Los personajes de Candy Candy no me pertenecen

Capítulo 4

- Es un telegrama del licenciado Casterline, lamentablemente el señor White falleció esta mañana…

Albert tomó el telegrama y lo leyó rápidamente luego suspiro apesadumbrado: "No pensé que sería tan pronto."

- Me comunicaré con el licenciado Casterline para ocuparnos de todo.

- Gracias George, yo hablaré con la tía Elroy.

En el rancho, Candy lloraba desconsolada. El día anterior había pasado una tarde maravillosa con su abuelo hasta que se despidieron para ir dormir. A la mañana siguiente, cuando el señor White no se presentó a desayunar, la joven fue a buscarlo y lo encontró en su cama; parecía plácidamente dormido pues tenía en su rostro una leve sonrisa.

Al no poder despertarlo, llamaron inmediatamente al doctor Martin, quien certificó que no había nada que hacer, el corazón del señor White simplemente había dejado de latir.

La joven estaba destrozada, por más que intentaban, no podían apartarla del cuerpo, hasta que la señorita Pony y la hermana María lograron que las acompañara para que los servicios funerarios pudieran hacer su labor. El fallecimiento repentino del señor White, había dejado a todos en el rancho consternados, sabían que estaba enfermo, pero nunca imaginaron que la situación fuera tan grave. Todos se preguntaban, ¿que sería ahora de Candy y del rancho?

Mientras tanto, en Chicago se llevaba a cabo una reunión de emergencia en la que William, George y el licenciado Casterline iniciaban los trámites legales para preparar la lectura del testamento y el traslado de Candy.

Más tarde, Albert llegaba a la mansión de Chicago entrando por uno de los pasadizos y dirigiéndose al cuarto piso, donde todos creían que se encontraba el ático, pero que en realidad era la parte de la casa donde lo habían mantenido confinado por años. Cuando la señora Elroy y el consejo habían decidido ocultar al joven, acondicionaron el piso como un apartamento independiente con todas las comunidades, pero para William era su prisión por lo que, a la primera oportunidad, se había mudado a un pequeño apartamento en el centro de la ciudad y solo regresaba a la mansión esporádicamente.

La mujer se sorprendió cuando el mayordomo, quien era uno de los pocos empleados que sabía el secreto de los Ardlay, le informó que su sobrino deseaba verla. Sin demora, se presentó ante él diciendo: Buenos días, William, a que debemos el honor de esta visita tan sorpresiva.

- Buenos días, tía, me alegro de que haya regresado con bien de su viaje ¿Cómo va todo en Londres? ¿Puedo ofrecerle una taza de té?

- Si gracias. Muy bien, Rosalyn está más bella que nunca, aunque sentida contigo porque no fuiste a verla en su cumpleaños.

- Lo siento tía, los negocios me lo impidieron.

- Hubieras podido adelantar un poco las gestiones si no te hubieras ido por tanto tiempo durante la primavera. Sabías de antemano que este año sería algo diferente para ella, pues al ser mayor de edad ya no será hija adoptiva de los Ardlay.

- Iré a visitarla en cuanto tenga oportunidad.

- Ahora que los chicos y yo nos mudaremos a Lakewood, me tomé la libertad de invitarla a vivir con nosotros un tiempo, llegará dentro de dos semanas, espero que tengas la delicadeza de visitarla.

- Está bien tía no se preocupe, pero no he venido a hablar de eso – le dijo extendiéndole una taza de humeante líquido.

- En mi último viaje, conocí por casualidad al Licenciado Robert White, el padrino de mi padre. Él me reconoció de inmediato y me alojó por un tiempo en su rancho.

- ¿Rancho?

- Tenía un rancho al pie de la montañas Huron en Michigan.

- Jamás lo hubiera imaginado.

- Se retiró ahí después de un terrible accidente que causó la muerte de su hijo Robert y su nuera la señora Clarisse Taylor-Jones. La pareja tenía una hija de la cual se hizo cargo.

La taza de té cayó de las manos de la señora Elroy, quien parecía realmente consternada.

- Tía ¿se encuentra bien?

- S…si hijo, soy una tonta, mira nada más que desastre.

- No se preocupe, lo limpiaré de inmediato.

