El ruido del papel quemándose aumentaba según bocanadas diera Hirotsu.

Se encontró disfrutando el sonido y aroma , si bien no caían en una categoría común de " agradable" le llenaban de manera enérgica, el primer trago de café demasiado tostado. No era fanático del café a pesar de consumirlo de manera exagerada para soportar las noches en vela requeridas por su...oficio.

¿En qué momento se dejó comprar? No era tiempo para recuerdos. Prefería perder la atención en el papel quemado y la elegancia de esas manos delgadas y firmes sosteniendo el filtro sin pegar los guantes demasiado a los labios, el ligero brillo de la saliva en la esponja. Tenía el rostro despreocupadamente ladeado, la boca un poco abierta.

— ¿Ocurre algo?

Hirotsu usaba palabras refinadas y formales que le sentaban perfecto a su edad. No lo imaginaba siendo joven alguna vez. Por muy viejo e incómodo que le hiciera sentir ser tratado de usted , le resultaría más si se dirigiera a él de forma casual. Se lamió los labios antes de hablar.

— ¿Puedo tener uno de esos?

— ¿Estos?— el adulto levantó el cigarro con ojos incrédulos—. No es que me oponga particularmente...

— Entonces dame toda la cajetilla— se rió entre dientes con la mano extendida—. Después mandaré a alguien para que te los reponga, lo prometo.

— No es necesario, yo mismo puedo ir a comprarlos.

No sonreía ni lo miraba con recelo al extenderle el paquete, alejándose tras una reverencia mientras su teléfono timbraba. Dazai pensó que si Hirotsu hubiera vivido lejos de la mafia habría sido un padre de familia estricto pero un abuelo terriblemente alcahuete y amoroso. Miró la cajetilla en su mano como si de un momento a otro fuera a tomar vida o algo así. Ante ningún sobresalto, lógicamente, se apuró a guardarla en su pantalón, chasqueando la lengua al notar que toda la suela de sus zapatos estaba manchada de sangre. Se apuró a seguir el paso del adulto, era preferible que dejara la tarea de limpiar el desastre al resto, Dazai sólo se había encargado de tenderles la trampa.

—x—

Si sus predicciones eran acertadas , sabiendo no había motivo alguno para suponer lo contrario, Chuuya no tardaría más de diez minutos en aparecer.

En el pasado el adolescente había vivido en un espacio fácilmente confundible con una celda abarrotada de otros adolescentes, compartiendo hasta lo más íntimo como la cama o el baño. Era el líder de "Sheep" y , al igual que la jerarquía carcelaria, gozaba de ciertos privilegios que sin embargo le fueron dados esperando que cediera. Obviamente lo hizo, el idiota sentimental que piensa necesario pagar por pertenecer. Estaba acostumbrado a la vida desamparada, prácticamente era un vagabundo cuando lo recogieron así que Dazai estaba seguro que incluso ese pequeño espacio, apenas más grande que el cuarto donde vivía con sus amigos, le resultaba completamente un lujo. No debía compartir nada con nadie, todo allí le pertenecía y a sus ojos aquello debía ser una bendición para quien sólo conocía la carencia y el desapego. Chuuya era demasiado transparente, sus emociones le fluían como listones por el cuerpo, sin embargo no era tan ingenuo para mostrar algo que lo comprometiera. La mirada brillosa cuando comprobó que el precio de renta del departamento era algo a su alcance fue tan sincera y cristalina que ninguna palabra de burla le salió en aquella ocasión.

Mori, por otro lado, tenía a Dazai viviendo en las oficinas de la mafia, quizá sabiendo era un animal que necesita ser encerrado o escapará por la puerta en cuanto se quede un poco abierta.

Sentía envidia por la libertad que le habían dado aunque mil veces moriría sin decirlo o siquiera darlo a notar.

El espacio era el de un departamento cualquiera en esa ciudad, apenas el necesario para una persona, tan genérico como cualquier otro. No obstante estaba plagado de cosas que gritaban a quién pertenecía aquella casa. La ropa en el suelo, el tipo de comida en el refrigerador y a medias terminada en el plato, los afiches de cantantes de hard-rock . El aroma a cítricos y vainilla. Las botellas de cerveza y otros licores en el suelo de la cocina. Suspiró mientras tomaba asiento en la mesa, encendiendo el televisor,buscando algo de su agrado mientras llenaba un vaso de whisky sin soda y repartía la cena comprada en dos platos. La puerta fue abierta justo cuando el reloj marcó las tres con diez minutos.

— Buenas noches, Chuuya.

El adolescente pestañeó y resopló, demasiado acostumbrado a sus interrupciones a esas alturas para hacer algo más que cerrar la puerta y arrojar su abrigo al suelo, caminando al baño para mojarse el rostro y lavarse las manos antes de volver al comedor, sentándose a su lado en silencio aceptando los cubiertos y la lata de cerveza fijándose en la televisión, tomando el control para subirle un poco al volumen.

— Mori me pidió ir a Tokio por la mañana, si quieres algo pídelo rápido, necesito dormir.

— ¿Recuerdas que dijiste que me enseñarías a fumar?

— ¿Ah?— Chuuya giró el rostro, rodando los ojos antes de beber—. Lo dije para que dejaras de estar molestando.

