Los personajes de Candy Candy no me pertenecen. Esta historia es 100% producto de mi imaginacion con fines de esparcimiento.
Promesa de libertad
Capitulo 2
- ¡No! Nadie debe enterarse. Albert… necesito hablar con Albert – balbuceó el anciano.
El mayordomo corrió a la habitación del rubio, quien se dirigió de inmediato a ayudar y entre los dos lo llevaron a su habitación. Albert le aflojó la ropa y rápidamente buscó entre la medicina que se encontraba en la mesita de noche; encontró un frasco de nitroglicerina y le colocó una píldora debajo de la lengua; poco a poco la respiración del anciano se normalizó. Albert, agradeció al mayordomo y le aseguró que se quedaría con él por si necesitaba algo.
De madrugada, el anciano despertó y Albert preguntó: ¿Cómo se siente?
- Mejor, gracias a usted. Si no es indiscreción ¿Cómo supo cuál era el medicamento adecuado?
- Estudie medicina general, no soy graduado porque hubiera tenido que hacer un interinato, pero estando confinado en mi habitación tuve tiempo para terminar los cursos además de graduarme como administrador y abogado. Estuvo muy cerca de colapsar, debe ver al médico cuanto antes.
- Ya lo he hecho, no hay nada que hacer, el corazón se debilita sin remedio. El doctor dice que puede ser ahora o en algunos años, el corazón no avisa.
- Lo lamento.
- No se apene, morir es lo único seguro en esta vida. Además, extraño mucho a mi esposa, mi hijo y a mis queridos amigos, reunirme con ellos en la presencia del Señor sería maravilloso.
- No diga eso, usted tiene mucho porque vivir todavía, su nieta lo necesita.
- Precisamente por eso es por lo que lo mandé llamar, tal vez podamos ayudarnos mutuamente. Usted está interesado en el paso del roble y yo en cuidar de mi nieta. Estoy dispuesto a cederle, no solo el paso del roble, sino cualquier otra de mis pertenencias a cambio de un favor: que tome a Candy bajo su tutela cuando me haya ido.
- Pero…
- Albert, escúcheme por favor, se lo ruego. Mi esposa Christine y no nos casamos muy jóvenes y deseábamos tener una gran familia; sin embargo, los años pasaban sin que pudiéramos concebir. Con el tiempo, perdimos la esperanza y una nube de tristeza ensombreció nuestro hogar. Con la idea de animar a mi esposa, le propuse que viajáramos a Europa por un tiempo. Visitamos muchos lugares entre ellos España, donde vivía mi prima Mary quien era religiosa y estaba encargada de un orfelinato. Ella nos sugirió adoptar a un bebe, de esa forma nosotros tendríamos el hijo que tanto deseábamos y él tendría una familia. No muy convencidos, decidimos visitar el lugar. Cuando llegamos, le notificaron a Mary que acababan de abandonar a una bebe de meses a las puertas del lugar. Era una hermosa niña de cabello oscuro y vibrantes ojos color violeta, en cuanto Christine la vio, se enamoró de ella y sus ojos lloraron de alegría. Junto a la niña, encontraron una carta indicando que su nombre era Muriel y que la madre no podía hacerse cargo. Al ver a Christine sonreír nuevamente, no lo pensé dos veces y regresamos a los Estados Unidos con la pequeña.
Muriel, era alegre y cariñosa, nunca le dijimos que era adoptada pues para nosotros era simplemente nuestra hija. Cuando Muriel cumplió nueve años, ocurrió un milagro y, contra todo pronóstico, Christine quedó embarazada. La niña estaba feliz, aunque un poco celosa, estaba acostumbrada a ser hija única y mi esposa la consentía.