Mientras el rubio recogía los pedazos de porcelana y limpiaba el té derramado, observó los ojos ensombrecidos de la señora Elroy, parecía a punto de llorar lo cual era casi imposible para una mujer tan orgullosa como ella.

- Durante mi estancia, me pidió que tomara a su nieta la señorita Candice White bajo el resguardo de los Ardlay en caso de que él llegase a faltar y acepté – prosiguió el rubio.

- Me parece muy loable de tu parte, el magistrado White fue el mejor amigo de tu abuelo – contestó la señora Elroy tratando de recomponerse.

- Desafortunadamente el señor White falleció esta mañana. Hemos iniciado los trámites legales para que la señorita White pueda venir a vivir con nosotros. Por favor, haga los arreglos necesarios para que se le asigne la antigua habitación de Rosemary en Lakewood; viajará con poco equipaje así que sería de gran ayuda si pudiera proporcionarle un guardarropa y todo lo que necesite a su llegada.

La señora Elroy casi desfallece al recordar los hermosos ojos verdes color esmeralda de una recién nacida… había pasado tanto tiempo.

- Perdón tía, la noto un poco indispuesta. Si lo desea, alguien más puede encargarse del asunto.

- N..no, hijo estoy bien, ¿dijiste la habitación de Rosemary?

- Así es. Sé que usted sabrá elegir perfectamente lo que necesite para que pueda integrarse a las clases y las actividades regulares de los muchachos como una Ardlay.

No era la primera vez que William se hacía cargo de una joven. Cuando el Duque de Wellington uno de sus profesores falleció, había tomado bajo su tutela a su hija Rosalyn, pero definitivamente era la primera vez que permitiría que alguien utilizara la habitación de su querida hermana Rosemary y además le estaba pidiendo que le comprara todo lo necesario para que pudiera integrarse ¿Cómo una Ardlay?

Por supuesto, ella siempre compraba lo mejor y el joven jamás escatimaba en gastos relacionados con los miembros más jóvenes de la familia, pero a él nunca le habían interesado ni el estatus de la familia ni las apariencias, al contrario, se dedicaba a viajar por el mundo vestido como vagabundo.

La señora Elroy estaba consciente de que las palabras del patriarca eran ordenes que debían cumplirse sin discutir así que se limitó a contestar: "Como desees, hablaré con Pierre para que se encargue de todo ¿para cuándo tienes pensado el arribo de la señorita White?"

- Posiblemente en un par de semanas, quizás tres.

- Es muy poco tiempo, Pierre tendrá que dedicarse enteramente a eso.

- Lo que sea necesario.

- Como tú digas, ¿Al menos me dirás como luce esa joven? Es importante seleccionar la talla correcta y colores que le favorezcan.

- "Como un ángel" – pensó el rubio que miraba distraídamente por el ventanal, pero se limitó a decir: Es rubia de ojos color esmeralda, casi de la misma complexión que Dorothy, pero un poco más alta.

Está bien, ¿Necesitas algo más?

- De hecho, sí. La señorita White nació y creció en un ambiente diferente. ¿Sería mucho pedirle que sea paciente con ella, por favor?

- Por supuesto, haremos lo posible porque se sienta bienvenida y se adapte lo mejor posible a su nueva vida.

- Gracias.

- William, ya que estamos aquí, quisiera preguntarte ¿qué has decidió acerca de la petición del consejo?

- Tía, usted sabe lo que pienso y no quiero discutir eso ahora, por favor.

- Pero hijo, hace seis años que debiste casarte. Al menos dime que tienes a alguien en mente para comprometerte.

- Lo lamento, no es una prioridad para mí en este momento.

- Y ¿Cuándo va a ser? Eres el último de los Ardlay, tienes la responsabilidad de perpetuar nuestra familia.

- Entre muchas otras.

- Así es. Piénsalo por favor, los miembros del consejo estarán aquí en tres semanas y por supuesto tocarán el tema.

- Esta bien, lo haré.

En cuanto William se retiró, la señora Elroy llamó a Dorothy para que la acompañara a la casa de modas más exclusiva de Illinois. De camino, la matriarca miraba por la ventana del automóvil con la mirada perdida en el pasado.

