Los personajes de Candy Candy no me pertenecen.
Promesa de libertad.
En un hermoso valle al pie de las montañas Huron en el estado de Michigan, se encontraba White Oak Ranch propiedad del señor Robert White quien vivía con su nieta Candice. El rancho era extenso y próspero; se dedicaba principalmente a la crianza de ganado bovino y equino y era ampliamente reconocido por sus productos de excelente calidad. Los amplios terrenos de la propiedad incluían bosques, montañas y lagos que, además de bellísimos, favorecían las actividades del rancho. Se podía decir que el rancho era autosuficiente pues tenía huertos de hortalizas y árboles frutales que durante la primavera y el verano producían suficientes alimentos para consumir y almacenar para el crudo invierno.
En los terrenos del rancho vivían los trabajadores a quienes se les trataba como familia, todos se consideraban muy afortunados de trabajar para el señor White y estaban dispuestos a esforzarse arduamente para corresponder al trato amable y cálido del "patrón" como le llamaban.
Candice o "Candy" como todos le llamaban, era una joven de 16 años alegre y feliz. La joven había crecido en el rancho. Era poseedora de una inigualable belleza y, al igual que su abuelo, era cariñosa y bondadosa con todos los que vivían en la propiedad. Le encantaba vivir en la naturaleza y, aunque era la nieta del patrón y no estaba obligada a trabajar, lo hacía tan duro como los demás simplemente por ayudar. Se le podía ver en la cocina ayudando a preparar los alimentos, lavando la ropa e incluso limpiando los establos y a los caballos.
El rancho también albergaba un pequeño orfelinato llamado "El hogar de Pony" donde Candy acudía a ayudar a dos pobres religiosas que dedicaban su vida a ayudar a niños pequeños sin hogar. Era muy espontánea y a veces traviesa, pero los niños la amaban y la consideraban su líder.
Un día, Candy miraba los tendederos llenos de sábanas blancas que recién había lavado; estaba cansada y su overol empapado, pero se sentía satisfecha. De repente, un pequeño niño de seis años llamado Jimmy comenzó a lanzarle bolas de lodo que impactaron no solo su cara y ropa, sino los prístinos lienzos en el tendedero… ¡era la guerra!
Jimmy era nuevo en el orfelinato y estaba resuelto a tomar el liderazgo de Candy demostrándole quien era más rudo. Candy, furiosa, comenzó a perseguir a un asustado Jimmy que corría a toda velocidad de regreso al Hogar de Pony. A su paso, la chica encontró una soga, la tomó y continúo corriendo y floreando la reata; un certero lazo y el pobre Jimmy estaba atrapado. Mientras se acercaba al pequeño granuja sosteniendo la cuerda fuertemente se encontró frente a frente con un apuesto joven que la miraba con una sonrisa divertida.
Al instante, todo alrededor de la chica desapareció quedando únicamente la figura de quien ella consideraba un ángel caído del cielo. El joven era alto, su cuerpo atlético y sus facciones perfectas parecían esculpidas por los mismos dioses y sus rubios cabellos resplandecían como el oro a la luz del sol. Como en cámara lenta, la joven vio sus hermosos ojos color de cielo parpadear con unas pestañas largas y rizadas mientras él le dirigía una cálida sonrisa.
El joven, también había quedado prendado de los enormes ojos color esmeralda de la chica, le recordaban a alguien muy amado a quien había perdido hacía mucho tiempo. El pequeño Jimmy estaba justo en medio de ellos sorprendido de verlos ahí, mirándose como estatuas. Sin poder mover los brazos, le dio un tremendo pisotón a Candy diciendo: jefe… ¿qué haces ahí con cara de tonta?
¡Jimmy! – gritó Candy dando un pequeño salto y soltando la cuerda por el dolor.
- ¿Así que tu nombre es Jimmy? – preguntó Albert dirigiéndose al pequeño.
