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Glosario de palabras que, en verdad, no quise eliminar(?

Pelotudo = tonto, estúpido, idiota, pero con una connotación más de enojo.
Forro = malvado, traidor, cruel. Si no hay confianza, es un insulto desagradable.
Bronca = enojo.
Dígalo con mímica = juego dónde se actúa una película, sin hacer ruido, como Pictionary, creo que es? pero sin dibujar.
Sacarle el cuero a (alguien) = hablar a sus espaldas.
(Ymir es) torta = Ymir es lesbiana en jerga callejera. Si no hay confianza, se considera un término ofensivo.
Poner la calefacción al mango = muy fuerte/ al máximo
Se me pasó el pedo = se me pasó la borrachera.
Cagándose de calor = muriendo de calor, tener muchísimo calor.
Trompetita = esas cosas que les hacen a los bebés en la panza, que les soplan y hacen ruido, no sé cómo mierda se llama jajaja.
(Eren) lo había puteado = lo había insultado/ insultaba al aire.
Joder = jugar, bromear, perder el tiempo divirtiéndose(?).

DISFRUTEN.


Había cosas que, para la cabeza de Jean, eran inexplicables. Como el hecho de que ahora Eren media casi diez centímetros más que hace seis meses o que Christa estuviera embarazada o que Armin se negara a charlar sobre el beso. Besos. Etcétera.

Por un momento se preguntó si de verdad se había ido por seis meses y no por seis años, pero el resto actuaba normal. Suponía que sobre Eren no se podía decir mucho; siempre había dicho, desde que lo había conocido, que todavía no había terminado de crecer, que se crece hasta los veintiuno, Jean, cierra la boca. Su cumpleaños veintiuno había sido en marzo pasado y Jean se decidió a que no mencionaría el tema, con tal de no darle la razón.

El tema de Christa. No estaba seguro de cómo reaccionar, además de que como todos los demás lo veían como algo normal, como quien dice, un nuevo corte de pelo. Suponía que lo mejor era seguirles la corriente.

En conclusión, lo que más le preocupaba– que no era preocupación, era Armin, y porqué lo ignoraba. Bueno, no era ignorar en sí, sino evitarlo. Bueno, tampoco lo evitaba.

¿Estaba exagerando?

Extrañaba a todos, eso era algo real. Se había tenido que ir repentinamente, poco después de la fiesta de enero, a una capacitación de seis meses para un ascenso en el trabajo, por lo que luego de ese día, no había vuelto a ver a nadie. Fueron meses agitados, viajando de una ciudad a otra, leyendo los mensajes en el grupo al final del día y sin muchas ganas de responder. Trabajaba el doble.

En un principio creyó que estaban enojados con él, porque prácticamente había desaparecido de la nada, casi nunca respondía los mensajes y se había perdido casi todos los cumpleaños, pero cuando terminó la capacitación y al fin regresó a su casa, se encontró con que le habían organizado una fiesta sorpresa en la casa de Sasha. No era una fiesta-fiesta, era, más bien, una reunión. Nada de caras desconocidas, ni personas que le roben a Jean.

Hacía años que no estaba en la casa de Sasha. No recordaba exactamente porque, pero cuando entró y vio todo remodelado, recordó que era por eso.

Todos se habían instalado en el sótano, mientras que los padres y los hermanos de ella dormían en el piso superior. Hacía frío, estaban en pleno invierno, pero en el sótano estaba la calefacción al mango.

Los presentes eran los mismos que la vez anterior, sumada Mikasa. Era la primera vez que Jean los veía juntos desde que habían empezado a salir, y era una vista que no quería tener. Estaban demasiado pegados, véase, él casi sentado en la falda de ella, y a cada rato estaban susurrándose cosas en el oído, que si bien en un principio Jean había creído que eran cosas sucias, en el momento en que los escuchó, y descubrió que era una sarta de tonterías, deseó no haberlo descubierto. En el repertorio de pelotudeces que decían estaba ¿Estás cómoda? ¿Tienes frío? ¿Sueño? ¿Sed? ¿Hambre? ¿Volvemos a casa? ¿Les pido que suban la calefacción? ¿Que la bajen? Todo en menos de un minuto. Ya entendía porqué Armin se sentaba en la punta contraria a ellos.

—Parece que esta vez no hace falta hielo, huh —comentó, sentándose cerca Armin en el sofá junto al equipo de música.

—Diablos, yo quería ir a pasear —bromeó él. Estaba revisando los CDs viejos que coleccionaba el padre de Sasha, eligiendo el próximo a reproducir.

—Así que… —¿Tenía permitido mencionar lo que había pasado?—, ¿qué me perdí estos meses?

—Ah, no tanto —se encogió de hombros. Jean ya no estaba seguro si Armin no tenía ganas de charlar con él, o si era su imaginación. Se rascó apenas la barba.

—¿Puedo preguntar sobre Christa? Porque noté que nadie habla de eso —susurró, y Armin hizo una mueca.

—Luego te cuento —devolvió en el mismo tono.

Jean suspiró. Se reclinó en el sofá y cruzó una pierna sobre la otra, observando a los demás. La televisión estaba prendida, con una película repetida de terror del canal de aire, pero en mudo. Sasha y Connie estaban inmersos en la película, bromeando cada tanto; Ymir estaba sentada en la punta contraria del mismo sofá que Eren y Mikasa, mirando su celular, haciendo el mayor esfuerzo por ignorarlos. Los otros dos seguían en la misma y asumía que Christa estaba en el baño.

Era una mierda su fiesta y ni siquiera podía tomar alcohol porque por alguna razón, nadie podía tocarlo antes de las ocho de la noche.

—¿Alguien tiene hambre? —preguntó él, aburrido, y de alguna forma, fuera de lugar. Todos lo ignoraron—, bueno, váyanse a la mierda.

—Yo tengo un poco —respondió Christa, bajando las escaleras.

—¿Qué tienes ganas de comer? —preguntó Ymir, girándose en el respaldo del sofá.

—Tienes cara de querer pizza —dijo Jean, y Christa hizo un gesto, contemplando la idea—, lo tomaré como un sí, ¿quién me acompaña?

Lo volvieron a ignorar.

—¡Oh, vamos!

—Yo voy… —respondió Armin, levantándose con pesadez.

—Si te mata, no lo haga–

—Bueno —se volvió a echar y Jean le tiró su abrigo.

—Era broma, vamos.

Subió los escalones a la otra planta y poco después escuchó al otro seguirlo. La noche no estaba especialmente fea, nublada, pero sin viento ni lluvia. Se acomodó bien la bufanda y abrió la puerta despacio, a la vez que Armin llegaba a la puerta del sótano.

La pizzería estaba a un par de calles de ahí, y no estaba mal para ir caminando.

—Aw, ¿caminando? De haber sabido, me quedaba —se quejó Armin, hundiéndose en su bufanda y apenas temblando.

—¿Y si te doy la mano? —Jean volteó a él, sonriendo como solo él podía.

—¿Qué tienes, quince? —bufó Armin, pero igual sujetó su mano.

—Wow, el frío te pone de malas.

—Creí que ya lo sabías, a esta altura.

—Igual, no, iremos en el auto, pero lo dejé en la esquina —dijo Jean, riendo apenas. Armin asintió apenas y él lo miró de reojo, preguntándose si era momento de sacar el tema—. ¿Qué hay con Christa? —preguntó, en cambio.

—Oh, sí… Sospecho que habló con todos por separado, porque nunca se sacó el tema cuando estuvimos todos juntos —Jean se sintió más excluido—, según me contó, porque no le creo del todo, ¿parece que alquiló su vientre?

—Ah —qué carajo—, uh, ¿okay? Necesito un momento para asimilarlo.

Llegaron al auto y subieron. Jean arrancó y prendió la calefacción mientras el motor se calentaba.

—Y —continuó el otro—, cuando nazca el bebé, se lo dará a una familia.

—Suena a algo normal– es decir, para los estándares de la situación. ¿Por qué no le crees?

Se encogió de hombros, y Jean se dio cuenta que él sabía un secreto. Puso primera, y el auto se movió. Quedaron en silencio por unas pocas cuadras, dando por terminado el tema, hasta que Armin habló.

—¿Qué tal estos meses? ¿Divertido el trabajo?

Jean rio—, podría decir que fue gratificante, pero quedaba hecho mierda.

—¿Más, todavía?

—Golpe bajo —respondió, acompañándolo en la risa. Le contó que esos meses habían sido exigentes con él, pero la parte más exigente había sido quedarse con su hermano y sus hijos, de cuatro y siete, que lo perseguían a todos lados.

—En resumen, nunca tendré hijos —concluyó, estacionando en la puerta de la pizzería—. Ya tengo suficientes sobrinos, seguro alguno se hará cargo de mí cuando esté decrépito.

Armin rio. Jean bajó del auto, ordenó las pizzas y regresó, poniendo las manos directo en la calefacción.

—Pues, según cuenta Ymir, tampoco querría estar cerca de alguien embarazada —dijo y luego de pensarlo un segundo, agregó—, tampoco creo que algún día me pase.

—¿Por? ¿No quieres tener hijos?

Armin lo miró un segundo, esperando el remate de su chiste.

—Jean. Soy gay.

—Ah, cierto —rio apenas y se pasó una mano por el cabello—. A veces lo olvido.

—Bueno, creí que era más memorable —bromeó Armin y soltó una risa amortiguada por la bufanda.

Oh. Él sacó el tema.

—Ya que estamos hablando de eso

—No estamos hablando de eso —habló sobre Jean, bajando la mirada a su celular.

—¿Quieres hacer algo, alguno de estos días? —Armin lo miró haciendo una mueca y entornando los ojos—. ¿Qué?

—¿Una cita? —cuestionó juzgándolo, hundiéndose más en su asiento.

Jean suspiró pasándose una mano por el rostro y se giró por completo a Armin.

—Voy a ser sincero, Arlert —él arqueó una ceja y se cruzó de brazos—, me gustó besarte esa vez y quiero volver a hacerlo.

Armin desvió la mirada.

—Así que, te estoy invitando a comer, ver una película o lo que sea que quieras y, al final de la noche, trataré de besarte y seguramente te invite a mi casa a seguir haciéndolo.

La comisura de Armin se elevó apenas—, ¿a la casa de tu madre?

¡E-Eso no viene al caso! —masculló Jean con voz aguda y de repente avergonzado.

Armin no respondió. Jean suspiró y, un rato después, prendió la radio para que el silencio no se sintiera tanto. Armin bostezó y se hundió en el asiento, buscando una posición más cómoda. Diez minutos después, les hicieron señas y Jean salió a buscar las pizzas.


Cuando regresaron, pasadas las ocho, la mesa ratona delante de la tele ya estaba llena de botellas y vasos. Dejaron las pizzas en el medio y todos fueron al ataque sin esperar.

—¿No tienes hambre? —escuchó a Ymir murmurar y volteó a Christa.

—Ah, lo siento, no pregunté de qué querías la pizza —dijo Jean, y ella hizo un gesto, restándole importancia.

—No te preocupes, tengo el estómago un poco revuelto.

—¿Quieres que te prepare algo de comer? —preguntó Ymir—, y por prepararte, me refiero a que Sasha lo hará.

—Yo lo haré —dijo Jean, oyendo el suspiro de alivio de Sasha—, ¿qué te gustaría, arroz? Ya sale.

Christa sonrió apologética—, ¿con queso?

—Claro.

—¡Gracias, Jean!

Él se dirigió a las escaleras, no sin antes darle una mirada a Armin. Lo vio levantarse y él se volteó. Cuando llegó a la cocina, esperó que los pasos que escuchó detrás suyo fueran los del otro, pero era Ymir.

—¿Vienes a hacerlo tú? —se burló Jean, incrédulo.

—Claro que no, vengo a supervisarte, perdedor —ella se cruzó de brazos contra la mesada de la cocina. Sacó un paquete de cigarros del bolsillo de su camisa, se puso uno en la boca y antes de prenderlo, giró a Jean—, ¿se molestarán si fumo?

—Hazlo en la ventana —se corrió al final de la mesada y se sentó ahí—, dame uno.

Ella le estiró el paquete, casi sin prestar atención. Jean se lo puso en la boca, puso una olla pequeña con agua y arroz en la hornalla y la prendió, junto con el cigarro. Lo tapó y se apoyó contra la pared, al lado de Ymir, mirándola.

—Qué mierda miras —cuestionó ella, luego de un momento, frunciendo el ceño.

—Pareces distraída —ella resopló con ironía y miró al costado—, ¿quieres hablar de eso?

Ella frunció la nariz.

—Es… Supongo que Armin te contó, ¿verdad? —él hizo un gesto de más o menos—. Pues, está todo tenso– No le cuentes nada a nadie.

—No te preocupes —se llevó el cigarro a la boca.

—Estoy furiosa con ella —soltó.

Jean la miró, creyendo que bromeaba, pero la expresión tan harta y cansada de Ymir decía todo—, mierda, de verdad lo estás. Lo disimulas muy bien.

—Es que– estamos juntas, ¿sí?

—Ah —dijo apenas, sorprendido de la noticia—, felicidades.

—Hace cinco años —suspiró ella, previendo la reacción de él.

—¿¡Cinco–!? ¿¡Y no me dijiste!? —Jean jadeó indignado.

