Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.

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Sinopsis: Los sacrificios que se hacen por amor parecen suficientes al principio, pero no siempre lo son.

Día 4.

Temática: Olvido y ruptura.

Rating: T

Propuesta de Ravenna18.


Cien mililitros de adiós

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Hans dejó salir un bufido de cansancio, y se obligó a seguir a su esposa alrededor de la habitación.

―Espero que este no tarde tanto como con Liu Yifei* ―comentó, tomándolo de la mano para continuar con su caminata―. Qué lindo que haya cuadros en las habitaciones.

Hans no se molestó en admirar los lienzos. Después de ciertas experiencias, él y las bellas artes estaban peleados indefinidamente.

―Eh leído mucho sobre que el segundo parto no es tan difícil ―dijo la pelinegra, con emoción contenida―; él saldrá y podremos volver a casa.

El bermejo asintió distraídamente, concentrándose en su pequeña hija sentada en el sofá de la habitación.

―Estaba pensando que quizá podríamos encargar una pintura cuando el bebé nazca ―sugirió, tocando su vientre abultado.

Hans se tensó, no le gustaban ese tipo de retratos… aunque, si se permitía pensar en eso, en algún lugar debían estar― pudriéndose probablemente― los tantos cuadros que habían pintado sobre él en el pasado.

―… y también otro para la recamara de Liu Yifei ―Hans miró a su mujer tan pronto dejó de escucharla hablar―. No te importa ¿cierto?

―Sabes perfectamente que mis intereses van más allá de ver pinturas.

―Pero a mí me gustan.

―Y por eso accedí a comprar todos los cuadros que has querido.

―Hans…

―Es solo que hoy en día piensan que mojar un mopeador y pintar una mancha sobre el lienzo es arte. Créeme, eh tenido la oportunidad de ver el arte a la cara y lo que hay aquí no lo es.

―Ni siquiera los ves.

Hans abrió la boca para replicar, pero su esposa suspiró y se adelantó a él.

―Yo quiero tener un parto sin estrés de más, y como la última vez el señor se desmayó antes de que comenzara la acción, puedes hacerte cargo de la niña y llevarla a dar una vuelta por ahí ¿verdad? ―no lo dejó responder―. Eso pensé, dejarás a esta preciosidad ―acarició la mejilla de su hija con cariño― en la guardería del hospital y a ti te veré cuando llegue el momento.

Plantó un beso rápido en su boca y después depositó uno en la frente de su hija, y los sacó de ahí dándoles pequeños empujones. Le cerró la puerta en la cara, dejándolo solo frente a un par de enfermeras de críticos ojos.

Una sensación de déjà vu inundó al bermejo, como si ya hubiese vivido una situación similar.

Pero un déjà vu era un suceso que se sentía vivido y que en realidad no lo era.

Y él sí que lo vivió.

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―No puedo creer que me dejaras solo con mis compañeros y sus esposas para embriagarte ―recriminó, azotando la puerta de entrada del departamento―. Mírate nada más, parece que te bebiste hasta el agua del estanque.

Una blonda muchacha, desparramada en el sofá de cuero, soltó una carcajada sonora.

―No me estoy riendo, Elsa. No le veo la gracia.

―Yo sí ―replicó―; todo en esa reunión era un chiste.

―Era importante para mí.

―Dices eso de cada jodido evento al que asistimos, pero buscas mil excusas si te pido que vayamos a alguna exhibición de arte, a algún recital de ballet… o a un desayuno con mis amigos del hospital ―rodó los ojos, pasándose los dedos llenos de anillos por el ensortijado cabello plateado―. Mejor ven y dame un beso.

―Si piensas que poniéndote sucia conseguirás que me olvide de lo que pasó, ya vas. No va a funcionar esta vez.

―Hoy estás más neurótico de lo normal ¿te tomaste tus pastillas?... ¿Se te terminaron? porque puedo pedir que te prescriban más... estos malditos tacones me están matando ―masculló, sacándose los zapatos de tacón plateados de una patada―… que hijos de perra… ¿Vas a darme un beso o no?

―No debiste dejarme así, fuiste tan grosera…

―Como quieras, Hans. Estoy muy ebria y quiero sexo, pero como no vas a dármelo, pues puedo yo sola.

Hans evitó mirar los torneados muslos pálidos descubiertos por el vestido color borgoña.

―¿Por qué te fuiste?

―¿De verdad quieres saber? ―espetó, olvidando su faceta coqueta―. Es simple: no soporto la hipocresía y ahí apestaba a ella.

