Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.
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Sinopsis: Un largo y fúnebre bosque era lo que dividía a dos pequeños poblados noruegos, Elsa Agnarrsdottir vivía con sus padres y su hermana en uno de ellos. Con el frío invierno a la vuelta de la esquina y un abuelo enfermo viviendo solo con su ama de llaves en una casa, la blonda tendrá que cruzar el bosque para llevarles lo necesario y volver antes que la tormenta la alcance. O que algo más fuera tras de ella.
Día 1.
Temática: Caperucita y el Lobo.
Rating: M
Propuesta de A Frozen Fan.
Mientras el lobo no está
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Iduna miró al cielo por la ventana de la rustica cabaña donde vivían, la preocupación bañaba sus orbes cerúleos.
―¿Madre? ―la aludida giró al escuchar el llamado de una de sus hijas.
―¿Haz terminado tus quehaceres? ―la blonda asintió ante su pregunta―, me alegra saberlo porque debo pedirte que hagas algo más.
―Anna y yo ya hemos guardado suficiente madera…
―Tienes que ir a Arendelle cuanto antes ―la interrumpió, tomándola de los hombros.
―Pero madre, la tormenta estará aquí en unos días ―la blonda parpadeó, asombrada por la petición de la mujer.
―Ya lo sé, no te lo pediría si no fuera importante.
La albina aguardó a que Iduna continuara.
―Un cuervo llegó hace poco, tenían un pergamino atado a la pata con el sello de Arendelle ―reveló―. Traía un mensaje de Gerda, la mujer que cuida de tu abuelo.
Elsa irguió los hombros ante la mención de ese hombre, Runeard Solbergsson* era conocido en ese poblado y en todos los circunvecinos por una condición que él llamaba cualidad: arrasaba allá por donde iba.
Y aunque el tiempo pasó y él se había asentado al otro lado del bosque, la fama lo precedía.
―Papá no tiene buena relación con el abuelo ―replicó al instante.
―Sí, pero sigue siendo padre de tu padre, y está enfermo.
―Pues que acuda a Madre Gothel, ella es la dueña de la única botica de Arendelle…
―Necesita una planta que solo crece aquí en Northuldra. Madame Gothel no tiene entre sus reservas.
Elsa quiso buscar otra manera de rebatir aquello, pero estaba segura que terminaría sonando egoísta a los oídos de su madre.
―Puedo esperar a que Anna llegue y la envío a ella a si te molesta ir ―sugirió Iduna, Elsa se envaró al instante.
Deseó poder decirle que lo que estaba haciendo era demasiado bajo, su madre sabía perfectamente que no iba a permitir que Anna se adentrara sola en el bosque.
―Dame lo que vayas a enviarle de una vez, quiero marcharme cuanto antes.
La mujer castaña parecía esperar aquella respuesta porque tomó una canasta de las que tejían en el pueblo y se la extendió al instante. Elsa pudo ver algunos huevos, dos tarros con mermelada y otro con granos de cacao, algo de pan bien horneado y un frasco con la dichosa planta, todo bajo una suave mantita de tela a cuadros blancos y azules.
La blonda se ahorró recordarle que apenas y tenían ellos para pasar el invierno como para regalar todo lo que había puesto para su abuelo. Aquel viejo era tan malo como la carne de caribú en las noches cálidas de verano.
―Ve a vestirte, usa las botas y un vestido que deje los tobillos al aire para más comodidad ―la apuró su madre.
Elsa rodó los ojos y obedeció, para cuando hubo vuelto Iduna ya le tenía preparado a Nøkk, el hermoso semental tan blanco como la nieve misma que cubría Northuldra.
―Llévatelo para que puedas ir más rápido ―dijo, acercándose a ella para darle la rienda del caballo.
―Papá se dará cuenta que no está en el granero…
―Agnarr volverá mañana pocas horas antes del anochecer, confío en los dioses que habrás llegado por la mañana ―replicó y se alejó por varios segundos hasta que volvió con una pieza de tela gruesa entre sus manos. Elsa la reconoció al instante.
La caperuza de su madre.
Iduna le rodeó los hombros con ella, la tela en color borgoña era suave y cálida, y bajaba por su espalda hasta los tobillos, Elsa pasó las yemas de los dedos por las figuras bordadas que representaban a los dioses en los que creían.
