Los personajes no son míos, si no fueran, sería un todos con todos.
Bueno, notitas(? La historia es del pov de Ymir (duh) y es antes de lo que pasa en los caps anteriores. Sinceramente, no es taaan relevante, pero si les gustó mi Jean y mi Ymir, y les gustó su relación en los anteriores, esto les va a gustar(? No es obligatorio para leer la siguiente parte, pero es dentro del mismo universo, así que lo subo acá y no como otra historia. También, cambié la narración porque es una garcha escribir en pasado ahre.
Advertencias: lenguaje grosero(?, droga (marihuana jaja) y homofobia. No sé si lo dije desde el principio, pero obviamente que hay OoC. Creo que eso ya está claro(? ah, y mucho diálogo e introspección.
Glosario:
(Te fumo todos los días): se refiere a que se lo aguanta/lo soporta. Se refiere a soportar algo pesado o aburrido.
Torta: lesbiana.
Disfruten.
La primera vez que la vio fue de pasada, como, un vistazo. Tenía diecisiete y ella quince. Estaba un curso por debajo de ella. Era una niña bajita, de cabello dorado brillante y suelto, siempre perfecto. Tenía ojos redondos y siempre sonreía, e Ymir no podía evitar sentir que era todo lo contrario a ella. Ymir, demasiado alta para su edad. Ymir, demasiado amarga para ser una chica. Ymir, demasiado ácida con todo.
Todo era injusto. Todo era deliberadamente malo para ella y con ella. Todo era cruel. Cínico, mediocre, falso, esclavizante.
Todo era una mierda.
Y se esforzaba en fingir que no. Que tras su actitud sarcástica había algo amor, cuando en realidad había más sarcasmo y amargura. Que todas y cada una de las grietas que llevaba las iba rellenando con lo que fuese más espeso y fácil de conseguir. Cualquier cosa.
Christa– Historia llegó a su vida temprano, pero no tanto como a Ymir le hubiera gustado. Le habría gustado tenerla desde el comienzo. Es algo pronto como para decir que se quedará por el resto de su vida, pero por el momento, la idea no suena tan mal.
Historia llegó después, primero estuvo Jean. Puede decir, sin lugar a dudas, que él es su alma gemela. Puede imaginarse una vida sin Historia, pero no una sin Jean. Simplemente, no es vida.
Jean llega el primer día de clases, cuando tiene quince años. Es nueva, en esa escuela, en ese lugar. Y se nota.
Jean ha asistido a esa escuela durante toda su vida, al igual que vivido en ese lugar, pero también parece no encajar. O, en realidad, no quiere hacerlo.
Tiene una personalidad detestable, algo valeroso viniendo de ella, pero es así. Hace comentarios crueles escudándose en que es franco con la gente. No se llevaron bien de entrada, es difícil lidiar con alguien así, más si tienes una personalidad igual de cruel.
Supone que, eventualmente, se fueron entendiendo a su manera.
El momento que marca su amistad es cuando él la encuentra en el baño de chicas, en hora de clase, fumando hierba.
—¿Qué haces en el baño de chicas? —Más que acusación, es genuina curiosidad.
—Sentí olor a hierba —responde, como si fuera obvio.
Ella frunce el ceño y se encoge de hombros, estirando su mano—, ¿quieres?
La clave para descubrir si puedes tener una amistad con alguien, es verle en su peor momento.
La hierba no se convierte en el peor momento de ambos, en todo caso, es el mejor momento. Jean vive con su madre y hermanos, o algo así. Todos pasan casi todo el día fuera de casa y él aprovechaba para invitarla a fumar hierba en su habitación.
Salir con Jean, en teoría, no suena mal. Él es de su altura, tal vez un poco más bajo, e Ymir no duda de que tiene más fuerza que él. Podría manejarlo a su voluntad. Lo que sí suena mal de salir con él es la posición en que la pone. Sería la novia de y eso suena terrible. No quiere ser novia de nadie, no quiere salir con nadie.
El día en que Jean la besa, piensa en darle un puñetazo en la cara, porque lo hizo de improvisto.
Ambos están un poco drogados y el sol de invierno ya está cayendo. Están sentados contra la cama de él, en el suelo, cuando Jean acaricia su barbilla con tanta suavidad, que Ymir piensa que tal vez, tal vez, si le da otra oportunidad, le podría llegar a gustar.
Entonces se acerca a él, imitando su movimiento al pie de la letra, encontrándose con sus labios partidos y su aliento contra su boca, e Ymir no puede hacer otra cosa más que llorar.
—No está bien —susurra.
Jean abre los ojos veloz, enrojeciendo y balbuceando tonterías.
—Perdón, yo– creí que– debí haber– perdón– mierda, Ymir, no quería–
Se va corriendo.
Esto no es culpa de Jean.
Esto no es sobre si él la había besado sin que ella quisiera o no.
Esto, y muchos otros problemas más, son sobre ella y ella sola.
La vida es injusta con ella. Es cruel y señala con el dedo cuando se desvía en lo más mínimo del camino designado para ella. Es una mierda tratar de seguirlo y es una mierda peor desviarse. Peor y desconocido.
Jean era un muy buen amigo, ¿por qué no puede conformarse con él? Tomarle de la mano, besarlo, tener sexo con él, ¿por qué todo suena tan ajeno?
¿Por qué tanta gente puede lograrlo y ella no?
Porque ella, y seguro que algún puñado más de gente también, han sido elegidos para sufrir. Porque ella es el ejemplo de lo que no hay que hacer, de lo que es malo, de lo que merece ser castigado. Porque ella se merece lo que recibe por no poder conformarse y seguir adelante, como todo el resto.
Jean se aleja de ella. No vuelve a hablarle y le parece lógico, porque las cosas buenas para personas como ella siempre duran poco.
Lo que no le parece lógico es que él regrese. Que se disculpe formalmente y que le pida que dejara todo en el pasado y que por favor, por favor, volvieran a ser amigos.
—¿Por qué?
—¿Por qué deberías perdonarme? Porque…
¿Por qué se disculpa con tanta diligencia? ¿Por qué quiere dejar todo en el pasado? ¿Por qué quiere ser amigo de ella? Ella no aporta nada. No le suma nada y, en todo caso, le resta. Es un desperdicio.
—Porque me caes bien, eres divertida y buena amiga y– y eres mi mejor amiga. Y me caes bien.
Debe de tener la cabeza freída con la marihuana, porque eso no tiene sentido.
Y tampoco tiene sentido querer llorar por algo así.
¿Cómo hace la gente para abrir el corazón con facilidad?
—Te diré un secreto si me dices uno.
Están acostados en el suelo de la habitación de Jean, cabeza con cabeza, mirando el techo.
—Mi papá murió hace cuatro años —murmura Jean—, y creo que nadie lo quería, en realidad, porque siguieron con sus vidas como si nada.
—¿Tú también?
Se encoge de hombros.
—Es… No puedo dejar de pensar en él. ¿Qué hay de ti?
Abre la boca, pero nada sale. Siente un nudo en la garganta.
—Mis padres murieron y las personas con las que vivo me odian.
—¿Estás segura?
—¿Que mis padres murieron? Bastante, fui a su funeral —ambos sueltan una risa.
—No, no, digo… que te odian– ¿con quién vives? Creo que nunca me dijiste.
¿Quiere responder?
—Es complicado —no, no quiere—, pero es como una suposición bastante obvia. El odio es algo que se demuestra con acciones, no son palabras.
Jean no responde. Luego de un rato suelta un ohh, seguro porque estaba asimilando lo que dijo.
—¿Esto cuenta como secretos? —pregunta—, suenan más a preocupaciones nuestras.
—¿Qué secreto quieres contar, entonces? —lo ve encogerse de hombros de reojo—, ¿sexualidad?
—Huh, nunca pensé en eso —suena sincero—, es decir, no desde un punto de vista yo —eso sonó raro—, creo que nunca me enamoré, y de gustar-gustar, creo que solo chicas.
—¿Crees? —ella ríe.
—Es decir —él ríe también, pero trata de seguir—, no lo sé, no sé cuándo me gusta alguien, solo sé que, hasta ahora, solo he tenido ganas de besar chicas. Y el pensamiento suele ser espontáneo, como cuando–
—Sí, sí, no es necesario recordar eso.
—¿Qué hay de ti?
¿Qué hay de ella? ¿Qué cosas puede contar con seguridad? ¿Qué tanto sabe de ella misma?
—No lo sé —murmura—, tampoco me gustó nadie antes.
—¿Fui tu primer beso? —no hay rastros de risa en lo que dice, es curiosidad.
—Sí —confiesa—, ¿el tuyo?
—También.
Caen en silencio. No hay ruido en toda la casa, solo el ocasional auto pasando por la calle. La ventana está abierta, porque ya están en primavera, pero el viento que corre es fresco y le eriza la piel.
—¿Y si fingimos que nunca pasó? —dice ella y él suspira aliviado.
—Me parece genial.
