CAPITULO 21

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Lakewood

Habían pasado varias semanas desde que la pareja llegó al hogar de Poni, la rubia estaba feliz de estar cerca de su familia. Durante todos esos años que pasó en Europa, los había extrañado mucho, ahora el estar ahí con Terry a su lado era la felicidad máxima.

Un nuevo día llegó, y Terry como siempre lo hacía, se levantó primero, se dirigió a la cocina y vio que la señorita Poni y la hermana María, ya habían iniciado con sus actividades matutinas.

-Buenos días. –saludó al entrar a la pequeña cocina.

-Terry, buenos días hijo.

-Necesitan ayuda?

-No te preocupes, hijo, ya terminamos.

-Candy sigue durmiendo?

-Sí, ya la conocen. – dijo con una sonrisa. - Creo que nada haría que Candy despierte antes de las nueve.

-Siempre fue así, recuerdo que Annie, era la única que podía conseguir que despertara. –dijo la hermana María con una sonrisa al recordar la infancia de Candy y Annie.

-Ya que mencionan a Annie, saben algo de ella?

-Oh Terry, el señor Albert pudo averiguar algo – dijo la señorita Poni bajando la mirada - ella dejó Florida con su madre.

-Con su madre… qué pasó con su padre?

-El señor Britter murió a causa de la influenza, - dijo con tristeza - nuestra Annie y su madre se quedaron sin dinero, lo último que saben es que dejaron Florida.

-Lamento lo que le pasó al señor Britter, Candy se pondrá muy triste cuando lo sepa, ha estado preguntando por Annie todo este tiempo.

-El señor Albert nos dijo que averiguaría donde está para poder ayudarlas.

-Hablaré con Albert y ver en que puedo ayudar. Por ahora mantengámoslo en secreto, hasta estar seguros de donde está.

-Tienes razón hijo, no preocupemos a Candy con esto, no por ahora.

El clima era perfecto para disfrutarlo en la colina; sentados bajo el gran árbol, ahí estaba la pareja, sentados bajo la sombra que éste les proporcionaba, ella apoyando la espalda en el pecho de su esposo, disfrutaban de la suave y refrescante brisa de verano.

-Terry?

-Dime amor.

-He estado pensando en lo que hablamos la noche que llegamos al hogar.

-Qué soy atractivo? – dijo besando su cabeza. – Yo también me sorprendo de eso; pero que puedo hacer amor?

-Terry! – dijo riendo mientras golpeaba el brazo que la rodeaba – es en serio.

-De acuerdo, pero hablamos de muchas cosas, sé más específica.

-De… que algún día tendríamos hijos.

-Quieres que tengamos hijos de una vez?

-Tú quieres?

-Lo he pensado, siempre soñé con que seas tú quien lleve en su vientre a mis hijos. Así que, si tú estás lista yo lo estoy.

-En serio? – dijo dándose la vuelta para quedar frente al castaño, quien tomó su rostro entre sus manos y acariciando sus mejillas con sus pulgares le respondió.

-Si por mí hubiera sido, nos hubiéramos casado cuando fuiste a Nueva York aquella vez, y ya estaríamos con cinco niños corriendo a nuestro alrededor.

Candy sonrió al escuchar la declaración de Terry, lo amaba tanto, para ella Terry era el mejor hombre del mundo y se sentía afortunada al ser amada por él.

-Cinco? Creo que no podríamos con tantos – dijo riendo – yo era muy traviesa y supongo que tú también lo eras, así que, nuestros hijos heredaran eso.

-Creo que sí. – dijo besando su frente. – pero dime, ya quieres que tengamos hijos?

-Sí, quiero que tengamos hijos, uno que se parezca a ti.

-Pues yo quiero una monita pecosa, traviesa y rubia, una igualita a su madre. –beso a Candy en los labios con tanto amor y ternura.

-Entonces… estamos listos? Tendremos hijos? – dijo sonriendo emocionada con la idea.

-Sí señora Granchester, así que, será mejor que empecemos a crearlos. – dijo llevando sus labios directo a su cuello, pues sabía que esa zona era la más sensible de la rubia.

