Capítulo 18

La fiesta se acabó.

-Solo unos pocos. Vamos – Insistía León, bastante alcoholizado.

-Pero es la regla número uno- Intentaba razonar Merlin, aunque por los litros de cerveza en su cuerpo, no creía que lo lograra.

Llevaban discutiendo lo mismo desde hacía unos diez minutos. El bar estaba por cerrar y León quería seguir la fiesta en el Chalet. Merlin intentaba decir que no.

-La noche es joven y nosotros también – volvió a insistir el rubio.

-Solo unos pocos – Por fin accedió el moreno.

¿Unos pocos? Seguramente nadie diría que los asistentes a la fiesta eran "unos pocos". Cada centímetro del chalet tenia gente, el sistema de sonido estaba a toda potencia y si le preguntabas a Merlin, no sabía de donde salía la cerveza.

-Esto es tu culpa – soltó de repente el moreno, aunque no estaba molesto.

- De nada- respondió León -¡Oh, vamos!- parecía que al rubio se le había ocurrido una idea.

La idea resulto ser el uso del jacuzzi. No solo eso, si no que usara el jacuzzi desnudos, el cual estaba al aire libre, en la terraza, donde podían verlos, cabe destacar.

Así que ebrios hasta la coronilla, se despojaron de sus ropas, para zambullirse en las cálidas aguas de la tina.

Rápidamente, Percival reto a Gwaine a correr desnudo por la nieve y cubrirse de ella. El castaño obviamente acepto, dejando al resto contemplando su trasero, mientras intentaba cubrirse con una mano sus partes íntimas.

-Pequeño lunático irlandés – grito León animadamente. Si observabas bien, podías notar como sus ojos nunca se despegaron del cuerpo del castaño.

-¿Cuánto llevan juntos? – pregunto casualmente el moreno. León pareció reaccionar ante la pregunta, volviendo su vista al menor – Oh, no estamos juntos, juntos. –aclaro.

-¡Mis bolas están heladas!- Los interrumpió Gwaine sumergiéndose en la tina. Como si quisiera contradecirse, el rubio lo tomo entre sus brazos para plantarle un beso de película.

Percival y Merlin solo rieron.

En venganza, decidieron que era el turno de Merlin de salir a campo abierto.

-Si tú llegas al camino y das una vuelta sin taparte, cada uno de nosotros te daremos cincuenta libras – aposto Gwaine.

Envalentonado por el alcohol y motivado por la cantidad de dinero, el moreno salió del jacuzzi.

Apenas empezaba a dar la vuelta, cuando un par de luces le dieron en la cara. Un auto estaba frente a él, y en el auto iba, nada más y nada menos, que Arthur Pendragon, su prometida y su hermana, que lo observaban atentamente.

La fiesta había acabado.