Retrospectiva:

Era la madrugada de Navidad en Chicago, las calles estaban cubiertas de nieve y el ambiente era festivo. Elroy Ardlay-Taylor se encontraba en su recamara tratando de conciliar el sueño, la celebración de la víspera de Navidad en la mansión de los Ardlay había sido agotadora. Su esposo, Phillip Taylor-Jones había tratado de convencerla de descansar, estaba embarazada de siete meses y, mucho antes de la cena, ya sentía que no podía dar un paso más, pero era la hija del patriarca y como tal tenía que atender a los invitados. A las once de la noche, por fin regresaron a la mansión en compañía de su cuñada, la pequeña Clarisse Taylor-Jones de doce años, quien vivía con ellos desde hacía un par de meses cuando su padre murió. Los Taylor-Jones eran muy bien parecidos, tanto su esposo como su cuñada tenían el mismo tono de rubio y el más bello color esmeralda en sus ojos. A Elroy le hacía mucha ilusión pensar que su bebe tendría tan hermoso tono de verde en sus pupilas, aunque el azul como el cielo de la mañana de su hermano William tampoco estaría mal…

Cuando por fin comenzaba a quedarse dormida, escucho el ruido de un cristal al romperse; miró a su lado y observó a su esposo descansar plácidamente, por lo que, poniéndose la bata, salió para asegurarse que la niña estuviera bien. Al salir de la habitación, sintió que alguien le cubría la boca y la empujaba de regreso al lugar. Una vez dentro, retiraron cuidadosamente una pintura de la pared para exponer una caja fuerte que estaba oculta detrás. Eran dos hombres armados quienes la amenazaban con matar a Phillip si no les daba el contenido. Cuando la caja estuvo abierta, la ansiedad de los ladrones por hacerse de las joyas y el dinero los hizo dejar caer un cofre con monedas de oro y plata. Al impacto, Phillip despertó y preguntó ¿qué estaba pasando? Por respuesta recibió un balazo en la cabeza que lo mató al instante, Elroy corrió hacia él llamándolo y los ladrones le dispararon.

Al salir, los ladrones encontraron a la pequeña Clarisse, la niña corrió para tratar de esconderse, pero le dispararon en una pierna para después salir rápidamente. Afortunadamente, la bala apenas había rosado la piel de la niña quien caminó lentamente hasta la habitación de su hermano donde lo encontró muerto y a Elroy presionando la herida que le causó la bala en el brazo en medio de un terrible dolor: "Espere tía, iré por ayuda."

La niña caminó sangrando por las calles cubiertas de nieve, hasta que la encontró un cochero que regresaba a casa después de una larga noche. La niña le dijo que su tía necesitaba ayuda y él rápidamente la llevó a la guardia de policía.

Cuando la policía llegó al lugar con el médico, Elroy estaba muy grave; el estrés de ver morir a su marido había adelantado el parto y había perdido sangre por la herida. Al poco tiempo llegaron los Ardlay y el pronóstico no era alentador. Por supuesto, la poderosa familia consiguió de inmediato a los mejores médicos de la ciudad quienes lograron estabilizarla para que pudiera dar a luz.

Después de seis horas de trabajo de parto, Elroy dio a luz a una niña a quien llamó Elizabeth Taylor-Jones, desafortunadamente la situación había sido muy complicada y la señora Elroy no podría ser madre nuevamente.

La salud de la bebé era muy frágil y delicada por ser prematura, apenas vivió un par de días, pero fueron suficientes para que Elroy pudiera ver el hermoso verde esmeralda de sus ojos, bautizarla y decirle cuanto la amaban.

Desde la terrible noche del robo, no volvió a ver a Clarisse pues la policía la había enviado a Nueva York con unos tíos de su esposo y, cuando fue a buscarla, le dijeron que se habían mudado sin decir a donde. Tiempo después, Elroy conoció a su segundo esposo, quien era viudo y cargaba en sus brazos a la pequeña Sarah; aunque no volvería a amar a nadie como a su primer esposo; su instinto maternal la llevó a aceptar casarse de nuevo y cuidar de la niña.

Fin de la retrospectiva.

Mientras miraba por la ventana del automóvil en movimiento, una lagrima escapaba de sus ojos severos. Le había afectado mucho enterarse de que Clarisse había muerto en un accidente junto con su esposo. Ya nunca podría darle las gracias personalmente por haberle salvado la vida, pero en su corazón le prometió que ahora ella cuidaría de Candy.

