CAPÍTULO 10
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Chicago
Lo siento. Candy murió. Ataque a trincheras. Ayude a Terry.
Al leer el telegrama de su padre Terry entendió que no era un error, esos oficiales estaban hablando de su pecosa, su pecosa había muerto…
-Tío… tío dime que no es cierto… debe haber un error, mi gatita… mi gatita no pudo haber muerto. – dijo Archie tomando a Albert de las solapas de su saco.
-Archie… -por primera vez Albert había derramado lágrimas frente a otros, no sabía que decir, pues él estaba igual que los otros.
-Debe haber un error… - murmuró Terry. – no… Candy… NO! –gritó cayendo de rodillas, los hombros caídos, derrotado… así se sentía, derrotado.
-Candy… tú también gatita… me dejaron todos... – Archie lloraba por su hermano, su primo y ahora su gatita.
-No, no lo acepto. Debe haber un error y si se equivocaron? – dijo Terry con determinación, se negaba a aceptarlo, no, hasta ver su cuerpo.
-Terry… no creo que...
-Vamos Albert, acaso no pueden equivocarse!- dijo alterado.
-Yo también lo creo, tío, siento que Candy está bien.
-Averiguaré si hubo un error, llamaré al doctor Finochietto.
-Y yo a mi padre, que averigüe que pasó.
-Terry, podrían entregarle el cuerpo… él podría identificarlo.
-Sí, pensé lo mismo, se lo pediré.
Los tres jóvenes se dispusieron a realizar las llamadas; no teniendo los resultados que hubieron deseado, así que Terry intentó hacer algo más, se había dirigido a las oficinas de reclutamiento, estaba decidido a encontrarla, no importaba si moría en el intento, algo le decía que había un error; pero al llegar y hablar con el sargento encargado de reclutar soldados, se llevó la sorpresa de que él no podría ser aceptado nunca, el duque se había encargado de mandar su nombre a todas las oficinas de reclutamiento para impedir que su hijo cometa una tontería, ser pariente directo de la reina lo ayudó a mantener a salvo a Terry. El castaño furioso intentó de todas las maneras con su propósito de ir a Europa; pero el ser un actor reconocido lo delataba si intentaba usar una identidad falsa, pues lo habían descubierto cunado lo intentó; se fue a Nueva York, y ahí fue Eleonor quien se lo impidió, el duque se había comunicado también con ella.
-Terry, hijo… no cometas una tontería a Candy no le hubiera gustado que…
-Y acaso ella pensó en si nos gustaría o no que se vaya a Europa! – gritó furioso. – no, ella no pensó en nada de esto… ella… no… - Eleonor podía ver el dolor de su hijo, así que sin pensarlo lo abrazó con fuerza. – por qué mamá… por qué arriesgó su vida…?- dijo apenas con un hilo de voz.
-Ella era noble cariño, tú mismo me dijiste que esa era su naturaleza. – dijo acariciando la cabeza de su hijo. – no creo que su intensión haya sido lastimarlos…
-Pero lo hizo… - se soltó del abrazo de su madre.
-Terry…
-No quiero que interfieras Eleonor. – dijo con una seriedad que dejó muda a la rubia. – voy a encontrarla, no creo que esté muerta. – se dio vuelta y salió de la casa de su madre.
Tenía que volver a intentarlo, iría una vez más a Chicago para saber que noticias tenía Albert; mas al llegar a la mansión de los Andley su mundo se derrumbaría.
Una semana después de recibir la triste noticia, les fue entregado las pertenencias de Candy; la placa con su nombre y código que la identificaba, el crucifijo de la rubia y una caja, en su interior la foto de Anthony y Stear, y un fajo de cartas amarradas con un listón rojo y entre ellas, sus cartas; todo eso, las pertenencias preciadas de la rubia, fue el detonante para que perdieran la esperanza, eran sus tesoros, sabían que ella nunca las dejaría abandonadas, especialmente el crucifijo que le había dado la hermana María, estaban seguros que nunca se lo habría quitado.
El duque les había informado que fue imposible identificar su cuerpo, pues como estaba cerca de las trincheras no pudieron recuperarlo, pues se llevaban a los muertos a fosas comunes.
Cuando le mostraron la caja con las pertenencias de Candy, Terry, no lo soportó ese mismo día dejó la mansión, sin informar a nadie, dejando a un Albert preocupado; por la mente del castaño pasaba la idea de alcanzarla; sin embargo no era ese tipo de persona, así que desechaba la idea enseguida, quería perderse, ir lejos donde nadie lo conociera, olvidar todo; pero debía hacer algo primero.
