Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.
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Sinopsis: Sueños, expectativas de un futuro incierto y un amor que crece moviéndose al compás de la suave y hermosa tonada de la sonata de un violín.
Día 6.
Temática: Música y romance.
Rating: T.
Propuesta de Ydna Westergard.
La sonata del Diablo
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Recordaba la manera en la que los techos altos de la sala de conciertos, el olor a limpiador para madera y el cuero rugoso del estuche del violín en sus manos hicieron que, a pesar de estar muy lejos, Elsa se sintiera en casa.
Recordaba que sus compañeros mantenían una expresión tan seria como la suya misma, esperando a la llegada del que sería su profesor.
—¿Cuánto más se va a tardar? —había mascullado un muchacho de rasgos asiáticos que respondía al nombre de Ping*.
—Lo que tenga que tardar —espetó la castaña que estaba a su lado.
Le hubiera gustado decir que lo que siguió, que el momento en que lo conoció fue mágico, pero estaría mintiendo.
Tan pronto como Bella hubo pronunciado esas palabras, una de las tantas puertas que daba acceso a la sala se abrió, revelando una figura que caminaba entre los lugares no iluminados.
Cuando llegó hasta ellos y ya libre de la oscuridad de las sombras, pudieron ver a cierto hombre que se movía sin prisa, grácil y taciturno.
Aún era capaz de recordar que llevaba la abundante barba tan pelirroja como la cabellera, en ese entonces Elsa se dijo que ambas habían sido cortadas con la intención de dar un aire desenfadadamente formal; iba ataviado en una camisa almidonada con un chaleco encima y una corbata en tonalidades oscuras, el pantalón tenía la raya bien planchada y los zapatos relucían de limpios. Todo en color negro.
Vio a la castaña, Bella, aferrarse al estuche de su propio violín y ahogó una exclamación.
—¿Estás bien? —había preguntado la albina, sin dejar de mirar al recién llegado.
Había pensado que debía estar por los treinta y pocos...
—Son muy crueles —masculló Bella—, no tenía tantas expectativas porque pensé que estaría bajo la tutela de un mediocre y ahora me salen con esto.
—No entiendo...
—Él...
Fue feliz al recordar como la voz del colorado inundó la sala, haciéndose oír en cada rincón, fuerte y clara de una manera que muy pocos lograban.
—Me llamo Hans Westergaard —se había presentado mientras paseaba los orbes cuyo color no pudo discernir en ese momento desde la distancia que los separaba—, para los amigos señor y para ustedes, profesor.
Su mente ya gastada logró recordarse a sí misma, parpadeando y manteniendo una expresión impávida. Había escuchado sobre él, su maldito nombre era conocido hasta por el más tonto de los payasos que decían amar tocar el violín.
El hombre frente a ella, su profesor, era el único que había logrado...
—Si están aquí es porque de verdad lo merecen —continuó el colorado, pasando por alto la sorpresa de los demás—; si no, pues no me costará nada mostrarles en qué dirección queda la salida.
—Escuché que era duro —comentó la tal Wendy Darling* con su jocoso acento británico.
¿Duro? Hans era más que eso.
—No tengo preferencias por nadie, así que no esperen un trato distinto —los ojos del colorado se habían posado sobre ella durante varios segundos más que en los demás antes de seguir con su recorrido visual—. Quien tiene madera para esto la tiene; y quien no, no. Aquí no existen los puntos intermedios.
Le gustaría decir que le resultó un placer conocerlo, pero nuevamente estaría mintiendo. Por aquella época se sintió intimada, y ella siempre había odiado sentirse así.
No lo conocía y ya comenzaba a detestarlo.
—¿Quieren aprender a tocar? Váyanse de una vez —instruyó, tomando un cuadernillo lleno de piezas—. ¿Quieren tocar tanto que los dedos se les rompan? Bienvenidos sean.
Nadie se había movido, el cobrizo los miró una vez más y asintió.
—A trabajar, entonces.
—Hans Westergaard ¿Lo pueden creer? —las chicas en su dormitorio seguían sin creerlo.
—Mi madre me envió aquí para tenerme lejos del pecado de los hombres —confió Helen*— y miren lo que me encontré.
—Él jamás se fijaría en ti —escupió una tal Vanessa, venenosamente—; ya lo dijo: no tiene preferencias por nadie.
