Ya estaba en edad de cuidar de su propia espalda, además no era ningún debilucho, por el contrario. Junto a Dazai, su mentor, no encontraba dentro de la Port Mafia a nadie más fuerte que ellos. Eran el así denominado " Doble Negro" una fuerza imparable e incomparable. Dazai era la mente maestra, el perfecto estratega mientras que Chuuya era la violencia, la tan oscuro y denso como el azogue, silencioso hervía hasta explotar y envolver todo cuanto salpicara sin dejar posibilidades a escape alguno. Efectivos y coordinados como los movimientos celestes, no había manera de escapar a ellos.
De puertas afuera, eso eran.
De puertas adentro, había muchas cosas más suaves por ser dichas.
No lo estaba viendo con ojos juiciosos, no se atrevería, sin embargo, era imposible no sentir al menos un poco de desazón al encontrar a Chuuya en esa vulnerable postura, abrazado a una lápida en un risco oculto, con lágrimas todavía frescas en las mejillas , por cierto azuladas debido a haber estado allí al menos toda la madrugada. ¿Quién sería tan importante para ponerlo en ese estado? Hasta donde sabía su única familia estaba en la mafia, fue un huérfano traicionado por quienes consideraba sus amigos. El nombre mal escrito allí " Randou" no le sonaba de nada, aunque tampoco era como si realmente alguna vez hubiera preguntado por el pasado del pelirrojo. Conocía lo que había que conocerse y era suficiente.
Aunque algunas veces, cuando lo obligaba a tomar el desayuno con él y Dazai, insistiendo hasta lo desesperante que comiera un poco más, se quedaba colgando de su sonrisa, de la manera fluida en que hablaba sobre cualquier tema, de las carcajadas que soltaba al mencionar alguna anécdota y estaba dispuesto a sacrificar un poquito de lo nada que poseía por escucharlo un poco más, por tenerlo un minuto más abrazado a su espalda, con su mentón en su coronilla mientras hablaba con Dazai y sentía el corazón de Chuuya latirle en la nuca con la cadencia de una nana, tan cálido y agradable como el verano.
Incluso si el precio era el latente desprecio de Dazai por la cercanía entre ambos. Sabía que veía de muy mala manera lo desenvuelto que era Chuuya con él y su hermana, que constantemente se entrometía entre sus abrazos o sus pláticas para terminarles, resoplando cuando lo veía aparecerse. Ryuunosuke quería decirle que no, que Chuuya era sólo su figura fraterna, lo más cercano a un amigo o un hermano mayor que alguna vez tuvo, que si bien a él lo idolatraba por sus capacidades y destrezas, si se dejaba deslumbrar por sus medallas, lo que sentía por Chuuya era algo completamente distinto.
¿Exactamente qué era?
Lo veía allí con la cabeza apoyada contra el mármol nuevo, los ojos pesadamente cerrados y el cabello bajo el sombrero hecho un desastre de cobre, apenas tocado por los primeros rayos de la mañana.
De reojo cualquiera lo podría haber confundido con la estatua de un ángel.
— Chuu-Chuu— sintió vergüenza de lo infantil que se escuchó, a pesar de la sinceridad allí expresada —. Chuuya, Mori me envió a buscarte.
— ¿Todavía no vuelve Dazai de su misión en Tailandia?
— No, me ha pedido que…
— Entonces no me interesa— bostezó, girándose para no darle la cara—. Dile que no me encontraste.
— Tengo una misión en Tokio— balbuceó tímidamente, rascándose la nuca—. Se suponía que Dazai me acompañaría.
Chuuya se giró de vuelta, abriendo un ojo para enfocarlo en la figura todavía lánguida de Ryuunosuke, a pesar de ahora estar cubierto con ropa mucho más elegante y con las mejillas menos hundidas. Ya ni hablar del estirón que había predicho tiempo atrás, por el cual ahora era incluso unos centímetros más alto que él.
Suspiró, abriendo el otro ojo también mientras se incorporaba, acariciando la lápida que él mismo había comprado pocos días antes para despedirse. Se acomodó el sombrero, el abrigo y caminó junto al muchacho, sonriendo.
— No puedo dejar que mi bebé ande solo en Tokio, sería irresponsable.
— No soy un bebé.
— Tú y Gin son mis bebés— declaró con orgullo, un poco menos conmovedor debido a los profundos surcos bajo sus ojos—. ¿Qué debes hacer en Tokio?
— Cobrar una deuda, no es la gran cosa.
— Te he dicho que no minimices tus logros, bebé, lo que hagas es importante— entró al auto que les esperaba, extendiéndose en los asientos traseros, acomodando su cabeza en las piernas de Ryuunosuke—. ¿Te molesta si tomo una siesta mientras llegamos? La cabeza me está matando.