El entendimiento que tiene con Jean, para su sorpresa, es bastante profundo. A veces por la noche, cuando no puede dormir, piensa en él, en que ella es su mejor amiga y que es la primera vez que significa tanto para una persona.
—¿Extrañas a tus padres? —pregunta él, otra tarde. Están jugando videojuegos y no han fumado nada.
—No —responde de inmediato—, ¿tú?
Se encoge de hombros. Están jugando un juego de carreras y ella va perdiendo.
—Creo que —dice apenas. Jean la mira de reojo un segundo, mostrando que tiene su atención, a pesar de mirar la televisión—, creo que extraño lo que hubiera podido ser vivir con mis padres. Como, nunca sabré lo que es vivir con ellos y todas esas mierdas que muestran en las películas.
—Ah, sí —responde él. Termina la carrera, Jean primero, Ymir octava.
—Qué juego de mierda.
—Perdedora.
—Una mierda, como tú —replica y se tira hacia atrás en el suelo.
—Como decía antes, no te pierdes de nada —dice Jean—, en tener una familia normal, digo.
—Tú no tienes una familia normal.
—Era normal hasta que murió mi papá —dice—, él se iba a trabajar por las mañanas y mis hermanos y yo íbamos a la escuela. Siempre volvía con mi hermana al mediodía y el almuerzo estaba listo. Mi mamá pasaba todo el día en casa, ordenaba, cocinaba, me ayudaba con la tarea. Pero la cosa es que solo era una tapadera.
Ella frunce la nariz—, ¿tapadera?
—Claro, cuando mi papá murió, me di cuenta de lo disfuncional que era todo, que mi hermano mayor dejó embarazada a una chica cualquiera, mi otro hermano tomaba alcohol a más no poder desde hacía tiempo y mi hermana estaba al borde de un colapso, haciéndose cargo de mí para que no me diera cuenta de todo esto.
—Suena duro.
—Como esta —ambos ríen—, bueno, supongo que sí lo es. En su momento, no me di cuenta de la gravedad de todo, y como que ahora, que sí me doy cuenta, todo está bastante calmado.
Ymir hace una mueca, asintiendo apenas.
—En fin, ninguna familia es normal —concluye Jean—, es más, cuanto más normal parece alguien, más jodido está. Soy el ejemplo —bromea y ríe.
Ella lo mira sin reírse. No le parece una broma sincera.
—No estás jodido —dice ella, mirando la pantalla y seleccionando una nueva partida—, eres detestable, pero no estás jodido.
Jean la mira sonriendo, pensando en hacer un remate, pero ella lo mira seria.
—Ah– p-pues —se traba en sus palabras y enrojece, volteando al frente—, g-gracias, supongo.
Ymir sonríe y también se vuelve al frente—, de nada.
Reanudan el juego y están a mitad de una carrera cuando la puerta de Jean se abre. Ambos saltan, girando hacia la misma.
—¿No se suponía que estabas en el trabajo? —pregunta Jean, riendo apenas.
—Tú deberías estar en la escuela —dice la hermana de Jean, o eso supone Ymir, y después la mira a ella—, y estoy bastante segura de que tú también.
—Michelle, Ymir; Ymir, Michelle —presenta descuidadamente, volteando a la pantalla.
—Es un gusto conocer a la novia de Jeanbo —dice Michelle, sacándole una mueca y una risa a Ymir.
—Asco, no soy su novia —responde, girándose más a Michelle e ignorando las quejas de Jean de volver al juego—, soy demasiado buena para él.
Michelle suela una carcajada, estruendosa y alegre, e Ymir se siente increíblemente satisfecha.
—Lo veo —concede y da un paso hacia atrás, tomando la manija de la puerta—, estaba por almorzar, ¿quieren comer algo?
—Sí/no —dicen a la vez y se miran, frunciendo el ceño. Jean suspira y mira a su hermana—, está bien, ahora vamos.
Michelle es una dulzura de persona, tanto que le hace preguntarse a Ymir porqué tardó tanto en conocerla. Es igual a Jean en lo sarcástica y elocuente, pero es menos cruel y más dulce y tierna y linda y–
Y le gusta.
Y es como cuando te esfuerzas tanto en ignorar algo, que terminas olvidándote de porqué lo hacías en primer lugar, si se siente tan bien. ¿Qué tan malo puede ser, si se siente bien?
Michelle es buena con ella, la elogia, le dice cosas agradables. No hace comentarios como deberías ser más femenina o al fin haces algo de chica. Michelle dice cosas como–
—Me encanta tu color de uñas.
—¿Esa camiseta es nueva? Es genial.
—Ojalá yo fuera alta como tú.
¿Cómo no podría gustarle si era maravillosa?
La primera vez que se queda a cenar en casa de Jean es en contra de su voluntad. La de Jean, no la de ella. Él tiene el estúpido delirio de que su familia es vergonzosa, cuando no podría estar más alejado de la realidad.
Bueno. Tampoco hay que exagerar. Su familia es ruidosa, su madre habla a los gritos, porque si no, no la escuchan. Michelle es igual de gritona cuando están todos juntos y su otro hermano, Dominic, no es tan gritón, pero sí inquieto, levantándose de la mesa a cada rato, provocando que el resto grite que regrese, así pueden comer de una vez.
—¿Por qué me torturas así? —le susurra Jean, a su lado, y ella sonríe con sorna.
—Ymir —llama la madre de Jean, mirándola fijo—, come más, casi no tienes nada en tu plato.
—Oh, está bien, no suelo cenar mucho.
—La cena es la comida más importante —responde, levantándose y tomando su plato para servirle más.
—Creí que era el desayuno —murmura Dominic.
—Todas lo son —dice su madre.
—Creo que es el almuerzo —acota Michelle.
—Todas los son si quieren ser exitosos —concluye su madre, devolviéndole el plato con más comida a Ymir.
—Eso no tiene sentido —dice Jean.
—¿Alguna vez viste a alguien desnutrido siendo exitoso? —responde Ymir. Jean rueda los ojos—, no veo fallas en su razonamiento.
El resto ríe y acotan más cosas, pero lo que le importa a Ymir es la mirada de Michelle, que se encuentra con la suya y le sonríe, dándole toda la validación que no sabía que necesitaba, pero que acepta sin dudar.
Quiere– bueno, no, no quiere, pero tiene que irse a su casa después de cenar. Por un lado, no tiene ganas porque está muy llena– muchas gracias, señora Kirstein. Por el otro, la está pasando muy bien y Michelle propuso que vean una película de terror, por ser viernes. ¿Tenía sentido? No está segura, pero no le molesta.
—Yo debería irme, en realidad —rechaza casi con dolor.
—Puedes quedarte a dormir —dice Jean desde la cocina, lavando los platos.
—Es verdad, puedes dormir conmigo —agrega ella e Ymir agradece que esté de espaldas y que no pueda ver su sonrojo—. ¿Qué opinas?
—Pues– —Michelle se gira a mirarla e Ymir voltea a Jean, quien también la mira. Se rasca apenas la nuca—, supongo que está bien, si no les molesta.
—Genial, te traeré un pijama.
¿Acaso la madre de Jean la envenenó y está en el cielo? No le parece factible, el cielo no puede ser tan bueno.
—¿Qué mierda te pasa? Tienes cara de tonta —dice Jean dándole un empujón mientras se echa en el sofá.
Lo mira indignada, pero entonces se da cuenta de que sigue parada en medio de la sala, bastante en el medio, y se sienta a su lado, cruzándose de brazos.
—Tú tienes cara de tonto.
Michelle vuelve poco después, le da el pijama y mientras Ymir se cambia, ponen una película. El pijama es rosado y está bastante segura que nunca en su vida usó algo tan rosa, pero por esta ocasión, no le molesta tanto.
Regresa y se sienta en el medio de ellos.
No es muy fan de las películas, mucho menos de las de terror. Suele distraerse, entonces se pierde la parte del susto. Jean sí está bastante metido y aunque trata de mantener una fachada relajada, Ymir escucha cada vez que jadea cuando se asusta. Michelle, por otro lado, está en su celular, mirando cada tanto. Le tira comentarios por lo bajo a Ymir, bromeando o señalando tonterías de la película que no entiende ni le interesan, pero que finge muy bien que sí.
La película termina, es alrededor de la una. Michelle dice que se va a dormir, mañana tiene que trabajar, y que va a dejar la cama lista para cuando Ymir quiera acostarse.
—Ah– yo también estoy cansada —suelta y frunce la nariz, porque eso sonó un poco forzado—, nos vemos mañana, perdedor.
Le dice a Jean y él le hace una mueca. Sigue a Michelle mientras el otro apaga las luces y la televisión.
Su habitación es algo chica, hay poco espacio con el colchón extra en el suelo. Michelle se quita las crocs verdes al pie de las camas y después avanza en puntitas, pisando lo mínimo el lugar de Ymir. Ella la imita y se sienta en el suelo, mirando su celular.
El ruido de un encendedor le llama la atención y gira a Michelle, con un cigarro en la boca. Ella sonríe, ruborizándose apenas.