Cuando el pequeño Robert nació, pensamos que la vida no podía ser más perfecta, pero un día una mujer con los mismos ojos violeta de Muriel, se presentó en casa diciendo que era su madre y quería recuperarla. Explicó que la niña había sido producto de una violación ocurrida cuando ella tenía solo catorce años, sus padres al enterarse de su estado la escondieron durante la gestación y pretendían entregar a la bebe en el orfelinato al nacer. A pesar de las circunstancias, la joven se encariño con la niña y logró que al menos la dejaran amamantarla por unos meses. Sin embargo, un día despertó y la niña no estaba a su lado, los padres habían decidido que era hora de entregarla como lo habían planeado. Aunque la madre sufrió mucho al ser separada de Muriel, no le quedó de otra más que aceptarlo, pues era muy joven y no tenía los medios para luchar por ella. Al cabo de unos años, se casó con un comerciante muy rico y un hijo, pero nunca olvidó a su pequeña. Cuando reunió el valor suficiente, le contó a su marido lo ocurrido y le pidió que la ayudara a buscar a la niña y así lo hicieron; contrataron a un investigador privado que los condujo a nosotros.
Muriel, escuchó todo detrás de la puerta y no lo tomó muy bien, despreció a su madre biológica y nos reclamó por no haberle dicho que era adoptada. Por más que tratamos de explicarle que, para nosotros, siempre había sido y seguiría siendo nuestra hija, no lo creyó y comenzó a compararse con su hermano. Frecuentemente nos acusaba de darle más atención o comprarle más y mejores cosas al pequeño Robert volviéndose caprichosa. Christine, trataba de hacerla sentir cuanto la amaba complaciéndola en todo, sin embargo, el resentimiento de Muriel contra su hermano crecía cada día más.
Cuando cumplió dieciséis años, fue presentada en sociedad y por supuesto exigió una fiesta digna de una princesa a la que asistieron las familias más ricas de la región. Esa misma noche, se involucró con uno de los socios de tu abuelo, un hombre muy rico de casi sesenta años. Se casaron en una pequeña ceremonia civil; el hombre, deslumbrado por la belleza de Muriel no pidió dote, pero ella la exigió diciendo que era su herencia y que no se conformaría con cualquier cantidad, quería la mitad de todo lo que poseíamos. Yo me negué, pero Christine intercedió diciendo que de todas maneras Muriel hubiera heredado la mitad de todo. Además de la enorme suma que le otorgamos, le pidió a su madre algunas de sus joyas más valiosas.
Al poco tiempo, Muriel sintió que la ciudad de Chicago no era suficiente para sus ambiciones y se mudaron a Nueva York, donde enviudo. Después de la muerte de su esposo, se dedicó a codearse con políticos, empresarios y artistas, yo le exigí que se comportara de acuerdo con los valores que le inculcamos, pero fue inútil, me recordó que yo no era su verdadero padre y por tanto no tenía autoridad sobre ella.
Siempre la amamos, pero había sido tan ingrata que en ese momento estaba dispuesto a olvidarme de ella. Sin embargo, el corazón de madre de Christine sufría tanto que enfermo gravemente y antes de morir me hizo jurar que nunca le cerraría las puertas de la casa a Muriel, por si algún día quería regresar.
Los años pasaron sin saber de ella hasta que finalmente apareció en el servicio conmemorativo de Robert y mi nuera, en esos momentos quería pedirle que se fuera, pero recordé la promesa hecha a mi esposa y la acepte. No volvimos a saber de ella, hasta hace un par de años, cuando vino porque no podía vender las joyas de su madre sin las facturas y terminé comprándoselas para que Candy pudiera tener un recuerdo de su abuela.
Anoche, escuché como le decía al comandante Wilkinson que Candy estaría encantada de atenderlo si le presentaba un costoso regalo. Cuando la enfrenté, no lo negó, por el contrario, dijo que casarse con un hombre mayor y rico sería lo mejor que podría pasarle a Candy, ya que no tendría mucho para mantenerse después de mi muerte. Una vez más, se siente con derecho a mis bienes y sin duda tratará de despojar a Candy. En mi testamento, mi nieta es la heredera universal, pero usted sabe mejor que nadie que, en ocasiones, la justicia es para quien pueda pagarla y me temo que mi nieta no podrá defenderse. Por eso le pido que acepte ser su tutor, un hombre poderoso como usted podrá protegerla hasta que cumpla la mayoría de edad y pueda valerse por sí misma.
