La caza del unicornio

Sinopsis: Rukia, única hermana del Daimyo de Rokubantai, ha sido secuestrada por otro Daimyo enemigo que requiere de ella para un propósito nefasto, que la lleva descubrir cosas de sí misma que ni siquiera imaginaba.


Parte cuatro


Una comitiva de caballos iba a todo galope, todos los jinetes usaban sus gruesas armaduras y tenían colgados los estandartes del clan Kuchiki y del Rokubantai. Al frente de la comitiva iban dos hombres de cabelleras impresionantemente largas. Eran Byakuya Kuchiki y su guardaespaldas, Senbonzakura Kageyoshi.

— Kuchiki-sama...— Era uno de los monjes del templo de Tsukimine que estaba limpiando la entrada al templo—, no lo estábamos esperando hasta dentro de unos días.

— No había tiempo que perder— Dijo mientras se bajaba de su caballo y se quitaba su casco kabuto.

— ¿No considera que se extralimitó con la seguridad, su Excelencia?— Preguntó otro monje que también limpiaba y le molestó ver a una comitiva de más de mil soldados que parecían listos para atacar al primero que los viera de manera equivocada.

— No voy a arriesgar la seguridad de mi hermana después de haber sido secuestrada por Aizen.

— Excelencia, lo entiendo, pero...— Dijo el monje al observar que los soldados, sin necesidad de recibir ninguna orden, tomaban posiciones y aseguraron el perímetro.

— Pero nada, algo más sucedió porque cuando encontré el campamento de Aizen todos sus hombres estaban muertos y mi hermana había vuelto a desaparecer.

— Lo entendemos, Excelencia, pero... esas no son maneras de...

— Si no quiere que destruya este templo, me llevará ahora con mi hermana.

Los dos monjes se voltearon a ver, inseguros de lo que debían de hacer, mas no dudaban de la amenaza del Señor feudal. El templo tenía defensas poderosas y todos los mojen eran guerreros, pero sus números no eran nada comparados con la comitiva del joven daimyo. En especial si se trataba de su hermana menor.

Él era bien conocido de cuidar a su hermana con mucho esmero y de lo que le sucedió a los dos ancianos que hicieron el acuerdo de matrimonio con los difuntos Abarai, sus cabezas seguían de advertencia frente a la entrada del castillo familiar para todo aquel miembro de su clan que se atreviera a desafiar su autoridad de nueva cuenta.

— Tranquilícese, Excelencia— Era el Kannushi del templo que venía bajando la escalinata principal—, su hermana se encuentra sana y salva. Le pido que no olvide que fui yo quien lo mandó llamar.

El Kannushi, Ichibei Hyousube, era un hombre regordete y de espesa barba negra, él había dedicado toda su vida a la protección y reverencia a Tsukuyomi-no-Mikoto y de sus hijas, las vestales getsujou, hasta que llegaban a la edad adecuada para ascender a la luna.

— Espero que entienda mi actitud, su Santidad— Dijo Byakuya con una reverencia hacia el sacerdote que los había bautizado a él y a su hermana—, y disculpe mi actitud tan impropia.

— Entiendo, muchacho— Ichibei era una de las pocas personas que podía hablarle de ese modo al joven daimyo—, ha sido un año muy largo sin tener noticias sobre la Rukia-ojou-sama.

— Sí...— Byakuya hizo una seña a su guardaespaldas para que lo siguiera mientras el resto de su séquito hacía guardia.

— ¿Byakuya-sama, va a dejarme atrás?— Era una voz dulce femenina que se estaba quitando su casco y careta para revelar a la nueva señora del clan Kuchiki.

— ¿Hisana?— Byakuya pensó que la había dejado en el palacio, la pequeña onna-musha que había tomado por esposa podía llegar a ser muy rebelde.

— Disculpe que desobedeciera sus órdenes, Anata, Ani-ue— Dijo a su esposo, Byakuya; y hermano, Senbonzakura—, pero no podía dejar que hicieran esto sólos— Ella se sentía parcialmente culpable por lo que le sucedió a Rukia, los ancianos la engañaron para alejarla el tiempo suficiente para asegurarse de que no impidiera el matrimonio cuando ella era su guardaespaldas personal—; además, yo era la responsable de su seguridad y fallé en mi deber.

— Hisana— Regresó sus pasos y tomó una de las manos de sus esposa entre las suyas—, no digas eso, regresaste inmediatamente y arrestaste a los traidores.

