"¿Quién te enseñó a ti, Chuu-Chuu?"

Se sujetó la cabeza, los codos recargados en el lavamanos intentando tragarse el mareo antes de por fin tomar el celular con manos temblorosas, llenando sus pulmones de aire como si fuera todo lo necesario para mantener la compostura.

— Buenas tardes, Ane-san.

— Te he dicho que no soy tan mayor para que me llames así— la voz modulada de la mujer indicaba una molestia fingida, algo que comenzaba a reconocer—. Mori quiere verte.

— ¿Justo ahora?

— Te puedo dar quince minutos de marco aunque lo conoces.

— Enseguida voy.

Colgó la llamada dejando el celular colgando peligrosamente en la orilla del lavamanos antes de lograr la claridad necesaria para guardarlo en su pantalón, mojándose la cara de nuevo, tomando el cepillo de dientes. Se enjuagó más de tres veces, no conforme se dio una ducha deprisa, terminando de vestirse en el corredor. Mori era el Jefe y Chuuya lo respetaba, sin embargo justo ahora no estaba en las condiciones más óptimas para hacerle frente. Se sujetó del barandal al bajar hacia la calle ante un vuelco en el estómago. Buscó en sus bolsillos una goma de mascar, sabiendo que no estaba en condiciones de usar su habilidad lo mejor era apretar el paso para no hacer esperar demasiado a sus superiores. Quizá el aire lo estaba mareando más, necesitaba caminar más lento, sentía la boca seca y no tenía tiempo para hacer nada al respecto, mejor caminar más rápido aunque un zumbido en las orejas le repercutiera hasta en las rodillas. Estaba dando un espectáculo con la chamarra muy gruesa para un día caluroso y a sus recuerdos vino Randou. Ojalá se hubiera quedado sus orejeras. Ojalá hubiera podido dejarle más información sobre sí mismo aunque a veces lo que menos quería era pensar precisamente en él. La consciencia dolía cuando la biografía no se escribe con una mano gentil, cuando el miedo al abandono lo llevaba a estar continuamente cediéndose para retener a sus amigos. Cuando todavía soñaba con ese cuchillo clavado en su costado poniendo fin a toda la vida que había armado, todo el esfuerzo y cuidado que puso en construirse en un hogar fue derribado en una certera y envenenada puñalada. Sorbió la nariz escuchando el regaño de Kouyou por su falta de modales pero ni golpeándolo con su amplio abanico dos mil veces había logrado volverlo un caballero. Todavía. Ella tenía una tenacidad envidiable y si su objetivo ya se había clarificado nada se atravesaría hasta conseguirlo.

Tenía muchas ganas de abrazar a Kouyou un día, de escucharla reírse mientras le contaba alguna tontería y la tarde se llevaba el sabor demasiado formal del té que siempre le ofrecía. Estaba siendo estúpido e infantil otra vez, Kouyou era su mentora, nada más, no debía confundir sus modales con ternura. Por mucho que la anhelara, por muy solo que estuviera, ella no era su amiga ni su familia.

Allí nadie lo era.

Se descubrió tocando la puerta del despacho de Mori antes de retomar el equilibrio, su frente pegada a la elegante estructura antes que su puño llamara dos veces, tomando aire después del " adelante" sin estar seguro si ya estaba lo suficiente sobrio para hablar.

Nada más abriendo y con un pie dentro decidió que no era un débil niño incapaz de soportar un poco de resaca en medio de una junta. Enderezó la espalda con paso seguro hasta llegar a la mesa de té rodeada por Kouyou, hermosa e imponente como diosa, con los rayos del mediodía haciendo un adorno para su rostro. Mori relajado servía el té en tres tazas, una sonrisa críptica invitándolo a acercarse.

— Gracias por venir tan rápido.

— Es mi deber, Jefe— hizo una reverencia a ambas figuras antes de tomar asiento, el corazón todavía se le aceleraba por la confianza que le mostraban—. ¿Hay algún problema? Apenas llegué de Tokio pero planeaba entregar el informe enseguida, hablé con los pescadores como encargaste. Conseguí un trato por dos toneladas de anguila, podemos fijar el precio al triple que en la prefectura de Miyazaki. Siendo primavera la demanda aumenta, es una temporada excelente de venta.

— Estoy satisfecho con los resultados, Hirotsu ya me los había comunicado por la noche, precisamente de eso quería hablarte. Estamos tan satisfechos con tus resultados, Kouyou y yo, que decidimos darte un aumento.

— ¿En serio?— la sonrisa le brilló hasta por los ojos, agitando la taza vertiendo un poco de líquido caliente en sus piernas—. Au, mierda.