Al llegar a la casa de modas, se limpió el rostro y volvió a ser la mujer orgullosa y altiva de siempre…

- Mi querida señora Ardlay ¡Qué gusto tenerla por aquí nuevamente! El sastre ha traído la segunda docena de trajes para el señorito Archivald, se la traeré en un momento.

- Gracias Pierre, pero he venido por encargo expreso del tío abuelo William.

- A sus órdenes madam…

- En un par de semanas, llegará a vivir con nosotros su nueva hija adoptiva y necesita un guardarropa completo, solo diseños exclusivos de los mejores diseñadores.

- Mi querida señora, usted sabe que tenemos las mejores prendas de la ciudad.

- Lo sé, sin embargo, el tío abuelo quiere únicamente lo mejor para su protegida.

- Es muy apresurado, tendré que ir personalmente a Nueva York, Londres, Paris, Milán… en fin.

- No hay tiempo para eso, la señorita Rosalyn está por viajar de Europa, reúna lo mejor de las colecciones y que le tengan listos los modelos para que los traiga con ella. Tienes dos días antes de que zarpe el barco. Es rubia de ojos verde esmeralda, de la misma complexión de Dorothy, pero un poco más alta.

- ¿Tenemos un presupuesto asignado?

- No, esta vez nos ha dado carta abierta.

- El señor Ardlay, debe apreciar mucho a la señorita.

- Como a todos los miembros de la familia – replicó la matriarca sin estar realmente segura de lo que decía.

- Comenzaré a trabajar de inmediato, verá que no la defraudaré… Sabe, pensaba entregarle la docena de trajes del señorito Archivald, pero me temo que necesitará más espacio en el automóvil. Le enviaré un carruaje con todo.

- Gracias.

Al siguiente día, el funeral del señor White se llevaba a cabo en el rancho. Era una persona muy querida y admirada en Chicago y por supuesto en el pueblo y sus alrededores. La finca estaba a reventar y los empleados no se daban abasto para atender a tantas personas.

Todos se hicieron presentes menos Muriel, quien se encontraba de vacaciones en la Florida con su nuevo "amigo" y ni siquiera hizo el intento de regresar… ¿para qué? el viejo ya estaba muerto.

Albert, quien los acompañaba a lo lejos, sentía tristeza por la pérdida de un gran hombre como lo había sido el Señor White, pero lo que más le dolía era no poder estar al lado de Candy. La rubia se veía sumamente, cansada, demacrada y no paraba de llorar.

El joven, deseaba con todas sus fuerzas abrazarla, consolarla y decirle que todo estaría bien. Usualmente, podía ser invisible dejando a la gente disfrutar y ser feliz; pero en momentos como ese, odiaba tener que estar alejado de sus seres queridos, en especial de la joven a la que tanto amaba.

El jefe de los Ojiwa había tenido toda la razón cuando le dijo que no se engañara. Podría pensar que lo que sintió aquella noche había sido una alucinación por los efectos de la bebida; podría nombrarla, su prima, su amiga, su protegida o cualquier otra cosa, pero solo bastaba con cerrar los ojos para que aquel sentimiento enorme regresara tan fuerte y latente que en ocasiones le costaba respirar. No había duda, su corazón latía solo por ella; al pensarla experimentaba ternura, alegría, cariño y por supuesto un enorme deseo de estar a su lado.

Mientras esperaban la lectura del testamento, más de una vez se descubrió a si mismo conduciendo rumbo al rancho. Era tonto manejar tantas horas solo para mirarla de lejos – se burlaba de si mismo, pero no había nada que hacer, el papel que él desempeñaría en la vida la joven ya había sido decidido.

En una ocasión, la miró caminar cabizbaja entre los arboles cubiertos de nieve, pareciera que el invierno lo llenaba todo, incluso su corazón. El joven no pudo soportar verla en ese estado, por lo que sin pensarlo dos veces le salió al encuentro:

- ¿Por qué lloras Candy?

- ¡Albert! mi abuelo… dijo la rubia antes de lanzarse a sus brazos sollozando.

- Lo sé preciosa y lo lamento. ¿Sabes? cuando las personas mueren, renacen en nuestros corazones y se quedan con nosotros para siempre. Tu abuelo fue un gran hombre que dedicó sus últimos años a ayudarte a crecer y ser feliz. Ahora que ya no está, tienes que buscar tu propia felicidad brindando a los demás todas aquellas cosas hermosas que sembró en tu corazón. Estoy seguro de que tanto él como tus padres te acompañaran en el camino – le dijo mientras la cobijaba entre sus brazos acariciándole tiernamente el cabello.

