La sangre caía de sus labios manchando las vendas de su cuello, expandiéndose por la tela creando figuras que le hubiera gustado ver si delante de sus ojos no hubieran tres hombres golpeándolo, nublando las figuras. Inhaló con una calma tétrica, alejada de la reacción natural de los seres vivos al dolor.

Incluso podía decirse que estaba aburrido.

No atendía las amenazas ni la serie de golpes a su costado quitándole el aire, manchando el suelo con una nueva rociada de sangre. En cuanto pudo levantó la vista de nuevo a un punto en específico de la pared, hecha de metal prácticamente impenetrable, en un sótano a una profundidad casi indetectable y a prueba de cualquier sonido. Aún así sus ojos alternaban en un mismo gesto entre ese trozo específico de pared y el reloj en ella.

Escuchó el estruendo cuando la manecilla del segundero traspasó el último minuto de las cuatro. Entrecerró los ojos para protegerlos de las esquirlas sin perderse mirar a esa figura que apoyaba todo su peso en una ridícula piedrecilla mientras el humo de la explosión que provocó le servía de telón. Casi como un ángel, el rostro limpio y todavía redondo de la infancia, el cabello igual a los últimos rayos del verano ondulando a la mitad del cuello no se interpone en la mirada azul que penetra la oscuridad en búsqueda de su objetivo. Una sonrisa fiera mostrando los dientes afilados le hace sonreír a él también, tan calmadamente como si no tuvieran cinco metralletas apuntando alternadamente entre ambos.

— ¿Cómo es que lograste entrar?

No tenía intención de alargar más aquello con palabras inútiles, así que, a modo de respuesta, elevó las esquirlas de metal que había hecho volar minutos antes, proyectándolas contra las armas perforando el cañón dejándolas inutilizables mientras seguía caminando en el aire sin mirar a nadie más en la sala que al chiquillo herido, apenas sostenido por las esposas que lo ataban a la pared como una marioneta al final del acto.

— Tardaste más de lo necesario ¿No alcanzabas la manija de la puerta?

— No es mi culpa que tengas un complejo de masoquista y siempre consigas que te golpeen.

— ¡Oigan!

Chuuya chasqueó la lengua fastidiado , sabiendo que ninguno de los rivales eran usuarios de habilidad no tenía mucho sentido desgastarse. El problema mayor vendría al intentar salir de nuevo y toparse con el guardián de la puerta, alguien cuya habilidad aún era desconocida para ellos. Por eso había sido prioritario que Dazai fuera capturado primero para escanear la zona y deducir cuál sería el plan de acción. Chuuya lo leyó en su mirada desde que lo vio y Dazai sólo se lo confirmó al mencionar la puerta. La habilidad del guardián debía estar relacionada con la creación de puertas y si no conseguían encontrarlo para que Dazai anulase su habilidad lo mejor sería irse por las paredes y evitar cualquiera de éstas, que probablemente no los llevarían a ningún sitio.

Chuuya sonrió sabiendo que Dazai había confiado en su manía de hacer entradas abruptas y escandalosas para evitar el peligro y aprovechar el factor sorpresa. Ahora ,sin embargo, era necesario plantearse cómo escapar antes de que los encontraran porque Chuuya no podía cargar con su compañero para salir volando. Miró la habitación sin atender la manera en que el otro muchacho se deshacía en un chasquido de las esposas, sobándose las muñecas, caminando entre los cuerpos ahora inertes, quitándole una pulsera a uno de ellos.

— Este es el código que buscábamos.

— ¿Lo tenían guardado tan a la vista? ¿Estás seguro?

— Si buscaras algo tan valioso como esto pensarías que está en una caja fuerte o tatuado en el cuerpo de alguien con mayor rango, no garabateado en una pulsera de plástico de un guardia de segunda, además, si alguien llegara a verlo no sabría para qué sirve o qué significado tiene por lo que tampoco tenía mucho sentido resguardarlo tanto.

Chuuya ahogó un gesto de sorpresa, incapaz de reconocer que a él jamás se le hubiera cruzado por la cabeza. Habían ido a buscar el código para abrir una puerta de seguridad en un banco de otro distrito en una zona en disputa entre la Port Mafia y otros grupos. El primero en ser capaz de perpetrar ese robo podría pronunciarse dueño de esa zona y por eso Mori los había mandado a ellos, su actual as de oro, para esa misión en especial. Se acercó a Dazai, ofreciendo su hombro para que se apoyara.

— Es más rápido que uses tu habilidad para salir de aquí y lleves la pulsera al punto de extracción.

— ¿Vas a estar bien, caballa? Estás muy golpeado.

— ¿Te estás preocupando por mí? Qué adorable.

El muchacho gruñó al quitarle la pulsera y salir impulsado por la falta de gravedad en su persona en un parpadeo, dejando atrás a Dazai.