- Señor, usted sabe que no puedo permanecer en este lugar. Si aceptó ser su tutor, la señorita Candice tendría que vivir con mi familia en Chicago; además de que mis obligaciones no me permitirían supervisarla personalmente. Actualmente soy el tutor legal de una dama y estoy a cargo de la educación de mis tres jóvenes sobrinos, pero todos ellos viven en la mansión de Chicago junto a mi tía Elroy.
- Sé que sería un cambio muy grande para ella, pero confió plenamente en los excelentes valores de los Ardlay y en que usted, como cabeza de la familia tomaría las mejores decisiones. Albert, lo que le estoy pidiendo es una gran responsabilidad, pero usted es mi única esperanza.
- Por favor, no me hable de usted nuestra familias fueron muy unidas. Le diré lo que pienso, lo que dice es cierto, la señora Muriel puede impugnar el testamento porque legalmente es su hija, tal vez no logre despojar a la señorita Candice de todo, pero si usted muere antes de que cumpla veintiún años, la señora Muriel sería nombrada su tutora. Sin embargo, existe otra forma de garantizar que las cosas se harán como usted lo disponga… Le comprare en efectivo el rancho y todo lo que posee y pondremos el dinero en un fideicomiso a nombre de usted y la señorita Candice. Usted sabe bien que, en una batalla legal por la sucesión testamentaria, los jueces tendrían que repartir los bienes que estén a su nombre entre todos los familiares. Sin embargo, el fideicomiso seguirá vigente aun si usted no estuviera. Con esta opción, usted podría mantener la administración del dinero y especificar que, si usted llegase a faltar, el tutor legal de la señorita sería el administrador hasta que ella cumpla veintiún años y tome posesión del fideicomiso.
- Pero Candy ama este rancho, es el único recuerdo de sus padres, no lo cambiaria ni por todo el oro del mundo.
- Entiendo, lo mismo me pasa a mí con la finca de Lakewood. Por eso le propongo que hagamos un contrato privado. En el mejor de los casos, Dios le concederá vivir muchos años y podrá heredar a la señorita en vida, pero si por algo usted llegase a faltar, nombraré a un administrador del rancho y todas sus propiedades. Cuando Candice cumpla veintiún años, podrá decidir por ella misma si desea conservar el rancho o el dinero del fideicomiso. Si se decide por el rancho, finiquitaré el fideicomiso y le venderé el rancho por la misma cantidad al que yo lo compré y ella podrá conservar las utilidades del fideicomiso.
- Es muy generoso, pero no lo puedo aceptar, básicamente usted invertirá un enorme capital en algo que no le dejaría ningún beneficio, además de que tendrá la responsabilidad de ser el tutor legal de Candy.
- Señor White, soy el administrador de una gran fortuna, pero no todo lo que hago es pensar en utilidades. Para mí, hay cosas mucho más importantes que el dinero; usted fue el mejor amigo de mi abuelo y padrino de mi padre además de que me ayudó haciendo respetar la ley cuando yo más lo necesitaba. Por favor acepte, le aseguro que la compra del rancho no nos causará contratiempos de ninguna índole.
- Tal vez me estoy excediendo, pero usted ha visto a mi nieta, ella no es como las damas de la alta sociedad de Chicago y tal vez no desee esa vida…
- Como le dije, desafortunadamente tendría que vivir bajo la supervisión de mi tía Elroy y usted sabe que es muy estricta, pero le aseguro que tendrá absoluta libertad para decidir el rumbo que desee para su vida y la apoyaré en todo lo que necesite.
- Muchas gracias - aceptó el anciano con los ojos nublados por las lágrimas. Necesitaré unos días para poner todo en orden.
- No se preocupe, si le parece bien, trabajaremos juntos para que todo quede establecido como usted lo desee.
- Por supuesto, afortunadamente un amigo mío que es abogado vino para la fiesta de Candy y se quedó a pasar la noche. Si estás de acuerdo, le pediré de favor que redacte el documento para nombrarte tutor de Candy ahora mismo.
- Claro, no hay problema.
