Disclaimer: Los personajes no son míos, si lo fueran, estaría vivos.

ADVERTENCIAS: spoilers sin contexto jaja (o con contexto? idk). Lenguaje vulgar jaja

Disfruten.


Sexualidad era algo en lo que evitaba pensar porque, sinceramente, no era algo que le quitara el sueño. Suponía que, eventualmente, la respuesta llegaría a él. O no. Ya que.

La televisión lo hacía ver como que era todo un tema, complicado, y que si, por alguna razón, no entraba en los cánones de la sociedad, terminaría mal, pero Jean tenía confianza.

Evitaba pensar, pero eso no evitaba que actuara. Salía con las chicas que quería, no le costaba invitarlas a salir, además de que era algo mutuo. No invitaba a chicas que no conociera, ni fuera de su liga. Era casual. Hay una película en el cine, bla, bla, bla, ese tipo de cosas comunes. Si lo rechazaban, dejaba ir el tema. Cuidaba su orgullo ante todo, jamás estaría persiguiendo una chica, ni nada por el estilo.

El rechazo no le quitaba el sueño.

No se lo quitaba la mayoría de las veces. Ahí era donde entraba el tema de la sexualidad, y, si Jean era sincero, tenía uno poco de curiosidad de saber cómo sería salir con un chico, aunque no toleraba bien el pensamiento de ser rechazado por uno. ¿Tenía sentido? Claro que no.

Se preguntaba si algún día tendría oportunidad de salir con uno de forma casual, como, el tipo de salida que te dabas cuenta de que es una cita cuando el otro dice algo específico, así Jean podría decir "oh, ¿es una cita? Qué cosas, ja, ja".

Y su oportunidad, que si bien no lo era, llegó de la mano de una fiesta. Huh, un poco estereotípico.

Era una fiesta de fin de año. No, bueno, ¿de principio de año? Porque era dos de enero. Gracioso, porque la idea había sido festejar antes de que terminara diciembre, pero, bla, bla, bla. No se molestó en leer los mensajes del grupo.

Llegó ese sábado un poco tarde, porque siempre que llegaba temprano lo mandaban a comprar lo que faltaba, dado que era el único que sabía conducir, a parte de Eren. No iba a hacer mandados, iba para estar con sus amigos y beber alcohol. Más beber, que estar con ellos, pero bueno.

Eran pasadas las once y hacía calor. Esperaba que Eren hubiera hecho algo con los mosquitos, porque planeaba sentarse en el patio trasero, escondido del quilombo.

Entró en la casa y lo primero que lo recibió fueron caras desconocidas, pasadas de alcohol. Estaba bastante seguro que la fiesta había comenzado hacía una hora, tal vez habían hecho competencia de quién tomaba más rápido.

Se acercó a la cocina, donde se encontró con el anfitrión.

¡Tú! —Jean miró hacia atrás, y después se volvió a Eren, señalándose con un dedo—, claro que sí, idiota.

—Vete a la mierda —devolvió, tomando un vaso limpio y sirviéndose de lo que había en la mesada.

—Tenías que traer hielo, y llegas tarde —refunfuñó, cargando cubeteras y metiéndolas en el congelador.

Jean se cruzó de brazos y lo observó darse vuelta brusco y chocarse con la isla de la cocina, tirando la cubetera.

—¡Puta madre!

—Primero, ¿ya estás ebrio? ¿Qué diría Mikasa? —se burló—. Y segundo, Connie pasó por mi casa y se llevó el hielo, así que, no me jodas.

—Mikasa no diría nada —refunfuñó Eren, regresando al fregadero a recargar la cubetera—. Connie trajo el hielo derretido.

—No es mi problema —se dio la vuelta, saliendo de la cocina. Pasó de largo de toda la fiesta y salió al patio trasero. Se sentó en una de las sillas de jardín, reclinable, y no tardó mucho en arrepentirse, porque era tan cómoda, pero había tantos mosquitos. Estaba por irse, cuando abrieron la puerta.

—Oh, no sabía que habías llegado —dijo Armin, cerrando la puerta tras de sí. En una mano tenía un vaso y en la otra repelente. Se puso y le pasó a Jean.

—No sabía que vendrías —devolvió él, poniéndose el repelente en los brazos y el rostro.

—Eren no me dejaba en paz, y como Mikasa todavía no volvió… —se encogió de hombros—, me dio un poco de pena.

Jean rio—, este Eren… siempre dando pena —Armin rio también. Terminó de acomodarse en la silla junto a Jean y dio un trago de su bebida—. ¿Qué estás tomando?

—Vodka y jugo de… —bebió un poco y lo saboreó, pero frunció el ceño—, de algún sabor que no logro reconocer. ¿Tú?

Armin suspiró y sonrió apenas, anticipándose.

—Cerveza.

—Puta. Madre —respondió con fingida emoción—, ¡nuestro pequeño Armin está creciendo! Mierda, tengo que ponerlo en el grupo.

Sacó su celular, fingiendo que iba a sacar una foto, mientras Armin reía.

—Malditos ebrios exagerados —murmuró y sorbió de su vaso—. Debo decir que la cerveza es un gusto adquirido, no algo con lo que se nace, como todos ustedes dicen.

—¿Cómo, nos estás llamando mentirosos?

—Por supuesto.

—Ah– bueno, tal vez doblemos un poco la verdad —concedió, concluyendo con risas. Armin lo acompañó con la risa, y él lo observó mientras daba tragos largos.

Antes de que Jean pudiera agregar algo más, la puerta fue abierta de par en par.

—¿¡Qué mierda hacen los dos, escondidos aquí!? —gritó Eren, probablemente más ebrio.

Ambos saltaron, asustados, y luego giraron a la puerta.

—¿Te caíste de cabeza de chiquito, o ya naciste así? —cuestionó Jean y Armin rio apenas.

Eren entornó los ojos, pero se volvió a Armin—. Iré a comprar más hielo, ¿vigilas que nadie me saqueé?

—Claro —se llevó el vaso a la boca, pero lo bajó veloz, a medio camino de su boca—, espera, ¿vas a conducir?

—Pues–

—Claro que no/¿eres imbécil? —dijeron Armin y Jean al mismo tiempo, y Jean siguió—, deja, voy yo, todavía no tomé casi nada.

—¿Trajiste tu auto?

—Claro que no, dame las llaves —se las arrebató de su mano antes de que pudiera alejarse.

Armin se giró al vaso de Jean, observando que estaba prácticamente vacío. Suspiró y se levantó.

—Espera, te acompaño —caminó detrás de Jean, y Eren al final. Lo miró sobre su hombro—. Llámame si falta algo más.

Salieron de la casa, esquivando a Sasha y Connie, que ya habían comenzado con su karaoke.