Un escalofrío la había recorrido, como esas dos comenzaran un escándalo ya podía verse envuelta en él.
—No entiendo por qué hacen tanto alboroto —dijo, tratando de calmar las aguas.
Sus compañeras la habían mirado como si acabara de contarles que huiría con un pescador.
—¿Acaso sabes quién es? —espetó Bella—. El jodido Hans Westergaard.
—Solo él ha logrado tocar la Sonata de Tartini* completamente.
Elsa había considerado de mal gusto que la describiera así cuando su nombre era otro.
—Es de los violinistas más talentosos de todos los tiempos.
—Además de joven y guapo.
Pero en ese instante no le había importado lo bien parecido que era ese hombre. Ella solo quería aprender, deseaba cerrarle la boca a todos los que dudaban de sus capacidades.
Aprendería todo de él y después volvería a Noruega, y tocaría hasta que los dedos le sangraran.
Aún no sabía que estaba siendo demasiado tonta y que él significaría más.
Los siguientes meses los habían dedicado a perfeccionar la técnica, Hans llegaba puntualmente y los dirigía, daba consejos y de vez en cuando tomaba un violín para mostrarles la posición correcta de algún giro.
Pero jamás tocaba.
—Dicen que ya no puede tocar —chismorreó Kit Madden* en tanto fingía que le consultaba una pieza.
—¿Por qué no? —demandó saber, no había dejado los preciosos paisajes nórdicos de su país por la apestosa Edimburgo para obtener nada.
—Se maldijo.
Esas eran patrañas.
—Que vulgar.
—Piénsalo un momento —la retó—. Actualmente es el único que ha logrado tocar la sonata de Tartini... piensa en él como el nuevo Paganini*.
—Mira, Kit, para nadie es un secreto que a Westergaard le gusta mandar al demonio a todo el mundo —comenzó, casi sentía los ojos del hombre clavándose en su nuca—. Eh oído que toca de maravilla; pero no creo que se le deba comparar con los otros dos por lo del diablo.
—A Tartani lo visitó el demonio y tocó para él; en cuanto a Paganini, se le apareció a su madre y le dijo que él sería un gran violinista.
Elsa lo invitó a continuar.
—Sigo sin encontrarle sentido.
—No le dicen el trece de la suerte por nada. Hans Westergaard es la fusión de ambos, en su historia él es el diablo.
Cuando Kit se alejó de ella, el bermejo quedó frente a sus ojos. Y no parecía contento.
—Si para la siguiente clase aún no se han aprendido las notas, no se molesten en venir —comunicó el colorado en tanto todos se ponían de pie y recogían sus cosas para marcharse.
Elsa cerró el estuche de su violín y se encaminó a la salida, se había propuesto a pasar toda la noche en vela si era necesario, pero para mañana ya podría tocar la maldita pieza...
—Solberg, espere unos minutos.
Se congeló en su lugar, ese hombre, en los meses que llevaban, jamás le había pedido a nadie que se quedara después de clases.
Algunos de sus compañeros le regalaron una sonrisa de pena, otros le desearon suerte con la mirada y el resto parecía agradecer no estar en su lugar.
—¿Eh hecho algo mal, profesor? —preguntó una vez estuvieron solos.
—No siempre se trata de eso.
—Le ruego entonces me diga de qué se trata esto.
El colorado la observó con atención y Elsa se obligó a sostenerle la mirada. Los anteojos que llevaba puestos y la luz que reflejaban no le permitían ver sus ojos.
Todavía no sabía de qué color eran.
—¿De dónde dijo que viene?
—Me temo que no se lo eh dicho, señor —replicó y se arrepintió de su insolencia al instante, pero no se había permitido demostrarlo.
El colorado no parecía molestarlo.
—Escandinavia —terminó diciendo y el hombre se cruzó de brazos—. Noruega para más precisión.
—Me lo imaginaba, por el acento.
Elsa asintió, se sentía intimidada y no quería estar ahí con él a solas.
—Crecí en Dinamarca —no era como si no lo supiera, aquel dato pertenecía a los pocos que se sabían del violinista—; mi familia se dedicaba a los negocios y no había nadie quien me enseñara a tocar.
Elsa aguardó a que continuara.
