Los personajes de Candy Candy no me pertenecen.

Capítulo 5

Las lágrimas de Rosalyn comenzaron a surcar por sus mejillas, se sentía terriblemente avergonzada. Jamás se hubiera comportado de esa manera de no ser porque se trataba de William, de quien había estado enamorada por tanto tiempo. En eso, escucho la voz grave que le decía: "sea quien sea él que la hizo llorar, no tiene perdón de Dios"

Mientras en el rancho del señor White, la puerta del despacho se abría y Candy salía hecha un mar de lágrimas seguida por George quien le decía: "Señorita White por favor regrese."

El francés, prudente como siempre, decidió dejarla ir. Estaba seguro de que estar a solas la ayudaría a calmarse. Había vivido incontables situaciones similares durante la adolescencia de William, cuando la frustración y la ira por el confinamiento se apoderaban del joven.

Candy lloraba desconsolada en su habitación mientras repasaba una y otra vez lo que escuchó de labios del licenciado Casterline:

"Yo Robert White, en pleno uso de mis facultades mentales declaro a mi hija la señora Muriel White viuda de Vanderbilt, como heredera universal de todos mis bienes.

Mi nieta la señorita Candice White, tendrá a su disposición el dinero producto de la venta del Rancho White Oak que ha sido depositado en el fideicomiso de la familia White Taylor-Jones y que será administrado en su totalidad por un tutor legal hasta que mi nieta tenga la edad legal para tomar posesión de su patrimonio.

La propiedad perteneció a mi difunto hijo Robert White. Después de su muerte, el juez me asignó guardián de mi nieta y de los bienes que le correspondían en su totalidad por ser hija única. El rancho fue vendido previo acuerdo de que, tanto mi nieta como yo, viviríamos en el hasta el día de mi muerte.

La corte del estado de Illinois ha considerado el mejor interés de mi nieta al otorgarle custodia legal y física plena al señor William A. Ardlay quien, por lo mismo, tendrá las mismas responsabilidades por el cuidado de mi nieta que tendría su padre."

- ¡No! ¡no me iré, esta es mi casa! – Repetía la rubia mientras lloraba desconsolada.

Mientras tanto en otro lugar de la finca, Muriel gritaba furiosa:

- ¡Esto debe ser una broma! trece dólares ¿eso es todo? ¡Por supuesto que no! Mi padre tenía mucho más… impugnaremos el testamento.

- Muriel, por favor sé razonable. No puedes impugnar un testamento en el que tú eres la heredera universal. No hay nada que pelear, simplemente el poco dinero que tenía el viejo se gastó en su funeral – le decía su abogado.

- Pero ¿y las joyas, el dinero del banco y la mansión de Chicago?

- De acuerdo con los documentos se deshizo de todo hace algún tiempo.

- y ¿qué le hizo al dinero? Tiene que haberlo invertido aquí en el rancho. Esa maldita lo tiene…

- No puedes probarlo, el dinero que se depositó en el fideicomiso es 100% producto de la venta del rancho y concuerda con el avalúo de una de las más prestigiadas compañías en el ramo. Además, esa cuenta esta blindada, no hay forma de que un juez le quite el sustento a una menor de edad para dártelo a ti.

- Lo harán por un porcentaje, ¿a quién conocemos?

- Querida, nadie se atreverá sabiendo que William A. Ardlay es el administrador.

- Entonces, pelearemos la custodia de esa chiquilla. Yo soy su familia, yo debería estar a cargo del fideicomiso.

- Muriel, eres adoptada tienes la misma relación consanguínea con ella que Ardlay, o sea, ninguna. Además, parece que no tienes una idea de a quién te estas enfrentando. Ese hombre puede hacer temblar la economía no solo de Illinois, sino del país entero. También puede acabar con las aspiraciones políticas y económicas de cualquiera; nadie lo quiere de enemigo.

- Donde lo puedo encontrar, quiero hablar con él.

- ¿De verdad no lo sabes? Nadie le ha visto, todo lo maneja a través de su personal. En especial, del licenciado Villers quien es un hueso muy duro de roer; es más leal que un perro.

- Pues no se van a burlar de mí, de una u otra manera esa mocosa me las pagará.