—Quería ver cuánto tardaba mi mejor amigo en descubrirlo solo —respondió, dando una calada al cigarro.

—En mi defensa, siempre supe que estabas enamorada de ella —tiró la ceniza en la pileta y se cruzó de brazos—, ¿las chicas saben?

—Nah —respondió y luego frunció el ceño—, creo que Armin sabe, pero, bueno, es Armin.

Jean hizo una mueca, dándole la razón y se acercó a mirar el arroz.

—Entonces —Ymir siguió—, estamos juntas hace años y un día, cuando le ofrezco cerveza, me dice que no puede tomar —Jean se volteó a ella, frunciendo el ceño—, y yo le pregunto, oh, ¿estás enferma? Y Christa, mi querida Christa, dice, estoy embarazada.

—Puta. Madre.

Miró el arroz y después volvió a ella, revolviendo la comida y con una mano en la cintura. Ymir estaba apoyada sobre su mano, sobre su pierna, y el cigarro en la otra, consumiéndose solo.

—Mi primer pensamiento es, puta madre, tengo que matarla a ella y al hijo de puta del padre —dijo con voz ácida—, pero resulta que los hijos de puta son su hermana de mierda y su esposo.

Jean la miró, confundido—. No, la verdad es que no entiendo un carajo.

—Su media hermana, esa que conoció hace unos años, ¿recuerdas? Parece que no puede tener bebés, y ella y el pelotudo del marido quieren que tenga "ADN de los dos" —hizo comillas con los dedos, y suspiró, volviendo su voz a un tono más normal—, o una mierda así.

—Uh-huh, turbio.

—¡Turbio es que ella haya aceptado! —exclamó en un susurro—, y, peor, es que no me lo haya consultado, Jean, o al menos, avisado. Puta madre.

—Bueno, pero–

—Ah, no, esto no termina acá —interrumpió, con una risa seca—, sino que se pelearon.

¿Quiénes? —susurró, incrédulo, porque no podía ser tan

—Su hermana y el otro idiota —dijo entredientes—. Ahora, ninguno quiere el bebé, y ya es tarde para deshacernos de eso.

Ahora, en verdad, no tenía palabras. El arroz comenzó a hervir y él probó uno.

—Lo come blandito —murmuró Ymir y él asintió. Apagó el cigarro en la pileta y ella le estiró el suyo, luego tiró las colillas a la basura.

—¿Y qué vas a hacer? —Ella se encogió de hombros—, es algo importante esto, Ymir.

—¿Y qué puedo hacer? ¿Dejarla sola? Tú sabes que no tiene a nadie.

—Nos tiene a nosotros, es decir —probó otra vez el arroz y lo apagó—, esto es algo importante en contexto de relación. No estás obligada a seguir con ella y puedes confiar en que nosotros estaremos ahí para, bueno, para ambos.

—Lo… lo sé, es solo…

—Además, no les hace bien a ustedes que estés fingiendo que está todo bien. ¿Has hablado con ella sobre cómo te sientes?

—¿En qué momento? —lo miró—, ¿cuándo se pone a llorar porque su hermana querida no quiere al bebé o después? Encima, carajo, todo la hace llorar. Me quiero matar.

—Tú —la señaló con el dedo—, necesitas vacaciones.

Jean sirvió el arroz y le puso queso rallado encima. Ymir miró al costado, considerando la idea.

—Y yo —se señaló el pecho con el pulgar—, necesito mudarme. ¿Tienes alguna habitación disponible?

Ella entornó los ojos—. No lo dices en serio.

Le puso un tenedor en el medio y se giró a Ymir—, mi madre se va a mudar con mi hermana al campo y va a vender la casa, así que, necesito un lugar nuevo y tú vives cerca de la oficina.

Tomó el plato y emprendieron camino de regreso al sótano.

—Así, no estarás sola con ella y yo no tendré que levantarme una hora antes en la casa de mi hermano para ir al trabajo —concluyó. Se giró para mirarla sobre su hombro—, lo único que exijo es un tercio de la criatura.

—Quédatelo por completo —masculló, provocándole una risa a Jean, y después le dio un codazo—. Gracias.

—¿Cómo dices? —elevó la voz, queriendo avergonzarla.

—Que te vayas a la mierda —rio y bajó las escaleras veloz. Jean rio apenas también viéndola bajar y suspiró suave. Llegó al final, le entregó el arroz a Christa y después se sentó en el suelo, delante de la mesita ratona, en frente de Eren y Mikasa.

—¿Qué hay con ustedes? —preguntó, sacando una porción de pizza.

—Estamos saliendo —respondió Eren.

—No me digas, genio.

—Aceptaron mi tesis —dijo Mikasa—, así que, tengo que presentarme, y estaré oficialmente graduada.

Ella sonrió apenas, orgullosa de sí misma, y Eren pasó un brazo sobre sus hombros, también orgulloso de ella.

—En tu cara —agregó Eren y Jean rodó los ojos.

—Felicidades, wow, eso es genial, Mikasa, eres la que tendrá mejor futuro de todos nosotros.

Ella resopló, divertida.

—¿Qué tal las pasantías? —siguió Jean, sirviéndose alcohol—, ¿tienes algún lugar pensado?

Ambos se envolvieron en la conversación, lentamente repeliendo a los demás.

Mikasa era la primera en terminar la universidad, y según Jean veía, probablemente la única. Eren estaba envuelto en ciertos dramas familiares, pero él sospechaba que eso era una excusa, Sasha y Connie trabajaban en sus respectivos negocios familiares, Ymir tenía un trabajo fijo, Christa– bueno, probablemente no se anotaría a nada ese año. Por último quedaba Armin, había dejado la universidad por su abuelo, que había caído enfermo a principio de año, pero Jean no perdía la fe con él todavía. Se le ocurrió preguntar si se anotaría a algo, pero capaz eso llevaría a hablar de su abuelo muerto y no quería arriesgarse a tocar un tema escabroso.

—Bueno, dejen de hablar de cosas deprimentes —dijo Sasha, apoyando sus manos sobre los hombros de Jean—, arruinan tu fiesta.

—¿No son deprimentes? —respondió contrariado, girando a mirarla.

—Lo son para los demás.

Le dio una palmada y se levantó. Mikasa suspiró, dando por terminada la conversación, y se levantó en dirección al baño. Jean también se levantó, tomó una lata de cerveza y se sentó en el sofá donde antes estaba ella. Delante de él, en la televisión, estaban Eren y Connie tratando de conectar una consola de juego mientras que Sasha los observaba, burlándose cada tanto.

—Divertida la fiesta, ¿no crees? —dijo Jean, cuando Armin se sentó a su lado. Él asintió—. No te vi tomar mucho, ¿aprendiste de tus errores?

Él rio—. No, pero, estoy un poco cansando.

—Si quieres, te acompaño a tu casa.

—No puedes dejar tu propia fiesta.

—Y me quedo.

—No puedes dejar tu propia fiesta —repitió.

—Últimamente, no te convencen mis planes —bromeó Jean. Estaba tentado de pasar su brazo por el hombro de él, pero no quería repelerlo más. Se cruzó de brazos, en cambio, y le dio un empujón con su hombro.

—Si no fueran una mierda, tal vez nos gustarían tus planes —comentó Eren, sentándose del otro lado de Jean, pasando su brazo sobre sus hombros.

—Mis planes no son una mierda, lo dices de envidioso.

—¿Ah, no? ¿Y esta fiesta? —tironeó de su cuello, jugando y desordenándole el cabello.

Jean rio y le pegó en las costillas—, esta fiesta no la organicé yo.

Ambos rieron, un poquito burlándose de Sasha. Armin los acompañó un poco con la risa, antes de estirarse a tomar una lata de cerveza de la mesita.


No se quedaron tanto en la casa de Sasha. Alrededor de la medianoche, todos comenzaron a irse. Jean lo agradeció, porque quería estar entero al día siguiente, ya que su hermano iba de visita con su esposa e hijo.

No estaba seguro de qué se le había metido en la cabeza a su madre como para vender la casa. Nunca, en realidad, habían hablado de eso. Su padre había muerto hacía bastante, cuando Jean, el menor de los cuatro, tenía doce. Había sido un año bastante de mierda, hasta que su primer sobrino nació, unos meses después, y todos se enfocaron en él. Capaz por eso terminó repeliendo el afecto físico.

Pero volviendo a la casa; la noticia había sido abrupta. Ya tenía pensado mudarse desde hacía rato, pero no quería dejar sola a su madre ahí. Ya hacía un par de años que eran solo ellos, con la visita ocasional de sus hermanos.

Era un alivio saber que se mudaría con Michelle, la hermana que le seguía de edad, porque así podría concentrarse en hacer su propia vida.

Jean llevaba trabajando para esa empresa algunos años. Había entrado cuando hacía las pasantías en la universidad, en segundo. Resultó que le iba bien y terminó dejando de estudiar cuando le ofrecieron una pasantía a tiempo completo. Y ahora, luego de la capacitación, ya tenía el puesto definitivo-definitivo.

El mudarse con Ymir era más bien broma. A menos que ella aceptara. La realidad era que podía pedirles dinero prestado a sus hermanos para mudarse ya, pero no le desagradaba del todo compartir casa con ella. Desde la secundaria que no pasaba mucho tiempo con Ymir y mentiría si dijera que la idea no sonaba agradable. Solo faltaban Annie y Mikasa, y Jean se sentiría de dieciséis otra vez.

Pero, regresando al pensamiento racional, era de verdad cerca a la oficina, hasta podía ir caminando, si no fuera vago. Y sabía que ella tenía habitaciones extras. El único obstáculo era ella misma, porque incluso después de nueve años de amistad, Ymir seguía siendo cerrada con algunos temas, véase, su historia familiar.

—Llegas a sacar algo de mi lado de la alacena y te corto las pelotas.

Por eso no podía creer que hubiera aceptado, ni siquiera una semana después, mientras se mudaba.

—Lo mismo para ti, te cortaré, uh, ¿las tetas? —dijo no tan seguro y se ruborizó cuando se encontró con la mirada de desagrado de Christa—. Hagamos de cuenta que nunca dije eso.

—Tarde —dijeron Ymir y Connie, el único libre un sábado por la tarde para ayudarlo a mudarse, mientras entraban con cajas.

—Wow, esto es verdaderamente grande —comentó Connie, inspeccionando cada detalle en su camino a la habitación de Jean—, ¿por qué nunca nos juntamos aquí?

—Porque es demasiado lindo como para que ustedes, revoltosos, lo destruyan —respondió Ymir de inmediato, como si hubiera preparado la respuesta antes.

Jean pasó de largo de ellos, saliendo del departamento para meter otra caja.

El departamento de Ymir no parecía uno. Se asemejaba más a una casa. Estaba en el tercer piso de un edificio residencial, tenía un patio-terraza que daba hacia la ciudad, y cuatro habitaciones. Era gigante para ella sola. Lo había heredado de sus padres, antes de que la conociera, por lo que no estaba tan seguro de la historia detrás del departamento.

Suspiró, tirándose de cara en su cama, una hora después, cuando al fin terminaron de meter sus cosas. Ahora, solo le quedaba guardar todo. Si no fuera porque tenía frío, tal vez lo haría luego de una siesta, pero no sonaba bien dormir destapado. Se levantó y fue a la sala. Connie e Ymir estaban ahí, tomando cerveza y mirando la TV, sin rastro de Christa.

—¿Están bebiendo mi cerveza? —se quejó, yendo a la heladera a buscar una para él.

—Es lo mínimo, por haberte ayudado —respondió Connie.

—Sí, uh, derecho de piso, Jean —agregó ella.

Forros —masculló, regresando de la cocina. Se sentó en el sofá individual. Ellos miraban una película de acción que él ya había visto, una bastante mala, por cierto. Sacó su teléfono de su bolsillo, que había sonado hacía algunas horas, pero que recién entonces recordaba.

¿Sigue en pie la película?

Pensó un segundo a qué se refería hasta que recordó la conversación en su auto. Levantó una ceja intrigado y sonrió. Dio un trago de cerveza y escribió: pues, no, porque ya no puedo llevarte a la casa de mi madre.

Pero puedo traerte a la de Ymir.

Envió el mensaje y después se distrajo con una red social, bajando apenas mientras bebía, hasta que la pantalla cambió con una llamada entrante. Dejó la lata en la mesita ratona–

—¡Usa portavasos, hijo de puta! —exclamó Ymir, sin mirarlo. Contestó y se puso el teléfono en la oreja, mientras se llevaba la lata con él.

Estoy seguro de que tenías buenas intenciones, pero no es para nada atractivo que me digas que me llevarás a la casa de Ymir.

Resopló divertido mientras cerraba la puerta de su habitación.

—Bueno, es lo que tengo para ofrecer ahora.

Estoy seguro que puedes subir esa apuesta.

Estaba coqueteando, Jean estaba seguro. El tono de voz de Armin era grave y relajado, sonaba igual que la noche de la fiesta, donde había coqueteado descaradamente con él.

Tarareó apenas, mientras pensaba—, no se me ocurre mucho, además, tú siempre fuiste el de las ideas.

Se llevó la lata a la boca, en una pausa que fue un poco larga.

¿Estás estás susurrando? —preguntó Armin y Jean sintió el tinte de risa en su voz.

—¿No…?