―No puedo llevármela ―replicó, tratando de quitársela―; fue un regalo de tu madre…
―Y ahora yo te la estoy dando a ti ―la mujer castaña apretó la tela con fuerza, ciñéndole la capucha a la cabeza albina.
La ayudó a subir a la espalda de Nøkk antes de pasarle la canasta.
―Sigue el sendero a la orilla del Ahtohallan, la nieve es más suave y el hielo más grueso por ahí― instruyó―. Es el camino más rápido y seguro.
Seguro.
Elsa tragó seco ante esa palabra tan inexacta.
Aquel lugar al que estaba siendo enviada era todo menos seguro, no por nada lo llamaban Bosque Encantado.
―Hay una criatura ahí dentro, mamá. ¿Y si me la topo…?
―Tonterías, Elsa ―su madre le restó importancia con un gesto de la mano, pero la blonda pudo ver cierto nerviosismo en los ojos cerúleos de su progenitora―. Ahí no hay nada.
"Claro que sí".
Ella misma había visto una sombra enorme acecharla cada que se acercaba a las orillas del bosque a recoger agua. Para nadie era un secreto que las desapariciones de algunas jóvenes de ambos pueblos no eran una simple casualidad.
―¿Y si sí la hay?
―Ya hemos sacrificado varios animales para contar con la protección de los dioses…
―¿Y si sí la hay? ―repitió.
―Pues haz correr a Nøkk, no por nada es el semental más rápido del pueblo.
La blonda suspiró e hizo que el corcel avanzara.
―Elsa ―la albina paró al caballo ante el llamado de su madre―. No olvides que te amo, hija. A ti y a tu hermana. Haría cualquier cosa para que estén a salvo.
Elsa no pudo hacer más que asentir, espoleó su montura y el caballo comenzó a correr.
Tan pronto como entró al bosque sintió el cambio, el aire era más frío y no pudo evitar notar que los ojos de todas las criaturas que lo habitaban se posaban sobre su figura.
―Vamos, Nøkk ―picó las costillas del caballo con sus botas y él relinchó, aumentando la velocidad de la carrera.
Bajaron cuidadosamente un par de colinas hasta que finalmente encontraron el Ahtohallan y, tal como dijo su madre, podía sentir más estabilidad ahí.
Elsa guio al corcel para que siguiera un camino que parecía haber sido recorrido con anterioridad mientras observaba el agua oscura y calmada.
―Ya casi, amigo. Solo unas horas más ―frotó el cuello musculoso del caballo y este soltó un bufido de goce.
Estaban cerca de Arendelle, la albina pensaba en entregar la canasta a Gerda e irse de inmediato. No se arriesgaría a una helada de improvisto y quedarse atrapada con su abuelo durante todo el invierno.
"Prefiero morirme congelada en el bosque" pensó de manera decidida.
Tan sumida estaba en sus cavilaciones que no se dio cuenta que había bajado la velocidad de la carrera del caballo y entonces fue capaz de escuchar un ruido proveniente de entre los árboles.
Nøkk se detuvo abruptamente, olfateó el aire y comenzó a patear la nieve, inquieto; Elsa trató de observar entre las sombras en un intento por descifrar qué era lo que provocó el sonido.
"Que sea un pájaro, que sea un pájaro" pidió mientras sus orbes de zafiro vagaban por entre el follaje, entonces un par de brillantes esmeraldas le devolvieron la mirada y el miedo viajó por sus venas, pesado y caliente.
Trató de convencerse de que se trataban de un par de luciérnagas, pero simplemente no pudo porque el brillo de unas blancas y grandes fauces la hicieron temblar.
―¡Corre Nøkk, corre! ―enterró los talones en las costillas del caballo con fuerza y el animal salió disparado mientras un estruendoso gruñido resonaba a su espalda.
Elsa se sujetó de la crin del caballo con todas las fuerzas que tenía, giró la cabeza en dado momento y soltó un grito al ver la tenebrosa sombra que los perseguía.
No le cabía duda que era la misma que siempre la acechaba en Northuldra.
―¡Más rápido, más rápido…! ―su orden se vio cortada porque el animal resbaló con el hielo bajo sus cascos y salieron del camino, cayendo en la nieve suave.
Nøkk se levantó rápidamente y corrió, dejándola sola. La blonda se puso de pie con pesadez y trató— en vano— de alcanzarlo, la nieve le llegaba varios centímetros por encima de los tobillos y terminó tropezando.