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Observó con atención los cuadros que se exhibían en las paredes y si bien no era una experta en arte, las pocas piezas ahí eran exquisitas sin lugar a dudas.

Se sintió cautivada por un lienzo de tamaño mediano, un par de ojos en óleo estaban plasmados en él. El color verde era de un tono intenso y delicado a la vez, con suaves motas en dorado que iban perfectamente a juego con ellos. Las largas pestañas oscuras los coronaban ceremoniosamente.

Que la llamaran loca, pero podía jurar que era capaz de sentir todas las emociones que contenían esos ojos.

Por alguna razón, le resultaron conocidos.

―¿Cuánto costará…?

―Pertenece a una colección que se donó al hospital ―dijo la voz de una mujer a su lado.

La desconocida iba ataviada en un uniforme azul profundo bajo una bata blanca y llevaba el cabello rubio corto sobre los hombros― las rizadas puntas se difuminaban en un azul asemejado al color de los ojos―, recogido en una cofia con estampado de copos de nieve.

Se cubrió la boca con una mano para ahogar un grito de miedo y la otra voló a su vientre.

―Perdone…

―No, está bien. No pasa nada ―aseguró, sonriendo.

―Soy Elsa Solberg, jefa del departamento de cirugía cardiotorácica…

―¿Pasó algo? ¿Por qué usted…?

―Pierda cuidado, el doctor Li es quien estará a cargo de su caso ―explicó―. Solo vine a echar un vistazo, él está viniendo hacia aquí y me pidió que me acercara a usted por el momento.

―¿Solo eso? ―Elsa asintió―. Ay, que susto; le agradezco, las enfermeras de aquí no son muy comprensivas…

―Sí, bueno, a veces son más eficientes que dulces ―le dio la razón, tomó el historial de la paciente y lo revisó―. Veo aquí que se adelantó el parto, señora…

―Wang, Wang Mei*… o solo Mei, detesto usar el apellido de mi esposo ―le confió―. Su familia me odia.

―Eso significa que está haciendo algo bien.

―¿De verdad? ―Mei arqueó una ceja―, siempre creí que era todo lo contrario.

―Confíe en mí, va por buen camino.

―Sabe mucho sobre el tema al parecer ―observó―. ¿Está casada o…?

―Lo estuve, hace varios años.

Mei asintió, sin saber que añadir.

―Qué pena…

―No pasa nada, que un divorcio no es lo peor del mundo.

"Pero lo fue para ti" pensó la blonda, obligándose a mantener la sonrisa amable pintada en su boca de fresa mientras sus ojos volaban por el historial de Mei. No le gustaba hablar de sus cosas personales con desconocidos.

Mei bajó la mirada y Elsa deseó no haber sido tan brusca. En el caso de que lo hubiera sido.

―Fue lo mejor, para los dos ―añadió, la mujer embarazada a su lado parecía avergonzada―. No sé qué haya sido de él, pero yo estoy mejor que nunca. Tengo un novio fantástico y…

―¿Va a casarse con él pronto?

Elsa soltó una carcajada, el tono confidencial de Mei a juego con su pregunta le resultaba divertido.

―No, no, de los errores se aprende y jamás hay que tropezarse con la misma piedra dos veces ―explicó entre risas―. El matrimonio y yo estamos alejados, para siempre afortunadamente.

―Así de mal ¿eh? Mi esposo también estuvo casado antes y por mucho tiempo; dice que terminaron separándose porque ella era muy egoísta.

Elsa arqueó una ceja. Aquello era típico de los divorciados.

―¿La conoce?

―Jamás la eh visto, en realidad, ni en fotografías… ni siquiera sé cómo se llama ―admitió―. Es por eso que no le termino de creer todo lo que me dijo, en las separaciones ambas partes tienden a exagerar sobre el otro.

―Es por eso que jamás hablo de mi ex marido.

Mei comenzó a reír de nuevo y Elsa ensanchó su sonrisa.

―¿Cuál es su versión de la historia?

La blonda frunció el ceño y se cruzó de brazos, creando una especie de barrera entre ella y la pelinegra de rasgos orientales.

―Él quería una vida que no podía darle.

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―¿Sabes qué? no volveré a entrar a ese terreno ―espetó el bermejo―. Mis compañeros de trabajo no son los mejores, pero tú siempre te has empeñado en ahondar en sus defectos.

―¿Y no haces tú lo mismo con mis amigos?

―No puedes comparar a miembros del ejército con hippies que se la dan de doctores.

―Mis amigos no son ningunos hippies…

―Si no quieres abrir los ojos, está bien; ya me has dejado claro antes que yo no soy nadie para opinar sobre eso.