—¿Podrías no decirle a Jean?
—Uh, claro —responde, sin poder desviar sus ojos de ella. Michelle inclina la cabeza y se quita el cigarro, suspirando el humo.
—¿Quieres? Espera, no, tienes como quince.
—Ya casi cumplo dieciséis —se cruza de brazos y Michelle levanta una ceja—, bueno, cumplo en febrero, pero–
Ella suelta una risa, negando apenas, pero palmea la cama a su lado. Ymir se levanta veloz y se sienta a su lado, tomando un cigarro y acercándose cuando ella enciende la llama.
—Tienes que aspirarlo, profundamente, pero no– —la tos seca y ácida de Ymir la interrumpe y Michelle ríe, estirándose hacia su mesa de luz para tomar su botella de agua—, ay, Dios, no tenías que ser tan brusca.
Ymir da un trago y después se seca las lagrimitas de sus ojos, volteando a la otra.
—Deja de reírte —le da un empujón y ella ríe más fuerte—, nos va a escuchar Jean.
—¿Y qué va a hacer? ¿Lloriquear porque le estoy robando a su amiga? —ríe más fuerte e Ymir se le une apenas.
—Va a bufar y hacer comentarios pasivos-agresivos —se cruza de brazos y hace una mueca, entornando las cejas—, "qué bien que se diviertan después de deshacerse de mí" o alguna tontería así.
Michelle suelta otra risa, le da un empujón y después se dobla riendo. Ymir la mira, sonriendo apenas, porque no le había parecido tan graciosa la broma.
—¡Ay… Dios mío, Jeanbo habla así todo el tiempo!
—¿Sí? —Michelle asiente—, en la escuela también lo hace, por eso no tiene amigos.
Dice, pero ella no está en una situación muy distinta.
—Es un idiota a veces, todo el tiempo le digo que tiene que ser simpático para hacer amigos —comenta ella, aspirando—, me sorprende que te haya caído bien, eres bastante simpática.
—Ah, no —ríe apenas y aspira también el cigarro, pero con más suavidad que antes, aguantando el ardor—, soy una idiota de la misma calaña, por eso nos entendemos.
Se lleva el cigarro a la boca, sonriendo para sí misma. Siente la mirada de la otra sobre ella y voltea.
—¿Qué?
—Nada —se encoge de hombros, sonriendo—, es raro ver a alguien que aprecia a mi hermanito perdedor.
No está segura de cómo pasa, pero cuando lo hace, su mano ya está apoyada en el medio de las dos y la ayuda a impulsarse para rozar sus labios con los de Michelle por un segundo– o ese es el tiempo que cree que pasa, porque es corto y ya está sentada en su lugar cuando quiere darse cuenta.
El primer pensamiento que llega a su cabeza es que está mal, que arruinó su posible amistad con una chica maravillosa y que ahora Jean la va a odiar y arruinó todo, todo.
—Lo siento —suelta Ymir, pero frunce el sueño cuando se da cuenta de que ella lo dijo también—, lo siento, es que tengo novio —Michelle sigue hablando y después frunce el ceño—. ¿No te habrás disculpado por…?
—Lo siento —repite enrojeciendo y bajándose al colchón, tapándose con la manta, queriendo ocultarse, de ser posible, para siempre.
Escucha el movimiento de Michelle y después siente el colchón hundirse a su lado.
—Ymir, está bien —dice—, no tiene nada de malo que me hayas besado.
No responde. Se queda un momento a su lado, después siente el movimiento de ella, que apaga la luz y que se vuelve a sentar en el colchón.
—Oye —dice, tirando de la manta—, soy mayor, tienes que hacerme caso.
Resopla divertida, porque no se esperaba eso, y se deja quitar la manta. La habitación está oscura, pero no lo suficiente como para que no pueda distinguir su silueta.
—Está bien, ¿sí? Lo único que te salió mal es que tengo novio —repite ella con voz confortante, suave y dulce, e Ymir decide creerle.
—¿Solo eso? —bromea apenas y ella ríe.
—Oye, eres un partidazo, no tendría problemas con que la primera chica con la que salga seas tú.
Ymir ríe, pero se siente más cerca de llorar. Michelle se acuesta y ella la imita.
—¿Le contaste a Jeanbo?
—No.
—Ah. Pues, no te preocupes en hacerlo, es comprensivo cuando tiene que serlo —asegura ella—. Y– no quiero ser metida, pero acá estás a salvo. La casa Kirstein es tu safe place.
—¿Según quién? —Suena ridículo.
—Según yo. Jeanbo, mi mamá, Domi, mi otro hermano que no conoces… Según yo, principalmente —ríe.
Ymir ríe también y pasa una mano por el rostro—. Lo tendré en cuenta. Gracias.
—Cuando quieras.
Ya no tiene que ir a la casa de Jean a escondidas, ahora puede pasar todo el sábado y el domingo. Es genial. La peor parte es que la madre de él tiene el hábito de sobrealimentarla, por lo que termina ganando peso.
Eventualmente, se decide a contarle a Jean que besó a Michelle y no sabe qué es peor, que ella ya le haya contado o que él se ría porque ella la rechazó. O tal vez la peor parte sea que Jean comienza a preguntarle su tipo y señalarle chicas preguntándole si le parecen buenas.
—Eres desagradable, ¿sabes?
—Sí, sí, pero quién crees que está más buena, ¿la rubia o la de pelo negro?
Entorna los ojos y suspira—, la pelo negro, por supuesto.
—Ese es mi Ymir —elogia él, pasándole un brazo por los hombros, sacudiéndola—, igual de desagradable que yo.
Terminan primer año de secundaria alta. Y no pasan de año. Es decir– es bastante lógico, pasaron la mitad del año drogados. La madre de Jean la reprende como si fuera su hija también y le dice que no comerá postre. Es raro.
En primero parte dos, en el primer día de clases, pasa algo increíble.
Una chica se acerca a hablarle a Jean, una chica que él no conoce, una que él jamás podría conocer.
—¿Conoces a Armin Arlert? —pregunta ella y Jean frunce la nariz.
—¿Sí?
Ella sonríe, aliviada—, soy Mikasa, soy amiga de él, me dijo que te busque…
Ymir mira la expresión de él, de desagrado, y sabe que está a punto de cagarla.
—Pues–
Le da un codazo en las costillas y le estira su mano a Mikasa—. Soy Ymir, ah, y Jeannie y Armin son, como, casi hermanos de lo cercanos que son.
Él le da un empujón con la cintura cuando Mikasa suelta la mano de Ymir.
—Soy Jean, no Jeannie.
—Es más memorable Jeannie —devuelve ella.
—¿Les molesta si me siento con ustedes? —pregunta Mikasa y ambos sonríen.
—Puedes sentarte conmigo —dicen a la vez, pero ella los ignora, sentándose en el banco de atrás, sola.
—¿Quién mierda es Armin? —le susurra Ymir a Jean cuando se asegura de que Mikasa no está prestándoles atención. Él se encoge de hombros—. ¿Eres idiota?
—Es uno del vecindario —responde apenas—, lo conozco desde que somos pequeños, pero nunca fuimos muy amigos, siempre estaba con este otro idiota insoportable.
—¿Un idiota insoportable que no eres tú? Lo dudo —se burla.
—Vete a la mierda.
Ymir descubre a lo largo de la mañana de que es muy difícil quitarle los ojos de encima a Mikasa. No está segura si es por su cabello largo y perfecto, por sus rasgos singulares o porque simplemente es hermosa. Lo malo es que habla poco. Como, muy poco. Quiere creer que es tímida, que no es así todo el tiempo. Nota que escribe mucho en el celular y que escucha muchos mensajes de voz, por lo que algo debe hablar.
—Así que —se gira en su asiento hacia Mikasa, cuando comienza el receso—, eres la nueva.
Mikasa asiente. Solo eso.
Vamos…
—¿A dónde ibas antes?
—A otra escuela —responde y ella entorna los ojos.
—Sí, bueno, duh —dice y escucha a Jean reír por lo bajo. Le lanza una mirada y se vuelve—, ¿a qué escuela?
Le dice el nombre de la escuela y ella bromea con que la va a googlear después. Mikasa se disculpa y va al baño, dejándola sola con la risa de Jean.
—Mierda, cómo no tomé nota de cómo coquetear —se burla él, soltando una carcajada.
—Cierra la boca, sigo habiendo besado más personas que tú.
Lo bueno de ser chica, piensa Ymir, es que ella comparte la clase de deportes con Mikasa.
En tu cara, Jean.
Lo malo es que Mikasa sigue siendo terriblemente callada y hasta ella misma se da cuenta.
—Lo siento —dice, ruborizándose apenas—, es la timidez.
Ymir hace una mueca y frunce el ceño, sonrojándose también.
—Puta madre —dice, llevándose una mano al pecho—, eres adorable.
Mikasa suelta una risita avergonzada, coloreándose más.
Ymir no está segura de qué hacer.
Les toca hacer grupo de a tres, por lo que están solo ellas y necesitan a alguien más. La profesora las pone con la otra nueva.
