Los personajes de Candy Candy no me pertenecen.
Esta historia es cien porciento producto de mi imaginación con fines de esparcimiento y no pretende hacer ningún tipo de pronunciamiento racial, social o cultural.
Capitulo 3
- Señorita White, me puede decir ¿qué diantres está pasando?
- No sé de qué está hablando – contestó Candy.
- Claro que lo sabe y en este momento me dirá la verdad, ¿acaso cree que no sé qué usted está detrás de todas esas horribles comidas y todo lo demás? ¡Por Dios, involucró a un niño que pudo haberse matado al caer de ese árbol! – le dijo acercándose a unos centímetros de la joven, que tembló al ver un océano enfurecido en los ojos del rubio.
- Yo no le pedí que hiciera nada – dijo Candy a la defensiva.
- No, si todo lo hace usted muy bien sola. ¿por qué no me dice de una buena vez a qué está jugando?
La rubia supo que no tenía caso negarlo así que decidió tomar el toro por los cuernos…
- No estoy jugando, ¡quiero que salga ya mismo de este rancho!
- ¿A sí? Y ¿se puede saber por qué?
- Porque es usted un sinvergüenza que esta extorsionando al abuelo y eso no lo voy a permitir.
- ¿yo extorsionando a su abuelo?
- ¿Me va a negar que vino aquí pretendiendo adquirir el paso del roble? y como mi abuelo se negó usted decidió presionarlo.
- Miré señorita, es verdad que vine aquí intentando comprar el paso del roble, pero hablé con el señor White y me explicó lo importante que es para usted el lugar. Créame, lo entendí perfectamente yo también perdí a mis padres. No sé de dónde sacó que estoy presionando a su abuelo, pero no es verdad.
- No le creo nada, yo misma lo escuche hablando en el despacho con el licenciado Casterline.
- Pues si esta tan segura ¿por qué en lugar comportarse como una chiquilla malcriada no enfrenta la situación? Venga aclaremos esto de una buena vez – dijo tomándola del brazo y llevándola de regreso a la finca.
- ¡Suélteme! ¿A dónde me lleva? – forcejeaba la rubia.
- Hablaremos con su abuelo.
- ¿Todo bien Candy? – preguntó Tom que venía detrás de ellos.
- Si, bueno… yo – balbuceo la rubia con los ojos llenos de lágrimas.
Albert, le dirigió una mirada furiosa y siguió su camino a la finca.
- Ven Candy será mejor que me acompañes a casa, no puedes entrar en la finca en ese estado ¿Por qué Albert está tan molesto? – preguntó Tom mientras caminaban.
- Esta enojado porque Jimmy se cayó del árbol.
- ¿Esta bien?
- Tiene raspones y se lastimó el codo.
- Si fue un accidente ¿por qué Albert lo tomó en tu contra?
- Jimmy subió al árbol para tirarle un avispero al paso. Intentaba ayudarme a ahuyentar a ese hombre del rancho.
- ¿Tú le pediste que lo hiciera?
- No directamente, pero le comenté que era malo y tenía que salir de aquí.
Siguieron conversando hasta llegar a casa de Tom donde Susie los recibió contenta de ver a Candy y les sirvió un vaso de limonada fresca…
- Candy ¿Cómo se te ocurre creerle a Pancha? Es buena persona, yo no digo que no, pero tiene mucha imaginación y se le da muy bien crear historias. Como cuando le dijo al todo el mundo que el padre Marcus tenía un amorío con una desconocida quien resultó ser su sobrina que había venido a visitarlo por un par de días para despedirse antes de embarcarse al África como misionera.
- Pero yo lo escuché hablar con el licenciado Casterline acerca de una valuación y un depósito.
- Que puede ser de mil cosas, no necesariamente el paso del roble. Candy…tengo poco de conocer a Albert, pero por lo que lo he tratado, es un tipo agradable y muy trabajador. Desde que llegó, ha venido todos los días a las cuatro de la mañana a ayudar a los muchachos con el ganado. Sabe mucho de caballos y hasta consiguió que un amigo suyo nos preste dos de los sementales más finos del mundo… ¿De verdad le hiciste todas esas cosas que dijiste? – pregunto divertido
Candy, asintió avergonzada
- Si hubiera sido otro, te hubiera acusado con el patrón, pero aguantó sin decir nada. Tal vez no quería darle un disgusto. Piénsalo, siempre has sido traviesa, pero nunca malintencionada ¿por qué mejor no pláticas con tu abuelo y sales de dudas en lugar de hacerle la vida de cuadritos al pobre hombre?
- Tienes razón, lo haré. Hasta luego y gracias.
Después de atender a Jimmy, el doctor Martin revisó al señor White y le prescribió nuevos medicamentos quedando de regresar en algunos días para checar el efecto de los fármacos. Esa noche, Candy estaba nerviosa pues temía enfrentarse a Albert durante la cena. No podía negar que la mirada turbulenta del rubio imponía, además estaba confundida, por un lado, pensaba que tal vez se había equivocado y por el otro le dolía que la hubiera tratado como a una "chiquilla malcriada." Llegada la hora, respiró profundo y se dirigió al comedor resignada a enfrentar la situación. Por suerte para ella, el rubio no se presentó, había salido al pueblo y aun no regresaba.
En una habitación de hotel, Albert se encontraba junto con George revisando los reportes de los peritos para acordar la cantidad final del depósito al fideicomiso. Sin duda era una fortuna, pero nada significativo para los Ardlay pues, aunque la señora Elroy consideraba a William excéntrico y caprichoso, tenía el don de Midas para los negocios y era muy disciplinado, al grado de triplicar la fortuna familiar en tan solo algunos años. Cuando el francés le extendió la tabulación final, el rubio miró la cantidad y asintió, luego firmó los documentos necesarios para el depósito.
George, conocía mejor que nadie al muchacho y sabía que había algo que le incomodaba, pero discreto y reservado como siempre, guardó silencio observando cuidadosamente cada gesto del joven para ver si lograba obtener algún indicio acerca de su molestia, pero nada… Después de una plática trivial se despidió agradeciéndole por todo y asegurándole que regresaría a Chicago en unos días, luego salió del lugar. En ese momento, el moreno pudo apreciar un poco de desesperanza en la mirada celeste del rubio lo que le preocupó.
