Humildemente dedicado a Megu y a Gaby.

-.-

Sunrinses

Parte 1

Rin se despertó muy temprano en la mañana, el sol aún no había despuntado por el horizonte, pero aunque era noche cerrada había luna y su luz le sirvió para alistarse sin tener que encender ninguna vela que despertase a la anciana sacerdotisa con su luz.

Una vez vestida se lavó la cara en el cubo y recogió las prendas que tocaba lavar en el río.

A pesar de haber madrugado Sayuri la estaba esperando fuera de la cabaña con cara de pocos amigos.

—Cada vez tardas más. Se nos acabará el día —. Levantó la cesta del suelo y se la colocó al hombro con un ademán demasiado brusco. Quería a toda costa expresar su malestar.

Rin humilló la cabeza, más enfadada que avergonzada. Aquella muchacha no era nada de ella, simplemente vivía cerca y por ello le tocaba padecer su compañía.

—¿Voy a tener que esperarte? —la apremió adelantándose con toda la intención de dejarla atrás.

Tomando su propio cesto, Rin la siguió con cierta desgana.

Todas las mujeres utilizaban el mismo sendero para ir al río y acudían en grupos pues era más seguro que ir solas. Cualquier yokai podía atacar a una mujer sola, pero rara vez las emboscaban cuando iban en compañía.

En un intento de ignorar a Sayuri y su lengua mordaz, Rin se dedicó a observar el paisaje, lo tenía muy visto, pero siempre le parecía muy bonito y más ahora que empezaba la época de floración. De momento el verde se encontraba por doquier, pero los colores no tardarían en aparecer.

Esta era la época que él solía elegir para venir a visitarla porque el clima le era más propicio a la muchacha humana. Hacía tanto que no lo veía. Una eternidad.

Una tímida sonrisa curvó sus labios y el viento le cubrió el rostro.

—¡Oye! ¡Contesta! —espetó la muchacha sobresaltando a Rin.

—¿Eh? —parpadeó turbada levantando la vista en su dirección.

—Te he preguntado que cuantos años tienes, más o menos —añadió burlona siempre utilizaba el desconocimiento de su año de nacimiento para meterse con Rin.

—Diecisiete.

—Uf, que vieja. Si está a punto de pasársete el arroz —rió maliciosamente.

Rin sospechaba que Sayuri la odiaba debido a su relación con él y con el señor Inuyasha, lo que le parecía injusto. Ambos habían protegido la aldea en más de una ocasión, eran buenos, fuertes y amables, pero aún así la gente de la aldea no toleraba su presencia.

Bufó disimuladamente.

¡Qué cansada estaba de todo eso! No se sentía con ánimo de soportar las puyas de Sayuri, simplemente quería terminar con sus tareas y poder estar en el prado recogiendo flores con ellos.

Miró al cielo esperando ver su estela sobre ella y por un momento fantaseó con huir de la aldea con él.

Aún no había tomado una decisión definitiva sobre qué camino elegir, pero ese último pensamiento le daba una pista de lo que prefería su subconsciente.

Pero no era tan fácil.

Cuando era una niña todo era tan sencillo, sabía perfectamente lo que quería y se lo dijo claramente, pero él no la escuchó demostrando una vez más que era mucho más sabio que ella.

—Eres tan lenta —la recriminó sacándola de sus pensamientos de la forma más desagradable.

Rin clavó la mirada en la espalda de aquel humilde kimono gris tan insulso comparado con el suyo. Esa era otra de las espinas de Sayuri.

Cuando supo que los bellos kimonos que le traía y que ella lucía a diario sin contemplaciones costaban una pequeña fortuna, comprendió las miradas de la muchacha; su malestar.

"Me tiene envidia por mis ropas y me detesta por las compañías que frecuento. No lo entiendo" pensó cabizbaja. Había sopesado la idea de vestir diferente, pero Kaede la disuadió. La anciana sabía perfectamente lo que ocurría y se lo había hecho entender.