Caminaron abrazados hasta la orilla del bosque, donde el rubio se despidió:

- Prométeme que estarás bien – le dijo levantándole un poco la barbilla para mirarla a los ojos.

- ¿te vas tan pronto?

- Debo regresar, pero la próxima vez que nos veamos quiero ver tu hermosa sonrisa ¿de acuerdo?

La rubia asintió al tiempo que el joven le depositaba un beso en la frente y luego se alejó.

De regreso, el rubio aun percibía el delicioso aroma de la joven impregnado en su ropa y mientras trataba sin mucho exito de concentrarse en el camino, se preguntaba si habría hecho bien al hablar con ella…

Las semanas pasaron y por fin había llegado la hora de leer el testamento. Albert y George estaban a punto de salir para Michigan, cuando llegó la señora Elroy…

- Buenos días, William.

- Tía ¿Cómo le va?

- Bien, he venido a buscarte para que vengas conmigo a Lakewood. Los miembros del consejo adelantaron su viaje y desean verte cuanto antes. Ya está todo dispuesto para la reunión de esta noche.

- Tía lo siento, estamos a punto de salir a Michigan.

- ¿Es por lo del asunto del licenciado White?

- Si, está tarde se leerá el testamento.

- Sin duda es algo que George y el licenciado Casterline podrán manejar.

- Si, pero…

- No hay pero que valga, han tenido que venir buscarte desde Escocia porque no te has dignado acudir a sus llamados y ahora no les vas a hacer un desaire. Tal vez no te agrade la idea, pero es tu obligación atenderlos, te espero en el auto.

- Gracias, pero conduciré el mío.

- Entonces iré contigo…

William se despidió de George, pidiéndole que lo mantuviera informado del desarrollo del asunto y abordó su auto junto con la señora Elroy. Hicieron una parada rápida al departamento de William para que agregara un traje a su equipaje y se dirigieron a Lakewood. De camino, la matriarca aprovecho la oportunidad para conversar…

- Ya sabes cuál será el tema de conversación ¿verdad?

- Déjeme adivinar… la boda.

- Así es, están cansados de esperar a que te decidas. Han traído una lista de cinco jóvenes todas hermosas y de excelente familia para que elijas a una.

- ¿así como así? ¿Una esposa por catálogo?

- Te dije que si no elegias tú, lo harían ellos.

- Pues no, no me parece y no me pueden obligar.

- Claro que pueden y lo sabes. Además, si Dios no lo quisiera y algo te llegará a pasar, dejarías a la familia completamente desprotegida. ¿Acaso no piensas en tus sobrinos y los miembros de la familia? - He pensado, en la mejor forma de que cumplas con tu obligación sin casarte con una de esas desconocidas.

- Soy todo oídos – contestó el rubio con un dejo de sarcasmo.

- Cásate con Rosalyn.

- ¿Cómo dijo?

- Lo que oíste, cásate con Rosalyn. Ustedes dos han pasado mucho tiempo juntos, se conocen y se llevan muy bien. Les gustan las mismas cosas, tienen el mismo nivel cultural e intelectual y es hija de una de las familias más nobles de Inglaterra, heredarías el título de Duque de Wellington.

- Con todo respeto tía, es lo más descabellado que oído en mi vida. Además, no creo que ella esté de acuerdo.

- Yo no estaría tan segura.

- ¿Le ha hablado de esto?

- Habla con ella, esta noche.

- ¿También irá a Lakewood?

- Llegó a Nueva York en el mismo barco que los miembros del consejo así que envié a varios choferes que los llevarán a la finca.

- Esta bien, lo haré – contestó el rubio seguro de que la joven también encontraría la sugerencia de lo más descabellado.