Lakewood.
Las pobres mujeres estaban destrozadas, no podían creer que su querida hija ya no estaba, ya no la verían regresar y pasar por esa puerta como tantas veces lo había hecho. Annie, después de haberse enterado de lo que le había pasado a su hermana, fue al hogar y se quedó ahí una semana, sólo en el hogar pudo encontrar consuelo; su madre la señora Britter al verla aún deprimida, tuvo miedo de que enfermara, así que pidió a su esposo mudarse, alejar a su hija de la ciudad donde tenía tantos recuerdos con la que fue su amiga, cosa que el señor Britter aceptó, pues a él también le traía recuerdos de esa niña noble que hubiera querido sea su hija.
Ese día la señorita Pony vio por la ventana a un hombre de pie en frente de la reja. Estaba parado con la cabeza baja y hombros caídos, tenía una postura de derrota y tristeza, durante una semana nadie había sabido del paradero del joven.
-Joven Granchester… es usted? - el joven levantó la mirada, la anciana mujer se enterneció al verlo. Tenía los ojos rojos y ojerosos, la mirada tan triste que era imposible de describir.
-Señorita Pony… yo… perdón por venir… pero..
-Hijo… -dijo abrazándolo, el joven no pudo resistirlo y dejó que el dolor fluyera, ella lo entendería, acaso no era su madre? Ella también quería a Candy como si fuera parte de ella misma, y así fue, la señorita Pony y Terry lloraron todo lo que se habían contenido, ella por los niños, y él porque aún no lo aceptaba, así pasaron los minutos o tal vez horas, ninguno lo sabía fue la hermana María quien les instó a entrar al hogar, pues estaba refrescando y podría afectar a la anciana mujer.
-Lo siento tanto… yo la defraudé… ella sufrió por mi culpa. – dijo tan bajito que sólo la señorita Pony lo escuchó, pues estaba junto a él.
-No digas eso, hijo. Tú la hiciste muy feliz, la ayudaste cuando se sentía perdida, cuando se estaba rindiendo – Terry la vio sin comprender. – cuando el joven Anthony murió, mi niña estaba desecha había perdido toda esa alegría que la caracterizaba, ya no había esa luz ni esa ilusión en sus ojos; pero cuando te conoció se las devolviste, le diste cariño y la ayudaste a superar su dolor, le enseñaste a no rendirse. Aunque tuvieron que separarse ella nunca se rindió, no te olvido ni dejo de quererte; decidió luchar sin olvidarte, como lo sé? – dijo al ver que Terry la cuestionaba con la mirada. – una noche ya muy tarde me dirigía a la cocina por un vaso con agua, seguramente creyó que todos dormíamos; la escuche llorar y llamarte, quise entrar para consolarla; sin embargo no fue necesario, pues ella decía que te amaba y no se arrepentía de haberte conocido, que el tiempo que pasó junto a ti fue el más feliz de su vida, que por ti seguiría con su meta de ayudar a los demás, que siempre estarías en su corazón, hasta que la vida los vuelva a unir, ella esperaría con paciencia, incluso aunque no sea en ésta, ella te esperaría en la otra.
-Pecosa… - murmuró Terry con voz quebrada, volviendo a llorar. – yo… no la merecía.
-No diga eso, acaso cree que Candy le entregaría su amor a alguien que no lo merezca? Usted es un hombre formidable joven Granchester, no ensucie ese recuerdo que tiene con Candy con culpas mal fundamentadas. Nuestra niña podía ver el interior de las personas… y si eligió entregarle su corazón, es porque usted es una gran persona. – dijo la hermana María.
-Ahora entiendo porque Candy amaba este lugar, gyo… no puedo seguir, no sé cómo hacerlo. –dijo bajito.
-Sí usted quiere puede quedarse el tiempo que desee, aquí es bienvenido.
-Se lo agradezco; sin embargo planeo viajar a Francia. – vio la cara de preocupación en las mujeres y agregó. – siento que Candy está viva, algo dentro de mí me grita que ella no murió…
-Joven Granchester, yo quiero pensar lo mismo; pero mi niña no hubiera dejado el medallón que le dio la hermana María… además ella hubiera hecho todo para comunicarse con nosotros…
-Y si algo se lo impide? Y si ella nos necesita? No quiero abandonarla otra vez.