Apenas tenían unas semanas de casados, pero su preocupación y su orgullo no les ha permitido disfrutar de su dicha matrimonial como le gustaría.

— ¡No es cierto, yo la dejé sola!— Chilló Hisana, desde la falsa orden que recibió de Koga Kuchiki, no dejaba de culparse por desconocer el paradero de Rukia.

Byakuya, encantado por la fidelidad de Hisana con su deber, la tomó por la mejilla y depositó un beso suave en sus labios.

— Vamos.

Eso fue todo, Hisana tomó la mano de su esposo y señor, algo que no era bien visto por la sociedad, pero no le importaba a ninguno de los miembros de su círculo más cercano. Para todos era bien sabido la devoción que había entre ellos desde que eran pequeños.

El trío siguió a Hyousube-Kannushi por los recovecos más secretos del templo, el área a la que sólo los monjes y la familia del Kannushi tienen acceso. Dieron vueltas y atravesaron jardines, sin duda alguna con la intención de confundirlos con la geografía del área interior del templo, aunque eso no servía de nada para ellos que estaban entrenados para reconocer y ubicarse en los alrededores con señales inequívocas que ni Hyosube podía controlar.

— Que bonito jardín interior tiene, Kannushi-sama— Comentó Hisana cuando pasaron junto a un jardín que se veía fuera de lugar dentro del templo.

— Sí, nunca había visto flores como esas en esta época del año— Agregó Byakuya extrañado por ver un toque que otros templos considerarían terrenal.

— Ni lo volverás a ver, estas flores son muy caprichosas— Comentó Hyousube volteando a ver a las múltiples cadenas de papel shide que lo marcaban como un espacio sagrado—, ni siquiera sé porque siguen aquí. O, tal vez, sí...— Se detuvo frente a una puerta shoji que tenía muchos decorados de conejos saltando bajo una luna llena. No sería nada raro, considerando a quién estaba consagrado el templo, si no fuera la única puerta que tenía decorados que había podido ver en todo el templo—. Hemos llegado.

— Excelente— Dijo Byakuya que iba a tomar el tirador del shoji mas vio bloqueado su acceso por el brazo del Kannushi.

— Antes de dejarlos pasar deben de saber que Rukia-ojou-sama no es la misma de antes.

— ¿Qué? ¿Le sucedió algo a Rukia-hime?— Preguntó Hisana, nuevamente preocupada por su antigua protegida.

— Hyousube si algo le hiciste a mi hermana te juro que— Byakuya comenzó a amenazar al monje guerrero.

— Yo no le hice nada— Lo interrumpió para explicarle—, cuando la encontramos el mes pasado ya estaba así.

— ¿Un mes? ¡¿Cómo que Rukia-hime ha estado en este lugar por todo un mes?!— Senbonzakura no era un hombre de muchas palabras o asiduo a expresar lo que sentía, pero le indignaba imaginar que se pudo haber detenido el sufrimiento de su hermana y señor si este monje los hubiera buscado en ese entonces. Incluso, si no los hubieran obligado a dejar sus armas en la entrada del templo en ese momento ya hubiera desollado al hombre frente a ellos.

— Tranquilo, Senbonzakura— Dijo Byakuya, aunque se notaba que su mano temblaba en ira contenida—, Hyousube-Kannushi tiene una explicación razonable para haber mantenido a Rukia oculta, ¿verdad?— Se percibía la amenaza en su voz.

— Su padre me lo prohibió.

— ¿Mi padre? Él murió hace años, cuando Rukia todavía era una niña.

— No su padre, Excelencia, el de su hermana— Dijo solemne el hombre—, Hikifune-Miko y Shutara-Miko, nuestras mejores chamanes nos lo informaron— Byakuya las recordaba vagamente, ellas fueron las que le ayudaron a Hirari a rescatar Rukia cuando la encontraron una noche de invierno.

— No entiendo.

— Se lo explicaré después de que la vea, Excelencia— Hyousube abrió el shoji y por fin los dejó pasar a la habitación.

La habitación estaba bien iluminada y perfumada por muchos jarrones de las mismas flores blancas que había en el jardín contiguo, además exageradamente adornada con cadenas shide y muchos otros elementos sacramentales. En el centro de la habitación había una estructura que tenía una cortina de seda transparente diseñada para proteger de los mosquitos a su ocupante.