—Puedo ver que esto le apasiona —el colorado se acercó a ella, pero mantuvo su distancia—, todos piensan que la mayoría de los violinistas somos varones porque hay muy pocas mujeres que se interesen en otro instrumento que no sea el piano.
—Arriesgándome a sonar extremadamente vanidosa, me atrevo a decir que toco el piano de maravilla.
—Pero el violín le gusta más.
—Naturalmente.
Hans asintió.
—Avanza a grandes pasos, sobrepasando por mucho a la mayoría de sus compañeros.
—No entiendo que...
—Vivo en Moray Place, número 27 —tomó su saco y el único libro que llevaba con él a las sesiones—. Dígale a la casera que va por el trino y la dejará pasar.
Sin agregar nada más y sin darle tiempo a añadir alguna cosa, giró agraciadamente sobre sus zapatos lustrosos y se marchó, dejándola sola, tratando de entender si de verdad su profesor– el frío, reservado y crítico hombre pelirrojo– acababa de invitarla a su residencia o solo lo había imaginado.
La dirección que le había dado el profesor correspondía a una vivienda bien parecida que nada tenía que ver con las fachadas de las que le seguían, Elsa tocó a la puerta y una mujer regordeta salió a recibirla, la recordó frunciendo el ceño y a sus acuosos ojos grises inundándose de crítica al reparar en lo joven que era.
—¿Puedo ayudarla en algo? —preguntó recelosamente.
Elsa recordó las palabras del colorado.
—Estoy aquí por el trino.
La expresión de la mujer cambió al instante, de entrometida a preocupada.
—Pase usted, el último piso es el que busca.
Elsa subió los escalones lentamente, preguntándose qué podía asustar tanto a esa mujer.
No había encontrado sentido al miedo disfrazado de respeto que le profesaban al colorado, durante el par de meses en que asistió a las sesiones extra que le daba, solo descubrió a un hombre cuya pasión por la música se encontraba retenida.
Había sido consciente de cómo la miraba cuando tocaba para él una pieza que le enseñó.
Pronto se encontró así misma exigiéndose mucho más para poder impresionarlo. Si le daba un par de días para perfeccionar una técnica, ella no paraba hasta conseguirlo esa misma noche.
Pronto se encontró anhelando que se llegara la hora de esas sesiones; sí, lo veía en el conservatorio, pero a solas era una persona totalmente diferente.
—¿Deseas un poco de té? —le preguntó.
En algún momento logró que dejaran la formalidad de lado y se trataran como dos simples personas que no eran amigas, pero tampoco desconocidos.
Elsa frunció el ceño.
—Me temo que no me gusta mucho el té que preparan aquí en Escocia.
Hans la miró, elevando sus cejas rojizas con sorpresa.
—Pero si has estado bebiéndolo todos estos días —replicó.
—No quería ser grosera cuando me estabas ayudando —explicó y sus mejillas enrojecieron de vergüenza.
Podía ser joven, pero la mirada compresiva y bobalicona que le dirigió el hombre tuvo más significado para ella que antes.
—Tonterías, ya mismo pido que te traigan algo...
—Estoy bien, de verdad —aseguró y su pequeña mano sonrosada se posó atrevidamente en el antebrazo del colorado, deteniéndolo.
Los ojos del hombre se posaron en ella, a pesar de no verlos bien estaba segura que aquello lo descolocaba más que ofenderlo, haciendo gala de un disimulo intachable, Elsa se alejó de él un poco.
—Mejor muéstrame cómo puedo llegar a las notas altas con más rapidez.
—¿Más?
—Nunca es suficiente.
Hans asintió y acercó a ella, Elsa le restó importancia al creer que pasaría de largo y tomaría el elegante violín que usaba para guiarla; más grande fue sorpresa cuando el cobrizo la rodeó cuidadosamente con los brazos fuertes y posicionó sus manos en el ángulo correcto.
La delicadeza con la que la tocaba y aventuraba sus manos creando las suaves notas del instrumento le hizo pensar que quien tocaba era Hans y no ella.
Una vez que terminó de mostrarle cómo debía hacerlo y solo después de que ella le asegurara que no tenía ninguna duda sobre la técnica– con Elsa fingiendo de vez en cuando que no lograba realizar la maniobra para alargar el contacto— se separó de ella.
La albina arregló sus cosas para marcharse y se detuvo ante el llamado de su instructor.