William, había conocido a Rosalyn cuando ella tenía once años y él diecisiete. Había sido enviado a vivir al castillo del Duque de Wellington para terminar la licenciatura en Derecho Internacional además de una maestría en negocios. El Duque de Wellington era miembro del consejo que había decidido ocultar a William bajo la imagen del tío abuelo. Era relativamente joven y una de las mentes más brillantes del planeta, sin embargo, la obsesión por conservar la "pureza de sangre" había llevado a sus antepasados a casarse entre miembros de un círculo muy selecto, debilitando sus genes. El Duque sufría muchas enfermedades, por lo que el rubio había tenido que trasladarse al castillo para recibir las clases. Rosalyn era la hija del Duque y, al igual que William, había perdido a su madre al nacer. Ella conocía el secreto del rubio, pero su padre le había ordenado que jamás lo revelara. Ambos jóvenes tenían mucho en común y habían pasado interminables horas juntos estudiando, leyendo libros y conversando.

A fuerza de años de instrucción, Rosalyn era una dama perfecta, alta, elegante, educada y prudente además de bellísima. La joven tenía una personalidad atractiva y la gracia de una bailarina de ballet. Al morir el Duque de Wellington víctima de sus múltiples enfermedades, Albert la había tomado bajo su tutela. Recién había cumplido la mayoría de edad y por tanto ya no era su tutor.

La residencia de Lakewood estaba vacía, únicamente unos cuantos empleados de confianza de la familia, se encontraban ahí para atender a los invitados. William y Elroy llegaron antes y tuvieron la oportunidad de descansar un poco y refrescarse antes de recibirlos. La matriarca le mostró las remodelación que habían hecho para adaptar la mansión a las necesidades de sus sobrinos, la habitación asignada a Rosalyn y por último la de Candy. Esta última era sin duda una de las mejores de la casa, amplia, elegante y con una majestuosa vista al jardín de rosas que mostraba espectacularmente los colores de las distintas estaciones.

- William ¿estás seguro de que deseas que esa joven ocupe la habitación de tu hermana?

- Completamente.

- ¿No sería mejor que se la asignáramos a Rosalyn ya que será tu prometida?

- Tía, ya hablamos de eso. La idea es simplemente absurda.

- Prometiste que hablarías con ella.

- Pues, que remedio; pero usted prometió que respetará nuestra decisión - Las habitaciones están perfectas, muchas gracias. No será necesario cambiar nada – concluyó el rubio dejando en claro que Candy ocuparía la habitación que él le había asignado.

Mientras tanto en el estudio del señor White se encontraban reunidos el licenciado Casterline, George, Candy y Muriel quien había acudido con su abogado.

Al llegar, la mujer había hecho gala de sus dotes de actriz mostrándose realmente compungida por la muerte del señor White. Luego justificó su ausencia durante el funeral diciendo que no le había sido posible encontrar pasaje de regreso a tiempo.

Después del gran teatro, todos tomaron asiento y el licenciado Casterline comenzó la lectura del testamento. Después de las formalidades jurídicas, leyó la siguiente declaración:

"Yo Robert White, en pleno uso de mis facultades mentales declaro a mi hija la señora Muriel White viuda de Vanderbilt, como heredera universal de todos mis bienes…

Mientras tanto, miembros del consejo y Rosalyn llegaban a Lakewood; después de darles la bienvenida, los empleados los condujeron a sus habitaciones para descansar un poco. Más tarde, la joven se reunió con William y Elroy a tomar el té.

- Buenas tardes - saludó la joven de larga cabellera castaña y hermosos ojos azules.

- Buenas tardes, hija ¿Qué tal el viaje?

- Un poco cansado, pero la siesta me sentó de maravilla.

- Te ves bien – dijo William con una sonrisa sincera mientras la joven lo abrazaba y lo saludaba con un beso en la mejilla.

- Tu también.

En ese momento se les sumaron los miembros del consejo y todos se dirigieron al comedor. Durante la cena William observó a Rosalyn, estaba más hermosa que nunca, se había convertido en toda una mujer. Un poco tímida, pero con una personalidad encantadora que tenía a los miembros del consejo comiendo de su mano, sin duda sería una excelente esposa. La joven había sido por mucho tiempo, una de las pocas personas con quien podía compartir abiertamente muchos aspectos de su vida y la amaba, pero solo como a una hermana.

De repente, la conversación giró en torno al compromiso de William y Rosalyn, pareciera como si los miembros del consejo ya lo dieran por hecho y solo estuvieran ahí para ratificarlo.

Al terminar, el rubio le pidió unos minutos a la señora Elroy en privado…

- Tía, esta mañana usted me dijo que lo del compromiso con Rosalyn era una posibilidad.