Por la mañana, el desayuno se sirvió para todos los invitados en el comedor; el señor White estuvo presente pero visiblemente cansado. Después de despedir a la mayoría de los asistentes, le pidió de favor a su amigo el licenciado Casterline que le acompañara al despacho donde se reunieron con Albert. Ahí, firmaron su designación como tutor legal de Candy, el establecimiento del fideicomiso con todas sus cláusulas y el contrato personal que aseguraba que, de ser necesario, Albert pondría a disposición de Candy el Rancho y los bienes del señor White si deseaba recuperarlos.
- Ahora, lo único que hace falta es revisar los libros del rancho y hacer un inventario de los bienes para determinar su valor, después le pediré a George que deposite la cantidad que acordemos en el fideicomiso. Por supuesto usted tendrá amplias facultades para manejar tanto el rancho como el dinero.
En ese momento, el mayordomo llamó a la puerta para informarles que la señora Muriel y el comandante Wilkinson deseaban despedirse, por lo que el licenciado Casterline aprovechó para disculparse y se dirigió a su habitación para asearse antes del almuerzo. El señor White y Albert bajaron despidieron a Muriel en la puerta del rancho y, mientras veían el carruaje alejarse, el anciano suspiró y le dijo a Albert: "Ahora sí, el futuro de mi familia está en tus manos."
- Disculpe señor, la comida está servida – escucharon a sus espaldas la voz de Pancha.
- Gracias, iremos en un momento.
A comparación del desayuno, el almuerzo estaba mucho menos concurrido, únicamente el licenciado Casterline y Albert estaban a la mesa junto con Candy y su abuelo. La rubia había pasado la mañana, conviviendo con la señora Muriel y tratando de mantener las manos del comandante Wilkinson lejos de ella, por lo que se sintió aliviada cuando anunciaron su partida.
En mitad de la comida, el señor White se sintió indispuesto por lo que se disculpó y se dirigió a su habitación a descansar, había sido una mañana agotadora discutiendo los detalles del futuro de Candy y aunque confiaba plenamente en la integridad de Albert, rezaba por haber hecho lo correcto.
La rubia se preocupó al ver a su abuelo tan vulnerable y mientras ayudaba a Pancha a guardar la vajilla pensaba, qué podría preocuparlo…
- ¡Candy! ¡Candy! ¿me vas a pasar ese plato o no?
- Lo siento Pancha… pensaba en que el abuelo no se siente bien.
- Hay muchacha, "yo creo que todo es culpa de ese muchacho, Albert" – le susurró al oído.
- ¿Albert? ¿Por qué lo dices?
- No vayas a decir que yo te dije, pero el día que llegó, lo escuché decirle al patrón que quería comprar el paso del roble, pero el patrón se negó y cuando regresé escuché que el hombre le decía que haría lo necesario para conseguirlo. Hace un rato, escuché que el patrón le decía que tenía el futuro de su familia en sus manos. A lo mejor lo está presionando para que le venda.
- ¿A si? pues tendrá que pasar sobre mi cadáver antes que quitarnos lo que nos pertenece.
- Yo creo que cuanto antes se vaya mejor.
- Hablaré con el abuelo.
Más tarde, la rubia visitó al señor White…
- Abuelito ¿Cómo te sientes?
- Estoy bien hija no te preocupes, ya estoy viejo para eso de organizar fiestas.
- Abuelito, ya sabes que no necesitas hacerlo; yo estaré feliz de celebrar solo contigo.
- Si hija, pero año con año es una tradición y todos en el pueblo esperan ese día.
- Pues el próximo año, les diremos que preferí irme de viaje.
- Necesitas descansar ¿Cuándo se irán nuestros invitados?
- El licenciado Casterline saldrá esta misma tarde, Albert se quedará unos días más.
- ¿De dónde lo conoces?
- Es nieto de un amigo.
- y ¿a qué ha venido?
- Simplemente desea pasar unos días lejos de la ciudad, ¿por qué lo preguntas?
- Es solo curiosidad, bueno te dejo descansar. Te quiero mucho abuelito – Se despidió la rubia dándole un beso en la frente.
- Y yo a ti, no sabes cuánto – contestó el anciano.
Candy se dirigía a su habitación cuando encontró a Pancha, escuchando detrás de la puerta del despacho, donde Albert estaba reunido con el licenciado Casterline.