—Soy Annie —dice ella, una chica bajita, rubia y con expresión de que ya las odia.
—Ymir, Mikasa —dice Ymir, señalándose a sí misma y después a la otra.
Tienen que jugar voley, una armando, otra golpeando y la tercera recibiendo el tiro. Ella arma, porque lo otro no le sale bien. Annie se para del otro lado de la red, decidiendo que va a recibir.
Mikasa tira la pelota hacia Ymir antes de tomar carrera y saltar, pegándole a la pelota perfectamente. Y si eso no es suficiente para impresionar a Ymir, la recepción de Annie es lo que faltaba, porque también lo hace genial.
—Puta. Madre —suelta, mirándolas a las dos.
Es una clase intensa.
Y si Mikasa le parecía silenciosa, Annie está directamente muerta, porque habla todavía menos. Lo descubre porque sus casas están hacia el mismo lado.
—Vayamos juntas —masculla Annie en la bifurcación de sus caminos. Tiene el ceño fruncido y parece sufrir.
—¿Ah? —pregunta, porque no le entendió un carajo.
—A la escuela —aclara y se cruza de brazos—, te espero aquí, mañana en la mañana.
—Uh, ¿está bien? —responde confundida y después ríe sarcástica—, no será que quieres robarme los órganos, ¿no?
Y Annie puta Leonhartd sonríe—, mañana lo sabrás.
Sospecha que se llevarán muy bien.
De pronto ya no son solo Jean e Ymir. De pronto, son Jean, Ymir, Mikasa y Annie. Nunca creyó que tendría tantas amigas, porque siempre se había llevado terriblemente con las chicas, pero después de un poco de esfuerzo, se da cuenta de que ellas son simpáticas y divertidas y, ah, tiene un pequeño crush en Mikasa pero, vamos, ¿quién no lo ha tenido?
—O Jeanbo es todo un ganador o todas ustedes perdieron una apuesta —dice el hermano mayor de Jean, Dominic, cuando pasa por delante de la puerta abierta de la habitación de él, donde están los cuatro, jugando videojuegos.
—¡Vete a la mierda! —exclama Jean y suspira—. Perdonen al idiota de mi hermano, se cayó de cabeza de pequeño.
Llevan casi dos meses de conocerlas. Siguen hablando poco, pero como se enganchan en las tonterías que Jean y ella hacen, supone que tan mal no la están pasando.
—Este juego es una mierda —masculla Annie, agarrando el control con tanta fuerza, que Ymir jura que lo escuchó crujir.
—Perdedora —dice Jean, riendo, y Annie gira a él.
—Repítelo —reta, entornando la mirada. Ymir levanta las cejas, mirando a Jean. Él la mira de la misma forma, pero se le nota nervioso.
—Vamos, Jeannie —alienta Ymir y oye a Mikasa resoplar divertida a su lado—, repítelo.
—P-perdedora —dice en voz baja y se encoge apenas cuando Annie se levanta, a pesar de que él le saca como una cabeza de altura. Ella toma la almohada de él de la cama y comienza a golpearlo.
Ymir rueda en suelo, riendo. Voltea a Mikasa, esperando que estuviera de una forma parecida, pero ella mira su celular. Hace una mueca.
—Eso es rudo —señala y ella la mira, guardando el teléfono veloz.
—Lo siento —dice y se levanta—, tengo que irme. Iré a ver a otros amigos.
—¿Tienes amigos? —cuestiona Annie, poniéndole la almohada en la cara a Jean.
—Eso es raro, creí que eras igual de fracasada como nosotros —agrega Ymir, incorporándose con una mano.
—Oye —dice Annie, frunciéndole el ceño.
—Uh, sí, tengo más amigos —responde Mikasa no entendiendo porqué es raro—. ¿Quieren venir? Son… divertidos, también.
Se pregunta porqué dudo al hablar.
—Irás a ver a Armin y el resto, ¿verdad? —pregunta Jean sujetando de las muñecas a Annie. Mikasa asiente—, nah, yo me quedo.
Ymir y Annie también niegan y Mikasa se despide. Ymir suspira, algo decepcionada, y cuando voltea, Annie la está fulminando con la mirada, sentada sobre Jean.
—¿Qué mierda miras? —pregunta, tomando el mando del juego—, y no te sientes sobre Jean, le gustan esas mierdas kinky.
—Asco —se levanta veloz y Jean voltea a ella, rojo.
—¡C-claro que no!
Comienzan otra partida e Ymir nota que Annie no deja de mirarla fijo.
—Pero la puta madre, Leonhartd, suéltalo de una vez —dice entre dientes, luego de chocar en el juego de carreras—, estoy segura de que no hay nada que vayas a decir que Jean no sepa.
—Te gusta Mikasa —dice aburrida e Ymir choca otra vez.
Jean suelta una risa y ella le da un empujón.
—Pues–
—No te molestes en negarlo —se burla Jean, recostado en el suelo.
—A Jean también le gusta —dice y él jadea.
—¡Traidora!
—¿Creí que ya lo sabíamos todos? —dice Annie, provocándole una risa a Ymir y un sonrojo a Jean—. Y entonces, ¿qué? ¿Le vas a decir?
—Podría hacerlo–
—No te hablo a ti —interrumpe Annie a Jean y él se cruza de brazos—, es decir– no es lo mismo, ¿sí? Sabes de qué hablo.
Él suspira y asiente, volteando a Ymir. Ella frunce el ceño, esquivando la mirada de los dos.
—No tengo nada que decirle, no es como que me gusta-gusta. Solo– es linda, ¿sí? Tú también lo eres, Annie —hace una mueca, desviando la mirada, avergonzada—, y tú también, perdedor.
Jean le guiña un ojo y ríe apenas.
—¿Qué hay de ti? —pregunta él y mira a Annie—, ¿alguien que te guste?
Annie lo piensa un momento, pero después niega, sincera.
E, igualmente, si quisiera hacer algo al respecto, ¿qué podría hacer? ¿Besarla como a Michelle? La conoce hace poco, pero Mikasa le agrada lo suficiente como para pensar que no vale la pena como para arriesgarse a arruinar la amistad que podrían tener.
Además, ¿salir con Mikasa Ackerman? No lo ve muy viable. No le parece que tengan tanto en común como para salir.
¿Besar a Mikasa Ackerman? Sí, totalmente, está en su lista de deseos.
¿Noviar con Mikasa Ackerman? Para nada. Así está bien.
Así está bien.
Mikasa los invita a una fiesta. Y ellos van, no sin pelear con Jean porque es cabeza dura y repite a cada rato si está Eren Jeager nos vamos.
Michelle los lleva a ellos y a Annie. La fiesta es en la casa de Eren Jeager.
—¿Eren? —pregunta Michelle confundida cuando llegan y ven a los padres de Eren irse de la casa—, ¿no tiene, como, diez años?
—Trece —masculla Jean, cruzado de brazos—, igual, no importa, porque nos vamos.
Ymir y Annie ya bajaron del auto. Ymir se asoma por la ventana del asiento de Jean.
—Puedes irte si quieres, perdedor.
—Vamos, no seas así —insiste Michelle. Él refunfuña y se baja—, avísame y los vengo a buscar.
—Sí, sí, gracias, Mich —responde él, haciendo un gesto con la mano antes de meterla en el bolsillo de su pantalón.
El auto arranca y ellos comienzan a caminar despacio hacia la entrada.
—Entonces, ¿vas a decir cuál es tu problema con Jeager o qué? —pregunta Annie e Ymir levanta un dedo.
—Tu puto problema —acota.
—No nos llevamos bien, ¿sí? Es insoportable.
—¿Hace cuánto se conocen?
—Desde siempre, su hermano mayor fue compañero de escuela de mi hermano y todas nuestras familias se conocen y ugh —se sacude como si hubiera tenido un escalofrío—, me cae mal, ¿sí?
Ymir se encoge de hombros—, supongo que también nos cae mal ahora.
Entran en la casa, un lugar amplio, con patio trasero y segunda planta. Hay música fuerte, una mesa con comida chatarra y sodas y los invitados están incómodamente parados en los rincones. Esto es raro.
—¿Alguna vez fueron a una fiesta? —pregunta Annie y ellos niegan. Se cruza de brazos—, parece una mierda.
—Woa, Annie, no hay razón de usar ese lenguaje grosero —dice Jean e Ymir ríe.
—Oh, ahí está Mikasa —señala ella hacia las escaleras. Mikasa va bajando por ellas, riendo y charlando con dos chicos detrás de ella.
—Jeager —masculla Jean, entornando los ojos e Ymir lo mira con una mueca, por la vergüenza ajena.
Voltea a Annie, para hacerle una broma, pero ella tiene la mirada en uno de los chicos, la mirada demasiado fija. Suspira.
—¿Habrá un kiosco por acá cerca? —pregunta.
—Oh, sí, hay en– —dice una chica de la nada, que pasaba junto a ellos y jadea ruidosamente—, ¿¡Jean Kirstein!?