- Bueno, pues yo nada tengo que hacer aquí – te enviaré la factura de mis honorarios.

- ¿encima de todo me vas a cobrar?

- Querida, yo vivo de mi trabajo.

- y ¿no hay forma de que lo podamos arreglar? – dijo la mujer acercándose sugestiva.

- Lo lamento, en su momento tu y yo pasamos un rato agradable, pero ya me conoces, solo me atraen las mujeres jóvenes y, con lo que me vas a pagar, puedo darme uno que otro gustito – contestó el hombre y se fue.

Aprovechando que George y el licenciado Casterline se encontraban todavía en el estudio ultimando unos detalles, Muriel se dirigió a la habitación de la rubia…

- Candy, soy yo Muriel ábreme - dijo llamando a la puerta.

La joven se levantó limpiándose las lágrimas, sentía que la cabeza le iba a estallar. Tan pronto como abrió la puerta, Muriel la abrazo llorando.

- Mi querida niña, mira nada más como estás. No puedo creer que mi padre te haya hecho esto, mira que dejarte en manos de un completo desconocido. No te preocupes, acabo de hablar con mi abogado y me dijo que podemos pelear tu custodia y hay muchas posibilidades de que el juez te permita venir a vivir conmigo, pero tenemos que irnos esta misma noche, no dejaremos que te lleven.

- ¿De verdad, crees que me dejarían vivir contigo?

- Por supuesto, pero tendremos que ir a Nueva York, ahí conozco a mucha gente que nos puede ayudar así que arregla tus cosas, saldremos en un par de horas.

- Estaré lista.

De regreso en Lakewood…

Rosalyn salía corriendo de las caballerizas sin voltear a ver al extraño, se sentía sumamente avergonzada y vulnerable. Al llegar a su habitación, le envió una nota a la señora Elroy disculpándose por no regresar a la reunión. La matriarca extendió las disculpas a los miembros del consejo diciendo que la joven se encontraba indispuesta, por lo que todos decidieron retirarse a descansar y continuar con el asunto del compromiso al día siguiente.

Después de despedir a los invitados, la anciana se dirigió al dormitorio de la joven y la encontró hecha un mar de lágrimas.

- Pero hija, dime ¿por qué lloras de esa manera?

- No me quiere tía, no me quiere – dijo la joven entre sollozos.

- ¿por qué dices eso? si William te adora.

- Fui una tonta, jamás debí haber venido.

- No digas eso, tú conoces a William, siempre ha sido voluntarioso. Te puedo asegurar que todo esto es porque yo lo sugerí, pero verás que pronto se dará cuenta de que es lo mejor. Descansa, mañana tienes que estar radiante.

Al salir, se dirigió a la habitación del rubio quien había tomado un baño, necesitaba relajarse y pensar.

- William ¿puedo pasar?

- Adelante

- Vengo de ver a Rosalyn, la pobre está muy afligida ¿Qué le has dicho?

- Tía, con todo respeto eso es algo personal.

- No me puedes pedir que la deje así, la pobre se siente avergonzada.

- Le recuerdo que yo no fui el que la puso en esa posición.

- Pero la estás castigando a ella que nada tiene que ver, en ese caso fui yo la que sugirió el compromiso.

- ¡Por Dios tía no la estoy castigando! Simplemente no creo que sea una buena idea comprometernos; usted sabe que la quiero mucho, pero solo como a una hermana. Nunca podré verla de otra manera.

- Y ¿Quién te dijo que todos los matrimonios son por amor? A veces la gente se casa porque es lo mejor.

- Pues lo siento tía, pero yo no soy tan conformista.

- Entonces dime ¿Cuándo vas a poner algo de tu parte? A tu edad tus padres ya tenían a tu hermana.

- ¿No le parece que es un poco complicado conocer y enamorarme de alguien cuando ni siguiera puedo decir mi verdadero nombre?

- ¿Ves?, tú mismo me das la razón, Rosalyn sabe todo sobre ti, con ella no tienes que fingir…

- Tía, esta conversación no nos va a llevar a ningún lado; por favor, dejémoslo así.

- Esta bien, pero te guste o no, los miembros del consejo ya están aquí. Piensa en la humillación que le harás pasar a esa joven si te niegas a comprometerte con ella… Buenas noches.