— ¿Otra vez bebiste mucho, Chuu-Chuu?
— Quizá deba pasar a darme una ducha, debo apestar— se rió tras un profundo bostezo, cerrando los ojos.
Ryuunosuke pasó sus dedos con suavidad por su frente, quitándole el sombrero, acariciando sus cabellos mientras sonreía inconscientemente por la manera pausada y confiada en que Chuuya estaba roncando.
—x—
Ryuunosuke tenía muchos puntos débiles, era cierto. Apenas llevaba un año en la Mafia y aunque Dazai era un buen mentor le faltaba visión en cuanto a las fallas humanas, restando una importancia que al final repercute en los resultados. Ryuunosuke era altamente eficaz en cuanto combates, sin embargo , en negociaciones o cualquier situación donde la violencia no fuera la respuesta, no generaba ningún resultado óptimo. Sentía algo de vergüenza porque Chuuya terminó interfiriendo en esa supuesta misión suya, cerrando de manera magistral el trato.
Él mismo llamó a Mori, contándole con un histrionismo envidiable el magnífico trabajo que había hecho, cómo incluso se había encargado de cobrar un porcentaje mayor de intereses al estipulado, de paso también alabando el trabajo de Dazai como mentor, alegando que debía ser por sus enseñanzas que él era tan bueno.
Quiso protestar al escucharlo mentir, disculparse por su ineptitud pero Chuuya lo interrumpió, casi suplicando que volvieran a casa, que necesitaba dormir.
Al final, después de comunicarle los resultados al Jefe, lo arrastró hasta su departamento, donde estaban ahora, Chuuya terminando de darse un baño y él paseando la vista nerviosamente por la habitación, sin saber muy bien qué hacer mientras esperaba. No era que pasara poco tiempo allí, sin embargo rara vez lo hacían ellos dos solos, sin Gin o Dazai y por alguna extraña razón aquello lo ponía nervioso. A veces Chuuya lo ponía tan nervioso que tiraba las tazas de té, incluso delante de Kouyou, sin recibir un regaño, tan sólo una mirada misteriosa de aquellos ojos cereza.
— Siento que acabo de volver a la vida.
Ryuunosuke se sobresaltó al escucharlo, no había notado el momento en que volvió.
Con una sonrisa revitalizada lucía más aniñado, adorable por el vapor que enrojeció sus mejillas de durazno, el cabello pegado a su rostro para enmarcar sus perfectas facciones y goteando por su cuello, por su pecho desnudo, apenas una toalla mal atada a sus caderas, el sol de la mañana todavía se colaba para posarse en sus músculos, en su piel.
Sería un pecado mortal negar lo terriblemente hermoso que era Chuuya.
— Dejé el baño preparado por si quieres ducharte antes de tomar una siesta. Después podemos ir a desayunar con Ane-san, me muero por ver a Gin, hace casi dos semanas que apenas y me manda mensajes.
— Está totalmente volcada a los entrenamientos, Kouyou puede ser muy dura a veces.
— ¿Tanto como Dazai?
— N…
La voz se le cortó en su escasa valentía lograda al verlo deslizar la toalla por sus piernas, rebuscando en el elegante tocador un tarro de crema para untarla por su cuerpo, abriendo cajones en búsqueda de la ropa interior. La espalda ancha, trabajada, se hacía más estrecha hacia la cintura, igual una red de musculatura, lejos de la fragilidad que uno intuiría por su estatura y complexión, allí no había nada frágil, nada con la capacidad de ser roto sino adorado. El aire ya no estaba en ningún sitio alcanzable, todo era Chuuya, su cuerpo, su aliento, su calma. Se relamió los labios, juntando lo poco que le quedaba de autocontrol para no mirar más abajo de su cintura.
Aquello se sentiría incluso más incorrecto por razones que no alcanzaba a vislumbrar, tan sólo sentir en el desbocado martillar de su corazón pidiéndole que saliera de allí, que escapara de la mirada azul en el espejo que esperaba una respuesta todavía, ingenua al recorrido que Ryuunosuke estaba haciendo con sus ojos en su cuerpo, lo mucho que estaba ardiendo por no ver más, tan sólo un poco más de esa maravillosa obra de arte que Dazai tenía entre sus manos cada vez que lo deseara. El mejor sólo podía poseer lo mejor, tenía cierta lógica y no era que se estuviera poniendo a su nivel, pero podía envidiarlo ¿No era verdad? Podía ponerlo como la epítome del éxito, traduciendo " éxito" como ser quien despertaba con Chuuya a su lado.
¿Lo besaría cada mañana? ¿Se desharía entre sus manos, entre sus piernas?
— Si Dazai te está tratando mal puedes decirme, le pediré que sea más considerado.
— No quiero parecer débil ante él.