No lo puedo creer —soltó una carcajada—, ¿qué sucede? ¿Tienes miedo de que descubran que hablas por teléfono?

—Claro que no —respondió, contrariado.

¿Es por mí?

—¿Qué?

¿Es porque soy un chico?

—Armin, ¿qué carajo? Susurro porque quiero susurrar.

Sí, claro.

—¿Qué mierda te pasa? —se cambió de lado el celular—, ¿estás borracho? ¿Fumaste?

¿Qué tiene eso que ver?

—Oh, entonces .

Puta madre. Ni siquiera sé porqué llamé.

—No te atrevas a cortar ahora —dijo, hablando en tono normal.

Adiós, Jean, luego hablamos.

—¡No te atrevas–! ¡Mierda! —miró la pantalla del teléfono, no tan seguro de qué pasó, y después se tiró hacia atrás en la cama, golpeándose la cabeza contra la pared—. ¡Puta madre!

Se levantó de la cama y salió de la habitación. Giró hacia la sala en el momento preciso en que Connie devolvía la mirada a la tele e Ymir ponía de vuelta el sonido. Pasó de largo hacia la cocina. Minutos después, se asomó.

—¿Dónde mierda cenarás? —cuestionó brusco, haciendo saltar a Connie.

—Pues–

—Quiero decir —suspiró, pasándose una mano por la cara—, ¿quieres quedarte a cenar?

—Suena bien.

—¿Y dónde mierda está Christa?

—Salió —respondió Ymir. Ambos se quedaron esperando que agregara algo más, pero no lo hizo.

Regresó a la cocina, todavía irritado, molesto y enojado, y decidido a cocinar hasta que la bronca se le pasara.


Su primera noche con Ymir y Christa fue tranquila, excepto por la discusión con Armin, y la tensión que hubo cuando Christa regresó, cuando recién terminaban de cenar. Connie todavía estaba devorando el contenido de su plato (puta madre, Jean, cómo está tan bueno esto) cuando ella entró. Jean saludó apenas, Connie dijo algo entre dientes, pero Ymir se mantuvo en un silencio tan silencioso, que parecía que hasta los autos de la avenida habían dejado de hacer ruido.

—Buen provecho —dijo Christa, sin mirar a la otra—. Ya cené, así que, discúlpenme.

Se fue a su habitación– bueno, no, a la de Ymir. Jean se preguntó, si estaba todo tan tenso, ¿por qué no dormían en habitaciones distintas?

—Oh, creí que había regresado a su casa —comentó Connie, sin enterarse del ambiente tenso y de mierda. Se metió el último bocado, se reclinó hacia atrás, y respiró profundo—. Mierda, Jean, ¿qué tenía esto?

—Veneno —bromeó y miró a Ymir, sonriendo apenas, pero ella estaba girada hacia la tele—. Bueno, Connie, te tocan los platos.

—¿¡Qué!?

—Yo cociné —dijo Jean.

—Yo pagué —agregó Ymir, sin mirarlos.

Levantaron la mesa. Jean supervisó a Connie mientras lavaba dos platos hasta que se aburrió, y regresó a la sala. Ymir estaba en el patio, contiguo a la misma, sentada en una silla de playa, fumando. La vio demasiado tranquila, tal vez lo mejor era dejarla. O tal vez, ella sí quería hablar. Probablemente, Jean era la única persona que sabía lo que le pasaba.

—No me dijiste que estaba deliciosa mi comida —dijo, apoyándose en el marco de la puerta. Hacía menos frío de lo que creía.

—Me gustan los fideos más duros.

—¿Al dente?

Al dente —afirmó.

—Anotado para la próxima.

Estaba a punto de irse, cuando ella le estiró el paquete de cigarrillos. Se quedó en silencio.

—Estaba hablando por teléfono con Armin, y se enojó porque hablé un poco bajo —comentó y ella asintió—. No entiendo qué le pasa.

—Yo no entiendo en qué están ustedes, nunca me contaste bien.

Se rascó la nuca—, nos besamos en la fiesta de Eren y no lo vi en estos meses por el trabajo. Hablamos un poco pero, ah, ¿nada relevante? —Ella asintió—. El otro día le dije que no estaría mal hacer algo y esquivó el tema, y ahora se enojó. ¿Hay algo que no esté viendo en todo esto?

Ella se encogió de hombros y Jean frunció el ceño.

—No eres de mucha ayuda.

—¿Esperabas consejo? —suspiró cansada—, a ver… Llámalo —Jean frunció la nariz—. ¿Mensaje?

—Seguro lo ignore.

—Pero, la puta madre, ¿por qué no vas a su casa? Si tengo suerte, capaz te quedas ahí.

Jean sopesó la idea.

—Oigan, ¿dónde están? Me quiero ir —dijo Connie y después se asomó.

Jean apagó el cigarro y entró. Connie ya tenía la campera puesta y se estaba poniendo el gorro. Se despidió apenas de Ymir y ambos salieron hacia el elevador.

—¿Qué te pasó? Estabas bastante histérico hace rato —comentó él. Jean se encogió de hombros—. ¿Y qué hay con Christa? Parecía que Ymir estaba enojada con ella.

Él suspiró.

—No tengo idea. ¿Qué hay de ti? ¿Estás saliendo con alguien?

—Nah, mucho trabajo —dijo y Jean no pudo evitar coincidir—. ¿Tú? Sonó como que hablabas con alguien especial.

Notó el dejo de burla que había, pero decidió ignorarlo.

—Ah, ¿se escucha desde la sala? —hizo gesto de más o menos—, ¿qué tanto?

—No se entendió nada, pero el puta madre fue fuerte y claro.

Él asintió.

Acompañó a Connie hasta la parada de colectivo y cuando lo tomó, regresó al departamento de Ymir. Bueno. Su departamento, también.

Qué cosas, huh.


Cuando volvió, todo estaba a oscuras, excepto por la cocina. Creyó que Ymir se había olvidado la luz prendida, pero entonces oyó el microondas y que alguien lo abría.

Se asomó apenas y se encontró a Christa, sacando un plato humeante de las sobras. Entró haciendo ruido, pisando con fuerza para que no se asustara y sacó una botella de agua de la heladera.

—Olía muy bien —dijo con tono de disculpa, pero él hizo un gesto con la mano.

—Está bien, era tu porción.

Jean la siguió con la mirada; Christa tenía el plato sobre un repasador y estaba sentada en un banquito contra la pared, mirando a la distancia.

—Así que —comenzó Jean, recibiendo su mirada mientras masticaba—, un bebé. ¿De cuánto estás?

—Veinte semanas —sonrió apenas y tragó.

—No tengo idea de cuánto es eso —rio él y ella lo acompañó.

—Casi seis meses.

—Ah– wow, entonces casi termina tu suscripción a llevar una persona dentro tuyo.

—Supongo que sí —sonrió apenas, más por compromiso.

—¿Cómo te sientes? Es decir, te duele algo, o, no sé, ¿cómo está tu humor? —ella se encogió de hombros y él se cruzó de brazos, apoyado en la mesada—. Mi hermana estuvo embarazada hace poco, y estaba de un humor terrible, como, no enojada, sino que lloraba todo el tiempo.

—¿Sí?

—Sí, pero ahora que lo pienso, seguro era porque murió su esposo…

Se volvió a Christa, que lo miraba horrorizada.

—Oh, no es nada, era un hijo de puta. Tuvo un accidente de tránsito.

—No sé si quiera seguir escuchando esto…

—No, espera —él rio apenas, nervioso—, quiero decir, te veía un poco desanimada antes, pero…

—Estoy bien, Jean. Te lo agradezco.

Christa nunca era cortante. No estaba en su personalidad. Pero si lo fuera, Jean estaba seguro que esas palabras lo habrían sido. Asintió, dio otro trago a su botella de agua, la recargó y guardó, y después se fue a acostar.

Echado sobre su espalda, mirando el techo iluminado por las luces callejeras, Jean pensó en porqué le seguía molestando el haber discutido con Armin.


Nunca había sido bueno leyendo sus propios sentimientos. Siempre que creyó que alguien le gustaba, el crush desaparecía poco tiempo después. Solía darse cuenta que estaba enamorado muy tarde, por eso dudaba de lo que podía llegar a sentir por Armin. Si era lógico, creería que Armin le gustaba porque hacía bastante que estaba solo y, bueno, la idea y el acto de besar a Armin no le disgustaba en lo más mínimo.

Pero, ¿gustarle-gustarle? Lo veía improbable. ¿Y gustarle a Armin? Imposible.

Seguramente, él estaba igual de solo que Jean. Eso explicaría todo.

Suponía que lo justo sería confirmarlo con él, si estaban en la misma página. ¿Charlarlo mientras cenaban? Eso sonaba bien.

—¿Vas a salir? —cuestionó Christa, volviendo en sus pasos y parándose delante de la puerta abierta de la habitación de Jean. Sonaba bastante desanimada.

—Así es —respondió y se puso un suéter de lana gris.

—¿Vas a tardar mucho?

—Seguro que no ceno acá… ¿Por? ¿Necesitas que compre algo?

—Oh, no, no es eso… —Jean se giró a ella. Christa se abrazaba a sí misma y tenía las mejillas rosadas.

—¿Qué pasa?

—Tenía ganas… de comer tu comida… —murmuró, avergonzada.

Jean sintió una punzada de celos porque extrañaba más su comida que a él.

—Hay sobras congeladas —dijo entre dientes y ella sonrió amplia.

—Gracias, ¡diviértete!

Suspiró. Tomó su parca verde, guardó su billetera y su celular y salió de su habitación, con sus llaves en la mano.

—Las veo luego —dijo, pasando de largo de la sala, donde estaba Christa.

—Adiós —dijeron ella e Ymir, desde la cocina, al unísono.

Se subió a su auto. Tiró la campera en el asiento del copiloto y arrancó. El plan era simple. Iría a su departamento, le diría que estaba cerca y le preguntaría si tenía ganas de pasear. Si le decía que no o no le contestaba, iría al restaurante drive-thru más cercano de ahí. Era infalible.

La casa de Armin estaba cerca de la de Ymir, lo suficiente para ir caminando, pero si lo hacía, sus excusas no servirían.

En pocos minutos, llegó a su puerta. Estacionó y sacó su celular.

Oye, mandó, ¿estás libre?

Lo vio ponerse en línea y después salir. Ah, ¿no estaba ignorándolo, o sí?

Seguro que no. La primera regla para hacerlo era mirar los mensajes. Esa era también la última. Es decir, para ignorar a alguien, había que leer el mensaje y que el otro lo sepa. Así se ignora de la manera correcta.

Entonces, Armin vio el mensaje, pero no lo vio escribiendo. Entonces, iba a ignorarlo.

—¡Oye! —dio un salto, en el auto, y miró a la ventanilla, encontrándose con la cara de Eren—. ¿Qué mierda haces ahí?

Entornó los ojos y frunció la boca, pensando en una excusa.

—Qué te importa —respondió cuando falló.

—Baja de ahí, idiota —Jean suspiró y lo hizo—. Vinimos a cenar.

—Hola, Jean —saludó Mikasa, suprimiendo su risa.

—Hola, Mikasa —devolvió.

Jean sintió su teléfono vibrar, en su bolsillo trasero y, segundos después, Armin salió del elevador. Él miró su rostro mientras se acercaba, una mirada distraída primero, que cambió a una perturbada cuando lo vio.

Jean se sintió enrojecer.

Todos saludaron y pasaron, sin mencionar la inesperada aparición de Jean. Subieron al ascensor de a dos, primero Armin y él. En cuanto las puertas automáticas se cerraron, Armin suspiró.

—Yo no quería entrar —se excusó veloz, cruzándose de brazos—, pero Eren me vio y me hizo bajar del auto.

—¿Sabes? No tienes que explicarte —respondió Armin. No era necesario mirarlo para saber que estaba por reírse—. La próxima, no esperes en la puerta de mi casa.

—¿Quién dijo que habrá próxima? —refunfuñó. Miró a Armin con el rabillo del ojo, encontrándose con que él lo miraba de vuelta, con una ceja elevada—. ¿Qué? —cuestionó, sintiendo sus mejillas calentarse.

—Nada.

Jean lo miró otra vez, pero se volvió al frente cuando el ascensor tintineó. Observó a Armin salir, luego se miró al espejo y luego-luego tocó todos los botones, ganándose al menos cinco minutos más solo con él.

—¿Deberíamos hablar del otro día? —comenzó, cerrando la puerta tras suyo (un minuto extra). Armin lo miró sin entender—. De la llamada. Cuando peleamos.

—No fue una pelea.

—Discusión.

No fue

—Lo que sea que haya sido —interrumpió, acercándose a él—. Si dije algo malo, lo siento. Fue sin querer.

—No hace falta hablar de esto —dijo, yendo a la cocina.

—Sí hace falta —el olor de la pizza en el horno lo recibió y le dio hambre—. Me sentí mal después y quiero estar bien.

—¿Contigo mismo?

—Contigo —Armin entornó los ojos, pero después suspiró—. Así que, ¿quieres decirme qué te pasa?

—Me sentía mal —soltó—, mal por mi abuelo y me desquité contigo. ¿Bien?

Era más que evidente que mentía. El porqué, era algo que no podía adivinar.

—Lo siento.

—No te disculpes. Solo– olvidemos esto, ¿sí?

Jean lo observó sacar la pizza del horno y poner otra.