—¿Elsa?
—Dime.
—¿Cuántos años tienes?
El contacto se había vuelto... constante.
—Los hielos de siempre ¿no? —el colorado no le había contestado cuando ella ya tenía cinco cubitos en el vaso.
—Cinco, sí.
Elsa sonrió, llenó el vaso con vodka y se lo pasó mientras se recargaba en su brazo para estudiar las notas que él observaba.
—¿Esto me enseñarás?
El colorado asintió, pegándole un trago al vaso sin alejarse de ella para mantenerse a su lado.
—Parece difícil.
—No lo es para alguien con tus talentos —aseguró—. Bien, toma tu violín para que comencemos...
—En realidad— lo interrumpió—, estaba pensando que esta vez podías ser tú quien tocara para mí.
La expresión relajada de Hans se crispó y se alejó de ella lentamente.
—Yo ya sé hacerlo —replicó—, estás aquí para que te enseñe.
—Estoy segura que si me muestras como debe sonar…
—Dije que no —la interrumpió con voz dura—, ahora comienza, por favor.
Elsa se tragó el pinchazo de molestia y consternación que la embargaron, se sentó en la silla que usaba siempre y comenzó a tocar.
Tardó menos de lo habitual, sintiendo una prisa enorme por marcharse; el colorado le indicó que ya era suficiente y ella se detuvo al instante. Guardó el violín en el estuche, se embutió en el abrigo rápidamente y si no corrió hacia la puerta fue porque su orgullo le impedía mostrarle al hombre que había logrado herirla.
—Elsa, espera unos minutos…
—Me temo, profesor, que hoy no me es posible quedarme. Mi casera se ha puesto exigente y no puedo permitirme llegar tarde.
—Pero…
Azotó la puerta al salir, permitiendo que se quedara con la palabra en la boca.
Recordaba que en ese instante le importó poco si decidía desquitarse con ella.
Los días pasaron y Elsa se había dado cuenta que al bermejo le preocupaba el reciente enfriamiento en su relación. Durante las clases en el conservatorio se dedicaba a seguir sus instrucciones y se quedaba cerca de sus compañeros, evitando mirarlo para no darle una excusa y que se acercara.
Asistía a sus sesiones extra, obligándose el doble a perfeccionar su técnica y que él no tuviera objeción alguna, practicaba lo que le pedía y solía alejarse de su contacto cuando la cercanía era demasiada. Una vez el tiempo designado para las reuniones llegaba a su fin, ella arreglaba a sus cosas y se marchaba, despidiéndose rápidamente y agradeciéndole como cada noche.
Deseaba que todo fuera como antes, pero el orgullo no se lo permitía.
—Por hoy ha sido suficiente —dijo, parado junto al marco de la puerta de salida—, entérense que sus resultados están siendo demasiado satisfactorios.
Varios de sus compañeros le agradecieron y se fueron, Elsa logró colarse entre Ping y Bella, pero el colorado— que había estado cuidando cada paso que daba con atención— logró llamar su atención.
—Solberg, me apena mucho abusar de su amabilidad, pero le agradecería mucho que me alcance mi libro… en el escritorio.
Bella rápidamente la empujó, para que cumpliera con el pedido del profesor, y no tuvo más opción que regresar a por el dichoso libro. No había nada.
Volvió sobre sus pasos con la intención de salir de ahí cuanto antes, pero Hans le cerró la puerta en la cara, impidiéndole que se marchara.
—¿Necesita algo…?
—Sí, que pares ya.
La rudeza en su voz la hizo parpadear.
—¿Parar con qué?
—Con este berrinche.
—Las chicas como yo no hacemos berrinches.
El colorado puso los ojos en blanco.
—Con pena te aviso que sí que los haces.
—Pues ya —se encogió de hombros—, lo veo más tarde… claro, si no cambia de opinión.
—No puedo creer que estés siendo tan infantil porque no cedí a tocar.
—Con pena le aviso que no lo estoy siendo, solo que me parece de mal gusto que sepa como toco y yo no.
—Mira…
—Ahora, si no le importa, debo irme ya.
—Estás muy equivocada si piensas que me vas a doblegar con tu actitud.
—Lo veo más tarde, profesor.
La casera la dejó pasar sin cuestionar, mirándola con un miedo que se desarrollaba cada día desde que comenzó a ir.