―Está decidido, no quiero discutir… más. Se acabó la pelea.

Elsa se levantó del sofá, sujetando sus tacones con una mano y con la otra afianzándose para no caer, se tambaleó un poco y finalmente logró estabilizarse.

El alcohol era lo único bueno de las reuniones de su marido…

―Ya no deberías beber tanto ―comentó Hans, sirviéndose un trago en el mini bar―; todo ese licor y los cigarrillos te harán daño si vamos a tener un bebé.

Elsa se detuvo al instante, irguiéndose.

―No sabía que lo estábamos intentando ―replicó, sin voltear.

―No lo hacíamos, pero debemos comenzar a pensar en eso. Llevamos siete años casados, tiempo suficiente para estar listos.

―Hans…

―No empieces, Elsa; ya me cansé de posponer esto.

―La última vez que lo hablamos…

―La última vez que hablaste del tema fue hace dos años, dijiste que querías concentrarte en tu libro y que yo aprovechara para seguir labrando mi carrera en la milicia.

―Mi libro aún no está listo.

―Ya no mientas ―replicó, acercándose a ella―; dejaste tu ordenador encendido y pude ver que ya estás trabajando en la secuela de la secuela. Es muy interesante en realidad, eres brillante y estoy seguro que podrás terminarlo durante el embarazo.

La albina giró bruscamente, trastabilló y estuvo a punto de caer, pero el bermejo― haciendo gala de sus reflejos― la atrapó.

―En primera estancia: no tenías derecho a mirar mis cosas…

―Tu usas todos mis aparatos sin miramientos, que echara un vistazo no fue nada.

―Y segundo: insisto en que nuestros trabajos absorben mucho tiempo y que seguimos siendo muy inmaduros para convertirnos en padres.

Hans la miró con atención, los ojos verdes la examinaban con tanta intensidad que la blonda temió que la atravesaran.

―Lo que sucede aquí es que sigues sin querer a mis bebés ¿verdad?

Elsa tragó seco.

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Hans cuidaba de su hija mientras examinaba esporádicamente los correos en su teléfono, el trabajo nunca lo dejaba en paz.

Guardó el dispositivo en cuanto escuchó a la niña balbucear sobre tocar alguna cosa, la tomó de la mano gentilmente y la apartó de la mesa donde reposaba una elegante figura de cerámica con forma del aparato locomotor pintada a mano.

¿No había visto eso antes?

Dejó sus pensamientos de lado para tomar control y terminar con el principio de un berrido por parte de la niña, quien estiraba sus manitas hacia la figura con verdadera devoción mientras musitaba sobre poseerla.

―No es un juguete ―explicó con calma―, papá te comprará uno igual en la tienda si te comportas.

La niña esbozó una sonrisita y Hans plantó un beso en su mejilla.

―Ella es realmente adorable ―la sonrisa se le borró de la cara al instante, adoptando una mirada seria al volverse hacia el recién llegado.

A pocos pasos de ellos estaba un hombre tan alto como él— para ser asiático—, vestía uniforme azul marino y una bata blanca con un estetoscopio alrededor del cuello; tenía el cabello azabache recogido en un moño sobre la cabeza y la parte de abajo estaba perfectamente cortada.

"Hippie" pensó, escondiendo el aburrimiento que le causaba.

―Parece que le gusta mucho el arte y la medicina ―observó―; quizá en el futuro quiera dedicarse a una de ellas.

―¡Jamás! ―soltó apresuradamente.

El desconocido arqueó una ceja y el colorado se enderezó, tratando de ocultar el sonrojo en sus mejillas con la cabeza de su hija.

Primero muerto, sería su perdición si la niña en sus brazos o el bebé que llevaba Mei en el vientre le salían con que, de buenas a primeras, querían dedicar su vida a la música, el baile y a las pinturas… o a confinarse a pasar cuarenta horas a la semana en un hospital.

Aquello ya le había arrancado demasiado.

―Me refiero a que ella tiene más aptitudes para los negocios ―explicó―, mi esposa y yo nos encargamos de enseñarle sobre eso.

―Suena bien, aun así apuesto que un poco de esto le hará muy bien ―al ver su crítica ceja arqueada, el recién llegado carraspeó y sonrió ligeramente―. Que grosero estoy siendo, doctor Li Shang.

―Hans Westergaard… ¿Dijo Li? Usted es el doctor de mi esposa, Mei Westergaard… Wang Mei.

―Ese soy yo, iba hacia allá en este momento. Le ofrezco una disculpa si estoy pecando de entrometido.

"Sí que lo estás haciendo, imbécil".