—Está bien —dijo—, entonces, ¿me das un beso?

Armin volteó veloz, con el ceño fruncido—, uh, ¿no? ¿Por qué lo haría? —respondió, sacándose los guantes de horno.

—Estamos bien, ¿verdad? Entonces, puedes darme un beso.

—No te voy a dar ningún beso, Jean.

—¿Prefieres que te lo dé yo? —sonrió y movió las cejas y Armin se sonrojó apenas.

—Basta, no somos nada como para que nos besemos.

—Somos amigos.

—No beso amigos– —la carcajada de Jean sonó estruendosa y Armin se puso más rojo—. ¡No beso amigos!

—Armin —se acercó a él y apoyó su mano en la mesada, atrapándolo contra el mueble y él—, ambos sabemos que eso es mentira.

Jean se acercó, despacio y decidido, pero antes de que llegara a la boca del otro, golpearon la puerta. Él suspiró molesto y antes de que se alejara, Armin tomó sus mejillas.

—Eres un idiota —dijo, antes de acercarlo y besarlo cástamente.

—Idiota, pero no tuyo —devolvió, haciéndose a un costado para que él abriera la puerta—, ¿o sí? ¿Qué tengo que decir para que me beses más?

Lo siguió con la mirada. Lo observó dar paso tras paso, delineando sus movimientos y su silueta. Jean se preguntó si haría ejercicio, porque sus piernas, cola y espalda se veían en muy buena forma.


La cena había sido deliciosa. Eren y Mikasa habían traído helado y mientras lo tomaban, se habían puesto a jugar a Dígalo con mímica. Las parejas eran bastantes obvias y creyó que tendría la victoria asegurada, pero no.

—Tiempo —dijo Mikasa.

—¡Terminator! —gritó Armin—, ¿¡cómo mierda no adivinaste Terminator!?

—¡N-No la vi! —se defendió.

¡Yo tampoco! —se pellizcó el tabique y volvió a hablar más calmado—. Son escenas icónicas, Jean, ¿cómo puedes no reconocerlas?

—Bueno, bueno —los cortó Eren—, es mi turno, piensen algo.

Jean se acercó a Armin y le susurró el nombre. Él asintió y se lo dijo a Eren, quien sonrió, mientras se soltaba el cabello y se lo ataba en una colita baja.

—Empieza —dijo Mikasa, tocando el temporizador y girándose a él. Eren puso cara seria, tomó una campera de una silla, se la colgó en el brazo y giró a ambos lados, con las manos estiradas. Mikasa lo señaló con un dedo, menos de diez segundos después—. ¡John Travolta! —él asintió veloz y ella pensó un poco—, uhh… ¡Tiempos Violentos!

—¡Sí! —exclamó Eren, tirándole la campera a Jean y abalanzándose sobre ella, besándola ruidosamente.

—¡Puta madre! —masculló Jean.

—En sus caras, perdedores —agregó Eren, sentado en la falda de ella, abrazando su cuello.

—Ugh, bien, si perdemos este, ustedes ganas —dijo Jean, levantándose. Puso una mano en la cabeza de Armin, llamando su atención—. No la cagues.

Armin jadeó y quitó su mano de un golpe—, ¿yo? ¡Tú no adivinaste ninguna!

Jean se acercó a los otros, recibiendo su película.

—Empieza —dijo Mikasa, tocando el temporizador.

Jean se rascó la cabeza y levantó cuatro de dedos.

—Cuatro palabras —dijo Armin. El otro hizo gesto de escribir en el aire—. Escribir, lista, uh, cuaderno —él negó y fingió pasar las páginas—, libro, leer, periódico, novela —Jean hizo gesto de más o menos—, ¿novela? —negó—. ¿Periódico? —repitió el gesto—, pasa a la siguiente.

Señaló la última palabra y el otro asintió. Comenzó a hacer gestos de abrazarse a sí mismo, acariciándose los brazos y Eren y Mikasa rieron, haciéndolo enrojecer, pero no perder la concentración.

—¿Caricias? ¿Abrazos? Ahh… ¿Amor?

—Diez segundos —anunció Mikasa.

Jean volvió a repetir el gesto de leer.

—Uh… ¡Periódico de la Caricia! —exclamó Armin, a la vez que Mikasa decía tiempo y rompía en risas con Eren.

Diario. De una. Pasión —dijo Jean, sentándose pesado en la silla. Armin enrojeció apenas, porque era obvio, y se cruzó de brazos.

—Quiero cambiar de compañero.

—¿Te casaste de perder? —instigó Mikasa, con voz suave y hasta amable, antes de romper en risas con Eren.

—Quiero jugar contigo —respondió Armin y Eren dejó de balancear las piernas y besar la mejilla de Mikasa.

—Aww, ¿tengo que jugar con Jean? ¡Eso es peor que perder!

—Vete a la mierda y empecemos.

Eren se levantó de la falda de Mikasa, molesto, y comenzaron otro juego.

Armin no estaba seguro de qué le molestaba más, que Jean y Eren estuvieran ganando o que él y Mikasa no tuvieran casi puntos.

—¡Yo Pescado!

—Tiempo —dijo Jean y chocó los cinco con Eren

¡La Sirenita, Mikasa! —exclamó Armin. Se pellizcó la nariz otra vez y la miró, hablando con voz calmada—. Mikasa, no te estás esforzando.

—¡Claro que sí! —se defendió, frunciendo el ceño—. Tú tampoco estás adivinando ninguna.

Las mejillas de Armin se enrojecieron y frunció el ceño, enojado, y Eren y Jean se miraron.

—¡Diablos, qué sueño! —exclamó Eren, opacando lo que decía el otro, después de fingir un bostezo—. ¿Vamos a casa?

Armin tomó las cosas sucias de la mesa y se fue a la cocina, de seguro refunfuñando, pensaba Jean. Lo siguió y se apoyó en el umbral de la puerta.

—¿Necesitas ayuda?

—Claro, cuando jugábamos —masculló, con el buzo remangado, lavando los vasos con bronca.

Jean rodó los ojos y volvió a la sala, a buscar más cosas para lavar. Eren y Mikasa estaban abrazados junto a la puerta, besándose. Ella debía de ser la que más disfrutaba del estirón de Eren, porque ahora podía usar zapatos con tacón y estaban de la misma altura. Tal como entró, salió.

Armin se giró hacia él, para tomar lo que fuera que hubiera traído, pero Jean estaba cruzado de brazos con una mueca.

—¿No había más para lavar?

—Se están besando —susurró.

—¿Y? —cuestionó, más bien irritado.

Jean se encogió de hombros.


Terminó siendo una noche bastante mala, recapitulaba más tarde, acostado en su cama.

Armin había estado irritable toda la noche y no podía evitar pensar que era por su culpa. No se explicaba qué pasaba por su cabeza. Ni siquiera se explicaba qué pasaba por su propia cabeza.

Tal vez, lo mejor era dejarlo en paz. ¿Qué trataba de conseguir con todo esto? Solo estaba molestando a Armin.

Ah. ¿Por qué eso sonaba tan mal?

—Jean, finge que me escuchas, al menos —Sasha le tiró del pelo.

—Au– ¿qué decías?

—Que estaba pensando en que nos juntemos todos, así les presento a mi novio —estaba peinando su cabello. Sasha había estudiado peluquería y hasta había trabajado en eso. Jean todavía no entendía porqué lo había dejado.

—Pero ya todos conocemos a Connie —se burló él y ella le tiró de vuelta del pelo.

—Está hablando de su novio imaginario —aclaró Ymir, sentada en el sofá, con su celular.

—Oh, ¿el que vio una vez y después se fue a otro país a estudiar para chef? —se burló otra vez e Ymir rio con él.

—¡Sí! —exclamó Sasha, feliz de que lo recordaran—. Terminó de estudiar y regresó hace dos semanas.

Jean e Ymir se miraron, sin palabras.

—Se llama Niccolo —agregó.

Siguieron en silencio.

—¡Hijos de puta! ¿¡De verdad creyeron que era mentira!? ¿¡Qué tan fracasada creen que soy!?

Ymir hizo gesto de más o menos, y Jean se giró—, vamos, nos mostraste dos fotos de su Facebook inactivo, ¿cómo querías que te creyéramos?

—Te voy a dejar pelado —murmuró, ajustando la capa con fuerza alrededor de su cuello.

Sasha comenzó a recortarle el cabello mientras le contaba sobre Niccolo, sobre las pastas que hacía, que había conocido a su madre, que su tarta de cosas sanas era deliciosa, que cuando lo llevó a su casa, se puso a hablar de vino con su padre, que hacía una carne asada para chuparse los

—Mierda, no, nadie quiere saber qué es lo que chupas, Sasha —la molestó Ymir, que regresaba de su habitación, cambiada para el trabajo. Ambos soltaron una carcajada, Jean bajó apenas la cabeza, y Sasha la hizo hacia atrás, al igual que su mano, que llevaba la máquina rapadora.

El sonido del cabello cortado fue fuerte.

—¡La puta madre! —exclamó Jean—. ¡Sasha–!

—¡Es tu culpa por no quedarte quieto! —interrumpió con su excusa.

Ymir rompió en risas y se fue a terminar de cambiarse. Sasha dio un paso atrás y observó bien a Jean.

—No está tan mal, espera que lo empareje.

Le afeitó toda la barba, desde la mitad de las mejillas hasta las patillas, luego le pasó un espejo.

—Huh —murmuró él, mirándose de todos los ángulos posibles—, no está tan mal…

—Oh, Reiner tiene la barba así —comentó Ymir, regresando con su mochila y con Christa siguiéndola. Jean hizo una mueca de asco.

—¿De dónde saliste tú? —cuestionó Sasha, sorprendida.

—Estaba durmiendo la siesta —respondió con voz de recién despierta e ignorando que se refería a qué hacía en la casa de Ymir cuando se suponía que no vivía ahí—. Dijiste que me acompañarías.

—Dije que quizás y que eso dependía de si la reunión era a las cuatro o a las cinco —respondió Ymir sin mirarla mientras guardaba los cigarros y la billetera en la mochila.

—No quiero ir sola —murmuró Christa.

Ymir se giró y Jean sospechó que estaba a punto de hacer un comentario ofensivo, por qué no le dices a tu hermana que te acompañe, pero ella respiró profundo.

—Lo siento, ¿sí? Esta vez no puedo.

—Uh —se aclaró la garganta y Sasha apagó la máquina—, yo estoy libre pero no quiero, uh, ¿imponerme?

—Yo estoy ocupada —dijo Sasha en tono de disculpa pero después frunció apenas el ceño—, ¿de qué se supone que hablamos?

—Tengo cita para una ecografía —respondió y miró a Jean—, no quiero molestarte…

—Ah, vamos, no es nada —hizo un gesto con la mano, restándole importancia—, podemos aprovechar y sacarle el cuero a Ymir.

Christa giró hacia ella e Ymir asintió, aunque probablemente fuera para sacársela de encima.

—Si no es problema… Gracias, Jean.

—Todo resuelto, entonces —dijo Ymir. Se puso el saco y la mochila, acercó a Christa por el hombro a ella, plantándole un beso casi a la altura del ojo—, luego me cuentan cómo les fue y si Feti tiene dos cabezas.

—¡A mí nunca me besas así! —se quejó Sasha mientras Ymir salía y cerraba la puerta.

Sasha siguió cortándole la barba a Jean y Christa fue a la cocina.

—Perfecto —dijo Sasha, guardando sus cosas. Jean se miró en el espejo y frunció el ceño.

—Está como la mierda– ¿escribiste tu nombre?

—Me salió bastante bien, ¿no crees? —ella sonrió y comenzó a barrer el cabello del suelo.

Jean se levantó refunfuñando y se acercó a la cocina.

—¿A qué hora es la cita?

—Como en una hora —respondió Christa, comiendo una cucharada de helado.

Él asintió, fue a buscar sus cosas para ducharse y después se metió al baño. Odiaba afeitarse, siempre le picaba la cara como por dos días después de hacerlo. Por otro lado, si se la dejaba así, más allá de que todos se burlarían de él, después no crecería bien y no se arriesgaría con Sasha otra vez.

Media hora después salió, cambiado y afeitado. Christa ya estaba lista en el sofá y Sasha estaba a su lado.

—Ya estoy —anunció él pero ninguna se volvió.

—La mugre te está esperando —señaló Sasha vagamente. En un rincón estaba el cabello barrido con la escoba.

—No te costaba nada juntarlo —refunfuñó. Terminó de limpiar y regresó. Ambas se estaban abrigando para salir, pero se detuvieron a mirarlo un segundo, antes de voltearse y reír a escondidas. Jean rodó los ojos—, vamos, no es la primera vez que me afeito.


El viaje al consultorio fue mayormente silencioso. Jean había notado en las últimas semanas que Christa solía acariciarse la panza sin darse cuenta cuando miraba por la ventana o hablaba de cosas sin importancia. No podía ni imaginarse qué estaría pasando por su cabeza. Pensó en sacar el tema, preguntarle un poco, pero no quería incomodarla. Ella no le diría que no quería hablar, tal vez sería un poco evasiva, pero no cortante. No quería incomodarla.

Llegaron y pasaron. Era una clínica privada de renombre, con una fama un poco… no buena. Demasiado conservadora. Se había preparado mentalmente.