Subieron al auto, Armin se aseguró que Jean tuviera el cinturón bien abrochado, y salieron hacia la calle. Prendió la radio, dejándola baja.

—¿Dónde venden hielo a esta hora? —cuestionó Jean, saliendo a la calle principal. Armin se encogió de hombros—, no estás ayudando mucho.

—Oh, no, no vine a ayudar, solo quería pasear —bromeó, sacándole una risita a Jean—. ¿Tal vez en la estación de servicio?

—Tal vez —repitió con voz grave.

Iban despacio y tenían las ventanillas abiertas. Seguía haciendo calor, pero no del insoportable, como era dentro de la casa de Eren.

—¿Qué tal estuvieron tus fiestas? —preguntó Jean, cuando pararon en un semáforo.

—Bien, supongo —Armin se encogió de hombros—, las pasé con mi abuelo.

—¿Ustedes solos? —Él asintió—, ¿por qué no fuiste a la casa de Eren, como, todos los años?

—Es… Fueron sus primeras fiestas en pareja —respondió, refiriéndose a él y Mikasa—, quería darles un poco de espacio, ¿entiendes?

Jean asintió, y él siguió—, es decir, a veces siento que soy parte de su relación.

—Eso es raro —respondió, riendo y arrancando cuando el semáforo cambió.

—Es rarísimo —afirmó—. Es decir, sé que siempre fuimos los tres, y estoy casi seguro que hacen esto a propósito para no dejarme de lado, pero, diablos, un poco de espacio. Creo que ni siquiera tuvieron ninguna cita solos —concluyó, girando a Jean.

—Me estás jodiendo —jadeó él, burlándose apenas.

—¡De verdad! Es– —a Jean se le escapó una risa y Armin entornó los ojos y frunció el ceño—, ¡oye! No te burles mientras te abro mi corazón.

—No me estás abriendo tu corazón, están ventilando tus problemas —devolvió, a lo que Armin hizo un gesto con la mano, desestimándolo.

—Es lo mismo.

Avanzaron en silencio, hasta que Jean paró en otro semáforo.

—¿Qué hay de ti? —preguntó Armin.

Jean lo miró apenas, pensando en si debería volver al tema de su abuelo o no. Probablemente no.

—Bien, ah, cansador. Vinieron mis hermanos con sus hijos, así que había cinco niños corriendo por todos lados, gritando, y toqueteando mis cosas.

—Awww, vinieron a ver a su tío Jeannie —se burló.

—Tio Jeanbo, querrás decir —corrigió y Armin soltó una carcajada—, y no, en realidad, me ignoraron todo el tiempo que estuvieron.

—¿Tan así?

—Ajá —el semáforo cambió y Jean devolvió su vista al frente—, el más grande, Mickey, es el único que me sigue, pero, como, ¿de forma adolescente?

—¿Qué mierda significa eso? —ambos rieron—. Además, ¿no tiene como ocho?

—Doce.

Mierda.

—Y es– es como si, no sé, como sí, ¿pero no? —Armin lo miró como si estuviera hablando tonterías—, como, "soy demasiado cool para estar con los más pequeños" y "ambos somos los más grandes", ¿entiendes?

—No.

—Bueno, ya qué.

Finalmente, encontró una estación de servicio. Se acercó al dispenser de hielo y bajó del auto. Armin lo siguió con mirada, observando cómo Jean inspeccionaba la máquina, sacaba su billetera, y después volvía.

—¿Tienes monedas?

Armin rebuscó en sus bolsillos, sintiendo dos.

—¿Cuánto necesitas?

—Está diez la bolsa, así que… ¿treinta?

—Cuarenta, por las dudas —respondió. Sacó las monedas. Dos de uno—. Ah, creo que Eren tiene escondidas por acá.

Jean se volvió a subir al auto y comenzaron a revolver los compartimientos.

—Encontré veinte —dijo Armin.

—¡Encontré un preservativo! —exclamó Jean y comenzó a reír. Armin enrojeció apenas y también rio—. ¡Tus amigos tienen sexo!

—¡No lo digas! —Jean le tiró el preservativo y siguió buscando monedas—. Mierda, no me hagas pensar en– ¡Ugh!

—Ay, Armin, es un acto natural —usó un tono inocente—, todo el mundo tiene sexo, es una muestra de afecto

—Oh, cierra la boca —Jean rio—, no quiero oír eso de ti.

—¿Disculpa?

—Tú no lo haces como muestra de afecto.

Jean jadeó, ofendido—, ¿¡cómo puedes decir eso!? ¡Yo amo a cada persona que me cojo!

—Amas cojértelas.

—Ah– me atrapaste ahí —le guiñó un ojo, y después volteó, riendo. Contó las monedas en su puño y le estiró la mano al otro para que le diera las que tenía—. Bueno, tenemos treintaicinco, si nadie está mirando, traeré cinco bolsas.

Se bajó del auto otra vez, y Armin lo volvió a seguir con los ojos. Delineó la figura de Jean, envuelta en una camisa de mangas cortas algo ridícula, pero que le quedaba bien, y observó cómo iba poniendo las monedas, pacientemente, una por una.

Sacó su celular; cero mensajes. Se giró al otro, viendo que venía con dos bolsas en los brazos. Se giró y abrió la puerta de atrás, para que las tirara dentro. Repitieron esto una vez más, y ya estaban.

—Ah, la máquina funciona mal con monedas nuevas —rio apenas y después sintió un escalofrío—. ¡Mierda, qué está frío! ¡Mira, mira! —le estiró su brazo a Armin. Él tocó apenas la piel interna del antebrazo, tan tersa y suave, y tan fría.

—Diablos —murmuró, por seguirle el juego.

Salieron de la estación de servicio en silencio. La radio estaba en comerciales y anunció que era medianoche cuando llegaron a un semáforo.

—¿Y qué de ti? —preguntó Jean—, ¿estás saliendo con alguien?

Armin negó.

—¿Tú?

—Nah —bostezó y se pasó una mano por el cabello—, pensaba en, ah, algo de una noche–

—Suenas a doblaje de película —Armin arrugó la nariz.

—¿Cómo se supone que se le dice?

One night stand —sonrió, sabiendo la respuesta de Jean.

—Tú y tus expresiones marlenias, estamos en Eldia, carajo, ¡en Eldia! —exclamó, burlándose de los viejos nacionalistas.

—Ah, suenas justo como mi abuelo senil —bromeó Armin y Jean soltó una carcajada.

—¡Auch! Eso es crudo.

—Volviendo a lo otro —cortó el rubio—, entonces, ¿algo de una noche?

—Esa era la idea, pero reconocí algunas caras de las amigas locas de Sasha —Armin frunció el ceño, sin entender—, del tipo que roban tu tarjeta de crédito mientras duermes.

—¿Qué carajo? Nunca escuché de nadie que le pasara eso.