En camino al rancho, Albert pensaba, que, en un par de días, todo estaría concluido y tendría que mirar a Candy únicamente como su protegida. La pregunta era ¿Qué haría con todos los sentimientos que la rubia le provocaba? Por más que lo intentaba, no lograba apartarla de sus pensamientos. Llevaba grabada en su corazón la imagen la joven, su sonrisa y sus hermosísimos ojos verdes. A punto de llegar a su destino, sonrió con ironía al recordar que la joven lo odiaba, así que de cualquier manera nunca tendría la oportunidad de estar cerca de ella.
Al entrar en su habitación notó que, por primera vez en muchos días, todo parecía estar en orden, el lugar estaba limpio, ordenado y sin alimañas. Se dirigió al cuarto de baño para asearse un poco y encontró que alguien le había preparado la tina con agua tibia y había toallas limpias. Sonrió al pensar que, al parecer, la joven había decidido darle una tregua.
A la mañana siguiente, un vehículo llegó con dos hermosos caballos pura sangre: Thunder y Dyango. Los animales reconocieron inmediatamente a William y relinchaban excitados. Eran sus caballos favoritos y los había mandado traer como sementales ya que el señor White tenía un par de yeguas muy finas y pensó que juntos tendrían hermosos potrillos.
- Parece que los conoces bien – dijo Tom
- Fui su cuidador por un tiempo así que nos hicimos buenos amigos.
- De verdad son bellísimos, todavía no puedo creer que te los hayan prestado, así como así; valen una verdadera fortuna. Cuando firmé la responsiva estaba temblando.
- No te preocupes, el señor Smith los conoce mejor que nadie y estará al pendiente.
- Si logramos que las yeguas queden preñadas los ejemplares serán únicos – serán un parteaguas para nosotros. Candy y el señor White estarán muy felices. A propósito, ayer te vi muy molesto por lo que pasó con Jimmy, por favor no tengas una idea equivocada de Candy. Ella es una joven muy dulce y con un corazón de oro, aunque a veces es un poco impulsiva. Alguien le dejó entrever que estabas presionando al señor White para quedarte con el paso del roble y por supuesto trató de defender tanto la tierra como a su abuelo. No la justifico, pero piensa que este rancho y su abuelo son todo lo que le queda.
- No te preocupes, todo está bien; me iré en un par de días y la señorita Candice podrá estar tranquila.
- Gracias, ahora ¿qué te parece si le presentamos a estos galanes dos lindas yeguas? Veamos si florece el amor…
Durante los siguientes días, Albert y el señor White pasaron mucho tiempo juntos; el anciano le mostraba las extensas tierras del rancho y ambos platicaban de infinidad de cosas, del pasado, el presente y el futuro. Albert pensaba que, de haber conocido a su abuelo, le hubiera gustado que fuera como el señor White, quien, a su vez, reconocía en William a un hombre inteligente, educado y muy noble. Se sentía mucho más tranquilo al ver como el joven amaba la naturaleza, pues sabía que entendería a la perfección a su nieta. Por un momento hasta llegó a pensar que harían una buena pareja, pero desechó de inmediato la idea. Conocía de sobra lo orgullosos que eran los Ardlay de su linaje; de seguro querrían para el patriarca a una mujer muy refinada y de buena familia.
Candy, no pudo evitar notar que su abuelo se veía mucho más tranquilo y disfrutaba de la compañía del rubio. No se había atrevido a preguntarle sobre el asunto de las tierras, pero decidió confiar en el anciano, pues sabía que era muy inteligente y no se dejaría estafar. La rubia trataba de evitar a Albert a toda costa pues el joven le gustaba mucho y se ponía muy nerviosa cuando estaba cerca, sin embargo, no sabía si podía confiar en él y además le dolía que la hubiera tratado como a una chiquilla malcriada.
Cuando todos los asuntos del fideicomiso estuvieron finiquitados, Albert se despidió del señor White quien lo abrazó emocionado dándole las gracias por todo e insistió en llevarlo a la estación del tren personalmente. El joven, se había resignado a no ver más a Candy ya que después de lo de Jimmy, no se había dejado ver ni por equivocación. Cuando estaban a punto de partir, apareció la joven hermosamente ataviada con un vestido verde menta que resaltaba sus hermosas esmeraldas. El señor White había insistido en que lo acompañara al pueblo y no había podido negarse. Mientras viajaban, el ambiente era un poco tenso entre los rubios, el señor White quien era muy observador, pensaba que todo se debía al poco tiempo que habían compartido y estaba seguro de que si se conocieran un poco mejor serían buenos amigos.
Candy, había horneado una tarta de manzana y le había pedido a su abuelo si podían llegar de pasada al consultorio del doctor Martin para agradecerle que hubiera ido al rancho a atender a Jimmy, a lo que el anciano accedió pues tenían tiempo de sobra.
Cuando llegaron al consultorio, el doctor estaba atendiendo a una pareja de jóvenes que estaban muy golpeados.
- ¡Que sorpresa! Gracias Candy se ve deliciosa. Espero que no les moleste si platicamos mientras atiendo a unos pacientes. Es más, creo que un poco de ayuda me vendrá de maravilla ¿por qué no te lavas las manos y me ayudas con los vendajes?
- Claro doctor, será un placer – aceptó la rubia feliz de tener algo en que entretenerse en lugar de tratar de no perderse en los hermosos ojos color de cielo del rubio que tenía a su lado.
- Perdón, que descortés soy. Permítanme presentarlos, el doctor Patrick Shrine y la señorita McGuire su enfermera. Ellos son mis amigos El señor White, su nieta Candice y Albert.
- Mucho gusto – dijo el señor White.
- ¿tuvieron un accidente?
- Trataban de subir al poblado de los Ojiwa, cuando la señorita McGuire resbaló por la pendiente de la montaña, el doctor Shrine, trató de ayudarla, pero cayó con ella y ambos se lastimaron.
- Lo lamento, la subida es bastante escarpada.
- Créame, yo lo lamento más, ahora no podremos llegar a tiempo con las vacunas – contestó el doctor Shrine.
- Llevaban un cargamento con vacunas para la viruela que prescribirán en un par de días si no son administradas. Yo las llevaría, pero ya no estoy para esos trotes – declaró el doctor Martin.
- Si ustedes me lo permiten, yo podría llevarlas. Tengo experiencia trabajando como asistente en una clínica y he administrado ese tipo de vacunas – comentó Albert.
- ¿Hablas en serio?, pensé que tu tren saldría en un par de horas – indicó el doctor Martin
- Siempre habrá una nueva corrida. Los Ojiwa me acogieron el invierno pasado y me gustaría devolverles el favor.