- Si, señor – contestó el chico sacando el pecho.
- Jimmy, no es correcto tratar así a una dama – dijo el rubio con paciencia.
- Pero ella no es una dama, es solo Candy.
- Pues, Candy es una dama y debes tratarla con delicadeza – dijo el rubio dedicándole a la rubia una encantadora sonrisa.
- Si tú lo dices… a propósito ¿tú quién eres? No te había visto por aquí.
- Mi nombre es Albert y estoy buscando al dueño del rancho.
- Es el señor White, yo te llevaré. Por aquí – dijo el pequeño liberándose de la cuerda que había soltado Candy y guiando el camino.
- Hasta luego señorita Candy – dijo Albert amablemente.
- Hasta luego, por fin pudo decir Candy con una tímida sonrisa.
Mientras Albert seguía a Jimmy, sonreía al reconocer que Candy tenía la sonrisa más hermosa que había visto en su vida.
Al llegar a la casa principal, fue atendido por uno de los mozos quien lo hizo esperar en el recibidor mientras le avisaba al señor White que alguien quería hablar con él. El rubio miró a su alrededor, la casa era muy acogedora y limpia amueblada con un estilo rustico, pero de muy buen gusto.
- Buenos días, soy Robert White ¿En qué puedo servirle? – dijo que anciano quien era acompañado por el mozo.
- Buenos días, mi nombre es Albert, quisiera tratar un asunto con usted en privado… si es posible.
- Por supuesto, pasemos al despacho por favor.
Una vez en el despacho, el anciano quien tenía mirada firme y porte elegante le indicó al joven la silla en frente de su escritorio y preguntó: ¿Gusta algo de tomar, Sir William?
- ¿Disculpe? – preguntó Albert extrañado.
- ¿Acaso no es usted Sir William Albert Ardlay, patriarca de la familia Ardlay?
- ¿Nos conocemos?
- Usted posiblemente no me conoce, pero yo fui amigo de su abuelo y pude reconocer inmediatamente al hijo de mi querido ahijado William Charles Ardlay. El parecido es impresionante… cualquiera diría que volvió a nacer.
- ¿Ha dicho usted que mi padre era su ahijado?, ¿acaso es usted el magistrado Robert White?
- Lo fui, ahora estoy retirado.
- Nos enteramos de su retiro repentino, mi tía abuela, la señora Elroy Ardlay a menudo se preguntaba ¿Qué sería de usted?
- Me retire de la Suprema Corte de Illinois debido al trágico accidente en el que perdieron la vida mi hijo y mi nuera. Mi nieta estaba en condición grave y requería toda mi atención. El doctor dijo que sería mejor para ella vivir en el campo, así que decidí comprar este rancho.
- Entiendo… Quiero aprovechar la oportunidad para agradecerle personalmente que como Juez del Supremo Tribunal de Justicia haya certificado mi derecho como heredero de mi padre cuando algunos de mis parientes trataron de adueñarse de los bienes familiares tomando ventaja de mi corta edad.
- No tienes por qué agradecerme, yo mejor que nadie sabía que tú eras el único hijo varón y heredero universal de mi ahijado. Únicamente actúe conforme a la ley.
- Si, pero otro en su lugar se habría vendido.
- Bueno muchacho, no hablemos del pasado; cuéntame ¿Qué te trae por acá? Supondría que el hombre más poderoso e influyente de América y Europa estaría dirigiendo su emporio, rodeado de hermosas jóvenes.
- En realidad no soy afecto a ese tipo de vida. Como sabrá, la imagen del "bisabuelo William" es todavía un secreto así que puedo dirigir los negocios con ayuda de George y disfrutar de un poco de libertad.
- El buen George, tu padre hizo una excelente decisión al confiar en ese chico y tratarlo como de la familia.
- George es lo más cercano a un padre que conozco…
- Entiendo… dime William ¿a qué debo el honor de tu visita?