Annie e Ymir lo miran sorprendidas y él mira a la chica con terror.
—¡Jean! —repite ella feliz volviéndose a él—, ¡hace siglos que no te veo!
—Hola, Sasha —saluda, algo incómodo, rascándose la nuca.
Ella voltea hacia las escaleras—, ¡chicos, Jean vino!
—¡Kirstein! —exclama el chico castaño que, por el tono de voz– exactamente el mismo que usó Jean, tiene que ser Eren Jeager, y baja veloz por las escaleras, casi empujando a Mikasa.
Jean suspira cansado y voltea a ellas—, por esto no quería venir…
Sasha, la chica ruidosa, la acompaña a un kiosko junto con Jean, que se escapó de ahí. Annie, la traidora, prefirió quedarse con Mikasa.
—¿Qué vamos a comprar? —pregunta risueña—, oh, espero que sea chocolate…
—Cigarros —responde Ymir, seca, y Jean levanta una ceja.
—¿Desde cuándo fumas tú?
—Te fumo todos los días, así que… —él se cruza de brazos e Ymir voltea a Sasha—, ¿y quién se supone que eres tú?
—Oh, somos amigos de la infancia —responde—, Jean, Eren, Armin, Christa y yo.
—No soy amigo de ustedes —masculla Jean.
—Nos ama —asegura ella, inclinándose a Ymir—, ¿tú?
—Amiga de la escuela.
—¿Amiga o amiga? —pregunta ella, moviendo las cejas.
—¡S-Sasha! —reprende él—, pero la puta madre, no puedo tener amigas, que todos creen que salgo con ellas.
—Tendría suerte de salir conmigo —dice Ymir. Llegan al kiosko y ella titubea antes de entrar. Se gira a Sasha—, igualmente, ni me gustan los chicos.
Se mete con la cabeza en alto, como si su corazón no latiera a mil por hora y como si no fuera la primera vez que lo dice en voz alta. Cuando regresa, Jean la mira sorprendido, pero Sasha la mira como si nada.
—Oh, bueno, bien por ti —dice ella e Ymir sonríe. Le estira un chocolate—. ¡Yay! ¡Gracias!
Mira de reojo a Jean, que la sigue mirando raro, y también le da un chocolate.
Están de vuelta en la fiesta. Cuando quiere darse cuenta, Sasha desapareció de la misma forma en que apareció y Jean no deja de tirarle miradas asesinas a Eren, en la otra punta de la habitación.
—Deja de hacer eso, me das vergüenza ajena —reprende y se aleja, yendo hacia el patio trasero. Cuando voltea, nota que ahora Jean habla con otra persona, el chico rubio que iba con Eren y Mikasa.
Cuando sale, se encuentra sola. Hay un banco doble junto a la ventana y se sienta ahí, prendiendo un cigarro.
—¿Desde cuándo fumas? —salta y aspira todo el humo de golpe, tosiendo.
—Mierda, Annie, ¿qué eres, un fantasma? —ella se sienta a su lado. Ymir le ofrece y ella lo rechaza—, ¿qué tal la fiesta? ¿Todavía una mierda?
—Creo que estoy enamorada —suelta con expresión seria e Ymir cree por un momento que la está jodiendo, pero lo dice de verdad.
—No jodas, a menos que hables de Jean o de mí, no es posible —ríe apenas.
—Es que… nunca me sentí así —responde en voz baja, mirando su regazo.
Ymir la mira de costado, llevándose el cigarro a la boca. Suspira el humo y pregunta—, ¿puedo saber cómo se llama?
Annie hace una mueca.
—Lo tomaré como un no.
Tiene el cigarro en la boca cuando Mikasa aparece por la puerta. Ymir sonríe, pero su expresión se borra cuando ve que lleva a un chico del brazo.
—Te estaba buscando —dice ella. No se ve normal para Ymir, se ve algo agitada, ah, ¿nerviosa?—, quería presentarlos; Eren, Ymir. Ymir, Eren.
—Oh, el feto —dice y escucha a Annie soltar una risa, disimulada con tos.
Eren parpadea, confundido—, ¿disculpa?
—Es un placer, bla, bla, bla, lo que sea —responde, llevándose el cigarro a la boca. Después voltea a él—, escuché que eres mejores amigos con Jean.
Eren frunce el ceño molesto y se va refunfuñando. Mikasa lo mira un momento y después voltea a Ymir, desconcertada.
—¿Desde cuándo fumas?
—Pero la puta madre —dice al aire—, la gente fuma, ¿saben?
Annie le da un codazo y ella la mira, frunciendo el ceño y sin amedrentarse por la expresión de la otra.
—¿Estás… bien? —pregunta Mikasa. Ymir la mira y piensa seriamente en hacer un comentario desagradable, pero Annie la vuelve a codear, sacándole todo el aire de adentro.
—Necesita un momento —dice y toma a Mikasa del codo, llevándola consigo misma adentro.
Ymir las sigue con la mirada y después se inclina hacia delante, pasándose una mano por el rostro.
—¡Aquí estás! —salta y voltea a la puerta, donde está Sasha, sonriente. Ya se arrepiente de haberle dado el chocolate.
—Aquí estoy.
—Pues, tuve en cuenta lo que me dijiste —¿qué carajo le dijo?—, y tengo a alguien para presentarte.
Señala a la puerta y ella voltea, pero nadie sale. Levanta una ceja.
—Uh, la mandé a buscar una soda —ríe—, pero, bueno, haré yo la presentación, se llama Yelena, es simpática y, lo más importante, es torta también.
Ymir hace una mueca—. ¿Qué mierda te pasa? Acabo de conocerte.
—Sí, ¿y? —genuina confusión—, en fin, una fiesta no es una fiesta si no conoces a alguien nuevo.
—¿Qué tienes, treinta? —Ymir bufa—, por favor.
—Uh, ¿mal momento? —una chica se asoma. Sasha voltea a Ymir, satisfecha, y ella entorna los ojos—, traje sodas.
La chica, Yelena, levanta dos vasos. Ymir suspira derrotada y Sasha se va dando saltitos. Ella toma el lugar donde estaba Annie antes y le ofrece la bebida.
—Gracias —dice entre dientes y bebe un poco—. Así que, Yelena…
Se gira a mirarla. Tiene una mirada fuerte, la incomoda un poco, y su corte de cabello es raro, pero bueno. Ymir se rasca la nuca, entornando las cejas y sonriendo.
—Así que —repite—, ¿sueles juntarte con ellos seguido? Con Sasha y, uh, etcétera.
Yelena ríe ostentosamente, como si hubiera dicho una broma. Ymir enciende otro cigarro.
—Eres muy linda —suelta Yelena, nada que ver con lo que dijo ella antes. Rudo—, me gustan tus pecas.
—Uh, gracias —aspira el cigarro y mira el cabello de ella—, me gusta tu corte.
—¿Sí?
—Sí, es como, simétrico, ah —voltea, mirando de costado—, mierda, de verdad lo es.
Yelena ríe otra vez y se cruza de piernas, e Ymir está segura de que se acercó. Fuma el cigarro más rápido.
—Gracias, es de alto mantenimiento —se desliza un mechón detrás de la oreja, después lleva su mano a la frente de Ymir—, también te quedaría bien un corte.
Alerta roja, alerta roja, alerta-
Tira el cigarro al suelo—, upsi, creo que tengo que ir al baño.
Lo pisa y se escapa veloz, entrando a la casa.
—Eh, qué bueno que te escapaste de la rarita —dice un chico, pero Ymir no está segura de si le habla a ella hasta que nota su mirada. Le hace una mueca y pasa de largo, buscando a Jean.
Lo encuentra en la cocina con Sasha y otro chico.
—¿No es tarde? —le pregunta, interrumpiendo la conversación.
Él frunce el ceño—, llegamos hace media hora.
—Mierda —masculla.
—¿Y qué tal Yelena? —pregunta Sasha sonriendo. Ymir la mira un momento, dudando de si decirle que su amiga es rara y que le perturba que sea tan directa.
—No es mi tipo —dice.
—¿Yelena? —dice el otro chico, rubio y bajito, el que estaba con Eren y Mikasa antes—, ¿no está, uhh, un poco loca?
Jean la mira, preguntando con la mirada, e Ymir hace un gesto de más o menos.
—¿Loca? A mí me parece simpática… —dice Sasha, pensativa.
—¿Y las otras? —pregunta Ymir a Jean y él mira alrededor suyo.
—Pues, Annie estaba acá hace un rato.
—Dijo que fue al baño —responde el otro chico. Mira a Ymir y sonríe—, soy Armin.
—Ohh, Armin —ella ríe apenas y él ríe también, pero confundido—, es un gusto conocerte. Ymir.
—Y Mikasa, creo que la vi con el idiota de Jeager —concluye Jean. Sasha ríe y Armin rueda los ojos.
—¿Por qué se odian? —pregunta ella, mirando a los otros.