A la mañana siguiente, todos se encontraban reunidos en la sala de estar cuando Angus Spencer tomó la palabra y dijo:

- Sir William, hemos sido informados de que desea comprometerse con la señorita Wellington aquí presente. Por supuesto, encontramos su decisión excelente, la señorita Wellington será una digna matriarca del Clan Ardlay, sin duda se lleva usted toda una joya. Si no le importa, nos gustaría aprovechar el viaje para ratificar el compromiso y fijar la fecha de la boda; con todos los preparativos que hay que hacer, mientras más pronto comencemos mejor.

William miró a Rosalyn cuyos ojos se humedecieron de cara a la humillación, luego se dirigió al señor Spencer y, justo cuando iba a responder, Dorothy interrumpió diciendo: "Disculpe Sir William, afuera hay un hombre que dice traer un telegrama muy urgente de parte del Licenciado Villers"

- Gracias Dorothy, por favor hágalo pasar.

- Si señor.

William tomó el comunicado y leyó:

"La señorita Candice huyo con Muriel, pasaron la noche en Boston y tomarán el tren a Nueva York al mediodía" Llama al hotel Fairmont Copley Plaza."

Entonces se dirigió a los miembros del consejo diciendo: "Lo siento señores, es un asunto de vida o muerte, si me disculpan, tengo que partir de inmediato."

Los miembros del consejo se miraron unos a otros sin saber cómo reaccionar, pero al ver la firmeza en la mirada de William, el señor Spencer condescendió:

- Por supuesto hijo, ya hablaremos en otra ocasión.

- Con permiso, se quedan en su casa – dijo el rubio al tiempo que salía a toda prisa del lugar.

- Dorothy, por favor comuníqueme con George al Fairmont Copley Plaza en Boston, es urgente y dígale a Henry que prepare el coche para salir.

La señora Elroy salió detrás del rubio…

-Pero William ¿Qué ha pasado?

- Lo siento tía no tengo tiempo que perder. Le explicaré luego – dijo tomando el auricular de manos de Dorothy

- George ¿Qué ha pasado?

- La señorita Candice y la señora Muriel salieron anoche en un carruaje. Les hemos seguido la pista hasta Boston, pero no sabemos dónde pasaron la noche. A primera, hora confirmamos que tienen pasajes de tren para Nueva York, la policía ya está enterada.

- Esta bien, salgo para allá. Por favor en cuanto las localices no las pierdas de vista, de ser posible tráela de regreso.

- Así lo haré.

- Gracias.

La señora Elroy y Rosalyn, miraban por la ventana como William se alejaba en el auto.

- No te preocupes, no estuvo del todo mal, así William tendrá más tiempo de pensar bien las cosas. – dijo la matriarca.

Al mediodía, tanto la policía, como George y algunos de los hombres del rancho registraban la estación y los vagones del tren buscando a Candy y a Muriel, pero no encontraron ni rastro de ellas. Comenzaron a indagar en los alrededores hasta que encontraron el carruaje abandonado cerca de un camino, los caballos estaban cansados y heridos. Junto a él, marcas de un automóvil con se dirigía rumbo a Nueva York.

- Bueno, al menos sabemos a dónde se dirigen ¿localizaron el domicilio de Muriel?

- Si, la mansión Vanderbilt es muy conocida en la región.

- No perdamos más el tiempo aquí de seguro compraron los boletos de tren para despistarnos; en auto llegaremos en unas cuatro o cinco horas.

Mientras tanto, Muriel y Candy llegaban a la mansión Vanderbilt…

- Bienvenida a casa, te mostraré tu habitación, debes estar cansada del viaje.

- Si un poco, gracias.

- Por supuesto, descansa nos veremos más tarde.

Candy estaba exhausta física y emocionalmente; sentía que todo su mundo se había derrumbado en unas cuantas semanas. Había sido muy difícil para ella salir del rancho de noche y sin despedirse de nadie, pero no quería ir a vivir con desconocidos, así que, pensó que vivir con su tía era su mejor opción.

Más tarde, Muriel llegó con una vianda…

- ¿descansaste mi niña?