-Te-Terry – murmuró con un pequeño gemido. – no aquí, podrían…

-Lo sé amor, lo sé… pero ya quiero que hagamos crecer nuestra familia. – dijo besando su naricita mientras trataba de tranquilizarse, tenía que apagar la pasión que crecía en él cada vez que tenía a Candy entre sus brazos.

Comenzaron a hablar sobre su futuro, estaban emocionados ideando donde vivirían y como criarían a sus hijos, realmente estaban planeando todo los pasos que seguirían desde ese momento.

-Terry… yo quiero operarme.

-En serio?

-Cuando pienso en nuestros hijos, también pienso en cuidarlos yo misma, quiero cuidar también de ti, como tú me cuidas, quiero cuidar nuestro hogar.

-Amor sabes que yo te apoyaré en todo lo que decidas, si quieres mañana mismo consultamos con el médico en la ciudad.

-Gracias amor, gracias por apoyarme.

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Chicago

El rubio acababa de colgar el teléfono de su estudio, la llamada que recibió lo alegró y preocupó a la vez; al fin habían tenido resultados sobre la investigación que su fiel asistente George realizaba desde hacía seis meses.

-Tío, te encuentras bien? Te ves preocupado. – cuestionó el joven al ingresar al estudio y ver a su tío con rostro preocupado.

-Estoy bien Archie, acabo de recibir una llamada de George.

-Y qué te dijo? Averiguó algo?

-Sí, al parecer varios accionistas europeos están moviendo su capital. Si no actuamos ahora las arcas de los bancos de Escocia y Londres se verán afectadas.

-No puede ser, el padre de Terry tenía razón? Se avecina una crisis económica?

-Al parecer sí. Los estragos de la guerra ya se están sintiendo en la economía europea, especialmente en los involucrados en la guerra.

-Qué haremos tío?

-Actuaremos enseguida, tenemos que mover algunas cuentas si no queremos sufrir pérdidas fuertes más adelante.

-Entonces, supongo que partiré a Nueva York de inmediato.

-Exacto, encárgate de revisar todos los libros, y ver que cuentas debemos mover. Ya tenemos gente trabajando en Escocia; George se encargará de los bancos de Londres.

-Bien, iré en seguida a hacer mi maleta. – dijo girándose para salir.

-Archie espera… hay algo más.

-Qué pasa?

-Ya sabemos dónde está Annie y su madre.

-Dónde está tío, están bien? – por unos segundos Albert se quedó observando fijamente a su sobrino, tratando de descifrar la mirada de preocupación del joven.

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Hace una semana que Terry y Candy estaban en la ciudad de Chicago. Como lo había prometido Terry, al día siguiente de su charla en la colina, tomaron el tren a la ciudad para buscar un especialista y tratar el caso de su esposa; por petición de la rubia, no le dijeron a nadie el motivo de su viaje, no quería que se hagan ilusiones si no salía bien en los resultados.

Candy estaba echada en la cama del hotel, Terry acariciaba su espalda, dándole consuelo, el médico que la revisó había roto con cualquier ilusión que la rubia tuviera para recuperar la vista.

-Buscaremos otro doctor, no te desanimes amor. – dijo con ternura.

-Todos dirán lo mismo, Terry. – dijo tan bajito con la voz apagada que le rompió el corazón a su esposo.

-Pecosa, no es el único doctor de Chicago y si todos nos dicen lo mismo – dijo acariciando su cabello – entonces iremos a Nueva York o a donde sea, buscaré al médico que pueda devolverte la vista; pero amor, no te pongas triste.

-No, ya visitamos a tres doctores y todos nos dijeron lo mismo. – dijo con la voz más triste que Terry le había escuchado.

-Escucha cariño, no vamos a rendirnos ahora, tú misma lo dijiste tenemos que ser fuertes, sé que en algún lugar hay un doctor que nos dará buenas noticias, dijimos que lo intentaríamos, todo saldrá bien.

-Y sí no lo hay, Terry… no podría cuidar a nuestros hijos.

-Incluso si no hay una posibilidad de que recobres la vista; sabes que siempre me tendrás a tu lado, y si tengo que describirte todo lo que te rodea con exactitud, lo haré… pecosa… no sabes cuánto quisiera darte mis ojos, porque sé que tú los usarías mejor que yo, amor.

