"If I could tear you from the ceiling

I'd freeze us both in time

And find a brand new way of seeing

Your eyes forever glued to mine"

Pasó tanto tiempo sin hablar en su infancia que todos pensaban era mudo.

En casa nadie hacía preguntas, nadie se dirigía a él de ninguna manera y eso le llevó a considerar que no existía. Era tan sólo una sombra atravesando otras sombras a quienes llamaba familia. Ahora no recordaba sus rostros, sus nombres, nada, y aún así estaba seguro de que habían existido. Su familia era como la certeza de los átomos. En algún momento estuvieron en algún sitio aunque nadie haya sido capaz de retratarlos nunca.

¿Cómo podía estar tan seguro? Por las heridas. Si hubiera vivido en la calle probablemente habría aprendido a llorar por el hambre, a luchar por sobrevivir, en cambio estaba acostumbrado a la tibia resignación de las necesidades básicas cubiertas. No le faltó comida ni resguardo, su carencia venía de cosas más complejas como el cariño y cuidado aunque esto lo comprendería muchos años después.

Si hubiera sido huérfano, probablemente sus dolencias serían unas muy diferentes. Habría aprendido a desconfiar de la gente, a buscar su subsistencia en cualquier circunstancia. No se habría vuelto el triste conformista que ahora era.

Porque siendo sincero si no hubiera sido Mori, cualquier otra persona habría tomado igual ventaja y él no se hubiera opuesto en lo absoluto.Al menos debía sentirse feliz porque ahí tenía una manera de destacarse, de pulir sus habilidades y sobre todo porque ese camino le condujo a Chuuya.

Estaba enfadado consigo mismo por no poder maldecir con mayor porfía su suerte desde que ese dulce respiro de sol lo había tocado.

Si no hubiera sido Mori, cualquier otra persona se habría tomado la libertad de quebrarlo, de envenenarlo hasta asesinar todas las cosas buenas dentro suyo. Esa fue su enseñanza más nítida, lo malo se queda dentro, se retiene, se absorbe y va ocupando todos los sitios dentro, sin dejar espacio para cosas buenas. Que de todas maneras Dazai no tenía. No había recuerdos agradables, tampoco grandes tragedias. Tan sólo rechazo e indiferencia y eso lo había vuelto un trozo de barro listo a ser moldeado.

Mori lo moldeó porque Dazai se lo permitió, esa era la verdad. Porque realmente creía que aquello era amor. Porque realmente creía que aquello era preocupación. Pasó toda su infancia en silencio al punto que su voz le resultó extraña la primera vez que se escuchó, y Mori le ofrecía escucharlo, le hacía preguntas, le hacía reír y sentirse real. En su consultorio no era una sombra, allí era un adorno.

Podía que ahora, lejos de la ceguera, resultaran lo mismo.

En ese momento se sentía especial, importante. Le gustaba pasearse por el consultorio con alguna de las batas viejas del hombre, cuestionarle por cada medicamento o instrumento que allí había, sintiendo su corazón aletearle por la manera en que Mori le acariciaba el cabello como premio al recordar cada uno de los ingredientes activos o los mecanismos cinéticos de los medicamentos. Dazai solía quedarse en la sala de espera leyendo libros de medicina mientras Mori atendía a los pacientes, quienes creían que aquel niño crecería para seguir sus pasos en la medicina. Quienes pensaban que la sonrisa de ese niño era absolutamente dulce.

Resulta doloroso lo rápido que cambiaron las cosas. Lo mucho que se aferra su corazón al recuerdo del año que pasó en esa dulce mentira, creyendo que Mori lo veía como su pupilo con ojos puros, dándole un refugio por empatía y sin esperar nada a cambio.

¿Debió irse la primera vez que Mori lo besó en los labios, alegando que era algo normal entre personas que se quieren? Al menos debió sospechar de sus intenciones. Debió al menos ponerle un límite cuando comenzó a acariciarlo un poco más abajo de la espalda en los masajes que le daba para ayudarle a dormir mejor. Debió morderlo, debió golpearlo cuando puso cerrojo en la puerta y le bajó el pantalón la primera vez.

Pero, si hubiera huido ¿A dónde habría ido?