- Si tía gracias, aún no puedo creer todo lo que ha pasado, parece una pesadilla.

- No te preocupes, hice un par de llamadas y esta noche vendrá alguien muy importante que nos ayudará a resolver esto.

- ¿De verdad?

- Claro, anda come un poco, no debes enfermarte. En cuanto termines, Stacy te traerá ropa y te ayudará a arreglarte, tenemos que causar una buena impresión.

Mientras la mucama peinaba sus largos rizos, Candy tenía la vista perdida en el horizonte. Se sentía sumamente confundida, ¿por qué su abuelo había vendido el rancho sabiendo cuanto amaba vivir ahí? y ¿por qué la había dejado al cuidado de un desconocido?... no tenía sentido.

Cerca de ahí, George y William conducían detrás de un automóvil negro que sorpresivamente, tomó el camino en dirección a la mansión Vanderbilt. El francés, lo dejó adelantarse un poco y luego lo siguió estacionándose en la parte trasera de la finca. Ambos se acercaron sigilosamente y escucharon cuando Muriel, le daba la bienvenida a un hombre canoso y regordete que llevaba un portafolio.

- Congresista Hamilton, bienvenido.

- Mi querida señora, que agradable recibir su invitación.

- Pase por favor, espero que el menú de esta noche sea de su agrado.

- Estoy seguro de que así será – decía el hombre al tiempo que cerraban la puerta.

Durante la cena, Candy casi no probó bocado, estaba deprimida. Había pensado que durante el transcurso discutirían con el congresista la forma en que podría ayudarlas, pero la conversación era trivial.

Albert y George vigilaban la casa, esperaban a la policía que estaba tratando de obtener una orden de cateo para buscar Candy.

Después de la cena, Muriel despidió al personal de servicio e invitó a Candy y al congresista a la sala de estar donde sirvió tres copas de champagne…

- Brindemos por nuestra amistad – dijo la mujer levantando su copa y el hombre la imitó.

Candy se disculpó pues no acostumbraba a tomar bebidas alcohólicas.

- Vamos señorita Candice ¿no nos acompañara? – preguntó el hombre

- Lo siento señor, no tengo edad para tomar.

- Ah claro, si no es indiscreción ¿Qué edad tiene?

- 17 años.

- Eres una jovencita muy linda e inocente.

- Se lo dije, mi sobrina vale su peso en oro – dijo Muriel con una sonrisa.

- Una verdadera joya – contestó el hombre haciendo un ademán con la mano para que Muriel saliera.

- Si me disculpan, regresaré en un momento; me temo que el champagne está haciendo su efecto – dijo la mujer.

Muriel salió del lugar y puso el cerrojo a la puerta.

El hombre puso de pie y se sentó junto a Candy, diciendo: "¿Por qué no aprovechamos para pasar un rato agradable?" al tiempo que ponía la mano en la rodilla de la rubia.

- ¡Suélteme no me toque! – dijo Candy poniéndose de pie y dirigiéndose rápidamente a la puerta. Para su sorpresa, cuando intentó abrirla estaba cerrada con llave.

- ¡Tía!, ¡tía abra la puerta por favor! – gritaba al tiempo que golpeaba.

- Lo siento querida sobrina, te dije que el congresista nos ayudaría a resolver esto. No me voy a quedar con las manos vacías mientras tu disfrutas lo que me robaste, me darás lo que me corresponde de una manera u otra. Y pensar que el estúpido de mi padre se escandalizaba porque Wilkinson quería tenerte, pero ¿para qué venderte a uno solo si puedo venderte a muchos? Será mejor que te relajes y aprendas a complacer a los hombres, a ver si así dejas de ser tan inútil.

- ¡Tía, ayúdeme no me deje aquí, por favor! – Lloraba Candy mientras golpeaba la puerta, pero lo único que obtuvo por respuesta fue la sonora carcajada de Muriel.

- El tipo apagó la luz dejando únicamente una luz muy tenue encendida para que nadie pudiera ver desde el exterior y se acercó tomándola de la cintura, pero la rubia se defendió golpeándolo lo más fuerte que pudo lo que lo hizo enfurecer.

