El espacio, el oscuro y enigmático vacío abierto tras las nubes se condensaba en el cuerpo de Chuuya en esos momentos.
Lo que crea también destruye y si la vida comenzó allí, en el espacio, es totalmente lógico que allí también encuentre su fin, entre el agónico dolor de los agujeros negros. Chuuya se resignaba a la noble tarea de volverse una compuerta y mostrar la definición de destrucción cuando los enemigos no compraban los rumores y se pensaban más fuertes que ese muchachito más bien pequeño, tomando sus provocaciones como ladridos sin propósito. Entonces se abría la puerta en él y los secretos más aterradores del universo le pintaban la piel, le quemaban y ponían su vida al límite porque al final su cuerpo no era el de un Dios ni una bestia y el poder corriendo por sus venas era mucho mayor a su resistencia.
Incluso sabiendo eso, Dazai no podía dejar de maravillarse por la manera en que Chuuya se volvía una especie de médium entre el espacio y la tierra, mostrándoles con lujo de apreciación cuál sería el destino final del planeta.
Sería tragado por un hoyo negro, aplastado entre la gravedad y borrado para siempre de cualquier lugar. No habría memorias para recordar ni una sola vida, ni animal ni humana. No habría pinturas, escritos, heridas. Todo sería borrado absolutamente y para siempre.
Era terrible, quizá egoísta, a Dazai, la forma corrupta de Chuuya tan sólo le daba esperanzas sobre el final del mundo.
Ryuunosuke lo miraba, parado justo a su lado pero con los puños apretados y el cuerpo inclinado, sintiendo un apuro que sinceramente le frustró no ver reflejado en Dazai, encontrando en sus pupilas dilatadas y los labios mordidos una veneración que no creía prudente. No con Chuuya emitiendo esos sonidos enloquecidos y sangrando por cada poro de su cuerpo, arrasando hasta con el aire frente a él. No había nadie vivo ya, sin embargo, Chuuya no era capaz de ver absolutamente nada, corrupto en cada célula de su cuerpo, buscando expandir la masacre más allá, hasta el último rincón.
— Está muy herido— susurró Ryuunosuke, avergonzado—. Está sangrando mucho.
— Chuuya no es débil para morir por algo así.
Dazai suspiró, abandonando el refugio tras los árboles para caminar en medio del desastre buscando su epicentro, canturreando entre los cuerpos despedazados y la sangre, las armas, analizando cuántas bolsas con joyas planeaban robar que valieran la pena haberse enfrentado a la Port Mafia. No en plural, a Chuuya en particular. Sonrió con el aroma a sangre y azufre acariciando su nariz, poniéndose tras Chuuya, rodeando su cuello con delicadeza para anular su poder. Esta vez el pelirrojo ni siquiera fue capaz de maldecirlo por haber tardado tanto, tan sólo colapsó a sus pies, con ligeros temblores ocasionados por el exceso de esfuerzo y la pérdida de sangre. Suspiró, haciéndole una seña al muchacho de negro para que le ayudara a cargarlo.
— Vamos a necesitar llevarlo a la enfermería.
Ryuunosuke tomó a Chuuya en brazos con cuidado, apretando los labios para no reclamarle a su mentor por haber tardado tanto a propósito. Chuuya se quedó quieto entre sus brazos, como un pajarito buscando su calor. Dazai siguió canturreando entre los muertos, pateando algunos miembros, sin siquiera mirar atrás ni ofrecer su abrigo.
A veces dudaba que Dazai realmente fuera humano.
— No pongas esa cara de plañidera, él está bien, no es un niñito delicado como tú.
— Lo sé.
Susurró, apañándoselas para entrar al auto que los esperaba, mirando al grupo de la mafia encargado de recolectar las joyas que planeaban robar los enemigos.
— Dazai…
La voz rota del pelirrojo lo hizo mirar abajo, notando su esfuerzo por estirar la mano, intentando tocar su rostro. Estaba temblando demasiado y al tacto, helado. Dazai resopló, quitándose su abrigo y jalando el cuerpo del muchacho hacia sus piernas, envolviéndolo contra su pecho.