Y, en su interior, se encontraba Hikifune-Miko ayudando a una mujer de cabellos platinos, que estaba recostada en un futón de lo más mullido y esponjoso, tratando de amamantar a un bebé con una extraña mata de pelos dorados en su cabecita y que no debía de tener más de unas cuantas horas de haber nacido a lo sumo.

— ¿Nii-sama— La mujer de cabello platinado levantó la cabeza y mostró una enorme sonrisa en su agotado rostro—, eres tú? ¿Hisana-ane-ue? ¿Senbonzakura-dono? Los estaba esperando.

Byakuya estaba sorprendido y petrificado en su lugar, si ella no lo hubiera llamado, no la habría reconocido. Rukia lucía tan diferente con su cabello platinado, pero más que anonadado por su cabello, lo estaba por verla amamantando a un bebé recién nacido.

— ¡Rukia-hime!— Hisana corrió a abrazarla de tan aliviada que estaba de verla sana y salva y comenzó a llorar en su hombro.

— Ya, ya, ya, Hisana-ane-ue, no fue mi intención preocuparte— Dijo Rukia mientras trataba de darle palmaditas tranquilizadoras en la espalda y sostener a su lactante bebé.

— ¿Cómo es que rescataron a Rukia-hime, Hyousube-Kannushi?— Preguntó Senbonzakura, que estaba confundido por toda la situación. La princesa, fuera del agotamiento por haber dado a luz, no parecía haber sufrido daño alguno durante su desaparición, incluso parecía contenta con el bebé entre sus brazos.

— No lo hicimos, la encontramos en el jardín que acabamos de atravesar apareció para llegar a esta ala del templo.

— ¿Encontraron a mi hermana en un jardín de flores?— Byakuya no le creía, pero prefería escuchar su versión de los hechos.

— Bueno, encontrarla puede que sea una exageración. El jardín no estaba conformado por flores hasta que ella apareció en él. Simplemente ella apareció ahí, desnuda y embarazada, rodeada por todas esas flores de luna

— Primalunas— Susurró Senbonzakura.

— Pensé en llamar por usted en ese momento— Continuó su explicación el Kannushi—, pero Shutara-Miko, quien fue la que nos informó que debíamos esperar en ese jardín, dijo que quería que el niño debía de nacer bajo nuestro resguardo.

— Está, aceptaré esa explicación sin hacer más preguntas, pero me llevaré a mi hermana a casa una vez que termine el puerperio— Dijo Byakuya, ya harto—. A Hisana y a mí nos gustaría quedarnos ese tiempo para estar cerca de Rukia y...

— Byakuya, no te la puedes llevar— Lo interrumpió Hyousube—, ella es una vestal de Tsukuyomi-no-Mikoto y amante de un kami, él querrá verla pronto, a ella y al vástago que engendraron .

— Eso es ridículo, no sé cómo cambió el cabello de mi hermana, ni haré más preguntas que no me desea responder, pero no pienso permitir que permanezca más tiempo alejada de mi protección.

— Y yo no puedo permitir que se la lleve Excelencia, ella debe de permanecer aquí para cuando su amante venga a buscarla o nos arriesgamos a enfurecer a Tsukutomi-no-Mikoto.

— ¡Esas son tonterías!— Byakuya estaba más que molesto, aunque no se reflejaba en su rostro—. Si ese hombre tanto la quiere tiene que presentarse frente a mí.

— Está bien, usted gana, Excelencia— Ichibei Hyousube sabía que no lo convencería de escucharlo, Byakuya no era creyente en las cosas de los dioses, pero era un hombre pragmático—, le permitiré que se lleve a su hermana con la condición que ella venga y pase tres meses al año en el templo como parte de sus deberes a Tsukuyomi-no-Mikoto, si es que quiere seguir recibiendo el favor del templo.

La espalda de Byakuya se puso rígida ante esa amenaza, él podría considerar los temas religiosos como una estupidez política, pero la relación comercial y militar que tenía con ellos sí que importaba, demasiado para su gusto. Muchos de sus hombres asistían a profesar a ese templo y el monje Ouetsu Nimaiya era uno de los principales fabricantes de armas de la región.

No podía pelear abiertamente en contra del templo y salir airoso. Tal vez ni siquiera victorioso.

— De acuerdo, ella y su hijo, deben pasar tres meses del año en el templo haciendo... lo que tengan que hacer.