- Y así es

- Entonces, ¿Por qué tengo la sensación de que los miembros del consejo han venido a ratificarlo?

- Bueno, tal vez, me emocioné un poco con la idea que se la comenté a dos o tres de ellos.

- ¿dos o tres? Son solo cinco. ¿No habría sido mejor que hiciera el anuncio oficial? – dijo William molesto.

- Lo lamento, fue una terrible indiscreción.

- Fue mucho más que eso y usted lo sabe. ¿Hasta cuando va a dejar de entrometerse en mi vida?

- Solo quise ayudar – dijo la matriarca con actitud ofendida.

- Pues no necesito su ayuda, creo que ya tuve suficiente – aseguró el joven antes de abandonar la habitación hecho una furia.

La señora Elroy regresó al salón y le dijo a Rosalyn con discreción: Hija, ¿Por qué no vas a dar un paseo con William?

La joven asintió y se dirigió al jardín donde sabía que encontraría al rubio.

- ¿De nuevo la señora Elroy, dándote dolores de cabeza? – preguntó mientras se acercaba.

- No más de lo normal, todo el tiempo ha creído que puede dirigir mi vida a su antojo – contestó el joven con media sonrisa.

Ambos comenzaron a caminar por el jardín. De una forma u otra, Rosalyn siempre encontraba la forma de relajarlo. Sin proponérselo, llegaron a las caballerizas donde había hermosos animales de gran valor y de vez en cuando, el rubio paraba para acariciar a algunos de ellos.

La joven esperó pacientemente hasta que William decidió decirle lo que le molestaba…

- A la tía Elroy, se le ha metido en la cabeza la descabellada idea de casarnos, ¿lo puedes creer? Me lo dice de camino y ahora resulta que los miembros del consejo están aquí para ratificar el compromiso. Es una locura…

- ¿Tan malo sería compartir tu vida conmigo? – dijo la joven con un gesto teatral.

- No, no es eso. Eres una mujer excepcional y sin duda serías una gran esposa, pero me molesta que sin tomarnos en cuenta…

- ¿por qué no lo intentamos? – lo interrumpió la joven acercándose a él.

- ¿tú lo sabías?

- Tu tía me habló un poco acerca de eso durante su visita.

- ¿Y estás de acuerdo?

- ¿puedo ser sincera contigo?

- Por favor - le dijo mientras se recargaba en una de las puerta para mirarla con atención.

- Cuando te vi por primera vez, pensé que eras como un príncipe; después nos conocimos bien y me di cuenta de que definitivamente no eras como los príncipes de los cuentos. Eres real, la persona más maravillosa que conozco y me encantaría estar a tu lado.

Sí, he estado enamorada de ti desde que era una niña, me gustaba imaginar que algún día llegaríamos juntos al altar. Cuando te convertiste en mi tutor supe que hacer mis sueños realidad sería casi imposible, pero ahora que tu tía lo propuso, pienso que es algo maravilloso.

¿Acaso no crees que sería una buena esposa para ti?...

- William, tomó aire para contestar, pero la joven le cruzó los labios con sus largos y delgados dedos.

-No, no contestes, por favor, déjame convencerte de lo mucho que te amo – le dijo al tiempo que comenzaba a besarlo.

La situación tomó a Albert por sorpresa, no sabía que hacer, Rosalyn era muy importante para él y no quería ofenderla, pero mientras la joven profundizaba el beso ofreciéndole su cuerpo, no podía evitar sentir que algo estaba terriblemente mal. Para él, era como si estuviera cometiendo un incesto, pues siempre la había visto como su hermanita menor. Instintivamente, la tomó por la cintura, la alejó de él y diciendo "lo siento" se alejó del lugar.

Las lágrimas de Rosalyn comenzaron a surcar por sus mejillas, se sentía terriblemente avergonzada. Jamás se hubiera comportado de esa manera de no ser porque se trataba de William, de quien había estado enamorada por tanto tiempo. En eso, escucho la voz grave que le decía: "sea quien sea el que la hizo llorar no tiene perdón de Dios"

Mientras en el rancho del señor White la puerta del despacho se abría y Candy salía hecha un mar de lágrimas seguida por George quien le decía: "Señorita White por favor regrese"

Continuara…

Hola, muchas gracias por continuar leyendo esta historia, espero que este capítulo les haya gustado.

Hasta luego!