- Pancha ¿Qué haces? – susurró la rubia.
- Shhh – dijo la mujer haciéndole señas para que escuchara junto con ella.
- Entonces eso es todo, esperare a que llegue el perito y una vez que tengamos la cantidad final, le enviaré los documentos junto con copia del depósito para el registro.
- Descuide así se hará.
- Muchas gracias, licenciado.
- Gracias a usted, ha sido muy generoso. Hasta pronto.
Las dos mujeres se alejaron a una velocidad vertiginosa al escuchar que estaban a punto de abandonar el lugar.
Después de despedir al licenciado Casterline, el señor White le pidió a Albert un momento para hablar a solas…
- Albert, yo sé que ya te he pedido bastante, sin embargo, me veo obligado a pedirte un último favor. Mantengamos todo esto entre nosotros, mi nieta no sabe de mi enfermedad y no quiero preocuparla. Si todo sale bien como tú dices, no habrá necesidad de que se entere. Por el contrario, si yo muero, se enterará de todo en el momento adecuado, pero no quiero angustiarla sin necesidad.
- No se preocupe, señor White, delo por un hecho – sonrió Albert.
- Gracias.
- Ni lo mencione.
- Bueno, vamos es hora de cenar.
- Le pido disculpas, ha sido un día largo preferiría caminar un poco, si no le molesta.
- Adelante hijo, no te preocupes.
Albert caminaba a la luz de la luna y, mientras lo hacía, reflexionaba en lo ocurrido desde el momento en que el mayordomo toco a su puerta la noche anterior… todo parecía estar en orden y, sin embargo, no podía dejar de pensar en Candy, la joven que tanto le gustaba y ahora le estaba prohibida ¿Cómo podría pretenderla si tenía la obligación de velar por su bienestar? Sería como aprovecharse de la situación y no deseaba por ningún motivo faltar a la confianza del señor White. Sabía perfectamente cual debía ser su comportamiento, sin embargo, Candy lo hacía desear estar cerca de ella, conocerla y tal vez… amarla. Después de darle muchas vueltas, suspiró resignado y regresó a su habitación.
Por su parte, Candy también pensaba en Albert…
- Es tan buen mozo que parece un ángel, pero tiene el alma negra como la de un demonio – se decía. Mira que amenazar al abuelo, pero de mi cuenta cabe que se largue de aquí con las manos vacías. ¡Esto es la guerra!
A la mañana siguiente, la rubia se levantó más temprano que de costumbre y se ofreció a ayudar a preparar el desayuno. Una vez que estuvo listo, le dijo a Pancha que lo sirviera y puso especial énfasis en el plato que era para Albert, después se quitó el mandil fue al comedor.
Al primer bocado, el rubio se atragantó de tal forma que casi se ahoga pues Candy, le había agregado una cantidad enorme de pimienta y sal su omelette.
No conforme con eso, la rubia se acercó pretendiendo ayudar y le dio tal jalón de orejas que casi se las arranca, además de tirarle un vaso de agua en la cara. Albert, terminó reponiéndose por él mismo y disculpándose se retiró.
La rubia fingió inocencia y se sentó a desayunar sonriendo en su interior "Round number 1" – pensó para sí.
A la hora del almuerzo, el plato de Albert estaba especialmente amargo, pues había sido aderezado con vinagre. El joven, notó la mirada expectante de Candy, por lo que degustó la comida como si fuera el platillo más delicioso del mundo y se desvivió en halagos para la cocinera.
Al día siguiente, Albert aprovechó para dar un paseo por los alrededores; era un día caluroso y no pudo resistir la tentación de nadar en el rio cuyas aguas eran cristalinas y frescas. Miró alrededor y, al percatarse de que estaba solo, se despojó de sus ropas y saltó al agua. Candy, quien lo había estado siguiendo a distancia en compañía de su amigo Clint, le pidió al pequeño mapache que arrojara la ropa del rubio al rio.
El joven quien nadaba bastante lejos de la orilla vio como el pequeño animalito empujó las prendas, "como no queriendo," pero también vio el destello la dorada cabellera de la joven detrás de unos arbustos. Sin pensarlo dos veces, salió del agua y camino exactamente en dirección a la rubia, quien, al verse descubierta, fingió dar un paseo.