—Pero qué tenemos aquí… Una pareja bastante joven, ¿cuántos años tienes, muchacho? —preguntó el obstetra, poniendo líquido en la panza de Christa.

—Dieciocho —mintió Jean, ignorando la mirada de advertencia de ella. Estaba recostada en la camilla, mirando directo a la pantalla mientras el doctor comenzaba a hacer la ecografía.

—Todo parece estar en orden… ¿Han pensado nombres?

—Por supuesto, mi esposo y yo pensamos en ponerle como la madre sustituta si es niña —siguió Jean, ignorando el golpecito de Christa—, y si es niño, pensamos en un nombre más vanguardista.

El doctor levantó una ceja, sin mirarlos.

—Algo como Kanye —concluyó Jean y vio a Christa de reojo aguantándose la risa.

El doctor suspiró, incómodo.

—¿Quieren saber el género?

—Eso es una construcción social.

Los tres quedaron en silencio.

—Preferimos no saberlo —respondió Christa.

Echó a Jean para limpiarse el estómago y esperar la ecografía y él fue a buscar el auto, que estaba estacionado a la vuelta de la clínica. Cuando llegó a la puerta, ella lo esperaba.

—¿Tienes hambre? ¿Café? Yo invito —dijo Jean, conduciendo en dirección a algún lugar de comida.

—No creo que a Kanye le siente bien el café —bromeó y Jean soltó una carcajada.

—Qué nombres de mierda, espero nunca tener que nombrar a ningún bebé.

—Acabas de decir indirectamente que mi nombre es una mierda —señaló ella. Jean se sonrojó y comenzó a disculparse mientras ella reía, claramente bromeando—. Puedes compensarme con una bebida.

Se detuvieron en una cafetería. Pidieron y se sentaron. Christa miraba con demasiado cariño el sándwich de él.

—¿Quieres la mitad?

—No, no, no tengo hambre —negó a la vez que se llevaba su smoothie a la boca.

Jean lo mordió y mientras se limpiaba la boca notó la mirada de ella.

Dios, Christa, solo come.

—Pero-

Insisto.

Lo mordió reacia, pero luego de saborearlo lo mordió de vuelta, con ganas.

—Listo, no quiero más, no me des más.

Estuvieron en silencio por escasos momentos hasta que Jean no pudo más con su curiosidad.

—Ustedes están saliendo —dijo mirándola y Christa tuvo el descaro de negar—. Vivo con ustedes.

—Bueno, puede que sí.

—¿Por qué es secreto? Digo, es obvio que Ymir es torta y tú no pareces preocuparte por lo que piensen los demás– es decir, no es como si alguien fuera a pensar algo malo.

Se encogió de hombros.

—No era tan serio al principio, después ella dijo que nos fijemos cuánto tardan en darse cuenta.

—¿Alguien se dio cuenta?

—Armin, pero, bueno, es Armin —rio ella y Jean sonrió. Bebió de su smoothie y volvió a hablar—. ¿Qué hay con él, por cierto? Ymir me contó algo.

¿Cuáles eran sus opciones? Jean tenía la mirada fija en la mesa, con el sándwich en la boca. Lo más probable era que Christa lo estaba observando, analizando su expresión para pescarlo si llegaba a mentir. Por otro lado, Ymir traidora

—Tardaste mucho en responder, Jeannie —cantó ella, burlándose. Jean se atragantó con el sándwich, enrojeciendo. Christa rio, pasándole servilletas mientras tosía—. Aww, ¿están saliendo? ¡Felicidades!

—N-No estamos… saliendo —respondió, cuando recuperó el aliento—, solo–

Se interrumpió, abrupto. Miró apenas a Christa, encontrándose con sus ojos redondos, curiosos y llenos de aliento. Jean se rascó la mejilla y se inclinó hacia delante.

—Tú has salido con chicos antes de Ymir —Christa asintió—. ¿Por qué empezaste a salir con ella?

Christa hizo una mueca, mirando a la distancia.

—No lo sé. Nunca creí que terminaríamos juntas cuando la conocí —rio suave y Jean la acompañó.

—¿Te acuerdas? Era súper rara Ymir cuando la conocí —Jean sonrió nostálgico—, fumaba hierba en el baño de la escuela.

—¡Lo había olvidado! —soltó una carcajada—. Dios, recuerdo que la primera vez que me quedé a solas con ella, había sido muy incómodo.

—La Ymir adolescente era incómoda el noventa por ciento del tiempo.

—Recuerdo, cuando me invitó a salir —jugaba con el sorbete de la bebida y miraba más allá de Jean—, se veía tan genial. Era como si no fuera la gran cosa, si fuera una salida de chicas.

Él dio un trago de su frappé, mirándola con atención.

—Y después, volvió a invitarme. Y salimos más y más y pensé, bueno, en el peor de los casos, dejaremos de ser amigas —Jean desvió la mirada, pensando en si valía la pena—, y seguimos saliendo. Y me enamoré y… —hizo una pausa. Respiró profundo y cuando Jean se volvió a ella, tenía los ojos llenos de lágrimas—. Y la amo tanto, Jean, y ella me odia.

—Vamos… —él sujetó su mano libre sobre la mesa—, Christa, ella no te odia, es todo lo contrario.

Levantó la vista, mirando directo a los ojos de Jean. Sujetó su mano entre las suyas con fuerza—, ella ha hablado contigo, ¿verdad? Eres su mejor amigo —Jean desvió la mirada y Christa tiró apenas de su mano—. Por favor, Jean.

—Sí, me contó —se mordió el interior de la mejilla, pensando bien qué diría después—. Pero, no es conmigo con quien...

Christa soltó su mano y se reclinó en el asiento, abrazándose a sí misma. Jean se pasó la mano por el cabello.

—¿Cómo está... uh, cómo está la situación? —preguntó y un momento después aclaró—, del bebé, me refiero.

Ella se sorbió la nariz—, Ymir es lo más cercano a un padre que tiene.

Mierda —susurró él y ella asintió—, ¿y tu hermana?

Se encogió de hombros.

—Se está haciendo cargo de los gastos, pero no hemos hablado todavía. No sé si quiero hablar.

—Tienes que hacerlo —insistió con voz firme—, con ella y con Ymir.

—¿Está enojada conmigo? —preguntó y por su expresión ya sabía la respuesta.

Él suspiró—, sí.

La boca de Christa se hizo una mueca fea, el preludio de su llanto.

—¿Va a romper conmigo?

—¡No…! —respondió veloz pero su voz flaqueó—. No creo…

—Siempre arruino todo —murmuró, con las lágrimas cayendo—, no puedo tener nada bueno, porque lo arruino.

Jean se pasó las manos por el rostro y respiró profundo.

—Christa —dijo con voz firme pero sin intención de regañar—, no arruinas nada, ¿sí? Esta vez la cagaste, es verdad. Pero, ahora, tienes que arreglar esto mientras puedas. Habla con tu hermana, habla con Ymir. Lo que a ella le dolió es que no le hayas dicho nada al principio. Mierda, Ymir movería cielo y tierra por ti, y me arriesgo a decir que por ese bebé también. Uh, si resulta que te lo quedas.

Tomó una servilleta, se limpió el rostro y se sonó la nariz.

—Gracias —dijo suave, con una sonrisa—. Arruiné la salida.

—Nunca más te voy a llevar a pasear si vas a llorar así —bromeó Jean, queriendo animar el ambiente—, eres peor que mis sobrinos.


Se miró al espejo. Casi una semana había pasado desde que Sasha había masacrado su cabello y su barba seguía casi igual de corta. Siempre le tardó en crecer el pelo en la cara.

Salió del baño, recién bañado y con una toalla enroscada a la altura del pecho, y se metió a su habitación. Todavía no se decidía sobre qué ponerse. ¿Debería vestirse formal? Vería a sus amigos, pero también conocería al novio de Sasha. Capaz, lo mejor sería dar una buena primera impresión. Pasaba las prendas de su armario, buscando algo. El jean blanco se veía muy bien, pero era el último que le quedaba sin manchar (gracias a sus sobrinos), y prefería guardarlo para otra ocasión dónde no estuvieran ni Eren ni Connie, los más propensos a derramarle algo encima.

Terminó eligiendo un jean azul que le llegaba arriba del tobillo, por lo que esperaba que no corriera viento. Remera de manga corta (porque Sasha siempre ponía la calefacción al mango), suéter– no el gris, porque ya lo habían visto la última vez con ese, sino el negro claro, de cuello alto, chaqueta fancy y ya estaba listo.

—¿Ya están listas? —preguntó, apagando la luz de su habitación y cerrando la puerta.

—Nah —dijo Ymir. Estaban en la sala, mirando la televisión—, tengo que levantarme temprano mañana y Christa está embarazada.

Jean hizo una mueca y Christa se giró a él—, tengo los pies bastante hinchados, prefiero quedarme.

Iba a decir algo, tratar de convencerlas, pero su teléfono vibró. Leyó el mensaje, sonrió y lo guardó.

—Bueno, ustedes se lo pierden —se acercó al sofá y se inclinó—, las veo mañana.

Christa acercó su rostro y aceptó el beso en la mejilla, sonriendo, mientras que Jean tuvo que forcejear con Ymir para que aceptara el suyo.

—Pinchas, hijo de puta —masculló ella, acariciándose el rostro.

—¡Diviértete! —exclamó Christa.

Él salió, subió al auto y antes de arrancar, respondió el mensaje, en cinco, estoy ahí.


—Pasaron diez minutos —bromeó Armin, subiendo al auto. Iba a agregar algo más, cuando notó el rostro afeitado de él y soltó una carcajada.

—Sí, sí, Sasha hizo una de las suyas…

—¿No es como la tercera vez que te "corta sin querer"? —hizo comillas con los dedos y Jean suspiró.

—En fin —dijo, arrancando y tratando de concluir el tema—, regresando a tu queja, tienes que pagar para poder hacerlo.

Su tono de voz había sido una mezcla entre broma y coqueteo, como si quisiera tantear antes de tirarse de cabeza. Miró de reojo a Armin, que había hecho una mueca, riéndose de él.

—Ahora —siguió—, se supone que dices algo, como, oh, sí, puedo pagarte con

Armin soltó una carcajada—, yo no hablo así.

—Estás cambiando de tema —insistió Jean, contagiado con su risa. Paró en un semáforo y lo miró, encontrándose con que se había enrojecido—. Aww, te pusiste rojo.

Él no respondió, solo rio mientras se tapaba apenas el rostro. Jean arrancó.

—Pareces de buen humor —comentó, bajando el volumen del estéreo para que quede de fondo—, ¿emocionado por conocer al novio de Sasha?

—No especialmente —respondió Armin, volteando a él—, pero estoy de buen humor —Jean asintió, tarareando apenas.

Se quedó esperando, creyendo que agregaría algo más o que hablaría de las últimas veces, pero si él no sacaba el tema y encima decía que estaba de buen humor, no había ni una razón para hablarlo.

—Me alegro —dijo, entonces, y sonrió sin desviar la mirada del frente—, eres más simpático así.

Armin golpeó apenas su brazo, riendo. Dejó la mano en el apoyabrazos del medio y Jean no perdió la oportunidad para acariciar su mano distraídamente mientras manejaba. Armin miraba por la ventanilla a la vez que enlazaba los dedos con él y Jean suspiró apenas porque, ah, así tiene que ser.


Llegaron a la casa de Sasha poco después. Parecía que la familia de ella había salido, pero igual todos estaban en el sótano. Suponía que era más cómodo. Mikasa y Connie eran los únicos ahí, charlando, con un vaso en la mano.

—¿Y Eren? —preguntó Jean.

Todos se callaron, Armin miró un segundo a Mikasa y después se aclaró la garganta—. Así que, ¿a qué hora viene Niccolo?

—Está retrasado/¡en cualquier momento! —respondieron Connie y Sasha, respectivamente, al mismo tiempo. Connie levantó una ceja, incrédulo de su entusiasmo, y ella siguió hablando—, siéntense, tomen algo.

—¿Hace falta comprar algo? —preguntó Armin.

—No, no, ya está todo. Mi novio querido se encargó de la cena —respondió, usando el apodo con un poco de ironía.

Jean se sentó, sin decir nada más y un poco avergonzado, en un rincón alejado de Mikasa. Connie se sentó a su lado, mientras que Armin se sentaba con ella.

—Eres un idiota, cara de bebé.

Decidió ignorar el apodo de mierda—, vamos, capaz estaba en el baño, cómo voy a saber —se cruzó de brazos. Vio a Connie acercarse a la mesa con el alcohol y tuvo un flashback del vodka de mierda que le había hecho en la fiesta de Eren—, deja, yo preparo.

Él asintió y se echó en el sofá. Jean se acercó a los otros dos, con intención de hacer la paz, a ofrecerles algo de tomar.

—Vodka —respondió Mikasa—, más de dos shots.

Armin y Jean se miraron un momento y el segundo sonrió—, ¿estás segura? Es del barato, te vas a arrepentir mañan–

—No me importa.

—Empecemos con algo tranquilo, ¿sí? —concilió Armin y después giró hacia él—, ¿qué más hay?

—Pues… —dio una mirada general a la mesa—, hay vermut.

—Nunca probé, ¿es fuerte?

Jean lo pensó un segundo.

—Seh, bastante —mintió Armin—, casi tanto como el vodka.

