"La falsa utopía de un mundo perfecto

Se hundió hace unos días

En un baño infecto"

Le parecía sinceramente absurdo, es decir, no era un inútil, perfectamente podía conducir su propio auto o caminar por sí mismo hasta aquella juguetería, no necesitaba que ningún recadero lo llevara.

Entendía los protocolos, como fuera, sabía que no era más que un berrinche intentar oponerse y de todas maneras aquello podía ser una oportunidad para conocer una parte de la Port Mafia con la cual no solía interactuar, la de menor rango. Si quería ser un ejecutivo pronto, lo mejor era compenetrarse hasta con la parte más ínfima de la institución.

Además le hacía tanta ilusión la cara que pondría Gin cuando viera que él mismo le había comprado la muñeca que vieron anunciada en la tele. Kouyou había mirado con reprobación aquello, entrando en un impasse con Chuuya porque ella quería hacerla madurar mientras que él se desvivía por mantenerla en su niñez un poco más, tan sólo un poquito más.

Inhaló y exhaló diez segundos consecutivos, mentalizándose que todo lo hacía por Gin, que si era necesario que un tonto chofer lo condujera y realizara la tarea por él, porque un miembro de su rango no podía ser visto en una vulgar juguetería, lo soportaría como un campeón. Así que terminó de cepillarse el cabello, mirándose al espejo para abotonarse la camisa y darse unos minutos para modelarse a sí mismo, disfrutando la manera en que su cuerpo estaba cambiando gracias al ejercicio mucho más riguroso y la nueva dieta.

Cuando Dazai vivía con él, casi todo era comida preparada o alta en azúcar y grasas, no había muchos vegetales ni carne y la mayor parte del tiempo sólo se quedaban holgazaneando.

De eso ya habían pasado cuatro meses , era mejor dejarlo en el pasado, había sido la decisión más correcta, la que debió tomar desde el principio. Suspiró hondamente, agradeciendo lo puntual del claxon que debía ser de su chofer. Se dio una última mirada al espejo antes de cerrar la puerta y bajar las escaleras.

Abrió la puerta del copiloto, abrochándose el cinturón de seguridad y mirando su celular.

— ¿Conoces la dirección?

— Buenas tardes— murmuró con simpleza, sin querer señalar su grosería—. En realidad no, Hirotsu sólo me pidió que parara aquí para recoger a alguien. Ojalá me hubiera advertido que sería alguien tan atractivo, habría ventilado más el auto.

Chuuya apartó la mirada del celular para enfocarla en el hombre. El cabello cobrizo desordenado y corto, la barba desprolija acentuaban su mentón partido, masculino y duro sosteniendo una línea que era su boca, seria y de alguna manera confiable. Los ojos de un azul grisáceo atentos al camino como si no acabara de elogiarlo o sólo hubiera señalado lo obvio. Las manos bien sujetas al volante, duras y seguramente callosas.

Chuuya sintió un escalofrío demasiado dulce enredarse en la base de su columna y hasta su estómago,planchando una arruga inexistente en su guante para no verlo a la cara.

— ¿Conoces la juguetería del centro?

— Por supuesto.

— Bien, llévame allí…

— Oda.

— Con suerte estaremos de vuelta al mediodía, sólo necesito comprar una muñeca para mi princesa.

— Como mandes.

Oda terminó tajante, atento a la carretera. De alguna manera la falta de atención dejó con un mal sabor de boca a Chuuya, retomando la atención a su celular. Pasaron quince minutos en completo silencio hasta que quedaron varados entre un semáforo rojo y el embotellamiento, Chuuya se recargó en el asiento, murmurando que sería más fácil que caminara por sí mismo, mirando con duda la calma que mantenía su conductor.

— ¿Puedo al menos encender la radio? parece que vamos a quedarnos aquí un buen rato.

— Adelante.

Chuuya buscó una estación de su agrado, tarareando y bajando la ventanilla.

— ¿Te molesta si fumo?

— No.

— ¿Quieres?

— Lo dejé hace un tiempo.

— Qué envidia— masculló con una risa cansada, arrojando el humo hacia la calle, apreciando la fila de autos delante de ellos—. No suelo viajar mucho a estas horas ¿Esto es común?