―No pasa nada ―contestó en su lugar, se disculpó y dejó a su hija junto a los demás niños en la guardería del hospital.

Cuando volvió, el doctor seguía ahí. Caminó junto a él, dirigiéndose hacia el piso donde estaba la habitación de Mei

―Entiendo que usted eduque a sus hijos de esa manera…

El asiático, Shang, se rio discretamente.

―No tengo hijos, en realidad.

"Es obvio que no".

―Yo juraba que sí.

―Los niños son demasiada responsabilidad, como especialista en cirugía pediátrica entiendo que ellos merecen padres que los amen ―explicó solemnemente―. Yo no puedo con eso.

―Sí, los niños requieren compromiso.

"Y no todos lo tienen" pensó, amargamente.

―Eso no significa que no soy comprometido, me tomo muy enserio mi trabajo y tengo una relación muy funcional; lo mejor de todo es que ella y yo sabemos hasta donde podemos llegar.

―Me imagino que una boda se aproxima.

¿De verdad estaba comportándose como un… señor? ¿Charlado con desconocidos de su vida, como si nada? fantástico.

Shang volvió a reír.

―Para nada ―negó―. Por ella yo regreso a China nadando, pero jamás pisaría por mi propia voluntad una iglesia o un registro civil con esas intenciones.

―¿Su novia lo sabe?

―Ella le teme al compromiso más que yo ―le confió―. Estuvo casada una vez y jura que primero renuncia a su licencia de cirujana antes que volver a hacerlo.

―Toda una situación.

Por lo menos los dos lo tenían claro, por lo menos Shang le había dicho a su novia con todas las letras que jamás sería más nada que una relación, y ella fue sincera con él.

Le incomodaba que ese desconocido había sido advertido, y él no.

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―A ver, no es sobre eso.

―¿Y sobre que sí lo es?

―Definitivamente no sobre tus bebés, si lo piensas, que por el momento son solo esperma.

―Por favor, Elsa; dejémonos de estupideces.

No sabía que le dolía más: que se engañara a sí mismo para no aceptar lo evidente, o que ella tratara de cambiarle las cosas.

―Jamás has estado contenta con nada de lo que hemos hecho juntos.

―Eso es mentira ―replicó de inmediato―. Hemos sido muy felices desde que estamos juntos.

―No te vayas por la tangente ―cortó―. No puedo recordar un paso que hayamos dado y que tu no pusieras mala cara al principio.

―No voy a tolerar que comiences a victimizarte.

―Y yo ya no me voy a callar. Todas tus amigas te han dicho siempre lo afortunada que eres que un hombre esté dispuesto a todo contigo, y tu jamás estás satisfecha.

La blonda se cruzó de brazos.

―Rechazaste las dos primeras pedidas de mano que te hice, y terminaste aceptando a la tercera vez; te pusiste renuente a casarnos y atrasaste la fecha dos veces… si no te hubiera exigido una respuesta antes de cancelar definitivamente nuestro compromiso, la señorita jamás se habría decido.

―Mira…

―Quería que nuestra boda fuera inolvidable, pero tu berreaste hasta que terminó siendo una reunión pequeña con nuestras familias y amigos más cercanos.

―Sí, porque ya sabes que soy…

―Te pedí tu opinión para decidir los destinos de nuestra luna de miel y lo relegaste todo a mí, pero no fue cuando llegamos a cada ciudad que te enojaste porque en esas fechas no había ni una sola exhibición de arte en los malditos museos.

―Estaba tratando de incluirte en mi mundo…

―Querías una maldita terraza en lugar de una casa para vivir, no pienses que no noté como torciste la boca cuando te traje aquí.

―Era por la decoración, remodelé todo para darle nuestro toque personal y…

―Y no querías bebés, así que traje a esos gatos para que no te sintieras sola cuando volvieras a casa y yo no estuviera.

―Fuiste el primero en entusiasmarte porque avanzo a grandes pasos en el hospital; dijiste que te gustaba que saliera temprano de vez en cuando.

―Sí, pero jamás especifiqué que quería a los hippiosos de tus amigos esos días que serían para nosotros, además siempre terminan apestando el departamento a queso.

―Amas la fondue de Elena…

―Estoy harto, Elsa. Ya me cansé de fingir que no me doy cuenta que deseas quitarte los maldito anillos― que le anuncian a esos hippies rastafari del hospital que estás casada― y arrojarlos al mar.

―Hans…

―Ya terminé, ahora sí ―se sentó en el sofá―. Voy a sentarme a ver como contradices todo lo que acabo de decir.