- Me gustan las fieras como tú – dijo al tiempo que la jalaba del cabello. La joven se defendía con uñas y dientes hasta que el hombre la arrojó con fuerza y cayó golpeándose la cabeza contra el suelo.

- Al escuchar los gritos de Candy, William se dirigió desesperado a la puerta de servicio seguido de George. Llamaron con insistencia, pero todo el personal se había retirado a los dormitorios y la casa estaba en completa oscuridad. El rubio se quitó la chamarra y enrolló la manga alrededor de su puño para romper el vidrio de la ventana. Ambos ingresaron en la propiedad y corrieron buscando a la joven.

Los empleados que habían escuchado el vidrio romperse, salían a enfrentarlos pensando que eran ladrones, pero William y George no perdían el tiempo, únicamente los empujaban para poder pasar.

Muriel salió de su habitación para ver por qué tanto alboroto y, al bajar la escalera, sintió una mano fuerte que le rodeaba el cuello y la empujaba contra el muro más cercano.

- ¿Dónde está? – Exigió la sombra que la sofocaba.

La mujer miro a su alrededor y observó como otro individuo golpeaba y hacía caer con facilidad a los empleados que habían acudido en su ayuda. Al verse perdida, levantó la mano y señaló el camino.

Ambos hombres caminaron por donde les indicaba, al llegar a la puerta la sombra que la llevaba casi a rastras le ordenó con voz suave pero llena de furia: "Abre"

Muriel obedeció y él entro haciéndola a un lado, la mujer caminó de espaldas asustada y tropezó cayendo al piso sofocada. Al entrar vio al hombre bajándose los pantalones dispuesto a abusar de la joven que estaba en el piso semi inconsciente. Inmediatamente, sintió una gran furia y se abalanzó sobre él golpeándolo una y otra vez hasta casi matarlo. De repente, sintió unos brazos fuertes que lo rodeaban por la espalda impidiéndole continuar y escucho la voz de George que decía: "vamonos la señorita necesita ayuda."

El francés tomó a la rubia en brazos y se dirigió a la salida. Muriel estaba de pie sosteniéndose de una columna tratando de recuperar el aliento cuando William la empujó nuevamente contra la estructura dejándola inmovilizada: "Si te vuelves a acercar a ella, te mato" – le advirtió antes de salir.

Abandonaron el lugar, justo a tiempo para evitar a la caravana de patrullas de policía que conducía con dirección a la mansión. Habían recibido un reporte de robo por parte de los empleados.

Muriel, prohibió a los empleados hablar de la presencia de Candy en la casa y sostuvo que todo se había tratado de un intento de robo.

Mientras tanto, George y William llevaban a Candy a la casa del director de uno de los hospitales más reconocidos de la ciudad que había sido construido con una generosa donación de los Ardlay.

- Buenas noches, Doctor Anderson, discúlpenos por importunarlo a estas horas de la noche, pero tenemos una emergencia.

- No se preocupe Licenciado Villers, ¿en qué puedo servirle?

- Una de las hijas adoptivas de los Ardlay fue atacada y necesita atención médica.

- Por supuesto, pasen - les dijo indicándoles el camino a la recamara de huéspedes.

William y George esperaban fuera de la habitación mientras el doctor revisaba el estado de salud de la rubia, cuando aparecieron la esposa y la hija del doctor un servicio de té y unas galletas. El rubio rechazó con propiedad la taza que le ofrecían, pero George intervino…

- La infusión esta deliciosa, gracias. Albert ¿Por qué no tomas un poco? te hará bien – dijo en un tono casual, pero que definitivamente no era una sugerencia.

El rubio clavó la mirada en los oscuros ojos del francés por un segundo y luego aceptó con amabilidad la taza que le ofrecía la joven visiblemente nerviosa. George era como un padre para él, la relación entre ambos era tan estrecha, que el moreno no tenía reparo en hablarle de esa forma y él no lo tomaba a mal.

Después de lo que parecieron interminables minutos, el Doctor Anderson salió para comunicarles que Candy se encontraba bien, tenía algunos golpes y magulladuras, pero nada de cuidado. Sin embargo, era necesario observarla de cerca en caso de que mostrara síntomas de conmoción cerebral.