—Tienen personalidades similares en algunos aspectos por lo que a veces se encuentran en situaciones donde sus opiniones y/o acciones provocan reacciones de un calibre negativo-
—Dios, Armin, mucho texto —interrumpe Sasha y mira a Ymir—, son idiotas insoportables, por eso.
Armin se cruza de brazos, molesto.
—Huh —responde ella—, tiene sentido eso.
Da algunas vueltas, se vuelve a cruzar a Yelena, pero la ve hablando con otras personas, así que aprovecha para pasar de largo. Nota que Jean pasa bastante tiempo hablando con distintas personas, todos conocidos de él, y ve que la pasa bien. Lo deja en paz.
Tampoco se queda con Annie, porque ella encontró un lugar jugando videojuegos con otros chicos, entre los cuales estaba Armin. Si se queda con ella, sabe que la va a ignorar.
Le cuesta encontrar a Mikasa, apenas la ve; en realidad, pareciera que ella está escondida. Pasa por delante de la ventana del patio trasero, que da directo al banco donde antes había estado sentada con Yelena. Mikasa está sentada ahí con Eren.
Por un lado, le parece rudo mirar qué hacen. Por otro, no le importa.
Eren parece distraído, hablando sobre alguna cosa interesante para él, y Mikasa lo mira fijo, sonriendo apenas, disfrutando cada palabra que dice. Entonces, él ríe y ella ríe también, pero él la mira mientras tiene los ojos cerrados, evaluando su reacción.
Huh. A Eren le gusta.
Va a irse, pero algo en Mikasa le llama la atención. No está segura si es cómo se pasa un mechón detrás de la oreja o que sonríe demasiado o que se acercó disimuladamente a él, o tal vez sea la combinación de todo eso lo que le hace darse cuenta de que a Mikasa también le gusta Eren.
Se da vuelta, dándoles la espalda. Se da un segundo para analizar sus sentimientos.
Pero no hay nada.
Vuelve a encontrarse con Yelena una última vez esa noche. Es en la puerta delantera, cuando Ymir fuma. No quiere ir al trasero e interrumpir a los otros.
Está sentada en los escalones de la entrada y Yelena se sienta a su lado.
—¿Quieres? —le ofrece un cigarrillo y ella lo toma—, ¿qué tal la fiesta?
Se encoge de hombros. Mejor, ella tampoco tiene muchas ganas de charlar.
Están en silencio un buen rato, hasta que un auto se estaciona en la puerta. Yelena se levanta y se despide con la mano.
—Gusto en conocerte —dice Ymir apenas.
Termina el cigarro y se levanta. Cuando voltea, se encuentra con el mismo chico de antes.
—Al fin se fue, ¿no crees? —pregunta, mirándola. Ella levanta una ceja, molesta, y pasa de largo, entrando a la casa—. Al fin puedo disfrutar la fiesta, ahora que esa rarita se fue.
—¿Cuál es tu puto problema? —cuestiona girándose. Él se detiene también, pues venía caminando detrás de ella.
—¿Qué, era tu amiga? —hace una mueca—, ¿o tu novia?
—¿Y qué mierda te importa si es así, huh? Desaparece —concluye, reanudando el ingreso a la casa.
—Ah, así que eres una rarita, también —dice él con tono sobrador e Ymir tiene que darse vuelta—, ya me parecía que estabas mucho con ella.
—Y si sí lo soy, ¿cuál hay, eh? ¿Eh? —devuelve ella, dándole un empujón.
Están en el pasillo de entrada, por lo que no es sorpresivo que muchos escuchen y se acerquen.
—¡Oye, no me toques! ¡Me vas a contagiar lo gay!
—Te voy a partir la cara, eso voy a hacer —responde Ymir.
Escucha la voz de Jean, que quiere llegar entre todos a ella, pero decide ignorarlo, dando un paso hacia el otro.
—Aunque seas lesbiana, no te puedo pegar, porque sigues siendo una chica… más o menos —dice el idiota, burlándose, subestimando que Ymir le fuera a pegar.
—Eres un idiota —dice ella y le da un golpe en la boca.
Se escucha un jadeo general, probablemente porque nadie lo esperaba.
—¿¡Qué mierda te pasa!? —Jean la sujeta del codo y la tironea hacia atrás—. ¡Nunca más te voy a llevar a ningún lado!
—¡Hija de puta! —grita el otro y se abalanza a devolverle el golpe, pero Ymir lo esquiva, chocando con Jean y cayendo sentada en el suelo.
—¡La puta madre, Jean! —rueda al costado, esquivando una patada.
—¡Basta, tú también! —grita Jean, conteniendo al otro.
—¡Vete a la mierda! —responde y le da un golpe en la cara.
—¡Jean! —exclaman varias personas, pero Ymir no se molesta en fijarse quién fue, porque el otro chico la sujeta del cuello de la camiseta y hace para atrás el brazo.
No cierra los ojos porque el orgullo es lo último que perderá, hasta el día que muera.
Pero él no llega a pegarle porque le sujetan el brazo.
—Suéltala —dice Annie, que está junto al chico con un puto cuchillo de cocina en la mano.
—Ahora —dice Mikasa, apretando el agarre en el brazo del chico.
Él frunce el ceño, comienza a sudar– no lo culpa, y la suelta brusca.
—Váyanse a la mierda —masculla él, pasando entre medio de todos los que miraban.
—Sí, tú también, hijo de puta– ¡au! —se acaricia la nuca, donde Annie le pegó.
—¿Estás bien–? ANNIE, QUÉ CARAJO —exclama Jean y le quita el cuchillo—. Puta madre, voy a llamar a Michelle…
Están los tres sentados en los escalones de la entrada, esperando a Michelle.
—Les traje hielo —dice Mikasa, uniéndoseles. Le da una bolsa a Jean, para su cara, y una a Ymir, para su mano. Se sienta junto a ella—. ¿Qué carajo pasó?
—Woa, Mikasa, no hay razón para usar ese lenguaje grosero —dice Annie en tono monótono, mirando su celular. Los tres la miran un momento hasta que levanta la cabeza y rompen en risas—. ¿Qué?
—Eres increíblemente graciosa cuando quieres —dice Jean y Annie sonríe apenas, dándole un empujón.
—Estaba haciendo comentarios de mierda y se me ocurrió cerrarle la boca, algo que parece que nadie hizo antes —responde Ymir, sin mirar a los demás. Mira su mano.
—Fue increíble —suelta Annie—, ¿cómo hiciste para esquivar los golpes?
Se encoge de hombros—, reflejos, supongo. ¿De dónde sacaste el cuchillo?
—De la cocina.
—Creo que estamos vetados, ¿verdad? —dice Jean, inclinándose a mirar a Mikasa.
—Ponte el hielo —dice ella y él frunce la nariz, haciendo caso—, y no… No sé. ¿Creo que no?
Los cuatro miran al frente. No pasa ningún auto, pero Michelle no debe estar lejos.
—Gracias —dice Ymir en voz baja.
—Cuando quieras —dice Annie.
—Lo mismo digo, pero, por favor, no lo vuelvas a hacer —dice Jean.
—Siempre puedes contar con nosotros —dice Mikasa, poniendo su mano sobre la de ella. Ymir mira la mano y después levanta la vista, encontrándose con una sonrisa suave de Mikasa.
Frunce la nariz y hace una mueca, mirando al frente.
—Soy lesbiana —dice y respira profundo, como si se quitara un gran peso de encima, no por decirles, porque Annie y Jean ya lo sabían, sino porque es la primera vez que lo admite en voz alta y no… No se siente tan incorrecto—. Son las primeras personas a las que se los digo.
Annie, a su lado, apoya su cabeza en su hombro, y siente el brazo de Jean acariciar su espalda.
Voltea a Mikasa, no muy segura de qué expresión tendrá.
—Gracias por decirnos —sonríe e Ymir odia esa sonrisa, porque es del tipo contagiosa, y siente que si sonríe, después se reirá, y si se larga a reír, de seguro terminará llorando.
Lo bueno es que sería un llanto de felicidad.
Primero parte dos es genial, pero lo mejor es que pasa de año, ambas cosas gracias a Annie y Mikasa, porque la obligan a estudiar.
—¿Por qué siempre nos juntamos en mi casa? Estoy bastante seguro de que ustedes también viven en algún lado.
—Sí, bajo un puente —dice Ymir sarcástica desde el sofá de Jean.
—Mi casa es muy chica —dice Annie, con las piernas sobre la falda de Ymir, mirando su celular.
—Mi tío nos echaría —dice Mikasa, pasando de página en su revista—, además, eres el único con aire acondicionado.
—¿En qué siglo estás? —cuestiona Jean, girando en la silla de computadora, en dirección a la revista de Mikasa. Él está jugando online, o lo hacía, porque parece que perdió.
—¿Qué tiene? —pregunta ella, sujetándola contra su pecho.
—¿Qué lees? —pregunta Annie, mirando sobre el hombro de ella. Levanta una ceja y sonríe de costado con burla, leyendo en voz alta—. Señales de si le gustas.
Mikasa se ruboriza e Ymir suelta una carcajada.