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Mei le resultaba agradable, y a pesar de que parecía el estereotipo perfecto de ama de casa, Elsa estaba segura que era una mujer que no se dejaba pisotear por nadie.

―… a mi esposo no le gusta venir a los hospitales, prefiere leer coordenadas de barcos por horas cuando se enferma antes que ir a uno.

―Pero aquí está hoy ¿cierto?

―Desde luego ―asintió―, ya le di una hija y el segundo está por nacer, debería besar el suelo por donde camino.

Elsa se permitió soltar una risotada y siguió a Mei— quien se estabilizaba con ayuda del gotero que le administraba el suero— por la habitación, no solía simpatizar con los pacientes porque iba contra su código; pero ella era agradable.

―Es bueno saber que hay hombres que quieran tanto a sus hijos ―comentó la albina―. Mi padre nos envió a mis hermanos y a mí a internados hasta que fuimos lo suficientemente mayores para plantarnos frente a él.

―Él siempre deseó tener hijos ―comentó―. Jamás lo halago frente a nadie, pero es un padre increíble, un esposo maravilloso… es un buen hombre, aunque peca de arrogante y orgulloso.

―Mi novio es todo lo contrario… en varias cosas ―respondió―. Es serio cuando debe serlo y divertido la mayor parte del tiempo. Es como yo.

―¿Tampoco quiere casarse? ―Elsa negó con la cabeza―, bueno, para tener hijos no se necesita estar casado…

―Los hijos no entran en nuestros planes.

Mei elevó las cejas, sorprendida.

―Entiendo ―asintió―, y no puedo imaginar cómo es porque siempre quise tener niños, pero lo respeto.

―Explíqueselo a mi ex.

―¿Quería ser papá?

―Supongo que era lo único que le faltaba ―Elsa sonrió tenuemente―. Tenía un buen trabajo, un lugar hermoso al que llamar hogar, dos mascotas preciosas y un matrimonio todo lo estable posible, un bebé era la última casilla de su lista que aún no estaba llena.

Mei la observó con comprensión.

―Usted no podía llenarla ¿cierto?

―Podía, pero no quería.

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Elsa resopló.

―Tienes veintisiete años y no me creo que te estés comportando como un mocoso ―soltó.

―¿Eso es lo único que vas a decir?... puedes estar segura que lo aprendí de ti en estos diez años que llevo a tu lado.

―Escucha, hay cosas que se hacen y otras que no.

―Para ti, tener un bebé es más lo segundo.

―No hagas eso…

―¿Hacer qué? ¿Decirte finalmente cómo me siento? Porque no paras de hablar sobre la comunicación entre pareja y cuando te señalo tus errores, te escudas.

―Los matrimonios no son perfectos, hay sacrificios que deben hacerse y nosotros no somos la excepción ―comenzó, bastaría con un discurso y él lo olvidaría por la mañana―. Hemos sacrificado muchas cosas…

―¿Hemos? No es momento para bromear. De los dos, yo eh sido quien…

―No te atrevas a decir que eres el sacrificado, no sabes nada.

―Pues dímelo, quítate los guantes y escúpeme a la cara lo que quieras de una vez.

―¿Eso quieres? ―espetó, molesta.

―Definitivamente.

Elsa se acercó a él, el alcohol en sus venas comenzaba a quemarse por la ira que sentía hacia las acusaciones de su esposo, y no lo dejaría salirse con la suya.

―Hablas todo el tiempo de los sacrificios que hiciste por nosotros… carajo, los enumeraste hace dos minutos, pero nunca te has puesto a pensar que yo también me guardé muchas cosas para estar aquí hoy.

La mirada esmeralda de Hans la retaba a continuar.

―Dije que no las primeras dos veces porque seguía sin estar segura de querer casarme después de solo tres años de relación.

―¿Cuánto era suficiente? ¿Cinco años? Me quedaba en tu loft casi todos los días cuando éramos novios desde que comenzamos a estar juntos.

―Por eso dije que sí la tercera vez, no éramos desconocidos y me convencí que solo era un jodido papel firmado y dos piezas de oro en los dedos. Que todo sería igual.

―¿Y no?

―Deseabas una maldita fiesta con todos esos rusos alzados, para que vieran que estabas por encima de ellos. Si ya me estaba casando por lo menos esperaba compartir esa felicidad con personas que de verdad nos apreciaran.

―Claro, porque la vieja racista de tu abuela Jo nos apreciaba tanto que no paró de lanzar indirectas sobre la Operación Urano y el Ejército Rojo hacia toda mi familia… ¡Como si tuviéramos la culpa de que los nazis se congelaran!