-Te amo tanto Terry, seré fuerte y no tienes que darme tus ojos, porque sé que tu harías un buen trabajo describiendo las cosas para mí, como si las estuviera viendo.

Durante dos semanas la pareja visitó varios especialistas, pero ninguno le daba buenas noticias la mayoría tenía el mismo pronóstico para el caso de la rubia.

-Pecosa…

-Si? – Terry pudo notar la voz apagada y carente de alegría de la rubia.

-Qué te parece si visitamos a Albert?

-Debe estar trabajando, no quisiera molestarlo.

-Mi amor, no te desanimes, no quiero verte de esa manera. – le dijo con todo el cariño del mundo mientras la abrazaba. – sé que es difícil para ti escuchar todo lo que los doctores nos dicen; pero amor, mañana nos iremos a Nueva York y allí encontraremos un buen doctor que nos dé una mejor opinión.

-Ya no es necesario. Sabes Terry? El día que nos encontramos, pedí a Dios, internamente, volver a tenerte cerca de mí, no importaba si era como amigo, si lo hacía ya no le pediría nada más… me dio algo mejor; estás junto a mí, unió mi vida a la tuya, ya no me importa si no vuelvo a ver jamás, si soy feliz contigo.

Terry tomó los labios de su esposa después de oír tan linda declaración, se prometió buscar la manera de ayudar a que Candy sea completamente feliz sin tener que lastimarla nuevamente, no quería que sus ilusiones se rompieran, así que no la obligaría a visitar más hospitales ni consultar más doctores.

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-Candy, Terry, qué sorpresa verlos por aquí.

-Queríamos ver a la familia. – dijo el castaño saludando a su amigo.

-Y tú pequeña, acaso no querías ver a tu familia? – dijo al notar algo callada a Candy.

-Claro que sí, Albert. – dijo mientras recibía el abrazo de su protector, Albert pudo sentir que su pequeña no era la misma.

-Albert, se encuentra mi padre?

-Sí, está en el despacho.

-Iré a saludarlo. – confiaba en que Albert podría a animar a su pecosa, Candy se esforzaba por estar animada, pero sabía que aún se sentía triste y que trataba de ocultarlo.

El rubio pudo notar que algo pasaba con la pareja, y que Candy lo necesitaba, por eso Terry los dejó solos, antes salir le dirigió una mirada significativa al rubio, tal vez era algo que su amigo no podía resolver y estaba confiando en él para ayudarlos.

-Y dime pequeña, cómo estás? – dijo dirigiéndola a una de las terrazas de la casa.

-Estoy bien. – no había ánimo en su voz, y el rubio lo notó. –cómo estás tú?

-Mal, algo triste.

-Por qué? Sucedió algo? – cuestionó preocupada.

-Verás, creo que mi hija, pero sobre todo amiga, ya no confía en mí. Sé que algo le pasa, porque la conozco muy bien, el problema es que creo que ella ya no me considera su amigo y confidente.

-Albert… no es eso.

-Entonces, qué es pequeña? Tienes problemas con Terry?

-No! Claro que no. Terry es magnífico, nunca tendría problemas con él. Pero yo… - se quedó callada y un par de lágrimas escaparon de sus ojos.

-Qué pasa… confía en mí.

-Siento… que soy una carga para Terry… - dijo llorando al salir lo que la apesadumbraba.

-Cuéntame, por qué piensas eso?

-Queremos tener hijos, pero yo no podré cuidarlos, y ya es mucho con que Terry cuide de mí, aunque me da libertad para moverme en mi estado, sé que siempre está atento a lo que hago, porque temé que pase algo, puedo sentirlo. – el rubio la dejo hablar, sabía que debía desahogarse. – yo quise, no, quiero volver a ver, por eso estamos aquí.

-Buscaron la opinión de un medico?

-Más de uno, y todos nos dicen lo mismo. Que… que no hay nada que se pueda hacer. – dijo tristemente. – Terry me alienta a seguir buscando ayuda, no quiere que me rinda; pero cada vez escucho que… me quedaré así para siempre…, me duele, el saber que nunca veré la cara de mis hijos, aunque quiero ser fuerte… esto me sobre pasa. Imagino a Terry con mucho trabajo, cuidando de mí y nuestros hijos, y no es justo para él…

-Hablaste de esto con Terry?