Se planteó quedarse ahí y desistió al instante después de escuchar a aquella criatura acercarse; ni corta ni perezosa y sin soltar la canasta logró llegar al camino indicado por su madre, pero se arrepintió de inmediato porque el hielo estaba mucho más resbaladizo y frágil.
Cuando lo que fuera que la seguía la alcanzó, el hielo bajo sus botas cedió, rompiéndose y dejándola caer.
El agua helada en contacto con su cuerpo se sintió como miles de estacas.
Con cada intento que hacía de nadar hacia arriba el agua hacía de cuchillas, estaba dándose por vencida cuando fue consiente que la jalaban por detrás de la caperuza; el aire helado le cortó el cuerpo y tosió ruidosamente al verse libre de esa prisión líquida.
No podía ver a la bestia que la arrastraba hacia lo profundo del bosque, pero tenía que ser demasiado fuerte porque llevaba su cuerpo casi a volandas; los dientes le castañeaban por el frío y sentía rígidos los dedos de las manos; pero aun sostenía la canasta.
No se explicaba cómo era posible que aún no soltara esa maldita canasta.
En medio del frío y el miedo que sentía, pensó que debía liberarse y correr, que debía tratar de luchar por su vida; pero también estaba segura que aquella criatura no se demoraría demasiado en atraparla.
Así que se dejó hacer, relajó el cuerpo rígido y cerró los ojos, rezando por desmayarse y así no ser consciente de que la devoraban.
Como pocas veces ocurría, no logró su objetivo.
Después que la inconciencia se la llevara y la devolviera a la realidad por ratos, terminó despertando completamente y discernió que se encontraba en una cueva.
El espacio estaba ligeramente iluminado por el fuego escaso y volátil en la fogata a su lado, Elsa logró preguntarse cómo aquello era posible y por un segundo la esperanza la embargó, permitiéndole imaginar que alguna buena alma en el bosque la había rescatado y le daba posada.
Esperaba encontrar el cuerpo de la bestia en el suelo, pero lo único que podía ver por la tenue luz de la fogata y de la alejada salida de la cueva era su vestido y la caperuza secándose con las débiles brazas. Al instante miró su cuerpo y apretó los dientes al encontrarse usando solamente el delgado vestido de lino que cubría su desnudes.
Sus esperanzas se evaporaron al incorporarse trabajosamente de la pequeña cama hecha de hojas de pino y musgo. Ahí no había más rastro humano que el suyo mismo.
Localizó sus botas junto a la canasta más allá y se decidió a ir por ellas, pero se dejó caer pesadamente donde estaba tan pronto como trató de levantarse, sentía el cuerpo agarrotado y cada movimiento dolía.
Aun así, debía salir de ahí de una vez. Antes de que esa cosa volviera.
Consiguió ponerse de pie sin importar las punzadas de dolor y, apoyándose de las paredes rocosas, logró llegar hasta las botas y la canasta; sacó un pedazo de pan y un tarro de mermelada al descubrirse totalmente famélica por el esfuerzo, si iba a pelear por su vida tendría que fortalecerse.
Terminaba de comer cuando lo escuchó a su espalda, se giró lentamente y un silencioso jadeo de horror brotó de sus labios rosados al verlo.
Delante de ella había un enorme lobo, pero no uno común.
Elsa se dijo que debía ser más grande que un lobo huargo, mucho más grande; tenía el pelaje de un brillante color rojizo y un par de orbes esmeraldas que enseguida reconoció, al igual que las blancas fauces desnudas.
La blonda trató de correr, pero los pies torpes trastabillaron y cayó al suelo, giró la cabeza hacia todos lados, buscando con desespero algo con lo que defenderse, pero simplemente no había nada.
El lobo comenzó a acercarse en su dirección y como último recurso, la jovencita le tiró a la cabeza el tarro de mermelada medio vacío que el animal esquivó con facilidad. Elsa retrocedió, arrastrándose por el suelo duro, hasta llegar a la cama de hojas.
Mientras caminaba hacia ella, la albina pudo presenciar como el lobo se transformaba; con la boca abierta y muerta de miedo vio al pelaje rojizo desaparecer para dar paso a una piel de durazno, se irguió en dos pies y los colmillos se adaptaron al tamaño de la nueva boca.
"Un warg*" pensó, aturdida.
Había escuchado de ellos en las noches de historias de la vieja Yelena, los warg eran un tipo específico de cambia pieles que estaban ligados a un lobo. Podían ser peligrosos si no sabían controlarlo.