—Oh —rio apenas, avergonzado, y Armin giró veloz a él.

Necesito escuchar esa historia —dijo, y rio cuando Jean se puso rojo y frunció el ceño—. ¡No puedo creer que te pasó eso!

—¡Solo una vez! —se defendió—, y no te contaré, a menos que prometas que–

—Que no le contaré a Eren, bla, bla, bla, comienza.

—¡A nadie! ¡Ni una palabra!

—¡Sí, ya entendí!

Pararon en un semáforo. Jean suspiró y lo miró, los ojos de Armin brillaban con la expectación y su boca parecía lista para soltar una carcajada.

—No es la gran cosa —se encogió de hombros—, salí con una chica, le invité un café, vio que tenía tarjeta de crédito, ah, cosas pasaron, y cuando desperté en mi casa, ella ya no estaba, ni mi billetera.

—No tienes nada de gracia para contar una historia —dijo Armin.

—Vamos, ¿qué quieres? ¿Que entre en detalles?

—¡Pues, sí!

—Bueno, a ver… —se pasó una mano por la barbilla, pensando. El semáforo cambió, dobló y paró en otro—. Era un día de semana, yo había tenido que ir a la oficina a ver un cliente, por lo que tenía puesto un traje, o una mierda así. Cuando me encontré con ella, en el café– y presta atención —levantó un dedo, mirándolo; Armin tenía una mueca, tratando de aguantar la risa, y asentía—, porque esta fue su primerísima bandera roja, que decidí ignorar.

Arrancó el auto.

—Cuando nos encontramos —siguió—, ella me miró de arriba abajo, y después resopló, como, juzgando mi ropa.

—De seguro tenías puesta la corbata todavía.

—Pues– puede ser, ¡pero, igual! ¿Qué tipo de persona…

—Estás exagerando —habló sobre él, todo el interés perdido.

—¿Qué tipo de persona hace eso? Es totalmente rudo.

—Eso no evitó que durmieras con ella.

Jean resopló una afirmación. Llegaron a la casa de Eren y la historia quedó olvidada.

La fiesta seguía igual, como si no se hubieran ido por veinte minutos. Dejaron el hielo en congelador. Tomaron un par de latas de la mesada y un paquete de papas fritas, y emprendieron camino de regreso al patio trasero. Cuando pasaron por la sala, Sasha estaba sentada en el sofá, entre Christa e Ymir, con cada brazo sobre los hombros de ellas, meciéndolas con ella mientras cantaba. Ymir giró a ellos, haciendo contacto visual con Jean, y movió los labios, ayuda.

—Oh, mira —dijo él, codeando apenas a Armin—, Ymir está sufriendo.

—Ah, amo los finales felices —respondió, pasando de largo.

—¿Qué dices, Armin? ¿Que necesitas ayuda? ¡Ya mismo voy! —exclamó ella, soltándose brusca de Sasha y siguiéndolos hacia afuera—. Malditos traidores.

—Oye, eres libre, ¿o no?

—Claro, de nada —respondió Armin, saliendo primero al patio trasero, encontrándose a Eren en su lugar en la silla, dormido. Sacó su celular y tomó una foto, para enviársela luego a Mikasa.

—Aw, qué ternura —dijo Jean con voz fingida.

—En verdad que sí —asintió Ymir, parándose a su lado—. ¿Quieres hacerle una maldad?

—Mierda, cómo te extrañé, Ymir —devolvió Jean—. Armin, ¿harías los honores?

—Ustedes son crueles —respondió, pero igual sacó su celular para grabar.

Los otros dos se pararon a cada lado de Eren, sujetaron la silla, con cuidado de no despertarlo, y lo llevaron hasta la mini piscina, que no tenía más cincuenta centímetros de profundidad.

—¿Con o sin silla? —susurró Jean.

—Sin —dijeron Armin e Ymir al mismo tiempo, y ella se giró a él—, después dices que nosotros somos crueles.

—Si lo van a hacer, háganlo bien.

—No se diga más.

—¡Esperen! —susurró Armin. Se acercó a ellos, tanteó suavemente el bolsillo de Eren y le quitó su celular—. Prosigan.

Contaron a la vez que lo mecían en la silla, cuando llegaron a tres, lo llevaron hacia adelante con fuerza, tirándolo al agua. Eren no tardó en despertarse, moviendo los brazos, y gritando.

—¡Hijos de puta! ¡Nunca más los voy a invitar! —gritó, entonces vio que Armin grababa todavía. Lo señaló con un dedo, entornando la mirada—, traidor.

—¡Ellos me obligaron! —mintió, sin vergüenza.

—¡Mentira! —exclamó Jean—, fue idea de él e Ymir.

Los tres giraron a Ymir, excepto que ella ya se había escapado.

Eren siguió puteando, mientras entraba a la casa, dejando a Armin y Jean solos, riendo. Armin se sentó en la silla que antes ocupaba Jean, y él llevó la de Eren, dejándola a su lado. Abrieron las latas de cerveza y bebieron en silencio, con ocasionales risitas escapándose de sus bocas.

La noche seguía caliente, había una pequeña brisa tibia que soplaba cada tanto, pero era agradable. Jean esperaba que en cualquier momento, Eren regresara para vengarse, pero después de quince minutos, asumió que, o se había olvidado, o se había entretenido con algo más.

Giró a Armin, junto a él; tenía la lata en su boca y daba tragos largos sin quitar la mirada de su teléfono. Cuando bajó la bebida, Jean pudo apreciar que tenía la nariz y las mejillas rojizas, algo poco común en la tez pálida de él, por lo que seguro que ya estaba un poco ebrio. Se preguntó cómo se vería él mismo, porque ya iba por su segunda lata de cerveza y, si movía la cabeza muy rápido, el patio daba algunas vueltas.

El ruido de la fiesta se había aplacado bastante– por ruido se refería a Sasha y Connie, porque ya no oía sus alaridos-imitación-de-canto. Tal vez se habrían ido a dormir. Tal vez se habrían escondido en alguna habitación para–

—¿Estás bien? —preguntó Armin luego de que a Jean le diera un escalofrío.

—Ah, sí, solo pensaba en cosas horribles.

—Claro —dijo, bostezando. Se estiró y después se puso de costado en la silla, hacia Jean—. Cuéntame algo.

—¿Algo como qué?

—Lo que sea, si no, me dormiré. Y no quiero despertar en la piscina, así que…

Jean se terminó su lata, eructó y abrió el paquete de papas fritas.

—Mi mamá se va a quedar unas semanas con mi hermana —murmuró y Armin asintió—, seguro sea solo una, pero, bueno.

—Si llevas chicas, que no te roben.

—Lo tendré en cuenta —sonrió Jean.

—Eso no te pasaría si me llevaras a mí.