— No eres débil, dulzura. Deja de ser tan autoexigente— el pelirrojo se acercó a él con intenciones de palmear su hombro o, todavía peor, darle un abrazo, con aquel tono tan inocente, tan de hermano mayor que ahora le irritaba, le humillaba.
No era ningún bebé, para desgracia de ambos, porque aquellas cercanías se estaban volviendo demasiado dolorosas últimamente, en mucho más de un sentido.
— Necesito ir a otro lado, lo siento.
Chuuya se quedó con una ceja levantada al ver la rapidez con que Ryuunosuke se levantó, dejándolo con la mano en el aire.
Se encogió de hombros, resignado al escuchar el portazo. Tomó la secadora de cabello para apurar el proceso, abrió el último cajón sacando una botella de vino. Un trago no le haría daño a nadie, se convenció, además tenía tanta resaca que más tarde no podría cumplir su itinerario sin algún otro estimulante. Miró su celular, cargándose junto a la cama, esperando ver la luz verde de mensajes o llamadas perdidas. Había pasado toda la noche anterior y esa mañana sin mirar la pantalla con la fe de ser esto suficiente para ,al menos, recibir un mensaje de Dazai avisando que llegaría antes de lo previsto. Tailandia no estaba tan lejos, además le prometió que ni siquiera se quedaría a hacer turismo, mataría a todos si no cooperaban para ahorrarse el trabajo innecesario y volver más rápido.
Odiaba cuando sus misiones no eran en conjunto, mucho más aquellas donde alguno de los dos debía ir fuera del país porque significaba mucho más tiempo alejados.
Ojalá Ryuunosuke se hubiera quedado un rato más a hacerle compañía, ahuyentando todos los fantasmas que se le metían por los huesos cuando estaba solo, todos los recuerdos que se quedaban rasgando desde adentro, cada vez más inmisericordes, más certeros. A solas debía mirarse al espejo y no a su compañía, debía escucharse a sí mismo, se quedaba sin motivos por si acaso Mori llamaba y solicitaba verlo a él, únicamente a él. No había vuelto a tocarlo, aún así, Chuuya sabía que era sólo cuestión de suerte y la suerte no es eterna.
Escuchó la puerta abrirse y soltó la secadora sin apagarla, reconociendo perfectamente el suspiro que sonó a salvación.
Dazai no tuvo ni siquiera tiempo de saludarlo cuando Chuuya se colgó de su cuello, rodeando su cintura con sus piernas, besando su frente, sus mejillas,sus labios.
— Pensé que tardarías dos días más en volver.
— ¿Y dejarte solo para que me reemplaces con un chiquillo como Akutagawa? Alcancé a verlo salir corriendo de aquí hace unos minutos.
— No digas tonterías, me pidió que lo acompañara a una misión y después sólo vino a dejarme, sabes que es muy amable— resopló, poniendo los pies en el suelo, tomando su mano para ir al comedor pero Dazai lo jaló hacia el dormitorio.
— Desayuné en el camino, justo ahora lo único que quiero es tomar una siesta.
— Qué coincidencia. Cuando despertemos ¿Me contarás cómo estuvo tu viaje? Te extrañé tanto.
— Sólo fue una semana— se rió entre dientes, desconectando la secadora de cabello mientras Chuuya se colaba entre las sábanas de la cama estilo occidental que recientemente habían comprado, esperando a que Dazai terminara de quitarse el traje, quedando en ropa interior igual a él. Le dio una mirada apreciativa a sus nuevos vendajes.
— Hubieras esperado a que yo lo hiciera, nunca te aprietas bien las vendas. Además, me gusta curar tus heridas.
— Pensé que lo hacías porque te gusta tocarme.
Chuuya palideció, sintiendo un escalofrío en la columna ante lo que aquello implicaba. Los besos estaban bien, eran sanos, amorosos al igual que los abrazos. Cualquier otra muestra de afecto estaba prohibida entre ambos en un acuerdo tácito, inexplicable. Algo que Dazai comprendió como empatía por parte de Chuuya, sin nunca preguntar por qué de pronto se volvió tan obsesivo con la saliva, por ejemplo, cuando antes no le molestaba ni siquiera compartir la misma botella. Para ambos, el deseo era algo que sólo se siente por alguien a quien se quiere herir, no a alguien a quien se ama. Era tranquilizador poder compartir aquel ideal.
— Te amo demasiado para verte de una manera tan...sucia.
— Lo sé — sonrió, besando su frente, atrayéndolo contra su pecho —. Por eso estoy contigo.
— ¿Sólo por eso? ¿No vas a decirme que me amas también, idiota?
— Te amo también, idiota.
Chuuya hizo un puchero, al final ambos se echaron a reír, acomodándose uno contra el otro, encontrando por fin el refugio del sueño. Ambos sabían que el contrario sólo dormía cuando el otro estaba a su lado.