— Ya terminó, cariño, iremos a la enfermería y mañana estarás como nuevo.
— No, no a la enfermería.
— ¿Prefieres ir a la clínica clandestina?
— A casa, por favor, llévame a casa contigo.
— Como tú desees, cariño— suspiró, besando su frente—. ¿Qué tan bueno eres curando heridas, Akutagawa?
— Perdió mucha sangre— intervino Ryuunosuke, tragando saliva ante la dura mirada de Dazai—. Necesita un médico.
— No le gustan los médicos ¿No estás escuchando? Chuuya siempre está intentando cuidarte, al menos deberías ser un poco agradecido.
— No creo que sea correcto.
— Te hice una pregunta muy puntual.
— Sí, sé curar heridas.
— Perfecto, irás con nosotros.
Ryuunosuke se mordió la lengua, intentando interpretar qué era ese sentimiento equivocado en su pecho ante aquella orden.
—x—
Habían pasado dos días y como era predecible, Chuuya seguía en un estado delicado. Aunque las heridas en su cuerpo comenzaban a cicatrizar, apenas tenía la capacidad de abrir los ojos un par de minutos a lo largo del día por lo que cuestiones tan básicas como alimentarlo resultaban una tarea titánica. Dazai tuvo que marcharse la siguiente mañana por órdenes de Mori y lo dejó por completo a su cuidado.
Por muy bueno que fuera curando heridas, aquello era una cuestión muy aparte. Necesitaba vigilar hasta el más mínimo signo vital de Chuuya en búsqueda de un fallo o alarma preocupantes. Seguía rumiando que lo más idóneo hubiera sido llevarlo al médico pero Dazai le había ordenado no decir ni siquiera una palabra sobre el estado del muchacho, ni siquiera a Gin. Entonces estaba prácticamente incomunicado, atendiendo diligentemente al pelirrojo como si fuera su enfermero personal.
No le molestaba mucho, sinceramente. Era grato poder retribuir la preocupación que mostró con él y su hermana desde el principio.
La tarde estaba cayendo y él estaba leyendo sentado a un lado de la cama con la malteada multivitamínica esperando por Chuuya para ser bebida. Su piel comenzaba a retomar su color y su pecho silbaba menos conforme respiraba, lo cual le parecía una buena señal.
Cerró el libro al escucharlo inhalar profundamente, manteniendo los ojos abiertos más tiempo que el resto de los días, incluso reconociendo la habitación.
— ¿Puedes hablar?
—¿Ryuu?— Chuuya giró la cabeza, tosiendo débilmente por la resequedad en la garganta—. ¿Dónde está Dazai?
— Mori lo llamó hace dos días.
— Uhm...— susurró, incorporándose con la espalda contra la cabecera, Ryuunosuke se apuró a ayudarlo a enderezarse—. ¿Cuántos días llevo así?
— Tres.
— ¿Y el bastardo de Dazai no se dignó a darme un baño?— chasqueó la lengua, olisqueando su cuerpo con desagrado—. Odio pedir esto pero ¿Crees que puedas ayudarme a llegar al baño? Apesto a perro muerto.
— ¿No prefieres esperar a que vuelva Dazai?
— Me gustaría recibirlo sin parecer un pordiosero.
— Bueno…
Chuuya sonrió, estirando sus brazos como un niño pequeño y Ryuunosuke suspiró hondamente resignado, ayudándolo a caminar hasta el baño. Lo recargó contra la pared para abrir el grifo y preparar las sales curativas que encontró, mientras el pelirrojo comenzó a desabotonarse la chamarra, la camisa, arrojándolas al cesto de ropa sucia sin atinar, así que él tomó las prendas y las depositó en su sitio, quedándose a su lado para esperar por el resto de ropa. Chuuya se rió abochornado, pasando su brazo por su cuello para que le ayudara a sentarse en la bañera. Cerró los ojos, suspirando con gusto, abriendo después para mirarlo con duda.
— ¿No vas a quitarte la ropa ? No te puedes bañar vestido.