Rin no hacía nada malo llevando esas prendas si podía permitírselo. Además, ¿dónde más iba a lucirlas? No solía frecuentar palacios y la cantidad era ingente. Su señor la tenía bien abastecida.

Ademas, si aparece de improviso no querrás que piense que no te gustan. ¿no?

Ella nunca le haría ese feo.

Se palmeó su kimono morado repleto de mariposas y elevó la cabeza. Debía sentirse orgullosa.

Algo llamó su atención, aunque ya lo esperaba. Unos cien metros delante de ellas, por un camino lateral en la maleza, se acercaban Kiyo y Musume.

Las saludó con quizá demasiada efusión que fue bien recibida por una y denostada por la segunda.

—Disculpad la tardanza, pero Rin ha tropezado de nuevo con su lentitud.

La aludida compuso un mohín de fastidio. Ya no tenía ni ganas de enfadarse. Todo aquello la aburría soberanamente. Era ridícula hasta para insultar.

Musume le coreó la gracia con otro comentario tan mordaz como ridículo que Rin se negó a escuchar, en cambio saludó a Kiyo que se colocó a su lado para avanzar juntas ignorando mejor a las mayores.

—¿Qué tal la mañana, Rin?

—He madrugado.

—Ya lo sé. Vamos bien de hora. Temprano, diría yo. Ni caso a esa —hizo un ademán en dirección a Sayuri bajando la voz.

—Me ha dicho que se me iba a pasar el arroz —musitó. La contraparte rió.

—Pero si tenemos la misma edad. No le hagas caso.

Se internaron en el bosque siguiendo el camino al río. Aquella era la zona conflictiva, pero hacía mucho que no ocurría nada y todo era gracias a que aquellos que no eran bienvenidos tenían la zona muy controlada y limpia de amenazas.

Rin volvió a bufar de fastidio. Con todo el bien que hacían no podía entender ese sinsentido.

—Que kimono tan bonito llevas hoy —musitó Kiyo haciendo pantalla con la mano, no quería darle leña a según que gente porque no dudaba de que harían fuego.

Rin sonrió un poco incómoda. La muchacha se percató de ello y se apresuró a tranquilizar a su amiga.

—Te tiene envidia, Rin. Mucha envidia y por buenas razones. Es precioso.

La obsequió con una sonrisa más amplia y sincera para agradecer sus palabras, pero no podía dejar de mirar el kimono sencillo y carente de los bellos colores que solía lucir Rin.

—No te preocupes, a mi no me importa —la tranquilizó con una sonrisa sincera —Ya sabes que me encanta rodar por el campo y no podría hacerlo ni de broma si llevase algo tan bello.

De pronto se sorprendieron al escuchar un sonido proveniente de la linde del bosque. A pesar de las animadversiones presentes se juntaron para protegerse mutuamente en mitad del sendero.

—¿Qué ha sido eso? —susurró Musume alarmada.

—¿Cómo voy a saberlo? —respondió Sayuri tensa apretando contra su pecho la cesta de la ropa sucia.

Un nuevo sonido llegó hasta sus oídos, sobresaltándolas. Se quedaron muy quietas intentando al menos identificar la amenaza. Tras unos segundos que les parecieron horas algo más claro llegó a sus oídos.

—¿Eso es...? —musitó Kiyo.

Aguardaron aguantando la respiración hasta que se repitió. Se miraron entre ellas.

—¿Risas?

Las muchachas se miraron extrañadas, pero en cuanto el sonido regresó Rin abandonó el corro femenino y se acercó a la linde.

—¡Rin! —exclamó aterrada Kiyo intentando sujetarla.

Su intrepidez algún día le pasaría factura, pero en aquel momento se internó en el bosquecillo guardando cuidado de no tropezar y atenta a cualquier amenaza viniera de donde viniese.