Pero el… joven frente a ella parecía saber lo que estaba haciendo; cuando finalmente estuvo frente a ella pudo observarlo mejor y sin duda alguna, era más atractivo que ningún otro muchacho que hubiera visto antes.
Los orbes de la albina viajaron por el cuerpo del muchacho, sintiendo sus mejillas calentarse cuando se enfocó en el miembro masculino, el valle de vello rojizo que lo coronaba y lo grande que era.
Apartó la mirada al instante, siendo consiente que era la primera vez que veía a un hombre desnudo.
"No es un hombre".
"Sí lo es… no del todo, pero sí".
El bermejo la observaba con atención y una sombra nublaba el verde de sus ojos, provocando que una sensación desconocida se asentara en la parte baja de su estómago.
―Deja que me vaya… ―susurró, sin atreverse a mirarlo.
―Todavía no ―respondió con voz ronca, provocando que le temblaran las piernas.
De no sentirse de esa manera tan… incierta, se habría sorprendido porque él hablara la lengua común.
―Si te molesta que entren a tu bosque… yo no volveré…
―Shhh.
―Solo deja que me marche…
―Shhh.
Puso un largo dedo sobre su boca, para hacer que guardara silencio.
―Mírame.
Elsa se reusó a obedecer, no quería caer en el encanto que los warg ejercían sobre las pobres almas que tenían el desatino de encontrarse con uno.
Podían cautivarte para terminar devorándote o para otro tipo de… actividades.
―Mírame ―tomó su barbilla con una suavidad sorprendente y la obligó a mirarlo.
Al tenerlo así de cerca podía ver las matas doradas en sus ojos verdes, podía contar las pecas espolvoreadas como canela en la nariz distinguida, y un par de acolchados labios rosados que— repentinamente— deseó probar.
―Deja que me vaya ―pidió una vez más, sintiéndose molesta consigo misma por la falta de convicción en su tono y el escalofrío― no precisamente de miedo― que le recorrió el cuerpo―. No me comas.
"Estúpida".
Trató de apartar la mirada de la del colorado, el efecto que estaba ejerciendo sobre ella provocaba que soltara sandeces sin pensarlas antes.
―Sí te voy a comer― replicó, inclinando la cabeza para rozar la nariz contra la suya y darle pequeños toques con la lengua en la boca de fresa―, pero no de la manera tradicional.
Tomándola de la parte trasera del cuello logró atraerla en un beso que, si bien al principio fue suave, se tornó brusco conforme aumentaba el calor entre sus piernas.
Se sentía abrumada por las sensaciones que experimentaba con tan solo un beso, lo más cerca que había estado del contacto con alguien del sexo opuesto había sido un picotazo que un muchacho de su pueblo le robó cuando niños.
El cobrizo repartió besos por su cuello mientras la recostaba en la cama rustica, la blonda se aferró a los brazos musculosos y abrió las piernas por inercia, dejando que se acomodara entre ellas.
―Elsa… ―suspiró con su cuello.
La aludida respingó ¿Cómo sabía su nombre?
―¿Cómo…?
―Sé muchas cosas ―respondió, interrumpiéndola―. Más de lo que piensas.
Sin agregar más, las manos grandes le sacaron el camisón con fuerza, dejándola tan desnuda como él, y volvió a besarla.
Como si una voz dentro de su cabeza le dijera exactamente qué hacer, se aventuró a tocarlo con dedos temblorosos y la respiración agitada. Si tan solo supiera cómo se llamaba…
―Hans… ―el nombre escapó de sus labios, acompañado de un gemido que, a su vez, provocó que el bermejo gruñera.
Volvió a estremecerse, ese gruñido era todo menos humano.
Y sin saber por qué, le encantó.
―Quiero que digas mi nombre más fuerte ―masculló contra uno de sus pechos, Elsa se retorció ante la sensación de los afilados dientes contra su capullo rosado y una mano bajando por su lechoso vientre plano―. Mucho más fuerte.
Dejó de pensar en cuanto sintió que la acariciaba… ahí. Sus dedos le arrancaron un gemido ruidoso al entrar en ella repentinamente, se movían con destreza en su interior en tanto el pulgar frotaba esa perla rosada cuya existencia notó mientras se bañaba.
Fue embargada por una intensa sensación de vértigo, las piernas le temblaron y un grito escapó de lo más profundo de su garganta.
