándole la vida a alguien como yo? No tiene sentido…
Los ojos de Ryuu observaron al joven en si sitio. Su mirada recorrió su cuerpo de arriba abajo, guardando sus palabras dentro de sí misma a la par que su palma se acercaba él con tranquilidad. Divagó unos instantes jugando con el aire a su alrededor, luchando con la voz que le gritaba para que acabase su acción.
—Oye… —Posó su mano sobre el hombro del aventurero, sintiendo a la par una pequeña reacción nerviosa. —No deberías ser tan duro contigo mismo. Si Tyr decidió salvarte es porque consideró que hacerlo valdría la pena.
—Él quería algo mejor para mí. Quería que buscase un lugar tranquilo donde vivir, un grupo de personas a las que pudiese… —Se detuvo a pensar unos instantes. La palabra que él buscaba estaba más que clara, pero por algún motivo no se sentía cómodo con ella.
—¿Una familia?
—Sí… O tal vez solo quería expiar culpas. Tal vez es por eso que me envió aquí en un principio.
—Ya estás de nuevo. —Frunció el ceño. —Si no dejas de rebajarte te prometo que me voy a enojar.
—¿Estás enojada ahora? —Preguntó hincando una ceja.
—¿Por qué la pregunta?
—Es difícil saber qué estás pensando. Siempre tienes esa expresión de "voy a arrancarle la cabeza al primero que me mire mal". ¿Te mataría sonreír de vez en cuando?
El rostro de Kahn se mantuvo serio, sin embargo, un ligero desliz en su labio inferior dejaba entrever su esfuerzo por ocultar su sonrisa burlona. Ryuu acomodó su cabello con la punta de su dedos a la par que clavaba una acusadora mirada sobre su amigo.
—Ahora si suenas como tú mismo…
—Sí, bueno… Por cierto, sé que puede sonar como algo personas, pero… —Su tonó volvió a caer en la seriedad. —¿Por qué lo haces? Siempre que alguien del bar tiene un problema acabas involucrada de una manera u otra, incluso aunque no le conozcas. ¿hay alguna razón en especial?
Unos momentos de duro silencio templaron la habitación. Las manos de la joven elfo se frotaron entre sí a la par que sus ojos giraban a través de la habitación. Ubicado a centímetros de la puerta, un pequeño armario de madera dejaba entrar un delgado resquicio de luz a su interior. Una capa de color verde oscuro y un arma forjada en magia y madera bendita eran iluminadas por el tenue fulgor. Ryuu suspiró con profundidad, miró directamente a su compañero, y sin pensar más en ello se dispuso a responder.
—No eres el único que lo ha perdido todo, Kahn…
—¿Tú? —Frunció el entrecejo. —¿Cómo?
—Fue hace bastante tiempo. —Resopló. —Estábamos de regreso a la superficie, regresábamos de una expedición como cualquier otra. Nos encontrábamos saliendo de la zona de descanso, era un día común, cómo cualquier otro… y entonces… eso ocurrió.
La blanquecina piel del elfo se erizó con rapidez, movida por el estresante recorrer de un gélido sentimiento a lo largo de toda su espalda. Sus manos se aferraron con fuerza a sus rodillas y su mirada profundizó en el interior de su subconsciente, reviviendo aquellos sucesos como tantas veces lo había hecho antes.
—Recuerdo un estruendo, seguido por el aullido de un monstruo… una criatura abominable, de cuerpo esquelético y ojos envueltos en llamas. No fuimos capaces de hacer nada. Todo ocurrió demasiado rápido, y cuando quise darme cuenta…
—¡Ryuu!
El potente grito del muchacho devolvió la mente de la joven a la realidad. Las uñas de sus dedos habían perforado su delantal sin que ella pudiese darse cuenta de lo que estaba haciendo. Un apenado gemido salió de sus labios mientras la palma de su mano recorría su rostro.
—Lo siento…
—No, está bien. Me pasa seguido. —Dejó salir una carcajada incomoda. —¿Ese monstruo acabó con toda tu familia? ¿Cómo sobreviviste?