- Eso sería maravilloso, indicó la señorita McGuire.
- Necesitarás una enfermera, los Ojiwa no dejan a los médicos atender a sus mujeres solos, siempre tiene que haber una mujer presente. ¿Candy por qué no vas con Albert?, me has ayudado a vacunar a los chicos del hogar de pony y lo haces excelentemente – intervino el doctor Martin.
- Bueno… yo…
- Anda, no me digas que le tienes miedo a las montañas, te he visto trepar los árboles y te aseguro que estas más que calificada. Además, estoy seguro de que tu abuelo no se negará si vas con Albert, después de todo, ha probado ser todo un caballero – agrego el galeno refiriéndose al incidente de la fiesta.
- Es que…
El señor White vio la oportunidad para que Albert y Candy se conocieran un poco más, de esa forma su nieta se sentiría un poco más confiada si algún día tenía que ir a vivir a casa de los Ardlay.
- Anda hija, estoy seguro de que podrás ser de mucha ayuda… todavía es temprano, los acercaremos lo más que se pueda en la subida y mañana mismo primero Dios estarán de regreso.
- Pero abuelo, yo nunca…
- Si realmente deseas estudiar para enfermera, lo primero que debes saber es que deberás ir a donde te necesiten o ¿ya te arrepentiste?
- ¡No!, no es eso.
- Entonces, no se diga más. Regresaremos al rancho para que se preparen.
- Si la señorita Candice no está convencida, podemos buscar a alguien más como por ejemplo… la hermana María – intervino Albert un tanto nervioso.
- Tonterías, la hermana María tiene las manos llenas con tanto muchacho. Candy lo hace muy bien, ya lo verás – aseguró el doctor Martin con su sonrisa amable.
A los rubios no les quedó de otra más que tomar la mochila que contenía las vacunas y regresar al rancho a prepararse. En un dos por tres Albert estaba listo, había cambiado el traje formal que portaba en la mañana por jeans y ropa cómoda además de sus gafas de sol que lo hacían verse arrebatadoramente atractivo. Candy estaba molesta, pues entre los Ojiwa no era bien visto que las mujeres usaran pantalón así que tenía que olvidarse de sus amados overol y usar vestido, nada más incómodo para andar por la sierra.
Cuando estuvieron listos para partir, el señor White le pidió a Tom que los acompañara a caballo lo más que pudiera. Después de una hora de camino, los equinos no podían subir más por lo que los rubios tomaron las mochilas y continuaron a pie en silencio.
Candy iba siempre al frente, caminando lo más rápido posible y Albert, que conocía más el terreno, era más cauteloso.
- Señorita Candice, no es prudente que vaya tan rápido, es peligroso – le decía, pero la rubia fingía no escucharlo. No sabía qué hacer, ni que decir lo único que sabía era que no quería caminar a su lado.
El rubio trataba de adelantar los pasos para estar cerca de ella en caso de que necesitara ayuda, pero mientras más lo hacía, la obstinada joven más se alejaba. En una ocasión, estaba a punto de dar el paso, cuando sintió una mano fuerte que la tomó del brazo y la jaló hacia atrás, lo que la hizo girar y chocar con el amplio pecho de Albert quien la abrazó para evitar que perdiera el balance. Candy, estaba a punto de protestar, pero el rubio levantó la mano y señalo al piso justo donde habría pisado; fue entonces que notó una delgada línea verde que zigzagueaba lentamente por mitad del camino. Era una serpiente aparentemente pequeña, pero bien conocida por su mordedura letal. Ambos permanecieron abrazados en silencio, mientras esperaban que el animal continuara su camino perdiéndose en la hierba.
Candy, sentía que las piernas le iban a fallar, pero no sabía si era por el susto o por estar en los fuertes brazos de Albert, disfrutando el embriagante aroma de su piel. Entonces el rubio se levantó las gafas de sol para mirarla a los ojos y le dijo: Señorita White, estoy seguro de que preferiría estar en mejor compañía, pero este lugar es peligroso y, si se aleja demasiado, no estoy seguro de poder ayudarla la próxima vez, le ruego que se quede a mi lado.
La rubia asintió, sorprendida de escuchar el tono amable y a la vez preocupado de Albert. Continuaron caminando en silencio por un par de horas más hasta que él sugirió que se detuvieran un momento para comer pues con la premura del viaje no habían probado bocado…
- Señorita, quiero agradecerle la tregua que me dio estos últimos días. Le aseguro que cocina como los mismos ángeles… sin los ingredientes extra…claro está.
- No se burle – contestó Candy elevando la nariz.
- No es burla, es la verdad. Cuando he podido disfrutar la comida, le aseguro que estaba realmente deliciosa – dijo Albert con una cálida sonrisa.
- Estoy seguro de que, así como no es una mala cocinera, tampoco es una mala persona ¿por qué no empezamos de nuevo? Tal vez le dé la sorpresa de que no soy ¿Cómo me llamó? Ah sí… un sinvergüenza.
- Candy lo miro pensativa por un momento y contestó: con una condición.
- ¿Cuál?
- Que deje de hablarme de usted y llamarme señorita White.
- Entonces, ¿Cómo quiere que la llame?
- Candy
- "Candy," "preciosa," "mi amor" o como tú quieras, pensó el rubio para si – pero simplemente contestó: dalo por hecho.
Después de la comida, el viaje se volvió mucho más placentero. Hablaron de todo, flores, plantas, animales y hasta de algunas travesuras de la rubia. Pronto se dieron cuenta que disfrutaban las mismas cosas y tenían un sentido del humor muy parecido.
Albert, de vez en cuando la miraba de reojo y pensaba: "no sabes cómo me gustas, me haría tan feliz poder cortejarte…"
Al llegar a lo alto de la montaña, pudieron ver el valle donde se encontraba el asentamiento de los Ojiwa. El descenso fue rápido y antes de llegar al pie de la montaña, un grupo de jóvenes ya los esperaba.
- ¡Albert! - saludó Joseph un joven de piel morena y sonrisa franca quien de inmediato lo reconoció.
- Que tal Joseph, ¿Cómo va todo?
- Bien, has regresado.
- Traemos las vacunas del doctor Shrine, quien sufrió un accidente ¿podríamos hablar con tu padre?
- Por supuesto, vengan por acá.
- Entraron a una tienda y se encontraron con el jefe de la tribu reunido con los ancianos.
- Buenas tardes.
- Albert, el tiempo te ha sentado bien.