Las risas (ahora las escuchaba claramente y no cabía duda), provenían de un lugar cercano y eran humanas. Rin supo que lo eran porque vio a sus propietarios y su rostro demudó en una expresión de sorpresa mayúscula. Se disponía a volver sobre sus pasos cuando tropezó de bruces con Sayuri. Al parecer la había seguido y en su rostro vio curiosidad, luego compuso una sonrisa torcida que no era para ella, pues ni la miraba, sus ojos detallaban el bosquecillo a sus espaldas.

—Ven —la sujetó del brazo y tiró de ella con brusquedad. No quería estar a solas en su tropelía.

Se internó aún más hasta poder contemplar la escena que se desarrollaba entre la maleza. Volvió a tirar del brazo de Rin cuando se agachó para adoptar una posición furtiva, obligando a la muchacha a emularla. Cuando la tuvo a su altura se inclinó en su dirección para susurrar evitando así que las descubrieran.

—Son Toyotaro y Natsuki —contuvo una risita nerviosa antes de proseguir —Parece que no han querido esperar a la boda. Les ha podido la calentura.

Rin mantuvo la vista baja, perdida en los matorrales, pero no podía evitar escuchar los sonidos de la pareja. Deseó poder bajar también las orejas como hacía el señor Inuyasha.

—¿Qué te pasa? —susurró Sayuri, aún con la voz tomada pudo notar el tono burlón —No seas mojigata, Rin. Mira y aprende. ¿Quién te va a enseñar si no? ¿Ese demonio que te ronda como un perro?

Rin levantó la cabeza violentamente ante la mención del daiyôkai y se encontró con el rostro lleno de malicia y lujuria de la otra muchacha mirándola directamente.

—O tal vez ya lo ha hecho.

Rin se envaró.

—¡No! ¡Él nunca...!

—¡Shss! ¡Baja la voz, idiota!

Sayuri cayó sobre ella estampándola contra el suelo bajo su peso, cada pequeña piedra se hundió cruelmente en su espalda, las manos de la muchacha le cubrían la boca para evitar que gritara.

Tras unos segundos de incertidumbre los amantes reanudaron su juego y Sayuri sonrió a escasos centímetros del rostro mudo de Rin. Desde su posición miró en dirección a la pareja y descubrió que un hueco entre la maleza le permitía ver lo que ocurría al otro lado. Volvió los ojos en dirección a Rin donde la chiquilla vio algo que la hizo estremecer.

—Eres demasiado ingenua, eso se ve a la legua, pero claro... no es de extrañar. ¿Qué hombre de bien iba a querer tocarte y contaminarse con tu peste a perro?

La mirada de Rin se endureció. Podía insultarla todo lo que quisiera, pero no toleraría que ofendiera a su señor.

Se vio libre de sus manos y pudo respirar, pero Sayuri la tomó bruscamente y le obligó a girar la cabeza en dirección comprometida.

— ¿Sabes? me das un poco de pena. No podrás casarte, ni experimentar eso.

Notó lo que solo podía ser la mano de Sayuri haciendo su kimono a un lado y colándose entre sus piernas. —Pero sabes qué, no necesitas a nadie para divertirte.

El cuerpo de Rin se tensó automáticamente de rechazo, pero no impidió que los dedos de la muchacha tocaran allí donde no debían.

Rin abrió la boca para recriminarle, pero la muchacha subió la palma con la que le sostenía la mandíbula para cubrírsela a la vez que se acercaba aún más a su oido para susurrar.

—Si haces ruido nos descubrirán y seguro que no quieres eso. Cállate y disfruta. Solo es un juego.

Aplastada bajo el peso de la mayor Rin se sentía desfallecer. Le costaba respirar. Por delante cada hueso del cuerpo que tenía encima se clavaba en sus partes blandas y por detrás las piedras torturaban su ya dolorida espalda; para colmo de males las briznas de hierva seca le arañaban las mejillas. Contempló de soslayo el rostro ligeramente sonriente de la mujer sobre ella.