Jean se giró lentamente, con la boca apenas abierta de la impresión. Armin miraba al costado y tenía la nariz fruncida.

—Eso sonó mejor en mi cabeza —dijo y suspiró.

—Armin Arlert, ¿acaso me estás coqueteando? —bromeó Jean, porque no sabía de qué otra forma reaccionar.

—Depende, ¿está funcionando?

—… Puede ser.

—Entonces, no.

Jean jadeó, con una mano en su pecho, y Armin rio—, ¡qué descaro!

—Vamos, ¿herí tus sentimientos? Ni siquiera te gustan los chicos.

—¿Y tú qué sabes? —devolvió, abriendo la lata que quedaba de cerveza. Sentía la mirada de Armin sobre él mientras tomaba, esperando a que agregara algo más.

—Creí que sabía —dijo, cuando el otro no habló. Jean sacó una papa—, dame.

Abrió la boca y Jean le dio una, después, se encogió de hombros.

—No sé, en verdad. ¿Nunca tuve oportunidad? No sé —repitió.

Armin asintió y abrió la boca, donde Jean dejó otra papa. Estaban en silencio. Armin tenía los ojos pequeños por el sueño, y miraba hacia un lugar cercano al otro. Jean, en cambio, miraba el cielo, perdido en sus pensamientos, dándole vueltas una y otra vez a las palabras de Armin y a la pequeña, pequeñísima, posibilidad de que algo pudiera pasar.

Pero, ¿cómo sacaba el tema?

—Está haciendo frío, ¿no crees? —murmuró Armin, mientras se estiraba.

Jean giró a él, sonriendo, y palmeó su pecho.

—Hay lugar para uno más.

Armin se sentó y frunció el ceño, ah, ¿avergonzado?

—Olvídalo, Jean, no voy a ser tu experimentación.

—¿No somos amigos, acaso? —bromeó mientras lo veía desaparecer por la puerta. Suspiró, y tomó lo que quedaba de la lata en dos tragos largos, eructando otra vez. Huh, tal vez por eso lo había rechazado.

Comió un par de papas más, luego cerró la bolsa y la dejó debajo de la silla, para que nadie la pisara, y entró en la casa. El calor húmedo de la sala lo recibió, y no fue tan desagradable. Había pocas personas que se mantenían no pasadas, aunque no veía a ninguno de sus amigos ahí. Tampoco le sorprendía mucho.

Tercer viaje a la cocina, la noche era joven como para no estar ebrio. Allí se encontró a Ymir y Christa, bastante cerca, diciéndose cosas en el oído.

—¿Qué están haciendo? —preguntó Jean, haciendo énfasis al principio para asustarlas. Christa dio un saltito y se disculpó fuera de la cocina, toda roja. Ymir se cruzó de brazos y entornó los ojos hacia Jean.

—Así que, has elegido la muerte —dijo, tomando una botella de vino blanco a su lado.

Jean dio un paso atrás, pero se acercó de vuelta cuando vio que ella bebía de la botella, y no tenía intenciones de desperdiciarla. Él suspiró y se acercó al refrigerador, sintiendo la mirada curiosa de Ymir.

—¿Qué mierda miras? —preguntó, sacando medio sándwich y mordiéndolo.

Ella se encogió de hombros y le pasó la botella, recibiendo a cambio el sándwich—, te ves triste, como, más de lo usual.

—Nunca me veo triste —dijo, frunciendo el ceño, bebiendo del pico.

—Oh, entonces era solo envidia —se burló antes de morder el sándwich.

Jean hizo una mueca y suspiró, después dejó la botella en el medio. Ymir le devolvió el sándwich, y observó que quedaba menos de la mitad.

—No tengo envidia, pero no puedo negar que tengo curiosidad de cómo haces para coquetear tan así.

—Ambos sabemos que no tienes mis mismas habilidades —él rodó los ojos—, pero, ¿no lo haces tú también?

—Bueno, sí, pero me refiero a invitar… chicos —susurró, como si fuera un secreto.

—Puta madre, ¿Jeannie es gay? —preguntó, con sorpresa sincera, deteniendo la botella antes de llegar a sus labios.

—Claro que no, me gustan demasiado los senos —sonrió suave e Ymir lo acompañó.

—Brindo por eso.

—Pero, digamos que no disgusta del todo

—¿Que te rompan el–?

—Un paso a la vez —interrumpió, tratando de no pensar tanto en eso.

Ymir soltó una risa, larga y sentida, y Jean se dio cuenta de que estaba más ebria de lo que aparentaba. Se pasó una mano por la barbilla y se rascó la barba de algunos días, esperando a que terminara de reír. Se comió el último bocado del sándwich y le arrebató la botella de vino, que estaba casi vacía.

—Cómo Coquetear: Guía Para Perdedores por Ymir Fritz —anunció ella y Jean rodó los ojos—. En tu caso, llamaremos víctima a la persona que elijas.

—Auch.

—Entonces, eliges una víctima– no seas imbécil, y elige a alguien dentro de tu liga —Jean se cruzó de brazos, replanteándose si fue buena idea preguntarle a Ymir—. Te acercas, sonríes, preguntas cosas sobre esta persona, como, si tiene mascotas– esa es una segura, a las chicas les encanta hablar de sus perros o gatos, o la mierda que tengan.

—Anotado —dijo, aunque ya había perdido el interés. Regresó al refrigerador e inspeccionó qué más podía robar.

—Si te hablan de sus mascotas muertas, cambia de tema de inmediato, pero se disimulado. En realidad, el truco es ser disimulado todo el tiempo, que no piensen que estés desesperado. Que crean que son especiales porque te fijas en ellas– bueno, ellos. Otra cosa, siempre tienes que estar atento al lenguaje corporal, si hace esto —ella rio apenas, tapándose la boca—, o esto —se pasó la mano por el pelo, mirando a todos lados excepto Jean—, lo más seguro es que haya caído–

—¿Qué mierda está pasando acá? —cuestionó Connie desde el umbral—, ¿están coqueteando?

—¿Qué te dije? —Ymir le dio una palmada triunfal en el hombro y le arrebató la lata que él había sacado, saliendo de la cocina.

Connie se encogió de hombros al no recibir respuesta y se acercó al refrigerador, sacando una botella a medio congelar del freezer.

—¿Qué es eso? ¿Agua? —preguntó Jean, acercándose.

—Era vodka.

—Huh.

Connie sacudió la botella, mezclando todo el contenido y después lo sirvió en un vaso.

—¿Quieres? Es del barato —dijo en dirección del otro, mientras agarraba dos vasos más.

—Ya lo noté —respondió, sosteniendo los vasos descartables para que no se volcaran. Connie los llenó hasta la mitad– y tal vez un poco más, y luego los completó con un jugo de dudosa procedencia que había en la mesada. Tomó dos vasos, dejando el tercero para Jean, quien habló antes de que se fuera—, ¿has visto a Armin?