— Chuuya, ese vocabulario.

— Lo siento, Ane-san. Muchas gracias, Jefe, prometo que seguiré dando lo mejor de mí para que la asociación crezca.

— Lo sé— Mori apoyó el mentón en sus manos entrelezadas, sonriéndole—. Creo en tu potencial, Chuuya. En el tuyo y el de Dazai. Es todo lo que tengo por decirte, puedes tomarte el resto de la tarde aunque mañana necesito que vengas a primera hora.

— Claro.

Apuró el resto de la taza antes de incorporarse despidiéndose con una reverencia. Se sentía satisfecho, complacido. Caminó silbando por el pasillo hasta encontrarse con un muchacho con quien recordaba haber hablado un par de veces aunque no muy bien su nombre. Le palmeó la espalda fraternalmente, sonriendo.

— ¿Estás ocupado? Me acaban de subir el sueldo y me encantaría ir a celebrar.

—x—

Para la segunda botella ya había cinco sillas ocupadas al lado de la suya y el barullo que estaban armando les ganó más de dos malas miradas, logrando que Chuuya propusiera usar la sala privada que tenían en el bar. Algún privilegio debían tener, dijo con un retintín prepotente que en sus labios sonaba encantador, coqueto. Vio el lazo de terciopelo rojo que puso el dueño en la entrada, las cortinas cerradas para regalarles privacidad. Vio su bebida ser llenada dos veces más y después dejó de sentir el cuerpo. Se estaba riendo, estaba bailando pero se veía fuera de sí mismo, el mareo le nublaba absolutamente todo el juicio, la vergüenza, cualquier cosa menos la euforia. ¿De qué? ¿De un número más en su cuenta? ¿De una seguridad financiera ganada por el dolor ajeno?

Alguien lo tomó por la cintura ofreciéndose a llevarlo al baño cuando las arcadas resonaron incluso en medio del escándalo. Escuchó risas, burlas que regresó con señas obscenas y también riéndose entre dientes, arrastrando los pies, confiado a las manos que ahora eran cuatro, ayudándolo.

Se sentía tan seguro. Tan extrañamente cálido. Cerró los ojos cuando uno de ellos le sujetó el cabello acercándolo al lavamanos mientras el otro vigilaba la puerta, que nadie mirara demasiado la escena. Se rió entre dientes, girándose, su espalda contra el filo de la cerámica, rodeando el cuello de quien debía ser uno de sus compañeros de trabajo aunque a esas alturas podía ser cualquiera con un poco de empatía cuidando de él. Acercó sus labios a los otros, sabiendo que sus alientos estaban igual de enviciados por el alcohol que no importaba. Se sentía bien no ser rechazado.

La lengua del hombre le recorría la boca, sus dientes, sus manos en su cintura, en el interior de su ropa apretándolo más contra el lavamanos y su cuello se dobló por la falta de control muscular, sujetándose más a él para no resbalarse, otra vez las arcadas le hicieron girarse apenas a tiempo de sostenerse y vomitar, hundiendo el rostro, sintiendo al hombre sujetarlo de las caderas pegándose a él. Antes de poder protestar otra arcada lo calló. Cerró los ojos llorosos, las manos y las piernas le temblaban y todo estaba girando demasiado deprisa.

Pero el ruido de un disparo fue claro, partiendo la misma noche.

— Está ebrio.

A través del espejo vio a Dazai acercarse, el hombre lo había soltado para sujetarse el hombro herido, mirándolo con rabia mal contenida.

— Él fue quien empezó.

— Está tan ebrio que no puede ni caminar pero tú estás lo suficiente sobrio para contestarme de esa forma tan grosera ¿Sabes cómo se llama eso?

— Mejor no te metas en problemas, es el protegido de Mori— por fin intervino el hombre que había estado vigilando la puerta, ayudando a su compañero a levantarse, dejando ambos un reguero de sangre al salir.

— ¿Cómo carajos?— una arcada le cortó la frase, Dazai se acercó a sujetarle el cabello, sacando un pañuelo de su bolsa abriendo el grifo para que el vómito se marchara.

— Tú mismo me llamaste hace veinte minutos, dijiste que te habían subido el sueldo o algo así y querías festejar también conmigo.

— Debo estar de verdad muy borracho— ambos se rieron, Chuuya tomó agua del grifo para enjuagarse los restos, aceptando el pañuelo para limpiarse la boca—. No puedo ni siquiera llegar a la salida.

— Me vas a deber una grande si te llevo a casa.

— Tú me debes más por la vez que te salvé el trasero en la emboscada.