—Claro y te lo hago bien fuerte —agregó Jean, haciendo un gesto con la mano—. Armin, ven a ayudarme.

Detrás del sofá grande, donde estaba Mikasa, Sasha había colocado una mesa con sillas, seguro provisional para ese día. Ambos se pusieron en el extremo más alejado de ella.

—¿Qué pasó? —susurró Jean, sirviendo vermut en un vaso con bastante hielo.

—Parece que discutieron, solo me dijo que él es un imbécil —susurró el otro, sirviendo vodka en su propio vaso—. Me dijo él antes que no sabía si venía, que tenía algo familiar o no sé.

Jean asintió, haciendo una mueca. Llenó la otra mitad del vaso con agua gasificada y se sirvió soda para él.

—¿No tomarás nada?

—Nah —respondió, tomando los vasos—, alguien tiene que llevarnos de vuelta, ¿no crees?

—Tiene sentido.

Le dio el vaso a Mikasa y se sentó con Connie, que estaba escribiendo bastante en el celular. Lo observó fijo, esperando que se gire a él, pero Connie lo ignoraba tan bien. Estaba a punto de hablarle cuando Sasha apareció.

—¿Dónde te habías metido? —preguntó Armin. Ella rio apenas, sin responder. Dejó en la mesa los platos y cubiertos que traía y regresó al piso superior.

Jean se encogió de hombros, volviéndose a Connie.

—¿Qué haces? —seguía mirándolo, pero él se empeñaba en ignorarlo—, Connie.

—Oh, ¿me hablabas a mí?

—Estoy literalmente a tu lado.

—Pues —bloqueó el celular y lo dejó en su falda—, tengo hambre, ¿tú no?

Lo miró entornando los ojos. Connie no parecía de buen humor, pero no estaba seguro si dejarlo en paz o no. Por otro lado, Mikasa cuchicheaba con Armin con fuerza, mientras él tenía cara de sufrimiento. Miró un segundo a Connie, que estaba bostezando y ya tenía su teléfono en la mano, y se acercó a los otros.

—Lo voy a matar, lo amo, pero lo voy a matar.

—¿Vuelvo luego? —bromeó Jean. Armin hizo una mueca y Mikasa lo miró como si ya lo hubiera elegido como su primera víctima. Jean se aclaró la garganta—, Mikasa, querida, tu vaso está vacío.

Ella le estiró el vaso y se giró en el sofá, siguiéndolo con la mirada.

—Esta vez sí quiero vodka.

—Bueno, pero poquito —concedió Armin.

Jean y Mikasa se miraron, decididos a ignorarlos.

—Claro, sí —respondió él. Sirvió en el vaso de ella mientras hablaba—, y, ¿qué onda? ¿Qué pasó con el zoquete?

Armin soltó una risita y Mikasa tomó aire.

Oh, Dios —susurró Jean, dándose cuenta del error que había cometido.

Recibió el vaso de Jean, y comenzó a contar.

Mikasa nunca había sido alguien que hablara mucho. Tenía algunos temas específicos de los que podía charlar por horas, pero en general, no hablaba tanto. No tanto como los demás. En un principio, hacía años, le había costado un poco entablar conversación con ella, lo mismo con Annie. Ymir siempre era la que rompía los silencios, diciendo cosas como, digan algo, hijos de puta.

La secundaria había sido divertida con ellas tres.

—No escuchó una sola palabra —escuchó a Armin decir y él jadeó, fingiendo ofenderse, cuando era la verdad.

—Claro que sí, dijiste que Eren es un idiota, pero eso ya lo sabemos —respondió, después dio un pequeño golpe a la mesa—, este hijo de puta, no puedo creer que haya hecho eso.

Armin negó apenas sonriendo y Mikasa suspiró.

—No es un hijo de puta, Karla es muy buena —dijo ella—, pero a veces, en verdad que es egoísta… es decir, no puede ser que solo yo lo piense.

—Dijo que no podía venir porque estaba muy cansado, pero vimos que Zeke subió fotos con él en el Arcade —aclaró Armin.

—Sasha le dijo hace semanas que quería que conociera a su novio, es importante para ella, pero él, no solo le canceló a último momento, sino que nos mintió —dijo, dando un trago largo—, lo amo, pero a veces es una persona tan… tan…

—Maldita/hijo de puta —dijeron Armin y Jean, y el primero siguió—. En fin, no sirve de nada seguir pensando en esto, podemos pasarla bien sin él.

—¿Bien? Podemos pasarla genial —abrió una lata de cerveza, llenó casi por completo el vaso de Armin y se dejó un poco para sí mismo—. Por Eren, porque es un imbécil —dijo, levantando la lata. Los otros, incluido Connie, que no prestaba atención, lo imitaron, repitiendo por Eren.

Todos tomaron, a la vez que Sasha bajaba y se aclaraba la garganta.

—Atención, dama y caballeros —dijo. Sonreía ampliamente y tenía las mejillas rosadas—, les presento a… Mi novio.

Se deslizó al costado e hizo manos de jazz al hueco de la escalera, donde iba bajando un hombre, que Jean adivinaba, era el famoso Niccolo.

—Um —él se aclaró la garganta nervioso e hizo un saludo con la mano—, ¿qué tal?

Sasha señaló uno por uno—, Jeannie, Miki, Armi y Conrad.

—Mierda, ¿por qué los presentas con apodos y a mí con mi nombre? —se quejó Conrad.

—Pues, siempre te decimos Connie —señaló Armi.

—Sí, ya hasta había olvidado que te llamas así —agregó Jeannie.

Volteó a Miki, sonriendo por el chiste, y la vio todavía un poco desanimada.

—¿Qué tal si comemos?


Después de cenar regresaron a sentarse en los sillones. Mikasa estaba un poquito ebria y, por alguna razón, Connie la había acompañado. Estaban risueños. Armin estaba bastante fresco y Jean no se había terminado la media lata de cerveza. Sasha, por otro lado, no había bebido nada y también notó que Niccolo solo había bebido una copa de vino tinto con la cena.

Niccolo parecía elegante, como, demasiado para el desastre que eran todos ellos. Se alegraba por Sasha.

—¿Cómo se conocieron? —preguntó Mikasa con ojos cansados y sonrojada.

—Ah, estoy seguro de que Sasha les contó un millón de veces —respondió Niccolo avergonzado y haciendo un gesto con la mano. Todos se miraron entre sí riendo apenas, poniéndolo nervioso. Él se giró a Sasha—. ¿No les… contaste?

Sasha sonrió, la sonrisa maldita de cuando alguien pinchaba comida de su plato—, la verdad es que sí les conté, pero los muy hijos de puta creyeron que eras mi novio imaginario.

Él rio suave, incrédulo, pero cuando vio la expresión molesta de ella y recibió el silencio de los demás, guardó silencio.

—¡Para qué tener enemigos, si tengo amigos así, ¿verdad?! —exclamó ella, lanzando una carcajada.

Niccolo volvió a reír, nervioso.

—Eh, pero somos buenos amigos en otros aspectos —dijo Armin.

—La mayoría lo somos —masculló Mikasa.

Jean hizo una mueca y se inclinó a Armin apenas—, ¿soy yo o esto está muy tenso?

Armin hizo un gesto de más o menos y Jean suspiró.

—¿Alguien quiere postre? —dijo entonces Niccolo, tratando de salvar la velada. Todos asintieron y él huyó, escaleras arriba.

—Es simpático —murmuró Mikasa, con el ceño fruncido.

—Suena a sarcasmo —respondió Sasha—, pero gracias.

—Sí, muy simpático —agregó Connie, que llevaba bastante tiempo en silencio.

—Ah, no, ese es el sarcasmo.

—¿Y a ti qué te pasa? —cuestionó Jean—, ¿ya estás borracho?

—No me pasa nada y no estoy borracho —devolvió irritado—, ¿qué es, tu único argumento, Jean?

Él levantó una ceja juzgándolo, luego se cruzó de brazos.

—A ver, levántate.

Connie también se cruzó de brazos, sin intención de levantarse—, puede ser que esté un poquito borracho.

Suspiró, pasándose una mano por el rostro. Niccolo regresó, trayendo una fuente con él. Parecía tarta de chocolate, de las caras. Después de repartir las porciones y sentarse todos de vuelta, Connie se decidió a reanudar la charla.

—Pareces una persona muy buena, Niccolo —empezó, inspeccionando el postre antes de probarlo.

—Gracias, tú también pareces muy agradable.

—Ah, gracias– —levantó la mirada a él, indignado por el cumplido, y se aclaró la garganta. Jean respiró profundo—. Como decía; recuerdo hace algunos años, cuando me rompieron el corazón por primera vez– gracias, Armin.

—¿Está hablando del beso? —susurró él, inclinándose a Jean.

—Está hablando del beso —afirmó, tratando de aguantar la risa.

—Sasha me dijo —continuó Connie, cortando un poco de tarta y pinchándola con el tenedor—, si seguimos solteros a los veinte, saldré contigo, y, ¿adivinas qué pasó, Niccolo?

Niccolo no estaba seguro de si quería adivinar.

—A los diecinueve empezó a salir contigo —concluyó, metiéndose un bocado de tarta—, entonces– mierda, está bueno, ¿qué es?

—Tarta chocolate y nuez —respondió Niccolo.

—Jean, pídele la receta —murmuró Mikasa, devorando su porción también.

—Para concluir esto —dijo Connie y Jean esperaba que de verdad fuera la conclusión—, no puedo creer que mi mejor amiga, mi hermana, esté saliendo con una persona tan… tan…

—¿Guapa? —acotó Sasha, robándole una risita avergonzada a él.

—Tan fuera de su liga —concluyó Connie, ahogando un hipido.

¿Disculpa?

—Mierda, ¿estás llorando? —preguntó Jean.

—¡Es el alcohol! —se defendió—, ¡y esto, de verdad, está delicioso!

Nadie quiso agregar nada más, ni señalar el "acuerdo" de salir a los veinte, ni que Connie se hubiera referido a ella como su hermana, ni que mencionara el beso con Armin.

—Tus amigos son, uh, peculiares —Jean oyó a Niccolo susurrarle a Sasha.

—Oh, y eso que no conoces al resto.

Casi lo oyó replantearse cuánto quería a Sasha.


—¿Quiénes dijiste que eran la pareja? ¿Jean y Armin? —preguntó Niccolo cuando quedaron solos—, parecían simpáticos, podríamos hacer cita doble con ellos.

Ella rio apenas—, eran Eren y Mikasa la pareja, ellos no están saliendo.

—¿Estás segura? —ella asintió—, me dieron la impresión de que sí, estuvieron sentados juntos toda la noche y se susurraban cosas a cada rato.

—Ah, sí, hace algunas semanas que están así —Niccolo la miró, esperando a que se diera cuenta. Sasha dejó de lavar de golpe, jadeando—. ¡Están saliendo! ¡Y no nos contaron!


—Soy un amigo demasiado bueno y ninguno me aprecia como deberían.

—Deja de quejarte —masculló Mikasa, en el asiento trasero, diagonal a él, provocando que Jean se gire veloz.

¿¡Disculpa!?

—No le hagas caso —concilió Armin, tirando de Jean para que volteara al frente—, Mikasa, asegurate que Connie–

—Estoy despierto —interrumpió, con voz grave, recién despierto.

—¿Tienes el cinturón? —preguntó Jean. El silencio de los tres lo recibió—, ¿Connie?

—… No puedo abrocharlo —murmuró.

—Mikasa–

—Sí, sí… —respondió ella, interrumpiendo a Jean—, diablos, eres como… como… Armin, ¿cuál es la palabra que busco?

Mom friend.

Connie y Mikasa rieron.

—Oye, deberías defenderme —se quejó, arrancando el auto.

—Pero, es verdad —Armin volteó a él—, y no es algo malo, te preocupas por los demás, cuidas a los borrachos, nos llevas a casa, era dulce, cariñoso, comprensivo–

—Mi madre no es comprensiva cuando vuelvo borracho a casa —interrumpió Connie en voz alta.

Jean miró apenas a Armin, que había girado a la ventana.

—¿Y?

—¿Qué?

—¿No seguirás diciendo lo maravilloso que soy?

Armin rio apenas, pero no respondió. Su mano reposaba en el apoyabrazos y Jean se vio tan tentado de acariciarlo, solo porque sí, pero se contuvo. Solo porque sí.

Dejaron a Connie en su casa, primero. Esperaron a que entrara antes de arrancar a la siguiente parada. Casualmente, pasaron por la casa de Eren y Jean notó que Mikasa se acostó en el asiento trasero. Le dio un empujón a Armin e hizo señas.

—Mikasa, ponte el cinturón —dijo, sin ganas, pero ella no respondió. Se volteó en el asiento—, Mikasa.

—¿Está dormida?

—Eso parece —respondió Armin, sentándose bien—. Vamos a mi casa.

Jean asintió. Manejaba con cuidado de no frenar con fuerza. Mikasa no era muy comprensiva recién despierta ni ebria.

—Te veo bastante bien —comentó Jean después de bostezar—, creí que habías tomado bastante.

—Lo hice —concedió Armin—, pero se me pasó el pedo cuando comimos. Además, después de la cena, dejé de beber alcohol.

—¿Oh? ¿Alguien aprendió de sus errores?