Se encogió de hombros—, me lo crucé en el baño de arriba, hace rato ya.

Jean asintió, esperó que Connie se fuera, y emprendió camino hacia el piso superior.

Si había algo que Jean estaba evitando pensar era porqué Armin, porque si bien la respuesta más obvia era que ya había salido el tema entre ellos, la verdad era algo que Jean no quería analizar.

Yendo hacia las escaleras pasó por delante de la ventana que daba al patio trasero, y bufó cuando sus ojos captaron dos bultos que parecían Ymir y Christa, besándose en un rincón medio oscuro. Ymir era habladora, hacerles creer que son especiales porque te fijas en ellas, todos sabían que Ymir estaba head over heels por ella, desde hacía meses.

Siguió de largo, sin prestarle mucha atención a sus pensamientos, y subió los escalones de dos en dos hasta llegar a la cima, casi chocándose con Eren.

—¿A dónde crees que vas? —cuestionó, picando su pecho con un dedo.

—¿A dónde crees que vas? Los niños deberían estar dormidos a esta hora.

—Vete a la mierda —murmuró y bajó las escaleras refunfuñando de que todavía le quedaba un año más para crecer, y que sería más alto que él en cualquier momento.

Jean dio el primer trago de vodka y juguito, y lo único que pudo saborear fue arrepentimiento por dejar que Connie lo preparara.

En el piso superior de la casa de Eren había cuatro puertas: baño, habitación de Eren, la de su hermano, y la de sus padres. La de su hermano siempre estaba cerrada con llave, por lo que Armin no estaba ahí. La puerta del baño estaba entre abierta, así que tampoco.

Se acercó a la habitación de los padres de Eren y golpeó dos veces, pero la puerta que se abrió fue la contigua, la de Eren.

—¿Qué estás haciendo? —Armin asomó la cabeza.

—¿No abriste demasiado rápido? —Jean frunció el ceño apenas y se acercó para entrar.

—Estoy esperando a Eren, dijo que me traería medio sándwich —dijo, volviendo en sus pasos para acostarse en la cama. Jean no respondió, pensando en alguna mentira por si lo acusaban, y cerró la puerta tras de sí—. ¿Qué tal la fiesta?

Se encogió de hombros y se sentó en la cama, contra la pared, poniendo las piernas de Armin sobre su regazo. Bebió un poco más, y solo cuando Armin soltó una tos seca, reparó en el olor no tan natural de la habitación.

—¿Estuvieron fumando? —Armin lo miró apenas, pero volvió su atención a su celular, que estaba enchufado en la pared, junto a su cabeza—, ¿sin ?

—¿Qué estás tomando? —murmuró con voz rasposa, ignorándolo.

—Vodka.

Armin se sentó, quitó sus piernas de encima de Jean y las cruzó, todavía quedando cerca. Recibió el vaso de las manos del otro y dio dos tragos largos. Jean no pudo evitar preguntarse si se arrepentiría mañana de tomar así.

—No está bueno —comentó Armin, devolviéndole el vaso.

—No se nota —dijo con sarcasmo—. ¿Qué haces aquí, encerrado?

—Es aburrida la fiesta —se tiró hacia atrás, estirándose.

—Amargado.

—No soy… bah, puede ser —respondió. Seguía con las piernas cruzadas, apenas apoyadas contra el muslo de Jean, y sus brazos estaban tirados hacia atrás sobre el respaldo de la cama. Los ojos de Jean siguieron delineando el cuerpo de Armin, bajando de sus brazos, a su torso, específicamente el final de este, donde la camiseta se había levantado apenas, revelando piel blanca y de aspecto suave.

Tuvo que llevarse el vaso a los labios, porque no se le ocurría ninguna otra forma de cerrar su boca.

—Vi a Ymir y Christa besándose —dijo entonces, queriendo cambiar de tema en su propia cabeza.

—¿Sí? Era hora —se enderezó de vuelta y se pasó una mano por rostro y el cabello—. Estoy harto de ver las publicaciones de Christa sobre su pinning por ella.

Armin siguió moviéndose, tratando de encontrar una posición cómoda para charlar y beber. Dejó su teléfono a un costado y se sentó contra la pared como Jean, con sus piernas contra su pecho.

—Estás inquieto —señaló el otro.

—¿Te molesta?

—Ah, y descarado también. ¿Qué diría Mikasa? —bromeó.

Armin rio y le dio un empujón con sus piernas—, seguro preguntaría qué mierda estamos haciendo en la habitación de Eren, en medio de una fiesta.

—Qué valeroso de tu parte asumir que ella no estaría en algún rincón oscuro con Eren, haciendo cosas que harían llorar a Ymir Dios.

—Y enorgullecerían a Ymir Persona —agregó Armin y soltó una risa, inclinándose más hacia el otro.

Jean rio suave y bebió lo que quedaba en el vaso de una. Eructó apenas, contemplando qué tan ebrio estaba, y cuando llegó a la conclusión de que estaba lo suficiente, giró a Armin.

—Deberíamos besarnos.

—¿Oh? ¿Para romper la tensión? —se burló y rio más fuerte, apoyando su frente en su hombro.

Jean se sonrojó apenas, molesto de que se burlara tan así de él, pero antes de que pudiera decir algo más, sintió las frías manos de Armin sobre sus mejillas, acercándolo a sí mismo.

Y si antes estaba sonrojado, ahora estaba rojo fuego.

—¿Feliz? —Armin también tenía las mejillas rojas, pero Jean no estaba seguro si era por el beso o el alcohol.

—Feliz es un término que no aplica a esta situación —soltó, mirando a cualquier otro lado, excepto Armin, fingiendo que no estaba feliz—, pero, no, estoy algo decepcionado.

—Auch.

—Es– es decir, eso no fue un beso de verdad.

—¿Fue de mentira? —se burló.

—Fue de primaria, eso no cuenta como beso.

Juntó coraje y lo miró a los ojos. Él le devolvió la mirada, como si nada, y Jean se cuestionó quién era él y qué había hecho con el verdadero Armin.

Aunque no era como si le molestara.

—Está bien —suspiró Armin y volvió a apoyar sus manos en las mejillas del otro—, pero no te vayas a enamorar de mí.

Jean bufó, colocando sus manos sobre las de él—, lo mismo para ti.

Los labios de Armin eran suaves, al igual que sus besos. Tan suaves que le causaban cosquillas a Jean, y si no fuera porque lo impacientaban, le habrían gustado incluso más. Armin acariciaba sus mejillas y el final de su quijada con sus dedos, haciéndolo sonreír y suspirar en el beso.

Quería profundizarlo, pero cada vez que trataba de meter su lengua en la boca del otro, Armin la cerraba, y tenía el descaro de soltar una risita después.