-Él dice que me apoya, y que hará todo lo que yo no pueda… pero no es justo darle más trabajo…

-Podrían buscar ayuda, una nana.

-Creo que sí. – bajo la cabeza.

-Candy, Terry te ama, y estoy seguro que lo que haga por ti lo hace con mucho amor. Durante el tiempo que estuviste en Europa, vi lo destrozado que estaba, creí que volvería a hundirse en el alcohol, incluso temí que cometiera una tontería, sólo para alcanzarte.

-Qué!? – dijo asustada con la idea.

-Si no hubiera sido porque la señorita Poni y la hermana María estaban solas, Terry ahora no estaría aquí…

-No digas eso, me hubiera muerto si algo malo le pasaba a Terry. Yo haría lo que sea por él, quiero hacerlo feliz.

-Es lo que él siente, Candy, cuando amas a alguien y quieres estar con esa personas lo das todo, no importa lo demás… he visto a Terry feliz, tiene un brillo que sólo lo vi cuando me visitaba en el zoológico de Londres, cuando era ese adolescente enamorado.

-Creo que hay mucho que debo aprender… quiero ser fuerte, no sólo por mí, sino por Terry, al menos quiero ayudarlo de ese lado.

-Ya eres fuerte pequeña, otra persona en tu lugar ya se hubiera derrumbado. Tú buscas salir adelante sin derribar a quien te acompaña.

-Gracias Albert, gracias por escucharme.

-De nada pequeña. – dijo abrazándola – Bien, ahora dime, así que quieren volverme abuelo? – dijo al verla más animada, sonrió al ver la cara roja de la rubia.

-Qué te parece la idea, tío abuelo William?

-Que es maravillosa, la tía abuela se pondrá feliz, ya quiere niños corriendo por la casa.

-Supongo que ha estado insinuándote que ya deberías casarte.

-Insinuando? Me está buscando esposa.

-Ya debe tener algunas candidatas.

-Me presentó a algunas señoritas de la alta sociedad de Chicago. Pero ninguna llama mi atención.

-Seguramente, aun no encuentras a la mujer aventurera que te siga en tus viajes.

-Vaya que me conoces bien pequeña!

Albert y Candy se quedaron hablando durante un par de horas, Candy ya se sentía mejor, el haber liberado su pecho con todo lo que le angustiaba la hizo sentir bien; el no poder hablarlo con Terry para no preocuparlo, hizo que se guardara todo ese dolor; pero ahora pesaría en su futuro cuando esté cerca y siguiendo el consejo de su amigo, compartiría sus inquietudes con su esposo.

-Mejor?

-Teniéndote a mi lado, como no estarlo. – dijo apoyando la cabeza en el hombro de su esposo, mientras se dirigían al hotel.

-Sabías que tu tía me regañó?

-En serio? Eso quiere decir que te ve como su nieto.

-Y fue eso justamente lo que me dijo, primero que dejara de hablarle de usted y que ahora debía llamarla "tía abuela", y también por habernos quedado en un hotel en lugar de quedarnos con ellos.

-Creo que le agradas mucho.

-A quién no? – dijo arrogantemente.

-Sí, una vez que te conocen, porque a la primera sólo quieren golpearte. – dijo riendo.

-Así que tú querías golpearme cuando nos conocimos.

-Cariño, me molestaste y te burlaste de mis pecas, que querías? Quería lanzarme sobre ti y…

-Vaya pecosa, que atrevida! ya pensabas avanzar a ese nivel? –dijo juguetón.

-No! – gritó sonrojada. – quería lanzarme sobre ti, pero para golpearte y hacer que te retractaras de lo que dijiste.

-Ahora puedes hacerlo. –dijo cerca de su oído.

-Hacer qué?

-Lanzarte sobre mí.

Esa noche Candy le demostró a Terry que todo estaba bien con ella, ya no se sentía triste ni insegura; lo amó tanto como él la amaba en cada toque y caricia; le mostró una faceta más apasionada y agradecida que volvió loco al castaño.

Por petición de Albert pospusieron su viaje a Nueva York, se quedarían dos días más para pasar tiempo con la familia de Candy y los padres de Terry, quienes seguían en Chicago.

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Nos acercamos al final, ya falta muy poco.

Se cuidan.