- Gracias, la señorita White y yo hemos venido a traer las vacunas contra la viruela.
Los ancianos comenzaron a hablar en su lengua, algunos de ellos estaban en contra de recibir las vacunas, consideraban que con su propia medicina era suficiente.
Albert entendía un poco lo que decían y les explicó los beneficios de la vacunación de forma tan clara y convincente que obtuvo el permiso para aplicar las vacunas.
Candy, nunca había visto a nadie hablar con tanta seguridad y aplomo. Lo miraba llena de admiración y respeto, era el hombre perfecto, un sueño hecho realidad. Lástima que solo la veía como a una niña…
El día había sido largo y agotador, durante la cena en la tienda del jefe de la tribu conocieron a Joana la joven esposa de Joseph que estaba embarazada de su primer hijo. Al terminar, los llevaron al único edificio de paredes sólidas. Había sido construido por el gobierno como hospital, pero generalmente estaba vació, las camas eran utilizadas únicamente durante el invierno para proteger a los niños de la nieve. Había dos habitaciones largas una para hombres y una para mujeres, cada una con cinco camas disponibles, les dieron mantas y velas para alumbrarse.
Albert, ayudó a Candy a instalarse en la habitación para mujeres y antes de retirarse le dijo:
- Candy, sé que estás cansada, pero mañana tendremos que comenzar muy temprano. Solo tenemos permiso para permanecer aquí hasta el mediodía.
- ¿Permiso?
- Si, los Ojiwa tienen su propio sistema de gobierno; nos hemos podido quedar con autorización del jefe de la tribu. Fue el quien hizo los arreglos para nuestra estancia y nos permitió utilizar este lugar con la condición de que salgamos de aquí mañana al mediodía.
- Entiendo ¿Cómo es que Joseph y Joana tienen nombres comunes?
- Algunos de los Ojiwa, especialmente los jóvenes usan dos nombres, uno es el Ojiwa tradicional que les pusieron sus padres al nacer y el otro un nombre común de su elección les facilita la comunicación con la gente de fuera. Algunos de ellos, como Joseph han sido enviados a estudiar al pueblo para que puedan comunicarse y entender las normas fuera de aquí. De esa forma pueden vender sus productos y comprar algunas cosas que les ayudan a vivir en mejores condiciones. Los ancianos se oponen y con cierta razón a que los jóvenes adopten otras costumbres, durante mi estancia comprobé que las leyes aquí son claras y generalmente se respetan, de no ser así, los castigos son ejemplares. Los Ojiwa son muy unidos y viven en paz, pero tristemente algunos de los jóvenes que han vivido en los pueblos o las ciudades, han regresado con vicios como el alcohol y el cigarrillo. Que descanses, mañana será un largo día.
- Buenas noches, Albert.
A pesar del cansancio, Candy no podía dormir pensando en todo lo acontecido durante el día. Estar ahí con Albert le parecía un sueño, uno que no quería olvidar jamás.
A la mañana siguiente, por órdenes del jefe de la tribu había largas filas de hombres, mujeres y niños esperando a ser atendidos. Albert y Candy trabajaban en perfecta armonía, la rubia era muy buena con los niños, era compasiva y su alegría era contagiosa.
A las once de la mañana ya habían terminado con su tarea. Se encontraban en la tienda del jefe de la tribu despidiéndose y agradeciéndole por su hospitalidad cuando escucharon el fuerte grito de una mujer; era Joana quien tenía un fuerte dolor en el vientre.
Albert y Candy se apresuraron a auxiliarla y notaron que se le había roto la fuente, Joseph les dijo que se había sentido mal durante la noche, pero que pensaban que era algo que había comido porque todavía le faltaban cuatro semanas para el alumbramiento. Albert la examinó y comprobó que él bebe ya estaba en camino, por lo que le dijo a Joseph que buscara a la partera. El joven salió corriendo, pero regresó solo ya que la mujer se encontraba enferma.
El rubio miró su reloj y supo que no podrían ayudar a la joven pues casi era el mediodía por lo que pidió hablar nuevamente con el jefe de la tribu y el consejo de los ancianos. Cuando se reunieron, les explicó que la situación era complicada y que, para ayudar a la joven, tendrían que permanecer un día más en el lugar.
El jefe le indicó que les había pedido que abandonaran el lugar al mediodía porque estaba por comenzar la celebración religiosa más importante para la tribu. Durante la semana mayor, como le llamaban, las leyes y el gobierno de la tribu se disolvían y el poder pasaba a manos de un grupo de hombres a quienes llamaban los "jueces" y nadie podía entrar o salir del asentamiento.
Le dijo que podrían permanecer en el hospital y les brindarían alimento si decidían quedarse ayudar a Joana, pero que estarían bajo la autoridad de los jueces como todos los demás.
De haber estado solo, Albert hubiera decidido ayudar a la joven sin dudar, pero Candy estaba con él y su abuelo la esperaba de regreso esa misma noche por lo que habló con ella y le explicó la situación. La rubia, al ver el sufrimiento de Joana, aceptó quedarse.
Había un grupo de jóvenes que estaba por salir del lugar pues trabajaban en el pueblo y no podían permanecer toda la semana ahí. El jefe le preguntó a Albert, si deseaban enviar algún mensaje y el rubio escribió una nota para el señor White, explicándole brevemente la situación.
El parto de Joana había sido complicado, pero después de algunas horas, la joven madre tenía entre sus brazos a un varoncito pequeño y frágil por ser prematuro, pero que se aferraba a la vida con fuerza. En la tienda del jefe todos estaban felices y agradecidos con los rubios por haber salvado la vida de Joana y su bebe.
Albert y Candy regresaron al hospital para asearse. Después de bañarse, Candy fue a una pileta y comenzó a lavar la ropa de ambos, cuando estaba a punto de terminar, una joven que pasaba por ahí le dijo: ¿qué haces? ¡rápido ven conmigo! y tomando la cesta de ropa limpia que la rubia tenía a sus pies, corrió hacia el hospital. Candy la siguió y, cuando ambas estuvieron adentro, la joven puso el cerrojo y cerró las cortinas.
- Tienes suerte, parece que nadie te vio.
- ¿por qué dices eso?
- Durante la semana mayor, nadie puede bañarse o hacer labores de limpieza, únicamente podemos limpiar la cocina. Si lo haces, los jueces te castigaran y te llevaran por horas al centro ceremonial a quemar coparche, es la planta sagrada que al arder genera un humo blanco elevando nuestras oraciones a los dioses. Todos en el pueblo respetan la tradición y denuncian a cualquiera que infrinja las reglas. – decía la joven mientras ayudaba a Candy a extender la ropa mojada donde se podía.