—Lo último que recuerdo es un frio abrumador; El rostro inerte y lleno de horror de las personas que alguna vez amé. Recuerdo los gritos de la gente al verme salir de la mazmorra, y luego… el silencio. —Esclareció un profundo resplandor en sus ojos; El rodar de unas lágrimas heladas que reflejaban la mirada del aventurero. —El silencio que me acompañó de regreso a casa.
—En mi caso no hubo ningún tipo de silencio. Era un mar de gritos, insultos en general. Y al final, un resplandor… una pantalla blanca que nubló mis sentidos, y el dolor más fuerte que he sentido en toda mi vida. Hasta ahí llega mi memoria, no suelo pensar demasiado en lo que ocurrió después.
—¿Qué tan seguido piensas en eso?
Los ojos de ambos se mantuvieron. Nuevamente, el profundo silencio se adueñó del lugar en una respuesta tan directa como podía ser.
—¿Qué tan seguido lo haces tú?
Ciudad laberinto, Mercado Central:
La ciudad se cernía bajo una estela de presión y miedo constante. La actividad en los alrededores, si bien había recuperado parte de su brillo luego de varios días de aislamiento, presentaba un ambiente silencioso e inquieto. Nadie tenía nada que discutir, lo único que querían era acabar sus compras y regresar a sus hogares lo antes posible; Caso que, visto por los ojos de cualquier persona atenta, se distanciaba por completo de lo que Lefiya mantenía en su cabeza. Su semblante difuso y desatento viajaba de puesto en puesto sin prestar atención real prestar real a los productos o vendedores; Se encontraba en otro mundo.
—Oh, ¿disculpe?
El repicar de una voz en su subconsciente, dosis y tranquila cual caricia, le lanzó un salvavidas de regreso a la realidad. Volteando de manera precipitada, la joven elfo se encontró cara a cara con los grisáceos ojos de una sirvienta de algunos años más que ella. Misma joven que le sonrió de manera amigable tras reconocer sus rasgos conocidos.
—He… lo siento, no estaba prestando atención. —Se disculpó tras una reverencia.
—No te preocupes, puedes seguir mirando si quieres. Solo quería venir a saludar.
Frunciendo el ceño como si intentase dilucidar el origen de aquella declaración, la pequeña chica comenzó a reconocer a la figura que tenía delante. La expresión de Syr, reluciendo en una estela de optimismo, lanzó una carcajada a la par que tomaba algunas manzanas del puesto de frutas en frente suya.
—Usted es una empleada de aquel bar… ¿Cuál era su nombre? ¿La señora de la ambulancia?
—La señora de la abundancia. —Corrigió de inmediato, alzando la frente con orgullo mientras esbozaba en alto. —Y también soy la hermana de su nuevo amigo.
Lefiya abrió sus ojos de forma confundida. Su mente rebuscó algunos instantes, examinando en silencio el cuerpo de la humana para tratar de encontrar alguna similitud entre sus conocidos. —Su hermana… ¿De quién estamos hablando exactamente?
—Pues, de Kahn, ¿Quién más podría ser?
—¿Eh? —Exclamó de repente. —Él jamás mencionó tener una hermana…
—Oh vamos, no puedes decir no notas el parentesco. ¡Si es que somos casi gemelos!
La expresión en el rostro del elfo bajó con incomodidad, escondiéndose entre sus hombros a la par que mantenía su mirada fija en la joven. —Bueno… sí… ahora que lo menciona, son algo parecidos.
Dejando una bolsa de dinero en manos del vendedor, Syr pasó a cargar sus víveres en pequeñas bolsas de tela. Una mirada llena de picardía se posó sobre los incomodos ojos de Lefiya.
—No te preocupes, solo estoy bromeando. No somos "hermanos" como tal, pero mamá ambos tenemos como madre a la misma mujer. —Guiñó un ojo con orgullo. —Así que somos hermanos le guste o no.
—Cielos… eso es algo que no esperaba, a decir verdad. ¿Qué tal está él?
—¿Kahn? ¿No se supone que está con ustedes?