Era pasada de la medianoche, cuando el doctor Anderson, les dijo que todo estaba bien. Mientras George extendía un cheque por una generosa cantidad, William le preguntaba al doctor si podían viajar esa misma noche.

- Por supuesto, si desea le puedo dar un calmante a la señorita para que su viaje sea más cómodo, señor…

- Perdón, permítame presentarlos – intervino George. Doctor Anderson, él es Albert, mi asistente. Viajamos desde Chicago en busca de la señorita quien, al parecer, había venido a visitar a su tía. Usted sabe, los jóvenes son impetuosos; la señorita decidió viajar por su cuenta, sin considerar los riesgos. La familia está muy afligida por el incidente por lo que le agradecería su discreción.

- Por supuesto, no tiene que mencionarlo. Yo también tengo a una adolescente en casa – afirmó el doctor dirigiéndose a su hija, quien miraba embobada a William sin el menor disimulo.

William, tomó a Candy en sus brazos y la acomodó en la parte trasera del auto, cubriéndola con una manta que el doctor Anderson le había entregado. Luego tomó el volante y se pusieron en marcha de inmediato. Pensaron que sería mejor para la joven, despertar en el rancho rodeada de gente que la amaba, así que tomarían turnos conduciendo.

Llevaban un par de horas de camino; George descansaba en el asiento del copiloto cuando la joven se incorporó angustiada, estaba todavía bajo la influencia del medicamento, pero al parecer la terrible experiencia la atormentaba. William, incapaz de verla sufrir, orilló el auto y fue a la parte trasera para reconfortarla.

Tiernamente la tomó entre sus brazos y le acariciaba el cabello mientras le susurraba que todo estaría bien.

- ¿Albert? – preguntó la rubia entre sueños mientras se abrazaba a su pecho como si de ello dependiera su vida. El calor de sus brazos y el aroma de su piel la hacían sentirse segura.

George, tomó el volante y se pusieron en marcha. Durante el trayecto, el francés miraba por el retrovisor y era testigo del amor y cuidado con que William trataba a la joven llenándola de delicadas caricias, tiernos besos y palabras de aliento.

Sabía que William era muy cariñoso y compasivo. Durante sus años de confinamiento, había volcado su calidez al cuidado de los animales del bosque. Más tarde, en sus viajes como vagabundo, no había lugar al que fuera que no se enfocara en conocer a la gente y tratar de aliviar sus necesidades tanto físicas como emocionales. Sin embargo, esta vez era diferente, pues nunca lo había visto comportarse de esa manera con una dama, ni siquiera con Rosalyn con quien era muy cercano.

Antes de entrar al pueblo, George detuvo el auto para que William descendiera, no era conveniente que los vieran llegar juntos, pues debían cuidar la identidad del bisabuelo William.

- Gracias por todo George.

- Ni lo mencione joven William.

- Por favor no la dejes sola y cuando esté lista, llévala a Lakewood la tía Elroy y los muchachos la estarán esperando

- No se preocupe, tendré cuidado.

William estaba a punto de comenzar a caminar, pero se detuvo.

- George… ese hombre está acabado.

- Haré lo necesario – respondió el francés antes de ponerse en marcha.

Ahora sí, George estaba convencido de que Candy era realmente especial para William. Ambos sabían del poder y los alcances de los Ardlay; el rubio siempre había estado en contra de utilizarlos para perjudicar a alguien o tomar ventaja en los negocios, pero en esta ocasión… ¿le había pedido que acabara con el congresista Hamilton?

De repente todo embonaba, los recursos invertidos para asegurar que Muriel no pudiera despojar la rubia, el costoso guardarropa y el haberle asignado la habitación de su hermana entre otras cosas. La joven era el motivo de todos esos meses de nostalgia, sin duda su muchacho estaba muy enamorado de ella.

Mientras tanto en Lakewood, la señora Elroy organizaba una fiesta para dar la bienvenida a sus sobrinos a la que habían sido invitadas las familias más notables del lugar.

En la mansión de los Legan, Eliza una joven pelirroja de una belleza impresionante, se encontraba en su recamara junto con sus amigas Annie Britter y Patricia O 'Brian preparándose para asistir al evento.

- El vestido está precioso Eliza, combina perfecto con el color de tu piel – decía Annie.