Intentó volver a casa, claro que sí, contándole con la voz rota a quien debía ser su madre lo ocurrido, recibiendo sólo silencio. Ni siquiera una mirada, tan sólo silencio y un plato de comida fría en la mesa. Aquello de alguna manera dolió más.

Sentía vergüenza de decirlo, pero esa misma noche tomó una mochila vieja y guardó sus pocas pertenencias, llegando al consultorio pidiendo un sitio para existir.

Si a cambio Mori le pedía su cuerpo, Dazai se encargó de dárselo diligentemente, entrenándose para complacerlo sin cuestionarse si realmente estaba bien con eso. Cualquiera podría pensar que sólo hizo lo que estaba a su alcance para sobrevivir, para soportar la realidad.

Dazai pensaba que lo hacía porque merecía el dolor. La humillación. La suciedad.

Se puso en sus manos y Mori lo moldeó, lo volvió alguien sin demasiada moral, le borró los límites entre lo bueno y lo malo, llevándose por cierto cualquier rastro de bondad en él.

Lo dejó roto y confundido y así fue como lo encontró Chuuya.

Chuuya no tenía la culpa de sus heridas, lo sabía, lo único que había hecho había sido quererlo y cuidarlo, ser su apoyo. Su único pecado fue no ver el monstruo que le habitaba.

No, no había necesidad de ser tan cruel consigo mismo, era más bien un simple animalito herido que aprendió a morder cualquier mano que se le acercara.

Quiso engañarse sobre su capacidad de recibir amor y es que realmente podía recibirlo, no así soltarlo. Se había vuelto avaro, egoísta, incapaz de dosificar saludablemente el cariño que recibía. Chuuya le había expresado su temor a verlo engancharse de algún vicio sin notar que de hecho ya lo estaba. Era adicto a él, completamente dependiente. Lejos de la romantización comprendía que aquello nunca tendría un final feliz y aún así era incapaz de soltarlo, por el contrario envolviéndolo con más fuerza, rogando poder fundirlo dentro de su propia piel y nunca tuviera que verlo marchar.

El amor de Chuuya era puro, inocente y sincero, mientras que el suyo estaba tan manchado y enfermo que su única manera de expresarlo era esa.

Lastimando.

Estaba tan cansado de reconocer sus mecanismos de supervivencia reaccionar antes que él.

Estaba tan simplemente cansado.

Tomó la botella de vino y el frasco de somníferos, sabiendo que necesitaría mucho más que eso para siquiera inducirse un coma. Sólo quería armar la fachada, era un actor después de todo. La escenografía debía ser perfecta. La bañera, las velas encendidas. Entró en el agua caliente con la ropa puesta, salvo los zapatos y los calcetines. Suspiró, dándole un trago al licor. Chuuya estaría tan enojado porque destapó su mejor cosecha.

¿De verdad crees que estaría riendo si fueras a morir?

Debería. Su vida no había sido más que un largo chiste e incluso su muerte estaba siendo planeada producto de un berrinche, de un castigo injusto a quien no le dio nada más que ternura y comprensión. Resopló queriendo reírse, cerrando la llave del agua, bebiéndose dos tragos para bajar el frasco de pastillas por su garganta, recargando la cabeza contra la cerámica de la bañera. Chuuya había escogido un buen vecindario, el apartamento era hermoso.

Ojalá hubieran sido personas diferentes, viviendo vidas diferentes.

Bebió tan deprisa que el vino le corría en hilos por el cuello. Terminó con un jadeo, estrellando la botella contra la pared. Se cubrió los ojos, dejando que los cristales flotaran en el agua, tomando uno de los fragmentos más grandes. Miró el reloj de la pared. Tenía diez minutos.

Aunque si lo hacía en ese momento dejaría de ser una simple actuación y realmente pondría su vida a colgar en las manos del destino. Podría obtener el descanso que tanto estaba buscando. Podría dejar que Chuuya fuera libre.

Llevaba tantos años perdido que ya ni siquiera estaba asustado.

Sintió el filo del cristal en los dedos advirtiendo, o más bien asegurando que allí estaba su respuesta. Dazai sonrió mientras clavaba el filo en la muñeca, sintiendo el dolor hasta los dientes, más profundo mientras más bajaba. Imitó el movimiento en la otra muñeca, hundiendo las manos en el agua tibia, por supuesto sin lograr que doliera menos.

