"I'm feeling burned
You taught me a lesson
I didn't want to learn…"
Los ojos comenzaban a cansarse por estar así de concentrado en la figura a su lado. Si ese no lo era ¿Cuándo sería el momento para sentimentalismos? Se sentía tan vulnerable, tan pequeño y desprotegido que no encontraba ilógica su desesperación por consuelo traducida en haber accedido subirse al auto de Mori sin rodeos, dejándose llevar a casa.
Es difícil compartir la opinión respecto a una persona que a uno no lo ha herido y por el contrario, le ha brindado seguridad, confianza e incluso respeto.
Chuuya no ponía en duda ni una sola de las palabras de Dazai, sin embargo, en ese momento, estaba titubeando sobre qué hacer. Preferir a Dazai era sinónimo de renunciar a la mafia y con ello a Kouyou, a Yumeno, Elise y los hermanos Akutagawa, a Tachihara. Maldita sea, incluso a Hirotsu. Además ¿No había sido el mismo Dazai quien le pidió nunca decir una palabra al respecto? Seguro eso también significaba que no quería que rompiera su relación con la Port Mafia.
La culpa estaba buscando excusas en su mente, para qué fingirse tonto. La culpa por sentirse tan protegido en ese momento, con Mori incluso deteniéndose en un drive thru para asegurarle una cena después de preguntarle si tenía algo más que alcohol en el estómago, aparcando en un precioso y tranquilo descampado para que comiera sin prisas, llevando la conversación a una zona neutra, afable.
Podía fingir estar realmente cabreado con Mori. En sus cinco sentidos no habría dudado un segundo en advertirle sobre volver a acercarse a su novio, a gritarle a voz en cuello miles de amenazas.
No, no era tan imbécil para no darse cuenta que incluso en sus cinco sentidos le resultaba imposible separar la figura de salvador, de respeto que era el Jefe en su vida.
Chuuya siempre se vanagloriaba de ser una persona enfermizamente leal, sin embargo ¿Leal a quién, en este caso? Era la clase de preguntas que mantenía en su interior.
Dazai debió prever que sus actos tendrían una repercusión mucho más profunda que sólo una tarde perdida en el hospital, que aquella llamada desesperada de auxilio le haría cuestionarse si él realmente estaba en condiciones de protegerlo.
Quebrar su burbuja no sería gratis.
— ¿Quieres que te lleve a tu departamento o prefieres que vayamos por algún postre?
Chuuya volteó la atención, sonrojándose ligeramente al recordar que estaba en el asiento de copiloto en el auto del Jefe y no debió chuparse los dedos tan sonoramente. Se pasó la servilleta por los dedos ya más por una cortesía.
— No había comido nada desde ayer, lo siento.
— No te preocupes— Mori le palmeó el brazo con una sonrisa demasiado vigorosa para esas horas de la madrugada—. Es agradable ver a alguien comer con tanto apetito.
— ¿Tú ya cenaste? Estuviste todo el día en la clínica ¿Verdad?— Chuuya metió la mano a la bolsa, buscando la segunda hamburguesa que había pedido para ofrecerla al hombre—. No es la cena más elegante del mundo pero está deliciosa, te lo aseguro.
— Gracias.
Mori recibió la comida, quitándose los guantes para comenzar a mordisquear. Chuuya sonrió sinceramente, llenándose la boca con papas fritas, tarareando la canción que se escuchaba en el radio, subiendo el volumen sin preguntar, subiendo los pies al asiento. Con algo de alimento en el sistema, la borrachera se le estaba pasando y en cambio la somnolencia estaba ganando terreno. Había sido un día muy intenso.
— Será mejor que vayas a dormir, cariño.
— No sé si pueda conciliar el sueño.
— En otras circunstancias no me tomaría la libertad de decir tales cosas así que espero sepas guardar este momento entre nosotros, Chuuya. Dazai es alguien muy querido para mí, siempre he visto en él a un discípulo. Incluso me atrevería a decir un hijo. El cariño que tengo por él, no obstante, no me hace ciego a sus arranques. Suele ser muy rencoroso y manipulador y pasional, es decir, no perdona los errores y a veces tergiversa un poco las cosas para lucir como inocente. No quiero entrometerme en su relación, sin embargo quiero que sepas que si necesitas alguien que te escuche puedo hacerlo ya que conozco perfectamente bien a Dazai y no siempre es la persona más amable del mundo. Casi podría asegurar que todo este episodio fue por una pelea entre ustedes ¿No es cierto?