- Si no le molesta, preferiría que me llamara simplemente Albert.
- Por supuesto, perdona lo olvidé… cosas de viejos. Permíteme, le pediré que nos traigan un agua fresca, hace calor en esta época del año.
Después de pedir una jarra de limonada, el señor White regresó a su silla diciendo: Ahora sí, soy todo oídos…
- Pues bien, el invierno pasado tuve la oportunidad de escalar las montañas; cerca del pico Arvon me encontré con una tribu de los Ojiwa quienes me ofrecieron refugio tras una gran nevada. Permanecí un mes con ellos y me di cuenta de las difíciles condiciones en que viven, especialmente por la falta de comida, medicamentos y otros insumos. Para obtenerlos tienen que viajar más de diez horas a pie en estrechos senderos creados por ellos mismos. Durante el tiempo que estuve con ellos, ocho personas entre ellas mujeres y niños, murieron debido a las carencias. Buscando una forma de ayudar, encontramos que construir un puente en el paso del roble disminuiría considerablemente el esfuerzo y el tiempo requerido para que los Ojiwa puedan conseguir los insumos y trasladar a los enfermos. El paso del roble está en el límite norte de su propiedad y me gustaría saber si está interesado en vender.
En ese momento Francisca, una de las criadas a quien todos llamaban Pancha, entraba con una charola y les servía la bebida.
- Lo lamento Albert, tus intenciones son loables y nada me gustaría más que poder ayudarte, pero ese lugar es muy especial para mi nieta ya que fue precisamente ahí, donde una avalancha sepultó el carruaje donde viajaba con sus padres arrebatándoles la vida. La pequeña se salvó de milagro porque fue arrancada de los brazos de su madre por la fuerza del deslave y arrojada a la copa de un gran árbol, pero el carruaje fue arrastrado por la nieve hasta el barranco y quedo sepultado bajo toneladas de piedra y nieve, ni siquiera nos fue posible recuperar los cuerpos. Para ella, ese lugar es la tumba de sus padres, a donde puede ir a rezar por sus almas y llevarles flores.
- Entiendo perfectamente y me disculpo si nuestra conversación le ha causado pesar. La verdad, desconocía la situación, no insistiré más – decía Albert mientras observaba una fotografía en el escritorio donde el señor White parecía sonriente junto a su abuelo.
- Han pasado muchos años desde su partida y todavía lo extraño. Era mi mejor amigo – comentó el anciano.
- Yo, no lo recuerdo. Mi tía abuela mandó guardar todas las cosas que pertenecieron a la familia, únicamente dejó los retratos oficiales en la sala conmemorativa. Dijo que debía dejar atrás el pasado para que pudiera concentrarme únicamente en prepararme para cumplir con mis obligaciones. Aunque, en realidad… creo que mirar todas esas cosas es demasiado doloroso para ella.
El abuelo de Candy sintió pesar por la enorme responsabilidad que Albert había tenido que asumir desde pequeño y la severidad con que había sido tratado.
- Bueno, ya que estás aquí, ¿por qué no te quedas unos días? Tengo muchas fotografías de tu padre que quizás no hayas visto.
- Se lo agradezco, pero estoy hospedado en el hotel del pueblo.
- Ese no es problema, estaba a punto de salir a recoger a mi hija al pueblo, podemos pasar a recoger tu equipaje.
- De verdad, no quiero molestar…
- No será ninguna molestia, estaremos felices de contar con tu presencia. A menos claro, que la señora Ardlay te espere en casa, no es bueno dejarlas solas tanto tiempo.
- No estoy casado, ni siquiera comprometido.
- Esa sí que es una sorpresa, pensé que la norma escocesa exigía que el patriarca se casara al cumplir la mayoría de edad.
- Esta en lo correcto, sin embargo, solo deseo casarme por amor y esa dicha es algo a lo que no estoy dispuesto a renunciar, haré lo que sea necesario para conseguirlo.