Suspiró hondamente, la vista fija en el reloj hasta que un sueño muy pesado comenzó a reclamarlo desde el fondo de la bañera. Si no moría desangrado, lo haría ahogado.

Lo había calculado perfectamente ¿Verdad?

Chuuya estaría orgulloso ¿Verdad?

—x—

Miró su celular por última vez antes de buscar las llaves, chasqueando la lengua ante la frustración de ningún mensaje todavía. Estaba bien que Dazai fuera el culpable y quien necesitaba disculparse, sin embargo le daba mal cuerpo llevar más de dos semanas sin saber de él. Convenientemente Mori lo había enviado a Tokio a arreglar unos cuantos conflictos y a Dazai a China, por lo que podía ser comprensible que no tuvieran manera de coincidir.

Pero un mensaje no lo habría matado, es decir, era lo menos que se merecía.

Dazai era así, tampoco estaba tan sorprendido. Al final de cuentas amar a alguien también conlleva aceptar sus defectos y Dazai, entre otras cosas, era increíblemente infantil.

¿Debía verlo como una bandera roja?

Negó con la cabeza, abriendo la puerta y sintiendo el alma volver a su cuerpo al ver los zapatos de Dazai en el recibidor. Fue imposible no sonreír, caminar más rápido a la mesa. Esa era su ceremonia de disculpas, Dazai compraba algo de comida y en silencio dejaban borrar los rencores. No había nadie. Buscó en la sala, en la habitación.

Se mordió los labios ante la puerta del baño, el recuerdo de cierta noche le escaló por la columna en forma de escalofríos, haciendo que las manos le temblaran.

Hacía mucho que se había prometido ser su soporte, al costo que fuera.

Inhaló profundo, preparándose para encontrar al muchacho en un estado dolorosamente vulnerable.

Sin embargo no había preparación alguna para verlo allí, desmayado en la bañera, con la sangre escurriendo por las venas abiertas.

— ¡Dazai!

Jadeó, sacando su rostro del agua, sintiéndolo pesado por la ropa mojada. Lo sacó por completo de la bañera, sacudiendo su rostro sin obtener ninguna respuesta más que la sombra azulada en sus labios, catalizando su angustia. Con el muchacho en brazos corrió a la habitación, envolviéndolo en una sábana sin tener tiempo de quitarle la ropa. Sacó su celular, acomodándolo en su hombro al correr a la puerta sin preocuparse de cerrarla al salir.

— Mierda, mierda, contesta, por favor.

— ¿Chuuya?

— ¿Kouyou? ¿Puedes darme la dirección de la clínica clandestina?

— ¿Ocurrió algo?

— Dazai...— inhaló, intentando controlarse para hablar lo más claro posible—. Necesita ayuda.

— Eso ya lo sé, pero nuestro médico no es psiquiatra.

— Por favor.

— Te mando la ubicación. Trata de no llamar mucho la atención, si Mori se entera que su protegido está herido…

— Ese maldito bastardo se puede ir al infierno.

Cortó la llamada antes de escuchar el jadeo sorprendido de la mujer.

—x—

Pudo llegar más rápido si hubiera tomado un taxi. Pudo haber corrido más rápido si se hubiera acordado de ponerse los zapatos. Pudo haberse disculpado primero. Pudo haber cedido aquella vez. Pudo hacer tantas cosas diferentes, iba murmurando con la urgencia en la garganta, sin fijarse en nada más que las tonalidades azules en la piel de Dazai. Encontró la clínica oculta bajo una fachada de simple farmacia, corriendo a la dependiente, murmurando el código secreto que manejaban en todos sus negocios, rogando que lo comprendiera. La muchacha asintió, dándole la llave de una puerta que aparentaba ser un almacén. No tenía tiempo de fijarse en los detalles, corrió por las escaleras, abriendo otra puerta al final del pasillo, recibiendo la mirada sorprendida de un hombre con bata, en lo que lucía como cualquier consultorio médico.

— No se quede viendo con cara de imbécil ¡Ayudélo!

— Lo siento. Acuéstalo, por favor.

Chuuya obedeció, sintiendo el corazón escurrirle ante la falta de respuesta de Dazai.