-Esperemos un poco más, no se apresure a tomar una decisión, tal como lo hizo Candy, no cometa el mismo error… piense en sus padres, ellos deben estar preocupados por usted.
Terry aceptó la sugerencia de la señorita Pony, ya que entendió que no debía apresurarse, primero tenía que ver cómo llegar a Europa ya que no había barcos que lleven civiles; entendió que tenían razón de ir como voluntario, había la posibilidad de no ir al mismo lugar y poder buscarla, por eso decidió que iría por sus propios medios.
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Chicago
Albert estaba en su estudio, quería estar solo, se había cansado de hacerse al fuerte; cuando por dentro estaba destrozado, así como lo estuvo cuando perdió a sus padres, a su hermana y a su sobrino; Candy era como su pequeña hermana y también la había perdido; pero no podía derrumbarse, no cuando su sobrino estaba igual de afectado, Terry, su amigo, también estaba sufriendo por haber perdido a la mujer que amaba, y su tía estaba delicada, estaba siendo asistida por una enfermera, pues la mujer estaba mayor y la noticia había afectado su salud.
-Tío…
-Archie… necesitas algo?
-Dorothy me informó que una joven pide hablar con nosotros, por eso vine a buscarte.
-Quién es, dijo su nombre?
-No, sólo dijo que tenía que hablar con nosotros.
-De acuerdo, dónde está?
-Esperando en la sala.
-Vamos. – los jóvenes fueron a la sala de esa enorme casa, para encontrarse con la joven que los buscaba.
-Buenas tardes. – saludo Albert seguido de Archie para llamar la atención de la joven.
-Oh! Buenas tardes, ustedes son el señor Albert Andley y Archivald Cornwell? – que lo llamara de esa manera lo intrigó, pues muy pocos y sólo en su familia lo llamaban Albert, para la sociedad, él era William.
-Sí somos nosotros, usted es…
-Oh lo siento. – se disculpó por su falta. – Kate Aston, yo tengo algo para ustedes, de parte de Candy.
Con lo informado los jóvenes se quedaron en shock, el más joven por momento sintió esperanza, tal vez su gatita estaba bien y pedía su ayuda para volver, que todo había sido un error, incluso el rubio lo había pensado por un segundo, hasta la joven volvió a hablar, eliminando toda esperanza.
-Cuando Candy partió a las trincheras sabía que había riesgo de no volver, antes de partir me pidió que… si algo le pasaba enviara… estas cartas –dijo mostrando los sobres - perdón por el retraso; pero como está Europa ahora mismo tuve miedo que se perdieran, así que creí mejor traerlas yo misma, me dijeron que después de volver de las trincheras podría regresar a América. – entonces extendió dos sobres para que los jóvenes los tomaran. – aquí tienen, estás son para ustedes. – Albert las tomó con manos temblorosas al igual que Archie, pues sabían que después de esto sería una realidad que nunca más verían a Candy.
-Usted vio su cuerpo? – no pudo evitar preguntar el rubio.
-Lo siento, al campamento llegó el informe que el equipo médico fue atacado, y trajeron los medallones, pues los cuerpos son llevados a una fosa común… lo siento tanto.
Archie al escuchar eso cayó de rodillas, seguramente su hermano terminó en ese mismo lugar, ni siquiera tendrían sus cuerpos para darles una ceremonia en presencia de sus seres queridos.
-Gracias…
-Disculpe, pero podría indicarme donde queda Lakewood? Tengo algo para sus madres.
-Ahora es muy tarde para que vaya, si espera hasta mañana la llevaremos nosotros.
-Oh, no quisiera molestarlos.
-No será molestia, teníamos programado partir mañana a Lakewood. – habló Archie.
-Si no los molesto, acepto su oferta. A qué hora debo venir mañana?
-Señorita Aston, si no tiene dónde quedarse, permítame hospedarla aquí.
-No quiero molestarlos con mi presencia.
-No lo hará. – la joven vio que deseaban leer las cartas que les había entregado, pero su caballerosidad era tal que lo posponían. – bueno, yo puedo ir a un hotel aquí cerca.
-Nada de eso. Por favor insisto.
-De acuerdo. Muchas gracias. – después de instalar a la joven, Albert se fue a su despacho a leer la carta.
Albert.