- Buenos días, señorita – sonrió con sensualidad.
- Pero ¿Qué hace caminando casi desnudo? – contestó la joven sin saber que hacer y sonrojándose hasta la coronilla.
- Lo lamento, estaba nadando en el rio y un travieso mapache ha decidido arrojar mi ropa a la corriente, así que no tengo opción. Si me permite – concluyó pasando tan cerca de ella que la hizo estremecerse.
Candy se quedó ahí, roja como tomate y admirando de reojo aquel cuerpo tan perfecto y sensual, mientras Albert reía para si.
- jefe ¿por qué le has dicho a Clint que tirara la ropa de ese hombre al rio? - escucho la voz de Jimmy a sus espaldas.
- Porque es malo y tiene que irse de aquí – dijo Candy sin pensar.
- No te preocupes, jefe yo te ayudaré – aseguró el pequeño.
Los días pasaron y Albert sufría la "hospitalidad" de los White. Comía las horribles comidas que le servían y se bañaba todos los días con agua helada entre muchas otras cosas. Sabía que Candy estaba detrás de todo y trataba de averiguar la razón sin causarle un disgusto al señor White.
Un día, mientras caminaba por el bosque, escuchó un golpe seco y el zumbido de un avispero por lo que se echó a correr lo más rápido que pudo en dirección contraria. Un divertido Jimmy brincaba y reía a carcajadas sobre la rama de un árbol cercano mientras gritaba: ¡jefe, lo hice jefe! ¡se fue corriendo como niña!
De repente, la rama del árbol cedió y el pobre niño cayó gritando asustado. Albert, al escucharlo regresó para ayudarlo, tenía algunas cortadas y había caído sobre el brazo izquierdo fracturándose el codo. El rubio lo tomó en los brazos y corrió con él hacia la finca. Ahí le inmovilizó el brazo y pidió que alguien fuera al pueblo por el doctor Martin.
Candy, asustada al ver al niño sangrando, preguntó ¿qué había pasado?, el niño inocentemente contestó: Te estaba ayudando jefe.
En poco tiempo, la hermana María y el doctor Martin se encontraban atendiendo al niño y Albert le "pidió" a Candy hablar un momento a solas. Ambos salieron de la finca y en cuanto se alejaron lo suficiente, preguntó enfadado.
- Señorita White, me puede decir ¿qué diantres está pasando?
- No sé de qué está hablando – contestó Candy.
- Claro que lo sabe y en este momento me dirá la verdad, ¿acaso cree que no sé qué usted está detrás de todas esas horribles comidas y todo lo demás? ¡Por Dios, involucró a un niño que pudo haberse matado al caer de ese árbol! – le dijo acercándose a unos centímetros de la joven, que tembló al ver un océano enfurecido en los ojos del rubio.
Continuará…
Muchas gracias a todas por sus lindos mensajes el pasado Diciembre cuando mi familia enfrentó el Covid-19 por primera vez. Sé que esta terrible enfermedad ha golpeado no solo a mi familia sino a muchas otras a nivel mundial. Gracias a Dios estamos bien. La experiencia me hizo mucho más sensible y empática. Respeto enormemente el esfuerzo de los trabajadores de salud que diariamente arriesgan sus vidas para salvar a otros y en general a todos aquellos que salen de sus casas todos los dias a buscar el sustento familiar. A ustedes, mis queridas amigas les mando un abrazo fuerte deseandoles lo mejor.
Hola muchas gracias por sus comentarios, los aprecio muchisimo. Algunas de ustedes me han preguntado por el final de Destino y Baila Comnigo, ambos estan casi completos, destino es más sencillo porque es un minific pero Baila conmigo tiene muchas vertientes que hay que cerrar. Espero pronto publicar ambos y que sean de su agrado.
Esta historia ronda por mi mente en las noches y no me deja dormir, asi que decidi escribirla de una vez para poder poner todas estas ideas de lado y concentrarme en los detalles finales de las otras dos. Espero que les haya gustado.