— Yo no necesito un baño, sólo te ayudo a ti.
— Si no entras conmigo no vas a poder lavarme la espalda, además es más divertido compartir la ducha.
— No me gusta.
— ¿Cuándo fue la última vez que te bañaste tú? No seas un niño, anda.
Tragó saliva. Ya era suficiente con tenerlo desnudo delante de sus ojos, lo que pedía iba más allá de lo que pensaba poder soportar. Aún así, no podía dejarlo en esa condición tan vulnerable a solas.
O más bien, no podía perder la oportunidad.
Cerró los ojos, con el corazón en la garganta, mirando instintivamente a la puerta cerrada, sabiendo que quizá Dazai tardaría un poco más en volver, además, no era como si estuviera haciendo algo malo ¿Cierto? Sólo estaba ayudando a su superior, sólo estaba siguiendo una orden. La camisa se quedó doblada junto al resto de la ropa, la gabardina, los pantalones, la ropa interior. Caminó, parándose en la bañera, del lado contrario a Chuuya. Era un espacio amplio, podía sentarse en ese rincón y no se rozarían siquiera. Lo hizo lentamente, con el mentón en las rodillas, con el pulso completamente acelerado, incapaz de mirarlo a la cara.
Aunque, de alguna manera, debía sospecharlo. Chuuya hizo un puchero, caprichoso como era, impulsándose hasta quedar contra su pecho, acomodado de una manera perfecta. Suspiró con una risita, tomando la esponja y vertiendo algo de jabón para pasarla por sus piernas con cuidado, apreciando las heridas ya cicatrizadas.
Ryuunosuke no sabía qué hacer. Era demasiado, podía jurar que Chuuya sentía su corazón latir enloquecido, chocando contra su pecho como queriendo salir y tocarlo por sí mismo, apreciar la suavidad de su piel. Tragó saliva con más fuerza, provocándose una serie de tosidos que hicieron reír más alto al muchacho.
— ¿Está muy fría el agua para ti?
— No.
— ¿Por qué estás tan callado conmigo? Dazai dice que con él siempre hablas mucho.
— No es cierto.
Chuuya se giró por su costado para mirarlo, con los labios ladeados y los ojos entrecerrados, ligeramente suspicaz.
Iba a estallar, por todos los Dioses. Estaba a punto de estallar.
— Está bien ¿Has hablado con Gin? Esta semana le prometí que iríamos juntos de compras, me halaga que prefiera ir conmigo que con Kouyou aunque me parece algo extraño, supuse que al ser ella mujer le tendría más confianza.
— A Kouyou no le gusta que Gin use vestidos occidentales, casi nunca le permite usar nada más que kimonos.
Chuuya se carcajeó con ganas, negando con la cabeza.
— ¿Te he contado que una vez Ane-san me hizo ponerme un kimono? Era para una misión, aunque se esmeró sospechosamente demasiado. Incluso me maquilló y peinó. Dazai tiene una fotografía, dice que la guarda en el banco como su posesión más preciada porque algún día podrá chantajearme con ella. Es un imbécil.
— Yo pagaría por ella.
— No es tan graciosa como piensas.
— Debe ser hermosa.
Se mordió los labios, sintiendo las mejillas arder. Se estaba exhibiendo demasiado, se estaba arriesgando demasiado.
— No necesitas adularme, Ryuu, fue una tontería, como cualquier otro gaje del oficio— bostezó, extendiendo los dedos al sentirlos entumecidos—. ¿Puedes terminar de enjabonarme? apenas puedo mantener los ojos abiertos.
Con manos temblorosas pasó la esponja por sus brazos, eran pequeños pero no delgados sino musculosos, maltratados por la marca que Arahabaki siempre dejaba en piel, luciendo como tatuajes de castigo. Subió por sus hombros, inclinándolo con delicadeza para comenzar con su espalda, Chuuya se recargó contra el filo de la bañera, apoyando la mejilla contra sus manos, bostezando de nuevo, cerrando los ojos, adormilado por la tibieza del agua y sus manos, sintiéndose tan a salvo que la responsabilidad le ganaba a cualquier otro deseo. Incluso si era así de potente, latiendo en cada gota de su sangre por la cercanía, por la temperatura. Lo tomó con suavidad para recostarlo contra sí de nuevo, pegando su mejilla a la ajena, pasando con una profunda adoración la esponja por su pecho, por su vientre.