- ¿por qué me ayudaste?
- Porque sé que eres de fuera y no lo sabias, pero no lo vuelvas a hacer. Debo irme… adiós – dijo la joven saliendo rápidamente del lugar.
- Hasta luego y gracias de nuevo.
Mas tarde, comieron en la tienda del jefe de la tribu y al terminar, se sentaron junto con otros familiares a platicar a las afueras. Ahí, les explicaron la semana era considerada un tiempo especial para la contemplación y la meditación por lo que los hombres y mujeres debían despojarse de toda vanidad para que pudieran concentrarse en admirar la creación de los dioses.
En ese momento, una pareja llegó desesperada y le explicó al jefe de la tribu que un joven llamado Ahanu se había robado a su hija Chenoa. Todos levantaron la mirada, aun se podía ver a la pareja subiendo la montaña a toda prisa. El jefe les recordó que durante ese tiempo no había nada que él pudiera hacer y se fue con otros hombres a avisar a los jueces. En poco tiempo, pudieron observar a una columna de hombres que subía la montaña corriendo a toda velocidad tratando de darle alcance a la pareja, que ya les llevaba mucha ventaja.
Tiempo después los jueces se presentaron para informar que no habían podido darles alcance. Los padres de la joven lloraban desconsolados, los hombres que no querían casarse usaban ese tiempo en el que la ley no existía, para robarse a las jóvenes sin ser castigados. El jefe de la tribu les aseguró que ninguno de los dos podría regresar al lugar hasta que no pidieran perdón a sus padres y decidieran hacer las cosas correctamente.
Mientras los hombres hablaban, Candy miraba impresionada a los jueces; eran un grupo de hombres de larga cabellera negra que vestían pantalón de piel con el torso descubierto. La cara y cuerpo estaban decorados con intrincadas figuras pintadas con pigmentos naturales de colores brillantes, en la cabella llevaban tocados o penachos de plumas y en las manos báculos de madera coronados con animales disecados principalmente águilas y serpientes.
Los jueces anunciaron que el tiempo de oración había llegado. Todos los habitantes se congregaron alrededor del fuego ceremonial, donde las danzas y las plegarias se extendieron hasta avanzada la noche.
Albert y Candy se ofrecieron a cuidar de Joana y su bebe para que la familia entera pudiera acudir a la oración. Cuando Joseph llegó a relevarlos, les indicó que les había dejado unas piezas de pan en la tienda donde se cocinaban los alimentos. Los rubios estaban que morían de hambre, pues con el asunto de la pareja, todos se habían olvidado de cenar. Entraron en la tienda, que se encontraba completamente vacía y comieron el pan con un poco de leche que les supo a gloria. Cuando estaban a punto de salir, un grupo de jóvenes rodeo la tienda bailando y riendo, parecía que estaban embriagados. Uno de ellos alzó la voz y dijo: "oiga enfermera, ¿Por qué no sale un momento para divertirnos? Le aseguro que entre todos la pasaremos muy bien" … mientras los demás celebraban entre risas.
Albert y Candy se quedaron de una pieza, sabían que, si decidían a entrar por ella, no habría mucho que el joven podría hacer para defenderla, eran muchos los hombres alrededor de la tienda. En eso escucharon, la voz de Joseph quien discutía con ellos en su lengua, después de un acalorado intercambio, los hombres se retiraron enfadados.
Joseph entró en la tienda diciéndoles que podían retirarse a descansar cuando quisieran, les dijo que algunos jóvenes se reunían después de la oración cuando los jueces se habían marchado, y consumían alcohol. Les recomendó que durante la semana trataran de regresar al hospital temprano y mantuvieran el lugar con el cerrojo todo el tiempo.
Candy, estaba temerosa de salir, pues tendrían que caminar un tramo antes de llegar al hospital. Albert, la animaba diciéndole que caminarían en la oscuridad y nadie los podría ver, al tiempo que le recordaba que no estaban seguros en ese lugar pues la tienda no tenía puerta sólida.
Finalmente, la joven se armó de valor y ambos caminaron en la oscuridad tomados fuertemente de la mano. A lo lejos, se podría ver la fogata, donde los jóvenes bailaban y reían alegremente. La rubia no quería ni respirar para no llamar la atención, de vez en cuando, sentía algo muy desagradable bajo sus pies y se aferraba a Albert con más fuerza.
- Son solo sapos, no te preocupes – susurraba Albert
Cuando por fin alcanzaron la seguridad del hospital, Candy pudo dejar salir el estrés del trayecto y comenzó a llorar sin poder contenerse. Albert, la abrazó mientras la consolaba acariciándole el cabello con ternura. Se sentía responsable por el peligro en el que se encontraba la rubia y decidió que la defendería con su vida si fuera necesario…
- Candy, estarás bien no te preocupes, no me separare de ti. Anda vamos a dormir, es tarde y necesitas descansar.
- ¡No!, no me dejes sola, por favor.
- La puerta está cerrada, no hay forma de que puedan entrar.
- Es que yo… - dijo la rubia comenzando a llorar nuevamente.
- Ya no llores por favor, te propongo algo: durmamos en la misma habitación si te hace sentir más segura.
La joven asintió entre sollozos, Albert preparó la cama junto a la suya para que la rubia pudiera dormir, pero no la veía convencida. Al final, puso las dos camas una al lado de la otra pegadas a la pared de forma que Candy durmiera entre la pared y él.
La rubia finalmente pudo descansar, pero ahora el que estaba en problemas era él. No podía dormir junto a la mujer que le robaba el aliento. La suavidad de sus rizos y el delicado aroma de su piel lo tenían al punto de la locura, tuvo que poner todo el peso de su nombre, su familia y sus responsabilidades para reprimir lo que su corazón gritaba. Era de madrugada cuando finalmente el recuerdo de la promesa que le hizo al señor White terminó por someter sus sentimientos y suspiro resignado pues, una vez más, sus responsabilidades le impedían perseguir su propia felicidad.
Al siguiente día, despertaron con los primeros rayos del sol y el sonido de una flauta que indicaba el paso de los jueces. Candy se asomó por la ventana para ver al grupo de hombres que corrían formando una línea.