— Tú eres mi perro, Chuu-Chuu, tu deber es protegerme, no al revés— sonrió, tomándolo de los brazos para ayudarlo a caminar—. Te llevaré a casa.

El rostro de Chuuya se acomodó contra el hombro de Dazai, arrastrando los pies, sin más opción que confiar en él. Pasaron de largo hasta la caja, Dazai sacó todo el contenido de su billetera con una sonrisa tímida excusándose en nombre de sus "amigos" demasiado problemáticos de la sala privada. El aire de la noche le golpeó el rostro, llenó sus pulmones. La calle era de una zona comercial, estaba iluminada todo el tiempo así que no se preocupaba más allá de sujetar al muchacho, queriendo hacerle alguna broma sobre lo pesado que se se estaba poniendo.

La puerta abierta de un automóvil negro les cortó el paso y a Dazai la respiración. No dudó, de cualquier manera, no intentó huir. Cedió, aburrido, acomodando a Chuuya en los asientos traseros, cubriéndolo con su abrigo antes de cerrar la puerta y sentarse él en el lugar del copiloto, la mirada al frente sin voltear al conductor.

— Abróchate el cinturón, por favor.

— Si chocamos es más fácil que salga volando por el parabrisas y me mate un vidrio que el impacto, con el cinturón mi cuello puede romperse.

— Tienes un humor muy extraño— Mori sonrió entre dientes, atento al camino—. ¿Está bien?

— Bebió de más, no hizo ningún escándalo si es lo que te preocupa.

— Eso lo pude deducir fácilmente, Chuuya se porta mucho mejor que tú.

Dazai tragó saliva al sentir la mano de Mori en su muslo cuando el semáforo se puso en rojo, entrecerrando los ojos y apretando los labios para no moverse.

— Eso es porque todavía no te conoce completamente— se mordió la lengua y hundió los dedos en el asiento cuando los dedos de Mori fueron subiendo—. Y de verdad espero que nunca lo haga.

— Te quejas como si no te gustara.

El semáforo cambió a verde y Dazai sólo cerró los ojos sabiendo que girando a la derecha había un callejón donde Mori se estacionaría, apagando las luces del auto antes de inclinarse sobre él, sus manos cerradas en sus muñecas, su nariz en su mentón al girarse para esquivar su boca.

— No estamos solos.

— Esa pobre cosita debe estar completamente inconsciente. Hace mucho que no me visitas por las noches, Dazai.

— No quiero tener problemas con Kouyou.

La risa de Mori retumbó amarga contra su mejilla obligándolo a girarse para que lo besara. Era invasivo, la boca abierta y su lengua dentro, los dientes en sus labios, su peso contra él arrinconándolo contra la puerta sin dejarle respirar ni moverse, las muñecas le dolían y los brazos se le iban a entumir en un segundo si los mantenía en esa pose, sin embargo no quería moverse más de lo necesario. Era mejor si sólo se quedaba quieto hasta que acabara. Apoyó la cabeza contra el cristal de la ventanilla, dejando su cuello libre para que Mori lo mordiera, jalando la camisa hasta que la tela amenazara con romperse.

Chuuya escuchaba todo entre sueños, lejanos y acuosos, nada de lo que retenía parecía ser verdadero. Pero cuando la conciencia le vino limpia dos segundos lo primero que captó fue la mirada café de Dazai fija en él. No había burla, no había nada más que una sola y destrozada súplica allí.

"Ayúdame"

Lo escuchó claro, tan claro como los jadeos de Mori y el sonido de su cinturón al bajarse, no obstante el mareo y la insensibilidad de su cuerpo no le permitían siquiera abrir la boca, mucho menos moverse. Necesitaba hacer algo, lo que fuera para cortar eso.

Así que hizo lo único que estaba en sus manos. Empezó a vomitar.

Mori giró su atención y Dazai aprovechó el momento para zafarse, deslizándose a los asientos traseros ayudando a Chuuya a girarse y vaciara su estómago en el suelo del auto.

— Lo siento, Jefe— murmuró—. Mañana yo mismo lavaré la tapicería, lo siento.

— Está bien. Dazai, vigila que no se ahogue con su vómito, lo mejor será que lo llevemos a su departamento.

— Lo llevaré yo— Dazai se las apañó para abrir la puerta cargando con el peso muerto de Chuuya—. Le hará bien un poco de aire, me quedaré esta noche a cuidarlo.

Se permitió un suspiro después de ver el auto alejarse, guardándose la gratitud en un sitio donde nadie pudiera verla, abrigándose en el manto de la noche mientras se dirigían al departamento de su compañero.