— Es caprichoso y cabeza dura— bostezó, acomodándose contra su hombro de manera instintiva, infantil en cuanto el sueño lo tomó por completo.
Mori sonrió, acomodando a Chuuya en el asiento abrochando su cinturón, volviendo a ponerse los guantes para retomar el camino.
—x—
Se sentía en casa.
No como el hogar que había construido con Dazai, ese que más parecía una casita del árbol donde se escabullían de la realidad como si realmente pudieran escapar de ella, prometiéndose cosas que francamente eran imposibles como ser felices sin alejarse de los sitios donde se estaban despedazando, como si lo único que necesitaran para sanarse y ser felices pudieran ser ellos mismos. Era adorable, inocente, sin embargo no era real y Chuuya lo sabía, por mucho que fingiera que no. Él sabía que en cualquier momento algo iba a ocurrir si apoyaban su mundo entero en el otro.
En cuanto uno de los dos se rompiera, ambos acabarían hechos pedazos.
Pero eso no importaba allí, en ese sitio que se sentía como casa. Allí donde se corre para ser rescatado, donde puede encontrar un verdadero apoyo.
Mori...Bien. Mori podría haberse equivocado con Dazai o podía ser que su novio hubiera dicho cosas algo distorsionadas, el hombre tenía razón al decir que Dazai podía ser un poquito manipulador a veces. A sus ojos, por su experiencia, Mori era una figura de autoridad con un peso tremendo en su vida. Le había dado un sitio al cual pertenecer, le había señalado sus errores para ayudarlo a alcanzar su objetivo y justo ahora, le estaba dando la estabilidad que tanto necesitaba. Le estaba dando la noción de una casa donde podía sentirse como un niño, pequeño y frágil que iba a ser protegido. Y lo necesitaba tanto, desde hacía tanto tiempo.
Si olvidaba, y realmente deseaba hacerlo, que Dazai estaba debatiéndose entre la vida y la muerte, aquello parecía un sueño.
Su cabeza estaba contra el pecho de Mori al éste tenerlo en brazos, mientras el vértigo de ir subiendo los pisos en el elevador le golpeaba como olas en el mar, su oído contra su pecho, escuchando su corazón. Tan cálido. Tan… familiar.
Su cabeza estaba ahora contra una almohada mullida y la suavidad de una cama lo recibió, destensando los músculos, la respiración se volvió más pesada y unas extrañas mariposas en el estómago nacieron cuando Mori le quitó los zapatos.
El abrigo.La camisa. El pantalón. La ropa interior.
Lo giró dejándolo boca abajo, las piernas abiertas. Una boca en su nuca, en su espalda.
Intentó abrir los ojos.
No.
Estaría mejor si no lo hacía.
Qué sueño tan extraño estaba teniendo.
—x—
¿No simplemente odias lo muy rápido que las noches desaparecen?
Sería lo primero que le preguntaría.
Lo muy terrible que resulta abrir los ojos y sentir los rayos del sol a manera de burla, de recuerdo sobre que la vida no se detuvo nunca. Allá afuera comenzará un nuevo y radiante día sin que el tiempo se congelara en ningún sitio, sin ninguna clase de piedad para tomar un respiro.
Tras sus párpados estaban los restos de su protección, si permanecía un poco más así podía seguir fingiendo que todo había sido un sueño, por más malo y doloroso que haya sido.
— Buenos días, cariño.
Esa mano era una enredadera en su cintura, acariciando para hacerlo consciente de su desnudez, extendiéndose hasta sus pulmones porque no encontraba otra explicación al porqué no era capaz de respirar por más aire que jalara.
— Estuviste increíble. Tan obediente— sus labios en su nuca, en su cuello, su cuerpo sudado pegándose a su espalda. Su pene erecto restregándose contra su trasero—. Mira cómo me tienes, cariño, y eso que anoche te lo hice hasta quedarme sin aliento.