―No me metí en lo de la luna de miel porque tus gustos son demasiado estrictos, dejé que lo eligieras todo para no tener problemas durante el viaje y fue todo lo contrario.

―Solo tú le pones mala cara a México; hace calor, sí, pero las playas son increíbles.

―No estuve de acuerdo en que compráramos una casa porque querías una demasiado grande y solo éramos dos.

―Desde ahí tu visión ya era que fuera así por mucho tiempo ¿o me equivoco? Pues no.

―Estaba pensando en un loft un poco más grande que el que tenía, pero llegaste diciendo que habías comprado un departamento y accedí porque, si ya estabas dejando de lado lo de vivir en una casa, yo también podía hacer ese sacrificio ―explicó.

―Elsa…

―El departamento era más pequeño que la casa que querías y más grande que el loft que yo quería. Los dos estábamos en la misma situación.

―Elsa…

―Trajiste los gatos solo porque te dije que eran como bebés, no porque me sintiera sola.

―Ya, porque la reina del hielo jamás se siente de esa manera.

―Y te lo vuelvo a decir: no estoy lista para ser madre.

―¿Por qué no?

―Yo…

―¿Alguna vez lo vas a estar?

―Yo…

―¿Tu qué, Elsa? ¿Qué?

―¡No sé!

―Nunca sabes nada.

―Puede ser, pero estoy segura que tener un hijo es una responsabilidad y una decisión inmensas que se deben considerar.

―No te estoy pidiendo que lo críes sola, somos una pareja y prometimos hacer todo juntos, como un equipo. Por eso no hay problema.

―El problema es que no estás viendo que no solo se trata de tenerlo, hay que criarlo… carajo, no son bebés para siempre; hay que enseñarle a hacer de todo y para eso se requiere paciencia. Y yo no tengo paciencia… ninguno de los dos tiene paciencia suficiente.

―Puedo ser lo suficientemente paciente cuando se requiere ―contradijo―. No seré un monstruo con mis hijos ni mucho menos los tendré para botarlos. No soy como mi padre.

―Tampoco tendré hijos con una persona que no deja de mirar hacia el pasado. No quiero ser una mala madre, y a la mayoría de las malas madres les falta responsabilidad, compromiso y sobre todo paciencia.

La carcajada que soltó el bermejo le puso los vellos de punta, tan fría, adusta y salvaje como el lugar en el que había nacido.

―No tienes paciencia ¿eh? ―masculló―. Tu solo tienes paciencia cuando quieres algo: tardas horas y horas practicando como cerrar una herida sin dejar los puntos tan a la vista y no te detienes hasta que doblas la maldita punta de los pies a la perfección para tus recitales de verano. Eres paciente cuando te conviene.

Elsa enrojeció de rabia, verlo burlarse de ella la lastimaba y Hans estaba al tanto de eso.

Detestaba que él lo supiera.

―Tienes razón, sí soy paciente ―admitió, luchando por no llorar.

"No sientas, no sientas".

―Yo siempre tengo razón ―repuso, altanero.

―Es obvio que tengo paciencia, porque si no la hubiera tenido entonces no sé cómo te soporté por diez insufribles años.

La sonrisa arrogante del colorado se evaporó en un instante.

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―¿Está todo bien, entonces? ―preguntó Hans, llegando a la habitación.

―Sí, es bastante normal que el parto se atrase o se adelante ―contestó Shang, abriendo la puerta―. Su esposa dijo que sucedió lo mismo con la niña.

―Solo fueron unas pocas semanas, le hicieron una cesárea de emergencia.

―Esta no será del todo una emergencia.

―Eso espero…

Shang se adentró en el cuarto con naturalidad, saludó a Mei y sonrió a la blonda que la acompañaba.

La mujer, que también sonreía, se quedó estática al verlo. De no ser porque Mei estaba en la habitación, Hans se habría sujetado con fuerza de lo primero que tuviera al alcance.

―Señora Wang…

―Sería señora Westergaard, pero estamos en el siglo veintiuno, así que… ―bromeó Mei, y buscó su mirada esmeralda―. Aquí estás ¿seguro que no te vas a desmayar otra vez?

Debía contestar, pero no encontraba su propia voz.

―Señor Westergaard ―llamó Shang, leyendo el historial de Mei―, ella es la doctora Solberg. Mi novia.

Mei miró a Elsa con una sonrisa grande, la blonda apartó los ojos de él y se acercó a Shang.

―Que pequeño es el mundo ―comentó su esposa―. La doctora Solberg solo habla maravillas de usted.

―¿De verdad? ―preguntó Shang, echándole una ojeada a Elsa.