Mi querido Albert, sé muy bien qué me pediste que no te volviera a escribir... – eso desconcertó al joven, pero continuó con la lectura. - pero aun así lo hago, sólo quiero que me perdonen por lo que les hice, ahora mismo partiré a las trincheras, cerca del campo de batalla. Albert… tengo miedo de no volver, quiero estar con ustedes y pedirles perdón de frente, pero sé que hay la posibilidad de no hacerlo, es por eso que lo hago por este medio… - Albert lloraba al leer cada línea – quiero que sepas que siempre fuiste un apoyo para mí, tú me diste fuerzas cuando lo necesitaba, fuiste el mejor amigo y hermano que pude haber pedido, siempre los tengo presente en mi corazón y aunque crean que no los quise, ustedes fueron mi familia, la única que tuve y fue gracias a ti… gracias por estar siempre a mi lado y darme tu apoyo.
Te quiero mucho… mucho. Candy, tu pequeña.
Albert se había quedado casi toda la noche en su estudio, llorando por las palabras de Candy, esa era la despedida que la rubia le había dedicado antes de partir a su muerte.
En otra sección de la enorme mansión un joven castaño también lloraba por lo que la misma rubia le había escrito.
Archie había ido a la parte sur del jardín, sabía que nadie lo vería ahí, y mucho menos a esa hora, sin más abrió la carta que su gatita le había escrito.
Archie.
Mi querido paladín discúlpame por no respetar tu petición de no volver a saber de mí…, - al igual que Albert estaba desconcertado por lo que leyó, sin embargo continuó – no puedo evitarlo, como lo dijiste creo que soy muy egoísta, pero quiero que sepas que nunca quise lastimarlos, sólo pensé en mí y no en el dolor que les causaba. Al estar aquí comprendí que hice mal al dejarlos, a veces pienso que nuestro querido Stear también se arrepintió de no despedirse de nosotros… mi querido gatito, tú fuiste más que mi primo, fuiste un gran amigo, que a pesar de no estar de acuerdo con las cosas que hacia me apoyabas… perdóname si te cause dolor, tú siempre fuiste importante para mí, y aunque ya no esté con ustedes, nunca dejaré de amarlos.
Candy, tu gatita.
Archie no sintió el frio de la madrugada, abrazaba la carta con fuerza como si fuera Candy a quien tuviera entre sus brazos.
-Adiós gatita… adiós…- murmuró bajito mientras lágrimas caían por su rostro.
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Terry aceptó quedarse en el hogar de Pony, sólo había pasado un par de semanas ahí y eso le ayudó a entender la manera de como actuaron su padre y Candy; aunque al inicio se molestó con su padre por interferir en su decisión de ir a Europa, al final lo entendió; ver el sacrificio de aquellas dos mujeres para proteger y cuidar a los niños le ayudó a entender a Candy, tal como aquellas nobles mujeres ella anteponía las necesidades y sentimientos de los demás antes que los de ella misma.
Le gustaba ese lugar, se sentía como en casa, ayudaba en todas las reparaciones que el hogar necesitaba; jugaba con los niños, los ayudaba con sus deberes; era como el hermano mayor, en su interior se prometió protegerlos mientras permanecía con ellos, pues planeaba partir a Francia pronto.
Cuando estaba reparando el tejado, vio que el auto de los Andley se acercaba, seguro era Albert, quien iba de visita, así que se dispuso a bajar para ir a saludarlo, al llegar vio descender del coche a Archie, que aunque no eran buenos amigos, ya se soportaban, luego vio a su querido amigo y detrás de él una joven castaña.
-Terry! Cómo estás? – Albert lo saludó con un abrazo.
-Bien, a que debemos tu visita?- cuestionó mientras correspondía a su abrazo.
-Vinimos a visitar a la señorita Pony, cómo estás Granchester?
-Cómo estás Cornwell? pasen, la señorita Pony se pondrá feliz de volver a verlos.
-Antes déjame presentarte a la señorita Aston.
-Mucho gusto, Terruce Granchester. – dijo tomando la mano de la joven y besar su dorso.
-Mucho gusto, Kate Aston. – se presentó tímidamente la joven, había quedado muda al ver lo apuesto que era el joven Granchester.
Después de las presentaciones y omitiendo en ese momento el motivo de su visita, pasaron a saludar a la señorita Pony y hermana María. Cuando Kate les entregó una caja y unas cartas de parte de la rubia, Terry se sintió excluido de los sentimientos de su pecosa. Después de hablar por un momento con las mujeres Albert y compañía dejaron la casa hogar, prometiendo visitarlas pronto.