Apretó los puños en la almohada, los labios hasta hacerse sangrar para no abrir los ojos.
— Está bien si lo meto ya ¿Cierto? Estás tan lleno de mi corrida que ya no necesitamos lubricante.
Se encorvó con las manos en la sábana cuando Mori tomó su pierna, entrando otra vez.
—x—
Se había bañado más de tres veces intentando quitarse el asco, intentando encontrar en el calor del agua algo que borrara todo lo que llevaba ocurriendo desde que tenía consciencia. Sentado bajo la regadera, viendo el agua mezclarse con el jabón, la sangre y el semen que ya no sabía de dónde estaban saliendo. El tiempo dejó de tener un significado lineal, podían haber pasado días, años, segundos, desde que escapó del departamento de ya no podía decir su nombre gracias a una llamada inesperada hasta ese momento. Era como si el baño se hubiera vuelto una dimensión completamente aparte, una realidad alterna donde él lentamente se estaba volviendo un ser acuático. Sería maravilloso ver sus piernas fusionarse, cubrirse de escamas y así nunca nadie podría tocarlo allí otra vez.
Quizá eso había sido su castigo por intentar poner a alguien por encima de Dazai, por dudar aunque fuera en sus pensamientos de él. Dazai tenía razón, él no era muy listo, no podía confiar en su criterio y necesitaba de él para ello.
Apoyó la cabeza contra la cerámica, mirando lo arrugados que ya estaban sus dedos por la humedad absorbida. Sería maravilloso que se hinchara hasta explotar, al menos sus dedos para así borrar de ellos todo lo que había tocado alguna vez. Debía ponerse de pie para por fin apagar la regadera, con pasos torpes llegó a la habitación y comenzó a vestirse con la ropa menos formal que encontró, la menos llamativa, rebuscando un par de lentes oscuros, buscando en su celular la dirección de una clínica en Tokio donde pudieran hacerle pruebas para asegurarse que al menos Mori no lo hubiera contagiado de algo.
Era lo único que se le ocurría podía hacer para sentir que recuperaba algo de control sobre su cuerpo.
—x—
Miraba la ciudad desde el transporte público con otros ojos, abierto a otra realidad. El llegar a la clínica no hizo más que terminar de clavar la flecha en su pecho ante la cantidad de personas que iban, probablemente, por el mismo motivo que él. Lo veía en sus ojos, en sus gestos. Los mismos que alguna vez vio en Dazai y no supo interpretar.
Lo que daría en ese momento por nunca haberlo averiguado.
Solicitó la parada cuando reconoció el barrio, caminando sin notar que estaba volteando a todos lados, buscando el auto negro de Mori, su aroma o cualquier señal de que estaba cerca. Corrió como un roedor asustado hasta la farmacia, esta vez sin saludar a la empleada sólo le extendió la mano y ella le dio la llave. Chuuya abrió la puerta, mirando primero con cautela desde la entrada.
— El doctor salió por insumos, según lo que me dijo en la mañana el paciente sigue inconsciente pero ya está fuera de peligro.
Chuuya asintió, incapaz de encontrar su voz. Bajó las escaleras, caminando sin detenerse hasta llegar a la camilla improvisada donde la vida de Dazai parecía estar goteando en aquella intravenosa en la cabecera.
Se veía tan pacífico que casi deseó no despertase nunca.
Subió con cuidado a la camilla, encontrando el espacio adecuado a su costado, tomando su brazo sin intravenosa aunque vendado para pasárselo por los hombros, pegando su cabeza a su pecho. El latido era exangüe como debía esperarse de Dazai.
— Estuve pensando, deberíamos llamar a nuestra banda "Un par de idiotas destrozados" o algo de ese estilo. Creo que nos queda perfecto.
La risa salió polvosa y agotada, apagada contra el pecho delgado del muchacho. Chuuya aspiró el aroma a crisantemos y asépticos, hundiendo su nariz entre las costillas de Dazai.
Por fin se dio permiso de que las lágrimas fluyeran.