—¿Sabes qué? —sus dedos alcanzaron la intimidad de Rin y esta se encogió dolorosamente contra las piedras —Voy comprobar si ese perro ha bebido ya del cuenco.

Todo el ser que era Rin se replegó sobre si mismo ante la intromisión. El rostro al cual no quitaba ojo, porque simplemente no podía, adoptó una expresión de desilusión.

—Vaya. Pues parece que el perro sigue sediento.

Rin se retorció con todas sus fuerzas, planeaba librarse a como diera lugar.

—¿No quieres que otro te robe tu flor, no? Claro, Te guardas para él. Es tu regalo de compensación por todas estas fruslerías que te trae. Sí que se esmera, ¿eh? Pero a pesar de haberte cultivado tan bien, aún no te recoge. Será que no le gustas. ¿Cómo se llamaba? —su expresión alcanzaba tal nivel de depravación que rivalizaba incluso con la de Naraku — Ah. Sí. Sesshomaru.

De pronto para alivio de la muchacha, sus dedos desaparecieron y rodó hacia el lado liberándola de su peso. Rin la atravesó con la mirada más envenenada que podía dar. Se había pasado mucho de la raya.

—No me mires así. Tú te lo has buscado. —escupió la muchacha con una mueca de desprecio, aunque no le pasó desapercibido a Rin que había incomodidad en su voz y apuro en su rostro —No es tan raro. Además, pensé que...

Rin frunció el entrecejo, extrañada. De pronto dejó de percibir a Sayuri como una amenaza. Detalló su rostro, su expresión, su mirada huidiza.

—Discúlpate y lo olvidaré.

—Mientes.

—Discúlpate y lo intentaré.

Los ojos oscuros de la muchacha bajaron hasta clavarse en el lecho pedregoso en que había ultrajado a Rin. Pasaron unos largos segundos en la misma posición.

—Lo siento. Vámonos ya —añadió desviando la mirada en dirección a la pareja que seguía a lo suyo ajenos a lo que ocurría en su dirección.

—Lo que has hecho es horrible. —los ojos chocolate destilaban veneno.

—Ya me he disculpado —gritó silente embruteciendo la voz para evitar elevarla demasiado.

—No ha sido muy convincente. —ahora era su voz la que envenenaba.

—Tu... Me gustas.

Pasmada observó a la muchacha sin comprender. ¿Como iba a gustarle si la trataba fatal?

A no ser... Pero no era posible.

—Somos... mujeres.

—Somos de la misma especie, al menos. Tu babeas por un perro que se disfraza de humano. Ni siquiera sabes si le interesas. Te trata como a su mascota, cuando debería ser al revés. Qué irónico, ¿no te parece?

Sayuri lo estaba malinterpretando todo, trataba de encajar su relación con él en un esquema que pudiera entender sin saber lo compleja que era.

—Te equivocas. No entiendes...

—¡La que no entiende nada eres tú! —espetó dándole la espalda para detenerse sorpresivamente y hablar sin dar la cara —Pero lo entenderás. Estoy convencida de ello.

Al llegar a casa de la anciana Kaede, casa que ahora compartían, se notaba exhausta. ¿Cómo era posible que lo que iba a ser un día más en la insulsa vida de Rin se hubiera convertido en algo tan extraño?

Después de tender la ropa decidió darse un baño, quizá así se pudiese quitar de encima esa pesada capa de mugre invisible que la cubría desde la mañana empañando su día.

Saludó a la anciana sacerdotisa al entrar con una sonrisa que, esperaba se viese natural.

— Cada día madrugas más. Sayuri se está extralimitando.

El cuerpo de la muchacha sufrió un shock. Cuando logró controlarse suspiró.

"No se hace una idea".