— Una cosa, Byakuya— El tono afable del monje volvió la haber conseguido que Rukia permaneciera en el templo—, si ella no viene, por el motivo que sea, a pasar su retiro en el templo, no podrá volver durante un año— Byakuya, extrañado por esa advertencia, sintió la necesidad de inquirir por más información.

— ¿Nii-sama, no vas a venir a conocer a tu sobrino?— El llamado de Rukia hizo que se le suavizara la expresión al daimyo y después aclararía sus dudas con el viejo sacerdote. Su hermana ya estaba bajo su cuidado nuevamente. Por el momento dejaría pasar la situación, aunque no descansaría hasta encontrar al amante de su hermana y agradecerle haberla salvado de Aizen; aunque, no dudaría en ejecutarlo si este no volvía a hacerse responsable de ella y su hijo.

Ichibei Hyousube, el Kannushi del templo Tsukimine, contuvo un suspiro de alivio ante el acuerdo que había logrado conseguir. Cuidar de esa niña era demasiado trabajo. Si no estuviera acostumbrado a tratar asuntos con criaturas divinas renunciaría a su trabajo. Bastante complicado fue ocultar su identidad como padre de Hirari y Hikari, como para después tener que esconder a la niña de Tsukuyomi-no-Mikoto. Nunca pensó que tendría que cuidar de una getsujou que se negaba a ascender a los cielos y que, incluso, había preferido procrear con otra criatura divina en lugar de tomar su lugar en la bóveda celeste.


— ¿Qué es esto Byakuya-dono? ¿Cómo es esto posible?

Los ancianos lo habían obligado a convocar a una reunión de concejo extraordinaria al haberse enterado que Byakuya había rechazado otra propuesta por la mano de Rukia-hime en matrimonio.

— Una orden, sólo eso— Respondió calmado.

— ¿Cómo se te ocurre darnos semejante orden?— Gritaba un anciano, un tal Gozaburo.

— Soy el líder del clan.

En la sala de reuniones estaba todo el consejo de ancianos además de la mitad de los miembros de las ramas inferiores.

— Pero es una unión muy ventajosa, ¿cómo se te ocurre rechazarla?

— Y ya les había dicho que no me importa, no casaré a mi hermana.

— ¡No diga tonterías, Byakuya-dono, ella ni siquiera es su hermana y con su apariencia actual tenemos suerte de recibir una oferta por su mano!

— ¡Silencio!— Gritó Hisana que tuvo que obligar a los ancianos a aceptar su presencia en las reuniones de consejo— Byakuya-sama ha dado una orden como líder del clan Kuchiki y es su deber de acatar sin objeciones.

— ¡Vamos, Byakuya-dono, este es el momento perfecto!— Insistió ahora la anciana Chiyo.

— En primera, no porque mi hermana ya empezó su retiro en el templo de Tsukimine y en segunda porque juré que ella permanece soltera mientras ella lo deseara.

— ¡JA, JA, JA!— Rió sonoramente el anciano Masumi— De eso ya no te preocupes, nos hemos asegurado de que no haya ido a Tsukimine, por lo que perfectamente puedes entregarla en matrimonio.

— ¡Qué hicieron qué!— Gritó furioso, él no era un hombre al que le gustara romper sus promesas.

— Byakuya-dono— Era Senbonzakura que tenía a Issei, el hijo de Rukia, en brazos y que lloraba desconsoladamente—, encontré al Issei-dono en el campo, lo tenía O-ka y se lo había arrebatado a la Rukia-hime.

O-ka era la criada más cercana de Chiyo y su cómplice en muchas de sus argucias.

— Arresten a Chiyo-dono, Masumi-dono y a Gozaburo-dono.

— ¿Byakuya-dono, cómo se atreve?— Gritaron los mencionados, pero él los ignoró mientras eran arrastrados hacia los calabozos del palacio, y prefirió dirigirse hacia su sobrino que no dejaba de llorar.

— Issei, ¿dónde está tu madre?

— Haha-ue fue con Chichi-ue, yo quería ir pero O-ka me lastimó— Sollozaba el pequeño, que no gozaba de la mejor salud, y se negaba a soltar el gi de Senbonzakura.

— Al parecer le lastimó el brazo— Comentó el soldado al ver los rostros de preocupación de su señor y hermana.

— Haha-ue ya no pudo esperar— Dijo entre hipos.