―Eso fue bueno― las mejillas de la blonda, de por si arreboladas, enrojecieron totalmente al verlo chupar los dedos que segundos atrás habían estado en su interior―. Hagamos que sea perfecto.
Elsa no lograba entender a qué se refería con «perfecto», pero estaba segura que lo disfrutaría.
El warg… el pelirrojo… Hans, volvió a besarla y la llama en su interior se encendió nuevamente.
Sea lo que fuera a hacer, que lo hiciera rápido.
―Relájate.
Entonces fue enteramente consiente del miembro del colorado, la albina se incorporó un poco para que sus ojos se enfocaran en él; recordaba que era grande, pero no… tanto. Tenía una longitud que impresionaría a cualquiera y se erguía con orgullo frente a sus orbes extasiados.
La curiosidad que sentía por acariciarlo, por saborearlo, por sentirlo, era mayor a la que jamás sintió antes.
―Puedes tocarlo todo lo que quieras ―le aseguró, un deje de diversión sombreaba su tono.
Elsa extendió la mano temblorosamente, pero se aferró a él con una seguridad que no sentía del todo. Lo que fuera que controlaba su mente le dijo que hacer: depositó un beso en la punta rosada y después recorrió toda su longitud con la lengua, saboreándolo como a las tiras de caramelo que su madre le preparaba a ella y a su hermana.
No terminaba de decidir si el sabor le gustaba del todo, pero no podía detenerse…
―Alto ahí, copo de nieve― la besó de nuevo e hizo que volviera a recostarse.
Separó sus delgadas piernas y la cubrió con su cuerpo, hasta entonces la blonda notó que Hans tenía la piel más caliente que una persona… más caliente de lo normal.
El bermejo guio su miembro erecto hasta su entrada, Elsa apretó los dientes al sentirse invadida y se aferró a él, enterrándole las uñas en la espalda pecosa.
Hans no pudo esperar más y la embistió de golpe, arrancándole un alarido a la muchacha. Usó toda la fuerza de voluntad que tenía y esperó a que Elsa se relajara, una vez que notó que se había acostumbrado a la invasión, comenzó a moverse.
Las embestidas, que al principio eran lentas y certeras, se tornaron rápidas y duras; Elsa gemía ruidosamente en su oído mientras él devoraba su cuello.
En el momento en que sintió el interior de la blonda comenzar a apretujarse alrededor de su miembro, desnudó sus colmillos y esperó a que el clímax la envolviera para encajarlos en el hueco entre el hombro y el oído.
Elsa terminó entre gritos de placer, sujetándose a él como si fuera a caerse; Hans la alcanzó después de varias embestidas más y aulló, completamente extasiado como nunca antes se había sentido.
Los días que siguieron fueron iguales, bastaba con una mirada inundada de lujuria por parte del cobrizo para que ella se arrojara a sus brazos y se entregara a él hasta el cansancio.
Cuando despertó, él no estaba por ningún lado.
Se levantó pesadamente y tomó su camisón blanco, ahora un poco más sucio y se abrazó a sí misma, siempre sentía demasiado frío cuando la piel hirviente de Hans no estaba en contacto con la suya.
La cabeza le dolía, pero estaba segura que no era por hambre. El bermejo se encargaba de alimentarla.
Masajeó sus sienes con los dedos mientras esperaba a que el agua terminara de hervirse, la sirvió en uno de los tarros donde alguna vez estuvo la mermelada, puso varias hojas de menta y lo bebió para calentarse en tanto se preguntaba dónde podría estar Hans.
"No seas imbécil, es tu oportunidad de irte" sintió el cuerpo rígido.
¿Y si él se daba cuenta?
¿Y si él iba tras de ella?
¿Y si la alcanzaba y después la asesinaba?
"No lo hará, eres lo único que tiene para entretenerse" trató de convencerse, pero no se sentía segura sobre eso.
Quizá lo que estaba viviendo era lo mismo que habían vivido las demás chicas del pueblo que desaparecían. Si lo hacía enojar, el warg se desharía de ella y aguardaría por otra insulsa que se adentrara en el bosque.
Aunque, si lo pensaba bien y con su desaparición― porque nadie creería que había logrado llegar a Arendelle cuando la tormenta estaba tan cerca― ningún otro se arriesgaría a seguir sus pasos.
"Debes irte de aquí".
"Sí, pero también debes ser más lista".
Aguardó a que Hans volviera, lo observó adoptar su forma humana y le pasó los remendados pantalones para que se vistiera; no dejaba de asombrarle que no sintiera ni el más mínimo ápice del frío.