— ¿El embotellamiento? sí, es la única avenida y a estas horas muchos niños entran a la escuela, eso hace un caos.

— ¿Tú tienes niños?

— Uhm. Sí.

— ¿Qué clase de respuesta fue esa? ¿Son ilegítimos o algo así?

— Son niños que han quedado huérfanos tras conflictos, los llevo a un sitio seguro y cuido su desarrollo.

— Eso es muy noble. No sé si puedo decir que es algo bueno, perteneciendo a la Mafia, aunque lo respeto de verdad.

Oda se encogió de hombros, girándose para ver a su copiloto a los ojos al cerciorarse que todavía no avanzarían.

— ¿Tú sólo tienes una hija?

— No es mi hija, y su hermano llegaron con noso...conmigo hace un tiempo y les tengo mucho cariño, los he visto crecer y son como mis hermanos menores.

— Los hermanos Akutagawa ¿Cierto?

— ¿Cómo sabes?

— Eres mi superior, además eres una leyenda en la Port Mafia. Todos hablan del " Doble Negro"

— Ah, esa mierda— escupió con asco, cruzándose de brazos—. Cómo odio ese maldito título, es un jodido suplicio.

— Yo te he visto en el campo de batalla. No creo que haya nada en ti que sea un desperdicio.

— ¿Me estás coqueteando o algo así?

— Sólo digo lo que pienso.

— Es lo que veo.

El semáforo cambió a verde, por fin,y un par de autos avanzaron sin que ellos apenas se movieran. Chuuya resopló, aunque un poco menos fastidiado.

— Podemos doblar aquí, hay un pequeño restaurante donde podemos estacionar aunque deberemos consumir algo antes. Yo puedo pagar, si quieres.

— ¡Me estás coqueteando!— declaró esta vez, abriendo la boca con sorpresa ante el repentino y casi imperceptible sonrojo de su acompañante—. Tienes agallas, hombre. Y suerte de que no haya desayunado, así que tu invitación.

Oda sonrió brevemente, doblando en una calle estrecha, entrando al estacionamiento de un, como dijo, pequeño restaurante. Chuuya ladeó los labios cuando Oda le abrió la puerta del auto, ofreciéndole su mano para bajar.

No era alguien de muchos rodeos, y a él le encantaban los retos, aquello prometía ser cuando menos divertido.

Entraron al sitio y una mesera se apuró a ofrecerles una mesa, leyéndoles los especiales del día y ambos ordenaron. Chuuya paseaba la mirada por el sitio, analizando.

— ¿Costumbres de mafioso? Me refiero a reconocer el territorio.

— Quizá. Es un sitio agradable.

— La comida también es muy buena.

— Eso espero, es la primera vez que le acepto una invitación a alguien y sería muy triste que la comida sea mala.

Oda se rió y Chuuya lo imitó, sintiendo un poco de peso ser quitado de sus hombros sin saber qué era lo que había estado cargando. Charlaron escasamente lo necesario, pagando al terminar el desayuno y dejando el auto para ir caminando hasta la juguetería que ya no estaba tan alejada. Entraron juntos y la plática volvió a surgir, un poco más animada, paséandose entre los juguetes, Chuuya se ofreció a comprarles algo a los niños también, de una manera tan extrañamente amable que el hombre no encontró la manera de negarse. Estuvieron caminando por el centro comercial al lado de la juguetería una hora hasta que el celular de Chuuya sonó, recordándole una reunión pendiente y volvieron al estacionamiento. Cuando finalmente volvieron al departamento de Chuuya, éste se quedó mirando a Oda, como esperando algo.

— ¿No vas a pedirme mi número o invitarme a salir de nuevo? ¿Tan mal la pasaste?

— No me considero tan afortunado como para eso.

Chuuya se rió, francamente halagado por lo sincero que era aquel hombre. Abrió la guantera buscando un bolígrafo, garabateando en el recibo de compra su número telefónico, dándoselo con una sonrisa ladeada, aprovechando ese destello de adrenalina para besar su mejilla.

— Préndele una vela a tu dios favorito, Oda, porque de verdad espero que me invites a salir de nuevo.