En ese momento Pancha interrumpió preguntando:
- Patrón, que dice María que si va a querer algo especial para la cena.
- Pancha, cuantas veces debo decirte que debes tocar la puerta antes de entrar – contestó el anciano condescendiente.
- Lo siento patrón, es que no se me quita lo bruta.
- Esta bien, dile a María que no haga nada en especial. Iremos al pueblo a recoger a la señora Muriel y posiblemente cenaremos en el mesón.
- Gracias – dijo la mujer y se retiró.
Mientras tanto Candy lavaba nuevamente las sabanas, con la mirada perdida y una sonrisa de lado. No podía olvidar la sonrisa tan sensual y a la vez tierna de aquel extraño. Jamás había sentido esa mezcla de exaltación y alegría, que experimentó al verlo; era como si mil mariposas revolotearan en su estómago. Desde que tenía memoria, había vivido en el rancho y conocía a todos los jóvenes del pueblo y los alrededores. Eran sus amigos, algunos de ellos casi hermanos, pero este joven era diferente…
- Candy… Candy ¿me estas escuchando? – decía Tom Stevens mientras agitaba la mano frente a la joven.
- Hola Tom, disculpa estaba distraída.
- Si ya me di cuenta. Mira nada más como estas ¿Qué te pasó?
- ¿por qué?
- Traes la cara y la ropa llenas de lodo.
Candy se inclinó en la pila de agua para ver su reflejo y de inmediato se sonrojó al ver un enorme manchón de barro en su mejilla. No podía creer que aquel joven tan guapo la hubiera visto en esas condiciones. De inmediato, tomo agua entre sus manos y se lavó la cara tomando el pañuelo que Tom le ofrecía para secarse.
- ¡Fue Jimmy! – dijo la chica molesta.
- Tendrás que resolver tus problemas con ese chico – dijo Tom con una sonrisa.
- Tienes razón, hablaré mañana con él cuando vaya al hogar.
- ¿Vas a ir el día de tu cumpleaños?
- Solo un par de horas. El doctor Martin vendrá a vacunar a los chicos contra la viruela.
- Bueno, espero que no estés cansada para el baile porque tendrás una larga fila de chicos esperando.
- No bromees.
- Es en serio, ya hasta estoy contemplando cobrarles, sería una buena forma de ahorrar dinero para cuando llegue él bebe.
- ¿Cómo está Susie?
- Bien, se queja de estar gorda, pero a mí me parece que se ve cada vez más hermosa.
En eso llegó una de las muchachas a decirle a Candy que su abuelo la estaba buscando para ir al pueblo. La chica le envió disculpas pues haber lavado las sabanas doblemente la había dejado agotada. Quería darse un buen baño y descansar.
Esa tarde Albert y el señor White se digirieron a la estación del tren. Cuando la locomotora se detuvo, vieron a una mujer de unos cuarenta y cinco años descender en compañía de un hombre mayor con traje de militar.
- Papá – dijo la mujer mientras abrazaba al señor White.
- ¿Cómo estas Muriel?
- Feliz de verte y muy ansiosa por celebrar el cumpleaños de mi sobrina. Te presentó al comandante Wilkinson… un amigo. Espero que no te moleste que lo haya invitado a acompañarme; tenía muchos deseos de conocer las bellezas del lugar.
- Por supuesto que no, sea bienvenido – dijo el señor White extendiéndole la mano.
- Y ¿a quién tenemos aquí? – preguntó Muriel con discreta coquetería al ver a Albert.
- Es Albert, un amigo. Se quedará con nosotros unos días.
- Mucho gusto – dijo Muriel extendiendo la mano para que la besara según la costumbre.
- El gusto es mío - dijo Albert haciendo una reverencia y besándole el torso de la mano.
Albert pudo observar que la señora Muriel, aunque un poco mayor era una mujer muy bella de cabello oscuro y ojos color violeta.