— Tranquilo, Issei, yo cuidaré de ti en lo que regresa Haha-ue— Dijo Hisana, que aún no había podido concebir hijos y adoraba a su sobrino como si fuera propio.

— Oba-sama— El pequeño se dejó tomar en brazos por su tía que lo llevó a su habitación para tranquilizarlo.

— ¿Qué fue lo que viste, Senbonzakura?— Preguntó Byakuya cuando su esposa y sobrino se perdieron de vista.

— No estoy seguro, cuando llegué al campo, Rukia-hime se encontraba alejada, montando con corcel blanco muy extraño y... recuerdo que no dejaba de llamar por Issei-dono. Cuando le arrebaté al niño a la mujer, ella ya se había desvanecido.

— ¿Intentaste seguir al caballo?

— Sí, pero sus huellas se habían desvanecido en el punto exacto donde la había visto. Las pezuñas no avanzaron ni retrocedieron.


En el jardín interior del palacio se podía escuchar una risa infantil, el pequeño Issei corría y jugaba entre las flores que su madre había plantado para él un año antes y, por momentos, dejaba que las mariposas, en especial la negra que no dejaba revolotear sobre su cabeza, se posaran sobre su nariz antes de salir volando cuando a él le daba un ataque de risa.

— ¿Issei, de qué tanto te ríes?

— De nada, Oba-sama— Dijo el niño antes de volver a correr en dirección de la mariposa negra.

Hisana, estaba sentada en la engawa, si no estuviera agotada y sufriendo de mareos y náuseas lo acompañaría en sus ratos de juegos.

— ¿Issei, no extrañas a tu Haha-ue?— Le preguntó después de un rato, cuando lo llamó a comer algo, y haber notado que en todo el último año pocas veces lo había visto triste por la ausencia de Rukia.

— No, porque Haha-ue siempre me cuenta cuentos antes de dormir.

— ¿Y cómo lo hace?— Le siguió el juego al pequeño que acababa de cumplir tres años.

— Gracias a Chocho— El pequeño señaló a la mariposa negra que se escondió entre sus rubios cabellos mientras él comía de su bola de arroz.

— ¡Haha-ue! ¡Chichi-ue!— Escuchó Hisana al niño gritar en alegría y salir corriendo de nueva cuenta al jardín.

En el centro del jardín se encontraba Rukia, montada sobre un corcel blanco.

— El caballo... tiene un cuerno— Hisana estaba sorprendida de lo que veía y de que no se podía explicar cómo pudo haber entrado al jardín sin haber causado alboroto alguno.

— ¡Hisana-ane-ue, ya regresé!— Le gritó Rukia mientras el corcel se agazapó para permitirle desmontar con mayor facilidad y poder abrazar a darle un fuerte abrazo a Issei que no dejaba de dar brincos a su alrededor.

— ¡Byakuya-sama, traigan a Byakuya-sama!— Gritó Hisana a unos sirvientes para que fueran por su marido— ¡Díganle que Rukia-hime ha regresado! ¡Rápido!

Hisana corrió a comprobar el estado de la recién llegada, sólo para darse cuenta del bultó en su vientre.

— Rukia-hime, está embarazada, otra vez...— Esa observación le rompió un poco su corazón a Hisana, ella aún no lograba quedar preñada muy a pesar de los mayores esfuerzos de ella y Byakuya.

— Sí, he regresado para dar a luz y para ver a Issei.

— Ya ha pasado un año.

— Lo sé, pero Ichigo les advirtió lo que sucedería si yo no estaba en Tsukimine a tiempo.

— ¿Ichigo? ¿Quién es Ichigo?— Hisana volteó a ver al lugar donde debería de estar el corcel para encontrar el espacio vacío— Ya se fue. Byakuya-sama no me va a creer, aunque se alegrará de ser tío nuevamente.

Las mujeres se voltearon a ver y se dedicaron sendas sonrisas cómplices y caminaron de regreso al palacio tomadas de la mano, cuando Rukia la detuvo de repente en su lugar y abrazó a Hisana.

— Felicidades, Hisana-ane-ue, me alegro por ti, se que lo has deseado por mucho tiempo.

— ¿Te alegras? ¿Por qué o de qué?

— Por tu embarazo, por supuesto, Ane-ue— Apretó su agarre.

— Yo, no...— Ahora ya sus náuseas ya le hacían sentido y se permitió devolver el abrazo— gracias, Rukia-hime. Byakuya-sama se alegrará tanto por la noticia.