Albert comenzó el día de buen ánimo, hacía mucho que había dejado de compadecerse a sí mismo por las cosas que no podría hacer, su hermana Rosemary le había enseñado a ver las cosas hermosas de la vida y él había asumido que su existencia estaba destinada al cumplimiento de sus responsabilidades, asegurando el bienestar de los suyos. También había aprendido que su camino no tenía por qué ser triste, así que trataba de disfrutar al máximo las cosas que si podía hacer y brindar felicidad a los demás.
Cuando salieron para desayunar, Candy se sorprendió al mirar que eran dos grupos los que corrían uno de norte a sur y el otro de este a oeste cruzándose en el medio. Los hombres corrían en perfecta sincronía de tal forma que al cruzarse se intercalaban uno de cada grupo; era todo un espectáculo.
En el desayuno, Joseph les explicó que, durante esa la semana, los hombres elegidos jueces no dormían en sus tiendas, sino que montaban un campamento junto al rio y que en las primeras horas de la mañana comenzaban su labor recorriendo los cuatro puntos cardinales agradeciendo a los dioses y pidiendo sus bendiciones. Ellos eran los representantes del pueblo y en sus plegarias residía el corazón de todos, por eso el gobierno pasaba a sus manos.
Como la semana era dedicada solo a la contemplación no había muchas cosas que hacer. Albert se dedicaba a hablar con los Ojiwa aprendiendo de su cultura y sus necesidades. Candy, se relacionaba fácilmente con todos, en especial con las mujeres y los niños. El rubio, disfrutaba mucho su alegría y calidez; le hacía feliz tenerla cerca y verla derrochar simpatía.
Por las tardes regresaban al hospital donde se encerraban antes de que terminara la oración y para evitar llamar la atención, no prendían las velas. Siempre terminaban juntos en la oscuridad hablando de todo, riendo por cualquier cosa y algunas veces trazando nuevas constelaciones con las estrellas del cielo… en pocos días habían desarrollado una relación única y especial.
Después de cuatro días sin bañarse, Candy no aguantaba más, no podía dormir y se sentía muy incómoda; jamás había estado tan sucia en su vida. De repente, cayó en cuenta que Albert, estaba siempre impecable y olía deliciosamente bien por lo que comenzó a pensar ¿Cómo lo hará?
Al día siguiente, a las cuatro de la mañana, el rubio se levantó y se vistió con la ropa del día anterior; cuando estaba a punto de abandonar el lugar, escuchó la voz de Candy que le decía: "Albert, llévame contigo"
El rubio giro para encontrarse con la hermosa mirada de la chica y contestó: es peligroso, si te atrapan, te llevaran al centro ceremonial y no podré protegerte.
- Por favor, nunca he estado tan sucia.
- Esta bien, pero harás lo que te diga sin reclamar.
- De acuerdo.
Los rubios caminaron en la oscuridad con dirección al rio, Albert sabía el lugar donde estaba el campamento de los jueces por lo que rodearon un poco para evitarlo. Era tiempo de calor por lo que el agua del rio no estaba tan fría. Al llegar junto a un gran árbol, el joven trepó para recuperar la ropa que había lavado el día anterior y que había dejado secar entre las ramas.
- Estarás bien aquí, por favor no tardes más de cinco minutos tenemos que irnos pronto – le dijo a la rubia y luego caminó un poco más arriba para darle privacidad.
Albert, terminó su rutina rápidamente como de costumbre, pero Candy estaba tomando mucho más tiempo de lo esperado. El rubio miraba constantemente en dirección al campamento de los jueces, donde ya se percibía algo de movimiento, subió a una roca para poder ver mejor pudo percibir dos sombras que caminaban muy cerca de donde se encontraba la rubia.
Candy, apenas se había puesto la ropa interior cuando apareció Albert y le dijo: vamos tenemos que irnos.
- Pero…
¡Ahora! – dijo tomándola de la mano y arrastrándola lejos de ahí, justo un minuto antes de que los hombres llegaran.
Candy volteo para atrás preocupada y pudo observar las plumas de un par de penachos sobre los arbustos. Había lavado y escondido su ropa, pero Albert no le había dado oportunidad de tomar su vestido limpio de entre las ramas de un pequeño árbol. En la carrera de regreso, el tobillo de la rubia golpeo contra una roca y comenzó a sangrar. Candy se quejó del dolor y fue entonces que Albert volteo a verla y se dio cuenta de que estaba herida y semidesnuda. Sin pronunciar palabra, se quitó la camisa y la pasó por encima de la cabeza de la rubia quien terminó de ponérsela, luego la tomó en sus brazos y se dirigió rápidamente al hospital.
- Una vez dentro, Candy preguntó: ¿crees que nos vieron?
- No lo creo, parecía que caminaban al azar... Te dije que era arriesgado.
- Lo siento, limpiar tanto cabello y sacar los kilos de tierra de mis uñas tomó casi una eternidad.
- Disculpadme tu a mí por jalarte de esa manera, estaba muy preocupado y ni siquiera me di cuenta de que … bueno, en fin, ven déjame curarte.
Tomó el tobillo lastimado y mientras limpiaba la herida, tragó en seco tratando de contener la respiración; la joven sé que veía increíblemente hermosa con su camisa que le llegaba a medio muslo, y el cabello revuelto. Se había prometido a si mismo proteger y cuidar a la rubia y para hacerlo debía dejar de pensar en ella como mujer. Cuando terminó le dio rápidamente la espalda diciendo, aún es temprano deberías volver a la cama y tratar de dormir un poco.
Entre los dos cambiaron las sabanas usando las de las camas que no habían usado, luego ambos se volvieron a acostar. Candy sentía frio con el cabello húmedo así que se acurrucó junto a Albert.
Él rubio la miró con un gesto extrañado y sonriendo le preguntó:
- ¿Se puede saber qué haces en mi cama?
La rubia lo miro con enormes ojos juguetones e inocentemente le dijo:
- tengo frio.
Albert le sonrió con ternura abrazándola por la cintura mientras ella se acomodaba para dormir de cucharita. Durmieron juntos un par de horas y cuando despertaron se sentían felices y relajados.
Ese día, los Ojiwa estaban inusualmente ocupados preparando todo para la cena, era el penúltimo día de la semana y todos se reunirían en el centro ceremonial. Albert y Candy ofrecieron su ayuda, pero no había nada que pudieran hacer pues prácticamente todas las mujeres del pueblo cocinaban así que decidieron dar un paseo por los alrededores.