Después de las presentaciones, abordaron el carruaje y se dirigieron al mesón para cenar. Todos en el lugar conocían al señor White y lo saludaban alegremente. Había una algarabía generalizada por la fiesta que se celebraría al día siguiente en el rancho a la que por supuesto, todo el mundo estaba invitado.
Albert se preocupó un poco pues no estaba preparado para asistir a una fiesta, pero ya era tarde para desdecirse, había aceptado quedarse en el rancho un par de días y tendría que solucionar el asunto al día siguiente.
Por la mañana, desayunó en compañía del señor White, la señora Muriel y el coronel Wilkinson. Albert se preguntaba cuando conocería a la nieta del señor White, quería darse una idea del tipo de regalo que debería comprar, pero alguien comentó que había salido muy temprano al Hogar de Pony.
Después del desayuno el señor White se ofreció a mostrarle los alrededores del rancho. Al pasar por el lugar donde había visto a Candy, Albert sonrió al recordar sus hermosos ojos y esa nariz respingada salpicada con pequeñas pecas que la hacían lucir adorable. Se preguntó ¿Quién sería ella? A juzgar por el overol empapado y su camisa vaquera, parecía una empleada del rancho. "Como me gustaría volver a verla" – pensó para sí.
Al llegar a las caballerizas, Tom salió a su encuentro alarmado…
- Patrón, la Altagracia ya está pariendo, pero el potrillo esta atorado, dice Felipe que si no hacemos algo los dos pueden morir.
Todos corrieron al establo donde estaba la yegua pura sangre, la situación no era alentadora. El señor White se disculpó con Albert y salió con otro de los empleados al pueblo en busca del veterinario.
Albert, quien se tenía estudios de veterinaria, pidió permiso para acercarse. Tom asintió y él sin pensarlo dos veces metió ambas manos en el trasero de la yegua y trató con delicadeza de acomodar al potrillo. Después de unos minutos, ambos animales se encontraban en perfecto estado y los empleados festejaban.
El rubio se dirigió a una pileta cercana para lavarse, tenía las manos y la camisa llenas de sangre. Era casi imposible limpiar la prenda así que se la quitó quedándose con el torso desnudo. En eso se acercó Tom…
- Será mejor que la dejes ahí, una de las muchachas se encargará de ella y te la entregará limpia… Soy Tom – dijo extendiéndole la mano.
- Albert
- Fue una suerte que estuvieras cerca, ese potrillo es muy valioso. Es hijo de un caballo ganador, hubiera sido una pena perderlo.
- Me alegro de haber podido ayudar.
- ¿Vendrás a la fiesta?
- ¡La fiesta! Debo ir al pueblo – dijo Albert contrariado.
- Puedes usar cualquiera de los caballos en el establo junto a la casa. Te veré más tarde, para tomarnos unas cervezas.
-Ahí estaré – dijo el rubio despidiéndose.
Albert comenzó a caminar de regreso a la finca bajo la sobra de los árboles y en pocos minutos se sintió muy relajado. La Naturaleza lo hacía sentir libre.
Mientras tanto, Candy venía de regreso del Hogar de Pony. Al llegar a la orilla del bosque, decidió tomar un atajo trepando a los árboles. Al hacerlo, sonreía al percibir el aroma de los pinos y el aire fresco. Realmente era un hermoso día, se sentía tan feliz que no podía dejar de sonreír.
Al llegar al último árbol, saltó ágilmente para descender al mismo tiempo que miraba a una persona que caminaba justo donde caería…
- ¡Cuidado! – gritó al tiempo que trataba de contraer todos sus músculos para evitar golpear a la persona.