—Eres impaciente —murmuró contra sus labios.

—Tú vas demasiado lento —respondió antes de besarlo apenas. Mordió su labio inferior y Armin se separó, bajando a su cuello, besándolo y lamiéndolo, arrancándole un suspiro a Jean—. Eso no cuenta como ir no-lento.

—Te quejas demasiado, ¿sabes? —Armin se separó brusco, mirándolo a los ojos. Tenía el entrecejo fruncido, pero su sonrisa no se borraba. Jean sonrió casi arrepentido y se acercó a besarlo otra vez, pero él se alejó. El otro abrió la boca para quejarse, pero Armin le dio una palmada en el brazo—, iré a buscar algo de comer.

—Ah, vamos…

—Puedes acompañarme, tal vez encuentres a alguien que vaya más rápido en la fiesta —se levantó de la cama y caminó a la puerta. Antes de salir, se volvió a Jean—, de seguro Sasha tiene alguna amiga para presentarte.

—Eres cruel, nunca más te voy a contar nada.

Con quejas y todo, se terminó levantando y siguió al otro al piso inferior. En la sala, la gente se había renovado, había unos pocos que no conocía, Eren, que tenía sus ojos clavados en la televisión, jugando un juego de carreras con Connie, que estaba en el sillón individual, y Sasha, que dormía en el sofá, con la cabeza sobre una pierna de Eren.

Antes de que pudiera decir algo, Ymir lo llamó desde la puerta del patio trasero.

—¿Funcionaron mis consejos? —preguntó. Estaba apoyada en el marco y tenía un cigarro entre los dedos.

Jean no estaba seguro, porque eso había sido en lo que menos había pensado mientras besaba a Armin.

—Todavía no los puse en práctica —pensó en hacer un comentario sobre que ella sí lo había hecho, pero Christa apareció.

—Lista —dijo en dirección de Ymir. Ella sonrió y tiró el cigarro hacia afuera.

—¡Oye, te vi! —exclamó Eren.

—¿Se van? —preguntó Jean.

—Así es, tengo que hacer unas cosas en el centro mañana, y nuestra querida Christa se ofreció a dejarme dormir en su casa —respondió Ymir, pasando un brazo sobre los hombros de ella.

—Me imagino que sí —dijo irónico y pasó de largo hacia el patio—, diviértanse o lo que sea.

Se sentó en la silla de patio y metió su mano debajo, esperando encontrar las papas fritas que había dejado antes. Sacó el paquete, pero estaba vacío.

—Diablos —masculló, pensando en Ymir. Entonces vio a su lado, en la mesita que separaba ambas sillas, un paquete de cigarros con un encendedor—. Ymir te bendiga.

Lo abrió y estaba casi completo. Le dio un poquito de cargo de conciencia, porque ella lo había escuchado antes.

Se levantó refunfuñando y caminó hacia la puerta de calle, atravesando la sala, pero cuando abrió, no había nadie. Se volvió hacia la cocina, donde justo Armin estaba sacando un plato con fideos del microondas.

—Qué carajo.

—Ay, Jean, si no te conociera, creería que me estás siguiendo —bromeó, dejando el plato sobre un repasador y buscando un tenedor en el cajón.

Jean bufó—, no te estoy siguiendo, son solo coincidencias.

—Ajá.

—Como sea, ¿ya se fue Ymir? —Armin asintió y Jean deslizó los cigarros en su bolsillo trasero. Se perdió un momento en sus pensamientos, gracias, alcohol, y cuando regresó, Armin lo miraba con una ceja elevada, masticando fideos. Jean se pasó una mano por el cabello, galante, y sonrió—, ¿continuamos lo de antes?

—No me hagas reír, no quiero que se me salgan los fideos por la nariz.

—Bueno, esperaré a que estés más ebrio —bromeó Jean, acercándose al refrigerador, en busca de alguna bebida.

—Wow, eso sonó tan horrible, que siento que debo contárselo a todos.

Jean lo ignoró, y cerró el refrigerador, decepcionado. Suspiró.

—¿Qué? —preguntó Armin.

—No hay nada más para tomar.

Armin miró la hora en su celular.

—Son cerca de las cuatro, ¿no es hora de que se vayan todos?

Jean se encogió de hombros y salió de la cocina. Sasha seguía durmiendo en el regazo de Eren, pero él ya no jugaba. Tenía los ojos entrecerrados y parecía luchar por no dormirse. Connie seguía jugando, pero era un juego de tiros, de uno. Siguió hacia el patio, pero no había nadie. Antes de que pudiera subir las escaleras, unas chicas bajaban. Se despidieron apenas y se fueron. Jean revisó el piso superior, también vacío. Regresó, se paró en medio de la sala y aplaudió con fuerza.

—¡La fiesta terminó! —Eren despertó de golpe, asustado y desorientado, y Sasha levantó la cabeza apenas, secándose la baba.

—¿Qué hora es?

—Las cinco —mintió Jean. Eren y Sasha gimieron, molestos.

—¿Dónde puedo acostarme a dormir? —preguntó ella y Eren se encogió de hombros.

—¿En tu casa, tal vez?

—Vamos, no seas así.

—Sasha, vives literal al final de la calle.

Se cruzó de brazos, aún acostada sobre Eren—. No quiero caminar hasta allá, sola.

Jean suspiró—, vamos, te acompaño. Tú también, Connie.

—Tú TaMbiÉn, cONniE —se burló y apagó la consola de juego mientras Sasha subía a buscar su camisa.

—¿Alguien más se va? —preguntó Jean al aire, y Eren bostezó, estirándose en el sofá.

—¿Tú?

—Ya quisieras, los estoy echando para poder dormir yo aquí.

—No sé si Armin… Ni siquiera sé si sigue aquí.

—Aquí estoy —dijo, asomándose de la cocina—, ¿ya se van?

Jean asintió—, voy a acompañarlos a sus casas. ¿Vienes? —Armin hizo una mueca—, si no, tendrás que ayudar a Eren a limpiar.

—Ugh, está bien.

Sasha regresó y los cuatro salieron. Sasha vivía en la última casa de la cuadra, mientras que Connie vivía en un edificio, dos calles después. El recorrido fue silencioso, y sus pisadas retumbaban en las calles desiertas de madrugada de domingo. Estaba algo fresco y húmedo, probablemente el preludio de una lluvia más tarde.

—Estuvo divertido, ¿verdad? —rompió el silencio Connie, recibiendo tres uh-huh de los demás—, qué pena que Mikasa se lo perdió.

—Creo que regresa hoy —murmuró Armin. Caminaba junto a Jean, ambos detrás de Sasha y Connie.

—¿Alguien quiere recordarme dónde está? —preguntó Jean.