Al encontrarse solo contó los minutos que tardarían en llegar los refuerzos, cuánto tiempo emplearía en salir por el elevador al ser inmune a las habilidades y , conociendo a Chuuya, seguro que no había dejado a ningún enemigo de pie. Si tuviera que ponerlo en palabras, su compañero le recordaba a las serpientes acechando. No importaba todo el esmero puesto en esquivarlas, un solo pie en su territorio bastaba para ganarse una sentencia de muerte y ¿A dónde se huye de lo inevitable? Chuuya era inclemente y debido precisamente a eso podía proyectar aquella sensación de protección. En algunas culturas las serpientes son símbolos de resguardo y buena fortuna porque no dejan nada vivo a su paso.

Igual que él.

Pateó un cuerpo que impedía el cierre del elevador, pulsando con parsimonia el primer piso para salir sin esconderse, sin temer, porque su talismán de la buena suerte ya había abierto y limpiado el camino para él.

Se estiró al sentir los rayos de la luna en su piel, indiferente a la sangre en su ropa y piel, a las heridas, hizo tronar los huesos en su espalda y bostezó mientras caminaba con velocidad de sombra escurridiza. Así se sentía desde que tenía uso de razón, una sombra atravesando más sombras. No era momento, pensar en sí mismo no era divertido. Era divertido pensar en Chuuya enfadado por sus cervezas congeladas cuando accidentalmente bajó la temperatura de la nevera o los berridos que llamaba cantos en la pasada noche de karaoke. Era bueno que Chuuya también estuviera dispuesto a escapar de la realidad de vez en cuando. Incluso si sólo lo hacía para acompañarlo, incluso si la vida lucía menos áspera en sus venas. Su abrigo hacía un siseo contra el aire mientras evitaba las rayas en el suelo, teniendo como única luz el fuego en el cigarrillo que acaba de encender. A Chuuya le gustaban los regulares, él prefería los saborizados.

¿Estaba pensando demasiado en él? Inhaló el humo encontrando satisfactoria la quemadura que dejó en la punta de sus dedos al jalar con demasiada fuerza. Reparó en una tienda de esas que abren las veinticuatro horas, calculando el tiempo que le tomaría llegar al punto de extracción y cuánto tardarían Hirotsu y el resto en recogerlos. Tenía un margen de una hora si le llamaba después de llegar al edificio, suficiente para que Chuuya cenara. Era inconcebible la manera en que comía sin que hubiera crecido más que unos cuántos centímetros. Se lo haría notar, prometió mientras fingía una sonrisa al dependiente un poco escandalizado seguro por la sangre. Aún así recibió su dinero y guardó todo en una bolsa pidiendo que volviera pronto. Quizá lo haría. Revisó sus compras, conteniendo una sonrisa infantil causada por los caramelos y la cámara desechable.

Encontró la fachada destartalada de la otrora fábrica de enlatados, caída en desgracia por excesivas deudas con ellos, que habían fijado como punto de extracción. Analizó las posibilidades, rodeando la entrada y encontrando una ventana rota por la cual se coló, caminando de puntitas hasta encontrar la silueta del muchacho contra la pared llenando de humo, los ojos cerrados, una mano abrazándose a sí mismo con la luz de la noche bañándolo a través del techo derrumbado. Contuvo el aire, si hubiera sido capaz de incluso detener su sangre para que ni siquiera ella interrumpiera la escena lo hubiera hecho mientras, con todo el sigilo del mundo, sacaba la cámara de la bolsa, enfocando a Chuuya.

Click.

Giró el rostro con la lentitud de un modelo, el mentón elevado y esa mirada fría e indolente.

Click.

— ¿Qué rayos estás haciendo?

— Te enviaré a un biólogo para que identifique qué especie de babosa eres. Quizá me den un premio por descubrir una nueva raza.

— Eres un imbécil, deja eso.

Dazai siguió fotografiándolo, conteniendo la risa al verlo acercarse. Apenas tuvo los reflejos para echarse atrás y esquivar la mano que quería quitarle la cámara echándose a correr.

— ¡Deja de portarte como un niño!

— Puede que yo me porte como uno, pero tú luces como un niño de primaria todavía ¿No crees que eso es peor?

— ¡Dazai, te juro que…!

Dazai se detuvo de golpe al escuchar una puerta abrirse y pasos. Se giró para encarar a Chuuya quien, a base de señas, le dijo que había llamado a Hirotsu para comunicarle que habían terminado la misión. Dazai le mostró la bolsa con comida, un gesto desilusionado en su rostro. Chuuya se puso un dedo en los labios, tomando la mano de Dazai para guiarlo a hurtadillas por el pasillo hasta unas tablas salidas y un montón de escombros donde se resguardaron.

— ¿Joven Nakahara?

Ambos se cubrieron las bocas ahogando la risa al ver al adulto tan contrariado. Chuuya sacó su celular, tecleando con cuidado y pegándolo contra sus labios para no levantar mucho la voz.

— ¿Hirotsu? Lo siento, tuvimos que irnos por nuestra cuenta. A Dazai lo atacó una diarrea horrible.

— Oh— el hombre carraspeó incómodo—. Entiendo.

— Sí, te enviaré una fotografía con el código, lo siento, pero si nos hubiéramos quedado un segundo más allí, los pantalones de Dazai habrían sufrido un accidente.

— Está bien, yo informaré al Jefe.