Albert se giró para ver de dónde provenía el grito justo cuando la chica cayó frente a él. Había logrado modificar la trayectoria de la caída un poco para evitar caerle encima, pero la inercia la empujó hacia adelante cayendo los dos al suelo. Albert cayó de espaldas y Candy sobre él. En ese momento azul y verde se miraron muy de cerca. El rubio bajó la mirada y se encontró con los bellos labios color carmesí de la joven tan suaves y delicados que incitaban a besarlos. Candy por su parte, observó detenidamente los rasgos perfectos de su "ángel" y se estremeció al sentir con sus manos los fuertes músculos de aquel torso desnudo. La joven, sintió como se sonrojaba hasta la coronilla al estar tan cerca de ese hombre sumamente atractivo que podría besarla con tan solo acercarse un par de centímetros. Sin saber cómo reaccionar, adoptó una posición digna y levantándose increpó:
- ¿Por qué no se fija por dónde camina?
Albert sonrió divertido al escucharla y se disculpó diciendo: Lo siento señorita no sabía que en este rancho las jóvenes volaban.
Candy hizo una mueca graciosa al tiempo que sacaba la lengua y los dos terminaron riendo a carcajadas. Después de unos momentos, Albert recordó que debía ir al pueblo y se despidió.
Al entrar a la finca, Candy escuchó una voz familiar que decía: Bueno, pero ¿Qué tiene que hacer uno para encontrar a su sobrina favorita?
- ¡Tía Muriel! – exclamó la rubia con una gran sonrisa.
- Mira nada más qué grande estas, ya eres toda una señorita. ¿Cuándo vas a dejar de vestirte con esos overoles de campesina?
- Nunca, son muy cómodos y útiles para el rancho.
- Tonterías, deberías ir a vivir conmigo a Nueva York, ya va a siendo hora de que te cases y aquí en el rancho solo hay sirvientes. Ya verás, una vez que te presente, los hombres más ricos del país pelearan por ti.
- Gracias, pero prefiero quedarme aquí con el abuelo.
- Bueno, ya veremos. Ven conmigo hay que arreglarte para la fiesta, verás el vestido tan hermoso que te he traído…
Mientras tanto, Albert estaba en el almacén del pueblo tratando de encontrar el regalo adecuado. De repente, vio un hermoso diario encuadernado en cuero con un delicado grabado de rosas y decidió que era perfecto para una jovencita. Luego, compro un traje azul marino, sencillo pero que le quedaba perfecto.
Cuando regresó al rancho, el señor White le dio las gracias por salvar al potrillo y lo invitó a tomar una copa al estudio. Ahí le mostró algunas fotografías de su padres, en donde aparecían con su hermana Rosemary. Todos se veían tan felices y Albert sintió nostalgia; después de muchos años aun extrañaba a su hermana como el primer día.
Los invitados comenzaron a llegar y eran dirigidos a una hermosa terraza rodeada de jardines que había sido acondicionada con mesas y decorada con enormes ramos de flores. Para nadie era un secreto que el señor White amaba a su nieta y no escatimaba en gastos para celebrar su cumpleaños.
A las seis de la tarde, todos se encontraban en el lugar disfrutando de buena música y un aperitivo cuando se anunció la llegada de la cumpleañera. Escoltada por la señora Muriel, Candy entraba saludando alegremente a todos los invitados.
Al mirarla, todos se quedaban boquiabiertos pues lucía más bella que nunca con un hermoso vestido rojo que se le ajustaba al cuerpo resaltando sus bien formadas curvas, la falda amplia evidenciaba aún más su diminuto talle haciéndola parecer una princesa. Su enorme belleza se complementaba con su mirada inocente y sonrisa genuina haciéndola merecedora de la admiración de todos.
Albert no era la excepción, cuando Candy llegó a la mesa principal su abuelo los presentó; el joven saludó formalmente tratando de ocultar sus sentimientos para no demostrar lo mucho que le gustaba la rubia. Ante todo, era un caballero y no deseaba por ningún motivo ofender a su anfitrión mirando a su nieta de manera indecorosa.