―Traje algo que te va a gustar― aseguró―. Un ciervo.
Elsa asintió como única respuesta.
―Solo hay que pelarlo, lavarlo y cocinarlo.
―¿Para qué? puedes comerlo así ¿cierto?... como un lobo, digo.
Hans dejó salir una carcajada musical. ¿Cómo era posible que todo en él fuera tan hermoso cuando verdaderamente no era más que una criatura horrible?
―Antes lo habría hecho, pero ya no, copito. No puedes comer carne cruda.
Cuando no estaba cautivada por él, a la blonda le costaba creer que fuera tan atento con ella. Le costaba creer que hubiera sido tan atento con todas a las que asesinó en el pasado.
―Yo me encargo.
Lo vio arrastrar al animal muerto fuera de la cueva, la facilidad con la que lo alzaba usando una sola mano la hacía retorcerse de miedo. ¿Cómo iba a vencerlo si era más fuerte?
¿Cómo iba a vencerlo cuando era más fuerte que cinco hombres juntos?
"Debes ser más lista".
Tomó su vestido y su caperuza, se calzó las botas y se acercó a él. El ciervo estaba casi terminado y no llevaba ahí ni una hora.
El colorado la miró con una ceja arqueada.
―¿Dónde crees que vas?
―Pensaba que necesitamos bayas ―contestó, usando toda la inocencia que pudo―, para el estofado.
―¿Estofado?
―Sí ―asintió―, es como agua con vegetales y la carne le da sabor…
―Sé qué es un estofado ―replicó, ofuscado―. No porque haya decidido vivir en el bosque significa que no sepa todo. Recuérdalo, belleza, sé muchas cosas.
―Perdona ―se obligó a musitar.
Jamás se sometía ante nadie, pero aquella ocasión era necesaria. Hans relajó el semblante al instante.
―Te acompañaré.
Sin más, la guio por el bosque hasta donde se encontraban los matorrales. Aquel bosque sí que debía estar encantado, de otra forma no habría bayas con la helada que se venía.
Recogió las más redondas que encontró bajo los atentos ojos esmeralda del warg, quien la esperaba de pie y con los brazos cruzados sobre el pecho musculoso, varios metros más atrás.
Era tan grande que la única manera en la que parecía inofensivo era cuando dormía. Si tan solo pudiera hacer que durmiera profundamente…
"Eso es" pensó, irguiéndose disimuladamente.
―¿Pasa algo? ¿Te sientes bien? ―lo escuchó preguntar y formuló una mentira rápidamente.
De querer, él podría entrar en su mente con la influencia que ejercía en ella para saber lo que pensaba.
―Nada, solo recordé que necesito otro tipo de bayas ―respondió, inocentemente.
―¿Qué hay de malo con esas?
―No se trata de eso, pero por alguna razón sé que las que crecen junto al río son las más jugosas… y como yo no cómo carne…
Hans la miró con sospecha, frente a él debía fingir que no recordaba hacia donde iba antes que se la llevara.
―Si crees que es innecesario, hay que volver ―planteó, pero se mordisqueó el labio inferior ligeramente.
Aquello parecía gustarle al colorado.
―Por aquí.
Se dejó guiar, poniendo atención al camino mientras fingía que tocaba las ramas frías y cubiertas de nieve. Pronto el Ahtohallan estuvo en su campo de visión.
―Creo que son esas las que quieres ―Hans le señaló los arbustos―. Iré por ellas, el hielo no es muy frágil, pero…
―¿Y si algo viene? ―fingió que se asustaba y se colgó de su brazo, como una niña.
―Nada va a herirte jamás, Elsa. Te lo prometo.
―¿Cómo estás seguro de eso?
―Porque voy a arrancarle la cabeza a quien se atreva a tocarte.
La dejó ir a recoger las bayas y la albina aprovechó que se concentró en vigilar― sus palabras le habían calado― para cerciorarse que eran las que necesitaba.
"Jaulas de medianoche".
Un puñado de esas bayas podía matar a una persona normal, pero a alguien como Hans lo pondrían a dormir el tiempo suficiente para que ella se marchara.
Recogió las suficientes y volvió a su lado. Hans la condujo a la cueva, topándose con unos lobos blancos en el camino; bastó un gruñido por parte del colorado para que huyeran despavoridos.