-Cuídate Terry, nos veremos pronto.
-Tú también cuídate.
Albert se sentía mal por Terry, se dio cuenta de su dolor al ver que Candy les había dejado una carta a sus madres y también a ellos, pues sin saber que lo lastimaba Kate lo había mencionado.
Al ingresar a la casa la señorita Pony estaba llorando en su despacho acompañada de la hermana María, seguro por las cartas de su pecosa, se dijo a sí mismo, así que pretendía pasar a su habitación desapercibido, no quería molestarlas; sin embargo la señorita pony lo llamó.
-Terry…
-Si señorita pony?
-Podrías venir un momento hijo? – el joven no contestó, sin decir palabra se encaminó donde lo requerían. – mi niña, ella… - no podía seguir pues lloraba por lo que fue la despedida de Candy.
-Tranquilícese señorita Pony, Candy no hubiera querido que se ponga así por lo que escribió.
-Gracias hijo… sé que te dolió el no haber recibido una carta de nuestra Candy.
-No se preocupe, entiendo que no lo haya hecho…
-No… ella siempre pensó en ti… - Terry la miró con dulzura, esas mujeres eran como Candy sin duda alguna, querían hacerlo sentir bien. – toma… ella te tenía presente… siempre. – le entregó un empastado grueso, al verlo Terry se dio cuenta que era un diario, con un nudo en la garganta miró a la mujer mayor – ve, sé que quieres saber que dice.
-Gracias. - Terry se puso de pie y se dirigió a la puerta, salió del hogar con dirección a la colina su lugar favorito, pues ahí sentía la esencia de Candy. Al llegar se sentó al pie del gran árbol y abrió el diario, lo primero que leyó le sacó unas lágrimas que se deslizaron por su bello rostro.
"Nuestro diario Candy y Terry" – Pecosa… - abrazó el diario, pues esa frase decía tanto que lo llenó de emoción. Abrió algunas páginas y mientras leía lloraba al sentir el miedo que de seguro sintió su pecosa.
"Mi mocoso malcriado… esta es la única manera que encontré para olvidarme de esta guerra absurda, hablar contigo a través de estas letras, siento que me escuchas y a veces me respondes… mi querido Terry… me arrepiento tanto de no haberte dicho lo que sentía por ti, tú lo haces?... tú debiste hacerlo primero, ya sabes, yo soy la dama, y es el caballero quien debe hacerlo primero…" –sí amor es algo de lo que me arrepiento, te amo Candy, sé que aún no es tarde amor, tú me escuchas cierto? – dijo con un nudo en la garganta, luego volvió a leer que más había escrito la rubia "…Cómo estás Terry? Espero que estés bien… que al fin seas feliz… yo estoy luchando para seguir adelante, sólo tu recuerdo me da fuerzas… seguiré luchando para regresar a casa con… quiero ver que eres feliz."
Terry siguió leyendo el diario, mientras lo hacía lloraba al sentir el miedo e impotencia que había sentido su Pecosa al no poder hacer nada por sus pacientes o ver lo horrible que era la guerra.
"Este lugar es horrible, Terry… me alegra saber que tú estás a salvo lejos de todo esto… nunca vengas aquí Terry, tú eres un artista…" Terry se sintió mal, pues estaba a punto de ir y si no hubiera sido por su amigo, por la señorita Pony y por su padre lo hubiera hecho; sin embargo aún estaba en sus planes ir a buscarla.
Se quedó ahí bajo el gran árbol hasta altas horas de la madrugada, al día siguiente se despertó con un dolor en el corazón al saber que su amada pecosa había sufrido; pero también con un sentimiento aún más fuerte de sentirse amado, pues cuando Candy les había dedicado unas cuantas líneas a los otros a él le había dejado todo un diario contándole sus miedos, su dolor y dedicándoles palabras de amor… cuanto hubiera querido volver en el tiempo y evitar que Candy dejara el hospital aquella noche de nieve en Nueva York; lastimosamente eso era imposible, así que como le pedía su pecosa seguiría adelante hasta volver a encontrarse con ella.
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Hola! Qué les pareció el nuevo capítulo?
Sigan con todas las medidas de bioseguridad, espero que estén bien al igual que todos sus seres queridos. Se cuidan mucho. 🌻