—¿Quieres saber si le gustas a Eren? —cuestiona burlona y los tres la miran veloces. Ella cierra la boca, porque sabe que habló de más.
—¿Te gusta Jeager? —pregunta Jean, un poco más agudo de lo normal. Mikasa enrojece más—. No lo puedo creer… Creí que eras mi amiga.
—No seas dramático —dice Annie—. ¿Desde cuándo te gusta? ¿Desde hace mucho?
Y aunque parezca imposible, Mikasa se sonroja todavía más.
—Este año empieza la secundaria alta —dice ella, sonriendo—, lo veré todos los días.
Jean hace una mueca, porque significa que también lo verá todos los días.
—Ahora que lo pienso —dice Annie, mirándolos—, ambos lo conoces, ¿pero no se conocían entre ustedes?
Jean mira a Mikasa porque parece que, hasta ahora, nunca lo pensó.
—Eres un idiota —dice Ymir.
—Pues, conozco a Armin y a Eren desde que somos chiquitos, de la guardería —explica Mikasa—, y solo nos veíamos cada tanto, porque vivíamos lejos. Cuando murieron mis padres–
—¿Tus padres murieron? —pregunta Jean, un poco alarmado.
—Eh, same —dice Ymir y Annie voltea a ella.
—¿Cómo es que dicen esto recién ahora? —pregunta ella, con un tono parecido al de Jean.
—En fin, cuando murieron, me fui a vivir con mi tío, a otro lado. Los veía pocas veces, pero entonces conocí a Sasha y a Christa también —continúa Mikasa—. El año pasado nos mudamos de vuelta para acá… y aquí estoy.
Jean asiente apenas, tal vez tratando de evocar si alguien habló de ella alguna vez delante de él.
—¿Qué hay de ti? —pregunta Mikasa, mirando a Ymir—, ¿quieres hablar de tus padres?
Lo piensa un momento.
—Nah, historia para otro día.
Pasan casi todo el verano en la casa de Jean, bajo su aire acondicionado. Las clases comienzan.
La costumbre de ir y venir con Annie nunca desapareció después de la primera vez. Sus casas estaban a pocas calles de distancia.
Annie es rara. Es incómoda y no habla tanto, pero cuando lo hace, suele darle en el clavo a Ymir. Es algo que la perturba un poco, porque quien suele acertar en los pensamientos de ella es Jean, y que Annie lo logre, conociéndola de menos tiempo, la hace sentir como si fuera fácil de leer.
—También va a estar Armin, ¿no? En la escuela —suelta Ymir, de la nada, solo para molestarla.
Annie nunca le dijo quién le había gustado en la fiesta, pero así como Ymir es fácil de leer, ella también lo es.
—S-supongo–
—Titubeaste, eso es como admitirlo —interrumpe y Annie la mira entornando los ojos—. Deberías decirle.
—Deberías meterte en tus asuntos.
—E invitarlo a salir.
—¡Y-Ymir! —exclama enrojeciendo y ella suelta una carcajada.
—¡Estás toda roja, ternurita! —acerca su mano a su rostro y Annie le da un manotazo—. Aw, espero que no tengas una navaja, como en la fiesta.
—¿Quieres averiguarlo?
—Me encantaría.
La respuesta le saca una risa a Annie y ella la acompaña. Paran en un semáforo.
—¿Te sigue gustando Mikasa?
—Auch, ¿sigues molesta?
—Un poco, pero pregunto en serio.
Ymir hace una mueca, pensando. El semáforo cambia y avanzan. La verdad, después de la fiesta, no había vuelto a pensar en Mikasa de esa forma. En Mikasa ni en nadie. Y ya habían pasado casi diez meses desde entonces.
—Nah, creo que no me gustaba de verdad —dice y mira a Annie—, y está bien. La amistad ante todo.
Llegan a la escuela y pasan directo al salón. Jean y Mikasa ya están ahí, él acaricia apenas su espalda, mirando su celular, y ella tiene la cabeza apoyada en la mesa.
—¿Qué mierda le pasa? —pregunta Annie y Jean frunce el rostro.
—Siento que fuimos una mala influencia en ti —Annie rueda los ojos—. Está lloriqueando porque no está Eren.
—¿Por qué no está? —pregunta Ymir, sentándose delante de ellos.
—Ah, mi querida Ymir, gracias por preguntar —dice Jean, satisfecho. Ellas intercambian una mirada y vuelven a él—. El pequeño Eren es chico para entrar a la escuela.
—¿De… altura? —pregunta Annie, sin entender.
—No, no, rechazaron su inscripción de secundaria porque, según la escuela, está un año adelantado. Lo devolvieron a secundaria media.
Ymir trata de reprimir una risa, pero no le sale bien. Mikasa levanta la cabeza veloz.
—No se rían, es injusto —defiende—, ya cursó todo eso, deberían dejarlo pasar.
—Pues, no es culpa de él que se hayan dado cuenta ahora… —concede Annie—. ¿Qué hay del resto?
Ymir sonríe apenas y ella le da un empujón.
—Ah, el resto sí se inscribió bien —dice Jean, restándole importancia—, los vimos en la entrada, dijeron que luego vendrían a verlas.
—¿V-vernos? —murmura Annie y voltea al frente. Ymir no puede evitar reír.
Va al baño, a mitad de la primera clase. No a fumar ni nada, hace como un año que no fuma en la escuela. Solo quiere usar el baño. Camina despacio, tratando de perder todo el tiempo posible.
Ella camina veloz. Parece agitada, probablemente perdida. Pasa a su lado veloz, dejando una estela de perfume dulce y empalagoso.
Es curioso, porque en el momento no le presta atención, pero cuando rememora todo eso en el cubículo del baño, piensa en que esa chica se ve rara. ¿Cómo puede ser tan rubia? ¿O tener ojos tan redondos? Parece una muñeca Barbie, y de seguro cumple todos los estereotipos.
Resulta que la Barbie se llama Christa y es la cuarta miembro del grupo de Sasha y los otros. No está segura de porqué recién ahora la conoce.
Hablan de Eren, alimentando el drama de Mikasa, y ella solo suspira.
—Le dije que mintiera en la inscripción, pero no me hizo caso —suelta Christa y todos la miran—. ¿Qué? Nunca se fijan.
—¿Cómo sabes eso? —pregunta Ymir y ella abre la boca, pero justo suena la campana. Ella, Sasha y Armin se despiden, regresando a su salón.
¿Cómo nadie se va a fijar? Eso es ridículo.
Ve a los tres, Armin, Christa y Sasha, todos los días, ya sea en su salón o en el kiosko/cafetería de la escuela. No le encanta, pero tampoco le disgusta. Supone que extraña la dinámica que tenía con sus propios amigos antes, pero ellos disfrutan de la compañía de los otros, así que no se queja.
Está en la cafetería con Annie. Se acerca a la aglomeración de gente, pensando en comprar algo para beber, cuando nota a Christa a un costado, temerosa de meterse. Entendible, viendo que mide como metro y medio.
—¿Qué vas a comprar? —pregunta y ella salta apenas.
—Quería unas galletas, pero… —mira a la acumulación de gente.
Ymir suspira—, ¿quieres te compre?
—Por favor —respira agradecida y le entrega el dinero, sonriendo—, muchas gracias, Ymir.
Cuando regresa, Annie está cruzada de brazos.
—Nunca me compras a mí —se queja e Ymir bufa.
—Creo que ambas sabemos que esa gente no es nada para ti.
—Oh, ¿no eres la que tenía el cuchillo en la fiesta de Eren, el año pasado? —pregunta Christa, metiéndose una galleta en la boca—, ah, qué pena que me la perdí…
—No te perdiste de mucho —resta importancia Ymir.
—Sí, solo a Ymir partiéndole la cara uno —acota Annie, sonriendo apenas.
—¡Oh, también escuché eso! —dice y suelta una risa, sonora y melodiosa—, espero que se repita el viernes… ¿Ustedes van?
Ellas se miran y niegan. Llegan al salón y Christa se adelanta.
—¿Ustedes irán a la fiesta de Eren? —pregunta, mirando a los cuatro que se habían quedado ahí.
—Uh, ¿no es la semana que viene? —señala Armin y Christa jadea.
—¿La que viene? ¡Pero no podré ir! —se sienta en la falda de Mikasa y lloriquea en su cuello—, ¿por qué todo me male sal?
Ymir suelta una risa corta y todos voltean a ella.
—Ah, ¿perdón?
—¿Qué tienes que hacer? —pregunta Jean.
El rostro se Christa se ilumina y sonríe amplia.
—¡Iré a un concierto! Ah, y tengo unas entradas extra, así que…
—¿De qué es? —pregunta Mikasa.
Dice el nombre de una banda que ella no conoce, pero parece que el resto sí y que no les gusta, por la expresión que hacen.
—Bueno, diviértete, entonces —dice Jean, vociferando los pensamientos del resto.
—Vamos, no sean así —se queja Christa—, no puedo ser la única a la que le guste, ¿o sí?
—Sí.
—Sí.
—Sí.