Durante la cena, ambos rubios jugaban al gato y al ratón con discretas miradas llenas de admiración y deseo mutuos. Candy, estaba embobada con ese hombre que parecía tallado a mano por los dioses, parecía que su sola presencia hacía que los colores fueran más vivos, el aroma de la flores más intenso y el atardecer más hermoso. Por un momento imaginó estar entre sus brazos y se sonrojo un poco traicionada por sus propios pensamientos.
Luego de la cena comenzó el baile y, como Tom había predicho, la rubia bailaba sin parar con una infinidad de amigos. Las melodías eran alegres y se prestaban a bailar en grupo por lo que la pista estaba a reventar. Albert, había sido invitado a la mesa donde Tom celebraba junto con su esposa Susie y otros jóvenes del rancho. Los jóvenes al reconocerlo como el salvador del potrillo lo recibían alegremente como parte de la familia.
De repente, el comandante Wilkinson se acercó a la orquesta y pidió que tocaran un vals; el baile no era muy conocido en la región por lo que las personas tomaron asiento. Candy regresaba al lado de su abuelo, cuando el hombre la interceptó invitándola a bailar. La rubia, aceptó un poco contrariada tratando de no ser descortés, pero se sentía completamente fuera de lugar sola en el centro de la pista bailando con un hombre mucho mayor.
Albert, al ver como el militar sostenía a la joven, sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral; el tipo la estrechaba por la cintura y la mantenía completamente pegada a su cuerpo. La rubia, incomoda trataba de alejarse echando los hombros hacia atrás, pero únicamente conseguía que el militar se ciñera contra sus senos.
Todos estaban perplejos, tardaron en reaccionar para defender a la rubia pues nadie podía creer el atrevimiento de ese hombre. Finalmente, Tom se levantó apretando los puños de coraje listo para darle su merecido al vejete aprovechado, pero Albert se le adelantó evitando la confrontación. El rubio camino con paso seguro hasta el centro de la pista y con una reverencia le indicó al coronel que su turno había terminado. El hombre estaba renuente a dejar ir a su presa, pero ante las miradas de todos los presentes no le quedó más que aceptar.
Albert tomó a Candy por la cintura y dirigió el baile como todo un caballero, con elegancia y guardando la debida distancia para no incomodar a la joven. Al principio, Candy estaba demasiado tensa, pero la mirada cálida de Albert y su sonrisa sincera lograron que se relajara; todos admiraban a la pareja que parecía flotar en la pista de baile como en un sueño. Al terminar, Albert le ofreció su brazo y la acompaño a su mesa hasta dejarla segura junto a su abuelo.
Tom se dirigió al director de la orquesta y le dijo al oído: Como vuelvas a tocar otra cosa como esa te rompo la cara. Luego se dirigió a Albert, quien ya regresaba con ellos para darle las gracias por proteger a Candy.
Después del incidente, todas las jóvenes miraban a Albert deseando llamar su atención pues habían tenido la oportunidad de apreciar lo increíblemente guapo que era además de su caballerosidad.
La fiesta continuo hasta después de la media noche. El señor White ofreció alojamiento a algunos de los invitados del pueblo para que no viajaran de madrugada y permaneció despierto hasta asegurarse de que todos estaban cómodamente instalados.
Mientras tanto, un par de rubios se encontraban en sus respectivas habitaciones pensándose mutuamente. Candy, recordaba aquel baile como un hermoso sueño y suspiraba al recordar que había estado en los brazos del hombre más guapo del mundo. Albert, por su parte, no podía alejar de su mente la imagen de la hermosísima joven, su delicado aroma a rosas y aquellos sedosos risos dorados, ¡Dios cuanto había deseado besar esos dulces labios!