—No —respondieron Sasha y Connie. Llegaron a la casa de ella, se despidió apenas y cuando cerró la puerta tras de ella, los demás siguieron.

—Se fue con su tío a un funeral —respondió Armin cuando reanudaron el camino.

—¿Tío? —preguntó Connie.

—Levi —respondieron al unísono.

—Cierto, siempre lo olvido.

—En fin, me dijo que no le dijera a Eren que volvía mañana, porque seguro querría posponer la fiesta, y ella no está de humor.

Jean quiso preguntar quién había muerto, pero Connie le ganó.

—¿Creo que una tía abuela? No estoy seguro —se encogió de hombros—, igual, no parecía muy afectada ella.

Siguieron el resto del camino en silencio. Llegaron al departamento de Connie y se despidieron. Caminaban relativamente rápido (rápido para Armin, medio para Jean). El cielo seguía oscuro, y parecía que ni siquiera eran las cinco. Llegaron a la casa de Eren, y lo encontraron a él arrastrando una bolsa de plástico negra, tirando toda la basura.

—¿Cuándo regresa tu familia? —preguntó Armin, afligido por el desorden.

—¿Mañana? Tal vez a la noche, no lo sé.

—Ah, bueno, podemos limpiar cuando despertemos —Jean vio la duda en los ojos de Eren—, vamos, no te abandonaremos mientras duermes, no es algo que hagan los amig–

—Tú hiciste eso —Eren entornó los ojos.

—Dos veces —agregó Armin y Jean lo miró.

—¿De qué lado estás?

—Da igual, yo no me iré, ¿sí? Te ayudaré, pero mañana.

Eren suspiró. Soltó la bolsa de basura en medio de la sala y se giró para subir las escaleras.

—Apaguen todo y cierren bien la puerta —ordenó, subiendo de dos en dos los escalones y tropezando en el último—. Mierda.

Jean rio, más por molestarlo, y se volvió a la puerta, cerrándola con llave. De regreso, apagó la luz de la cocina y cuando llegó a la sala, los brazos de Armin lo recibieron, sujetando su cuello y tirando de él para besarlo otra vez. Jean no perdió tiempo pensando en la situación y abrazó su cintura, a la vez que abría su boca, recibiendo al fin la lengua de él. Las manos de Armin se fueron deslizando de su cuello a sus hombros, luego a su pecho y bajó lentamente por la cintura y la cadera de Jean, hasta posarse en–

—¿Me estás agarrando el culo?/¿Qué tienes aquí? —preguntaron a la vez. Jean puso su mano sobre la de Armin, sintiendo el paquete de cigarrillos—. Oh, sí, Ymir se los olvidó.

—¡Oh! ¿Se los fumamos? —propuso Armin, emocionado.

—Preferiría que–

Armin lo interrumpió besándolo apenas y luego lo sujetó del brazo, arrastrándolo afuera. En el camino golpeó apenas el botón de la luz, dejando la sala y el patio a oscuras.

Se sentaron en el suelo, junto a la puerta, para molestia de Jean.

—Si estamos en las sillas, no podremos besarnos.

—Bien pensado.

El cielo seguía oscuro cuando sacaron uno cada uno y los prendieron. Jean tosió apenas y miró a Armin, que fumaba como si fuera algo de cada día.

—¿Qué pasó con el inocente Armin, que lloraba con las películas de terror? —se burló Jean y él sonrió.

—Le dio depresión —bromeó—, además, eso fue hace como quince años.

—Mierda, no puedo creer que nos conozcamos hace tanto.

Armin rio y soltó el humo—, quince años tardaste en coquetearme. Superaste la marca de Connie.

Jean soltó una carcajada que terminó en tosidas.

—¿Connie se te insinuó? —Armin hizo un gesto de más o menos—, necesito saber eso.

—Bueno, pero no le digas que yo te conté —rio apenas—, fue hace unos años, creo que cuando estábamos en último año. En una fiesta, por un juego, nos terminamos besando, y después estuvo los siguientes días acosándome porque no estaba seguro si era gay o no.

—¿Y? ¿Lo es?

—¿Cómo voy a saber yo? De la nada dejó de hablarme por dos semanas, y cuando lo hizo, me contó que se había besado con Reiner y, cito, él si es un amigo de verdad, porque después me volvió a besar sobrio.

Jean estuvo algunos segundos procesando eso.

—Espera, ¿qué?

—Parece que cuando está ebrio, los besos le dan cosquillitas–

—Eso no —rio—, quiero decir, ¿Reiner lo besó? ¿Sobrio? Qué carajo. Creí que él estaba enamorado de Christa.

—A esta altura —Armin dio la última pitada y apagó el cigarro en el suelo—, no podría importarme menos.

Se acercó a Jean con claras intensiones de besarlo, pero se detuvo—, ¿terminaste de fumar?

Apagó el cigarro sin terminar—, ahora sí.

Le gustaba sentir las manos de Armin sobre sus mejillas, sentía que ese era el lugar donde estaban destinadas a estar. Encastraban a la perfección. Como piezas de LEGO.

El aliento entre ellos era amargo y mentolado, y no estaba seguro si era por Armin o por él, pero no le importaba en lo más mínimo. Le daba otro toque al beso, hacía que las mordidas de él ardieran más, y le encantaba.

La lengua de Armin acariciaba su boca despacio, lo saboreaba, y le contagiaba a Jean la lentitud de lo bien que se sentía. Se preguntó si Armin habría besado así a Connie también.

—¿Qué pasa? —murmuró cuando Jean se separó. Él lo miró con la nariz fruncida, y Armin levantó una ceja.

—Lo siento, se me entremezclan los pensamientos.

—Ajá, raro —se levantó con dificultad por tener una pierna dormida. Jean sujetó apenas su mano, queriendo que se quede, pero él lo tironeó—. Vamos adentro, tengo sueño.

Jean sintió una punzada de decepción, pero no podía negar que también quería dormir un poco. Atravesaron la sala, chocando con el sofá y trastabillando en las escaleras, pero sin soltar sus manos. La habitación de Eren estaba abierta, y cuando se asomaron, la cama estaba vacía. Armin se acercó al armario, como muchas otras veces lo hizo, y sacó un pantalón de pijama.

—¿Quieres un pijama? —murmuró y Jean asintió, mientras iba al baño.

Se sentó y miró su celular, pensando, algo tarde, si tenía algo importante qué hacer en el día. No pudo recordar nada.

Se miró en el espejo antes de salir, vio su cabello enmarañado de tanto pasarse la mano, y ojeras bajo sus ojos rojos y cansados. Pobre Armin, besándolo cuando no estaba en su óptimo estado.