No tuvo tiempo de asimilar sus sentimientos, un día simplemente llegaron con una brutalidad tal que derribaron todo lo demás. Si Chuuya debía ser su figura de autoridad, si era el novio de su mentor, si era mayor que él. Todo se diluyó en el azul de sus ojos, la dulzura de su sonrisa. Además era un sentimiento egoísta, tan suyo que ni siquiera planeaba compartir con el pelirrojo, mejor dejarlo anidar en su pecho, calentar sus entrañas y no estallar en incómodos silencios que terminarían dañando la relación que mantenían. Le gustaba que le llamara "bebé" e insistiera en darle de comer en la boca, le gustaba que discutiera con Dazai por él. Le gustaba tenerlo contra sí, dormitando, completamente vulnerable y tan expuesto.
Dejó la esponja en un costado, reemplazando con sus dedos el contacto, con ternura, con miedo, delineó su cintura, sus muslos, su pecho, sus brazos, escuchando sólo los ronquidos suaves de Chuuya contra su oído. Se lamió los labios, el corazón le latía hasta las orejas y en esa descarga de adrenalina se permitió besar su mejilla, apartando los labios tan rápido como los acercó. Estaba rojo como una manzana, sin embargo Chuuya apenas se movió.
Congelado en el mismo rictus al suyo cuando escuchó la puerta del baño correrse, encontrándose con la mirada fija de Dazai sobre él, sobre sus manos en las piernas de Chuuya, de sus labios peligrosamente cerca a su rostro.
— Me pidió que le diera un baño.
— Largo.
— Yo…
— ¡Largo!
Ryuunosuke tragó saliva, indeciso. Chuuya comenzó a abrir los ojos con pereza debido a los gritos, bostezando sonoramente. Sonriendo ampliamente al reconocer la figura de negro, erguida y atemorizante.
— Dazai, llegas justo a tiempo.
— Así es— sonrió de esa manera hueca que más era una amenaza—. Es una lástima que Akutagawa deba irse ¿No es cierto? Se va a perder la diversión.
— ¿Tienes qué irte? bueno, no hay remedio. Muchas gracias por cuidar de mí, bebé. Recuerda que te invite a comer la próxima vez que salgamos o te traiga algún souvenir si voy al extranjero.
Chuuya cerró los ojos, perdiendo la consciencia y Dazai se apuró a tomar una toalla para envolverlo y sacarlo del agua, dejando a Ryuunosuke allí, con las mejillas totalmente rojas, con una profunda vergüenza y una erección incapaz de disimular.
—x—
No tuvo el valor para ni siquiera responderle los mensajes. La culpa sólo se acrecentaba según Dazai lo evitaba también, alegando misiones inexistentes para excusarse de los entrenamientos. Kouyou llamaba irresponsable algo que Ryuunosuke sabía perfectamente tan sólo era rabia. Incluso si su lado racional le quería decir mentiras, como que aquello había sido una reacción completamente natural. Él no estaba entrenado como enfermero, no era su papel y por el contrario, no era desatinado decir que Chuuya lo estaba viendo mucho más infantil de lo que era. No iba a lastimarlo, jamás, ni por salvar su vida. Eso no significaba que pudiera controlar las reacciones de su cuerpo. Lo había tenido desnudo contra su piel, su aroma metiéndose en su cerebro como una droga. Era normal que sintiera. Eso no era sinónimo de intentar lo más mínimo contra él, sólo le besó la mejilla.
Era algo que le hubiera gustado decir a Dazai, si tan sólo no lo estuviera evitando como la peste.
Al final, tras una semana completa, decidió que si Dazai no tomaba la iniciativa, él era perfectamente capaz de hacerlo también. Así que tomó su seguridad y confianza, caminando hasta la oficina de Mori, sabiendo que Dazai estaba en una reunión con él, mentalizado para esperar lo que debiera para encararlo.