Cocinó la carne en la caldera vieja sobre la fogata e hizo dos mezclas: una con las bayas normales y otra con las jaulas de medianoche. Todo estuvo listo a media tarde, puso los pedazos más grandes para él y agregó una cantidad generosa de la plasta.
Hans comió sin cuestionar, pero nada sucedió. Volvió a tomarla durante la noche y durmió unas horas antes de levantarse con el alba, tal y como hacía siempre.
No lograba explicarse que había salido mal, quizá debió usar más plasta…
"Funcionó, pero no del todo" se dijo, convencida. De otra manera, el colorado lo habría sabido al estar dentro de su mente durante las actividades nocturnas.
Las bayas lo habían hecho bajar la guardia, solo necesitaba un poco más. Calentó la carne para que estuviera lista cuando él volvió, nada más cruzó la entrada a la cueva pudo notar que estaba cansado.
―¿Estás bien…?
―Lo estoy ―aseguró―, solo que había estado en forma lupina por mucho tiempo que ahora que me transformo para ti, me canso más rápido.
―Te acostumbrarás ¿cierto?
―Pues claro, copito.
Terminó de comer todo lo que le dio, la besó y se tendió en la cama rustica, para cuando termino de limpiar, él estaba sumido en un sueño profundo.
Elsa gritó con fuerza, pero Hans no se levantó.
"Es ahora, niña tonta. Corre y sálvate".
Guardó lo necesario, se puso el vestido, las botas y se ciñó la caperuza, y salió pitando de la cueva. La nieve había borrado las huellas del día anterior, pero ella podía recordar el camino hasta el Ahtohallan.
Corrió por la orilla lo más rápido y cuidadosa que pudo, deteniéndose de cuando en cuando para descansar y continuar.
Las jaulas de medianoche habían logrado tumbar a Hans, pero no sabía por cuanto tiempo.
Las piernas le ardían de dolor, se detuvo a descansar y sacó el tarro con la poca agua que le quedaba, su aliento formaba nubes de vaho por el frío y tampoco sentía sus mejillas rosadas.
"Solo un poco más, ya falta menos".
Reanudó su camino pocos minutos después, no podía rendirse cuando estaba tan cerca; miró hacia el cielo para toparse que se oscurecía más rápido que de costumbre. La tormenta ya estaba cerca.
Por lo menos, la nieve cubriría sus huellas.
Las ramas de algunos arbustos secos le arañaron la falda y las piernas, como si trataran de contenerla dentro del bosque; la primera cabaña apareció en su campo de visión cuando era de noche y no pudo evitar sentirse esperanzada.
Entró al pueblito, las personas que estaban a fuera la miraron con horror, como si hubiera hecho la peor de las atrocidades. Los pies le dolían como nunca, trastabilló y cayó, raspándose las manos en el proceso.
―¡Por Odín, niña! ―exclamó una viejecita, acercándose para ayudarla a levantarse.
Paseó sus acuosos ojos críticos por su cuerpo, enfocándose en su sucio vestido rasgado, sus piernas pálidas y arañadas, su rostro asustado y el cansancio casi palpable que emanaba de su cuerpo.
―¿Qué te pasó? ¿De dónde vienes?
―Runeard Solbergsson ―jadeó, agitada por la carrera―… es mi abuelo.
La cara de la mujer cambió de expresión, pasando de la sorpresa a la confusión.
―¿Qué hay con él?
―Mi madre me envió desde Northuldra― explicó―, dijo que recibió un cuervo de su parte…
―Niña.
―Me dijo que estaba muy enfermo…
―Niña.
―¿Quién es ella? ―preguntó un hombre, acercándose en su dirección con un pequeño grupo de personas.
La mujer los miró con los ojos entrecerrados.
―Viene de lejos, buitres.
La tomó de los hombros y la condujo hasta la que parecía ser su casa, la dejó entrar y la sentó en la mesa antes de cerrar la puerta y asegurarse que las ventanas estaban en la misma condición.
―¿Cuándo saliste de tu casa? ―preguntó, ofreciéndole una taza con agua.
Elsa la recibió con manos temblorosas, dándole pequeños sorbitos.
―No sé, la verdad no lo sé― admitió, avergonzada.
Solo esperaba que no le preguntara que había estado haciendo…
―¿Y estuviste todo este tiempo dentro del bosque?
Elsa titubeó.
―Sí.
―Bueno, vamos a limpiarte.