―Así es, ojalá pudiera decir lo mismo de la señora Wang hacia su esposo ―dejó salir una risa para dar a entender que bromeaba y Mei le siguió el juego de buena gana.

―Que gusto saberlo ―terminó por decir el colorado.

―Solo es un chiste, cariño.

Chiste.

0o0o0o0

Elsa se cubrió la cara con las manos, se había sentado en el sofá y Hans la observaba desde el mini bar.

Necesitaba más de un trago para asimilar todo lo que se habían dicho en tan poco tiempo.

―Hans ―la escuchó llamarlo―, no quise…

―Sí, sí quisiste.

―Estamos cansados, ebrios y enojados, vamos a dormir…

―Acabas de decirme que has sido tan miserable a mi lado ¿y quieres que duerma contigo? ―suspiró―. Ya es suficiente.

La blonda se acercó a él, se sentía culpable por herirlo; pero también una extraña sensación de libertad la inundaba. Tendrían que superarlo, igual que siempre…

Hans observó su vaso con whiskey y comenzó a reírse, tan ruidoso y con tanta fuerza que cuando terminó, había lágrimas inundando sus ojos.

Los suyos mismos no tardaron en mojarse también.

―¿Qué?

―Es que no sé si reírme o llorar… o ambos.

―No veo qué es tan gracioso ―Hans continuó riéndose―. Mierda, quizá nuestro matrimonio sí es un mal chiste.

―El único mal chiste aquí eres tú.

La albina estrelló su mano en la cara del bermejo, la intensidad del golpe inundó el salón junto con el sonido del vaso de vidrio rompiéndose al contacto con el suelo.

Hans se tocó el lugar afectado con dedos temblorosos, lejos de parecer molesto por lo ocurrido, una expresión de incredulidad se apoderó de sus atractivas facciones.

―No podemos seguir así, Hans― se detestó por dejar que su voz se quebrara―. Ni siquiera somos capaces de llorar frente al otro.

―Me voy, Elsa.

―Tu compraste este lugar. La que se va soy yo.

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Shang se disculpó con la pareja y salió de la habitación, haciéndole una seña a la blonda para que lo siguiera. Elsa fingió que no notaba los ojos del colorado sobre su persona.

No había encontrado ningún rastro del cariño que alguna vez le tuvo, si no auténtica sorpresa por verla ahí, con su nueva esposa.

―No digo esto de nadie, pero a Dios le pido que este bebé sea tan dulce como la niña ―comentó su novio en voz baja y Elsa sonrió―. La madre es agradable, el papá es más bien… reservado.

―¿Te acuerdas que te dije que me casé?

―Pues sí, Elsa Solberg casada no es algo que se olvide.

―El tipo de ahí adentro…

―¿Qué? ¿Se parece a tu ex?

―En realidad, él es mi ex marido.

Shang despegó la vista de su tabla llena de papeles para mirarla con incredulidad, giró discretamente hacia la habitación y volvió hacia ella antes de comenzar a reírse.

―No me lo creo.

―Estoy igual de sorprendida, hace ocho años lo dejé en Rusia y pensé que se había quedado ahí, y ahora lo veo aquí…

―No es eso, soy chino y creo en las casualidades ―la interrumpió―. Me refiero a que es increíble que precisamente tú te casaras con él, ambos tienen un carácter de porquería y son un par de cubos de hielo. Ya puedo ver por qué no funcionó.

Elsa le dio un manotazo juguetón y Shang ahogó una risa.

―Mejor trabajo no pude encontrar ―comentó el asiático―: sueldo atractivo, una novia hermosa y dramas que compiten con los de las telenovelas turcas que Naomi de neurocirugía nos hace ver.

Elsa abrió la boca para seguirle la broma, pero un equipo de enfermeros llegó para preparar y trasladar a Mei hasta el quirófano.

―Debo irme, flor de loto ―depositó un beso en su frente y se alejó.

―Espera ―lo detuvo, tomándolo de la mano―, lúcete ¿de acuerdo? Ella le está dando los hijos que le negué.

Shang sonrió.

―¿Seré una horrible persona si me rio?

―Lo serás si no lo haces.

El asiático se carcajeó un poco y entró, Elsa se entretuvo firmando documentos y checando su beeper de cuando en cuando, los enfermeros terminaron saliendo y Shang con ellos. La puerta fue despejada y pronto se encontró― nuevamente― frente a Hans.

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―Me está costando imaginar que no estarás ―confesó el bermejo, viéndola empacar sus uniformes de residente limpios.