La joven de cabellos anaranjados se encogió en su sitio, sosteniendo con fuerza su báculo y guardando un silencio pesado y largo. Las palabras sobraban para expresar lo que ella sentía, y Syr supo de inmediato que algo no andaba bien.
—Tuviera un pequeño rose, ¿verdad?
—Él tiene demasiados problemas pero parece dispuesto a pedírsela a nadie. Diría… que tiene mucho miedo.
—Sí… suena como el Kahn de todos los días… —Resopló cansada.
Cargando las bolsas en sus dos manos, Syr señaló en dirección a la calle, invitando a la pequeña elfo a que le acompañase. El lugar, aunque lleno de gente, resultaba en exceso silencioso para la cantidad de personas que circulaban, razón por la cual debían mantener un perfil bajo mientras conversaban.
—Escucha, mi hermano es el tipo de persona que cree que debe llevar el mundo sobre sus hombros. Aunque esté le aplaste, él no está dispuesto a ceder.
—Lo sé, y resulta muy irritante. Está sufriendo y al tratar de ocultarlo solo se lastima a sí mismo, es cómo si se creyera indestructible o algo por el estilo. —Pronunció presionando sus dientes en una rabieta momentánea.
Su semblante se frunció, sus labios se torcieron hacia adentro y su mirada se clavó en el suelo en una expresión embravecida. Y de repente, como si se hubiese arrepentido de la escena que estaba formando, dejó salir un profundo suspiro. —Es una buena persona, yo lo sé… salvó mi vida después de todo, no puedo no estar agradecida.
El apresurado movimiento de Syr comenzó a hacerse cara vez más lento. El tenue resplandor en sus ojos reflejó el semblante curioso de la chica a su lado. Sus labios se abrieron con la intención de refutar, pero no dejando salir más que el aire de sus pulmones.
—Eh… ¿señorita?
—Tú quieres devolverle el favor, ¿no es así? —Interrogó con seriedad.
—¡Sí! —Exclamó de inmediato, cómo si aquella fuese la pregunta que había estado esperando. —¡Quiero ayudarle de la misma forma que él me ayudó! ¡Quiero demostrarle que puedo ser tan útil como él!
Lefiya miró directamente a Syr a los ojos. Por meros instantes, una sensación extraña, lejana y familiar como el susurro de los bosques que solía cuando era niña; una sensación provista por aquella sonrisa que le seducía y desnudaba sus engaños con la amabilidad de una madre. Unos instantes luego, la chica se encontró a sí misma en aquella posición, habiendo revelado más de lo que le hubiera gustado. Su corazón dio un vuelco, y sus labios se movieron por el mero impulso.
—¿C-Cómo lo sabe? ¿Qué es lo que ha…
—No te preocupes por ello, es solo un truco de familia. —Se adelantó a responder. —Lo siento si me vi un poco extraña. He intentado hacerlo con Kahn, pero él siempre me descubre.
—Oh… vaya…—Musitó con incomodidad.
—Un sentimiento noble no es motivo de vergüenza, niña.
—No me diga niña, ya está sonando como él.
La joven elfo frunció el ceño en un semblante molesto, tratando de ocultar el rubor en la parte baja de su rostro. Syr dejó salir una ligera carcajada a la par que continuaba.
—Bueno, tengo una idea. ¿Por qué no vienes conmigo y tratas de volver a hablar con él? No tiene muchos lugares a donde ir, así que he de suponer que se encuentra en la taberna en estos momentos.
El elfo se detuvo unos momentos a pensar, centrando su atención aquella postura tan optimista de la risueña sirvienta; aquella, una cara de la chica que todos conocían muy bien, llenaba de calidez a cualquiera con el solo cruce de su mirada, y por supuesto, Lefiya no quedó fuera de esta lista. Ladeando la cabeza para volver en sí, la joven elfo asintió con fuerza en un movimiento de cabeza.
—¡Sí! ¡Hay muchas cosas que me gustaría decirle!
—Pues me parece perfecto. —continuó Syr. —Ahora solo tenemos que…
Y entonces, de un instante para otro, el rostro de la joven de cabellos plateados se tensó con incomodidad, como si un recordatorio hubiese pasado frente a ella.
