"Before our innocence was lost,
You were always one of those,
Blessed with lucky sevens,
And the voice that made me cry ."
Estaba en un cementerio cualquiera, demasiado común para su gusto, sin embargo, fue lo único que Oda podía costearse y fue el único que encontró necesario darle un entierro. Sin un cuerpo, ya que las cenizas de la camioneta estaban completamente revueltas con las de su cuerpo y fueron barridas, nadie vio lógico querer tener una lápida.
Oda sí, alegando que necesitaba un sitio donde pudiera dejar flores y encender incienso. Al final, él siempre fue un hombre con mayor visión que él.
Tras los eventos con Mimic, tanto Oda como Dazai desaparecieron de la Port Mafia, en tiempo y direcciones diferentes, sin embargo, por el mismo motivo.
Perdieron lo único que los ataba allí todavía.
Aunque no había vuelto a verlo, Dazai supo que Oda se mudó con los niños a Osaka, donde había abierto un restaurante de curry que no era muy famoso, pero le daba lo suficiente para tener una vida digna. Volvía a Yokohama al menos dos veces al mes para visitar la tumba de Chuuya, encargándose de mantenerla limpia.
Él había estado vagando por las calles, durmiendo en los parques y donde fuera, incapaz de enfrentar la realidad.
De hecho, esa era la primera vez que se atrevía a visitarlo.
Hacerlo real, irretornable.
Suspiró hondamente, dándole un largo trago a la botella de licor barato que había robado de algún sitio, dejándose caer contra la lápida, apoyando su frente contra las letras de su nombre.
Si hubiera dejado que Oda muriera, Chuuya seguiría allí.
— Por eso es que no hago nada bueno por los demás, Chuu-Chuu. Debiste saberlo.
Murmuró, abrazando el mármol, pegando sus labios a la fría piedra.
— Gin no ha podido levantarse de la cama desde que lo supo, Kouyou tampoco está muy bien que digamos. Mori es el único que parece feliz, sabes que siempre fue un bastardo, al final obtuvo su maldito permiso de todos modos.Él no perdió nada.
Sollozó, apoyándose más contra la lápida, buscando un calor que evidentemente no podía darle.
— Ryuu también se escapó, pero sólo unos días, no iba a dejar a su hermana sola. Él no es como tú, mentiroso. Cuando te propuse que nos matáramos juntos me llamaste enfermo y mírate ahora. Te me adelantaste, no es justo.
Se rió cansado, sin nada de aliento, mientras rebuscaba en su gabardina la pistola que unos días antes le había robado a un policía.
No lo había hecho con esas intenciones, estando en la calle la mejor posesión era un arma, simplemente.
— Debiste dejarme morir cuando te lo pedí, Chuuya. No nos habríamos herido tanto.
Se tragó el sollozo que le escapa por la garganta, apoyando la espalda contra la lápida, abriendo la boca y acomodando en cañón entre sus dientes, sintiendo la punta rozarle la campanilla, provocando una única lágrima.
Cerró los ojos.
El sonido del disparo hizo que las aves en los árboles volaran lejos.