Disfrutó del frío del torrente en su cuerpo mientras se frotaba con energía para sacar toda la suciedad. Tenía el pelo lleno de pajas y polvo, cuando estuvo segura de que se encontraba totalmente limpio, se lavó los pies y se hundió en el agua dando por acabada su sesión de acicalado.

Mientras se secaba el pelo de forma demasiado minuciosa, se detuvo en observar sus rodillas ligeramente separadas. Permaneció un rato inmóvil, mirando sin mirar nada, perdida en pensamientos inconexos. Concluyó que estaba en shock por todo lo ocurrido y no le dio más vueltas. Sacudió el pelo y se dejó caer hacia atrás sobre el pasto que crecía cerca del río.

Sin poder evitarlo todo lo que le había dicho Sayuri volvió a su mente, solo que más lejano, más fácil de encarar. Todo lo que le había dicho... y lo que había hecho.

Se llevó las manos al rostro sereno y se las pasó por las mejillas, luego se acarició distraídamente los labios y dejó reposar el codo entre sus pechos mientras con los dedos se acariciaba distraídamente el lado contrario del cuello.

"No es lo mismo que..." pensó sin poder evitarlo "Si lo hiciera él."

Si él me tocara...

"Si se lo pido, lo hará."

Estaba tan convencida de ello que le parecía como grabado en piedra.

"Solo tengo que llamarlo y vendrá. No importa lo lejos que esté."

Se levantó decidida y recogió todo lo que había llevado consigo.

Al llegar a la choza no encontró a la anciana. No le preocupó, solía salir a dar una ronda a los recién nacidos. Qué desconsiderada había sido demorándose tanto, pero ya no tenía caso.

Entró en la casa, se tardó más que de costumbre en elegir que kimono se pondría, se arregló el pelo empleando demasiado tiempo en que quedase perfecto y tras varias pruebas acabó recuperando la pequeña coleta que ya no solía hacerse, sin saber muy bien la razón. Cuando estuvo lista se palmeó las mejillas para darles color y salió encaminándose hacia el claro al que solía acudir.

Sus pasos eran más cortos que de costumbre por lo que tardó más en llegar, para cuando lo hizo no se sorprendió al encontrarlo de pie justo en medio del alto follaje con la mirada perdida en el horizonte. Estaba completamente solo. No lo encontró extraño. Es más, esperaba que fuese así.

Se acercó hasta él y se detuvo a su lado.

—Ha sucedido algo...—por un momento perdió el valor.

Actuaba como si supiera lo que estaba haciendo, pero en realidad se movía por inercia, sin darle demasiadas vueltas a nada. Por suerte, y tal y como esperaba, él no dijo ni una sola palabra.

Una brusca corriente de aire agitó su blanca melena que le azotó la espalda arrancándole una risita nerviosa. Parecía que los elementos jugaran en su contra.

Se aproximó a él sin dejar de mirar al mismo punto incierto al cual creía podía estar mirando y, tras un segundo de vacilación, le sostuvo la manga del kimono.

Su primer impulso fue tomar su mano, pero resultó demasiado abrumador y optó por lo que pudo tolerar.

Tras unos segundos giró sobre sus talones y empezó a andar, enseguida le notó a su espalda, avanzando tras ella a una distancia perfectamente tolerable.

Eligió un lugar cualquiera y sin siquiera pedírselo tomó asiento y apoyó la espalda contra el grueso tronco. Rin levantó la vista tratando de identificar la especie, pero se rindió rápido pues no tenía ningún sentido.

Bufó y se dejó caer sentada sobre sus rodillas junto a él.

Como no sabía qué hacer comenzó a entonar una de sus canciones favoritas mientras en su mente comenzó a perfilarse la idea, tomando cada vez más forma en su cabeza.

¿El impulso que la había llevado hasta allí?

Sabía muy poco de ello, o más bien se había impedido definirlo del todo. Era demasiado abrumador. Poderoso.