Se bajó del auto, caminando con la espalda derecha en aparente autocontrol hasta que abrió la puerta del departamento, sentándose en el suelo y cubriéndose el rostro completamente sonrojado. No solía ser tan confiado, incluso con sus personas más cercanas (a excepción de sus niños) mantenía cierta distancia, no queriendo involucrarse demasiado con nadie otra vez. Pero con Oda ni siquiera lo había pensado, todo fluyó demasiado natural para evitarlo.

Incluso lo había besado.

Se comenzó a reír de sí mismo por lo abochornado que estaba por un simple beso en la mejilla. No podía perder el tiempo con esas chiquilladas, todavía debía envolver a la muñeca y prepararse para la reunión con Mori.

Suspiró hondamente, poniéndose de pie de nuevo.

—x—

— Este territorio es altamente fructífero todavía, el problema es que hay demasiadas bandas menores peléandolo.

— Es una zona muy pequeña, Dazai,no sé si convenga que empleemos fuerza y dinero en apropiárnoslo.

— Es un punto de intersección entre varios comercios diferentes. Puedes enlazar puntos de venta de droga y de pesca ilegal libremente.

— Necesito pensarlo un poco.

Dazai suspiró con aburrimiento, descruzando sus piernas. El elegante abrigo negro estaba perfectamente doblado a su lado en el sillón. Mori, desde el otro lado del escritorio, lo vio acercarse, lo vio desabrocharse el pantalón, dejando los zapatos y la ropa interior atrás también, caminar hasta llegar a él, sentándose a horcajadas en su regazo, desabrochándole el cinturón.

Era el mejor negociador de todo el mundo si se lo proponía, sólo que ese día no estaba muy en humor para hablar y aquello sería más rápido.

Mori lo miraba con curiosidad, dejándose bajar el pantalón y la ropa interior hasta las rodillas, dejó que comenzara a masturbarlo. Apartó un mechón de su rostro cuando lo inclinó un poco, abriendo sus labios para dejar que un hilo de saliva cayera entre sus dedos, sobre su pene.

Sin una emoción visible, su mano subía y bajaba, el hombre reclinó el cuello en su asiento, sintiendo el calor condensarse en sus entrañas con rapidez. Dazai se preguntaba qué tan higiénica podía resultar la saliva, si no hubiera sido preferible sólo meterlo así, aunque sin duda era más doloroso.

Dolor, de ese ya tenía el suficiente.

Apoyó las manos en los hombros de Mori, abriendo más las piernas a los lados de sus caderas para poder hacerlo lento. Mori lo sujetó de la cintura, penetrándolo de una vez, ganándose unas uñas clavadas en sus hombros. Arriba, abajo, sus dedos se clavaban también en él, lastimándolo aunque Dazai ya casi no podía sentirlo, las manos cerradas en el respaldo de la silla, sus caderas siguiendo el ritmo que Mori le pedía, imitando sus gemidos, sus gestos.

No porque sintiera absolutamente nada, tan sólo porque se suponía que lo estaba complaciendo y por alguna cuestión que Dazai en verdad no comprendía, a Mori le gustaba escucharlo gemir, incluso si fingía.

— Ya casi…

Ojalá, rogó Dazai, aunque sabía que era mentira. Quiso cerrar los ojos, deseó haber robado el fentanilo que restaba del departamento de Chuuya antes de marcharse, lo que fuera que aligerara aquello. Un poco más cuando Mori lo recostó sobre el escritorio, tirando todos los papeles, los adornos y comenzó a golpearlo en el rostro con una mano, con la otra sujetando su cadera para no perder el ritmo cada vez más violento.

No hay mejor lubricante que la sangre, recordó, y toda la realidad comenzó a teñirse de un negro pesado y agónico, jalándolo al abismo. La mano de Mori se cerró en su boca y nariz, impidiéndole respirar y supo que estaba a nada de eyacular. Sólo necesitaba soportar un poco más, le anunció a sus pulmones aunque estos ya ni siquiera luchaban por buscar oxígeno. Cerró los ojos cuando escuchó a Mori resoplar y soltarlo, abofetéandolo para indicarle que se levantara.

— Permiso concedido, aunque más te vale que este negocio vaya como predices— suspiró, dejándose caer contra la silla, Dazai recargado contra el escritorio con las piernas todavía temblándole—. Límpiame, cariño.

Dazai buscó con la mirada papel higiénico o pañuelos entre las cosas tiradas.