—Buenas tardes —saludó, sin mirarlo.
Dejó su estuche cuidadosamente en una repisa para girarse y colgar su abrigo, estaba poniéndolo en la percha cuando unas suaves notas brotaron repentinamente, inundando la estancia con una melodía deliciosa que la hizo dejar su abrigo ahí, sin importarle que se arrugara, y caminó rápidamente hasta el estudio.
Hans Westergaard finalmente había sacado su hermoso violín y hacía que el cargo volara por las cuerdas, produciendo una de las más dulces melodías que había escuchado antes.
Tan embobada estaba que, cuando terminó, el bermejo tuvo que levantarse y acercarse a ella para que volviera a la realidad. Tenía el cabello pelirrojo desordenado y la barba más larga, la camisa estaba más desarreglada de lo usual y llevaba las gafas torcidas.
—Me dicen el trece de la suerte no porque fui la fortuna de mi familia —confesó en voz baja con un acento que rápidamente la hizo pensar en vodka y nieve—, sino porque el día que nací se les acabó la suerte a mis hermanos mayores.
Elsa escuchó en silencio, no sabía por qué le estaba contando todo eso, solo le quedaba claro que el colorado deseaba hacerlo y ella deseaba escucharlo.
—La comadrona que me recibió le dijo a mi madre que mi fortuna sería la desdicha de otros —continuó—, es por eso que ella me sacó de Moscú para llevarme a Copenhague y que yo pudiera crecer lejos de los ojos acusadores de mi padre.
Elsa relajó los hombros y se acercó a él, acortando la distancia un poco más.
—Dicen que soy el diablo porque aseguran que toco la sonata de Tartini mejor que él y que el talento de Paganini no se asemeja al mío.
—¿Has escrito alguna sonata antes? —susurró, como si alguien pudiera escucharlos.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque me dedico a tocar las sinfonías mejor que sus autores, y porque jamás tuve la inspiración necesaria para hacerlo.
—¿Y ahora?
—No me gusta tocar frente a nadie porque después que el efecto se pasa, los que me escuchan juran que es el diablo quien toca. Ven mi talento como una especie de maldición.
—Yo no —le aseguró y volvió a cuestionarlo con su pregunta anterior—. ¿Y ahora?
Hans miró sus labios con más atención que nunca.
—No quiero que pienses que no te considero digna de oírme tocar, temía que te asustaras.
—¿Y ahora? —insistió.
—¿Cuántos años dices que tienes?
Elsa se levantó en las puntas de sus pies, lo tomó del chaleco y estampó su boca contra la masculina.
Fue consiente de cuanto había deseado hacer hasta que lo sintió corresponderle.
En ese momento le había dado igual lo que dijeran de él, lo que dijeran de ambos. Estaba confiando en ella y estaba claro que era alguien que no solía hacer eso en nadie.
Sus pulmones resintieron el aire y terminaron por separarse, Elsa le quitó las gafas, permitiéndole ver el verdadero tono de sus ojos por primera vez.
Los orbes eran color verde, salpicados con finas motas doradas; desprendían la perfecta mezcla de carácter y complejidad.
Igual que lo que se requería para tocar un violín.
ACLARACIONES:
Ping: Mulan versión hombre porque… porque sí.
Wendy Darling: Peter Pan.
Helen: Princesa Disney no tan reconocida, pertenece a la película El Caldero Mágico.
Tartini: Compuso la sonata del diablo.
Kit Madden: Cinderella, usé el apellido del actor que le da vida: Richard Madden.
Paganini: Otro violinista conocido como el violinista del diablo.
Elsa tiene 18 y Hans 30 ¿por qué? Ydna tiene la respuesta. Tomé pocos elementos de la novela "La Sonata del diablo" de Oscar de Muriel.
—REVIEW—
Guest: I also think they look like Judy and Nick. Thank you very much for leaving your review, I hope you like this update. Happy weekend.
Muchas gracias por sus reviews, gracias a Ydna por esta sugerencia y gracias por seguir leyéndome a pesar de que los hiero, quemo y lastimo cuando hago que Elsa y Hans no se queden juntos. No los conozco y ya los quiero.
Happy weekend! ¡Nos leemos mañana!
Entonces qué… ¿Review? ¿No? OK.
Harry.