Se lavó la cara y salió. Armin tenía puesto un pantalón corto de Eren que Jean estaba seguro de que se lo había regalado para su cumpleaños el año pasado. Él estaba en la cama, con las piernas cruzadas, mirando su celular. Jean comenzó a desabotonarse la camisa que tenía puesta, de espaldas a Armin. Cuando terminó, se fijó en la ropa que le había dejado, pero solo había un pantalón. ¿Qué tan mal…?

—¿Olvidé darte una remera, verdad? —Se levantó y se acercó al armario. Tomó una camiseta vieja y desteñida y se la acercó, pero antes de dársela, picó su estómago con un dedo—, aunque no es como si te hiciera falta.

Jean se abrazó, rojo, protegiendo su panza, avergonzando e indignado. Armin rio apenas, pero salió en dirección al baño.

Cuando volvió, Jean estaba acostado contra la pared, de costado, con la cabeza apoyada sobre su brazo.

—De seguro que te encantaría que estuviera sin remera.

—Te tomaste tu tiempo para pensar en una respuesta, huh —respondió. Apagó la luz y se acostó a su lado, sobre su espalda—. No me gusta el contacto piel-piel.

—¿Ni siquiera conmigo?

—Mucho menos contigo, siempre estás muy caliente.

—¿Ah, sí? —preguntó en tono seductor.

—Sí, muy sudoroso —concluyó riendo.

Jean suspiró, pensando que ya había logrado suficiente en una sola noche. Se acomodó mejor sobre su costado, sus manos bajo su cabeza y sus ojos cerrados. No estaba seguro si había llegado a dormirse cuando sintió al otro moverse.

—¿Estás bien? —su voz salió ronca, algo incómoda en su garganta.

—Tengo frío —murmuró Armin. Estaba hecho una bolita, tapado con la sábana. Jean le tocó el rostro y el brazo, no sintiéndolo especialmente frío. Tal vez había sido la combinación de todo lo que había consumido en la noche.

Se acercó más a él, presionándolo contra su pecho. Hacía círculos en su espalda, tratando de darle calor, y si bien sentía que Armin se relajaba más, también sentía acrecentar los temblores de su cuerpo.

En algún momento, se quedó dormido, porque de repente, era de día. Movió la cabeza apenas, y golpeó la pared con la frente. Se giró sobre su espalda, sobándose la cara, y tanteó en la cama por Armin o por un celular, para ver la hora. No había ninguno.

Se levantó apenas, sus ojos ardiendo por la luz, y encontró su celular en el borde del respaldo, con dos por ciento de batería. Eran las once.

Se desplomó sobre su cara un rato más, y después se levantó. No se molestó en quitarse el pijama de Eren, porque hacía más calor que la noche anterior. Fue al baño, arrastrando sus pies dentro de unas Crocs, también de Eren, después se asomó a la habitación donde suponía que él dormía. Su suposición fue correcta, porque él roncaba.

Descendió al otro piso y arrugó la nariz al ver que el desorden seguía ahí, y que no había desaparecido mágicamente.

En la cocina, Armin estaba sentado en un banquillo en la isla, inclinado sobre su celular. Jean pensó, ¿qué podría malir sal?

—Yo que tú, no lo haría —dijo él, antes de que Jean llegaron a besar la comisura de sus labios, sin girarse—, no me lavé los dientes.

—Yo tampoco.

—Yo vomité.

—Ugh, tienes razón —se sentó a su lado y recostó la cabeza en la mesa fría—. ¿Muy mal?

—Nah, ya salió todo el veneno.

Jean bostezó y cerró los ojos, luego buscó a tientas la pierna de Armin, hasta que la encontró y apoyó su mano en su rodilla.

—¿Disculpa? —cuestionó con una ceja elevada.

—¿Qué?

—Me estás tocando.

—¿Qué tienes, doce? —se burló Jean. Subió su mano un poco, acariciando el muslo del otro, y luego regresó a la rodilla, arrastrando los dedos suavemente. Levantó la mirada a él, buscando alguna reacción, pero más allá de las mejillas rosadas, Armin se mantenía estoico. Siguió acariciando su pierna, deslizando sus dedos por la parte interna del muslo.

—B-basta —suspiró Armin y Jean detuvo su mano, quitándola de ahí. Pasaron dos segundos, y Jean acercó su boca al cuello de Armin, besándolo apenas y rozando sus dientes. Armin se inclinó sobre la caricia por un momento, pero después se separó, girando a Jean—. Oye.

—¿Qué? —fingió inocencia y sonrió. Armin quería molestarse, pero la sonrisa de Jean era contagiosa. Él se volvió a acercar, besando apenas su boca, que se mantenía firmemente cerrada.

Jean delineó la barbilla de Armin con dedo mientras lo besaba suave, robándole cosquillas y suspiros.

—Eres un asco —murmuró Armin, rozando sus labios.

Antes de que el otro pudiera responder, pisadas fuertes se escucharon en el piso superior. Jean suspiró molesto y volvió a apoyar la cabeza en la mesada. Armin se estiró en su lugar, y volteó en el momento en que Eren entraba.

—¿¡Por qué no me despertaron!? —Armin volvió a darle la espalda y Jean lo ignoró—. ¡No me ignoren!

—¿Para qué mierda te íbamos a despertar? ¿Para que grites? —cuestionó Jean.

Eren se alejó refunfuñando, yendo a la sala. Jean se acercó a Armin.

—¿No está muy, como, histérico últimamente? —susurró mirando la puerta.

—Se estresa cuando Mikasa no está —respondió. Se levantó de la silla, dispuesto a ayudarlo a ordenar. Jean suspiró en su lugar y se les unió.

En veinte minutos ya habían terminado. Armin se tiró en el sofá, Jean subió a la habitación a buscar su teléfono que cargaba y Eren estaba en la puerta.

—Iré a buscar a Mikasa —levantó la vista de su celular y abrió la puerta. Antes de salir, se volvió a Armin—, volveré rápido, ¿sí?

—Uh, ¿okay?

—¡Trae para comer! —gritó Jean desde la cima de las escaleras.

—¡Vete a tu casa! —devolvió Eren.

Jean bajó como si fuera su propia casa y se tiró en el sofá junto a Armin, casi encima de él, con su brazo sobre los hombros del otro.

—¿Es necesario que nos sentemos así? —Armin giró su cabeza a él haciendo una mueca y Jean lo besó—. ¿No era que buscabas algo de una noche?

—Ah, eso era si tenía sexo.

—Podemos solu– no, ah, no puedo decirlo —Armin rio avergonzado y Jean vio el color avanzando veloz por su rostro.

—¡Este es el Armin que conozco! —soltó una carcajada. Lo acercó a sí mismo con su brazo y puso su otra mano en la mejilla de Armin—. Voy a besarte.

—¿Para qué lo anuncias?

Jean se encogió de hombros—, para que estés al tanto.


¡Gracias por leer!

Esta historia está dedicada a tu vieja ahre

Saludos.


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