—Jamás —sonrió él—, pero, no tenía muchas ganas de emborracharme.

—¿Por? ¿Estás embarazado?

Ambos rieron. Jean lo miró un segundo, creyendo que diría algo, pero Armin guardó silencio. No quiso seguir indagando. Llegaron al departamento de él. Mikasa estaba medio dormida todavía y Jean la ayudó a subir.

Cárgame —susurró en su oído, dándole escalofríos a Jean. Ella lo abrazaba por el cuello, y Jean hizo contacto visual con Armin, sonrojado, incómodo y avergonzado.

—A que no puedes —retó Armin. Jean trató de levantarla en sus brazos, pero solo lo logró por escasos segundos.

—Bueno, esto es vergonzoso —rio él, poniéndose más rojo. Se giró y Armin la ayudó a subir en la espalda de Jean—. Les recuerdo que hago trabajo de oficina.

Mikasa abrazó el cuello de Jean y no tardó mucho en roncar apenas en su oído. Él sujetó sus muslos con fuerza y se concentró en no dejarla caer, porque todavía no estaba listo para morir. Armin caminaba detrás de los dos por si todo salía mal, así la atrapaba si se caía a la mierda.

Llegaron al piso de Armin, salieron del elevador y él caminó delante de Jean, abriéndole todas las puertas hasta llegar a la de la habitación que había sido de su abuelo.

—Déjala ahí —indicó Armin, volviéndose a cerrar la puerta del departamento.

Trató de dejar a Mikasa con suavidad en la cama. Casi lo logró, pero cuando estaba a diez centímetros de la cama, los brazos de ella se deslizaron de sus hombros y cayó con fuerza, golpeándose un poco la cabeza con la pared.

—La puta madre —masculló, acariciándose apenas, pero girando en la cama—. Tengo frío.

Armin entró trayendo una manta. La arropó mientras Jean le sacaba los zapatos.

—Gracias —murmuró Mikasa. Abrió un ojo, los miró y sonrió—, los amo mucho.

Apoyó la cabeza y comenzó a roncar, como, instantáneamente.

—¿Es de mom friend sentirme bien porque me dijo que me ama? —bromeó Jean, con una mano en el pecho, regresando a la sala. Armin hizo gesto de más o menos, arrancándole una sonrisa mientras tomaba su chaqueta.

—¿Te vas? —Jean asintió—. Aw.

—¿Querías que me quede? —instigó, sonriendo.

Armin se rascó la nuca, sonrojándose apenas y sonriendo con vergüenza.

—Pues… Sí.

Jean dejó de acomodarse la chaqueta y lo miró incrédulo.

—¿Es– es para que no maneje? Porque no bebí–

—Quiero que te quedes conmigo —interrumpió, sonrojado pero determinado. Abrió la boca, pero la volvió a cerrar y dio un paso a él—, no tienes que hacerlo si no quieres, es…

No encontró palabras para explicarse.

Jean apoyó sus manos en los hombros de él, con un poco más de fuerza de la necesaria, y lo miró directo a los ojos.

—¿Lo dices en serio?

—Sí.

—¿Quieres que me quede a dormir?

—Sí.

—¿En la misma cama?

—Esa es la idea.

—¿Vamos a besarnos?

—Probablemente.

—¿Solo dormir?

Pues

Jean se inclinó y lo besó. Y no fue como ese primer beso, fue un beso hecho y derecho, de película, con la boca abierta y los ojos cerrados, y Jean ya no tenía idea de qué carajo pasaba.

Pero, sin dudas, le encantaba.

Sintió las manos de Armin escalando despacio hasta su cuello, él se inclinó más, abrazando su cintura, y lo levantó algunos centímetros. Armin lo abrazó con más fuerza y si Jean lo pensaba con lógica, era una posición muy incómoda para ambos pero no se le ocurría nada mejor en ese momento.

—Tengo que ir al baño —susurró Armin, contra los labios de él.

—Puedo llevarte, eres más liviano que Mikasa.

Armin soltó una risa, melodiosa y sentida, y Jean no pudo resistirse a besarlo a la vez que lo bajaba. Lo siguió con la mirada y volteó cuando cerró la puerta.

Ya están todos en sus casas, le escribió a Sasha. Decidió omitir el detalle de que él no se iría a la suya, todavía. Revisó sus otros mensajes.

¿Hablaste con Christa? le escribió Ymir. Sí, ¿por? respondió él. La última conexión de ella había sido a las doce, hacía casi dos horas.

El último mensaje era de Eren. ¿Está enojada Mikasa? Jean pensó en muchísimas respuestas sarcásticas, pero estaba de muy buen humor.

Más o menos, puso y a los segundos, Eren volvió a escribir.

No contesta mis mensajes, hace horas. ¿Sigue con ustedes?

Está en la casa de Armin, escribió y se rascó la cabeza pensando, yo mismo los llevé. No te preocupes.

Escuchó la puerta del baño y silenció a Eren, porque ya lo veía escribiendo. Se dirigió al baño, encontrándose con la boca de Armin otra vez.

—Me pondré el pijama —dijo cuando se separaron y Jean asintió. Entró. Se miró en el espejo.

Qué cara de idiota tenía. No lo podía creer. Hasta risitas tontas le salían. Y lo peor de todo es que no había tomado más de dos tragos de alcohol, como para echarle la culpa a eso.

Mierda.

Se lavó las manos, el rostro y salió. Se pasó una mano por el cabello, echándoselo para atrás. Todas las luces estaban apagadas, lo único que lo iluminaba era una rendija de la habitación de Armin. Abrió despacio, y entró nervioso.

—Me dio frío —murmuró Armin. Estaba tapado hasta la mitad de la cara. Del lado de Jean de la cama había una camiseta y un pantalón corto—, creo que es ropa de Eren, porque mío no es.

Jean inspeccionó la remera y le pareció algo que Sasha usaría. Se quitó el suéter, lo dobló y lo dejó a los pies de la cama, luego se quitó la camiseta y miró a Armin, encontrándose con sus ojos redondos.

—No me molesta si te quedas así —murmuró, mitad avergonzado, mitad broma.

—Qué suerte, porque la camiseta es nueva y la que me diste no me entra.

—A ver —seguía con sus ojos fijos en el otro y hasta parecía que no parpadeaba. Jean suspiró y se puso la camiseta. Le apretaba en los brazos y le dejaba el ombligo a la vista. Armin frunció el ceño—, creí que te quedaría, no sé, sexy, pero jamás me equivoqué tanto.

—Auch —murmuró quitándosela y doblándola con su ropa. Se acercó a la pared y apagó la luz antes de quitarse el pantalón y ponerse el corto. Le quedaba un poquito ajustado.

Armin no comentó nada sobre de que apagara la luz y cuando Jean se acostó a su lado, se encargó de pegarse a su cuerpo.

—¿Sigues teniendo frío? —preguntó contra la sien de Armin.

—Estoy mejor —respondió, levantando el rostro hacia él y besándolo. Jean acarició su mejilla con una mano, mientras que con la otra hacía círculos en su espalda, dándole calor.

Armin se dejó abrazar y acariciar, concentrándose en disfrutar los besos a más no poder. Las manos de Jean eran suaves y ardían sobre su piel y no estaba seguro si era porque todavía tenía un poquito de frío o si simplemente era lo que él le causaba.

Jean lo sintió acercarse más a él e incorporarse apenas. Tenía sus manos en su cuello, pero sus dedos temblaban sintiendo los besos húmedos y las caricias de Armin, que cada vez se deslizaban más de sus brazos y caían en sus costillas y su pecho.

Armin —suspiró, con un hilo de voz, cuando sus labios partieron.

Él se subió sobre Jean, apoyándose a la altura de su cadera. Lo miró un segundo, soportando su peso sobre sus manos a cada lado de la cabeza del otro. Jean no se dio cuenta de que no respiraba hasta que sintió el aliento de Armin sobre sus labios, susurrando su nombre, antes de bajar a su cuello, para besarlo y lamerlo de la misma forma que a su boca.

Jean nunca se sintió tan cerca de acabar como en ese momento.

—Armin–

Lo primero que pensó fue porqué se detuvo. Luego pensó, alguien más habló. Luego-luego, vio a Mikasa, parada en el umbral de la puerta.

Jean sintió todo el calor que se concentraba abajo, subir hasta su rostro y solo atinó a cerrar los ojos.

—Uh– tengo, tengo frío —dijo ella, incómoda.

—Hay otra manta —Armin se bajó de él, se aclaró la garganta y antes de que volviera a hablar, Jean escuchó a Mikasa caminar—, sí, ahí.

—Gracias, lo siento, hasta mañana —dijo veloz, cerrando la puerta tras ella.

—Ya se fue —dijo Armin, picándole la mejilla con un dedo—, puedes abrir los ojos.

—¿Crees que lo recordará mañana? Parecía bastante ebria antes.

—Lo recordará con lujo de detalles.


Era complicado. Por un lado, durmió terrible, con la espalda adolorida, cagándose de calor y despertando un poco sudoroso. Por el otro, cuando abrió los ojos, tenía su rostro pegado al hombro de Armin y eso era impagable.

Se incorporó apenas, limpiándose la baba de la boca con el dorso de la mano. Armin estaba despierto, jugando Candy Crush. Tenía un buzo puesto, hasta la capucha, y solo se veían los ojitos y la nariz.

—Buenos días —dijo amortiguado, sin mirar a Jean—, ¿qué tal estuvo mi hombro?

El cerebro de Jean funcionaba a dos por hora y todavía no terminaba de recapitular los besos de la noche anterior. Vio de reojo cómo él pasaba de nivel y después lo miró a los ojos.

—¿Todavía tienes sueño? Duerme un rato más, es temprano.

Sonaba tentador.

Jean bostezó y se puso más encima de él, abrazando su torso y poniendo su cabeza en su pecho. Armin lo correspondió pasando un brazo debajo suyo, acariciando su cabello y jugando con una sola mano. Jean volvió a cerrar los ojos pero ya no podía dormirse. Volvió a abrirlos, mirando la pantalla del juego. Ya había pasado otro nivel. Era aburrido mirarlo jugar, ganaba demasiado rápido.

Elevó la cabeza y los ojos de Armin cayeron en los suyos.

—¿Tienes hambre? —preguntó y Armin lo besó. Jean se dejó derretir en la boca del otro antes de que Armin se separara.

—La verdad es que sí.

—Tarde, ahora ya no quiero levantarme —se estiró a él, besándolo más.

—¿Ibas a hacerme el desayuno? —cuestionó, retirando el rostro—, deberías quedarte a dormir más seguido.

—¿Solo por mi comida me quieres? Eres cruel —devolvió, estirando el cuello para besarlo, pero Armin se hundió en la almohada, riendo—. Ven aquí, tienes que pedir mi perdón para desayunar.

Le besó apenas el cuello y lo sintió suspirar, luego lo mordió y le hizo trompetita.

—¡J-Jean! —exclamó riendo. Quiso empujarlo por los hombros, pero él lo abrazó más, soplando con más fuerza, y haciéndolo reír más—. ¡Vas a despertar a Mikasa! —susurró.

—Estoy despierta —oyeron de la habitación de al lado. Ambos se congelaron. Jean miró a Armin, encontrándose con su cara sonrojada, provocándole una risa.

Se aclaró la garganta—, ¿tienes hambre?

—Sí —respondió ella.

Jean suspiró y se incorporó, estirándose. Seguía sin camiseta y al estar destapado, sentía el frío de la mañana. Se giró a Armin, que lo observaba sin vergüenza, con las manos bajo la cara.

—¿Te vas a levantar?

—Cuando esté el desayuno.

—Me decepcionas, Arlert —bromeó él, tomando su suéter del borde de la cama. Antes de ponérselo, sintió los dedos de Armin delineando su columna y dándole un escalofrío. Se volteó apenas sobre su hombro y vio su mano estirada sobre la cama y la otra tapándole el rostro. Jean se acercó y lo besó—. Levántate.

Se vistió, se puso las pantuflas de Armin y fue al baño, después a la cocina. Puso café a hacerse, sacó la tostadora y la llevó a la mesa, junto a la toma de corriente. Volvió a la habitación y se encontró con Mikasa acostada en su lugar. Ambos giraron a él, guardando silencio.

—Uh —de seguro que estaban hablando de él—, ¿con qué quieren las tostadas?

—Mermelada/manteca —dijeron a la vez y Jean se estaba yendo cuando Mikasa habló—, eso es mío.

Se volvió y notó que ella miraba el pantalón corto. Estaba sorprendido de que eran casi del mismo talle.

—Okay —asintió Jean, sin intenciones de cambiarse por su pantalón todavía.

Regresó a la cocina, el café ya estaba listo. Calentó leche en una jarra en el microondas y llevó la jarra de café, junto con las tazas a la mesa.

—Ya está el desayuno —anunció elevando la voz. Regresó por la jarra de leche y se sentó. Mikasa fue la primera en sentarse envuelta en una manta y bostezando, después Armin, con un pantalón largo de pijama y su buzo. Le estiró su teléfono a Jean.

Cada uno se sirvió su café y Jean colocó unas rebanadas de pan en la tostadora. Revisó sus mensajes.

Hablamos un poco, pero de inmediato se puso a llorar, así que no llegamos muy lejos, había respondido Ymir, a las siete y media. Por cierto, ¿dónde estás? ¿Dormiste con Armin, picarón? Le dio un poco de cringe esa palabra, pero lo dejó pasar. , respondió solamente.