En realidad no fue mucho, apenas unos minutos y lo vio salir por la puerta. Le cerró el paso, recibiendo una mirada vacía a cambio.
A veces, bajo ciertas luces, los ojos de Dazai no lucían cafés sino rojizos.
Inhumanos.
Inclementes.
No se dejó intimidar.
— ¿Podemos hablar?
— Suenas como una pareja infiel y arrepentida, qué asco.
— Por favor.
Dazai pestañeó aburrido, considerando que al menos así tendría una excusa para llegar tarde a la misión que Mori le había impuesto. Caminó delante de Ryuunosuke hasta una de las oficinas vacías, cerrando una vez que el chico entró, recargándose contra la puerta para encender un cigarrillo, sonriendo ante la tos de Akutagawa. Sabía del delicado estado de sus pulmones, pero eso no le podía importar menos.
— Sé que…
— No me interesan las explicaciones, niño, mejor ahórrate la saliva.
— Nunca tuve la intención de herirlo, sólo…
— Te gusta Chuuya ¿No es verdad?
Silencio. Tan sólo Ryuunosuke mirando al suelo con los puños apretados.
— Si tienes los cojones de buscarme para hablar al menos dime la maldita verdad completa.
— Chuuya es...bonito.
— ¿Bonito? Chuuya es hermoso. Dilo con todas sus malditas letras, Chuuya es precioso. Es una maldita obra de arte, es un maldito pecado por el cual vale la pena escupirle a Dios en la cara ¿No es verdad? ¿No es eso lo que piensas?
— Lo que pienso no es igual a lo que hago.
— Oh, pero lo deseas ¿No es cierto?— apretó el cigarrillo hasta apagarlo, dejándolo caer al suelo mientras avanzaba hacia el adolescente, tomando su mentón para que lo mirara—. Deseas a Chuuya. Te mueres por besarlo ¿No? Por tocarlo, por estar entre sus piernas.
Ryuunosuke ladeó el rostro pero Dazai lo sujetó con más fuerza del mentón, recorriendo con su pulgar sus labios, la mirada fija en la manera en que sus dientes sobresalían de ellos.
— Te mueres por tenerlo en tu cama ¿No es cierto, pequeño bastardo? Lo suficiente para olvidarte que es tu superior, que es mío.
— Chuuya no es un objeto.
— Parece que alguien no ha aprendido a no contestar ¿Verdad?— sonreía mientras seguía delineando sus labios, pegándose un milímetro más a él—. Quizá necesitas que alguien te enseñe un mejor uso para esa boca, niño.
Pasó su lengua por los labios entreabiertos de Ryuunosuke, sujetando su cintura cuando intentó apartarse.
— Aunque tienes razón, Chuuya no es un objeto. Chuuya es lo único bueno y puro que tengo en mi vida, es lo único que vale la pena y por eso estoy dispuesto a pagar el precio que sea para no ensuciarlo. Eso no significa que sea fácil ¿Entiendes? No eres el único que sufre por él, Akutagawa. No eres el único que se la jala preguntándose cómo se sentirá tenerlo gimiendo tu nombre en la oreja.
— ¿No eran ustedes pareja?
— Lo somos, pero como te lo dije, lo amo demasiado para reducirlo a ser mi pañuelo.
— Eso no parece algo sano.
— Yo no soy una persona sana— sonrió contra sus labios, besando su mejilla—. Y por lo que veo tú tampoco lo eres. Así que no hay problema si tú y yo nos ensuciamos mutuamente ¿No?
Lo miró dos segundos, inseguro.
Pero su aliento entre sus labios era cálido.
Pero la mano en su cintura era cálida.
Cerró los ojos, buscando por él mismo besarlo, sintiendo eléctrica su lengua al colarse en su boca, mucho más envenenado el tacto en su cintura, bajando hasta su trasero.
Si había ido a quitarse la culpa, más tarde tan sólo saldría con una mucho mayor.