El día era maravilloso, ambos estaban contentos. Después de dormir juntos, su relación se había hecho más física, caminaban abrazados y, de vez en cuando, Albert acariciaba tiernamente a Candy. Había decidido verla como si fuera su sobrina, de esa manera podía relajarse y ser él mismo. La rubia, por su parte todavía suspiraba al tenerlo cerca, pero al notar lo tierno y respetuoso que era con ella supo que él solo la veía como amiga.
El día transcurrió rápidamente y por la tarde el jefe de la tribu los invitó a acompañarlos al centro ceremonial. Todo el pueblo estaba reunido alrededor de una gran mesa decorada con flores de la región; el sonido de la flauta anunciaba el arribo de los jueces quienes entraron cantando alabanzas para después comenzar la danza ceremonial. Cuando el rito terminó, los jueces tomaron asiento en la gran mesa mientras los demás hombres mujeres y niños se sentaban en el piso.
Joseph les explicó que los jueces eran los miembros más prominentes de cada una de las familias que vivían en el lugar, generalmente los jefes de familia, pero que en caso de que fueran muy mayores para las corridas, eran sustituidos uno de sus hijos.
El líder de los jueces se puso de pie y todo el mundo guardó silencio; tomó la palabra dándoles la bienvenida y declaró concluida la semana mayor, reinstalando las leyes y el gobierno. Entonces invitó al jefe de la tribu a ocupar su lugar en la cabecera de la mesa. Antes de hacerlo, el jefe se dirigió a todos y les dijo que ese año era especial porque una familia amiga, que había llegado a proporcionar bienestar, los había acompañado; entonces se dirigió a donde estaba Albert sentado y lo invitó a sentarse con ellos.
El rubio lo miró sorprendido y lo siguió un poco confundido. El jefe le indicó su lugar en la cabecera opuesta de la mesa, el lugar de más alto honor después del jefe. Cuando todos estuvieron sentados, un grupo de niños colocó una especie de tinajas grandes a los pies de cada uno, entonces comenzó un ir y venir de mujeres que entregaban platos llenos de comida cada uno de los hombres ahí sentados. Albert, notó que, en lugar de degustar la comida, la vaciaban inmediatamente en las tinajas regresando los platos vacíos a las mujeres así que hizo lo mismo.
Cada una de las familias, cocinaba exactamente el mismo menú, pescado, arroz y maíz. Durante la cena, las mujeres compartían un plato de comida con cada uno de los jueces e invitados, quienes juntaban todo en las tinajas. Cuando toda la comida se había repartido, unos jóvenes representantes de cada familia pasaban entregándoles cigarrillos hechos con hoja de tabaco natural. Al final cada hombre sentado en la mesa tenía un montón de cigarros en sus manos.
Las mujeres tomaban las tinajas con toda la comida revuelta y se la llevaban para compartir con los demás miembros de la familia. Las familias formaban círculos alrededor de las tinajas y comenzaban a comer. La de Albert, había sido puesta junto con la familia del jefe de la tribu donde Candy había sido incluida, la rubia no se sentía cómoda comiendo la comida toda revuelta pero no quería hacerles un desaire, así que se armó de valor y tomó un poco.
Mientras todos comían, lo hombres en la mesa hablaban entre ellos. Una vez que las tinajas estaban vacías, el shaman de la tribu entró con un pequeño incensario que despedida el humo blanco del coparche, caminó alrededor de la mesa con canticos y plegarias y, cuando terminó, sacó una botella que contenía un líquido transparente y sirvió una pequeña cantidad a cada uno de los hombres.
Toda la comunidad se unió en una plegaria al sonido de flautas y tambores. Candy sentía su corazón latir con fuerza emocionada por el momento. Entonces, los hombres tomaron los vasos y bebieron al mismo tiempo, después abandonaron la mesa para reunirse a celebrar con sus familias.
Albert, regresó al lado de Candy y al verla tan emocionada le pregunto: ¿te encuentras bien?
La joven asintió se dedicaron a convivir con las personas antes de retirarse al hospital.
- Pero Albert, no comiste nada ¿estás seguro de que no tienes hambre?
- Totalmente. En realidad, solo estoy un poco cansado ¿te molesta si descanso un poco?
- Por supuesto que no, ve a dormir, yo terminaré de preparar todo para mañana y te alcanzo.
La rubia terminó de empacar las cosas para el regreso y, cuando estaba a punto de acostarse, notó que Albert estaba muy intranquilo; parecía delirante. Al tocarle la frente, comprobó que tenía fiebre por lo que se armó de valor y salió corriendo a traer agua fresca de la pileta. Cuando regresó, le retiró la manta y comenzó a ponerle compresas frías en la frente.
En medio del desvarío, el joven repetía una y otra vez el mismo nombre "Rosie," Candy se preguntaba ¿Quién era Rosie? y ¿por qué Albert sufriría tanto por ella?
Después de un par de horas, la fiebre había cedido y Albert dormía tranquilamente. Candy se recostó junto a él y se quedó dormida casi de inmediato.
Era de madrugada cuando Albert despertó; se paró frente a la ventana y admiró la impresionante bóveda estrellada coronada por la luna llena. Se sentía diferente, extrañamente ligero. Por primera vez desde que tenía uso de razón, no sentía el peso de su nombre, su linaje o sus responsabilidades. Era simplemente un hombre más sobre la faz de la tierra.
Candy se movió y notó la ausencia de Albert en la cama por lo que se incorporó preocupada. Una vez que pudo enfocar la vista, lo miró ahí parado junto a la ventana, con una expresión ausente pero tranquila.
Sin decir palabra, la rubia se levantó y se paró junto a él. Con rostro preocupado, extendió la mano para tocarle la frente y comprobar que la fiebre no había regresado.
En ese momento, el rubio la miró y sintió una infinita ternura al ver las pequeñas arrugas que se formaban en el ceño fruncido. Suavemente, pasó las yemas de los dedos por la frente para relajarla y luego sonrió al mirar los hermosos ojos color esmeralda que se perdían en el azul celeste de su mirada.
Esa joven le había robado el corazón, la amaba tanto, que al mirar sus labios rojos sintió el impulso de acariciarlos. Con suavidad, posó su mano sobre el delgado cuello de la joven e inclinándose lentamente la besó con infinito amor y devoción.
La rubia, no entendía lo que estaba pasando, pero estaba atrapada bajo el influjo de la mirada candente de "su príncipe". Nunca la habían besado de esa manera, era su primera vez. Sentía como sus corazones latían al unísono en medio de las tiernas caricias que compartían. Sus labios inexpertos correspondieron tímidamente a las sensaciones que el rubio le provocaba y que la sumergían en un caudal de placer indescriptible.