— Parece que tiene hipotermia o quizá ya perdió mucha sangre. Necesito que esperes afuera ¿Sabes qué tipo sanguíneo es?

— AB. Yo soy B, si él necesita yo le puedo donar, no he comido nada desde anoche, tampoco he bebido desde hace cinco días y no tengo ninguna enfermedad— Chuuya comenzó a quitarse la chamarra con desesperación, recorriéndose la manga de la camisa—. Como carne muy seguido, estoy sano.

— Necesito que esperes afuera, por favor.

El adolescente apretó los puños y los dientes, su necesidad se negaba a obedecer sin embargo comprendía que sólo estaba entorpeciendo las cosas.

Salió del consultorio azotando la puerta, tan sólo para comenzar a dar vueltas por el estrecho pasillo, mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar, incapaz de calmarse.

Debió intuir que algo así pasaría. Debió hacer algo antes. Debió…

— ¿Chuuya?

El alma se le congeló ante la elegante voz masculina. Ni siquiera había escuchado sus pisadas. Apretó más los puños, intentando contenerse. No era el momento. No con Dazai así.

— Jefe ¿Qué hace aquí?

— Alguien te vio salir con Dazai envuelto en una sábana, supuse que algo malo había pasado y es mi deber vigilar a mis pupilos— aquella calma lo estaba mareando, tan fingida como era—. Quizá te gustaría volver a ponerte un par de zapatos.

— Estoy bien.

— Bueno, lo respeto, sin embargo necesito que estés un poco más presentable para la negociación con los joyeros de Montenegro ¿Recuerdas?

— No puedo dejar a Dazai ¿Puede enviar a alguien en mi lugar?

Mori pestañeó con un histrionismo exagerado.

— Lamento si lo estoy malinterpretando ¿Acaso me acabas de dar una orden, Chuuya?

— Sólo espero que sea un poco comprensivo.

— Y yo espero que seas lo suficiente profesional para cumplir tus deberes sin distraerte en estúpidos sentimentalismos. Mi deber es procurar el bienestar de mis subordinados, sobre todo de los más talentosos como Dazai así que me aseguraré de que reciba el mejor tratamiento.

— ¿Tu deber? — masculló, mordiéndose la lengua. No era el momento, no lo era—. Volveré cuando acabe las negociaciones.

— Te estaré esperando, cariño.

Salió del pasillo, intentando no pensar demasiado en el tono aterciopelado que Mori había usado.

Se detuvo un momento en la ventanilla, llamando la atención de la dependienta.

— ¿Tienes algo con alcohol?

— Sólo alcohol médico.

— Está bien para mí. Dame también una lata de refresco, por favor.

—x—

Él tenía sus propios miedos. Sus propios demonios pisándole los talones, a pesar de la máscara de seguridad que había logrado crearse y venderle a todos. Con Dazai se sentía fuera del telón, en los bastidores, compartiendo escasos momentos de realidad antes de ser obligados a interpretar un nuevo papel.

¿Estaba siendo auto-indulgente? Porque la realidad era que necesitaba de Dazai, más allá de ser su garantía de existir si usaba Corrupción, lo necesitaba para sentirse útil, para sentirse digno. Había cubierto tan bien sus heridas que incluso él a veces olvidaba que las tenía, hasta que se mostraban mucho más sangrantes y profundas que cuando fueron hechas.

Necesitaba que Dazai dependiera de él, que su vida estuviera así de enganchada a la suya para asegurarse que no sería abandonado más adelante, que no sería traicionado.Esta revelación llevaba mucho tiempo dando vueltas en su cabeza, aferrándose a que si no pensaba al respecto no sería una realidad. Quizá Dazai tenía razón y seguía siendo un crío, aferrado a las ilusiones, porque en el momento que se topó con esa escena, todas sus seguridades se volvieron espuma. De una manera egoísta e injusta, donde su mayor temor se materializó transparente y lejos de la empatía. El pánico de quedarse solo otra vez.

Si Dazai moría…

El trago de licor diluyó sus pensamientos, los restos de pánico que todavía latían en sus venas demandando atención. No podía hacerles frente en ese momento, se convenció, necesitaba juntar toda su concentración en las palabras de ese hombre trajeado, rodeado de otros hombres que a sus ojos resultaban iguales. Barajeó sus ofertas, ofreciendo una sonrisa que demostraba confianza, un poco de arrogancia mezclada con coquetería dejando en evidencia quién había sido su mentora.