¿Puedes decirle que me llame? Estoy seguro de que vio la foto que puso Zeke. Le dije que no lo hiciera, pero…

¿Me estás ignorando? Hijo de puta.

LOS TRES ME ESTÁN IGNORANDO.

O, bueno, tal vez están durmiendo.

Mierda, estoy tan en pedo. ¿Puedes llamarla y decirle que me llame? Creo que va a romper conmigo. Mierda.

MIERDAAAAAA.

Espera. Tiene el teléfono apagado. Por eso no contesta.

JEAN, LA PUTA MADRE, VEO QUE EL TUYO ESTÁ PRENDIDO.

La voy a invitar a cenar mañana, por favor, ven, así no rompe conmigo.

Por favor, amigo. Mi mejor amigo. Mi hermano.

No seas hijo de puta y di que sí.

Y los mensajes seguían. Eren tenía que dejar de tomar alcohol.

El pan saltó de la tostadora y les extendió las rebanadas a los otros.

—Eren me invitó a cenar esta noche —dijo Mikasa con voz ronca y mirando el teléfono—. ¿Quieren venir?

Armin miró a Jean y él se encogió de hombros—, claro, suena bien.


A pesar de que le hubiera encantado quedarse hasta la noche, cuando Mikasa dijo que se iría era su pie para irse también. La dejó en su casa y llegó a la suya casi a las doce. Ymir todavía estaba en el trabajo y no había rastro de Christa. Jean revisó su itinerario del trabajo. El lunes tenía una reunión a la mañana, ugh. Esas solían ser aburridas. Pero el resto de la semana era trabajo tranquilo, fácilmente podía hacerlo desde el departamento.

Se dio una ducha y después se acostó a dormir un rato. No podía dejar de pensar en Armin. Creyó que no conciliaría el sueño porque no solo dejaba de revivir lo que había pasado, sino que pensaba en qué más podía pasar.

Comenzaba a pensar en que lo que sentía por Armin era algo más que calentura.

En algún momento se quedó dormido, porque cuando miró su celular, se encontró con mensajes nuevos que no había escuchado llegar. Ymir no le había escrito más, Eren lo había puteado un poco más y Armin le había pasado el lugar y la hora de la cena.

Jean pensó, ¿quedaría muy pesado si iba antes a lo de Armin?

¿Quieres ver una película antes? Se adelantó él. Jean sonrió; antes de responder, lo vio escribiendo, nada, escribiendo, nada.

Claro, puso él a la vez que Armin mandaba si quieres.

Sí quiero, reafirmó, ¿quieres que compre algo?

Ah, tengo que hacer compras, ahora que lo dices.

Te llevo, entonces.

Se levantó, se cambió por lo que usaría en la noche y salió de su habitación. Seguía sin haber rastro de las chicas. Pasó por la cocina, a tomar un poco de agua y vio que había platos en el fregadero, probablemente de Christa. Guardó su botella de agua de vuelta en la heladera y salió.

Le escribió a Armin cuando subió al auto, así lo esperaba abajo. Prendió la radio para concentrarse en cantar y no en sus pensamientos. Llegó al departamento y él lo esperaba en la puerta.

—Hola —dijo Jean, cuando subió.

—Hola —respondió Armin. Después se estiró a besarlo—. ¿Vas a sonreír así cada vez que lo haga?

Jean quiso bufar, pero le salió una risa—, puede ser.

Se dirigió al hipermercado de la zona. La radio estaba un poco alta, pero la música era buena. Bon Jovi nunca fallaba.

—Así que, ¿qué dijo Mikasa? —preguntó, bajándole cuando cambió el artista.

—Que se alegraba por nosotros, hace cuánto que salimos… —se encogió de hombros.

Jean soltó una risa—, ¿qué le dijiste?

—Que no estamos saliendo.

Paró en un semáforo y giró a Armin. Él lo miró con una mueca de disculpa.

Es decir, no lo estamos, pero–

—No, claro —respondió veloz—, solo que–

—Me gusta pasar tiempo contigo —interrumpió, volteando a Jean—, pero… ¿Podríamos no tener esta conversación ahora? Solo–

—Claro —se pasó una mano por el rostro—, claro, sí, entonces… ¿seguimos como hasta ahora?

—Me encantaría —le sonrió— y lo siento.

—No, no —el semáforo cambió y Jean giró al frente—, está bien, solo actuar, no pensar, genial.

Lo miró de reojo. Armin tenía una mueca y de seguro estaba pensando que la había cagado. Jean se encontró a sí mismo decepcionado, pero le bastaba con saber que iban por buen camino.

—Oye —tanteó en el apoyabrazos sin quitar la vista del frente. Armin acercó su mano hasta rozarlo y Jean entrelazó sus dedos—, está bien, ¿sí?

Le dio un apretón y Armin se lo devolvió a la vez que entraban en el estacionamiento del mercado. Antes de bajar del auto, Jean sujetó suavemente el brazo del otro. Armin se volvió y él lo besó, metiendo la lengua en su boca y se separó abrupto, bajando del auto.


Armin no tenía mucho qué comprar, pero entre paseo, joder y besos escondidos, se hizo la hora de encontrarse con Eren y Mikasa.

—¿Se molestarán? —preguntó Jean, volviendo a arrancar el auto después de dejar las compras de Armin.

—Probablemente —respondió—, pero creo que están más enojados entre ellos.

—¿Todavía?

—Eren me llamó más temprano, luego de que ustedes se fueran, preocupado por Mikasa porque seguía sin contestarle y ya sabes cómo se pone cuando lo ignoran.

—Dios, este niño —murmuró Jean—. ¿Y qué, ahora se hace el enojado porque ella está enojada? —Armin asintió—, qué pendejo. ¿Por qué somos amigos de él?

Él rio apenas—, vamos, a veces es agradable.

Jean bufó.

Llegaron al restaurante poco después. Era un lugar común, Jean había pasado otras veces por ahí, parecía agradable. Entraron y el recepcionista los guio al siguiente salón, donde ellos estaban sentados, una al lado del otro, en silencio. Mikasa miraba el menú y Eren parecía perdido en sus pensamientos, mirando a la distancia.

—Disculpen la tardanza —dijo Armin, haciendo saltar a ambos. Ellos los saludaron normal, y todos se sentaron—. ¿Ya pidieron?

—Sí/no —respondieron al unísono y Eren frunció el ceño, mirando al lado contrario.

—Solo las bebidas —agregó Mikasa estirándole el menú a Jean, sentado enfrente de ella.

Él lo abrió en el medio para Armin también, dándole una mirada. Iba a ser una larga cena.


Era incómodo y silencioso, porque cada tema de conversación terminaba en comentarios sarcásticos de Eren y miradas asesinas de Mikasa. Preferían no charlar.

—¿Pedimos postre? —preguntó Eren, interrumpiendo a Mikasa a mitad de una oración.

—Pues —Armin le dio un golpe a Jean por debajo de la mesa—, estoy lleno.

—¿Café? —preguntó Mikasa quitándose el cabello del hombro, provocando que golpeara a Eren en la cara.

—Tengo que levantarme temprano mañana —respondió Armin.

—Es domingo —murmuró Eren, acorralándolo.

El camarero, que parecía escuchar su conversación, se encaminó a la mesa. Jean se levantó veloz, aclarándose la garganta.

—Creo que el camarero me está haciendo señas, discúlpenme.

Armin lo siguió con la mirada, deseando que pudiera leer su mente y escuchara el traidor que le gritaba. Miró a sus amigos, que otra vez estaban en silencio. Bueno, al menos no los escuchaba discutir. El celular de Mikasa vibró y ella miró el mensaje, ignorando la mirada de Eren.

—Oh, entonces solo a mí, tu novio, ignorabas.

—No voy a hablar de esto ahora, Eren —masculló ella y él se cruzó de brazos.

Nunca quieres hablar de nada.

¿Disculpa? Eres tú el que tiene problemas hablando de lo que le pasa por la cabeza.

—Claro que no.

—Claro que sí, ¿verdad, Armin?

Los dos giraron hacia él.

—Uh–

—Déjalo en paz, él no tiene nada que ver —replicó Eren.

El teléfono de Armin se iluminó con una llamada y él contestó de inmediato—, ¿dónde estás? —susurró, casi entre dientes.

¿A qué te refieres? Me fui hace como cinco minutos —Armin los miró a ellos un segundo, viendo que discutían en voz baja—, cómo sea, diles que tuve un problema con el auto o algo, y vámonos a la mierda.

—¿¡Qué dices!? —exclamó Armin levantando la voz y llamando la atención de los otros—, ¡¿Que Christa entró en labor de parto!?

—¡¿Qué?! —exclamaron ellos al mismo tiempo. Armin se levantó de inmediato.

—¡Ya mismo salgo! —le cortó a Jean, tapando las carcajadas del otro con su voz—, chicos, perdón, después le pagamos nuestra parte de la cena.

—Eso no importa, ¿a qué hospital está yendo Christa? —preguntó Eren.

—En cuanto sepa, les aviso —respondió Armin, tomando sus cosas veloz—, luego los llamo.

Cuando llegó al auto, Jean seguía riendo a carcajadas.

—¿¡Por qué me dejaste así!? —exclamó, subiendo al auto.

—No puedo creer que dijiste eso.

—¿Qué haremos si lo ponen en el grupo o llaman a las chicas? Mierda, no lo pensé bien...

Jean soltó otra risa.

—No es tan grave —le restó importancia y arrancó el auto—. ¿Qué hacemos ahora?

Armin se encogió de hombros—, ¿ir a casa?

Jean frunció la nariz—, yo debería ir con las chicas. Usualmente miramos una película los sábados… ¿quieres venir?

—Nah —dijo él—, otro día.

Lo dejó en la puerta de su casa y lo besó bastante. Aunque estaba de camino a la suya, Armin se negaba a dejar sus pensamientos. No quería pensar en qué significaba eso, porque eso conllevaba pensar en varias cosas más y no quería pensar en porqué Armin no quería que hablaran de eso, por ende– no. Pensar.

Como nunca, había lugar en la puerta para estacionar. Entró al edificio, bostezando. Eran pasadas las nueve, capaz estarían cenando. Llegó a la puerta, y antes de poner la llave, escuchó el grito de Christa.

—¡Tú nunca quisiste a este bebé!

Y después, la carcajada seca e irónica de Ymir—, ¡por supuesto que no! ¡Era lo último que quería!

¡Mierda! ¿¡Y por qué me dejaste quedarme!?

¿¡Qué querías que hiciera!? ¿Qué te echara? —hizo una pausa y habló en tono normal—. Christa, haría lo que sea por ti, ¿cómo no te das cuenta? De ninguna forma te echaría, aunque aunque me hayas cagado con alguien y hayas quedado embarazada. Pero, ya no puedo tolerar esto. Estoy estoy cansada, de ti, del bebé, de… no sé, de esta situación de mierda.

Jean escuchó el movimiento.

—Chris

¡No! —su voz se quebró—, no. Yo– yo no me quiero quedar.

—¿A dónde irás?

Con Frieda. O no. Mierda, no lo sé.

Te llamaré un

—Basta, Ymir. No necesito tu ayuda para todo.

Jean moría de ganas de entrar al departamento, pero no quería interrumpir. Las escuchó caminar a la habitación y metió su llave, silencioso, pero la sacó veloz de la misma forma, cuando las oyó volver.

Avísame dónde te quedas.

Mierda.

—No

—Por favor.

Corrió hacia la escalera y se escondió, esperando que ninguna lo oyera. No escuchó que dijeran nada más. La puerta del departamento se abrió y Christa subió al elevador. Después la puerta se cerró. Esperó un rato y llamó al ascensor otra vez, fingiendo que llegaba.

Entró en la casa y no vio nada fuera de lo común. Entró a su habitación, dejando su billetera y las llaves del auto, y cuando se estaba sacando el abrigo, Ymir se asomó.

—Hola.

—Hola —devolvió él—. ¿Ya cenaron?

—Christa se fue —soltó. Jean se giró a mirarla. No estaba seguro de si fingía bien la sorpresa, pero Ymir no lo miraba—. Peleamos, le dije que no quería el bebé y se fue.

—¿Estás… estás bien?

Ella resopló irónica, mirando hacia arriba—, no —su voz se quebró.

Jean jamás la había visto llorar en los diez años que la conocía. Se acercó a ella, pero se detuvo. Ymir tenía una mueca en el rostro, las lágrimas caían por sus mejillas y temblaba apenas. Era raro.

Él sacudió apenas la cabeza, le rodeó los hombros y la estrujó contra sí mismo—, no es el fin del mundo. Solo– tienen que calmarse un poco y hablar en unos días, ¿sí? No terminó todo.

Ella se sorbió la nariz y asintió apenas contra su hombro. Jean le acarició la espalda consolándola y lentamente sintió los brazos de ella aferrarse a sus costados.


¡Gracias por leer!

Síganme en twitter 1000i_g, ahí subiré pedacitos de la tercera parte, cuando la empiece. Porque sí, habrá tercera parte jaja.

Saludos!


edit: vi re tarde que no habían quedado las cursivas, qué horror leer los mensajes de eren sin cursiva jasjak gracias por leer y síganme en twitter que subo pedazos ahre