—Sí —dice hasta Annie.
—Yo estoy ocupado —dice Armin, sonriendo apenas en disculpa.
—Yo ya acordé ir con unas amigas a la fiesta de Eren —dice Sasha y, por alguna razón, voltea a Ymir, guiñando un ojo.
—A mí no me molesta faltar —dice, encogiéndose de hombros—, no suena tan mal el concierto.
Los ojos de Christa se iluminan y sonríe aliviada, seguro porque no quería ir sola.
Christa pasa toda la semana acosándola con canciones de esa banda. Es para que lo disfrutes, dice, pero está teniendo el efecto contrario en ella. Piensa seriamente en crear una excusa.
—Tal vez es una cita —señala Annie, cuando ella se está quejando. Están en la casa de Jean, como siempre.
—¿Christa es lesbiana? —pregunta Jean, cambiando de canal en la tele.
—No que yo sepa —contesta Mikasa, pintándose las uñas. Termina y mira a Annie—, te toca.
Ella suspira y le estira sus manos.
—Tú no eres un buen parámetro —señala Jean—, no te das cuenta de la mitad de las cosas a tu alrededor.
—Claro que sí —frunce el ceño.
—Jean tiene razón —dice Annie.
—A ver, ¿qué no me di cuenta?
—Que yo soy torta —acota Ymir, levantando la vista de su celular.
—Eso… —Mikasa lo piensa un momento, pero no se le ocurre una excusa—, no es lo mismo.
—Creo que es literalmente lo mismo —bromea Ymir y Jean y Annie ríen—. Tienes una atención, como, muy focalizada. En Eren, específicamente.
Abre la boca para defenderse, pero es en vano. Se encoge de hombros.
Igualmente, para que sea una cita una de las dos tiene que decirlo. Y la otra aceptar, claro.
No es una cita, solo están en un concierto. Aunque la palabra concierto le queda grande, porque es una banda en vivo en un bar. Se pregunta cómo la dejaron entrar, además de que son menores, Christa jamás podría aparentar más edad. Parece de doce.
Pero ahí están, del lado de adentro, esperando a que la banda toque.
Christa está ansiosa, no deja de tambalear sus piernas desde su lugar y mira su celular a cada rato, vigilando la hora.
—Creo que te darás cuenta cuando comience —dice Ymir y ella salta, como si hubiera olvidado su presencia.
—Claro, sí… Sí —sonríe y después desvía la mirada apenas.
Ymir hace una mueca, incómoda. Saca sus cigarros de su bolsillo y prende uno, como para hacer algo.
Están en silencio un buen rato, en el cual Ymir se replantea por décima vez porqué vino.
—Lo siento, soy aburrida, ¿verdad? —se pone una mano en el rostro, avergonzada—, si quieres irte, está bien.
Ymir levanta una ceja—, ¿quieres que me vaya?
No va a mentir, le da la impresión de que espera a alguien más y, más allá de que le parece rudo, prefiere que se lo dijera de frente. Exije que se lo diga, si no, no se irá.
—Claro que no, ¿por qué lo dices?
—Ah–
No esperaba esa respuesta.
—Es que– me parece que estás aburrida, lo siento. No sé entretener a los demás —hace una mueca e Ymir se siente reír apenas.
—No tienes que entretenerme, ¿qué te pasa? Solo, ah, saca un tema de conversación.
Chista entorna los ojos, pensando, e Ymir tiene que admitir que es entretenido verla así. Más que el silencio incómodo, claro.
—Bueno, a ver, dime algo de ti —ayuda ella, porque si espera a que Christa piense sola, no charlarán nunca.
Ella vuelve a entornar los ojos, pensando. Ymir suspira.
Resulta una noche larga. Por eso le resulta descabellado que, cuando ve un anuncio en las redes sociales de otro concierto de esa banda, su primer pensamiento es decirle a Christa.
Y su segundo pensamiento es decirle que es una cita.
Y su tercer pensamiento es qué se pondrá.
No vuelve a pensar en eso, o mejor dicho, deshecha el resto de pensamientos que llegan a ella. Le escribe un mensaje, le envía el evento y le pone vayamos solo nosotras. Le parece claro, dice entre líneas cita. Christa le responde con doce mensajes más hablando sobre la banda y las canciones que espera que toquen, pero el único que le interesa a Ymir es el que dice me encantaría.
Pasa a recogerla por su casa. Es algo fresca la noche, el clima perfecto para su estereotípica chaqueta de cuero, pero igual se siente sudar. Le envía un mensaje, porque Christa nunca le dijo el número de departamento, y espera en los escalones de la entrada. Momentos después, ella aparece. Sale, cierra la puerta y guarda las llaves en su cartera.
—Hola —sonríe e Ymir mueve apenas la cabeza.
—¿Vamos? —ella asiente. Caminan en silencio; la calle está vacía y solo resuenan sus pisadas.
Christa se aclara la garganta—, dijiste, am, ¿que es una cita?
La mira de reojo, inspeccionando su expresión. Está nerviosa, pero no molesta. Se encoge de hombros.
—No lo dije —responde sonriendo de costado y encontrándose con la mirada de ella—, pero puede serlo.
Christa ríe avergonzada y está casi segura de que se sonrojó, pero no lo distingue por la oscuridad de la noche.
El concierto es cerca, algunas calles caminando. Descubren que es otro bar de mala muerte cuando llegan, pero no es tan malo. Lo malo es que la banda todavía no sale. Se sientan en una mesa con banquillos altos e Ymir tiene flashes de la vez anterior, solo que esta vez está preparada.
—¿Qué canciones te gustaría que toquen? —pregunta, sabiendo en qué se mete, porque Christa comienza a hablar y a hablar de las canciones y discos que le gustaban y bla, bla, bla.
Tan absorta está en su monólogo, que Ymir tiene que interrumpirla cuando alguien sale al escenario, probando los micrófonos. Ella jadea, volteando al frente e Ymir prende un cigarrillo. Poco después, sale la banda. Dicen unas pocas palabras y comienzan a tocar.
La música es fuerte, pero lenta. Aspira el cigarro y gira a ella.
Es entonces cuando llega el cuarto pensamiento, ¿qué hace ahí? ¿Qué hace con Christa? ¿Qué hace Christa con ella?
—¿Te gusta? Es de mis canciones favoritas —dice, mirándola. Está nerviosa. ¿Por su respuesta?
—Está buena.
Sonríe aliviada. Estaba nerviosa por decepcionarla.
Se acerca un poco a ella. Aspira el cigarro una vez más y lleva su mano al rostro de ella. Y ahora, ¿qué? Ahora la ahuyentas. Arruinas todo lo que pudiste tener. ¿Vale la pena?
—Esta canción–
Se gira y se calla, porque Ymir está cerca, muchísimo más de lo que había previsto. ¿Vas a reír incómoda y alejarte? ¿Vas a dejarte llevar? ¿Vas a empujarme?
Toca su barbilla con un dedo y se acerca a besarla.
Esto no es como besar a Jean o besar a una desconocida. Esto–
Esto vale la pena.
Christa lo vale, y es tan– tan–
Es tan satisfactorio. Es tan correcto. Es la realidad. Es como todo tiene que ser, como debe sentirse. Es…
Se aleja. Y aspira el cigarro otra vez a la vez que la mira con ojos aburridos. Christa no parece aburrida. Tampoco alterada. Parece confundida. La mira a los ojos e Ymir la mira como si no fuera la gran cosa, como si no acabara de abrirle un mundo de posibilidades con ella, con cualquiera.
Ymir la mira como si fuera lo más común del mundo besar a alguien, solo porque te sientes hacerlo. Porque lo es, o al menos debería serlo.
—Ah– eso, eso estuvo… bien, ah —se pasa el cabello detrás de la oreja. Ymir inclina la cabeza—, estaría bueno… otra…
—¿Otra… vez? ¿Repetirlo?
—Por favor.
Aspira lo que queda del cigarrillo y lo tira, después se acerca a Christa, dejando una estela de humo en el trayecto. Besa sus labios con una ternura y adoración tan contrarios a su actitud, tanto que espera que ella no se dé cuenta, que crea que ella besa así porque sí, porque si hace algo, lo hace bien.
Pero Christa ni se fija, está demasiado ocupada derritiéndose en su mano que acaricia su mejilla y en la otra que, más que darle calor en la rodilla, la está quemando, al punto que cree que le dejará marca y lo agradecerá, porque así se asegurará de que fue real.
No hablan del beso. No hablan de lo que significa para ninguna de ellas, mucho menos de lo que podría significar.
—Salgamos otra vez.
—Claro.
No necesitan hablarlo.
¡Gracias por leer!
Como datazos, yumihisu empiezan a salir como a los dos años de esto. El pelotudo de la fiesta es un personaje de snk que nunca más aparecerá en esta historia porque no me agrada, ¿alguien adivina quién es?(? Mikasa fue el crush de casi todos los personajes, no tengo pruebas, pero tampoco dudas.
Algún subiré la cuarta parte, cuando la empiece(?
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Saludos.