Elsa abrió la boca para decirle que debía ir a casa de su abuelo, pero se sentía tan cansada y no deseaba que la viera en esas condiciones. La mujer calentó el agua en el fogón y la ayudó a desvestirse.
Le limpió las manos con un paño húmedo y después lo pasó por su cuerpo, le lavó el cabello y terminó envolviéndola en una toalla de lana.
―Muchas gracias― musitó, parándose junto a la única cama en la cabañita―, la gente no suele ser tan amable en estos tiempos.
―Un poco de bondad no le hace daño a nadie― declaró seriamente mientras sacaba un camisón y un vestido limpio―. Creo que esto te servirá.
―En cuanto llegue con mi abuelo, le diré que me ha ayudado y él…― calló de golpe cuando le sacó la toalla de lana, dejando su cuerpo desnudo.
Sendos rasguños rojos, moratones que oscilaban entre el violeta, el verde y el amarillo, y marcas de dientes lo cubrían. Elsa tragó seco ¿Cómo no había notado todo eso?
―No estuviste sola ahí fuera ¿verdad?
Elsa negó con la cabeza.
―Esa cosa estaba acabando contigo, igual que lo hizo con todas las demás.
―¿Todas las demás?
―¿Dónde vives no han desaparecido algunas jovencitas como tú? ―no la dejó contestar―. Claro que sí, aquí también, al menos una niña de cada familia entra a ese bosque y jamás vuelve.
―Yo volví.
―Así es ―asintió―, eso significa que fuiste más lista que él y que todas ellas.
Elsa se vistió rápidamente, no soportaba ver su cuerpo maltratado por más tiempo.
―Le agradezco mucho por su hospitalidad, pero debo ir con mi abuelo y…
―Niña, Runeard murió el año pasado.
Elsa jadeó de sorpresa.
―Mi madre…
―¿Ella te dijo que vinieras?
―Sí, dijo que Gerda envió un cuervo diciendo que…
―¿Gerda?
―¿Usted la conoce?
―Trabajaba con tu abuelo, ven, vamos con ella.
Se calzó las botas y se enredó la caperuza, siguió a la viejita hasta una cabaña más allá de la suya, por la noche no había nadie fuera.
Tocó la puerta y una mujer regordeta y de cabello canoso les abrió, se cubrió la boca en cuanto sus orbes se posaron en ella.
―¿Elsa? ¿Qué haces aquí?
―Mamá dijo que el abuelo estaba enfermo, que necesitaba una planta que crecía en Northuldra y que debía traerla ―explicó apresuradamente después que la dejara entrar―; pero llego aquí y me dicen que él murió hace un año.
―Es verdad.
―Entonces ¿Por qué mi mamá hizo que viniera?
―Porque ella es quien le da de comer al monstruo ―la albina respingó al escuchar la voz de su hermana a su espalda―. Hola, Elsa.
―¿Qué haces aquí? ―preguntó al recuperarse.
―Papá me trajo.
―No, él fue a dejar no sé qué a otro pueblo y se supone que lo ayudarías…
―Papá sabe lo que mamá ha estado haciendo, no quería que nos lo hiciera a nosotras también… pero veo que no funcionó su estrategia.
―¿Cómo es que escapaste? ―preguntó Gerda.
―Lo puse a dormir con jaulas de media noche.
―¿Cuándo fue eso?
―En la mañana…
―¿Crees que despierte pronto? ―Anna le apretó la mano.
Un ruidoso aullido fue la única contestación que tuvo su hermana.
―¿Qué es eso? ―preguntó la blonda, aunque sabía la respuesta, se permitió sentir anhelo y equivocarse.
"Hans".
―Es él y viene por ti.
ACLARACIONES:
Solbergsson: Es la forma en la que se usan los apellidos nórdicos, si han visto Vikings estarán de acuerdo conmigo.
Warg: El termino lo saqué de GOT, al igual que el de lobo huargo.
Jaulas de medianoche: son las bayas con las que Katniss Everdeen reta al capitolio, ingerirlas causa la muerte.
HELLOOOOO Y'ALL! Harry Hale here.
No puedo creer que vaya a realizar este reto, agradezco a algunas escritoras a las que pedí que me brindaran las ideas que quisieran, siempre son tan lindas; y también escribiré las mías.
Gracias a Auntie F. Por la idea propuesta.
Espero que les guste el capítulo y si no… pues ya.
¡Nos leemos mañana!
Entonces qué… ¿Review? ¿No? Ok.
Harry.