— Conseguí una cajetilla.

Dazai sacó el paquete de su pantalón, notando que se había arrugado un poco por el trajín del viaje. Lo dejó en la mesa, cortando la carne en trozos muy pequeños, tomando uno y antes de morderlo volviendo a cortarlo.

— Nunca vas a aumentar un gramo si sigues comiendo como si lo odiaras.

— Y tú nunca vas a crecer un centímetro si sigues bebiendo licor en vez de leche.

— Lo dice el imbécil que quiere aprender a fumar a las tres de la mañana.

— Lo prometiste— susurró, la voz frágil de un niño indefenso diluida en el whisky—. Está bien, lo intentaré por mí mismo.

— Terminemos de cenar al menos. No quiero arruinar el sabor de la...— una carcajada sincera se le escapó ante una payasada del programa, sujetándose el estómago, haciendo que Dazai girara la atención, comenzando a reírse también—. No tenía idea de que también te gustara este programa.

— Ni yo, es la primera vez que lo veo.

Chuuya siguió riéndose un poco más bajo, mirando de soslayo a su visitante. Sus ojos pegados a la pantalla brillaban no sólo por la luz de ésta, había algo más allí.

Si no estuviera hablando de Dazai, fácilmente lo podría haber llamado alegría.

— ¿Quién te enseñó a ti, Chuu-Chuu?

— Vuélveme a llamar así y despídete de tus dientes, desperdicio de vendas.

— Elise te dice así y no le reclamas nada.

— Pero ella es la... algo del Jefe.

— Yo también. A veces.

La lata de cerveza se resbaló de sus manos haciendo un ruido hueco contra la mesa. Dazai seguía mirando la televisión, riéndose más alto como si aquella frase no hubiera salido de sus labios sino de la imaginación de Chuuya. Prefirió dejarlo allí, tomando otro bocado.

— ¿Quieres comerte también mi parte? Es muy tarde para que mi estómago asimile tanta carne.

— No debiste comprar dos raciones.

— Pero en la compra de dos regalaban un plato de anmitsu . Hace mucho que no lo como.

— Si fumas ahora se te va a arruinar el apetito, o si lo haces después de comer vomitaras. Mejor dejémoslo para otra ocasión.

— Eres un mentiroso, Chuuya. Hicimos una apuesta y perdiste, se supone que eres mi perro y hagas todo lo que te ordene.

— Ya tiene más de cinco meses de esa estúpida apuesta ¿No puedes olvidarla?

— Lo haré pero a cambio deberás confesar que eres un cobarde y mentiroso.

— ¡Bien, bien! Maldita sea, te enseñaré pero si vomitas más te vale que limpies.

Chuuya terminó de dos bocados el plato de Dazai, buscando el encendedor en el abrigo abandonado en la entrada, tomando un cigarro de la ajetreada cajetilla, rodándolo entre sus dedos para redistribuir el tabaco hasta darle forma de nuevo.

— No es nada del otro mundo ¿No se supone que eres tú el genio que tanto presume el Jefe?

— Puedo hacerlo por mi cuenta— se encogió de hombros sin interés, las manos en el suelo—. Sólo quería aprender de ti.

Había momentos en los cuales Dazai parecía sincero, genuino. Parecía, se advirtió a sí mismo antes de bajar la guardia por sus palabras. Era un manipulador de primera, no debía confiarse por muy sincera que luciera la curiosidad en sus ojos tristes, por muy inocente que luciera con las manos en el suelo y las piernas largas abiertas a los costados de la mesa, como el muchacho desgarbado y desinteresado que se suponía debió ser.

Que debían ser.

— Más te vale que pongas atención.

Chuuya suspiró, acomodando en cigarro entre sus labios, encendiendo la punta dando tiempo a que Dazai lo captara todo. Aspiró, los labios cubriendo el filtro para no humedecerlo demasiado, reteniendo unos segundos el humo en su boca, jugueteando en su lengua antes de expulsarlo por la nariz. Contuvo las ganas de regodearse en la atención que le estaba brindando.

— ¿Estás listo para intentarlo?

Dazai asintió, elevándose sólo con las rodillas para acercarse a la espalda de Chuuya, rodeando su cuello con los brazos. A punto de empujarlo con el codo, Dazai apoyó los labios en el cigarro, jalando el humo. Ocultó su rostro en su hombro cuando una serie de tosidos le atacó.

— Te vas a acostumbrar.

La risa de Chuuya fue limpia y clara mientras le extendía su lata de cerveza, obsequiándole el último trago para aclararse la garganta.

— No es lo peor que he tenido en la boca pero tampoco lo más agradable— bostezó, acomodando su cabeza en el regazo de Chuuya—. ¿A qué hora debes irte?

— Temprano.

— Qué mal.

El bostezo de Dazai minutos antes de comenzar a roncar suavemente, nada desagradable, se coló en medio del ruido de la televisión afirmando que esa criatura seguía siendo un ser humano. Chuuya bajó el volumen, acercando nervioso su mano al cabello de Dazai, alejándola de nuevo prefiriendo seguir fumando.

El filtro guardaba un ligero sabor a whisky y anmitsu.