El hombre le extendió la mano para estrecharla, dando el trato por cerrado y Chuuya se quedó con esa sonrisa congelada incluso tras haber salido de la oficina. Todavía no estaba ebrio, aunque ya comenzaba a marearse.

Aún así no era suficiente.

¿De quién había aprendido a tragarse las inseguridades con alcohol? En realidad a esas alturas ya no importaba. Nada lo hacía, de hecho. Se acomodó el abrigo de Dazai sobre el cuerpo, ovillado en el suelo de su departamento, intentando juntar el valor para volver al consultorio.

¿Qué pudo hacer diferente para evitar ese resultado? ¿De verdad estuvo en sus manos en algún momento o era su ego queriendo convencerlo de haber tenido opciones? Dazai era alguien independiente, no podía tratarlo como una extensión de sí.

¿Verdad?

El aire se le quedó detenido entre los pulmones y la laringe mientras bebía demasiado deprisa de la botella de whisky, tosiendo al final. Se limpió los bordes de la boca, bebiendo de nuevo, envolviéndose más en el abrigo. Tenía tanto miedo de perder otra vez. De quedarse solo y sin un propósito.

¿No estaba igual de solo en ese momento? Se rió de sí mismo, sabiendo perfectamente que el abrigo que sostenía con su vida no era reemplazo del muchacho frágil y roto esperando por él en la clínica. El estómago le ardió con rabia al obligarlo a soportar todo el contenido de la botella, levantándose con un excesivo trabajo del suelo. El mundo le giró y terminó tirado en el suelo, manoteando para encontrar algo a lo que pudiera asirse e intentar incorporarse de nuevo. Se sujetó de la cama, la cabeza entre las manos parecía querer explotar.

Dazai sí que debía ser un imbécil, buscando salvación en un tren igual de descarriado y a punto de estrellarse como el suyo.

Inhaló, chasqueó con la lengua, tomando otra botella de vino para guardarla en el abrigo, obligándose a caminar hasta la clínica.

—x—

Hay quienes afirman la existencia de presagios. La mala suerte se puede predecir en la aparición de animales negros, de nubes de polvo o de moscas u otras cosas. Para Dazai, el violeta siempre sería sinónimo de mala suerte y fue algo que muchas veces quiso compartir con Chuuya. Debió advertirle antes, sería su mayor arrepentimiento después. Ahora estaba allí, inconsciente, luchando por no ser traído de vuelta a pesar de los esfuerzos del médico, bajo la mirada amenazadora de Mori.

Hastiado, el hombre le hizo un gesto con la mano, cerrando la puerta con una sutileza que lo llenó de escalofríos, esforzándose una vez más por infundirle algo de calor a ese muchacho.

Mori se recargó en la pared, la muñeca elegantemente doblada para verificar la hora. Cuando despertara, se encargaría de cobrarle cada minuto que le había hecho perder por ese estúpido capricho.

Giró el rostro con curiosidad al escuchar tropezones, maldiciones y un golpe sordo, encontrándose con la figura tambaleante de Chuuya, luchando por mantenerse de pie. Incluso con esa distancia podía oler el alcohol en su cuerpo.

Mori sonrió, caminando lentamente hasta el muchacho, pasando su mano por su cintura.

— Todavía está en un estado delicado, no creo que sea conveniente…

— Amo a ese maldito bastardo ¿Sabe? — murmuró, apretando los puños en el costoso abrigo de Mori, hundiendo su rostro en su pecho —. Si algo le pasa me voy a morir.

— Shh, ya, pequeño — el sonido de sus guantes entre los cabellos rojizos le dieron escalofríos, atrayéndolo más contra él —. Estamos hablando de Dazai, sabes que se necesita un poco más que unas simples venas cortadas para matarlo.

Chuuya murmuró algo que no alcanzó a comprender, abrazándolo más necesitado de consuelo que de comprender sus propias acciones, de hacer caso a las señales de alerta.

— No creo que sea conveniente que estés aquí en este estado, cariño ¿Por qué no vamos juntos a casa? Te prometo que mañana te daré el día libre para que esperes por nuestro Dazai ¿Qué te parece?