—Oh… es verdad…
—¿Ocurre algo?
—Eh… no… solo un pequeño cambio de planes. Antes que nada, ¿te importaría acompañarme a… —
El sonido de un estruendo golpeando a través de la madera de uno de los puestos alertó a todos los presentes. La mirada de Syr cayó al suelo con incomodidad, reconociendo de inmediato la procedencia de aquellos grito que se encontraban a sus espaldas.
—¡¿Cómo que estas manzanas valen 500v el kilo?! —Exclamó Lunoire al cansado vendedor.
Los ojos de la sirvienta de cabellos cafés eran rodeados por unas horribles bolsas negras, su entrecejo temblaba errático y su labio inferior se agitaba en un tic nervioso mientras hablaba. El hombre que tenía delante, uno señor de no más de 30 años, trataba de explicar la situación a la par que guardaba distancia de la errática chica.
—Señorita, yo solo me encargo de vender la mercancía. No es mi…
—¡Esto es un robo! ¡Debería darle vergüenza! —Golpeó nuevamente la estantería en un arrebato de rabia, haciendo estremecer hasta la tierra bajo sus pies.
La expresión de la mujer gato detrás de Lunoire se mantenía en un disgustado parpadeo nervioso mientras sostenía a su amiga de los hombros, solo para evitar que esta arremetiese con furia.
—Discúlpenla, no ha dormido bien últimamente… ¡Chicas! —Apuntó con la mirada hacia Syr y Lefiya. —Es bueno que se estén conociendo pero, ¿les importaría darme una mano por aquí?
Y entonces, antes de siquiera poder acabar su frase, un escalofrió recorrió su espina; un aviso previo que anunciaba el peligro inminente, traído de la mano de un simple susurro en la distancia. De un momento a otro, los demás también lo oyeron, deteniéndose en un movimiento uniforme. Aquel sonido, el del crepitar de la tierra, de la roca siendo triturada a velocidades inhumanas, avisaba la ineludible llegada de una calamidad.
Los instintos de Chloe y Lunoire se activaron, sus músculos se tensaron en un único movimiento raudo y sus labios solo pudieron exclamar una única palabra.
—¡CORRAN!
Un eco ensordecedor se esparció por toda la ciudad; los escombros volando, los gritos de inocentes templando el aire cual sirenas de guerra. Todo Orario lo oyó, sin ser capaces de comprender qué es lo que estaba ocurriendo. Desde el equipo elite de la familia Loki, pasando por los integrantes de la familia Ganesha, hasta el grupo de ex aventureros dentro de la señora de la abundancia, todos corrieron hacia las calles y dirigieron su mirada hacia el centro de la ciudad.
Una enorme muchedumbre corrió en frente de Kahn, Ryuu y Mia. La imagen una enorme estela de humo negro levantándose sobre el mercado central de la ciudad se presentó ante ellos, cubriendo el cielo cual gigante ensañado. Ni una palabra salió de los labios del hijo de la familia Tyr. Sus piernas se movieron por sí solas, haciéndole correr a una velocidad que hasta él pensó imposible. De la misma forma, las dos damiselas que con él se encontraban no se detuvieron a pensar; arremetieron en dirección al desastre, teniendo siempre en mente lo que podrían encontrar al llegar, pero conservando la esperanza de estar equivocadas. Pero para Kahn, esa esperanza no existía; su mente estaba nublada, enrabiada más allá de cualquier salvación. La angustia y el odio se habían apoderado de su ser, y el resplandor rojizo en sus ojos era la prueba máxima de ello.
El rugido de las Violas resonó a través de las calles, el caos reinaba en los alrededores y las sombras de tan inmensas bestias se alargaban sobre los escombros del destruido mercado. Los gruesos armazones de metal eran manchados por el calor de las llamas, pero la fibra en su interior permanecía a salvo. En medio de todo ese caos, parada sobre tan monstruosas criaturas y observando el escenario que había creado, una mujer de cabellos rojizos, mirada insensible y figura intimidante esperaba impaciente a su presa.
—Bien, —musitó para sí misma. —eso te hará venir, hijo de Odín.