―No queda otra salida ―replicó, obligándose a no mirarlo.

El corazón se le estrujaba en el pecho.

―Si tú te vas y yo me voy, esto ya es en serio, Elsa.

―Ya enviaré a alguien por el resto de mis cosas ―le comunicó―, te dejaré el tostador y los CDS. Mi música sí te gusta y también el pan casi quemado.

―Elsa…

―Si quieres quédate el Picasso, después de todo es una imitación… mejor no, lo vas a tirar y sí que me gusta.

―¡Elsa!

―¡¿Qué?!

―¿Así vamos a dejar todo? ¿Vamos a votar los restos del amor que nos tenemos a la basura?

―Nos conozco, Hans. Va a costarnos, pero terminaremos acabando con esos restos en poco tiempo.

―Esta vez no hay marcha atrás ¿eh?

―No la hay.

Hans la miró intensamente, finalmente apartó la mirada y comenzó a alejarse para dejarla sola.

―Tienes razón, solo es cuestión de tiempo. Muy poco.

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El aire de la terraza era fresco y le azotaba la cara de manera agradable.

―¿Qué haces en Copenhague? ―preguntó, mirando al frente―. Estás muy lejos de tu casa.

Desde hacía demasiados años que no podía pensar en Rusia como su casa.

―¿Tú que haces aquí? ―replicó―. Crecí en la ciudad, tengo todo el derecho a venir.

―Yo nací y crecí al norte, y trabajo en este hospital.

Hans asintió, tampoco la miraba.

―¿Qué hiciste durante todo este tiempo?

―Me quedé en Rusia hasta que el divorcio terminó y después vagué por los hospitales de Europa ―relató, encogiéndose de hombros―. Apliqué para trabajar en Islandia y me ofrecieron el puesto de jefa aquí. No pude decir que no.

―Y te hiciste novia de Jackie Chan.

―¿Qué has estado haciendo tu? ―preguntó en su lugar, ignorándolo.

―Me quedé en Rusia, obviamente. Se puede decir que ahora soy el jefe también.

Elsa asintió.

―Y te casaste otra vez.

Hans rodó los ojos, pero no dijo nada. Verla de nuevo, junto a él, no le ocasionaba más que reconocer que, en definitiva, lo mejor que pudieron haber hecho por el otro fue separarse.

Buscó algún rastro de lo que sintió por ella, y no encontró nada.

―Me da gusto que ahora tengas la vida que tanto querías ―reveló la albina.

―A mí me da gusto que vivas como siempre deseaste.

Elsa le dio una última mirada y giró sobre sus talones, alejándose de él.

Por años había temido —cuando llegaba a acordarse de Hans— que, si lo volvía a ver, lo que sintió por él renaciera.

Ahora que lo tenía enfrente podía decir con orgullo que había logrado superarlo y dejarlo atrás.

Los dos habían superado al otro.


—REVIEWS—

Guest 1: ¿Cómo así hehe? Pero si se supone que era Helsa lol. Lamento mucho si no lo pareció. Gracias por comentar, nos leemos mañana. Un beso.

Guest 2: No te preocupes si no te gustó hehe, no pasa nada. Que linda (o) por tus palabras. Sobre lo demás, mira te cuento así very quick: Si leíste mi biografía pues ahí dice que, en efecto, soy mexicana, pero me moví para USA hace un buen tiempo y hablo inglés. Una disculpa si te llegué a confundir.

Muchas gracias por comentar, nos leemos mañana. Un abrazo.

Helsa Lover: Don't be thankful, my darling Helsa shipers are there to answer questions. First of all, I was inspired a bit by Twilight.

Second, Anna and Naveen murdered Tiana and Olaf because they didn't want to be vampires.

And last but not least: Hans will definitely be a vampire and will be able to live eternity with Elsa. Thanks so much for your review, have a nice night.


ACLARACIONES:

Wang Mei: El apellido lo busqué en Google, y el personaje es la princesa Mei de Mulan II.

Liu Yifei: Es el nombre de la actriz que interpreta a Mulan en el Live Action.


No, no me abucheen, yo solo le doy forma a las ideas que pedí y que generosamente se me fueron brindadas; en esta ocasión se me pidió que se olvidaran y así lo hice.

Espero haberlo logrado.

Perdón por actualizar hasta ahora, no estuve en casa en todo el día y hasta ahora llego. Ojalá sigan interesados.

Muchas gracias por su apoyo. Nos leemos mañana, no puedo prometer la hora, pero sí que mañana.

Buenas noches, pequeños saltamontes helsosos.


Entonces qué… ¿Review? ¿No? Ok.

Harry.