Albert se sintió inmensamente feliz al saberse correspondido, con delicadeza, la atrajo hacia él por la cintura y profundizo el beso entregándole el alma. Sobre sus labios, abrió su corazón y entre caricias le confesó su gran amor:
"Te amo, no he dejado de pensar en ti desde el primer momento en que te vi. Tu presencia me hace inmensamente feliz y no deseo más que estar a tu lado todos los días de mi vida"
Candy no pudo más, sentía que flotaba en el cielo embriagada por tanto amor. De su pecho escapó un suspiro y de sus labios el nombre de su amado… Albert.
El escucharla llamarlo de esa manera tan intima, fue como una corriente que avivó el fuego de su corazón hasta consumirlo por completo. Deseaba con toda su alma fundirse en ella para no separarse jamás; los besos se volvieron demandantes y apasionados mientras sus manos le acariciaban la espalda deseando recorrer cada centímetro de su piel.
La joven estaba completamente perdida entre las sensaciones que nunca había experimentado. Estaba dispuesta a internarse con él en un mundo desconocido, donde sus caricias la enloquecían al punto de dejarla sin voluntad.
De repente, los besos se volvieron suaves y delicados hasta tornarse en tiernas caricias. Deseaba con todo su ser hacerla suya, pero la amaba más que a nadie en el mundo. Sabía que la joven no estaba lista para dar ese paso y por nada del mundo quería dañarla.
Cuando Candy recuperó un poco el aliento, escondió la cara en el pecho del rubio quien la sostuvo por un momento y luego la levantó en sus brazos para depositarla en la cama.
- Descansa – le dijo mirándola con ternura.
La joven cerró los ojos y se quedó profundamente dormida. Albert, se levantó y salió a caminar bajo el cielo estrellado, necesitaba pensar…
No tenía ni idea de cuanto tiempo había caminado sin rumbo fijo, pero con los primeros rayos del sol, la realidad lo golpeaba: no era un hombre libre era el jefe de una familia y administrador de una de las fortunas más grandes en el mundo. Desde que tenía uso de razón, había sido preparado para cumplir con sus obligaciones como patriarca de los Ardlay.
Después de tantos años, ya nada de eso le afectaba, sin embargo, también tenía la obligación de cuidar de Candy… ¡Diantres! todo iba tan bien, en los últimos días habían desarrollado una hermosa relación de amistad y camaradería y lo había echado todo a perder ¿Cómo iba a mirarla ahora? ¿Cómo pedirle que confiara en él?...
Justo entonces, Candy despertaba y, al no ver a Albert, supuso que estaba en la tienda del jefe de la tribu. De camino, se encontró con Aiyana la madre de Joseph quien estaba lavando en la pileta y se ofreció a ayudarla. Mientras caminaban con los canastos llenos de ropa limpia, se encontraron con una pareja de jóvenes que discutía en su lengua.
- ¿Está todo bien? – Preguntó la rubia.
- Es el efecto del "Saleé"
- ¿Saleé?
- El Saleé es la bebida sagrada que muestra a los hombres la verdad de su corazón.
- ¿Es lo que bebieron anoche?
- Así es, Kunu y Kanty estaban comprometidos y está mañana él pidió la anulación del compromiso pues descubrió que su corazón le pertenece a alguien más. Bajo los efectos del Saleé, un hombre no puede fingir, entra en un trance donde sus acciones y sus palabras reflejan sus verdaderos sentimientos.
- Entiendo – dijo Candy mientras caminaba en silencio y meditaba en su corazón. Tal vez los besos de Albert no hubieran sido para ella después de todo, sino para Rosie la dama por la que tanto sufría. Ella simplemente había estado ahí cuando el trance ocurrió, quizás la confundió y por eso se había ido dejándola sola.
La rubia se sentía bastante decepcionada, por un momento había pensado que entre Albert y ella… Entonces decidió fingir que nada había pasado, no quería evidenciarlo pues le gustaba mucho tenerlo cerca y no quería perder su amistad.
Albert regresó justo a tiempo para despedirse de todos y agradecerles la hospitalidad; saldrían con una caravana de hombres que iba al pueblo a comprar los suministros que se habían agotado durante la semana.
Mientras se despedían, las mujeres rodearon a Candy, llenándola de hermosos collares y pulseras pues se había ganado su cariño. El jefe de la tribu aprovecho el momento para hablar a solas con Albert y le dijo:
- No se engañe Albert, lo que sintió anoche es el deseo latente de su corazón, podrá ponerle miles de nombres diferentes, pero usted sabe que es la verdad.
- Albert lo miró y asintió pensativo. Luego se unió a la caravana y partieron.
De camino, Albert trató de hablar con Candy, pero la gente no los dejaba solos y ella actuaba como si nada hubiera pasado así que, después de varios intentos, decidió postponer la conversación.
Al llegar al rancho, el señor Wilson los recibió con mucha alegría pues había extrañado a su nieta como nunca. El anciano invitó a Albert a quedarse un poco más, pero él decidió partir de inmediato para alcanzar la corrida de la noche, ya estaba muy retrasado y seguro George estaría con pendiente. Entonces los hombres se despidieron nuevamente y Candy abrazó a Albert despidiéndolo con una sonrisa.
El joven heredero regreso a Chicago y se hizo cargo de sus muchas responsabilidades. Todo parecía normal, pero George sabía que su muchacho guardaba en el corazón algo tan intimo y personal que ni siquiera a él le había confiado. Lo sabía porque de vez en cuando su mirada se perdía en el horizonte mirando sin mirar. George confiaba en que el tiempo pusiera las cosas en su lugar y el joven patriarca dejara de sentir nostalgia.
Candy por su parte, seguía siendo la joven alegre y jovial que todos amaban, solo de vez en cuando recordaba a Albert y su corazón lo añoraba… pero se animaba esperando que el joven hubiera encontrado el amor con Rosie.
Una mañana de invierno, Albert se encontraba en su despacho a punto de comenzar sus labores, cuando entró George con un pequeño papel y se lo entregó al tiempo que decía:
- Es un telegrama del licenciado Casterline, lamentablemente el señor White falleció esta mañana…
Continuara…
Hola, creo que este ha sido uno de los capitulos más largos que he escrito, espero que les haya gustado. Por favor no olviden dejarme sus comentarios, me encanta leerlos.
Un abrazo para todas.