- Gracias, el tuyo también está lindo.

- No veo la hora de encontrarme con Archivald, es tan guapo – suspiraba Annie.

- Patty, ¿Qué pasa? no te veo muy entusiasmada.

- Pues yo no me hago ilusiones, todos los muchachos se dedican a perseguirlas a ustedes y yo como siempre terminare en un rincón.

- No digas eso, te ves muy bien.

- Si, pero nadie quiere bailar con una cuatro ojos.

- Cualquiera que te conozca, sabrá que eres mucho más que un par de anteojos – dijo Eliza.

En ese momento, su madre llamaba a la puerta para anunciarles que saldrían a la mansión Ardlay en unos minutos.

A la hora indicada, la matriarca recibía a los invitados con Rosalyn a su lado. La joven se había sorprendido de que la presentara con un par de damas como la prometida del bisabuelo William. En cuanto tuvo la oportunidad, se acercó a la matriarca y susurró:

- Madam Elroy, William no dijo que sí al compromiso.

- Tampoco dijo que no - contestó la matriarca y agregó – veremos si William se atreve a negarlo una vez que esté en boca de todos.

Más tarde, la fiesta estaba en su apogeo, los jóvenes Ardlay ataviados en el traje de gala escocés, hacían derroche de galanura, atendiendo a los invitados. Los tres eran muy unidos y se divertían mucho juntos, habían vivido bajo el cuidado de la señora Elroy desde que tenían uso de razón y a pesar de tener personalidades diferentes, no había nada que no compartieran.

- Muchachos, ¿ya escucharon lo que se dice por ahí? – decía Archi

- No ¿qué?

- Que el tío abuelo se ha comprometido, con Rosalyn.

- ¿En serio? Pensé que era tan viejo que no podía moverse.

- Pues al parecer, le gustan las jovencitas.

- Tiene muy buen gusto – dijo Stear. Rosalyn es bellísima, talentosa y muy educada.

- Pobre mujer, imagínatela cuidando al bisabuelo – dijo Archie con un gesto teatral.

- No seas tonto Archie, el bisabuelo puede pagar a un ejercito de personas para que lo cuiden.

- Pues entonces no me digas que la quiere para…

- No y no quiero ni imaginarlo – dijo Anthony

- Mira ahí están las chicas, ¿por qué mejor no vamos a bailar? – sugirió Stear.

Como la señora Elroy lo había previsto, al final de la velada, todos los asistentes sabían que Rosalyn era la prometida del bisabuelo.

- Que suerte tiene Rosalyn – suspiraba Annie

- Debe de ser emocionante planear tu boda – agregaba Eliza.

- Pues yo creo que nunca lo sabré – decía Patty.

- Quien sabe, tal vez seas la primera en llegar al altar – decía Annie con un guiño.

Patty se sentía realmente opacada por la belleza de sus amigas y pensaba que nadie se fijaría en ella mientras estuvieran disponibles y para ese entonces sería una solterona.

Después de dormir todo el día, Candy despertaba en su habitación del rancho, sentía como si un tren le hubiera pasado por encima.

- Candy que bueno que despiertas, nos tenías preocupados ¿Cómo estás? – le decía Pancha.

- Bien, ¿Quién me trajo aqui?

- El licenciado Villers.

- ¿Y Albert?

- ¿Cuál Albert?

- El licenciado te trajo solo. Eres una ingrata, mira que irte, así como así… con lo mucho que te queremos.

- Lo siento – dijo Candy a punto de llorar.

En eso se escuchó que alguien llamaba a la puerta y Pancha atendió.

- Licenciado Villers, Candy acaba de despertar – le informó la mucama al tiempo que lo dejaba pasar.

- Señorita White, me alegro de que se encuentre usted mejor.

- Gracias por traerme de regreso.

- No tiene por que agradecerme, el señor Ardlay estaba muy preocupado por usted.

- Pancha, ¿podrías dejarme un momento con el licenciado Villers, por favor?

- No pues así de directo y sin escalas, como no – dijo la mujer y salió.

- Licenciado Villers…

- Por favor, llámeme, George.

- George… ¿Fue usted quien me sacó de casa de mi tía?

- Si señorita.