— ¿Tan mal te he educado que no recuerdas cómo hacerlo apropiadamente, cielo?

Dazai pestañeó, aburrido, arrodillándose y comenzando a lamer su entrepierna, saboreando los restos de semen y unas gotitas de sangre, como supuso. Apoyó las manos en sus muslos, sintiendo las manos de Mori acariciar su cabello de una manera que más que doler, humillaba.

Ninguno de los dos movió un músculo de más cuando alguien tocó la puerta.

— Pase, por favor, está abierto.

— Jefe, vine por…

La voz se detuvo y Dazai no alcanzó a reconocerla, aunque le parecía familiar. No era Kouyou o estaría siendo sacudido e insultado, tampoco era Hirotsu o alguno de ellos, quienes estaban ya más que acostumbrados a aquellos escenarios y esa voz sonaba ridículamente sorprendida.

No tenía tiempo de preocuparse, siguió lamiendo los restos, tragando como un gatito.

Chuuya, en cambio, se quedó con un pie a medio paso, incapaz siquiera de respirar ante la escena de Dazai, sin pantalones ni ropa interior, arrodillado delante de Mori. El escritorio cubría las piernas del hombre y su rostro por lo que no podía ver con precisión lo que estaba haciendo, aunque era irrelevante. Tragó saliva pesadamente, cerró los ojos, considerando volver por donde había venido.

— ¿Pasa algo, Chuuya?

—No, Jefe.

Dazai despegó sus labios un milímetro, pero Mori lo jaló del cabello, volviéndolos a su pene.

— Sólo… Vine a dejarle el informe de lo ocurrido en Chiba aunque si está ocupado puedo volver más tarde.

— Eres muy considerado, Chuuya, no debes preocuparte, recién terminamos, es tan sólo que este gatito travieso se está encargando del desastre que causó ¿No es verdad, Dazai?

No hubo respuesta.

— Lo lamento, está un poco cohibido. Puedes dejar el informe en el suelo, de todas formas necesito arreglar un poco antes que vuelva Kouyou. Por cierto, agradecería que no le mencionaras nada de esto.

Chuuya hizo una reverencia, dejando los papeles en el suelo y volviendo a la salida.

Se quedó con la espalda pegada a la puerta unos segundos mientras se convencía a sí mismo que aquello era la realidad, no un sueño. Se mordió los labios, a punto de volver a abrir la puerta y jalar a Dazai, vestirlo y…

Ya no podía hacer eso.

Apretó los puños, corriendo por el pasillo, hasta la salida, hasta dos calles más adelante, hasta que el aliento por fin comenzó a fallarle y debió detenerse, apoyando la frente contra un poste de luz al cual se sujetó cuando el estómago decidió vaciar su contenido sin avisarle.

Apretó los párpados, buscando su fuerza para no volver, para convencerse que eso era lo que Dazai se había buscado, que...No quería pensar, pensar dolía, le quemaba desde adentro hasta el cerebro y hasta el alma, no quería sentir. Comenzó a jadear, hiperventilando y se sujetó más fuerte del poste, jalando un aire que no parecía llegar a sus pulmones.

Todo comenzaba a verse negro.

Arañaba el metal, forzándose a no desmayarse, a mantenerse cuerdo. Inhaló, exhaló, intentando incorporarse, pisando su vómito sin siquiera notarlo, más preocupado por la película de sudor que perlaba su frente y manera en que el corazón se le quería escapar por el pecho.

Dio un paso lejos del poste, llevándose las manos temblorosas a los bolsillos en búsqueda de los cigarros, sintiendo su celular vibrar.

Leyó el mensaje.

"Hola, soy Oda."

Ni siquiera lo pensó al marcar el número, apoyando el cigarro contra sus labios mientras el teléfono timbraba.

— ¿Diga?

— ¿Oda? soy Chuuya. Estaba pensando, si no estás ocupado ¿Qué te parece si vamos por un trago?

— ¿Ahora? ¿No es un poco temprano?

— Tómalo o déjalo, bebé.

— Te veo en media hora en la avenida principal.

Colgó.

Chuuya se quedó un par de minutos recargado contra el poste, sin notar que el cigarro que se llevaba a los labios estaba apagado.