Colgó la llamada, suspirando con fastidio antes de volver sobre sus pasos. Los adolescentes esperaron hasta que estuvieron seguros de estar solos antes de echarse a reír estrepitosamente.

— Eso fue bajo, Nakahara— reprendió Dazai a pesar de secarse las lágrimas de risa—. Pudiste inventar otra cosa.

— No cuestiones los métodos si resultan efectivos. Y bien ¿Qué está esta noche en el menú?

— Pan de melón con leche chocolatada y un empaque de gomitas o traje bentōs fríos con refresco de…¿Anguila? Pensé que era café.

— Pido la leche.

Chuuya se sentó en el suelo desenvolviendo el pan y mordiendo con la mirada perdida en algún sitio. Dazai abrió la botella de refresco, olisqueando y volviendo a taparla antes de tomar los palillos y abrir el bentō comiendo e intentando descifrar los pensamientos de su compañero.

— No tienes que responderme si no quieres, Dazai, digas lo que me digas sabes que de mis labios no saldrá una palabra al respecto pero desde hace unas semanas he querido preguntarte ¿Qué ocurre entre tú y Mori?

Ninguno de los dos se movió un ápice, congelados en espera para saber que hacer ellos mismos. Se le había resbalado de los labios aquella pregunta y ya era muy tarde para disculparse, incluso el silencio de Dazai tendría un significado y él lo comprendió, amasando en su interior las palabras o la falta de éstas que debía usar. ¿Quería confesarlo? ¿Quería guardarlo como un doloroso secreto que terminaría por envenenarlo en su interior? Para hablar de aquello primero necesitaba comprenderlo y para esto necesitaba pensar al respecto. Masticó más lento el bocado, separando con los dientes las partes suaves de la carne, cuestionándose si la bebida de anguila en verdad sería tan mala para no darle una oportunidad.

Suspiró, derrotado, apoyando su cabeza en el hombro de Chuuya.

— ¿Desde cuándo te interesa tanto mi vida?

— Está bien si no quieres decirme, no te voy a presionar. Pero si algún día quieres hacerlo estoy dispuesto a escucharte.

Fue cálido. Sincero.

Se llevó el vacío en su estómago, le quitó el aroma salado de la anguila, la incertidumbre por un par de minutos. Le abrió los ojos a la realidad, mas no de una forma dolorosa y brutal como la que le había llevado a ser lo que era, a mancharse y revolcarse en los sitios más hondos del pecado.

Chuuya, en cambio, significaba todas las cosas cálidas en su vida. Confiaba a ciegas en él a pesar de intentar disfrazarlo con peleas infantiles, confiaba en él de tal manera que incluso ponía su vida en sus manos, le ofrecía una tregua a la vida torcida y despiadada que les había acogido dejándole ser un muchacho de su edad, le ofrecía un refugio seguro.

El corazón le escaló hasta la garganta cuando Chuuya le ofreció un trozo partido de su pan, intuyendo que la carne y arroz eran demasiado para su estómago a esas horas, con una sonrisa calmada y cristalina, ajena a la conversación que amenazaba con venir.

La rutina los había acercado tanto que los tenía ceñidos por los huesos, sin espacio para mentirse, a cambio brindándole un consuelo constante y desinteresado, un hombro en el cual apoyarse y descansar.

Negó con la cabeza, abrazándose a sus rodillas, ocultando el rostro de vuelta en su hombro. Respiró hondo.

— Mori era el único doctor de mi barrio. No soy huérfano, tengo padre y madre pero no eran muy amorosos ni atentos, por lo que muchas veces acabé en su consultorio por mi propia cuenta y puede decirse que nos volvimos cercanos. En ese entonces fue el primer adulto que pareció preocuparse genuinamente por mí. Me atendía incluso sin cobrarme o me permitía quedar en su consultorio si no quería volver a casa. Suena estúpido si lo digo así, no quiero que me veas como una víctima, pero se terminó ganando mi confianza. Aunque para ser justos no era nada del otro mundo, era una presa fácil— hizo una breve pausa, meditando si debía continuar. Chuuya lo estaba escuchando atentamente—. Comenzó a pedirme cosas a cambio de alojamiento o medicinas. Al principio sólo eran besos, no me parecía raro. Después fue escalando y… Cuando finalmente llegamos a la cama no puedo decirte que haya sido algo traumático. En realidad lo disfruté mucho así que no me atrevería a definirlo como algo no consensuado. El resto de la historia ya la conoces, me hizo cómplice del asesinato del anterior Jefe y no tuve más remedio que quedarme aquí. Todavía tenemos sexo de vez en cuando. No siempre tengo ganas pero no puedo negarme. Él es el Jefe.

Remató con un retintín que pretendía ser gracioso.

Con más cuidado del necesario, quizá, Chuuya pasó su brazo por sus hombros, besando su frente.

— Sé que de todas formas siempre estás metido allí, pero cuando necesites un sitio seguro puedes ir a mi apartamento. Ni siquiera necesitas tener la puerta abierta, eres una maldita sabandija que se las ingenia para entrar por donde sea. Ahora, cambiando de tema, te apuesto lo que quieras a que no te terminas ese refresco de anguila de un solo trago.