- ¿Ese hombre…?

- No, afortunadamente pude llegar a tiempo.

Es que yo… dijo Candy al tiempo que comenzó a llorar…

- No se preocupe señorita, gracias a Dios no pasó a mayores. El doctor dijo que está usted en perfectas condiciones y le aseguro que, de ahora en adelante, nadie podrá hacerle daño. Entiendo que haya salido de aquí asustada, las últimas semanas deben haber sido muy duras para usted, pero ¿Por qué no darle una oportunidad a los Ardlay? Le aseguro que son una familia muy honorable.

- ¿Qué pasará con el rancho y los empleados?

- El señor Ardlay, ha designado a Tom Stevens como encargado de las operaciones y al señor Williams como administrador. Todos los empleados conservaran su trabajo en las mismas condiciones que estableció su abuelo.

- Si me permite, quisiera entregarle está carta que le dejó su abuelo junto con el testamento, me hubiera gustado haberlo hecho con anterioridad, pero usted estaba tan molesta cuando salió del despacho que no me dio oportunidad…

- Gracias – dijo la rubia tomando el sobre.

- Me retiro para que pueda descansar, buenas noches.

Candy se sentía un poco decepcionada, creía haber visto por un instante la mirada celeste de Albert quien la llevaba en sus brazos. Habían sido tan reales el aroma de su piel y el calor de su abrazo que podría haber jurado que era él quien la había rescatado.

De repente, se le ocurrió que tal vez lo había imaginado debido a los efectos de la medicina por lo que resignada tomo el sobre que le dejó su abuelo y comenzó a leer:

Querida Candy,

Sé que estarás molesta por los términos del testamento. Perdóname, hija, sé cuánto amas el rancho, pero no encontré una mejor forma de protegerte que venderlo. Me hubiera gustado tener el tiempo suficiente para vivir a tu lado hasta que pudieras valerte por ti misma, pero Dios tenía otros planes para nosotros.

Desafortunadamente, los celos y el resentimiento han estado presentes durante muchos años en nuestra familia y te han puesto en una situación muy vulnerable, lo lamento.

William Ardlay es un gran amigo y patriarca de una de las familias con más altos valores que conozco; confió que bajo su protección nadie te hará daño hasta que puedas decidir por ti misma el rumbo de tu vida.

Mi niña, te amo y deseo con todo mi corazón que encuentres tu camino con la frente en alto y esa hermosa sonrisa tuya que lo eclipsa todo.

Recuerda que tus padres y yo siempre estaremos contigo.

Con amor,

Tu abuelo.

La rubia abrazo la carta y lloró hasta quedarse dormida. Los días pasaron y poco a poco se sentía más fuerte. George, le había dicho que partirían a Lakewood cuando estuviera lista y permaneció en el rancho cuidando de ella como se lo había prometido a William.

Aunque aún estaba triste, la joven se había ganado el cariño del francés con su actitud sincera y autentica, muy diferente a las señoritas de sociedad que ensayaban cada uno de sus gestos hasta parecer muñecas perfectas, pero vacías.

El moreno, entendía a la perfección porque la joven le había robado el corazón a William, además de hermosa, tenía un corazón de oro; definitivamente era perfecta para él.

Terminar con la carrera del congresista Hamilton había sido mucho más fácil de lo que el francés había imaginado; una sencilla investigación revelaba una red de corrupción y tráfico de menores que al filtrarla a la prensa, había arruinado, no solo con su carrera política, sino su vida social y familiar.

La rubia veía como todos los días George trabajaba hasta altas horas de la noche, definitivamente era mucho más difícil para él trabajar a distancia. Entonces comprendió que por más que permaneciera en el rancho, no cambiaría el hecho de que ya no era su hogar y debía buscar su destino. Al siguiente día, durante el desayuno, la rubia tomó la palabra y le dijo:

"George, muchas gracias por quedarse aquí conmigo todo este tiempo, pero creo que ha llegado la hora de cumplir con la voluntad de mi abuelo"

Continuara…

Muchisimas gracias por continuar leyendo esta historia, espero que el capitulo haya sido de su agrado. Les agradezco de corazón sus comentarios, cuidense mucho.

Hasta pronto!