Durante sus interminables viajes como vagabundo, había conocido a muchas mujeres hermosas y más de alguna vez pensó estar enamorado, pero esta vez era diferente. Al estar junto a Candy por poco perdía la razón y, desde que la había visto corriendo con la cara llena de barro, no había podido dejar de pensar en ella. En ese momento se preguntaba si habría aceptado la invitación del señor White para conocer un poco más de su familia o para mirar nuevamente a la rubia…
El señor White finalmente se dirigía a su habitación y al cruzar frente a la sala de estar, escucho sin querer una conversación:
- No se desanime mi comandante, le aseguro que mi sobrina estuvo encantada con sus atenciones. ¿verdad que es divina?
- Sin duda es mucho más hermosa de lo que imagine. Me tiene atrapado, pero parece que está interesada en ese otro joven.
- ¿Albert? Claro que no, de seguro es un trabajador que mi padre trajo para encargarse de la granja, Tom Stevens no hace muy buen trabajo que digamos. Lo que pasa es que a las mujeres nos gusta darnos a desear, estoy seguro de que, si usted le envía un buen regalo a mi sobrina, sabrá que sus intenciones son serias y no se hará del rogar.
- Bueno, usted es mujer y sabe mejor que le gusta a esa lindura; encárguese de que reciba el regalo más esplendido sin importar el precio.
- Así lo haré, confié en mí.
Al escuchar que el militar abandonaba el lugar, el señor White se escondió detrás de una columna y esperó a que desapareciera por el pasillo antes de entrar en la sala donde Muriel tomaba una copa de vino y sonreía satisfecha.
- Muriel, ¿Cómo te atreves?
- Papá, no sé de que estas hablando.
- Acabo de escuchar tu conversación con ese hombre. Por el amor de Dios ¡Estas vendiendo a tu sobrina!
- Ay papá no seas dramático, Candy ya está en edad de casarse y que mejor que un hombre rico como el comandante Wilkinson para que la trate como una reina.
- ¡Ese hombre es de mi edad!
- Que mejor, pronto la dejará viuda y muy rica. Podrá tener al hombre que ella quiera después de eso.
- Ella no es como tú. ¿Acaso crees que no sé de tu vida de libertinaje?
- Tengo derecho, soy una mujer viuda, joven y hermosa. Además, solo tengo muy buenos amigos, no es mi culpa que ellos decidan darme algunos regalos.
- Cuando te vendiste a ese hombre con tan solo dieciséis años, entendí que lo único que te importa es el dinero. Si por mi fuera estarías fuera de nuestras vidas, pero le prometí a tu madre antes de morir que no te echaría así que no abuses de mi paciencia. Quiero que tú y tu "amigo" salgan mañana mismo de esta casa.
- Claro, yo nunca te he importado.
- Eso ya lo hemos discutido hasta el cansancio y no vamos a comenzar otra vez.
- Esta bien, pero recuerda que nadie es eterno. Yo soy tu hija y legalmente tu heredera; esa muchacha tendrá que buscar quien la mantenga porque, con lo poco que dejó su padre, no le va a alcanzar para nada.
- ¿Acaso ya se te olvidó, que le rompiste el corazón a tu madre cuando exigiste tu herencia en vida? Te dimos la mitad de lo que poseíamos y te dedicaste a derrocharlo, no tienes derecho a nada más.
- Eso ya lo veremos, tu mejor que nadie sabe cómo se manejan las cosas en los juzgados – dijo Muriel retándolo al tiempo en que salía del lugar.
El señor White comenzó a sentir un fuerte dolor en el brazo izquierdo, a duras penas, logró dirigirse al pasillo donde el mayordomo, quien revisaba que todo estuviera en orden antes de irse a dormir, lo encontró.
Señor ¿se encuentra bien? – preguntó mientras lo ayudaba a regresar a la sala recostándolo en uno de los sillones.
- Despertaré al doctor Martin que se encuentra en una de las habitaciones de invitados.
- ¡No! Nadie debe enterarse. Albert… necesito hablar con Albert – balbuceó el anciano.
Continuara…