Giró la cabeza en su dirección y sus ojos ambarinos la capturaron de soslayo mientras su cabeza permanecía altiva. Su rostro estaba sereno, no parecía haber nada inusual en él.

—¿Sabe lo que ha ocurrido?

Preguntó temiendo levemente conocer la respuesta.

—Si me pides que acabe con su vida, lo haré inmediatamente.

Rin se envaró, pero no por la amenaza. Sus mejillas se colorearon.

—¿Cómo lo ha sabido?

No quería preguntarlo, pero necesitaba saber que no había sido testigo de aquello o algo parecido.

—Por tu olor.

Rin se permitió relajarse y volver a mirarlo, pero se arrepintió y giró la cabeza hacia lo que se suponía que él estaba mirando, aunque sabía muy bien que tenía sus ojos puestos en ella.

—No le haga nada. Lo cierto es que me ha ayudado.

Se sorprendió mientras lo decía al saber que era cierto. No se habría siquiera planteado estar allí en aquel momento si no hubiera ocurrido aquel incidente desafortunado.

Tras esa ultima consideración una parte muy concreta de su cuerpo comenzó a palpitar sordamente. Trató de normalizar su respiración y tomó una gran bocanada de aire antes de levantarse para situarse en la posición en la que debía estar o al menos así lo sentía.

El daiyôkai colocó las piernas creándole un hueco donde se pudiese sentar cómodamente. Rin ocupó su lugar y al apoyar la espalda se sorprendió al no notar la armadura, en su lugar se topó con su pecho cubierto por lo que sería su kimono rojiblanco.

—¿Usted sabe qué hacer? —preguntó a su espalda con voz tomada. Se arrepintió en el acto de sonar así. Los nervios la habían traicionado y eso nunca le había gustado.

Tragó grueso mientras esperaba por alguna clase de respuesta, pero ni ella misma sabía lo que quería, estaba demasiado dispersa.

—Usted sabe lo que quiero. Dígamelo. —había echado mano de todo su valor y de la última carta de su baraja.

—Quieres que posea tu cuerpo.

Escucharlo directamente y en su voz profunda e inexpresiva le provocó un espasmo visible. Era tan crudo y a la vez tan cierto que se sintió incapaz hasta de tragar por lo que la boca comenzó a llenársele de saliva.

—¿Realmente quiero eso? —preguntó con la vista perdida en el pasto.

—Sí. —respondió de nuevo sin inflexión.

—¿Y usted quiere hacerlo?

Ahora el silencio se prolongó unos segundos en los que Rin comprendió muchas cosas antes de que él le confirmara cada una de ellas.

—He dejado a Jaken en la aldea.—Rin asintió, sabía que era solo una pausa, aún no había terminado. —Como la armadura sería una molestia me he desecho de ella —notó un hormigueo en la espalda cuando se lo hizo notar —Y he acudido a ti. Si no estuviera dispuesto a complacerte no habría venido.

—Pero... ¿Desea hacerlo o solo es porque yo...? —no supo como continuar. Tampoco era necesario.

—Lo deseo... Rin.

...

¡Holis!

Aprovechado la semana SessRin me decidí a traeros por aquí esta historia cortita, son dos partes así que estará en breve completa.

Como la Sunrise me ha dejado con mucha hambre y creo que no soy la única he decidido compartirla. Sunrise, tu no nos das suculencia, pues habrá que hacerla XD

Le dedico esta historia a Megu_Loli ( Megu_Lo) y a Gaby Rodriguez ( Ohmagaby) de Ohmagab, sus bellas creaciones a las que esta pequeña historia no les llega ni a la suela del zapato, me hacen más feliz la vida.

¡Besos!

PD: Si habeís llegado aquí preguntandoos porqué Rin va a bañarse sola y a lavar la ropa acompañada o diré que ella es muy intrépida y lo hace a escondidas. :p